A la orilla de la carretera


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RESUMEN

Una madre hace el mayor de los sacrificios con tal de que su hija no sea ultrajada.

Han pasado ya dos meses desde aquel incidente, y en mi interior hay una tormenta de sentimientos y pensamientos. Escribo esto, siguiendo las instrucciones de mi terapeuta, como parte de un proceso que calme mi sentir, a la vez que trato de ordenar mis pensamientos que hasta ahora han sido una total borrasca desde lo sucedido.

Pero bien, comenzaré desde el principio. Una vez que mi hija terminó los estudios de bachillerato, y como ya tenía mayoría de edad, decidió irse a vivir con su padre. Él y yo nos separamos desde hace cinco años. Ignacio, desde que nos divorciamos, vive con otra mujer en la capital del país, mientras que por mi parte yo vivo en la provincia únicamente con mi hija. No he vuelto a casarme.

Estando tan apegada a ella, yo no estaba de acuerdo que Eva me abandonara, pero tras semanas de discusiones terminé por aceptar. Incluso le ofrecí llevarla yo misma con su padre. Ella estaba ilusionada de volver a estar junto a él, y estudiar su carrera universitaria en la gran ciudad.

El trayecto era largo pero nos fuimos en auto ya que tenía esperanzas de convencerla durante el camino. Justo estaba tratando de hacer que cambiara su decisión cuando nos quedamos varadas a mitad de carretera.

Yo, sin saber de mecánica, no pude hacer otra cosa cuando el auto comenzó a fallar que orillarme y esperar a que algún automovilista nos brindara su ayuda, pues ni señal de celular tenía en aquel solitario lugar.

Tras varios minutos sin ver a nadie, traté de calmar a mi impaciente hija que, con sus reclamos sobre que debimos haber viajado mejor en avión, me ponía aún más nerviosa. Abrí el cofre tratando de hallar el problema, aunque sin saber siquiera qué buscar.

Estaba yo desesperada, cuando de pronto vi detenerse por fin una vieja camioneta. Del vehículo bajó un hombre de treinta y tantos años de aspecto rudo y sucio.

Aquel tipo me preguntó si tenía un problema y le expliqué que el coche había comenzado a desacelerar y a sacar mucho humo negro antes de dejarnos ahí paradas. A decir verdad, recuerdo que en ese momento noté un particular brillo en sus ojos cuando se percató de mi joven hija, quien estaba en el interior del auto. No sé como dejé pasar eso. Aquello debió ponerme en alerta.

Él se asomó al motor y con desplante condescendiente me dijo que lo podía arreglar pero que necesitaba de mi ayuda. Me pidió que lo acompañara a la parte trasera de su camioneta, la cual tenía adaptada una cabina tipo camper.

Lo seguí, pues pensé que iría por herramientas para arreglar mi auto, pero tras abrir la puerta me empujó al interior y prácticamente me tiró en el suelo.

El hombre me amenazó con hacerle algo a mi hija si yo no cooperaba y comenzó a estrujar mis pechos aún sobre la ropa. Después me subió la blusa y violentamente retiró mi sostén dejando que mis senos colgaran libremente.

—Qué hermosos pezones tienes —dijo, a la vez que los pellizcaba con sus toscos dedos mientras que su mirada endemoniada recorría con ansiedad todo mi cuerpo.

Yo estaba a punto de gritar, pero pensé rápidamente y me contuve, era obvio que en aquel apartado lugar nadie vendría en mi ayuda y mi hija correría un gran peligro si, al escucharme, acudía en mi auxilio. No me dejé llevar por el pánico.

El calor en el interior de esa cabina era sofocante, el olor que emanaba de aquel salvaje ser me asfixiaba. Sujetó con ambas manos mis dos tetas desnudas y, una después de otra, se las metió a la boca exprimiéndomelas y mamándolas. Su succión era tan poderosa que me dolía. Mis pezones quedaron lastimados tras de aquel inmisericorde ataque, por lo que hice un enorme esfuerzo por no chillar.

Con lujo de violencia acabó por desnudarme. Una vez vio mi sexo al descubierto, metió su cabeza entre mis muslos. Sentí su lengua abrirse paso a mi intimidad. La textura era rasposa y atravesaba mis labios vaginales con brusquedad.

Lamió varias veces dejando muy húmeda mi vagina, después se desnudó dejando al descubierto, y a centímetros de mi rostro, su verguda hombría. El falo era grande, duro y grueso. La cabeza se movía con palpitaciones de deseo animal. Era como si la sangre, impulsada por fuertes bombeos, se le acumulara toda en aquella gruesa cabezota que se hinchaba a intervalos.

Pese a mis súplicas, aquel hombre colocó su enorme verga a la entrada de mi vagina y, tras escupir de manera por demás asquerosa mi hendidura, restregó la punta de aquel falo de arriba abajo. Después, con un contundente empujón, me la clavó cual estaca en mi intimidad. En ese momento me fue imposible contener un grito que temí escuchara mi hija.

—Te voy a vergar mamacita. Ya verás, nunca te lo han dado así, hasta me vas a suplicar que te dé más —dijo, con brusquedad, aquel bellaco al mismo tiempo que comenzó a chocar sus testículos contra mi perineo.

Lo único que yo quería, que imploraba, es que a mi hija no le pasara nada. Más que nada temía por ella. No quería que ese desalmado pensara en hacerle algo... algo como lo que en ese instante me estaba haciendo. Con eso en mente, tras tolerar un rato de sus crueles embestidas me atreví a susurrarle al oído:

—Qué rico... qué rico me lo haces —dije, con tal de que aquel energúmeno se excitara y acabara pronto.

No quería que ni siquiera pensara en mi niña. Quería vaciarlo todo por completo y así dejarlo sin ganas.

A mi pesar lo rodee con mis piernas, atenazándolo, haciendo que su enorme cuerpo se pegara al mío. Está por demás decir que mi sacrificio era enorme. El asqueroso ser expedía un agudo olor a sudor agrio; apestaba. Pero ahogaba mis ganas de vomitar con tal de darle satisfacción y saciarlo de sus bestiales apetitos para que nos dejara en paz y se largara.

Mis uñas se le clavaron en su ancha espalda mientras le ofrecía una serie de improperios animándolo a culminar.

—¡Eso, así! Eyacula... vente... vente en mí. ¡Échame toda tu rica leche! — le dije, con la voz más incitante que podía, pese a las horribles circunstancias.

El tosco hombre siguió dándome duros estacazos descargando en mí todo el coraje contenido en él. Aquella cosa, dura y gruesa, entraba y salía sin cesar de mi cuerpo; jamás en mi vida había contenido un pene de tales dimensiones. Era tal que, al entrar totalmente en mí, me hacía sentir que me partiría en dos.

De pronto sacó su pene y se incorporó colocándolo, ésta vez, frente a mi cara. Con brusquedad me obligó a introducírmelo en la boca. Yo, que ni a mi antiguo esposo se lo hacía, tuve que brindarle a aquel asqueroso una felación.

El pene estaba cubierto por una viscosa humedad pero, pese a la repulsión que eso me provocó, aún así me lo metí a la boca. Aquel rudo hombre no se conformó con cómo se lo hacía y, con sus propias manos, sujetó mi cabeza. Como si mi boca fuera una vagina, la penetró violentamente, metiéndomela y sacándola con brutal rapidez. Sin embargo, en un momento que metió hasta el fondo toda su hombría, el glande chocó con mi úvula y me produjo nauseas.

Fue en ese momento, mientras yo me apartaba de él produciendo arcadas, cuando me di cuenta que por una de las ventanillas de la cabina se asomaba Eva, quien asombrada nos miraba con los ojos muy abiertos.

Desgraciadamente, al verme a mí, el malvado hombre también se dio cuenta de la presencia de mi hija y así, desnudo como estaba, salió de la camioneta para ir tras ella. Yo salí tras él.

El ruin la alcanzó fácilmente cuando ella corría hacia el auto. Vi cómo aquel infame ya sujetaba a mi hija con brusquedad y la traía hacia la camioneta.

—Te prometo, te juro que hago lo que me ordenes, pero déjala en paz —le supliqué con lágrimas en mis ojos.

—Se la voy a meter por el chiquito —dijo aquél.

—¡Sí, sí, métemela! Hazme lo que quieras pero no le hagas nada a mi niña, por piedad —le dije.

Aquel ser sin entrañas me miró con una sonrisa burlona.

—No, a ti no. A tu hija. Desde hace rato que la vi le traigo ganas. Está bien rica la condenada. Se ve que está en su punto —dijo, para mi espanto, al mismo tiempo que con su tosca manaza le oprimía uno de sus senos a mi pobre hija.

Aquellas palabras me cimbraron. Aún ahora, al recordar aquel momento, me vuelven los temblores que me provocó la impotencia al saber lo que iba a pasar.

—¡No! ¡No le hagas nada, te lo suplico! —le imploré.

El canalla me cerró la boca de un bofetón.

—¡Cállate! Si no quieres que le vaya peor, será mejor que cierres la boca.

Volteé hacia ambos extremos de la carretera pero no logré ver a nadie. Estábamos allí solas, a merced de aquel desalmado.

Con fuerza llevó a Eva al interior de la cabina y a mí me dejó fuera; desnuda, impotente; mientras aquel despreciable se encerraba con mi pobre hija que quedó bajo su voluntad.

Yo no sabía qué hacer. ¡¿Gritar... correr?! ¿Quién vendría en mi ayuda? Ahí, desnuda en medio de la nada, lo único que hice fue mirar por la ventanilla mientras mi hija era desvestida violentamente en el interior de la cabina.

Eva tuvo que tolerar los mismos manoseos que yo antes había padecido. Fue como verme a mí misma cuando aquel ser me violó minutos antes.

Pude ver a mi hija con la ropa hecha jirones mientras que impotente era presa de aquel cerdo. Tras arrancarle bruscamente pantaletas y brassier, le abrió ambas piernas, poniendo su sexo al descubierto, el cuál mojó a lengüetazos y, sin escuchar mis súplicas desde el exterior que le exclamaba a voz en grito que ella aún era virgen, le introdujo el miembro de un solo empujón y con violencia.

Eva chilló. Su rostro lo expresaba todo. Al ver la expresión de dolor en mi hija fui consciente de que su doncellez había sido destrozada para siempre.

Debo reconocer su valentía al soportar los duros bombeos que aquel hijo de puta le propinaba. Yo sabía muy bien el alcance de los bríos de aquel animal, pues apenas hacía un momento el me había arremetido con la misma violencia. Sin embargo, mi hija se mostró estoica. Yo, en su lugar, hubiera roto en llanto al ver perdida mi inocencia de esa manera.

El muy cerdo se dio gusto dando lengüetazos y mordiendo por todo el cuerpo de mi noble y valiente hija. El muy bastardo le mamó con extrema fruición sus pechos apenas turgentes.

Dada la delgada complexión de mi hija, a aquel desgraciado le fue muy fácil maniobrarla de tal forma que la hizo como quiso. La colocó en varias posiciones, las más de las veces bastantes vergonzosas y humillantes. Mi pobre hija parecía muñeca de trapo.

La cargó y, sujetándola de sus posaderas sin permitirle tocar el suelo, la continuó penetrando ahora parado. Tan violentos eran los movimientos que la cabeza de mi hija llegó a chocar contra el techo de la pequeña cabina lastimándose. Ella se quejó pero a él no pareció importarle, la siguió penetrando... mancillando.

Después la tiró en el piso. Eva cayó sobre sus cuatro extremidades con un estrépito golpe que de seguro la debió haber lastimado. De esta manera volvió a estocarla, esta vez desde atrás. Los gestos de dolor en el rostro de Eva revelaban su sentir; era evidente que aquel falo, que de por sí era enorme para cualquier mujer, era aún más devastador para un cuerpo pequeño, joven y delgado como el de mi hija. Su constitución nunca se acostumbraría a tal invasor.

Como si no hubiese sido bastante tortura, tras varios minutos de ayuntamiento, el infame sacó su miembro de la vagina de mi noble hija sólo para colocarlo, esta vez, a la entrada de su recto. El hijo de mil putas iba a penetrar a mi hija esta vez por el ano. Le grité, le imploré que parara, pero el desgraciado no hizo caso.

Flexionando sus piernas, como si fuera a hacer una sentadilla, se dejó caer sobre el trasero de mi hija apuntando la punta de su perverso miembro en el hueco cloacal de mi pequeña Eva.

Aquel inmundo ser trató de meterlo de un solo empujón, cosa que lastimó a mi niña pues lo pude ver en su rostro. Era evidente que aquel falo no se abriría camino fácilmente. Al ver su ineficacia, aquel bastardo relamió el orificio anal de mi hija. Sin asco, metió su repugnante lengua en el cerrado orificio de mi pequeña.

Cuando dejó empapado el ano con su saliva volvió a intentarlo, pero esta vez decidió ir de poco a poco.

Mientras la punta de aquel miembro fálico se hundía milímetro a milímetro, mi hija sollozaba de dolor, yo no lo soportaba. Me sentía al borde del desmayo. A Eva se le escurrieron las lágrimas bañando todo su rostro.

El tozudo hombre la sujetaba con fuerza de su cintura con ambas manos, impidiéndole alejarse de él. Al ver que aquello no se detendría y se abriría paso, a como diera lugar, mi hija decidió abrirle camino por propia cuenta así que, poniendo la cara en el suelo, se empinó y con ambas manos se abrió así misma los cachetes del trasero. Eso brindó mayor apertura por lo que el falo logró entrar hasta casi la mitad. Pero aquel villano no se conformó con eso y se la clavó tan profundamente que logró resguardarla totalmente en el recto de mi pequeña Eva.

Mi hija gritaba, esta vez con la máxima intensidad, al tener tan enorme invasor en sus entrañas, atravesando un anillo que se dilataba al máximo. Temí por el daño en su esfínter; pues ella es aún muy joven como para tolerar un intruso así sin repercusiones. Afortunadamente el médico que la observó después del incidente me dijo que no hubo daño grave. No obstante, ahora que he estado muy cerca de ella, me he dado cuenta que con frecuencia se le escapan los gases intestinales y creo que es consecuencia de aquello; espero que esto sane pronto.

Los minutos me parecieron horas al ver a mi hija siendo sodomizada por el brutal animal.

Pero todo tiene una conclusión y así ese hombre tuvo que acabar. Así como estaba; incrustado en el recto de mi pobre hija; por fin soltó todo su esperma. Dicha simiente se derramó cuando aquél sacó su pedazo de carne. El semen se escurrió en un chorro que resbaló cayendo al suelo.

Aquel maldito, tras saciarse, nos dejó abandonadas a nuestra suerte. Una hora más tarde, un automovilista nos rescató de tan cruel infierno.

Han pasado ya dos meses y aún no logro entenderlo. Aquel hombre no eyaculó directamente dentro de la vagina de mi hija y, sin embargo, no sé cómo Eva quedó embarazada. Ni mucho menos entiendo por qué ella quiere conservar a la criatura.

EPÍLOGO

Ya tenía bastante tiempo que no veía a Eva. No contestaba mis llamadas y no podía localizarla en su casa. Me había imaginado que por fin le había contado a su mamá y ésta se la había llevado lejos.

Sin embargo, ayer me la encontré en el hospital. Yo había ido a visitar a mi abuela que sigue allí internada y, para mi sorpresa, vi a Eva sentada junto a su mamá en la sala de espera. Las dos lucían muy, muy raras; la verdad.

Me acerqué a ellas y las saludé. Su mamá se portó medio cortante conmigo. Raro, pues la conozco de años. Eva y yo somos amigas desde la secundaria. Pero a la señora parecía que le molestaba mi presencia. Sintiéndome incómoda, estaba a punto de despedirme cuando Eva le dijo a su mamá que necesitaba desaburrirse y que iría conmigo a la cafetería. La señora no vio con buenos ojos aquello, fue evidente, pero Eva y yo nos marchamos dejándola ahí sentada.

Ya estando lejos de su madre no me aguanté más y le pregunté.

—¿Qué pasó? ¿Ya se enteró?

—No. Ni te imaginas lo que nos pasó.

Vi que los ojos de Eva comenzaban a llenarse de lágrimas. Fue así como comenzó a contarme lo sucedido.

Un maldito había abusado de ellas. Mi amiga, en llanto, me dijo que había sido una experiencia traumática. Que le había dolido hasta el alma; peor aún que su primera vez. El muy mierda la lastimó en verdad.

Me confesó que, incluso, la había penetrado también por el ano y que, aunque ya habían pasado varios días, aún lo podía sentir clavado allí. Yo ni siquiera me imaginaba como sería eso. Ya de por sí me daba miedo el cómo sería mi primera vez de manera normal, ahora que me la metieran por un orificio que no era para eso, debía de ser horrible.

Tras consolarla Eva dejó de llorar. Para olvidarnos de aquel cruel evento platicamos de otras cosas. De la escuela y así.

No pude reprimir mi curiosidad y le pregunté sobre su embarazo. Hacía semanas, ella me había confesado sobre su retraso en su periodo y temía estar embarazada de Eduardo, el último chico con quien se había acostado. La verdad, la primera vez que me contó de él me dio envidia pues el chico está guapísimo. Sea como sea, la acompañé a comprar una prueba de embarazo y la ayudé a llevarla a cabo. Salió positivo.

Eva estaba muy preocupada, pues no sabía cómo iba a decírselo a su mamá. Era obvio que se enfadaría muchísimo. Su mamá no tenía ni idea de que su hija ya sostenía relaciones sexuales desde hacía tiempo.

—Le hice creer a mi mamá que aquel hombre fue quien me dejó preñada tras violarme —me dijo Eva en susurros.

—¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a abortar? —le pregunté.

—Pues no sé. Eso parecía lo mejor, lo más fácil. Mi mamá está de acuerdo en que aborte al creer que el padre fue aquel cerdo miserable. Pero ahora me siento encariñada con mi bebé. El saber que puedo traer un niño tan hermoso como Eduardo, no sé, me hace sentir feliz. Sé que va a ser difícil, con la Universidad y eso, pero...

—Sí, yo también creo que es lo correcto —le dije acariciando su pancita, ambas sonreímos—. Pero ¿te vas a echar el paquete tú sola? —le pregunté.

Ella no me contestó. Parecía que miraba a alguien más.

Fue en ese momento que me percaté que mi amiga estaba viendo con mirada coqueta a un joven médico. Yo creo un pasante, quien ya debería tener como veintitantos años. No era tan guapo, pero se veía simpático. Parecía estar haciendo su servicio social en el hospital.

Aquél le sonreía a mi amiga y se sonrojaba un poco. Era evidente que lo traía babeando. En ese momento pensé: «Quizás este bebe ya cuente con un probable padre después de todo. Mi amiga Eva no es nada tonta».

FIN

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