Extorsión a una mujer casada - Parte 05

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RESUMEN

—Que puta que sos, monjita —decía mientras le hacía tragar mi pedazo por completo. De la boca de Florencia caían espesos chorros de baba. Héctor, cámara en mano, se dirigió al extremo opuesto y se detuvo frente a las enormes nalgas abiertas de Florencia.

Una vez que Don Luis, el marido de Victoria, retomó a sus viajes por motivo de trabajo, y aun con el caliente recuerdo de nuestra última visita a la mamá de nuestro compañero Pablo, Héctor arregló otro encuentro con la señora.

—¿Todavía se sigue haciendo la difícil Vicky? —le pregunté a Héctor mientras íbamos a la casa de Victoria.

—Cada vez menos. Está entregada —respondió mi amigo.

Una vez que llegamos a la casa, tocamos el timbre y Victoria nos hizo pasar. Como solíamos hacer, ingresamos al comedor y grande fue nuestra sorpresa al toparnos con otra mujer ahí. 

—Ella es Florencia —dijo Victoria a modo de presentación—, mi hermana, la tía de Pablo. 

La observamos en silencio. Entonces recordé que en alguna oportunidad Pablo nos había hablado de ella. Nos había contado que se trataba de una ex monja que recientemente había dejado los hábitos para casarse; pero resultó ser que su matrimonio no funcionó, se separó, y estaba por retomar sus hábitos nuevamente. También agregó que se trataba de una pesada que se la pasaba dándole sermones religiosos a todo el mundo.        

La tía rondaría los cuarenta años, cinco mayor que mayor que Victoria, y era tanto o más voluptuosa que su hermana, lo que, créanme, no es poco decir. Por otra parte, ignoraba de qué vendría eso, pero se me puso dura en el acto. Observé a Héctor y supe que se estaba poniendo a mil, al igual que yo. 

Florencia era una mujer alta como su hermana Victoria: pelo negro y lacio hasta debajo de sus hombros, tez morena, bello rostro y debajo de su amplia camisa blanca que se adivinaban dos grandes tetas. Llevaba puesto un ceñido pantalón de jeans que le marcaba un culo grande y apetitoso y zapatos. Por las voluptuosas dimensiones de su cuerpo adiviné que le resultaría muy difícil vestirse de manera que no llamara la atención de los hombres.    

La recién llegada permanecía de pie junto a la mesa del comedor. Lucía una gentil sonrisa.  La cuestión fue que quedamos los cuatro reunidos, frente a frente. Victoria observaba su hermana. Entonces Florencia tomó la palabra y dijo:

—Chicos, quiero decirles que estoy acá porque mi hermana me contó lo que están haciendo con ella… —Victoria bajó su cabeza, avergonzada—y vengo a pedirles que terminen con todo esto y retomen el camino de Dios. Vicky está cristianamente casada con su marido y sería una tragedia para ella separarse… si ustedes nos entregan las películas que tienen de ella, nosotras prometemos guardar el secreto y nadie saldría perjudicado. El Señor los llama nuevamente a su viña y… 

—¿Qué clase de cristiana sos si no ayudas a tu hermana? —la incomodó Héctor.

Florencia estaba a punto de ceder ante nuestra presión.  

—¿Qué—que tendría que hacer? —preguntó tímidamente al fin.

—Desabrochale la camisa a tu hermana, Vicky —ordenó Héctor.

La mamá de Pablo se acercó a Florencia y empezó a desabrocharle los botones de la camisa dejando al descubierto dos grandes y sugestivas tetas enfundadas en un corpiño color beige. Mi pija ya estaba dura a más no poder. No podía dejar de agradecer a los hados por nuestra buena suerte.

A continuación., Héctor, quien llevaba la voz cantante, le ordenó a Florencia que hiciese lo mismo con su hermana y que también se quitasen sus corpiños. Las señoras obedecieron sumisamente y pronto quedaron en tetas. Ambas miraban al suelo, humilladas e indefensas, aguardando nuestras órdenes.  

—Afuera los pantalones y las bombachas —les ordené.

Victoria y Florencia acataron mi orden. Comprensiblemente, a Florencia le costó un buen esfuerzo bajarse los pantalones debido a su desproporcionado culo.

—Que puta culona es la monjita, eh —comentó con sorna Héctor.

Florencia se puso colorada de vergüenza.

Realmente se trataba de dos mujeronas impresionantes: bocas, tetas, culos y piernas para hacer dulce, y todo bellamente desproporcionado. La hermana de Victoria portaba una voluptuosidad difícil de creer. Le ordené a ambas que se diesen vuelta, se inclinaran un poco hacia adelante y separaran sus nalgas con sus manos. Florencia quedó consternada ante mi pedido y cuando iba a protestar Victoria le dijo algo que la hizo ceder. El espectáculo era arrebatadoramente maravilloso: las dos hermanas con los culos bien expuestos, parados, con sus manos abriendo sus carnosas nalgas dejando al descubierto sus fruncidos anos marrones. Héctor les ordenó que ladraran como perras. Florencia no sabía en qué consistía aquello, pero Victoria sí que lo sabía y empezó a ladrar. Pronto Florencia la imitó. Ahí estaban las dos señoras, expuestas y humilladas como dos putas baratas.    

—Guau, guau, arf, arf…  

Entonces Héctor me dijo que tenía una idea. Asentí. A continuación, les ordenó que subieran hacia la habitación de victoria. Las mujeres, desnudas, solo con sus zapatos puestos, se encaminaron tímidamente hacia la escalera. Les indiqué que subiesen despacio. Así lo hicieron, y aproveché la ocasión para fotografiar sus excitantes culos con mi teléfono celular.    

Una vez en la habitación, Héctor instrumentó su ocurrencia:

—Vos, Victoria —le indicó a la mamá de Pablo —acóstate a través de la cama, boca arriba. Y vos, Florencia, acóstate arriba de ella, pero al revés.   

—No—no entiendo —preguntó Florencia nerviosamente.

—Un sesenta y nueve, monjita, algo que seguro nunca hiciste, ¿no? —respondió cínicamente, Héctor.  

—¡No puedo hacer eso! —protestó La hermana de Victoria, horrorizada.

Entonces Victoria avanzó Hacia la cama, se acostó como le indicó mi amigo y observó a su hermana en silencio.  

—No me hagas perder tiempo, monjita —dijo Héctor tomándola de su brazo y llevándola hasta la cama. Florencia protestó, pero separó sus piernas, subió a la cama y pronto quedó montada sobre su hermana formando un caliente sesenta y nueve.   

Mi amigo se sacó su pantalón y calzoncillos y yo hice otro tanto. Luego se paró en un extremo de la cama, frente a Florencia, de modo que su verga quedó frente al rostro de la asustada mujer y a un palmo arriba de la concha de Victoria. Evidentemente le tenía muchas ganas. Yo me paré del lado opuesto a él, quedando mi pija parada frente a las tremendas nalgas abiertas de Florencia —que realmente eran impresionante —y por encima del rostro demudado de Victoria. 

Empezamos a sacudir nuestras vergas enhiestas. Florencia sollozaba frente al carajo rígido de Héctor; entonces este empezó a pasarle su glande por la cara. Introduje mi pija en la boca de Victoria y la señora comenzó a mamarme sumisamente.

—Tu hermanita ya se la está chupando a mi amigo —le informó Héctor a Florencia—. Y es una muy buena mamadora. Y ahora vos te vas a comer la mía.  

—¡No me pueden hacer esto, chicos! —gimió quebrada la hermana de Victoria.

Y acto seguido Héctor le introdujo la pija en la boca. La mujer empezó a succionar la verga de Héctor, y a juzgar por la expresión de placer mi amigo, no lo hacía nada mal. A su vez, Victoria aspiraba diestramente mi palo y también lamia ávidamente mis pelotas.       

—La chupa muy bien la monjita —dijo Héctor.

Se trataba de un espectáculo tan caliente como maravilloso. Las voluptuosas hermanas sometidas como dos calientes putas, dispuestas a satisfacer la lujuria de dos pendejos amigos del hijo de una de ellas. Victoria y Florencia, una encima de la otra, mamaban vorazmente nuestros palos.

Entonces retiré mi verga de la boca de Victoria y alcé su cabeza poniéndola frente a la concha abierta de su hermana. Le indiqué que comenzará a chuparla. Victoria, ya poseída por el placer, no vaciló y sacó su lengua comenzando a lamer ávidamente el clítoris y los labios abiertos de la concha de Florencia. Esta, con la pija hinchada de Héctor dentro de su boca, emitió un sentido gemido de placer. Entonces me amigo me imitó y pronto las dos hermanitas se chupaban las conchas ardientemente, conformando un sesenta y nueve en toda la regla.    

—Buenas putas resultaron estas dos —dijo Héctor sin perder detalle de la actividad de las mujeres.

Ambas se lamian y se penetraban con sus húmedas lenguas, totalmente absortas de lo que sucedía a su alrededor, momento que Héctor invariablemente aprovechó para comenzar a filmar. Mientras tanto yo las observaba y sostenía mi pija intentando contener un inminente orgasmo ante tan caliente cuadro.   

Segundos después Vitoria y Florencia acabaron simultáneamente en medio de contorsiones y sentidos gemidos. Sin aguantar más, avancé y me paré frente al rostro exánime de Florencia. Alcé su cabeza por su cabellera y le metí de un golpe mi pija hinchada en su boca. La mujer, aturdida, empezó a mamarme apasionadamente.   

—Que puta que sos, monjita —decía mientras le hacía tragar mi pedazo por completo. De la boca de Florencia caían espesos chorros de baba. Héctor, cámara en mano, se dirigió al extremo opuesto y se detuvo frente a las enormes nalgas abiertas de Florencia.

—¿Decime, Vicky, por donde querés se la meta a la puta de tu hermana?

Victoria, cuyo rostro agitado estaba debajo de las pelotas de mi amigo, respondió:

—Metésela por el culo. Rompéselo bien…

Florencia, con mi pedazo en su boca, abrió sus ojos desmesuradamente en señal de temor y sorpresa. Se apartó de mí y exclamó:

—¡Por atrás no!

—¡Rompele bien el culo a la santurrona! —Volvió a pedir con bronca su hermana.

Héctor no se hizo rogar y empujó su pija en el ojete de Florencia. Esta soltó una ahogada exclamación de dolor.

—¡Despacio, despacio! —imploró al borde de las lágrimas.

Entonces pregunté:

—¿Y por donde querés que yo te la meta, Vicky? 

—Por el culo —respondió la señora —toda por el culo…

Tomé con mis manos las cremosas nalgas de la mamá y las separé; entonces empujé mi verga en el interior de su ojete. En un principio me sorprendió la facilidad con la que entró, pero evidentemente el ojo del culo de Victoria se estaba adaptando bien a los continuos pijazos a lo que lo sometíamos.  

Ahí estábamos mi amigo Héctor y yo, dándoles soberanamente por el culo a esas dos mujeronas de tetas imponentes y traseros enormes. El saber que las estábamos convirtiendo en nuestras perras, en nuestras putas para todo servicio, contribuía a excitarme aún más si ello era posible.    

Y lo que siguió a continuación fue lo más cercano que conocí hasta el día de hoy a un simultáneo orgasmo cuádruple: Victoria y Florencia gimieron con fuerza y se contorsionaron eléctricamente, corriéndose por el culo; a su vez, Héctor y yo también nos vinimos copiosamente. Alcancé a retirar mi verga del interior de Victoria y solté mi leche en la boca y el rostro de Florencia y creo que no exagero si afirmo que casi la ahogo. La hermanita abrió su boca intentando contener el grueso chorro de esperma, pero pronto su boca rebalsó. Embarduné de leche hasta el último centímetro de su rostro.   

Héctor hizo otro tanto, solo que repartió su semen entre el culo de Florencia y el rostro de Victoria.

—¡Vení a mirar esto, Héctor! —llamé a mi amigo.

Héctor rodeó la cama y cuando llegó hasta donde estaba, tomé la cabeza de Florencia por sus cabellos y la levanté para que viese el bonito espectáculo de su cara embardunada con mi semen.

—¡La bañaste! —exclamó asombrado y divertido.

Las hermanas lucían exhaustas.

—Me rompieron el culo… —balbuceó Florencia como hablando con sí misma.

—Bienvenida al club, monjita —dijo Héctor y le dio una palmadita sobradora en la cabeza.

 

CONTINUARÁ…

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