Confesiones de una señora muy puta

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RESUMEN

Al principio no quería, pero al final, la puta que hay mí tomó posesión de mi ser y me convirtió en la mujer que ahora soy. Esta es la historia de una señora de 38 años, casada y madre de familia, que un día conoce los placeres fuera del matrimonio y se entrega por completo a ellos.

Con una toalla del baño termino de secar mis partes más íntimas. El agua fría de la ducha ha templado mis nervios y ha limpiado cualquier rastro de la lefa que mis amantes habían dejado dentro de mí. Me seco el pelo y examino mi cuerpo ante el espejo. Tengo moretones en los pechos y en las nalgas, la vagina inflamada, el clítoris bastante hinchado y el ano tan dilatado como nunca antes lo había tenido. Mi cuerpo presenta las huellas delatoras de haber sido usado sexualmente de una manera salvaje, casi animal. Pero no me siento dolorida, sólo algo cansada. Tan cansada como lo puede estar una mujer que acaba de tener sexo durante más de dos horas seguidas. Me coloco la toalla alrrededor del cuerpo, sobre los pechos, inspiro hondo, y vuelvo a la habitación donde el socio de mi marido, sobre una silla, ha esperado paciente a que terminase de asearme. Hace apenas 15 minutos me había encontrado haciendo el amor con tres hombres y ahora me observaba relamiéndose entre dientes. Sonaba a medio volumen un remix de Prayer in C que pasaban por Kiss TV... -Tenemos que hablar-, le digo.

Casi puedo sentir las ganas que me tiene. Sus ojos no dejan de escrutar mi cuerpo cubierto sólo por esa diminuta toalla de baño . Me sabe vulnerable, culpable. Siempre me ha deseado y sé que intentará aprovechar una portunidad como esta.  Me mira a la cara, resopla. Ahora me doy cuenta de que en una de sus manos tiene la tanga roja que me había puesto ese día para ir a la playa. La huele, me dice que huele a puta, a hembra cachonda, a perra en celo.

Se levanta, me ordena que me quite la toalla, y como no lo hago, me la quita él mismo de un solo jalón. Me manosea las tetas, me jala de los pezones, se entretiene un buen rato estrujándome los pechos mientras clava su lengua en la mía. Intento resistirme y me da un par de cachetes. Para que me centre, me dice. Me vuelve a comer la boca. Me dejo. Nos besamos durante varios minutos mientras nuestras lenguas se entremezclan como si fueran solo una. Me come las tetas, pasando de una a otra, mordisqueando mis erectos pezones. Luego me da la vuelta y me obliga a ponerme a cuatro patas sobre la cama.

No quiero que me vea el culo ni las marcas que antes me han dejado mis amigos italianos, pero él es mucho más fuerte y al final no puede evitar ceder a sus pretenciones.

Apoyando su brazo izquierdo sobre la parte baja de mi espalda me obliga a hacer pompa. Es bastante brusco y no quiero que me haga daño, así que me dejo hacer y yo misma impulso mis caderas hacia arriba levantando el culo lo más que me es posible. Sé que es lo que quiere. A los hombres con los que he estado les gusta ponerme en esta posición y empalmarse con la rotundidad de mi retaguardia. Soba mis nalgas sin dejarse un solo centímetro de piel. Lo escucho soplar y resoplar. Me dice que tengo el culazo de una diosa, que mi pompa es la más impresionante que ha visto jamás, que no sabe cuántas veces se habrá pajeado pensando en mí culo y que siempre supo que era una señora puta. Luego se pone de cunclillas, hunde la cabeza en mi intimidad y empieza a comerme la raja como hace mucho que nadie me lo hacía. Pese a haber tenido innumerables orgasmos en las horas precedentes, mi cuerpo reacciona casi al instante al sentir sus lengüetazos sobre mi vulva y la fricción de sus dedos que no dejan de masturbar mi hinchado clítoris. Sabe que estoy a punto de correrme, por eso intensifica la acción de su lengua sobre mi almeja. Me está dando una comida de chocho de campeonato. Yo ya estoy a punto, lo puedo sentir. Así que retuerzo mi coñito sobre su boca con movimientos de cadera ondulantes y me vengo de forma abundante. El socio de mi marido, don Mario, un hombre que ya está por encima de los 50, se come todo mi flujo. Succionando con su lengua mi vagina por dentro.

Cuando mi orgasmo se ha extinguido, don Mario suelta mi clítoris y su lengua pasa de mi raja a mi ano. Me come el culo mientras masturba mi vagina follándome con dos de sus dedotes. A diferencia de mi marido, don Mario es un hombre alto y fuerte. Y bastante guapo y conservado, aunque algo subido de peso. Y los dedos con los que me folla, son, por separado, casi tan grandes como la polla de mi marido, que es más bien pequeña.

Me lame el ano, me lo huele, escupe dentro, y me lo folla con el dedote índice de la mano derecha. Mientras me masturba la concha y el ano de esta manera, no deja de besarme las nalgas, de olerme el ojete y de decirme lo bella y lo putísima que soy.

-Que rico te huele el ano, so puta -me dice, e intensifica la follada manual- Te gusta que te llenen todos los agujeros, ¿verdad putona? Pues ahora te  voy a dar de lo lindo por todos lados para que te quedes contenta...¡Puta, guarra, zorra, ramera......!

Mientras más me insultaba, más excitada y cachonda me ponía. Además, el hecho de que fuera un conocido de la familia el que me lo dijese hacía de la situación mucho más caliente todavía. Eso y que don Mario siempre me había gustado, propiciaron que mi segundo orgasmo no tardara en llegar.

- Síiii...  Ohhhhh... Que rico me masturbas papacito... Ahhhhhh ...Ohhhhhh... Ayyyyy... Me corro... Me corro, don Maaariooo... Me voy a correr... Ahhhhhh... Síiiiii... ¡Que riiiicooooo!

- Córrete Marisol, córrete.....Venga culona, córrete....

- Así, asíiii... Síiiiiiiiii... Chúpame la cucuna papacito que ya me vengo... Ahhhhh...

Don Mario volvíó a pasar su lengua por mi panochita y a masturbar el capuchón de mi clítoris mientras, con la otra mano, me abría la raja del culo y se pegaba, como una lapa, a mi concha desde atrás. Poco después me corrí como una perra en celo.

Acto seguido, me jaló de los pelos y me dio la vuelta. Me sentó en el borde de la cama y me ordenó que le bajase los pantalones. Lo hice. Mientras, él se deshacía del polo que tenía puesto. Don Mario llevaba un boxer blanco bastante ceñido en el que se adivinaba una polla de gran calibre.

Después de los dos orgasmos que me había regalado, me había desinhibido por completo y ya no me importaba lo más mínimo intimar con el socio de mi marido. Don Mario se dio buena cuenta de ello y no tardó en bajarse los calzones, regalándome la visión de su maravilloso pene.

No tardé en cogerlo entre mis manos y masturbarlo a conciencia mientras me relamía golosa. Era duro como el acero y medía como mínimo 20 centímetros. Tenía el cabezón enorme y rojo, pero lo que más me impresionaba era lo gordo que era y la cantidad de venas que lo recorrían.

-Te gusta mi polla ¿verdad putarrón? -me dijo al percatarse de que se la veía como embobada-.

- Sí papi, tienes una pinga bien grande- y me la meti en la boca lo más que pude-.

- Eso...  chupa... chupa, puta, chupa... Ohhhh... Jodeeeeer... que rico la chupas chupona... Ahhhhh... ¿A qué a tu maridito no se la chupas así?

- Mi marido no tiene tu pìnga, papito...  La de mi marido es más chiquita. Es la mitad de larga y es más delgadita... Mmmmm...  -Como no le podía comer más que el cabezón, le pajeaba la verga con las dos manos o le pasaba la lengua a lo largo de todo el falo, deleitándome con el preseminal que echaba a montones- Es rica y jugosa papacito... Nunca me había comido una pingaza tan jugosa como la tuya - y era verdad. Don Mario no dejaba de echar preseminal, y yo de tragármelo gustosa-.

- Chupa, chupa... Chupa y calla puta, chupa y calla... Ya tendrás tiempo de hablar todo lo que quieras después del polvazo que te voy a echar...Ohhhh... Ahhhhhhhh... puta, puta, puta... Ahhhhhh... ¿Paraaaa...!  Para que me corro...Ohhhhh... -Me ordenó-.

Me volvió a coger de los pelos, separando mi boca de su polla. Me tumbó sobre el bordillo de la cama de una manera bastante tosca, con las piernas bien separadas, y empezó a golpear mi vagina con su pene erecto. Me masturbaba el clítoris con el cabezón de su pollaza, y con lo hinchado que estaba, no tardó mucho en conseguir que volviera a gozar de un nuevo e intenso orgasmo. Cuando acabé de retorcerme de placer, apuntó con su polla a la entrada de mi vagina y me la metió todita de un sólo estoque. Me follaba duro sujetando mis piernas de los talones. Sentía como sus huevones revotaban en mis nalgas tras cada embestida. Los sentía repletos de leche y a punto de basearse. Y era justo lo que estaba deseando. Que ese semental me llenase todita con su leche de macho.

Yo seguía corriéndome y disfrutando de su polla. De ese instrumento creado para el pecado y el placer. Don Mario seguía insultándome. Insultándome y follándome cada vez más fuerte. Se había convertido en una maquina de follar que me había convertido en otra maquina capaz de enlazar orgasmo tras orgasmo.

Así estuvimos como otros cinco minutos más. Luego me la sacó. Yo pensé que quería correrse fuera, pero no, me puso a cuatro patas y me dijo que empinara el culo. Que lo abriese con las manos, que me quería dar por el culo. Que había visto que lo tenía bien roto y que no se iba a quedar con las ganas de probar de ese manjar.

El tamaño de su pene me daba miedo, pero como todavía tenía el ano bastante dilatado de la follada que me habían dado mis tres amigos, hice lo que me ordenó y me abrí las nalgas lo más que pude.

Sentí su polla abrirse paso a través de mi esfinter. Me ardïa y me dolïa un montön, pero no dejaba de gemir de placer y encadenar orgasmo tras orgasmo, cada cual más largo y delicioso. Después de un cuarto de hora de darme por  el ano, me la sacó para volver a envestirme por el coño. Me dijo que se quería correr en mi vagina y llenarme toda. Y así lo hizo.

-Ohhhh... Ahhhhh... Me corro... Me corro, culona, me corro... Ohhhhhh... No aguanto más... Ahhhhhhh... ¡Ven aquí....! Ven aquí que me voy a correr dentro de tu coño... Ahhhhhhh... ¡Toma, toma, toma, toma leche Marisol, toma leche!... Ahhhhh ¡Culonaaaa!... ¡Culaaaazooooo!... Ahhhhhhhhh... Ohhhhhhhhh... ¡Marisoool!... ¡Culooooonaaaa!.....Ahhhhhhh...

- Así, así, asíiiiiiii... Así papacito asíiiiiiii... Lléname con tu lechazo, dale... Ahhhhh... ¡Que rico papito, que riiicooo...! Ayyyyyyyy... ¡Que rica tu piiiingaaa.....Ahhhhhhh....!

Después de corrernos, permanecimos un buen rato retozando juntos. Me acurruqué en su pecho y, pensando en los últimos acontecimientos, me quedé dormida con mi mano cubriendo su pene.

Cuando desperté, eran casi las diez de la noche, empezaba a anochecer y Don Mario no estaba.

Al rato sonó el movil. Contesté. Era mi marido. Los negocios habían ido mejor de lo que pensaba y volvía esa misma día sobre la medianoche. ¡¡¡Joder!!! Y la casa hecha una mierda y oliendo a puta y a semen por todos lados.

Al instante me espabilé. Deshice la cama y cambie las sábanas. Todavía desnuda, recogí las pocas ropas que había llevado ese día, las toallas del baño y cualquier cosa que pudiera delatar mi reciente festín, y las puse a la lavadora. Encendí el aire acondicionado a tope y me di una ducha rápida. Me frote por todos lados y me puse bastante crema por todo el cuerpo. También crema para las zonas íntimas. Me sequé el pelo y me hice una cola. Volví a examinar mi cuerpo delante del espejo. El descanso me había sentado bien, pero las marcas en mi trasero eran bastante evidentes. También me dolían las tetas y tenía el clítoris bastante salido, pero esto último no me quitaba el sueño, puesto que, por lo general, lo suelo llevar casi siempre por fuera de su capuchón, ya que lo tengo bastante desarrollado.

Así pues, la única contrariedad realmente señalable sería la de las marcas que me habían dejado en las nalgas los tres amigos italianos que había conocido en la playa esa mañana, tras azotarme con sus manazas tratando de comprobar que no eran siliconas las que lucían en mi trasero.

Dudé entre ponerme sexi o hacerme la enferma, y al final opté por lo primero. Puesto que si tenía ganas de follar, Eduardo, que así se llama mi marido, me hubiera follado igualmente aunque tuviese 40 de fiebre.

Me puse una tanguita negra de hilo dental, un vestidito de tirantes ceñidito haciendo juego y unos zapatos de tacón. Nada de sujetador, puesto que tengo unas tetas bien puestas y casi nunca llevo. Además, a mi maridito le gusta así.

Me maquillé, me solté la cola y me dejé el pelo suelto. Fuí a la bodega y saqué un Rioja que puse a enfríar, y me dispuse a esperar a que mi marido apareciese de un momento a otro.

Llegó media hora después. Como sé que es mejor hacer preguntas antes de que te las hagan  e insinuarse sexualmente antes que cualquier  otra cosa, me abalancé sobré él y le comí la boca como una desesperada. Le dije que lo había extrañado un montón y que estos cinco días se me habían hecho eternos, que lo deseaba, que quería follármelo allí mismo y que estaba muy arrecha y no aguanta más. Le serví una copa de vino, la que insté a tomársela casi al instante. Le serví otra. Quería picarlo y que me follase sin darle tiempo a pensar en cosas que no me convenían lo más mínimo. Casi lo arrastré hasta el dormitorio. Le serví otra copa. Me serví otra para mí. Brindamos por nosotros, por lo mucho que nos amábamos y por la suerte de habernos conocido.

Hicimos el amor con la luz del dormitorio apagada. Para que no sospechase nada, dejé la luz del baño encendida y una tenua luminosidad se colaba a nuestra habitación. La suficiente para vernos mientras lo hacíamos, pero no para que pudiese reconocer las rojeces de mis nalgas.

Me puso a cuatro patas, se colocó detrás y me hundió su pene hasta los huevos. Casi se pierde dentro de mi vagina de lo dilatada que estaba. Como a mi marido le gusta tocarme mis partes mientras me está dando como a una perra, no tardó en darse cuenta de lo inflamada que tenía la vagina y de lo hinchado que estaba mi clítoris. Le dije que era porque estaba muy excitada y muy caliente de lo que no follábamos desde hace más de una semana. Esto no hizo más que terminar de excitarlo y al poco rato me estaba llenando el chocho con su leche calentita. Al instante fingí un orgasmo lo mejor que pude y me salió tan bien, que el pene de mi marido se mantuvo erecto mientras yo me retorcía y le retregaba el culo, haciendo como que me estaba corriendo.

-Ohhhh... Ahhhhh... Marisooool... Ahhhhh... Me corroooo Marisol... Ahhhhhhhh... Que hermoso tu culaaazo, amor....Ohhhhhhh... Ahhhhhhhh... Yaaaaa... Ahhhh... Tomaaaa toda mi leeecheeee....Ahhhhhh...

- Ayyyyy... sí, sí, síiii... asíiiiiiiiiiii... Que rico polvazo me estás dando, papaciiitoooo... Que rica tu leche... Ahhhhhhhh... Ohhhhh... ¡Sigue... Mmmmmmm...Siiiigueeeee, amorzote, sigueee... No pares, papito, sigue dándome pinga, dale...!... Ayyyyyyyyy... Que riiiiicoooo... Ayyyyyy... Me cooooorrooooooooo...

Como se había corrido a los dos minutos de haberme penetrado, y como no quería que se sientiese mal, empecé a masturbarle la polla succionándosela con mi vagina, para así, impedir que dejase de estar erecto.

Mi marido es eyaculador precoz desde hace poco, y también tiene ciertos problemas de erección, pero yo soy una mujer de armas tomar, y cuando me propongo algo, por lo general, lo consigo. Y así fue también esta vez, y, pasado el difícil momento en que una polla pasa de estar erecta a volverse flácida, mi marido siguió penetrándome otros cinco minutos más, hasta que volvió a correrse.

Después se quedó dormido casi al instante. Aproveché para ponerme un pantaloncito de deporte que no delatase mi enrojecido culo a la mañana siguiente y me metí en la cama acurrucada entre sus brazos.

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