Mi esposo el alcohólico

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RESUMEN

Adolfo es alcohólico, este el precio que tiene que pagar

De frente al espejo puedo ver la cara de placer del hombre que me hunde su gran polla desde atrás. Mis senos se agitan en un veloz vaivén, el sudor empapa mi cuerpo y los gemidos que escapan de mi boca deben escucharse en los apartamentos vecinos; mientras le suplico a mi amante que no se detenga el sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas me excita aún más. Puedo sentir que él está apunto de correrse, yo estoy lista para volver a recibir su leche, no he decidido aún si será en mi coño, mis tetas o mi boca. En la entrada de la habitación veo aparecer los pies de mi marido…

Todo comenzó en la fiesta de aniversario de los padres de mi esposo que se lleva acabo año con año. Adolfo comenzó a beber desde hacía buen rato sin pensar a que llegaría al grado de no poder ni siquiera levantarse. En esta vergonzosa condición fue necesario llamar un taxi para que nos llevara a casa, yo había bebido moderadamente y no quise arriesgarme a tener un accidente

Al llegar a casa, el conductor del taxi me ayudó literalmente a cargar a Adolfo y a subirlo al departamento. Fue especial mente difícil llevarlo por la escalera. No me di cuenta de que el vestido que llevaba permitía al conductor observar mis pechos a través del escote.

El taxista no tardó en darse cuenta y no disimuló su regocijo ante el espectáculo.

Finalmente depositamos a Adolfo en la cama. Pagué al conductor y le acompañe a la salida. Mientras nos dirigíamos a la salida no disimuló al momento de acomodarse la verga dentro del pantalón, seguramente empezaba a endurecérsele.

Me sentí aliviada al cerrar la puerta ya que en el estado en que se encontraba mi esposo era muy poco lo que él podía hacer por defenderme en el caso que el taxista hubiera decidido propasarse conmigo. Ante tal idea mi primera reacción fue de temor, pero una vez alejado éste, empecé a sentir una gran excitación pensando en que otro hombre me follara estando mi marido tan cerca.

Noté una ligera humedad entre mis piernas así como el endurecimiento de mis pezones. Me deleité en imaginar al conductor del taxi ofreciéndome una polla grande y dura. Imaginé al extraño empalmado y su miembro goteando un cristalino líquido pre-seminal que al contacto con mi lengua la impregnaría de un fuerte sabor salado. Me metí a la ducha, el agua tibia recorría mi cuerpo y mis dedos encontraron el camino para hacerme gozar imaginando al taxista sometiéndome en la regadera.

No me preocupé porque mi esposo escuchara mis gemidos de placer. Era como si estuviera sola en casa…

Era el tercer mes desde que empezó la adicción de mi esposo por el alcohol.

Algunas semanas después en la boda de una compañera de la Universidad fuimos puestos en la mesa con otros ex-compañeros. Ahí estaba Anahí la riquilla del salón que recientemente había encontrado un puesto muy bien remunerado gracias a su padre. Venía con ella un bombón de hombre: Alto, atlético y bien parecido.

Anahí empezó a ponerse pesada como siempre luciendo sus joyas y alardeando de sus viajes. ¡Lo que me faltaba! Adolfo ya estaba bastante tomado y empezaba a quedarse dormido.

Le pedí al novio de Anahí que me ayudara a llevar a mi esposo al baño pues quería evitar un espectáculo aún más desagradable.

Él me acompaño y mientas acomodamos a Adolfo en uno de los retretes le observé detenidamente. No cabe duda que hay quienes tienen buena suerte en este mundo, Anahí parecía tenerlo todo: Un buen empleo, buen dinero y un Adonis en su lecho

Ayudamos Adolfo a levantarse, Mario, ese es su nombre, se ofreció a ayudarme a llevarlo a casa y Anahí que debía quedar como la mujer perfecta aceptó sin problema. Él manejó mi automóvil y decidimos que Adolfo iría en el asiento de atrás. Yo me subí al asiento del copiloto.

Durante el trayecto platicamos sobre algunas cosas sin importancia hasta que llegó el momento en que me preguntó si el hábito de Adolfo afectaba mi vida. No había reparado en ese momento en tal cuestión y a manera de broma le dije que al menos podría dejar a mi esposo en la mesa para irme con un mejor prospecto sin que hubiera recriminaciones.

Mario comenzó a verme diferente a partir de ese momento. Al llegar a casa me ayudó a llevar a la habitación a Adolfo y en agradecimiento le ofrecí un café y le pedí que se llevara el auto, yo enviaría a mi esposo a la mañana siguiente para traerlo de vuelta

Al despedirse lo besé muy cerca de los labios y le agradecí su ayuda. La mirada de Mario estaba cargada de lujuria, sentí como recorrió mis pechos, mis caderas y mis piernas, lejos de molestarme le sonreí sugerentemente mordiéndome los labios y me despedí con un hasta pronto.

Al cerrar la puerta comprobé que de verdad me calentaba la idea de engañar a mi esposo en sus propias narices. En ese momento decidí que sería la última vez en que fantasearía con la posibilidad de hacerlo.

Por la mañana convencí a Adolfo de invitar a Mario a cenar, desde luego que no escatimé esfuerzos para reprocharle su comportamiento en la noche anterior, él no estaba muy convencido de invitarle. Cambió de opinión cuando le pedí indignada que al menos se ofreciera a pagar los gastos del lavado del traje que Mario debía realizar por su causa

El jueves siguiente nos encontramos con Mario en uno de mis restaurantes favoritos. No debí esperar mucho para que Adolfo pidiera una botella de vino y en mi primera visita al baño me acerqué al camarero que nos atendía para pedirle que no descuidara la copa de mi marido.

No deje que el caballero tenga vacía su copa -le pedí.

Para los postres mi esposo empezaba a notarse influenciado por el alcohol. Por lo que no ofreció resistencia alguna cuando Mario nos sugirió un lugar para bailar.

Tras algunas copas en ese lugar fue posible dejar a Adolfo en la silla mientras Mario y yo bailábamos. Conforme pasó la noche me iba acercando más a él al grado de no contenerme al pegar mi cuerpo junto al suyo, la noche siguió su curso y me mostré más desinhibida al bailar. Él se dio cuenta de inmediato ya que sus manos se deslizaron discretamente hacia mis nalgas para más tarde posarlas sin reparo sobre ellas  e incluso levantar mi culo con ambas manos para hacerme notar su endurecida verga

Por sobre la ropa Mario restregó su verga en mi entrepierna y luego me ayudó a girar para hacer lo mismo en mí en mi culo. Al acercarnos a la mesa Adolfo estaba completamente borracho. Mario tenía una magnífica erección y yo había empapado mis bragas. ¡Literalmente me tenía chorreando de deseo! Era tiempo de irnos.

Subimos a mi auto nuevamente, en el asiento trasero viajaría Adolfo mientras nosotros subimos al frente.

Al arrancar y escudada por la oscuridad me acerqué a su bragueta extrayendo su polla, empecé a succionarle desesperadamente. No noté que mientras me tragaba su verga entera y lamía sus bolas, él se dirigía a un motel

Se estacionó y pagó luego subimos a la habitación dejando al ebrio de mi esposo dentro del auto. Yo iba literalmente chorreando mientras subía la pequeña escalera, Mario abrió apresuradamente la puerta y tras cerrarla me presionó contra esta, mientras se deshacía de mi vestido, le quité la camisa y le bajé los pantalones.

Sus dedos invadían mi coño y mi culo mientras él mordisqueaba mis pezones sobre el sostén. Me arrojó sobre la cama y arrancándome la ropa interior comenzó a comerme el coño. Su lengua masajeaba el hinchado clítoris mientras sus manos se encargaban de apretar mis nalgas buscando el orificio trasero.

¡Al fin estaba realizando mi fantasía! Mis gemidos comenzaron a elevarse por sobre la habitación, mi esposo estaba a unos metros de distancia mientras otro hombre me arrancaba gritos de placer

Le supliqué a Mario que me la metiera, necesitaba sentir su dureza, su grosor invadiéndome.Entonces levantó mis piernas y aproximó su polla a la entrada de mi coño, su glande estaba hinchado y lo acercó lentamente

Parecía interminable la espera. Tanto que me hizo gritarle:

¡Fóllame ya  hijo de puta!

¡Dame lo que el borracho no me da!

Fue suficiente para que Mario enloqueciera y de un empellón me penetrara hasta el fondo

Más gritos escaparon de mi boca y yo no hice nada para disimularlos, dentro de mí deseaba que Adolfo los escuchara que supiera que mientras él se llenaba de alcohol las venas, yo era follada por un hombre de verdad

Vino el clímax, el primero de la noche ya que Mario conoció mi culo y mi boca un par de veces más. Yo tragué su leche y le ofrecí de beber del néctar resguardado entre mis labios

Me la metió tantas veces como sus fuerzas lo permitieron

Al terminar me llevó a casa junto a mi esposo quien no recobró el sentido hasta la mañana siguiente

Siguió así un periodo en el que no desaproveché cada vez que pude disponer de este semental.

Tuvimos algunos encuentros solo los dos. He de admitir que no eran tan satisfactoriamente morbosos como cuando mi marido inconsciente por el alcohol se encontraba cerca.

Luego vino el compromiso de Mario con Anahí. En la despedida de soltero de Mario, mi esposo asistió y quien realmente despidió de la soltería a este bombón fui yo. Adolfo nuevamente esperó en el auto mientras en un motel Mario follábamos como locos.

Mi intención era durante el banquete poseer nuevamente a Mario, sin embargo no fue posible, Adolfo bebido como de costumbre no iba a ser obstáculo. Pero Anahí no se despegó ni un segundo de su ahora marido,  me conformé con flirtear con un primo de ella. La noche nos llevó al retrete de caballeros del salón, donde este perfecto pelmazo se corrió durante la primera mamada que le di.

Parecía que no iba ser mi noche: Mi amante casado, mi esposo ebrio y el único prospecto aceptable había demostrado ser precoz. A mi pesar tuve que llamar un taxi para que nos llevara a casa y así terminara lo que parecía un inminente desastre.

Cuál ha sido mi sorpresa al llegar el coche de alquiler y notar al conductor, era ni más ni menos que ¡el taxista de la fiesta de mis suegros! Mi corazón palpitó de emoción, mi coño se humedeció y cada vello de mi piel parecía estar erizado.

No me había reconocido hasta que le pedí ayuda para subir a Adolfo, luego de recostarlo en el asiento de atrás no me quedó otro lugar que junto al conductor. Intencionalmente dejé mi escote visible y la apertura del vestido dejaba ver al menos uno de mis muslos, fingí estar molesta por el estado de mi acompañante y por anticipado  extendí una disculpa al taxista. Arrancamos no sin que antes el chofer dirigiera una rápida mirada a mis piernas.

La escena de meses atrás se repitió: El extraño cargando a mi marido y depositándolo en la cama de la habitación mientras yo la indefensa esposa me encontraba a expensas del hombre que nos condujo a casa.

-Por favor tome asiento ahora le pago

- le dije al tiempo que le mostraba un pequeño taburete que se encontraba a un lado de mi lecho matrimonial

Ingresé al baño sabiendo que al encender la luz mi sombra se reflejaría sobre la puerta, en una suerte de strip tease me quité el vestido frente a la puerta y luego el sostén cuidando que la sombra proyectada mostrara exactamente lo que dentro del baño sucedía. Pude ver por la ranura inferior de la puerta que el conductor se acercaba y se detenía justo enfrente de mí del otro lado.

Mi cuerpo estaba a mil, empecé a sentir que me derretía, que mi cuerpo se cubría de gotas de sudor. Tomé una toalla y comencé a secarme haciendo énfasis al pasar la toalla por mis tetas. Tomé la bata de baño y me cubrí.

Abrí la puerta

El taxista se sorprendió al verme con la bata de baño justo enfrente de él. No le di tiempo de disimular la erección provocada por mi pequeño espectáculo y mi vista tampoco se separó del paquete que el hombre poseía. Él balbuceó una disculpa pero no recuerdo bien que dijo, me acerqué lentamente a él y tomé su inhiesto miembro por sobre la tela

El extraño supo que no saldría hasta la mañana siguiente. Con poca delicadeza retiró la bata de baño para descubrirme solo con las bragas humedecidas como naturalmente él ya sabía, se acercó a succionar mis pezones mientras yo desabrochaba su cinturón y hacía caer sus pantalones.

-Su marido - dijo

Salí de la habitación y empujé el sillón más cercano a la puerta de la recámara

-Llévalo ahí le ordené

El extraño obedeció y en calzoncillos movió a mi esposo haciendo gala de fortaleza hacia el sillón. Adolfo, ebrio, quedó sentado de frente a la recamara como si presenciara la escena dentro.

La verga del conductor había perdido dureza por esta distracción. Me quité las bragas y completamente desnuda me hinqué para bajarle los calzoncillos al mismo tiempo que él se deshacía del resto de su vestimenta. Tuve ante mí su magnífica polla grande gruesa y dura, la succioné como si en eso me fuera la vida mientras acariciaba sus nalgas él me tomó de los cabellos acariciándolos y luego con ambas manos dirigió el ritmo de cómo debía comerle la verga.

Por un momento me preparé para degustar su descarga. Debió contenerse porque me interrumpió haciéndome levantar y llevándome a la cama.

Empezó a succionar mis pechos y bajó rápidamente hasta el ombligo, sin dejar de presionar fuertemente mis muslos y nalgas, bebió la humedad entre mis piernas y lengüeteó vorazmente mi clítoris haciéndome venir por primera vez en la noche. Se preparó para follarme. Levantó mis piernas y acerco su tronco a la entrada.

Me la hundió lentamente haciéndome sentir cada centímetro de su tolete, aumentó el ritmo siguiendo la intensidad de mis gemidos hasta que sentí su cálida esperma alojarse dentro de mí. Terminó de correrse y sin descansar bajó a comerme el culo al mismo tiempo que me llegaba un orgasmo más.

Siguió por un par de veces más: Me culeo y después se pajeó en mis tetas. Tomamos un descanso para comprobar que Adolfo seguía dormido en el sillón.

El taxista empezó a pajearse y para sorpresa mía se endureció nuevamente. Me ordenó que me pusiera en cuatro patas sobre la cama y de frente al espejo de la cómoda. Solo obedecí y sentí como mi nuevo amante entraba en mi coño otra vez. Podía verme en el espejo apretando fuertemente la sábana con mis puños, la alianza reluciendo en mi mano izquierda…

De frente al espejo puedo ver la cara de placer del hombre que me hunde su gran polla desde atrás. Mis senos se agitan en un veloz vaivén, el sudor empapa mi cuerpo y los gemidos que escapan de mi boca deben escucharse en los apartamentos vecinos; mientras le suplico a mi amante que no se detenga el sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas me excita aún más. Puedo sentir que él está apunto de correrse, yo estoy lista para volver a recibir su leche, no he decidido aún si será en mi coño, mis tetas o mi boca. En la entrada de la habitación veo aparecer los pies de mi marido y pienso que todo ha terminado.

Afortunadamente solo ha sido que Adolfo completamente ebrio ha resbalado del sillón. Sus pies aún calzados ingresan un poco por la puerta. Pero yo no puedo verlos ahora. El nuevo clímax provocado por la leche del extraño dentro de mí hace nublar mi visión.

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