No Consentido - Infidelidad

Extorsión a una mujer casada / parte 01

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RESUMEN

"Pero Vicky, como le decían, era toda una hembra que a Héctor y a mi nos traía locos: alta, ojos verdes, pelo castaño hasta los hombros con las puntas hacia dentro, tez blanca, un rostro de bellas facciones, labios carnosos y cálida sonrisa. Toda una ama de casa de aviso publicitario..."

Cursaba el último año de la secundaria junto a Héctor y Pablo y los tres solíamos andar juntos también fuera de clases. Generalmente nos reuníamos casi todas las tardes en la casa de Pablo -un buen muchacho, aunque un poco lento- e invariablemente nos encerrábamos en su habitación, ya sea a perder el tiempo viendo la TV o jugando con la consola o la compu.  

Victoria, la mamá de nuestro amigo Pablo, nos recibía cordialmente en su casa y nos dejaba hacer mientras hacia sus cosas.

Pero Vicky, como le decían, era toda una hembra que a Héctor y a mí nos traía locos: alta, ojos verdes, pelo castaño hasta los hombros con las puntas hacia dentro, tez blanca, un rostro de bellas facciones, labios carnosos y cálida sonrisa. Toda una ama de casa de aviso publicitario. Y su cuerpo no se quedaba atrás: prominentes senos, sinuosa cintura, caderas generosas y un carnoso culo parado; piernas largas de gruesos muslos bien torneados.

Vicky, nos contó Pablo, había sido una consumada deportista en su juventud.     

Luís, su marido, trabajaba como supervisor itinerante de una empresa, por lo que solía ausentarse por varios días de su hogar. Las pocas veces que los vi juntos observé que tenían una buena relación, aunque un tanto distante, lo que no dejó de llamarme la atención. No obstante, no podíamos menos que envidiar al tipo.     

Mientras pasábamos la tarde allí, la mamá salía a hacer las compras y solía ausentarse por un buen rato.

Una tarde, mientras me dirigía a la casa de Pablo, divisé a su madre caminando con su bolsa de compras. Quedé cautivado con el sensual bamboleo de su culo debajo de su ceñida pollera. Me propuse alcanzarla y darle charla pues era una buena ocasión para observar disimuladamente sus grandes pechos; pero mientras pasaba junto a la pequeña plazoleta, dio la vuelta y se metió en ella. Aminoré la marcha y me oculté para observar. No la vi, por lo que concluí que estaría en el fondo del lugar; hasta ahí caminé y lo que vi me dejó de una pieza: doña Victoria estaba sentada con las piernas juntas y la bolsa a un lado, junto a un hombre que enseguida reconocí: se trataba de Alfredo Sanctis, el rector del colegio al que concurríamos.           

Sanctis, viejo carcamán, al parecer se traía algo con la mamá de nuestro amigo. La rodeaba con uno de sus brazos mientras que su mano libre estaba apoyada sobre uno de los firmes muslos de la mujer. Vicky sonreía nerviosamente y mantenía una actitud cautamente defensiva. Me dije que ese espectáculo era de lo más interesante, por lo que comencé a tomar fotografías con mi celular. De pronto el rector acercó su cara a la de ella y le dio un suave beso en la mejilla que perturbó a la señora; el viejo siguió avanzando e intentó besarla en la boca, pero la mamá de Pablo apartó su cara rápidamente. Sin embargo, en la foto que tomé eso último no aparecía. Solo podía verse una serie de imágenes de dos enamorados besándose en un parque.

Minutos después, Victoria se levantó del banco y se fue. Me oculté para que no me viera y la seguí hasta su casa. Cinco minutos después de que ella hubiese entrado, toqué el timbre su casa con mi mejor cara de distraído

Por supuesto, ni bien me encontré con Héctor, le conté lo que vi y le mostré las fotos.

- Si a estas fotos las ve su marido la metemos en un quilombo – dijo pensativo.

- ¿Y eso que significa? – pregunté.

Héctor me observó sonriente y enseguida supe que tramaba algo respecto a la señora.

Una tarde, en la que sabíamos que Pablo concurría a sus clases de natación, fuimos a su casa. Victoria nos hizo pasar, sonriente y afable como siempre, y nos avisó que Pablo estaba en natación. Héctor le respondió que lo sabíamos y que justamente por eso estábamos ahí, para hablar un tema muy importante con ella. La señora abrió sus ojazos verdes en señal de sorpresa y nos hizo pasar al comedor. Nos sentamos los tres a la mesa

Héctor fue al grano. Extrajo algunas fotografías de un sobre marrón - las que yo había tomado - y se las pasó. La mami tardó unos instantes en reconocer su contenido, y cuando lo hizo, su rostro adquirió una expresión de confusión y sorpresa. 

- ¿Pe-pero que es todo esto? – exclamó con un hilo de voz.

Héctor le respondió:

- Tenemos la dirección de mail de tu marido. No tenemos que decirte como te cagarían la vida estas fotos, Victoria.

- ¿Pero ¿cómo...? – Balbuceó la señora al borde de las lágrimas.

- ¿Qué vamos a hacer, Vicky? – la interrumpió socarronamente Héctor – ¿o mejor dicho qué pensás hacer? Porque depende de vos.

Victoria caminó conmocionada hasta el sillón y se dejó caer en él. Cerró sus piernas delicadamente y se cubrió los ojos llorosos con su mano mientras que con la otra sostenía las fotografías.

- Esto no puede ser... se trata de un malentendido... – lloriqueó.

El perverso plan de Héctor corría de lo mejor. No pude evitar compadecerme un poco de la mujer, pero reconocí que la situación me excitaba tremendamente. Sentía mi pija erecta a través del bolsillo del pantalón. 

- Alfredo... – balbuceó la señora – el señor Sanctis... nunca paso algo entre él y yo... tienen que creerme. 

- No te hagas la santita, Victoria – respondió duramente Héctor -. Y, de todas maneras, a nosotros no nos importa. 

La mujer tomo aire intentando reponerse y dijo seriamente:

- De acuerdo ¿Cuánto quieren?

- Te queremos a vos – dijo Héctor clavándole la mirada.

- ¿Cómo? – Exclamó con asombro la señora - ¿qué significa eso?

 - Queremos que te desnudes, ya – descerrajó Héctor. Realmente a mi amigo no le temblaba el pulso.

- ¡¿Pero?! No pueden pedirme eso... – Protestó Victoria, desencajada.

- ¡Podemos pedirte lo que se nos ocurra! – Exclamó con firmeza Héctor - ¿O querés que le enviemos las fotos a tu marido?

- ¡No! - lo atajó Victoria - … está bien.

Entonces la señora tomó aire y se puso de pie. Su rostro estaba lívido.

- No tenemos todo el día – la apuró Héctor.

La mamá de Pablo comenzó a desabrocharse nerviosamente la camisita cuadriculada que llevaba. Se la sacó y sus tremendas tetas aprisionadas en un corpiño rojo quedaron a la vista. Luego se desabrochó el corpiño y sus dos grandes montañas de carne desnuda y excitante quedaron ante nuestros ojos. Sus pezones eran rosados y duros, del tamaño de un dedal. A Héctor y a mí se nos salían los ojos tratando de abarcar todo aquello.    

- ¿Ahora están satisfechos? – lanzó molesta y desafiante la señora.

- Un poco. Seguí – ordenó Héctor.

Entonces Victoria se inclinó bajando su gastada pollera de jean. Sus suculentos muslos desnudos parecían brillar. Pronto la pollera quedó apartada a un lado, en el suelo, y ahí quedó ella, parada y solo con su tanga negra, expuesta para nosotros.     

- Ahora date vuelta y arrodillate en el sillón parando bien el culo para que lo veamos – ordenó Héctor, que a esta altura se había impuesto como el conductor de la excitante situación. Admito que yo no hubiese podido llevar las cosas hasta allí.

La señora lo observó con una furia que delataba su impotencia, pero obedeció. Se dio vuelta y se arrodilló lentamente en el sillón apoyando sus manos en respaldo y paró su excitante culo; sus portentosas nalgas blancas lucían de lo más excitantes. Mi palo amenazaba con estallar.

No acercamos a ella, rodeándola. Victoria, con la cabeza gacha, lucia resignada. 

Héctor estiró su mano y comenzó a acariciarle la nalga derecha. Lo imité y comencé a frotar su nalga libre. Su culo era grande, terso y firme, todo un sueño que me costaba creerme. Mi amigo desabrochó su bragueta y comenzó a pajearse con su mano libre sin sacarle los ojos de encima. Yo hice lo mismo. La señora me observó de reojo, dio un respingo y se mordió con fuerza los labios.  Una silenciosa lágrima, producto de la impotencia que la embargaba, rodó por sus mejillas.   

En eso escuchamos abrirse la puerta de entrada de la casa. Sin duda que se trataba de Pablo, su hijo, nuestro amigo, que regresaba de su clase de natación. 

Rápidamente le salí al cruce y con un pretexto lo llevé a su habitación, escaleras arriba. Una vez ahí, Pablo me observaba un tanto extrañado. Al rato me dijo que debía hablar con su madre y bajó. En la escalera se cruzó con un Héctor sonriente, quien subía. Se saludaron bromeando. Eso me tranquilizó.  

- ¿Qué pasó? – Le pregunté ansiosamente a Héctor - ¿Todo bien?

- De maravillas, no te preocupes – me tranquilizó Héctor -. En cinco minutos bajá al baño.  

Momentos después hice exactamente eso. Estaba realmente intrigado.

Entré al baño y encendí la luz: entonces la vi y el corazón casi me da un vuelco: la mamá de Pablo estaba frente a mí. Pese a estar vestida, con su antebrazo derecho se cubría los pechos, como si se tratase de una indefensa cautiva. Comprendí la situación de inmediato y decidí que la haría mía en ese preciso momento. Avancé hacia ella y prácticamente me le abalancé encima rodeándola con mis brazos. Ella se mantenía tiesa como un poste y encajaba mi manoseo, rígida como una estatua y con los ojos abiertos. Palpaba su gran culo, sus tetas y besaba su cuello como un hambriento. Su rico aroma a hembra me enloquecía; de repente sentí su cálida mano amasándome el bulto. Ella me miró.      

- Sentate en el inodoro – me ordenó en voz baja.

Y antes de hacerlo, me bajó los pantalones y el calzoncillo hasta los tobillos.

Una vez sentado, ella separó mis piernas, se arrodilló entre ellas, y sin decir agua va tomó mi verga enhiesta y comenzó a succionarla suavemente. Observé tratando de abarcar todo aquello. Victoria la chupaba cada vez más ávidamente.

- Quiero verte el culo, Vicky – pedí.  

Victoria llevó una mano a su pollera y la levantó descubriendo su excitante culo para mí. Comencé a acariciar su cabellera mientras se tragaba mi pija. Era un sueño hecho realidad. La cálida y húmeda lengua de la señora recorría mi glande y su boca se tragaba todo mi palo, hasta mis huevos.

De pronto sentí un ardor subir de mis entrañas, solté una exclamación y no tardé en correrme como nunca lo había hecho hasta entonces. Un torrente de espesa leche inundó la boca de la señora; gruesos hilos de espeso semen corrieron por la comisura de sus labios empapando su mentón.

Me recosté contra la pared y ella se incorporó lentamente. Me observó fugazmente y se inclinó en el lavatorio escupiendo la leche que no se había tragado.   

- Andá y decile a tu amigo que venga – dijo sin mirarme.

Me incorporé un poco mareado, me subí los pantalones rápidamente y salí escalera arriba.

Una hora después cuando abandonamos la casa de Pablo, Héctor me contó que se hizo hacer una buena mamada, que también le había acabado en la boca y que arreglaría un próximo encuentro entre los tres. Victoria no podría negarse.

- Armalo cuanto antes – le pedí ansiosamente.

- No te preocupes –sonrió Héctor–. Vamos a tener a esa hembra toda para nosotros.

 

                                                          CONTINUARÁ…

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