Dominación

Hija de poli

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RESUMEN

Sí, soy agente de policía ¿y qué?

Estoy excitada. Muy excitada. Llevo horas así, desde que Darío me ha convocado, pero es ahora en su habitación, cuando cada poro de mi piel supura. Mi garganta está seca pero mis labios están húmedos. Mis pechos están duros como piedras mientras mis pezones se me clavan como alfileres. Mi sexo emana flujos incesantemente, incandescentes, que noto resbalar sin control por mis ingles hasta mis nalgas.

He llegado como siempre exactamente a la hora que me ha ordenado. He cruzado su apartamento hasta la habitación del delito. Como cada vez, él se ha sentado en la butaca, en su trono, mientras yo me desvestía tratando de aparentar una calma que no sentía. Me he quitado el uniforme, blusa, pantalón, botines y cartuchera de la que se mecía el arma reglamentaria. Lo he colocado pulcramente en la percha que él me asignó hace tres meses. Pantalón doblado en el travesaño inferior, blusa sobre la zona trapezoidal perfectamente abotonada con mi número de placa bien visible. He colgado la percha en el pomo del armario, al lado de la cama para que el pequeño traficante pueda ver a quién se está follando. Los botines con los calcetines en su interior han quedado dispuestos marcialmente alineados al perchero, en el suelo.

Le he mirado, erguida aún con la ropa interior puesta esperando órdenes. Quítatela. Lo he hecho. Primero el sujetador, que he doblado sobre la mesita, a continuación el tanga a juego que he tenido que entregarle. Me he sentado en la cama, con las esposas reglamentarias que el Cuerpo Nacional de Policía me entregó hace seis años en la mano, con las que he detenido a decenas de delincuentes. Las he cerrado sobre la muñeca derecha. He levantado los brazos juntos buscando los barrotes posteriores del cabezal del catre. He pasado la cadena por detrás de uno de ellos, he rodeado la muñeca derecha con la segunda anilla, la he abrochado con cierta dificultad y le he mirado. A su merced. Entregada. Ardiente.

Como siempre, Darío se ha tomado su tiempo. Me ha mirado. Sus ojos han recorrido mi cuerpo, derritiéndome. Mi respiración se aceleraba a cada segundo que tardaba en levantarse. El insoportable hormigueo en mi vagina ha provocado que cerrara las piernas buscando acariciarme, pero sólo he logrado friccionar mis muslos entre sí, además de una reprimenda. Abre las piernas. Lo he hecho. Más abiertas. Las he abierto tanto como mi flexibilidad permitía, notando como el aire frío entraba en mis entrañas. Pero no me ha refrescado. Al contrario. Una orden de Darío tiene en mi sexo mayor incidencia que la penetración de una polla cualquiera.

Han sido pocos minutos pero se me ha hecho eterno. Cuando se ha levantado, los labios de mi vulva han aplaudido. Os juro que lo he sentido. Se me ha acercado, pero aún no me ha tocado. Ni siquiera ha rozado mis piernas con la yema de los dedos como ha hecho otras veces. He suspirado ligeramente, protestando por su falta de atención. Pero él no me ha hecho caso. Se ha parado a mi lado, delante de la mesita de noche sobre la que descansaba parte de mi ropa interior, ha abierto el cajón, ha sacado una prenda negra y se me ha acercado sin mostrarme qué era.

Un antifaz. Pero no uno de fiesta, de carnaval veneciano. Un antifaz liso, de terciopelo, de los que utilizan para poder dormir en aquellos países del norte de Europa dónde aún no han descubierto las persianas.

Me lo ha puesto, obviando mis protestas, impostadas pues ambos sabemos que haré cualquier cosa que él proponga, y se ha hecho de noche. La oscuridad ha caído sobre mí pero no sobre mi cerebro. Perdido el sentido de la visión, mis otros sentidos se han activado de un modo desconocido para mí. He oído como Darío se movía a mi lado. ¿Desabrochándose el pantalón? Sí, lo ha hecho porque al momento he olido su miembro, su masculinidad. Cuando su mano se ha posado sobre mi muslo y ha descendido ligeramente hacia mi sexo he jadeado. Sí, tócame. Sus dedos han llegado a mis labios, los han abierto y han entrado, chapoteando, mientras mi garganta gemía con ansia.

-Estás completamente licuada. –He abierto más las piernas, adelantando mis nalgas para notar sus dedos más profundamente. Pero se ha retirado, acercándolos a mi boca. No ha necesitado ordenarlo. Los he engullido, chupando el intenso sabor de mis entrañas con voracidad. –¿Quién iba a decir que la poli contaba con perras policías?

Un quejido ha salido de mi boca cuando me ha quitado el alimento. Me ha rodeado el cuello con la mano pringosa, ahogándome, para bajar hasta mi pecho, primero el derecho, luego el izquierdo, pellizcándome los pezones con saña, provocándome un doloroso placer, acelerando más aún mi respiración, incrementando mis jadeos. He vuelto a cerrar las piernas buscando fricción en mi sexo. Me ha abofeteado en el muslo para que las abriera. Necesito que me folles. Te follaré cuando me apetezca.

Entonces el colchón se ha movido. Está subiendo a la cama, he pensado. Por fin. He notado su peso a ambos lados de mi cuerpo. El olor le ha delatado. El intenso aroma de la polla que lleva semanas llevándome al Edén cerca de mi nariz. De pie sobre la cama, habrá tenido que acuclillarse un poco para dar en la diana. La he esperado ansiosa. Fóllame, aunque sea la boca.

Lo ha hecho. Metérmela en la boca mientras una mano me agarraba de la cola de caballo que también forma parte de mi uniforme, para dirigir el ritmo de la mamada. Haría lo que fuera por esta polla, haré lo que sea por esta polla. Lo hago. Me esmero en darle placer, chupándole el glande, lamiéndole el tronco, alojándola tan profundamente como mi cavidad bucal permite. Me encanta. Me encanta comerme la polla de Darío como nunca me ha encantado nada.

-Así me gusta ver a la puta policía, amarrada al pilón. Chupa zorra, chupa. El próximo día vendré a comisaría y te joderé allí, atada a una de las jaulas, o en la sala de interrogatorios. ¿A que te gustaría? –No lo va a hacer, lo sé, pero asiento, ahogando un sí lleno de carne. Me excita el juego, me vuelve loca, así que continúa percutiendo, verbal y físicamente. –Tendrían que verte tus compañeros ahora, en la casa de un delincuente, atada, sometida. Voy a invitarlos. ¿Qué te parece? ¿Invitamos al comisario y a un par de compañeros? –Babeo. No asiento, pero mi respuesta es engullir con más ganas, jadeando, gimiendo como una perra en celo. Me la saca de la boca y me ofrece los huevos. Los lamo. -¿Qué diría papá? ¿Qué diría el Capitán Robles si viera a su niña ahora? ¿Le gustaría? Ver a su hijita, a una hija de poli, comportándose como lo más baja de las zorras.

Vuelve a ensartarme con violencia. Profundamente, tanto que me resbala saliva por la barbilla, pero no me detengo, no puedo detenerme, no quiero detenerme. La polla que me profana es el cordón umbilical que me alimenta, que me da oxígeno.

Chupa hija de poli, chupa, es lo último que oigo antes de notar mi boca anegada, mi garganta inundada por la espesa semilla de mi amante. No cejo en mi empeño. Chupo, lamo, trago con desespero. Quiero más, no quiero que acabe. Pero acaba. Me desaloja, dejándome huérfana. 

Recobro la respiración lentamente, pero mi excitación no remite. Aumenta. Desbocada. Necesito que me folles, imploro, por favor, fóllame. Abro las piernas todo lo que puedo, ofreciéndome, suplicando de nuevo. Giro la cabeza hacia mi izquierda, donde se está moviendo, está tomando algo. Fóllame, repito, por favor, gimo. Noto que se gira hacia mí. Me invade la euforia, mis labios se abren asomando mi lengua, mi sexo tiembla ante la victoria inminente.

Pero no es su cuerpo el que se posa sobre el mío, no es su polla la que se abre paso. Son sus dedos los que acarician de nuevo mis labios mayores, recorren los menores y se detienen en mi clítoris. Jadeo con fuerza, anhelante. ¿A qué esperas cabrón si me tienes a punto?, pienso. Entonces lo oigo. Un zumbido. Agudizo el oído pero mis propios gemidos me impiden estar segura de haberlo oído bien. Hasta que lo noto, abriéndose paso en mi vagina. Un vibrador.

No, eso no, pienso al primer instante, pero pronto comprendo que está alargando mi orgasmo, lo está potenciando. Mastúrbame con el aparato un par de minutos pero méteme la polla pronto, me digo. Necesito una polla de carne y hueso, no de metal.

Lo encaja completamente, vibrando a baja velocidad, mientras sigue masturbándome con la otra mano. Mis caderas se mueven al ritmo del juego, estoy cerca, muy cerca. Gimo, jadeo, fóllame cabrón, grito. Pero súbitamente detiene el zumbido, también el masaje. Un no desgarrador se me escapa del alma pero sus dedos acallan mi boca. Chupo con ansia de nuevo. Eres un cabrón, pienso para mí. Pero aún no sé cuánto.

Sus dedos vuelven a mi sexo solamente para volver a poner en marcha el vibrador. Entonces oigo pasos, alejándose. Y la puerta de la habitación cerrarse.

***

Conozco a Darío desde hace más de dos años, desde que me destinaron a la comisaría de este distrito, pues es uno de aquellos pequeños delincuentes que han logrado cierta inmunidad a cambio de información. Es un confidente. Para el resto de mortales es un traficante de poca monta especializado en coca y marihuana, aunque también puede proveer de otras sustancias.

Siempre ha sido inteligente, más listo que el hambre fue la expresión usada por el sargento Plaza cuando me lo presentó al poco de llegar. Se lo ha montado bien manteniendo buenas relaciones con las bandas latinas que le piden favores, así como con los grandes grupos narcotraficantes a los que les compra la mercancía. Paralelamente, responde adecuadamente las preguntas que le hacemos nosotros, aunque nunca incriminará a nadie de su entorno ni nos informará de algo que pueda resultarle peligroso. Pero es útil.

Habitualmente, lo interrogamos en comisaría para no levantar sospechas, aunque también podemos charlar con él si nos movemos en un coche camuflado en una calle poco concurrida. Pero los que suelen vestir de paisano son los detectives del cuerpo y yo, acabado de aprobar el examen de cabo, siempre visto de uniforme y estoy asignada a un coche patrulla. Últimamente con el sargento Gálvez, anteriormente con Rubio y Plaza.

De los tres, el primero fue mi mentor en la comisaría, pues además de un buen hombre, había trabajado con mi padre. El sargento Rubio, en cambio, me dio algún problema pues estaba convencido de ser el poli más guapo sobre la faz de la Tierra, acostumbrado a llevarse a la cama a todas las chicas que se le acercaban. Sobra decir que conmigo no lo logró, razón por la que nuestra relación laboral se complicó bastante. Gálvez, mi actual compañero, nunca me ha tirado los trastos pero noto sus ojos en mis tetas y culo más a menudo de lo que me gustaría. Pero una se acostumbra a ello, sobre todo en un mundo como el policial donde los hombres siguen siendo los reyes de la selva.

Había hablado con Darío varias veces, aunque solamente una en su apartamento, acompañada de Rubio. El suyo es el número 13 del segundo piso de uno de los bloques de las Viviendas Baratas, ocho construcciones idénticas de hormigón gris, con nueve pisos de altura y veintidós madrigueras en cada rellano. Un auténtico hormiguero.

Hace tres meses hubo un altercado en su bloque. La deprimida barriada es proclive a ello, pero era la primera vez que se producía en su misma planta. Un tema de malos tratos familiares había acabado con un herido por arma blanca. Gálvez y yo fuimos los encargados del entuerto, pero más allá de ayudar a los sanitarios y tomar un par de declaraciones tampoco había mucha más tela que cortar. Por ello, mi compañero atendió un aviso de otro de los bloques, pues una patrulla había sido atacada por un grupo de críos, dejándome allí para acabar de rematar la faena.

Gálvez esperaba volver en una hora como mucho, así que acabé las identificaciones, de las que no saqué gran cosa pues nunca nadie ha hecho o visto nada, aunque pilles al agresor, agresora en este caso, con el cuchillo de cocina en la mano. Así que para hacer tiempo, con el rellano limpio de curiosos, me dirigí al portal 13, donde un incómodo Darío me hizo entrar para que nadie me viera hablando con él.

Durante los diez minutos escasos que charlamos, nuestro confidente me explicó que el apuñalado solía encamarse con todas las jovencitas que se le ponían a tiro, así que era cuestión de tiempo que a la esposa se le cruzaran los cables, pues era habitual el ruido de platos y cristales sobrevolando el espacio en aquella casa. Me estaba despidiendo para salir de allí, cuando llamaron a la puerta.

-No pueden verte aquí, me hundirías el negocio –soltó alarmado, señalando la puerta del baño para que me encerrara en él. A parte de la cocina y el diminuto comedor, aquellos apartamentos solamente tenían dos habitaciones, el dormitorio y la que utilizaba de tienda-despacho en el caso de Darío.

Bastaron unos segundos desde que aquellos dos tíos habían cruzado la puerta para darme cuenta que había problemas. Pertenecían a una banda latina, pues su acento les delataba, y las amenazas iniciales se tornaron en golpes al poco rato. Dudé entre actuar o no hacerlo, pues seguro que Darío prefería recibir un par de cachetes antes que delatar su buena relación con la policía, hasta que oí claramente “te voy a rebanar la quijada, pendejo”.

Abrí la puerta arma en ristre apuntando al tío que amenazaba a mi confidente rodeándole el cuello con una navaja cromada. ¡Alto, policía! ¿Dónde estaba el compañero? Tardó el mismo tiempo el navajero que atenazaba a Darío en soltar su arma como la mía en caer al suelo al recibir un golpe seco en la muñeca. Me había precipitado y no me había dado cuenta que se había metido en la habitación de al lado. Me giré rápido, devolviendo el golpe con lo que logré espacio suficiente para agacharme y recuperar la pistola. Fui rápida, pero no lo suficiente para evitar que el tío se me echara encima. Mido 1,74 cm y peso 60 kg pero mi agresor debía pesar unos 20 kg más que yo así que su propia inercia me lanzó al suelo con el fulano encima. Forcejeé, pero no logré darme la vuelta así que al momento me encontré boca abajo con otra navaja cromada ordenándome quedarme quieta. Obedecí amenazando.

-Estáis atacando a un agente de la ley. Largaros antes de que os arrepintáis.

Entonces sentí miedo. Por sus carcajadas, inconscientes ante las consecuencias de sus actos, por su violencia, más verbal que física, pero sobre todo por su desesperación. Mientras me ponía mis propias esposas, con la misma maniobra que yo había empleado decenas de veces, me escupió:

-Habíamos venido a llevarnos un pequeño botín en mercancía y plata, pero parece que también podremos saborear el postre.

-Suéltame hijo de puta si no quieres…

-¿Si no quiero qué zorrita? –me cortó el cerdo que se había sentado sobre mis nalgas. Me agarró del cabello tirando de mi cabeza mostrándome de nuevo la navaja. –En Europa las mujeres estáis mal acostumbradas. Creo que va siendo hora que un macho de verdad te enseñe modales. ¿Qué te parece compa, le enseñamos a esta pendeja a comportarse?

-Estaría bueno. Creo que lo está pidiendo a gritos.

Inyectando los ojos en rabia miré al compa, para rápidamente girarme hacia mi agresor y volver a amenazarle, avisándole que si se iban en ese momento, aún podían salir indemnes de la situación. Pero su respuesta me aterrorizó. No tenían nada que perder. Si podían huirían del país pues su propia banda los estaba buscando, pero no tenían muchas esperanzas de lograrlo, así que les importaba un carajo las consecuencias de sus actos. Y una mamacita tan buenota como tu vestidita de uniforme no te cae del cielo cada día.

-Tengo dinero y material en aquella habitación –intervino Darío por primera vez señalando su despacho. -Llevároslo todo rápido y nadie sabrá que habéis venido. Pero no tiene porqué haber heridos.

Mi agresor ordenó al compañero que entrara con Darío en la habitación para recoger todo lo que pudiera mientras yo me encargo de la güera. Me obligó a levantarme en un gesto profesional, clavándome las rodillas en los gemelos y tirando de mis antebrazos, lo que me hizo suponer que era o había sido policía en su país. Mientras los otros desaparecían en el camarote del botín, me empujó contra la mesa del comedor, boca abajo, sin dejar de encajonarme con su cuerpo.

-Ahora tú y yo vamos a conocernos un poco mejor, mamita –me suspiró al oído mientras su mano derecha asía mi pecho sobándolo. –Una lástima no tener más tiempo para saborearte como es debido, pues no hay nada que me guste más que ver a una arrogante güerita como tú arrodillada comiéndome la verga. –La izquierda me sostenía la cola de caballo así que bajó la derecha por mi cintura, lamiéndome la oreja, hasta mi cinturón. Traté de revolverme, empujándolo, pero tiró fuerte de mi cabello volviendo a mostrarme la navaja que debía haberse guardado en un bolsillo. –Quieta potrilla. Podría lastimarte y sólo queremos pasar un rato agradable, ¿sí?

Cerré los ojos bajando ligeramente la cabeza, lo que interpretó como un asentimiento. Así me gustan las mujeres, obedientes, fue lo último que dijo antes de desabrocharme el cinturón y los pantalones haciéndolos bajar hasta medio muslo. Soltó mi melena aplastando mi cabeza contra la mesa mientras se bajaba el pantalón con la mano libre. Tiró de mi tanguita de puta hasta romperlo antes de apoyar ambas manos en mis caderas. Ahora sabrás lo que es la verga de un macho. La noté en la entrada de mi sexo, pero no atinó. Me pegó una fuerte nalgada ordenándome parar la cola, lo que me obligó a dar un pequeño paso hacia atrás separándome de la mesa un palmo. Ahora sí, acertó en mi vagina e hizo presión, pero apenas entró un par de centímetros. Aunque mi cuerpo me lo pedía, me resistí a gritar. Tan sólo apreté los dientes esperando que acabara lo más rápidamente posible. Empujó de nuevo y entró, justo en el momento que los otros habitantes del piso reaparecían en el comedor.

El compañero jaleó, dale a la poli, dale, pero me bastó una mirada rápida a Darío para que ambos comprendiéramos que era ahora o nunca. Mi confidente golpeó a su par con un fuerte codazo en las costillas, mientras yo concentraba toda la rabia acumulada en mi cuello y cabeza para erguirme a toda velocidad e impactar contra la cara de mi violador.

Si hay algo que te enseñan en el cuerpo, además de mantener siempre el control y a no utilizar la fuerza indebidamente, es a conocer las partes del cuerpo más vulnerables de un atacante. Un puñetazo en el estómago te dobla por la mitad. Una patada lateral en las rodillas o centrada en los genitales también suelen tumbar al más fornido. Pero ante un ataque posterior, lo más efectivo es la nariz. No hace falta que el golpe sea especialmente fuerte para anegarle los ojos de lágrimas, pero si se la rompes, como hice, tu contrincante queda fuera de combate unos segundos, los suficientes para que pudiera darme la vuelta y noquearlo con una patada cerca del oído, otra diana prohibida para un policía pues los daños pueden ser irreparables.

Gateando y corriendo, lograron alejarse hasta la puerta para escapar, con una mano en el pantalón y la otra en la cabeza mi agresor, sin soltar la bolsa que Darío le había entregado el compa. Darío llegó a perseguirlos hasta el quicio de la puerta pero no salió. Optó por cerrarla y preguntarme si me encontraba bien.

Tenía las pulsaciones a mil, respirando aceleradamente, tratando de sobreponerme al susto aunque no había sido tan grave después de todo. ¿Dónde tienes la llave de las esposas?, preguntó mi ocasional compañero asiendo de mi pantalón para subírmelo. Pero no le respondí. Una desconocida ira interior había tomado el control de mis actos.

-No me las quites. –Respondí mirándole a los ojos, cuando pude articular palabra. Me di la vuelta, ofreciéndole mi grupa y le exigí: -Fóllame.

Aún hoy me cuesta explicar lo sucedido. Supongo que involuntariamente, aquellos dos desgraciados, de los que encontramos los cuerpos despellejados dos días después, habían accionado un interruptor en mi ser, en mi interior irracional, que desconocía poseer. Darío tardó en obedecer mi orden, la última vez que le he dado una, pero fue el mejor polvo de mi vida hasta ese momento. Me corrí a los pocos segundos con una intensidad completamente desconocida para mí, gritando poseída mientras el orgasmo más largo de los sentidos en mi aún corta existencia percutía sin cesar doblándome las piernas, sacudiendo mi cuerpo y anegando el piso, pues llegó a escapárseme el pis.

***

La oscuridad me desconcierta. Amplifica las sensaciones a la vez que me desorienta. No sé cuanto rato llevo encadenada a la cama de Darío. Minutos. Muchos minutos. ¿Tal vez una hora? ¿Más? No lo sé, no puedo buscar un reloj ni mirar hacia la ventana para calibrar la caída del sol. Pero llevo demasiado rato.

Demasiado rato tratando de escuchar, atenta a cualquier ruido que me dé alguna pista sobre mi carcelero, pero no oigo nada dentro del piso. O no me parece que los ruidos que oigo, algún grito, portazos, provengan de este apartamento. Además, el constante sonido del vibrador, tenue al principio, pero persistente hasta clavárseme en el cerebro ahora, me dificulta discernir claramente otros sonidos.

Mi respiración también resuena en mi cerebro. Acelerada, debido a los nervios de la situación, pero sobre todo porque el puto Darío me ha dejado caliente como una perra y el maldito aparatito me mantiene en trance, horadando cuál ejército de hormigas mis entrañas, pero sin llegar a la intensidad suficiente para proporcionarme el orgasmo.

Noto mi piel completamente erizada, trato de frotarme las piernas para acariciarme el pubis, para meterme más adentro el acero que me tortura, o para sacármelo de la vagina si fuera posible, pero no lo es.

Tengo la garganta tan seca que me escuece. Salivo, salivo tanto como puedo para refrescarla mientras mi lengua lame mis labios para hidratarlos. Pero no lo necesitan. Están húmedos, ávidos de chupar mis propios pezones si llegara a ellos. O mejor, si mi cuerpo fuera lo suficientemente elástico, me comería mi propio coño para acabar con esta tortura.

¡Por Dios Darío! ¿Dónde coño estás? Ven de una puta vez y fóllame. Tómame como quieras, hazme lo que quieras, pero acaba con esta tortura. No sólo me va a estallar la cabeza, las terminaciones nerviosas de mis pechos, de mis pezones y de mi sexo están a punto de reventar.

¡Un click! He oído un click, por fin, es la cerradura de la puerta abriéndose. Darío, eres un cabrón y te juro que esta me la pagas. No lo digo en voz alta pues oigo sus pasos acercándose a la puerta de la habitación. Pero no la abre. ¿Qué está haciendo? Tengo ganas de gritar, de llamarlo, pero oírlo, que no sentirlo cerca, me ha alterado más aún de lo que ya estoy, ha aumentado mi excitación. Así que prefiero seguirle el juego porque sé que en cuanto me ponga una mano encima, aunque solamente roce mi piel con un dedo, me correré como lo que soy, una perra en celo, su perra.

La puerta se abre por fin. Noto incluso una leve corriente de aire refrescándome, pero haría falta un tsunami para rebajar mi temperatura. Mi respiración se acelera, abro las piernas todo lo que puedo, ofreciéndome al guerrero volviendo del campo de batalla cual ofrenda triunfal, mi lengua se mueve involuntariamente, así como mis caderas, rogando que me saque la mierdecilla que me ha metido en la vagina y me meta una polla como Dios manda.

Lo noto acercarse, por mi izquierda, pero no se desviste. A lo mejor lo ha hecho fuera, por eso ha tardado un poco en entrar. O prefiere tomarme completamente vestido en un acto más de dominio sobre mí y mi desnudo cuerpo.

Entonces noto la mano agarrándome de la cola, moviendo mi cabeza. Se ha puesto colonia, un suave aroma desconocido para mí que se mezcla con el olor a putiferio que inunda la sala. Muevo la boca, saco la lengua tratando de lamerle el brazo, el dedo, lo que sea que calme mi ansia. Pero no llego. Su mano libre, en cambio, me está sobando las tetas, primero mi derecha, a continuación la izquierda, con saña, agresivamente. Me dejará los dedos marcados en ellas como siga así pero no me importa. Jadeo suplicante. Cuando me pellizca un pezón, gimo con fuerza liberando por fin parte de mi alma atormentada. Ya no me detengo, menos cuando la mano baja por mi estómago hasta chapotear en mi sexo. Un sonido gutural que debe haber provenido de la garganta de algún orco resuena en las paredes. No puede haber salido de la garganta de una joven y educada agente de policía.

Fóllame, pido cuando los dedos me abandonan de nuevo, méteme la polla, por favor. La respuesta de la mano que me sostiene del cabello es obligarme a ladear la cabeza hacia la izquierda, hacia el cuerpo de Darío. Huelo la polla al instante, a un palmo de mi cara, así que abro la boca famélica, anhelando carne que la alimente. En cuanto la noto en la barbilla la engullo, desesperada. Y entonces me doy cuenta, al instante.

No es la polla de Darío. Ni sabe igual, ni tiene el mismo grosor, ni parece tener la misma longitud. Me detengo, pero la mano que me tiene agarrada me la clava más adentro mientras su gemela me pellizca el pezón derecho. La voz de Darío me tranquiliza, ¿qué pasa perra, ya no quieres polla?, aunque la oiga a cierta distancia, detrás del hombre cuyo miembro estoy sintiendo. No puedo evitar gemir, jadear, boquear, mientras mis labios reanudan el trabajo y mi lengua descubre nuevos horizontes.

-¿Qué te parece la hija de poli? Es una buena zorra, ¿verdad?

Las palabras de mi celador me encienden más aún, gimo mamando con desespero aguantando una mamada violenta, agresiva. Afortunadamente no tiene una gran polla, pues si Darío me follara la boca a este ritmo, me desencajaría la mandíbula. Pero estoy tan excitada que todo me da igual. Incluso que el cerdo, que suspira profundamente pero no suelta ningún sonido más que delate su identidad, se corra en mi boca sin avisar en apenas un minuto. Me sujeta la cabeza con fuerza para que no escape, con las dos manos, y me ahoga con su simiente.

Cuando se retira boqueo buscando aire, pues por un momento he sentido asfixia. Pero mi mente sigue en modo monocorde. Fóllame, fóllame ya, me repite incansable.

Ha soltado mi cabeza, ha tirado de mis caderas para estirar mi cuerpo de modo que mi espalda quede tumbada y mis brazos estirados, en diagonal, pues los barrotes del cabezal de la cama no llegan hasta el colchón. Me ha abierto las piernas, se ha metido entre ellas, ha sacado el vibrador de mi sexo y me ha ensartado. De un solo golpe, dejando caer todo su peso, que es bastante, sobre mí.

Noto su aliento ácido en mi cara, su lengua sucia babeándome el cuello, sus fuertes manos agarrándome del culo y de las tetas sin ninguna delicadeza, su ancha barriga obligándome a abrir las caderas hasta límites desconocidos. Noto, por fin, una polla follándome. Sí, fóllame, fóllame. Lo verbalizo, lo digo en voz alta pues no puedo evitarlo. No sé quién es ni me importa. Tiene polla y me está follando. Y me llevará al orgasmo, lo siento, ya viene, sí, ya viene.

Me corro como una perra. Intensamente, sintiéndome la más puta de las gallinas. Fóllame, sigue follándome me digo, mientras el orco vuelve a rugir con fuerza, saliendo de lo más profundo de mis entrañas.

 Me voy relajando paulatinamente mientras el desconocido sigue percutiendo. Tarda bastante en correrse, tanto que acaba por hartarme su olor, su aliento, su peso, su mierda de polla. Se retira justo antes de eyacular para hacerlo sobre mi barriga, donde noto su viscoso pero exiguo resto. Su último contacto conmigo es un mordisco en mi teta izquierda que me hace gritar.

Oigo pasos alejándose, pesados, y la puerta cerrándose de nuevo. Darío cabrón, ¿dónde vas? Pero no tardo en oírlo volver. Sé que es él. La cadencia de sus pisadas lo delata.

-¿Qué te ha parecido? –pregunta sentándose a mi lado.

-Eres un cabrón –pero su respuesta es meterme de nuevo el vibrador, a mayor velocidad esta vez, mientras acaricia mis pechos, pellizca mis pezones delicadamente y me llama perra, zorra, puta. Vuelvo a gemir. –Tómame tú ahora, por favor, fóllame.

Pero no lo hace. Prefiere masturbarme con una mano dándome de beber mis propios jugos cada pocos segundos. Vuelvo a entrar en trance. Puto cabrón. Abro las piernas todo lo que puedo, chupo sus dedos como si no hubiera comido en días, hasta que detiene el vibrador de nuevo, y, sin dejar de acariciarme, me tortura con sus palabras.

-No te imaginas quién te ha follado. Tal vez un desconocido. Tal vez alguien de tu entorno, pero a las furcias como tu eso les da igual. Se conforman con cualquier polla. –Gimo con fuerza, acompasando mis caderas al ritmo de sus dedos. –¿Pero sabes qué es lo mejor? Que esto no ha hecho más que empezar. Tengo una cola de tíos en el comedor esperándote, una cola que cruza el vestíbulo de la planta y llega hasta la calle. –Un no profundo sale de mi garganta pero él no lo oye, porque de nuevo ha sonado como el gemido de un orco. –Toda la ciudad está aquí, esperando para darle su merecido a la agente más puta del cuerpo, mirando el uniforme y la placa de la zorra que les ofrezco. Te follarán hasta hartarse, hasta que tú te hartes. Y nunca sabrás quien te ha follado.

Se levanta, supongo que para dar entrada al siguiente. Mi cerebro bulle, pero no rige sobre mi cuerpo que vuelve a estar desbocado. Aún así, logro decir: Por favor, no me dejes sola.

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