Erotismo y Amor -

Los crímenes de Laura: Capítulo decimoctavo

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RESUMEN

»Llegó un momento en el que el amor que sentía por ella, se transformó en algo más. No pude resistirme a su belleza, a su tristeza, a su cariño, a su fragilidad, a su feminidad. No me mire con esa cara. ¡No se atreva a juzgarme!

Una persona ambiciosa.

 

Nivel de violencia: Bajo

Aviso a navegantes: La serie “Los crímenes de Laura” contiene algunos fragmentos con mucha violencia explícita. Estos relatos conforman una historia muy oscura y puede resultar desagradable a los lectores. Por lo tanto, todos los relatos llevarán un aviso con el nivel de violencia que contienen:

-Nivel de violencia bajo: El relato no contiene más violencia de la que puede ser normal en un relato cualquiera.

-Nivel de violencia moderado: El relato es duro y puede ser desagradable para gente sensible.

-Nivel de violencia extremo: El relato contiene gran cantidad de violencia explícita, sólo apto para gente con buen estómago.

 

El juez Arturo Alonso no era propenso a engañarse a sí mismo. Así que pese a intentar demostrar entereza, estaba aterrorizado: temía por su vida, y no era para menos. Así que sí, sentado en el asiento trasero de una furgoneta conducida por un sociópata, atado de pies y manos, amordazado, y con unas perspectivas de supervivencia escasas, estaba realmente aterrado. Miró a su alrededor, intentando localizar algo con lo que pudiera cortar las ligaduras que le mantenían las manos y los pies unidos. Pero no había ningún útil o herramienta del que pudiera valerse. Tampoco parecía haber ningún borde afilado con el que intentarlo. Y seguramente, aunque lo hubiera habido, no hubiera podido moverse sin levantar las sospechas de su captor, que lo vigilaba continuamente por el espejo retrovisor.

Debía haber hecho caso a su esposa y no haber salido a dar aquel último paseo matutino. Si se hubiera quedado en casa, ya estaría camino del aeropuerto. En cuanto llegó el macabro paquete con el cadáver de una joven a su casa, supo inmediatamente quién era el responsable, y comprendió que iría a por él. Lo que no pensó es que Hugo actuaría tan deprisa. Había tardado tres días en organizar su huida del país, en conseguir una vía franca de escape para evitar a la policía y en dejarlo todo atado, pero no había sido suficiente. Hugo se le había adelantado.

Ya sólo le quedaba confiar en la providencia, pues dudaba de que la policía hubiera avanzado lo suficiente en sus pesquisas como para haber averiguado quién estaba detrás de los asesinatos. Tal vez, si la detective había conseguido… Pero no, eso era imposible, en tan sólo cuatro días no podía haber hecho más que rascar la superficie. Y eso lo sabía porque si hubieran conseguido desenmarañar la historia que compartía con el conductor de la furgoneta, también estaría sentado en el asiento trasero de un coche, pero de uno de policía, esposado y camino a los juzgados. Pero ahora, dadas las circunstancias, aquella perspectiva no parecía tan mala. El juez Alonso se estimaba mucho su vida, y temía estar a punto de perderla.

Miró por la ventanilla con la esperanza de encontrar algún control de carretera o algún coche patrulla cercano para intentar llamar su atención, pero evidentemente no era su día de suerte. Tras unos minutos circulando por la autovía, regresaron a la ciudad. El juez continuaba mirando por la ventanilla esperanzado, reconociendo las calles por las que era transportado como prisionero. Hugo tomó el nuevo bulevar que circundaba la ciudad y avanzó tranquilo, respetando el tráfico. Si le ponía nervioso llevar a dos personas secuestradas en la parte trasera de la furgoneta, no lo demostraba. Y eso a Alonso también le inquietaba, porque estaba convencido de que el muchacho al que una vez condenara a las manos de un hombre horrible no tenía nada que perder. Y quien no tiene nada que perder es un enemigo peligroso.

Tras tomar una amplia rotonda, se desviaron por una vía de servicio y de ésta, dejando atrás el tanatorio municipal, entraron en una sinuosa carretera secundaria que terminaba abruptamente frente a las puertas del cementerio antiguo. Hugo detuvo la furgoneta en un gran aparcamiento junto a un pequeño grupo de vehículos que ya estaban allí estacionados.

-Voy a desatarle –dijo Hugo mirando entre los asientos delanteros-. Pero debe saber que si sospecho que intenta algo, le dispararé. Vamos a entrar al cementerio, usted, yo y el señor Perea. Si intenta alertar a alguien también le dispararé, y entonces me veré obligado a matar a quienquiera que pueda delatarme. Así que le aconsejo que sea obediente. ¿Me ha comprendido?

Alonso asintió con la cabeza. Hugo salió del vehículo y abrió la portezuela lateral. Sacó el cuchillo que guardaba en la chaqueta y cortó con él la cinta adhesiva que inmovilizaba a su prisionero.

-Le estoy apuntando con el revólver. –Hugo sacó el arma del bolsillo de la cazadora lo suficiente como para que el juez comprobara que era cierto-. Así que cuidadito. Baje. Abra el portón trasero. Muy bien, coja la silla y despliéguela.

El juez siguió las instrucciones de Hugo intentando buscar un resquicio por el que escapar, pero sabía que aquello era imposible, por lo menos por el momento. Cuando estuvo lista, Hugo le obligó a entrar de nuevo en la furgoneta para sacar al anciano demente y sentarlo en la silla. El pobre hombre, ajeno por completo a la vorágine que le rodeaba, y seguramente debido al traqueteo del viaje por carretera, se había quedado dormido plácidamente.

-Volvemos a encontrarnos, señor Perea –le dijo el juez al antiguo fiscal mientras le obligaba a incorporarse para bajar del furgón-. Lamento que tenga que ser bajo estas circunstancias.

Arturo Alonso acomodó al anciano en la silla de ruedas y lo arropó con la manta cuando Hugo se lo indicó. Después, se puso tras él, y empezó a empujarle hacia la puerta del camposanto. Cuando atravesaron las verjas abiertas, el guarda jurado que estaba allí apostado les dirigió una mirada aburrida, pero el juez no fue capaz de transmitirle ningún mensaje sin arriesgarse a que Hugo abriera fuego contra ambos. Iban caminando a paso tranquilo entre las hileras de nichos, Alonso y Perea delante, y Hugo a unos pasos por detrás, siempre vigilante, indicando el camino a seguir en cada una de las intersecciones. Alonso intentaba recordar el camino para poder encontrar al guarda de seguridad si conseguía escapar, pero Hugo parecía tener cubierta esa posibilidad, pues no seguía un rumbo determinado, sino que iba variando la dirección de su marcha de forma aparentemente caótica. Tal vez ni siquiera él mismo supiera dónde iba, o simplemente su objetivo final fuera conseguir que se perdiera.

El cementerio ocupaba una extensión considerable, pues había sido ampliado en numerosas ocasiones, y las filas de nichos se extendían hasta donde alcanzaba la vista formando una ciudad en miniatura de silenciosos apartamentos. Mientras caminaron entre las tumbas, pocas fueron las personas con las que se cruzaron, ya que no era un horario de visita demasiado habitual. En un par de ocasiones Alonso estuvo tentado de pedir socorro, pero sabía demasiado bien que las consecuencias de tal acción serían, cuanto menos, impredecibles.

-Hemos llegado –dijo Hugo deteniéndose en una pequeña plaza rodeada por altos sepulcros de piedra y mármol.

En el centro de la plaza habían dispuestos cuatro bancos de madera, encarados hacia cada uno de los puntos cardinales, y entre ellos había plantados unos árboles frutales que proporcionaban una agradable sombra. Hugo se sentó en uno de ellos y se quedó con la mirada fija en la pared de losas que tenía enfrente.

-Ponga aquí al señor Perea, si quiere, y siéntese conmigo.

El juez situó al anciano en el lugar indicado y se sentó junto a su captor. Ambos permanecieron en silencio lo que pareció una eternidad. Alonso contemplaba los nichos, intentando encontrar la clave de aquella extraña visita al cementerio. No entendía por qué Hugo los había llevado allí. Si quería acabar con sus vidas había un centenar de lugares más tranquilos, apartados y solitarios para hacerlo. Por lo menos, pensó, si nos mata, ya estaremos aquí. Y se sonrió de su estúpida ocurrencia.

-¿Hay algo que le parezca gracioso?

-Me parece irónico morir en un cementerio.

-Ciertamente, no había pensado en ello.

-Entonces… ¿qué hacemos aquí? ¿Por qué nos has traído a este lugar, si no es para matarnos?

-Oh, sí, les he traído para acabar con sus vidas. Pero no busco la ironía, sólo la justicia.

-Esto no es justicia, es venganza.

-También –sentenció Hugo, y permanecieron en silencio durante otro buen rato-. No sabe por qué está aquí, ¿verdad?

-Imagino que por haber encubierto la muerte de tu madre… Tienes derecho a estar furioso, no debimos participar en ello. Si sirve de algo… Lo siento.

-No, no sirve de nada. Y tampoco lo siente. Tan sólo está intentando pelear por su vida. Ella no lo hizo, ¿sabe? No peleó, no luchó, no intentó salvarse. Simplemente se quedó quieta, esperando la muerte. ¿Sería capaz de hacer lo mismo?

-No lo sé…

-Supongo que es algo que podemos averiguar. De todas formas sigue sin comprender por qué estamos aquí, en este preciso lugar. Le veo desconcertado, y he de admitir que me complace. La cacería es más divertida cuando la presa sabe que es perseguida. 

-Y la presa soy yo.

-Oh, sí… Era preciosa, dulce y cariñosa, ¿sabe?

-Lo sé.

-Y él me la arrebató. La vi morir delante de mis propios ojos. ¿Qué le ofreció a cambio?

-¿A cambio de qué?

-A cambio de taparlo todo. ¿Por qué se prestó a colaborar en ello?

-No hay mucho que pueda alegar en mi defensa. Lo hice por dinero, por contactos, por poder y por influencias. Fui egoísta, no pensé en el pobre muchacho de ojos tristes que quedaba a merced de un monstruo. 

-¿Valió la pena? ¿Volvería a hacerlo? –El juez callaba-. Sea sincero, eso no cambiará nada.

-Supongo… supongo que sí –replicó tras una larga pausa-, que volvería a hacer lo que hice. Siempre he sido una persona ambiciosa, y para ascender, hay que pisar algunas cabezas.

-Y ella sólo fue un escalón más.

-Me temo que así es.

-No esperaba tanta sinceridad por su parte. Pensé que lo negaría, que intentaría salvar el pellejo. Pero mírenos, aquí, dialogando como dos viejos amigos.

-¿Qué ganaría negando la evidencia?  Además, si he de morir hoy, aquí, prefiero reconciliarme conmigo mismo, y tal vez con quién esté esperándome al otro lado.

-¿Es usted un hombre religioso? –preguntó Hugo.

-Sí, aunque supongo que no he sido demasiado buen cristiano. Pero en estos momentos estoy replanteándome mi actitud, y si he de irme, prefiero hacerlo en paz con Dios y con una oración en los labios.

-Nadie responde a las plegarias, ¿sabe?

-Sólo por si acaso.

-Parece que es usted plenamente consciente de su destino.

-Podría decirte lo mismo.

-¿No tiene miedo?

-Estoy aterrado. ¿Y tú?

-Yo dejé de temer hace mucho tiempo. –Ambos hombres volvieron a guardar silencio, hasta que finalmente Hugo habló-: Cuando murió Ignacio… Mi padr… Ignacio. Acudí al Padre Vega para que me ayudara a encubrir su muerte y la hiciera pasar por un accidente. Él accedió.

-Lo sé.

-¿También estuvo usted implicado? ¿Por qué?

-¿Por qué…? Pues en cierto sentido porque te lo debíamos. Pero también porque no podíamos permitir que tu historia saliera a la luz. Así que lo mejor era encargarnos de igualar el marcador, cerrar el empate. Creímos que allí había acabado todo. O por lo menos lo esperábamos.

-Se equivocaron. No estábamos en tablas. La muerte de Ignacio no pudo devolverme lo que me habían arrebatado.

-Nosotros tampoco podíamos hacerlo.

-Pero sí podían haberme evitado la tortura de vivir a sus órdenes, bajo su techo, sabiendo lo que había hecho, y lo que podía hacerme a mí. –Un incómodo silencio volvió a adueñarse de los dos hombres hasta que finalmente Hugo lo rompió-: el padre Vega no se suicidó.

-Lo sé.

-La prensa dijo que fue un suicidio. Que había asesinado a una joven con la que mantenía una relación pecaminosa y después se había quitado la vida en el confesionario de la basílica, dentro del confesionario, pidiendo perdón por lo que había hecho. Algunos dicen que incluso habló con Dios antes de apretar el gatillo. Pero allí no estaba Dios, lo recordaría… ¿Por qué volvieron a encubrirlo?

-Por lo mismo que la vez anterior. No sabíamos cuánto habías averiguado, cuánto sabías… Y esperamos que tu venganza hubiera concluido. Estuvimos muy atentos a ti durante un tiempo. Aun así, año tras año, al llegar el dieciocho de diciembre, intentaba estar lejos del país, o a cubierto, sólo por si acaso. Pero con los años he ido abandonando esa costumbre. Llegué a estar seguro de que todo había acabado.

-No estamos en diciembre.

-¿Por qué?

-¿Por qué qué?

-¿Por qué ahora? ¿Por qué no estamos en diciembre?

-¿Por qué no? Lo tenía todo listo, las chicas localizadas, ustedes confiados, y decidí que era el momento. Si hubiera esperado corría el riesgo de que el señor Perea alcanzara la muerte sin concederme la satisfacción de llevar a cabo mi venganza. 

-Creí que era justicia.

-Lo es. ¿Ya ha averiguado que hacemos aquí?

-Lo he estado pensando. Pero no, no lo sé.

-Déjame que le hable de ella. Era preciosa, eso ya lo hemos convenido. Pero era una mujer de mirada triste. No era feliz. Vivía aterrorizada. Vivía con miedo al hombre que la atormentaba, y vivía con miedo por mí. Siempre intentaba desviar los golpes que iban dirigidos a mí, y solía conseguirlo. Las palizas que recibía eran mucho peores que los golpes que yo solía llevarme, pero aun así, ella siempre prefería ser el blanco de su ira, antes de ver cómo me pegaba.

»Y era fuerte. Era una mujer extremadamente fuerte. Si no lo hubiera sido no hubiera aguantado todo lo que aguantó. Aunque sospecho que si yo no hubiera estado allí, si yo no hubiera nacido, no habría consentido aquel trato durante tanto tiempo. Así que en cierta manera puede decirse que yo soy el culpable de su muerte. –Hugo hizo una pausa y respiró hondo-. En cierta manera... Pero yo hacía lo que podía, siempre hice lo que pude para evitarle dolor. Cuando él la golpeaba hasta dejarla al borde de la muerte, era yo el que la cuidaba y la curaba, el que intentaba hacerle la vida lo más cómoda posible. Y ese fue mi error y mi, si me permite decirlo, pecado.

»Llegó un momento en el que el amor que sentía por ella, se transformó en algo más. No pude resistirme a su belleza, a su tristeza, a su cariño, a su fragilidad, a su feminidad. No me mire con esa cara. ¡No se atreva a juzgarme! –El desprecio y la ira teñían la voz de Hugo-. Usted puede pensar que aquel amor incestuoso era aberrante, pero le puedo asegurar que no ha habido amor más hermoso, más puro. Si comparamos mi crimen, el amar a una mujer que necesitaba ser amada, y el suyo, permitir que un monstruo quedará en libertad, me parece que sale usted perdiendo. Amar no puede ser malo.

-No pretendía… No era mi intención juzgarte.

-Era un amor puro –continuó Hugo consiguiendo retomar el control del tono de su voz e ignorando la intervención del juez-: era un amor puro porque no puede serlo de otra forma. Si no es puro, no es amor. Y lo mejor de ese amor puro, es que era correspondido. Ella me amaba tanto, al menos, como yo la amaba a ella. Al principio estaba tan horrorizada por la situación, por el prejuicio, por la moralidad, como lo está usted ahora. Pero pronto se dejó llevar, permitió que el amor triunfara frente a la conciencia. Es posible que si no lo hubiera hecho, tal vez, no hubiera acabado encontrando la muerte de una forma tan horrible.

»Pero también es verdad que aquel amor le proporcionaba la única felicidad a la que podía aspirar. Y yo me esmeraba en complacerla. Vuelve a tener esa expresión asqueada en el rostro, y me temo, señor Alonso, que no está en posición de actuar a la ligera. Sí, es verdad, nos acostábamos, hacíamos el amor, follábamos como conejos, si le repugna más. –Hugo apenas podía contener el desprecio que destilaban sus palabras-. Y me gustaba hacerlo, porque cuando me sentía en su interior, volvía a sonreír. Además, el ser conscientes de que estábamos engañando al tirano que nos gobernaba, nos proporcionaba un placer mayor, si eso es posible.

»Pero no era sobre eso sobre lo que le hablaba, yo le hablo de amor. Le hablo del brillo de sus ojos al verme entrar por la puerta, le hablo del beso de buenas noches antes de mandarme a acostar, le hablo de la mirada cómplice, le hablo de la felicidad. De la felicidad que podía proporcionarle en medio del infierno. Y esa felicidad era también la mía.

»Y desde que la perdí, no he podido volver a ser feliz. Carolina es buena chica, y la quiero, créame que la quiero. Pero no la amo como la amaba a ella.

»Recuerdo cómo jugueteábamos cuando Ignacio no estaba en la casa. Ella se contorneaba para mí, se movía sinuosamente, aunque siempre de la forma más inocente posible, como si no fuera intencionado, pero sabiendo que yo la miraba, y disfrutando con ello. Recuerdo los besos de madre, que ya no eran en la mejilla, si no justo en el punto en el que la comisura de los labios desaparece. Sus labios… cómo los añoro. Eran tan capaces de curar la más profunda de las heridas con suavidad, como de hacerme jadear de placer cuando estaba a su merced.

»Y su sonrisa… No puedo describirle su sonrisa. Casi no puedo ni pensar en ella sin sentir un nudo en el estómago. Cuando comenzamos a amarnos, volvió a sonreír. No sé cuánto tiempo llevaba si hacerlo. Pero sólo lo hacía cuando estábamos los dos, sólo lo hacía conmigo. Guardaba aquellas cautivadoras sonrisas única y exclusivamente para mí. Eran mi regalo, eran nuestro secreto… o por lo menos uno de ellos. La aprobación de una madre es importante para cualquiera, pero cuando esa aprobación se convierte en una sonrisa guardad, atesorada y entregada con amor y dulzura… No hay nada comparable.

»La mayoría de los hombres aman de verdad a dos mujeres durante su vida. Y una de ellas, es, indefectiblemente, su propia madre. La mayoría de ellos no son conscientes de ello, es más, a casi todos les repugna, como a usted. Pero no hay nada más natural en este mundo. Lo hacen los animales, ¿por qué nosotros debemos ser diferentes? ¿Estamos por encima de la naturaleza? No… es la sociedad, ella nos impone lo correcto y lo incorrecto, lo moral y lo inmoral, lo puro y lo pecaminoso. Pero qué hay más natural, más bonito, más puro, si me permite volver a repetir esta palabra, que creo es la que mejor define mis sentimientos, que el amor a una madre.

»Veo que continúa empeñado en juzgarme. No, no hace falta que lo niegue, no diga nada. No me gusta que me mientan, y no debería jugar conmigo en estos momentos. De todas formas su cara, su expresión, habla por usted. Me mira con repugnancia, como si lo que le estuviera diciendo fuera algo horrible. Pero lo que es horrible es lo que Ignacio le hizo, lo que es horrible es lo que ustedes me hicieron, lo que le hicieron a su memoria.

»No guardo ninguna foto suya, ¿lo sabía? Él las destruyó, las destruyó todas. No me queda ni una. Pero no me hacen falta. Si cierro los ojos con fuerza, soy capaz de volver a ver su hermoso rostro, dedicándome una sonrisa de aquellas que guardaba sólo para mí. Soy capaz de recordar su cuerpo desnudo, soy capaz de recorrerla con mi memoria. Y eso es porque nunca la he olvidado… ¿Cómo podría? No… eso no sucederá nunca, su imagen permanecerá siempre conmigo, acompañándome. Siempre la tendré conmigo, y eso es algo que ni él ni usted pudieron arrebatarme. Así que, a todos los efectos, ella está aquí, porque yo la llevo conmigo. Está aquí, aquí mismo, sentada entre nosotros, o allí, de pie junto al señor Perea. Siempre ha estado y siempre estará.

»Y aunque no lo sepa, aunque no sea capaz de cerrar los ojos y verla, aunque no sea capaz de recordarla, ella siempre ha estado con usted, esperando, esperando a que yo llegara, a que hiciera justicia.

-Aunque no lo creas… -El juez tenía la boca seca cuando retomó la palabra, interrumpiendo a su interlocutor-. Aunque no lo creas sí recuerdo su rostro. Durante mi vida he visto muchos cadáveres, muchas mujeres muertas, algunas de ellas más jóvenes que tu madre. Y las he olvidado, sólo han sido un expediente en mi carrera. Pero con tu madre la cosa es distinta, porque aunque no puedo decir que me arrepiento de la decisión que tomé en su momento, aunque seguramente volvería hacerlo, todo esto pesa sobre mi conciencia. Si cierro los ojos, yo también soy capaz de ver su rostro lívido, sus ojos desencajados, su mueca de terror. No es una sonrisa lo que acude a mi memoria, es el rostro de la muerte. Tal vez tengas razón, tal vez siempre ha estado aquí, esperando…

-No sé si realmente está intentando sincerarse o si simplemente pretende eludir la muerte.

-Creo que no tengo forma de eludirla. –Hugo negó con la cabeza-. Así que, ¿por qué no habría de hablar con sinceridad?

-Es algo que no esperaba.

-Supongo que para ti siempre he sido un monstruo…

-Tengo experiencia con los monstruos, y no creo que usted lo sea… Pero eso no implica que no deba pagar por lo que hizo. Puedo entender sus motivos, puedo entender los de nuestro senil amigo, y puedo entender los del teniente Xacón… Oh, sí, a él también le aguarda su destino… No está aquí con nosotros hoy, pero créame, no tardará mucho en encontrarme. Puedo entenderles, pero no puedo perdonarles. Y aunque pudiera, eso es algo que no me compete a mí, pues sólo ella podría darles el perdón que me otorgó en su lecho de muerte. Y eso, dadas las circunstancias, es imposible.

-¿Conocías mis motivos?

-Les he investigado, y les he observado durante mucho tiempo.

-Entonces, ¿por qué me has preguntado por qué? 

-Quería oírlo de sus labios. Quería oír sus excusas, sus justificaciones, sus patrañas, ¡sus mentiras!… En cierta medida su sinceridad me ha decepcionado. Francamente, esperaba otra cosa, una actitud orgullosa, desafiante. Pero me da la sensación de que ha claudicado, de que siente que se merece esto.

-¿Si lo merezco…? Puede que tengas razón… puede que lo merezca. Pero no quiero morir.

-Ella tampoco quería.

-Supongo que nadie quiere.

-Yo quise, durante mucho tiempo. Y ahora, si le soy sincero, me da igual seguir viviendo. Casi he llegado a cumplir mi objetivo, cuando ustedes dos y su cómplice estén muertos, mi vida habrá dejado de tener sentido.

»No, no… No voy a suicidarme, y mucho menos a hacerlo antes de hacer justicia. Si salgo de esta con vida, tengo a una preciosa joven, Carolina, esperándome muy lejos, con dinero suficiente para vivir con holgura una vida placentera… Pero si no, si caigo en el intento, o acabo entre rejas… Si he conseguido mi objetivo, el resto me dará igual. Porque podré mirar a los ojos a mi madre, a su recuerdo, y devolverle la sonrisa.

-Entonces ¿vas a matarnos?

-Me temo que no tengo opción… Me ha costado mucho llegar hasta aquí… Y no tendría sentido que acabara de otra forma.

-¿Por qué aquí? De todos los lugares a los que podrías habernos llevado, de todos los lugares de los que podrías haber huido con facilidad, en los que habrían pasado semanas antes de que nos descubrieran… ¿Por qué aquí?

-Me sorprende que aún no haya atado cabos… Ya sé que no puedo sacar nada de él, pero usted le conocía… ¿El señor Perea estaba arrepentido?

-Si tus investigaciones han sido tan exhaustivas como me has dado a entender, deberías saberlo.

-Lo sé, pero quiero que me lo diga.

-Nuestro senil amigo estaba horrorizado por lo que había hecho. Creo que no pasó un solo día de su vida en el que no se arrepintiera, ni una noche en la que no despertara con pesadillas sobre lo acontecido aquel día. Es posible que a él también le persiguiera el fantasma de tu madre. No éramos amigos, pero tengo la sensación de que nunca pudo perdonarse a sí mismo. Tal vez su enfermedad sea una bendición para su alma.

-¿Y usted?

-¿Qué? 

-¿Ha podido perdonarse?

-Nunca he sentido necesidad de hacerlo.

-El perdón es importante, ¿sabe?

-El perdón sólo puede concederlo Dios o un sacerdote, y supongo que también puede hacerlo la víctima. En este caso no soy ninguna de las tres cosas, así que no me corresponde a mí perdonar…

-Ella me perdonó… Me perdonó mientras se le escapaba la vida. Pero no creo que hubiera sido capaz de perdonarle a usted.

-Sólo queda pues, un último punto por aclarar.

-¿Y cuál es?

-El lugar que has escogido… ¿Por qué estamos aquí?

-La curiosidad le puede, por lo que veo… Está a las puertas de la muerte, y sigue intentando averiguar… ¿No ve que no tiene sentido?

-Supongo que es lo que siempre hace un juez, intentar saber la verdad, intentar entender…

-En las lápidas del nicho de enfrente tiene su respuesta.

El juez Alonso se levantó y se acercó a la pared de piedra y mármol y comenzó a mirar los nombres y las fechas de los difuntos. Durante un rato permaneció en silencio, buscando sin comprender, pero finalmente encontró la clave.

-Ah, ahora ya lo entiendo todo…

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