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Mis cuentos inmorales. (Entrega 33)

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RESUMEN

El primer casquete que regalé a María El sexo oral El violador del bidé

El primer casquete que regalé a María

María, tenía a la sazón 17 añitos, yo 22. ¡Oh! Dios. Qué recuerdos más maravillosos.

Era, y es una delicia de mujer, tenían que haberla visto. Alta, con unos tirabuzones que como cascadas se rompían en sus torneados hombros que recordaban “los chorros del oro”.

Los ojos como dos soles que daban destellos y fulgores a sus delicadas facciones que transmitían las más ocultas y apasionadas emociones. Del resto de su figura no doy ningún detalle, pues son tan intensos mis celos, que con sólo pensar que alguien puede poner la mirada en su estampa, caigo en la trampa y no-duerno, me desvelo.   

Éramos novios desde hacía unos pocos meses; era tan intenso el amor que la profesaba, que se convirtió en la mujer de mis sueños.

Dentro de dos días era su cumpleaños, el 15 de enero. Estábamos los dos amarraditos en el banco de un parque, ella apoyada su cabecita en mi hombro derecho y yo la tomaba por sus preciosos omóplatos con mi brazo.     

-Amor mío. –Dije con tanta devoción que mi voz parecía la de un ángel.      

-Dime cariño –Respondió María con un delicado matiz.

-Pasado mañana es tu cumpleaños y quiero hacerte el regalo más sublime que de mi alma sale.  

Ella se quedó como en un brete.        

-Te quiero regalar un casquete.

-¿Un casquete? –Preguntó ella abriendo sus lindos ojos color azulete.

-Sí, amor mío. Tú primer casquete.   

Todavía conservo la fotografía de Margarita con aquel casquete que le regalé. Con qué garbo lo llevaba en lo alto de su cabecita.

Era de un rojo intenso, de pura lana virgen. El contraste de sus cabellos de oro era tan intenso, que los tirabuzones que se escapan del control del casquete por que los cabellos dorados que les cubrían eran como las fuentes de la vida.

Aún lo conserva con verdadera ilusión, ya que nunca podrá olvidar su “primer casquete”.

 

El sexo oral

El cunilingüe o sexo oral, es sin duda una de las variantes de la sexualidad que reporta más satisfacciones psíquicas al autor, y físicas a la receptora del acto.

Digo psíquicas, porque sea hombre o mujer el que le realice, aunque no obtiene placer físico, si un inmenso encanto interior por los motivos que voy a tratar de explicar.         Para el hombre, la vulva es como el dios del amor, del deseo, del placer y de los gozos, el dios de todas las pasiones. En mi relato “Su majestad: El Coño”, que pueden leer en este mismo libro, digo como los hombres más famosos de la historia, vencedores de mil batallas, se han postrado ante Él para adorarle.

Cuando se lame una vulva, se succiona, se mordisquea, se acaricia, se besa, se chupa, se mama y se sorbe por toda su superficie con tanta intensidad y deseos de llegar a un estado imposible de llegar, ya que se podría dejar toda la saliva y la baba en el intento, y nunca se llegaría a conocer la verdadera dimensión y magnitud de su grandeza.

Las motivaciones de la mujer para lamer la vulva de otra mujer, no podría definirlas con exactitud, pero me supongo que será en muchos casos por mimetismo ¿Qué tendrá un coño para que vuelva tan loco a los hombres? Digo yo, que querrán comprobarlo personalmente.    

De todos los hombres que he preguntado sobre el sexo oral, todos sin excepción se han declarado grandes consumidores de esta peculiaridad sexual; sin embargo, todos han coincidido que nunca lo realizarían con mujeres desconocidas o de dudosa procedencia.

Por lo que considero que de toda la gama de caricias naturales que se contemplan en el arte amatorio, quizás el cunilingüos sea la más sincera y la que demuestra el más alto grado de fervor.

Gracias a esta caricia tan íntima e intensa, el hombre impotente puede seguir amando a su pareja, y darle tanto placer o más con su lengua que con su pene flácido por la acción del tiempo y la ley de la gravedad. 

Que nadie vea en esta caricia algo sucio o aberrante; si no se desea hacer por prejuicios de alguna naturaleza que no se realice, pero sin duda es la reina de las caricias.

 

El violador del bidé

Me llamo Amador Violante, tengo 45 años y escribo este relato desde la cárcel de una ciudad cualquiera.

Quiero que todos sepan, que aunque reconozco que soy un violador coercitivo, nunca jamás he hecho daño físico a las mujeres que he violado; procuré ser con todas mis vulneradas un caballero. Y también quiero que sepáis, que hay muchas formas de violar: a lo bestia, es decir, sin ningún tipo de miramientos hacia tus víctimas, a empujones, ¡Bueno! Los empujones no hay más remedio que darlos, ¿me comprenden, verdad? O con delicadeza, casi pidiéndoles por favor que se dejen violar; como un servidor viola.     

Desde muy niño sentí deseos irrefrenables de tomar el sexo por mi santa voluntad; ya que era bastante feo y enano, y las chicas no me hacían ni caso. Y como entonces no estaba formado como violador, violaba a sus muñecas para entrenarme, y así poco a poco, de muñeca en muñeca, fue adquiriendo la práctica necesaria.        

Pero surgió un problema inesperado en mi primera violación. Tenía los 18 años ya cumplidos, y no quería ser un violador de menores de edad, quería ser responsable de mis actos con el fin de quitar compromisos a mis padres, me esperé a ser mayor de edad para dar rienda suelta a mis instintos.

El problema que se me presentó y que nunca pude prever, es que aquella cuarentona... ¡Ah! Debo también decir, que no violaba a mujeres menores de 40 años. No sé porqué, pero más jóvenes no me producían el deseo de violarlas. Según el psiquiatra, dice que es debido a que tengo un complejo de "buen tipo" o de "edipo"... algo parecido.

...Decía, que aquella cuarentona, una vez que la convencí de buenas maneras que la iba a violar en aquel parque solitario, al consumar la violación, me vino un pestazo de entre sus partes que me echó para atrás. La pobre, al darse cuenta de mi rechazo, casi se enfada, y me dijo que cuando se pone nerviosa suda mucho, que no lo puede remediar, y que a pesar de todos los desodorantes íntimos que usaban, su Ph era mas fuerte que todos. Le dije un tanto decepcionado, porque la tía estaba muy buena.    

-Ande, súbase las bragas, y vaya corriendo al bidé.

Durante un tiempo se me quitaron las ganas de violar. Es que uno es bastante asqueroso para eso de los olores corporales, ¡qué quieren que yo le haga! Y ante el temor de repetir la escena, me reprimía las ganas.

Pero no podía más, era superior a mis fuerzas. Hasta que un día... ¡Albricias! di con la solución a mi problema. Como era fontanero, inventé un artilugio de plástico desmontable que una vez recogido abultaba muy poco; pero una ves montado, era un bidé.   

Cuando salía a violar, siempre lo llevaba debajo del brazo, con su botellita de agua de rosas y un tubito de vaginesil; nunca se sabe como va tener "el potorro" la violada de turno. Ya he dicho y vuelvo a repetir, que soy un violador pacífico, y si puedo, no uso la navaja para intimidar, intento convencerlas de que las voy a forzar por las buenas; como hace la vicepresidenta del gobierno, señora de la Vega: convencer, no aplicar las leyes, porque las leyes, queramos o no, son una forma de violación a los ciudadanos.

¡Oigan! No vean que resultado más espectacular. A todas mis violadas las pedía por favor, que antes de violarlas se lavaran el "chichi" con el agua de rosas. ¡Anda que no se nota la diferencia! Violar con el chumino recién lavado, que exponerte a violar un chocho, que vaya usted a saber donde ha estado en las últimas horas.     

Me hice famoso como "el violador del bidé", y todas las revistas y programas del corazón hablaban de mí, y por cierto, muy bien. Más de una de mis violadas alababa mis formas, y declaró, que no le importaría que la violara otra vez.

Pero un día. ¡joder! que mala suerte. Al ir a montar el bidé para violar a una señora que me había llamado por teléfono para que la violara, (a todas las dejaba un teléfono de contacto por si tenían alguna amiga con ganas de que la violaran) cuando tenía las dos manos ocupadas para desplegar el bidé, sacó una pistola y me detuvo. Resulta que era la inspectora jefe de la comisaría del distrito ese.

Estoy en la cárcel, y como me he hecho amiguete del señor Paco, director del penal, y por recomendación de mi psiquiatra para que no caiga en una terrible depresión, todos los sábados y domingos, me deja que viole a una muñeca hinchable que me han regalado mis admiradoras. Pero sin bidé, ya que me lo han confiscado como prueba pericial. Además, si a la muñeca se lo lavó, se lo desgastó, y tampoco es eso.

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