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Mis cuentos inmorales. (Entrega 8)

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  • Mi primera carta de amor Mis aventuras sexuales durante el Franquismo

    Mi primera carta de amor

    He tardado en decidirme. Publicar esta auténtica carta de amor y mi primer verso que compuse a la chica de la que creí estar enamorado a los 13 años, me produce inquietud.

    Pero salió de mi alma, y la verdad, que no tengo porque avergonzarme por algo que pasó hace más de medio siglo, y que partió de un niño de corazón inmaculado.

    Fue el verano de 1954. El grupo escolar: Juan de Villanueva, de Madrid. Nos llevaron a Valencia de vacaciones. Bebía los vientos por una niña de 12 años, Isabel. Mi vecina. ¡Qué emoción! Pensando en ella tuve mi primera erección. Nunca lo supo, porque el sexo entonces era algo tan prohibido para un niño, que sólo sentir sus inevitables efectos en tus carnes te entraban sudores.

     

    ¡Pobres sábanas blancas!

    Y aquel colchón de lana...

    ¡Cuánta eyaculación, cuántas!

    Se fueron sin amor de dama.

     

    Recuerdo a Isabel con tanta ternura que todavía conservo su frescura, y al encontrar esta carta en un rincón de donde no tengo nada; allí estaba.

     

    16 de Julio de 1954

    Mi querida Isabelita:

    Lo primero que he hecho nada más llegar a esta playa de La Malvarrosa, es buscar tintero y pluma para aplacar la ansiedad que me devora el alma: escribirte esta carta. Doce horas en ese vagón viendo pasar los árboles por la ventanilla, y en cada uno ver tu cara cruzando a toda velocidad, alargar mis brazos y no poderte abrazar ha sido como un tormento. ¡Mi querida Isabel! ¡Qué mal momento!

    Me han dicho mis papás que me conviene un cambio de aires, dicen que estoy muy delgadito y que no como. Ellos no saben que con tus besos furtivos no necesito más alimento. Aquí dicen que se come muy bien, pero el no verte... ¡Quién me quita a mi este sufrimiento! ¡Un mes aquí sin ti!

    Estamos en un colegio de internos, al lado de la playa, entre naranjos y flores y dormimos todos los niños en un pabellón muy grande. Estoy tumbado en mi cama desde donde veo el mar; pero lo que miro son tus ojos y tus labios, y acaricio tu pelo como si fueran las olas. ¡Me gusta tu pelo moreno Isabel! El mechoncito que me traje lo tengo guardadito en un estuche que le he quitado a mi mamá. No sabes la fuerza que me va a dar para poder sobrellevar un mes sin coger tu mano.

    No te rías, pero mirando al mar se me ha ocurrido un poema... mi primer verso. Me da vergüenza leerlo, pero como me ha salido del corazón, sé que para ti será como un regalo que no tiene precio. Cierra los ojos que te lo voy a leer.

    Al igual que los cielos se miran en el mar...

    Yo me miro tus ojos de misteriosa profundidad. 

    De verdad Isabelita. No hago nada más que pensar en ti. ¿Esto es amor, ¿verdad? ¿A ti te pasa lo mismo?

    El otro día que me dijiste que pasara a tu casa, que estabas sola, te juro Isabelita que si no pasé es porque me dio mucho miedo, ¿sabes? Nunca he estado con una niña, y no sabía que hacer. Ya sé que hiciste un chocolate muy rico para mí, pero era tanta vergüenza y temor que se me paralizaron las piernas. Cuando vuelva a Madrid, si te parece en tu casa o en la mía nos veremos un día y nos cogeremos de la mano y nos daremos un beso. ¿Vale?

    No me atreví a decirte si quieres ser mi novia, pero te lo pido ahora, y si me dices que si, mi próxima carta empezará por: Querida novia. ¿Qué ilusión me hace? ¿Y a ti?

    Cuando llegue a Madrid

    y estemos los dos solitos

    Te voy a llenar de besitos.

    Isabelita: me haces feliz.

    Nada más de momento, escribe pronto ¡por favor! me corroe la impaciencia.

    Te quiero.

     

                Tú Félix

     

    Mis aventuras eróticas durante el Franquismo

    Uno, que vivió los años sesenta en su plenitud sexual; gracias a las chicas de mentalidad liberal, (las que hoy se denominarían progresistas) tuve solucionado un problema muy acuciante para los jóvenes de la época: el tema del folleteo, y gracias también a mi metro ochenta, y a lo guapito que era “el nene”.

    Hay que explicar para que se comprenda este relato, que, durante la dictadura, había temas que no se podían abordar, salvo peligro de cárcel o "condena al fuego eterno del infierno": política y sexo. El que atentara contra el régimen su destino era el presidio, y los que atentaran contra el Sexto Mandamiento, "la condena era el Infierno".

    Comprenderéis, que, ante tales perspectivas, los jóvenes, sobre todo ellas, con su intelecto poco desarrollado debido a las consignas del Estado: ir a misa, ¡con velo! cantar el Cara al Sol; hacer el servicio social en donde las embutían las excelsitudes de la castidad y la pureza; y en Semana Santa ir a las procesiones; los temas sexuales estaban tan proscritos fuera del matrimonio, que las tremendas ganas de sexo propias de la edad, se te diluían por las manos, o en poluciones nocturnas. Follar no es que fuera difícil... ¡Era un milagro!

    La moral cristiana predominaba en las mayorías de las familias; uno del slogan era: “Familia que reza unida, permanece unida” así que los: “Virgos Venerandas y Virgos Clementísimas” sólo se conocían en el Rosario.

    ¡No, no! no es la señora Rosario que probablemente ya no tendría virgo, es una oración llamada Rosario, que se reza con una especie de collar en la mano, para ir contado lo que se va diciendo. (O rezando)

    Pero lo curioso, es que, esa moral sexual también arraigaba en las familias de ideas republicanas; que te saliera un hijo maricón, (lo de gay se desconocía a la sazón) o una hija preñada de soltera, era tal deshonor que si acaecía en una localidad pequeña se consideraba tal tragedia, que los pobres tenían que emigrar a otros lares desconocidos para ocultar sus “pecados”; el sexo era tabú para los pobres (azules o rojos).

    Ya me dirán ustedes señoras y señores, con este cuadro que acabo de pintar, como los chavales ávidos de sexo, nos las apañábamos “para meter”.

    Es cierto, que, existían las llamadas casa de tolerancia, (o de putas), para que todos nos entendamos, pero que chaval de entonces tenía los veinte duros que costaba “el saltito”. Pocos, o casi ninguno; eran inaccesibles para la mayoría de los estudiantes o currantes.

    Pero como nada ni nadie es perfecto, ni Franco pudo evitar que existieran chicas que se revelaran contra aquel sistema represor de mentes, bragas y braguetas; y abanderando posiciones contrarias al régimen, a la iglesia y a la moral cristiana, y solucionaron el problema sexual de los que como un servidor necesitaba de un chohito como agua de Mayo que llevarse a sus tristes y llorosas partes.

    Era arduo complicado el dar con ellas, ya que no mostraban su “libertinaje sexual” a las primeras de cambio; ¡no, no! no lo pregonaban a los cuatro vientos, había que ganarse la confianza de que uno era un caballero, y que no le guiaba otra intención que la del amor ¡Madre mía! Las que yo podría narrar aquí. ¡Cuántas pasaron por el arco de mis triunfos! Pero lo que más me jode, son las que desearon pasar por ellos, (por mis arcos) y yo por un prurito de sólo “cepillarme” a las que me gustaban, dejé con las bragas húmedas a chavalas, que hoy daría un pastón por bajárselas.

    Estas niñas, tenían muy claro que todos los tabúes en torno al sexo eran rollos macabeos de la iglesia, pero no tenían más remedio que guardar las apariencias, porque éramos tan cabrones los chavales de entonces, que encima exigíamos por esposa a una mujer virgen. Eso de no desvirgar a la novia la noche de bodas era algo inadmisible para el novio, máxime si durante el noviazgo no “habías mojado el pizarrín”.

    Os recuerdo con afecto, niñas. Gracias a vosotras pude saber con tan sólo 16 añitos las delicias del sexo. ¡Cuántas escenas maravillosas me vienen a la mente! ¿Qué será de vosotras? Os deseo las mayores felicidades del mundo. Un fuerte beso, allá donde os encontréis.

    Empecé sobre los 15 o 16 años a ir a los bailes, ya que representaba los 18 años sin ninguna duda, que era la edad mínima exigida para poder entrar a las salas.

    Recuerdo perfectamente mi debut, tan bien como el día de mi boda. Fue una sala que se llamaba "El Frontón", de la calle de Bravo Murillo de Madrid; los días laborables se jugaba a la pelota y los fines de semana hacían baile.

    Nada digno que reseñar aquí, salvo que fue la primera sala que pisarón mis pies en Madrid. Además, no era de mi agrado, "el ganao" que había no correspondía a las exigencias de aquel chico, aunque algo delgadito, muy alto y guapo.

    Las salas Toky-Eder y Pensylvanía fuero las que frecuenté inmediatamente después que la del Frontón. Tampoco aquí nada importante que describir eróticamente. Recuerdo que en Pensylvania costaba la entrada diez pesetas y ta daban un cigarrillo y un vaso de vino.

     

    Los amiguetes de jergas

    En la época que relato, (entre los años 1956 y 1958), solía salir con los amiguetes de la foto; el de mi derecha, Conceso, que cantaba muy bien el tango. El otro Nino, un chaval muy cachondo (no hay nada más que verle la cara) y su primo, que no recuerdo como se llamaba.

    Recuerdo una anécdota de Nino. Paseando la tarde de un domingo buscando alguna sala de baile por una zona que no conocíamos, se dirigió a un grupo de chicas que andaba por allí, y le dijo muy serio y circunspecto:

    -Por favor señoritas, ¿No podéis decir donde hay algún baile por aquí donde se pueda "restregar la cebolleta"?

    Ni que decir tiene, que las niñas salieron corriendo asustadas, pero las my "joias" se reían más que lloraban.

    Después de conocer numerosas salas, me decanté por cuatro: en invierno, La Tuna y Studio, y en verano, los Jardines Virginia y la Terraza del Hotel Montesol. Y desde estas, se fomentaron casi todas mis "hazañas eróticas".

    Juro (y cuando juro, no juro en vano) que puedo contar con los dedos de la mano los noes que me dieron las que saqué a bailar. Primero porque no sacaba a bailar a cualquiera, y segundo, porque siempre estudiaba las posibilidades de éxito provocando a "la víctima" de turno con miraditas insinuantes, lo cual me indicaba la predisposición de la moza, si estaba o no receptiva.

     

    Con mi amiguete Eduardo

    Eduardo a la sazón era unos guapos mozos, más alto que yo y mejor formado. Hijo único, estudiante de perito de agricultura y deportista nato, sobre todo natación.

    Al conectar ambos en el tema del "mujerío" durante los años 1958 a 1960 salimos muchas veces juntos a la caza "del conejo", y juntos vivimos numerosas aventuras por esos "bailes de Dios".

    Solíamos ir un baile de la Ciudad Universitaria denominado "El Puente". Me gustaba por que lo frecuentaba el tipo de chica que me gustaba, chicas con cierta clase y educación. Allí conocimos a bastantes niñas con las cuales nos dimos bastantes "lotes".

    Cómo a la sazón era impensable llevar una moza a la cama a las primeras de cambio; y como coche tampoco teníamos la mayoría de los chavales, te dabas "el lote" donde se podía, pero siempre en la oscuridad de un cine, o por la noche en una tapia o un descampado.

    Recuerdo una anécdota. Salimos Eduardo y yo con dos chavalas, y nos las llevamos al Parque del Oeste, (los bajos del paseo de Rosales). Después de darnos el "lote" correspondiente, se le ocurrío a Eduardo que cogiéramos a "nuestras mozas" en volandas (como se coge a las novias a la entrada del tálamo del amor) y subirles por una de aquellas cuestas.

    Uno que estaba flaquito y con pocas fuerzas, al dar el primer paso, bien por que ella no estaba bien asida a mi cuello, o porque a mí me faltaron las fuerzas, los dos nos fuimos al suelo.

             ¡Qué bonitos son los dieciocho años! Y aunque ahora me doy cuenta lo cándido que era, y las de chicas que dejé con "ansias de que le bajara las bragas", no me arrepiento.

     

    La pastelera de la calle de Lista

    Era un pedazo de mujer: alta, morena, y con un cuerpazo de impresión, pero más bien fea; y a la sazón me gustababan las chicas de rostros agraciados. Al cuerpo le daba menos importancia, aunque las amplias caderas y tafanarios generosos siempre me han impresionado, pero eso sí, en un rostro bonito.

    Solíamos quedar la pandilla en una piscina que estaba por el barrio de Canillejas; y como en todas las pandillas, siempre hay alguno o alguna que se decanta por otro u otra, y la pastelara de cuyo nombre no me acuerdo de verdad (no es que no me quiero acordar) porque me dejó un buen recuerdo, buscaba siempre el estar a mi lado.

    Me dijo un domingo:

    -Félix, mañana estoy sola en casa, mi tía y mi prima van a estar de medicos por lo menos hasta la hora de comer. ¡Joder si la pillara hoy!

    Y uno, que buscaba en la mujer esa flor maravillosa exenta de inmoralidades y desenfrenos, desestimó con el desencanto de la moza cuya "flor" quedó sin mancillar por un servidor. 

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