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Sexo con una madura. La leche joven todo lo puede


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De joven quedé prendado con esa madura que llenó mis sentidos y mi deseo. Separada hace cinco meses, después de diecisiete años de casada, restaña heridas de infidelidad, en ese tiempo estuvo en abstinencia láctea, hasta que “le moví el piso” y activé el deseo anestesiado.

Con la escarcha de los años sobre las sienes viene bien memorar esos momentos que alegraron los años mozos y que siguen endulzando el alma con esas sensaciones que se hacen presente continuo.

La tarde lluviosa y fría facilita el recuerdo oculto en los médanos del tiempo.

Fue, precisamente la costa del mar Atlántico argentino, más precisamente en San Clemente, que, con dos amigos decidimos pasar esas vacaciones, poca plata y muchas ganas, dispuestos a ganarnos cuanta mujer se nos cruzara. A los dieciocho años uno se siente Súperman, lo imposible no existe en nuestro breviario, subido en la cima del mundo, por escribir una victoria cada día.

Yo era el primero en ver el sol, Edu y Seba no aportaban su presencia hasta el mediodía, se dormían todo.   Esa mañana el mar era un imán, al regreso compré medias lunas para el desayuno. 

Camino a la casa, llevo delante la visión de una cadenciosa mujer, glúteos oprimidos, pujan por salirse del escueto short, insinuante y salvaje meneo, me lleva prendido al rítmico balanceo de sus caderas. Dos cuadras prendado de su gracejo andar y con miles de fantasías de compañero, ni me importaría pasarme de largo la vivienda con tal de seguir dentro del halo seductor de su presencia. Mira sobre su hombro, controla, maneja los hilos de la seducción, se deja admirar sabiendo que ella es el centro de todos mis pensamientos, es la capacidad innata de cada mujer que sabe del poder de seducción.

Llegando a la casa que rentamos, se detuvo.  Era la vecina.

Se bien que ser joven, afable y gentil, siempre genera buena onda, cuanto más si estoy mirando y admirando a una mujer madura, ésta se sentirá agradecida por la deferencia, halagada en su ego de hembra y revalorizada como mujer.  Soy uno de muchos que le agrada disfrutar de la compañía de una mujer madura, son mis preferidas porque no se andan con tantas vueltas, van o se dejan conducir directamente, saben lo que quieren y lo que buscan, cuánto, cómo y dónde.  En mis experiencias son las que me dan más satisfacciones, claro está que lo de madura es solo una apreciación temporal, a los dieciocho podemos considerar madura a una muchacha de treinta y cinco, pero tampoco es cuestión de andar con el calendario a cuestas, sino con el deseo como estandarte en la batalla de los sexos.

Al momento de la detención para ingresar a la casa, realicé el intento de abordaje para la conquista:

-¡Gracias por el paisaje!   – Rio conmigo, entró sonriendo a su casa.

Salí al fondo de la casa buscando si, por esas causalidades estaba en el jardín, sí, estaba regando las plantas, tomé una pelota de tenis y se la tiré, rebotó en el piso y le dio en la pantorrilla.

-¡Me alcanzas la pelota!  -Giró, sabiendo quién era– ¡Acá!   –Encaramado en el cerco

-¡Ah! ¡Vos!, el de “las gracias por el paisaje” …

-Soy Julio.   –Sube a un taburete y se llega al borde de cerca, me alcanza la pelota.

-Noté que no podía mover ese macetón con flores, si quieres puedo hacerlo yo.

-No, es pesada..., mucho para mí.

-¿Puedo ayudarte? ¿Voy?   - Pensó... tiempo cumplido.   – sin darle tiempo a nada ¡Voy!

Cuarentona, la de las cuatro décadas que inmortalizó Arjona en una canción que se hizo como himno de veneración para los que gustamos, seguí y sigo gustando de ese tipo de mujer.  Volviendo a hilo del relato, decía que esa mujer madura, ese apelativo es una condecoración para mí, era digna de exponer entre mis logros más apreciados, si se me daba la fortuna de “tener algo contigo”.  Nos presentamos: 

-Mary, ¿vos?  

-Julio, para lo que necesites. –remarcando con clara intencionalidad la frase…

Belleza serena, carnes firmes, mirada envolvente y cálida, labios carnosos y sensuales, pechos  con la cadencia de la naturalidad, talle solo con esos rollos que acentúan la sensualidad, diría que en esos momentos me siento dentro de una escena de “el graduado” el protagonista seducido y cuánto ¡Me gusta!

Se inclina, indica cómo a dónde mover la maceta, primer plano de caderas, creo que intencional, justito delante de mis narices, giró para controlar el efecto, la rocé, como al descuido, coloqué en el sitio indicado.

Quedamos tan próximos, que me embriagaba el aroma de mujer, extasiado me había perdido en el tiempo.

Entre curiosa y graciosa dijo:

-¿Nunca viste una mujer?

-Tan... como Ud., no.

-¿Y cómo es tan..?  - jugando, conocía el efecto y adivinaba la respuesta.

-Sí, así tan..., un placer mirarla… mirarte…  -salté de una, la barrera, el tuteo acerca todo.

-Sos atrevido, y joven. ¡Me gusta!  – Gesticula con ojos y labios.

-Y usted… vos me excitá, mucho.   – Salté el Rubicum, como César a la conquista de Roma, “la suerte estaba echada”, a todo o nada, aposté un pleno a la conquista.

No hubo más palabras, pasamos a la cocina y todo fue un maremágnum de besos desaforados, abrazos descontrolados afloraron sus necesidades y mis urgencias, afiebradas caricias, giró, tomada del talle, mi endurecido sexo se ubicó solito entre las nalgas, manos colmadas de tetas,  besé cuello, oreja y muerdo en la nuca como el garañón para controlar a la yegua salvaje, gime, preludio de sexo salvaje y a toda orquesta.

Franela, faje, morreo, manotazos de pulpo enamorado, abarcar todo en poco tiempo, el tiempo es fugaz, el deseo en la cima de la pirámide de sensaciones, la poronga se mandó en la húmeda “canaleta” especialmente lubricada.  Entré y salí de ella alentando su réplica, sacudidos al compás de la urgencia no pude contener la lechada agitada.  La mujer gime y jadea, los epítetos procaces brotan sin control de sus labios, quiere expresar sus emociones y ventilar sus sensaciones retenidas.  Abrazado, contenido en ella, gozando esta gran mujer y haciéndola sentirse amada y colmada.

-¡Estabas recaliente!

-Sí, mucho, no pude ni avisarte, me sorprendí venirte tan rápido, lo es lo mío, pero...

-No hay drama, el próximo es todo mío. 

Zafó de mi abrazo posesivo para desocupar el “estuche”, me pareció tan sensual verla caminar, con la mano entre las piernas conteniendo la enlechada que rebasa los labios vaginas, recoge en la palma, exhibe el contenido blanco y espeso, sabe que al macho le gusta verse representado en esa energía que late viva en su mano. 

El segundo fue en la cama.  Cuando llegó su macho estaba con todos los bríos y listo para la lucha de los sexos.    El macho cabrío la hizo volver a gemir y gritar de placer lamiendo la conchita y chupando el botoncito.    Orgasmos intensos la dejan permeable a cualquier cosa, dispuesta a conceder cuanto quiera el dueño de sus placeres.  

El misionero fue la imagen inicial de una serie de representaciones artísticamente eróticas, ella arriba fue la segunda escena y la segunda serie de orgasmos jadeados al compás del galope, que su macho le produce elevándola en gimnástico arqueo de caderas elevándola y dejándola caer para ser empalada, la expresión de esos momentos de gloria son una foto fija que titila en mis sentidos cada vez que pienso en el sexo con una mujer madura, busco recrear ese instante mágico.

La calentura no da respiro, buscar todo y ahora, el tiempo es oro y el deseo brasa ardiendo. Es tiempo de ponerla boca abajo, desde atrás, para dominarla, abrazarla y cubrir todo ese cuerpo con el mío, unas entradas a fondo la hacen estremecer, las manos en las ingles la elevan hacia mí y me dejo caer sobre ella con toda la potencia e intensidad de la calentura, esa postura exhibe mi lado más salvaje.

Busco elevarla algo más, de rodillas, pero al golpe de mis ímpetus termina por derrumbarnos apretándola nuevamente contra el lecho. Almohada doblada, da la medida justa de mi comodidad, su sexo expuesto a mi deseo, sus nalgas incitan, abiertas tienen la oferta del hoyo tentador, qué mejor lugar para depositar esta emoción de ser el dueño de ese estuche tan privado. El ano es un desafío, una obsesiva tentación, donde siento que ella se entrega y confía al macho que la posee, entrega el tesoro que todo hombre bien calentón desea conseguir, ese es mi caso y no estoy dispuesto a dejar pasar esa oportunidad.

Abrió las cachas, a fondo, aguanté todo lo posible, hasta la contracción vaginal, me dejé ir en de ella, un segundo polvo. Sin sacársela, ella siente al macho dentro de sí, comienza a evolucionar, moviendo en círculos. El joven calenturiento y estoico sigue sin salirse, casi sin perder rigidez ¡Gloriosos 18, todo se puede!

El culo erguido, incita. Salí del nido para explorar el agujero, dijo ser virgen.   La reacción inicial fue de salirse, pero tal como la tenía, desistió, lamentos, en el introito de la verga, jadeos y quejidos jalonaron el doloroso polvo, que por esta vez tuvo la suerte de que fuera relativamente breve.    Después diría que dejó sodomizar su virginidad en retribución a la leche joven.

-Me dolió bastante, hmmm… diría que mucho… pero te sentía tan gozoso que terminé por disfrutarlo también.

No recuperamos, sin abandonar el lecho, la vagina enlechada y el culito latiendo. Respeté esos cinco minutos que toda mujer necesitar para acomodar sus sentimientos y elaborar sus sensaciones, luego tomados de la mano, mirando el techo, siente la necesidad de abrir su corazón y compartirme sus cosas. Separada hace cinco meses, después de diecisiete años de casada, restaña heridas de infidelidad, en ese tiempo estuvo en abstinencia láctea, hasta que “le moví el piso” y activé el deseo anestesiado.

Durante el resto de las vacaciones viví con Mary, pateando ojeras y deslechándome en ella. Cogimos todo el tiempo, el último día fue una maratón de despedida, ni sé cuántos, desde la mañana a la noche que salía el bus, más de doce horas de sexo, ¿entre diez y doce polvos? Quien lo sabe... 

La juventud tiene sus privilegios y la leche joven. A esa edad todo puede.

Este relato es una forma de agradecer a la Mary, protagonista del relato por esas maravillosas vacaciones.                                                                                           

Con toda seguridad, entre las lectoras de este relato habrá alguna Mary, estaría sumamente agradecido si te atreves a permitirme saber de ti, el Lobo Feroz te está esperando en atrévete a dejar volar tus fantasías.

 

Lobo Feroz

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