Incesto - Filial

Mi sobrino amante

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RESUMEN

Un día mi esposo viaja por negocios y como a los dos días me manda un mensaje telefónico donde me indica que vaya a lo de su hermana por unos papeles, que si ella no está, entre a su casa con una llave que él tiene en un cajón del escritorio.

Un día mi esposo viaja por negocios y como a los dos días me manda un mensaje telefónico donde me indica que vaya a lo de su hermana por unos papeles, que, si ella no está, entre a su casa con una llave que él tiene en un cajón del escritorio. Fui hasta allí y al no responder nadie entré con la susodicha llave. Era un día de mucho sol y hacía calor.

Los papeles que debía llevarme estaban en la mesa de luz del dormitorio. La habitación estaba con las cortinas cerradas y en semi penumbras, cuando me agaché para abrir el cajón, de golpe fui agarrada desde atrás por unos brazos musculosos, y sentí una fuerte presión en la cola, en medio de mis glúteos. Era mi sobrino, que con cálido aliento y desde atrás me decía "Hola, tía, te estaba esperando". Mi sobrino Lucas es, en realidad, sobrino político; se trata de un muchachito de veinte años bello por donde se lo mire, muy simpático y desfachatado a la vez. A mí siempre me tiraba ondas en doble sentido, que yo jamás ni sospeché que fueran en serio. Hacía bromas con mis tetas y mi culo, incluso delante de su tío, mi marido, pero siempre en tono de juego. Como fantasía varias veces me había imaginado cómo sería coger con un bomboncito semejante, pero ni por asomo se me hubiera ocurrido que alguna vez pudiera consumarse. 

El muy descarado sabía que yo iría porque mi marido le había avisado, y estuvo esperándome desnudo, sus pasos sobre la alfombra no habían producido ningún ruido, así que verdaderamente me asustó, resultaba que sus avances eran en serio y tenía muy firme la idea de coger con la mujer de su querido tío.

Fue una extraña sensación de indefensión y de excitación a la vez. Mi concha se mojó rápidamente porque hacía días que me sentía como una perra alzada, tenía una ansiedad sexual que me invadía a toda hora y apenas saciaba parcialmente masturbándome, porque a pesar de fantasearlo continuamente, no me animaba a complicarme la vida con ningún amante. Así fue que no pude resistir los brazos masculinos que me envolvían y los calientes besos que me prodigaba mi lindo sobrino en el cuello.

- Espero ahora te pongas toda desnudita para mí - dijo él, soltándome y prendió la luz.

Lo miré sorprendida. Estaba enteramente desnudo frente a mí y con una poderosa erección. Era como una alucinación de tan hermoso y cuando lo vi en bolas me quise morir. Su increíble pija parecía brillar y mi calentura aumentaba al ritmo de los jugos de mi concha. Sin pensarlo, sabía que no podía desaprovechar ese regalo y seguí el juego.

Cuando terminé de desvestirme allí de pie frente al gran espejo, casi involuntariamente llevé la mano a mis entrepiernas para acariciarme y así darme más ánimos para coger. En ese momento me acercó su cuerpo joven, bronceado y casi lampiño; su cabello enrulado y desordenado, la cara de deseo que puso al verme completamente desnuda, todo ello me hacía temblar como la primera vez que estuve con un hombre. Una marejada de sensaciones contradictorias se apoderó de mí. Se me acercó, me dio un suave beso en los labios y dijo casi susurrando en mi oído:

- No sabés las veces que me masturbé imaginando este momento.

Respondí besándolo apasionadamente, mi lengua se abrió paso entre sus labios gruesos restregándose contra la suya, me senté en la cama quedando frente a su macizo miembro, puse mis manos en él, largo y duro como un palo, su piel bien atrás por la erección, y una cabeza grande y rosada que yo deseaba hacer explotar en mi concha. Le di una chupada sonora, y miré su cara. Estaba ardiendo, no daba más, todo colorado. Tomé su pija y comencé a pajearlo dentro de mi boca sintiendo cómo se le ponía más gruesa, mi lengua recorría su cabeza en movimientos circulares por todo su contorno, su respiración y la mía se volvieron muy agitadas. Qué calentura que me daba, qué locura indescifrable... Además de todo lo prohibido, estaba por meterle los primeros cuernos a mi esposo.

Después de un rato de chupársela, la saqué de mi boca y empecé a lamerle las bolas, desde allí mi lengua subía por su miembro hasta llegar a la cabeza, lo mamaba un ratito por partes y volvía a bajar. Estaba disfrutando como loca, quería comérmelo todo, lo gratificaba con febril desesperación, su cabeza estaba hinchada al máximo rozando las paredes de mi boca. Me puse salvaje, insaciable, puta en extremo. Lo acosté en la cama, y él se echó encima de mí enterrándomela hasta el fondo. Mi concha se la apretaba con fuerza, sentía sus bolas agitarse y pegar en mi culo en cada embestida que le daba. Me daba bien duro mientras me chupaba las tetas desesperado y me mordisqueaba los pezones hasta dejarlos rojos. Y así me arrancó cataratas de orgasmos incontrolables, mientras esperamos el suyo.

Su grito resonó en toda la casa. Quedé rendida en la cama, temblando de tanto placer, y así abrazados nos dormitamos un rato. Al despertarme me vestí en silencio y me fui dándole un tímido beso en los labios. Ya en la calle sonó el celular. Era mi marido.

-¿Tenés los papeles?

Dios mío, pensé, me había olvidado los papeles. Le mentí, le dije que estaba llegando a la casa y a punto de entrar.

- Cuando los tengas, me llamás - dijo.

Volví a la casa, al entrar al dormitorio mi sobrino estaba acostado con su pija otra vez parada como un obelisco. Entrar a la habitación y encontrarlo desnudo con semejante tronco, más grande aún que el de mi esposo, disipó todas mis vergüenzas y temores y mi concha empezó a latir con fuerza. Parecía que iba a saltarme del cuerpo y hacía que me mojara. Sentí deseos de completar nuestro acto con una escena de lujuria desatada. Sus ojos así me lo pedían. Juntó el pulgar y el índice y los ubicó en la base de su pija y empezó a moverla, sacudiéndola, exhibiéndome su roja cabeza que había alcanzado el tamaño de mi puño cerrado. Pavada de garrote para tragarme. Pensé en lo hermoso que sería sentirlo frotarse otra vez dentro de mi concha, y lentamente dejé caer al suelo mi escasa pollera y mi remera. Estaba embelesado mirando mi culo sólo con una magra tanga. Giré hasta ponerme de frente y me acarició las tetas. Estábamos muy calientes los dos.

Mis pezones estaban parados y mis labios vaginales se asomaban a los costados de la estrecha tanga. Me quedé quieta, de pie junto a la cama sin saber lo que vendría. Me amasó las tetas suavemente y comenzó a chuparlas. Con un sólo movimiento me desprendí de mi única prenda interior que cayó al piso. Me frotaba y chupaba las tetas mientras otra mano me acariciaba las nalgas, metía sus dedos en mi agujero trasero, yo separaba las piernas demostrándole que me gustaba. Luego me arrodillé en la cama y me puse a chupársela como loca, lamiendo sus bolas, y después a pajearlo como desesperada de ver semejante cosa que se culearía otra vez hasta mi alma. Lo pajeaba con mis dos manos de tan grande que la tenía.

Me volví a poner de pie de espaldas, abriendo mi cola con ambas manos para ofrecerle mi virginal y sedoso culo. Inmediatamente lo tuve detrás de mí besándome el agujero, la tan deseada entrada trasera. Nunca en mi vida me había dejado por atrás y realmente estaba ansiosa por probarlo, aunque la inmensa verga de mi sobrino me daba un poco de miedo. Pero la calentura pudo más, así que me puse en cuatro patas sobre la alfombra dirigiendo mi agujero a su rostro; él lo besó una y mil veces, me lo mordía, me agrandaba la entrada con su lengua.

Respondiendo a mi deseo, apoyó su cabeza sobre mi entrada húmeda que latía de placer, yo lo estimulaba pidiéndole que me la metiera, que era toda suya, que me rompiera bien el orto. Fue entrando muy despacio hasta que de golpe me lo metió todo y sentí sus bolas frotando mis nalgas y sus gritos destemplados.

Me dolía un infierno, pero al mismo tiempo sentía un placer inexplicable, un placer masoquista que se arrogaba darle mi carne para que gozara como un animal. Era una sensación que jamás había sentido, de total sumisión al macho. El pendejo se culeaba a su tía como un potro y la tía puta gozaba como una yegua con el placer que recibía y con todo el morbo de la situación. Cada vez que me la sacaba, arrancaba hacia fuera mi esfínter dándome infinito placer y dolor al mismo tiempo. Luego sentí cómo me explotaba dentro y me inundaba la cavidad de caliente leche. Yo no pude contener los gritos y gemidos, verdaderamente tenía la necesidad de que me destrozara toda hasta hacerme sangrar, me desconocía a mí misma por completo.

Tras su largo orgasmo, sacó su maravillosa verga dejando mi culo chorreando leche sobre la alfombra. Yo estaba tan enloquecida que pasé la lengua por la alfombra saboreando la leche derramada y lo miré con ojos de animal. Finalmente le arrebaté la pija y me la metí en la boca, él hizo intentos de sacarla porque le había quedado muy sensible tras el orgasmo, pero volví a chupársela y él empezó a retorcerse y a gemir de nuevo, se la mamaba sacándola de mi boca y produciendo un ruido de chupadas descomunal. Lo hice unas treinta veces... hasta que su leche saltó de nuevo hacia mis labios. Me la tragué toda, la paladeé como un manjar, la leche caliente de mi macho juvenil.

Luego nos duchamos juntos, y en la ducha se puso a chuparme la concha, mientras yo le metía deditos en su hermoso culo. Le dije:

- Qué ganas de cogerte con mi lengua y mis dedos, sobrinito.

Como respuesta me besó y metió su lengua hasta el fondo de mi boca. Cuando salí del baño fui a la mesita de luz por los papeles, no fuera que me los olvidara por segunda vez, ya no tendría qué explicación dar a mi marido. Cuando me despedí me volví hacia atrás a verlo, sus ojos brillaban, creo que se estaba enamorando, y no sé yo... si no lo estaba ya.

Desde ese día me encamo tres veces a la semana con mi sobrino. Me visita toda vez que puede cuando mi marido no está. Ahora estoy embarazada y no sé si el padre es mi marido o mi joven y adorado amante que me sigue cogiendo cada día mejor, aunque siempre parece que ya llegamos a nuestro summum. Nunca dejaré de amar su increíble pija y sus arremetidas feroces, aunque me siga ardiendo el culo... sobre todo ahora, pues el hecho de estar embarazada le despierta muchas más ganas. Ya me está pidiendo que la primera leche de mis tetas sea para su boca.

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