Historia de Vero y Prisco (2)

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RESUMEN

Vero libra sus primeros dos combates. Y logra que el lanista, el dueño de la esciuela y amo de él mismo y Lavinia, le entregue a la muchacha como pareja y compañera de su vida

CAPÍTULO 2º

Desde el día siguiente a esa primera noche de amor con Lavinia, Vero volvió a ser el joven social, alegre y amable que antes fuera; fueron su instructor, ese que en tiempos, al principio de su aprendizaje fuera tan “cornuti”, tan “fili de puti” con él, pero que ahora le era más que amigable, y su gran amigo desde que llegara al “ludus”, el galo Prisco, quienes primero vieron el novel cambio en el carácter del joven moesio, dándole palmaditas en el hombro, felicitándole, y felicitándose, por tal cambio a mejor, aunque el que más celebró el evento fue Prisco. Lo que a ninguno de los dos se les escapó fue la parte que, indudable, había cabido a Lavinia en tal cambio; aunque sólo Prisco llegó a darse cuenta del fondo del asunto

―Te has enamorado de ella, ¿verdad?... Y ella te corresponde…

―¿A quién te refieres?

―Anda Vero; no me vengas con guasas, ¿quieres?... Que somos amigos, tío… ¡A quién va a ser sino a esa que no te dejaba vivir, pero ahora te tiene en el Olimpo de los más apasionados amores!

―Ja, ja, ja… ¡Qué bien me conoces, Prisco!… Sí; estoy enamorado de ella… Y sí, ella me corresponde tan apasionadamente como yo la amo

―Me alegro por ti, Vero… Pero eso a mí no me va… Prefiero ser libre, ¿sabes?... Tomar a la mujer que en cada momento más me apetezca…o tenga oportunidad de gozar de una… Además, las ataduras en la gladiatura no son convenientes, pues pueden restarte valor. La vida se aprecia más, cuanto más te ates a ella… Y, pocas cosas atan más a uno que una mujer

Y ahí quedó la conversación. Aparte de ese cambio en su carácter, también su ardor en los entrenamientos se acentuó, si ello podía darse. Y es que, en aquella noche tan inolvidable para Vero y Lavinia, él le había prometido, y jurado, que algún día ambos serían los únicos dueños de sus cuerpos…de sus destinos… Libres como el viento y el aire, como el ave que se eleva, orgullosa, en ese aire…como el águila, como el buitre…como la bella alondra… Por eso todo ese empeño por aprender, por perfeccionarse, pues ese era el camino que se señalara para alcanzar la libertad, el poder sacudirse ese yugo de esclavo al que le uncieran aquél horrendo día que los romanos aparecieron por su idílica aldea. Esa meta, lograr su libertad en las arenas romanas, ya se la había señalado, prácticamente, nada más entrar en el “ludus”; aquella tarde, tras prestar el juramento de fidelidad y obediencia al “lanista”, les habló Glauco, arengándoles para que se esforzaran lo mismo en aprender, como después, cuando salieran a la arena, para lograr la ansiada libertad, poniéndose él mismo como ejemplo:

―Yo también, como vosotros, un día entré en un “ludus”, uno como este; también era esclavo, como vosotros… Y, también, como vosotros, estaba asustado… Tenía miedo, como vosotros ahora…miedo del futuro…miedo de todo… También a mí, a nosotros, nuestro “doctor” nos habló tal y como yo os hablo ahora… Yo le hice caso; me propuse, muy pero que muy en serio, lograr la libertad peleando bien, sin desmayo… ¡Y lo hice; lo logré! ¡Logré la libertad! Fue el propio gran Imperator Octaviano Augusto quien bajó a la arena; me abrazó, me coronó de laurel y me entregó el ansiado “rudis” de la libertad(1)… Luego, si yo lo logré, ¿por qué no lo habéis de lograr vosotros?… ¡Todos, todos y cada uno de vosotros!... ¿Por qué no?... ¡Decídmelo! Basta con quererlo; desearlo de verdad… Sobre todas las cosas…

Así les habló, y Vero le escuchó más que interesado, diciéndose aquella noche, descansando en su “cubículum” que por qué no podría él lograr lo mismo que Glauco logró… Lo que un hombre es capaz de lograr, cualquier otro, si de verdad se lo propone, también puede logarlo…Y si le tocaba morir en el intento, pues qué se iba a hacer… Mejor era la vida que allí acababa de encontrar, que la que tenía en la cantera…

Pero estos pensamientos, para entonces, cuando era inmensamente feliz por el amor que Lavinia le declarara…le diera, le entregara sin reservas, en cuerpo y alma, aquella noche mágica, sus presupuestos iban más lejos… No sólo aspiraba a la libertad personal, sino hacerse, en verdad, rico, más que millonario, ganando combate tras combate, para así poder librar también a su amor, a su Lavinia… Se la compraría al lanista, le pidiera lo que le pidiese por ella… Batallaría, combatiría en circos y anfiteatros lo que fuera necesario, aunque ya no estuviere obligado a ello, aunque hubiera obtenido la libertad, seguiría luchando sin descanso, hasta extenuarse…hasta morir en el intento, si ello fuera necesario…

Lavinia, cuando empezó a hablarle de esto, ni escucharle quiso, pues la sola idea de que él saliera a enfrentarse con la muerte, de que pudiera llegar a perder la vida, la aterraba… Se volvía histérica con sólo pensarlo…con que sólo le mentaran las peleas de gladiadores… ¡No, no…su Vero no!… Su Vero no… Mejor, mejor que se fuera lejos, que no lo volviera a ver… Pero que lo supiera vivo…Vivo y a salvo, donde quiera que fuese… Así, le decía que no volviera a esforzarse, a hacerlo bien en los entrenamientos… Que no llegara a pasar la prueba final, que lo hiciera tan mal, que lo descartara el lanista, y lo vendiera a cualquier otro amo… Que a lo mejor tenía más suerte y no volvía al infierno de las canteras…de las minas… Que, a lo mejor, lo compraban para usarlo en el campo, como bracero… Era duro ese trabajo, pero nada peligroso… y, al final, viviría…

Así que Vero, aunque ni en un ápice varió en su decisión, en la meta que se propusiera, se abstuvo de hablarle de ello, lo mismo aquella noche que en las pocas ocasiones que luego tuvieron de encontrarse y hablarse, bien que apenas algún que otro minuto, pues enseguida que un hombre y una esclava “pegaban la hebra”, allí estaba el liberto que controlaba a las mujeres, para que ésta se dejara de cháchara y regresara al trabajo… Pero, como se dice en Galicia de “as meigas”, haberlas, habíalas, las ocasiones de verse un momento, de vez en cuando

Así pasaba el tiempo, entre las miraditas cómplices de ambos, con Lavinia, a veces, gastándole alguna que otra broma desenfada, como sacarle la lengua en graciosa expresión de burla, a lo que el joven hacía como si se encolerizara, lo que provocaba la risa abierta de la muchacha… Y las veces que los dos se hacían los encontradizos para pasar unos minutos a la vera, él de ella, ella de él… A veces, cuando descansaba en el entrenamiento, que ya, al cabo de los meses, hasta eso se les permitía, tomarse un respiro de cuando en cuando, si Vero la veía acarreando agua en un cubo, o con un montón de ropa en los brazos para tenderla, él, gustoso, se le acercaba, tomándole el cubo de las manos o parte de la ropa y, sin cortarse un pelo, se ponía a tenderla junto a ella… Ni que decir tiene, que en tales momentos, también había tiempo para los besitos, los arrumacos, y algún “achuchón” que otro, que, precisamente, de palo o fierro, ninguno de los dos era, y ya se sabe, cuanto más arrimaditos, cuanto más amarteladitos, pues miel sobre hojuelas, lo que en “román paladino” español, o sea, hablado claro y llano, equivale a decir que mucho mejor.

Con el fluir del tiempo las semanas y los meses fueron desgranándose, una tras otra, uno tras otro, y con el devenir de los meses llegaron nuevas de sexo desenfrenado, en las que Glauco, ni equivocándose, volvió a emparejar a Lavinia con Vero. Pero él, ya llevaba algo mejor aquello, pues bien sabía que ella le amaba, era suya, y eso, el tener que yacer con unos y con otros, en nada incidía a su mutuo amor; eran lo que eran, seres sin derechos sobre sí mismos, sobre sus cuerpos, pero sus almas sí eran de ellos…y sus sentimientos. Luego, qué importaba si otros hombres, compañeros suyos, disfrutaban del cuerpo de ella, si bien sabía que su alma, sus sentimientos, eran suyos, de él, Vero, y sólo de él. Y también ocurrió que Vero empezó a declinar la mujer que, en tales noches, le cabía en suerte. Y es que ellos, los hombres, podían rechazar ayuntarse con la hembra que se les ofrecía, aunque quedándose tal noche “a la luna de Valencia”, esto es, “compuestos y sin novia”, pero ellas tal privilegio no tenían, sino que, quieras que no, a pasar por el aro. Y aquí paz y después gloria…

Pero también sucedió que no en todas de tales noches, el bueno de Vero fue el casto varón que quería ser, pues ya se sabe, el espíritu puede estar presto al sacrificio, pero la carne suele ser de un debilucho, que ya, ya. O lo que también se dice, que cierta cosa, no tiene enmienda, y qué queréis, pues que alguna que otra de tales noches no despreció la agradable compañía de hembra placentera, lo que devenía en que, desde la mañana siguiente, y durante algunos días, la dulce Lavinia dejaba de ser tan dulce con su Vero, poniéndole, a más a más, un careto, que “pa qué” te cuento… Y si al pobre “mocer” se le ocurría arrimársele en tales ocasiones, se llevaba “ca” pellizco que me río yo de los de monja de antaño, con el refrendo de cosas tan bonitas, como eso de “¡Hombres, hombres!... Todos sois iguales; es oler un…..y perdéis la chaveta… ¡Qué cruz, Señor; qué cruz de hombres!” (Sí señor, puntos suspensivos sobre el palabro que la “dulce” Lavinia soltaba en tales casos)

******************

Los primeros combates que un gladiador libraba, no era, precisamente, en Roma donde se celebraban, sino en localidades menores, en las que, poco a poco, iba adquiriendo experiencia… “Placeándose”, que decimos en el argot de la fiesta quienes somos aficionados al noble, y difícil, “Arte de Cúchares”. Así que a Vero le llegó su bautismo de fuego…y de sangre, un buen día del verano del décimo tercer año de su aprendizaje, en el circo de una ciudad provinciana, al norte de Italia, más menos ribereña del Po; una población como tantas otras, ni demasiado grande, ni demasiado pequeña, con ocho o diez mil habitantes y un anfiteatro de casi tres millares de aforo

Eran unos “ludi” organizados por un plebeyo enriquecido, su “editor” y mecenas, con aspiraciones políticas en tal ciudad; pero también se daba que esos “ludi” eran algo así como “de andar por casa”, pues se limitaban a las peleas de gladiadores, que tampoco eran “moco de pavo”, ahorrándose esos otros “números”, entonces tan de moda en Roma y demás grandes ciudades del Imperium, las “venatio”, simulacros de cacerías de animales salvajes, o lo más “in” de lo más bajo, inculto y deleznable de la sociedad romana: Las ejecuciones de criminales condenados a eso, morir en la arena, como diversión de toda esa gente, que no eran pocos…

Estos “ludi” cubrieron dos días a razón de cuatro combates diarios, cuatro parejas, con un miembro de cada “ludus” o escuela, entre los cuales se encontraban Vero y su amigo Prisco. El acto comenzó con el desfile de los dieciséis gladiadores, saliendo a la arena en procesión por vomitorios enfrentados, los de cada escuela, con su “doctor” al frente. Tras ser aclamados y aplaudidos por el público, el “editor” citó a la primera pareja del día, la tarde más bien, a luchar, y los demás gladiadores volvieron a los subterráneos de donde habían salido

A Prisco le tocó pelear antes que a Vero; su oponente fue un retiario y logró salir vencedor en una pelea que el retiario luchó bien, pero tuvo mala suerte y acabó con el filo del gladius de Prisco en su garganta, con lo que el combate terminó con la aclamación del amigo de Vero como vencedor. Al joven moesio le llegó también su turno, cayéndole en suerte un “murmillo” o “mirmillón”, ese tipo de gladiador tan conocido, de yelmo con cimera y cresta, redondeada, que era la figura de un pez como saltando o saliendo del agua; celada que le cubría la cara, con sendos agujeros para los ojos; espada y escudo grande, rectangular, parecido al que usaban los legionarios. Y a Vero le fue mal; logró hasta lanzar al suelo al “murmillo, pero éste se le escabulló rodando sobre sí mismo y, en lance desgraciado para el moesio, le desarmó; Vero intentó defenderse con sólo el escudo, pero estaba en el suelo y el “murmillo” le acosaba sin darle respiro, hasta que le obligó a rendirse al ponerle la punta del gladius en la garganta…

Vero fue derrotado, pero no inmolado… Como tampoco lo fue el retiario que Prisco venciera y ninguno de los demás gladiadores que les fue mal; se produjeron heridas, hasta graves, y alguna muy grave, que acabó costándole la vida al herido, pero en la arena no hubo víctimas mortales… A nadie se le pidió la muerte… Pero Vero sabía que eso, esa derrota, tenía que paliarla cuanto antes… Necesitaba una victoria y rápidamente, si quería encaminarse hacia su meta… Necesitaba hacerse un nombre cuanto antes… Pelear y vencer, pelear y vencer, pelear y vencer…

Así que al día siguiente pidió volver a pelear y el “editor” se lo otorgó, enfrentándose a un “tracio”, uno de los tipos de gladiadores mejor armados, con el mismo equipo del “murmillo”, pero con coraza de cuero grueso, muy endurecido en los pectorales, más un cinturón ancho, también de cuero grueso y duro, con una gran fíbula de bronce, que daba cierta cobertura al vientre; y, para acabar el cuadro, el “chorbo” tenía ya tres combates en su haber, con dos victorias…

La pelea fue tremenda, con Vero más a la defensiva que otra cosa, evadiendo casi todo el rato a su enemigo, rompiendo el contacto con él para recular una y otra y otra vez, en una táctica bastante inteligente, aunque al público le estaba poniendo que trinaba, pensando que Vero era un cobardica que huía de su enemigo. Hasta que la táctica comenzó a dar resultado, cuando el “tracio” empezó a dar señales de cansancio; entonces, Vero se lanzó, decidido, al ataque, asestando a su adversario toda una nube de mandobles, golpe tras golpe, duros, contundentes, que hicieron al “tracio” retroceder y retroceder y retroceder; perdió éste un tanto los “papeles”, desbordado por la agresividad del moesio, se aturulló un poco y Vero logró desarmarle, arrebatándole la espada. En un traspiés, el “tracio” cayó al suelo, y Vero, como un rayo, cayó sobre él, colocándole la punta del “gladius” en la garganta… ¡Había vencido!

Se separó de su adversario levantándose y, alzando los brazos, el “gladius en una mano y el escudo en la otra, se puso a gritar, frenético

―¡Victoria!... ¡Victoria!... ¡Victoria!

Y el público, que momentos antes no hacía más que abuchearle, animando al “tracio” a que acabara con él, le degollara allí mismo, en la arena, puesto en pie, le aclamaba como a un héroe… No fue mucho lo que obtuvo Vero de esta su primera victoria, unos cuantos sestercios, que no denarios (sestercio=1/4 de denario)… Pero qué importaba; eran las primeras monedas de plata que se ganaba… Y eran suyas, enteramente suyas… Para podérselas gastar en lo que quisiera... Se las gastó en un regalo para su amada Lavinia: Unos hermosos brazaletes de oro, láminas áureas con forma de serpiente enroscándose sobre sí misma…

Cuando con sus otros siete compañeros y Glauco regresó al “ludus”, lo primero que hizo Vero fue ir en busca de su amada; la encontró en las cocinas, casi metida en una marmita que intentaba fregar; la tomó por el talle y la levantó a lo alto como si la mujer fuera una pluma, girando sobre sí mismo, ebrio de alegría, ebrio de orgullo de sí mismo

―¡He ganado…he ganado!... ¡Victoria, victoria, victoria!... ¡Mi primera victoria, Lavinia querida; mi primera victoria!

Y Lavinia, más roja que las amapolas, venga a decir que la dejara en el suelo, que era un bruto, que ya no quería volver a verle… Pero al momento, abrazándole, besándole, acariciándole

―¡Vero, Vero, amor, qué miedo que he pasado! ¡Por los dioses, que me creía morir! Cada día me sentía morir…morirme a chorros…

Y, a todo esto, con un montón de ojos viéndoles, y los mismos oídos escuchándoles, con sonrisas de comprensión en todos los rostros… Hasta esa especie de cancerbero del Averno que era el “baranda” de las esclavas, se mostraba quieto, callado, casi comprensivo. Y, si alguien le hubiera mirado con más atención de la habitual, hasta le hubiera parecido percibir algo así como un vestigio de humanidad en sus siempre inexpresivos ojos

Por fin, la devolvió al suelo, entregándole los presentes que le comprara

―Mira, amor; mira… Mira lo que te compré con lo que el “lanista” me dio por ganar el combate…

Y le entregó los brazaletes; ella, se quedó absorta, boquiabierta… Eran las primeras joyas que tenía, aparte de unos mediocres abalorios de algún que otro “quadrans” (el “quadrans” era una moneda de cobre, fraccionaria del “As” de bronce, de la que era ¼, y del sestercio 1/16)

―¡Oh Vero!... ¡Son muy bonitos!... ¡Muy, muy, bonitos!... ¡Me gustan mucho!...

Se los puso, feliz, contenta como niña con juguete nuevo; se los miraba y miraba, una y otra y otra vez, era como si no acabara de creerse que eso, toda una joya para ella, lo nunca visto, poco más o menos, eso, fuera, en verdad suyo…como si lo soñara…como si todo fuera una fantasía que se difuminaría en el aire de un momento a otro

―¡Por los dioses! ¡Si hasta parezco toda una dama! ¡Una patricia…una aristócrata!

Y estalló en una explosión de alegría incontenida. Y es que, era lo mejor que en su vida le había pasado. Realmente, no era para tanto, una joyita con, digamos, un pasar; algo al alcance de no tan poca gente. Cualquier menestral, tintorero, tejedor, herrero, podría permitirse regalársela a su novia…a su esposa… Claro, que lo que Vero había obtenido por su victoria, sin ser nada del otro mundo, comparado con lo que podría obtener cuando luchara en las arenas de Roma, para uno de esos menestrales eran los emolumentos de dos o tres meses(2)… Pero para ella era algo que, ni por soñación, hubiera podido tener nunca. Dichosa, feliz, le abrió los brazos, aunque más correcto sería decir que se echó, sin importarle nada ni nadie, en brazos de él, echándole al cuello esos brazos ahora adornados por los brazaletes

―¡Oh Vero!... ¡Qué dichosa soy!...Gracias, gracias, amor… Muchas, muchas gracias… Pero es mucho, cielo mío… Te habrá costado una fortuna…seguro que más de un sestercio…

Vero se sonrió, pero no dijo nada, pues le habían costado bastante más de un sestercio, pero si le decía a Lavinia lo que le había costado en realidad, seguro que le arañaba, se los devolvía exigiéndole que se los devolviera él a quién se los había vendido, y hasta ahí podían llegar las cosas. Pero también ocurrió que para Maximino, el cancerbero que no dejaba en paz, ni a sol ni a sombra, a las esclavas de la casa, le pareció que tales efusiones, las de que con la mayor desfachatez hacían gala Lavinia y Vero, era pasarse “tres o cuatro pueblos” en las cívicas costumbres del lugar, que las formas, al menos, hay que mantenerlas, con lo que suspendió los arrumacos que los jóvenes se hacían ante sus mismísimas narices, que hace falta tener la cara de cemento para hacer tal cosa, y como quién dice, “manu militari”, pues mandó a Vero a hacer gárgaras con sus conmilitones (compañeros de armas), y a Lavinia la amenazó con todas las penas del Averno, si no se ponía a trabajar de inmediato, y a “lomo caliente”, por descontado.

Vero desapareció de las cocinas, no sin susurrarle a Lavinia al oído, al despedirse de ella: “Luego te busco; después de cenar…al atardecer” y la muchacha asintió con la cabeza. Marchó en busca de sus compañeros, Prisco y los demás que acababan de participar en el “ludi”, que estaban celebrando sus victorias, los que podían celebrarla, por haber vencido, o consolando a aquellos que no tuvieron esa suerte. También interesándose por aquellos que la suerte había sido especialmente esquiva con ellos, ya que la derrota les vino acompañada de heridas que necesitaban atenciones urgentes, que habían quedado, en verdad, bastante quebrantados, hasta temiéndose por la vida de alguno…

Esos momentos eran muy duros para todos los gladiadores de la escuela, pues, para empezar, les recordaba que cualquiera de ellos podían pasar por tal trance en cualquier momento…incluso morir, si no en la arena, sí en sus cubículum del “ludus”, la escuela… De esto, también Vero sabía algo, pues traía tres “recuerdos”; dos refilonazos del tridente del retiario que le venciera, uno en el costado, otro en un muslo, y un corte algo más profundo del gladius del tracio, en el otro muslo, que le hacía cojear un tanto, pero que, los dioses sean loados, no revestía mayor importancia(3) Y, como de otra manera tampoco podía ser, corrió el vino, y la carne no faltó en el ágape de la celebración

La tarde fue declinando, adueñándose el crepúsculo del ambiente, proyectando las primeras sombras, aún someras, de la ya más que cercana noche, con los hombres ya más que menos ebrios; fue ese el momento que Vero juzgó oportuno para escabullirse del bullicioso jolgorio, deslizándose silencioso hasta salir de esa especie de “triclinium”(4) donde la juerga asentara sus reales. Salió al exterior encaminando sus pasos a un lugar del “ludus” muy determinado, el huerto, dentro de un cercado de mampostería con una verja de entrada que, al cerrar mal, nunca estaba enteramente clausurada; a esas horas, en el casi ya ocaso del crepúsculo, era el sitio más solitario de toda la escuela, siendo ya difícil que por allí pasara nadie… Cuando llegó, ya estaba allí Lavinia, esperándole ansiosa; se abrazaron, se besaron, se acariciaron y empezaron a pasear, prendidos de la mano, por entre las hileras de verdes frutos; entre aquél verdor, acá y allá, de trecho en trecho, también florecían hierbas y flores salvajes, silvestres, de variado color, blancas unas, azules, amarillas, moradas otras, hasta algunas de ellas, acompañadas de hojas verdes, haciendo algo así como floridas ramas…

Y Vero se inclinó, recogiendo por uno y otro lado ramilletes de flores, con sus ramitas de hojas, coronando con ellas la cabeza de Lavinia; intentaba prenderlas entre los femeninos cabellos, insertándolo todo entre las rizosas ondas de pelo, aunque en vano empeño, pues al momento caían al suelo, desprendidas de donde Vero las pusiera; pero el mancebo, sin darse por vencido, ¡para aceptar la derrota, así, por las buenas, estaba él!, insistiendo pues, una vez y otra y otra en su empeño, mientras Lavinia reía y reía, con esa risa fresca, cantarina, tan propia de ella, y ese gesto en su rostro tan infantiloide, con la candorosa inocencia de la niñez iluminando su gentil rostro. Porque así es como, en verdad, era Lavinia; hermosa y deseable como diosa griega del Olimpo, pero cándida, inocente como una niña, sin maldad, sin doblez alguna, en su corazón.

―¡Ja, ja, ja!... ¡Tonto; más que tonto! ¡No ves que es imposible, que se caen todas!… No pueden sujetarse, no tengo trenzas donde se afinquen… Mi pelo es liso…pelín lacio, incluso…

Y Lavinia se mondaba de risa ante el acalorado empeño de su amado, que ni a la de tres cejaba en su propósito, hasta que ella le tendió las manos, los brazos, demandando sus tiernas, dulces caricias. Y Vero se rindió a los labios, a la lengua, al amor que su bien amada le prodigaba a raudales… Volvieron a besarse, a morderse, a lamerse, lengua a lengua, cuello, orejas, sin despreciar el mordisqueo quedo de los lóbulos… Y, como la naturaleza a veces impone sus leyes, las manos de Vero acogieron los senos de ella, el culito de ella… Y, alzando la túnica, metió por allí su mano, acariciando lo que, precisamente, no era ni seno ni culito femenino… Lavinia gemía, ronroneando como gatita en celo ante esas caricias, ante esa mano intrusiva entre sus piernas, entre sus muslos… Se besaron con infinito frenesí, con algo más que candente pasión, buscándose hasta lo más íntimo de sus seres, de sus humanas naturalezas.

Se separaron mirándose apasionados, ávidos, él de ella, ella de él

―¡Te deseo Vero, amor mío!... ¡Ay dioses…te deseo!… ¡Te deseo; te deseo muchísimo!… ¡Muchísimo!... ¡Muchísimo!... ¡Muchísimo!

―Y yo… Y yo también… ¡Yo también, Lavinia querida; te deseo, amor; te deseo!... ¡Oh dioses de lo alto…oh dioses del Averno!...Te deseo con toda mi alma, con todo mi cuerpo, con todo mi ser… Con todo mi amor… con todo el inmenso amor que te profeso…

―Yo…yo también Vero, vida mía… Yo…yo también, querido mío…

Vero paseó la vista por el entorno, buscando un lugar adecuado para hacer lo que los dos ansiaban, pero nada de nada…ni un mísero rodal de mullida hierba que pudiera pasar por ocasional lecho…sólo el áspero suelo terroso con el verdor de los frutos coronando el lomo de los surcos… Su vista se posó en la cerca que encerraba el huerto, hasta en la verja de hierro… Y pensó… “Podría ser…podría servir”… Desde luego, no era lo más adecuado para entregarse el uno al otro…para amarse, pero es que, la alternativa…el santo suelo, la tierra, las leñosas ramas a ras de tierra… Eso no podía ser, laceraría la dulce, fina piel de su amada Lavinia… Mejor adoptar esa otra posición, huera de dignidad, sí, pero, al menos, respetaría el cuerpo de su amada.

Pero no había sido él sólo quién dirigió su vista sobre todo cuanto les rodeaba, sino que también Lavinia hizo lo propio, viendo lo mismo que Vero viera…incluso siguió la vista de él cuando la fijó en esa cerca, apreciando el interés con que él miraba aquello, lo que le dio una idea bastante exacta de lo que su amado pensaba en esos momentos… Lo que, al momento, la hizo saltar

―¡Ah, no!... ¡Eso sí que no!... ¡No estoy dispuesta a que lo hagamos así; a que me cojas por detrás, como animales que se aparean!... ¡Yo no soy una “lupa” ni tú un vicioso sexual, para que lo hagamos así…como lupa y cliente en el “fórnix”(5) del circo…

Y, al momento, se despojó de la túnica, extendiéndola en el suelo mientras decía

―Anda Vero; dame también tu túnica

Y el muchacho así lo hizo; con las dos túnicas a modo de sobre-cama o sábanas, Lavinia se tendió allí, boca arriba y extendió sus brazos hacia su hombre mientras decía

―¿Ves amor?... ¡Hasta cómodamente se está!... Ja, ja, ja… Las lechugas, forman un colchón que hasta resulta un tanto cómodo

Y Vero fue a su amor, entregándose los dos, mutuamente, en íntima y conyugal caricia, degustando, por segunda vez en su vida, las mieles del profundo amor que se profesaban… Tampoco, a esa íntima dicha que se dieron, fue ajena una cierta comicidad, cuando, descansando de la volcánica erupción connatural al clímax alcanzado, abrazados los dos, ella rompió a reír diciendo

―¿Te imaginas, Vero, la cara que pondrá Léntulo cuando vea sus lechugas aplastadas?...Ja, ja, ja… Si se entera de que hemos sido nosotros, nos corre a zurriagazo limpio por todo el “ludus”… Ja, ja, ja…

******************

Desde ese día, su segundo rato de amor, los dos primeros combates de Vero y su primera victoria, ha transcurrido algo más de año y medio, y otros nueve combates más, con dos derrotas más pero siete nuevas victorias, lo que le ha deparado una sensible mejora en su “status” dentro del “ludus”; para empezar, ya ha empezado a ganar, en verdad, dinero, pues el lanista ha sustituido los sestercios iniciales por denarios, y en mayor cantidad que antes le otorgaba los sestercios, rondando ya el centenar de denarios por combate ganado. En consecuencia, ya no habita ese cubículum del corredor comunitario, sino que dispone de una habitación bastante más espaciosa y también, más cómoda, lujo que se ha podido costear, de su peculio, gracias a su nueva situación económica. Su nombre empieza a sonar, hasta en Roma; las arenas de la Ciudad Eterna aún no las ha pisado, pero sí ha combatido a sus puertas, en Ostium(6), y, por ende, ante numerosos romanos, desplazados allí para verle, atraídos por la fama que en la ciudad imperial comienza a tener, de emergente gladiador que cuenta sus encuentros por victorias, y lo cierto es que no defraudó la expectación levantada, ofreciendo un excelente combate. Aunque, también ha variado, para mejor y no poco, la situación de su gran amigo, Prisco, otra excelente promesa de gladiador casi invencible, también con su, digamos, “domus” propia.

Pero las novedades de esos algo más de dieciocho meses también habían afectado a algo muy querido, muy importante, lo mimo para Vero que para su amada Lavinia; y es que, cuando la posición de Vero en el “ludus” fue ya, francamente, bien asentada, cuando el joven moesio empezó a gozar de la mínima confianza del amo de todos, el “lanista”, el muchacho, ni corto ni perezoso, una atardecida, cuando los entrenamientos terminaron y los hombres empezaban a relajarse, reunidos en las galerías subterráneas que contenían los primigenios cubículum, los que en un principio ocuparan, sentados a las largas mesas, departiendo entre ellos, amistosamente, entre bromas y cuchufletas, con las ineludibles confrontaciones de fuerza, a ver quién llevaba el pulso a quién, etc., esperando la cena, presididos por Glauco y el lanista, de repente, apareció allí Vero con Lavinia de su mano, y, dirigiéndose al “lanista”, sin más preámbulos, se la pidió por compañera

―¡Oh mi caro señor!... Lavinia y yo nos queremos; nos amamos… Humildemente te ruego me la entregues para que, desde hoy, compartamos nuestras vidas

Que Vero y Lavinia se querían, era ya un secreto a voces para todo bicho viviente en el “ludus”, por lo que la sorpresa para el “lanista” no fue tal, sino algo que venía barruntando de algún que otro tiempo atrás; así que, revestido de la mayor flema que imaginarse pueda, comenzó por mirar a la pareja, en silencio, como madurando la propuesta que acababa de hacerle el gladiador; luego, parsimonioso se levantó y, encarando a Lavinia, dijo

―¿Estás tú conforme con lo que Vero dice?

Y Lavinia, bajando los ojos, encendido el rostro como amapola en trigal y con un hilillo de voz, respondió

―¡Sí, mi amo; sí estoy conforme!

―¿Es, pues, ese también tu deseo, oh mujer?

―Sí, mi amo…también es ese mi deseo

―¡Pues sea así!... Puedes llevártela contigo a tu cubículum, Vero…

Y desde entonces, hace ya unos meses, Vero y Lavinia son dichosos cada noche, disfrutando de las mieles del amor que se profesan, unidos en, digamos, matrimonio(7)

Por otra parte, también habría que reseñar que en la vida de Prisco, como quien dice que sin comerlo ni beberlo, apareció Marcia; ella era una mujer menudita, delgada, nada alta; ya no era joven, con sus treinta y dos, treinta y tres años, ocho o nueve más que Prisco; tampoco podía decirse que fuera guapa, en el sentido estricto del término, pues aunque de desagradable su físico nada tenía, tampoco era de esas mujeres que impresionan a prima vista… Pero tenía un no sé qué, un qué se yo, que te ganaba al poco de tratarla… Era la enorme belleza de su alma, un alma buena, sencilla, alegre, sensible, tierna y dulce… Una de esas mujeres con enorme capacidad para dar y tomar cariño, amor del bueno…del que dura para siempre…

Era libre, pero extranjera, lo que la diferenciaba poco de las esclavas; viuda, con dos hijos pequeños, dos y cinco años… Su marido fue un gladiador que un día, en la arena, tuvo mala suerte al parar con el corazón un golpe de “gladius”, que le mató instantáneamente. Y, lo grande, es que quién empuñaba aquél “gladius” no fue otro más que el propio Prisco. Fue el primer hombre que Prisco mataba y la impresión que se llevó fue tremenda. Luego, cuando supo que el finado dejaba esposa e hijos, los remordimientos no le dejaban dormir, no le dejaban vivir en paz. ¡Pobre mujer! ¡Pobres hijos…pobres niños! Y no pudo aguantarse…y fue a verla, a interesarse por ella, a saber cómo había quedado, cuán desamparada la había dejado, a ella, a sus hijos…él…él precisamente. Se sentía responsable de la suerte que desde entonces podían correr esa mujer, esos niños…

Marcia le recibió, pues, como hoy diríamos, educadamente; muy educadamente, pero más fríamente aún. Él, sin ambages, nada más verse ante ella, le dijo quién era: El responsable de la muerte de su hombre, y ella le miró, fríamente, pero sin un reproche, sin un insulto, sin un mal modo. Haciendo gala de una enorme entereza, le alzó orgullosa la cabeza para, simplemente, decirle

―¿Y qué quieres de mí?... ¿Qué buscas aquí, en mi casa?...

Y Prisco que, precisamente, muy seguro de sí mismo, no estaba, se aturulló lo suyo ante la fría seguridad de la mujer. En fin, que aquél primer contacto entre ellos, a la historia, desde luego, no pasó, pues más desastrosa la empresa no pudo salirle al pobre Prisco; pero el mocer no desistió en sus propósitos de tender la mano a aquella pobre mujer y a sus hijos. Claro está que Marcia se mantuvo terne que terne en su gélida frialdad pero es que tampoco Prisco cedió un ápice a sus buenos deseos, lo que poco a poco fue desvaneciendo las suspicacias de Marcia a la liberalidad de Prisco, con lo que la mujer empezó a sentirse a gusto cada tarde que él la visitaba… Y hasta llegó día que extrañaba su presencia…que llegó a desear esas sus visitas… Fue una relación que de recelosa pasó a amistosa…y muy, muy amistosa, hasta que un anochecer, cuando él se levantaba despidiéndose de ella hasta el siguiente día, Marcia se le acercó, mimosa, para decirle

―¿Por qué no te quedas…hasta…hasta mañana?

Y el pobre Prisco se quedó a cuadros oyéndola, sin siquiera atreverse a creer lo que estaba más claro que el agua…

―¿Te…te…te…refieres…a…a…?

Y ella le echó los brazos al cuello, besándole en los labios…

―Sí, Prisco; sí… A eso mismo me refiero… ¿No quieres…no te gusto?... Sí, cariño; sí; ya lo sé… Soy vieja… Pero… Pero sabría hacerte dichoso, ¿sabes?

―No; no Marcia; no; no es eso… ¡Ni mucho menos!... Si…si…si, la verdad, es que me gustas mucho… ¡Pero que mucho, mucho!... Pero…no me lo esperaba…no podía creer que tú…que tú… Bueno, que yo te gustara

―Ja, ja, ja… ¡Eres muy modesto Prisco!... ¡Pues claro que me gustas!... Eres muy guapo, ¿sabes?... Y te quiero, Prisco; te quiero… Por lo bueno que eres conmigo…con mis hijos… Lo cariñoso que eres, que has sido, conmigo y con ellos… Prisco, si me aceptaras, me harías feliz, ¿sabes?... Y yo...y yo…sé que te haría feliz a ti…Te querré mucho…mucho…mucho…mucho…

Y se amaron; se amaron ese día… Y al otro, y al otro… Y todos los días, desde aquél, y a lo largo de muchos, muchos, muchos años… Todos los que los dioses tuvieron a bien concederles de vida…

Pero como en esta vida nada es eterno, también llegó el día en que Prisco y Vero se separaron cuando el lanista vendió al galo a otra escuela. El joven moesio lo sintió muy de veras, pues apreciaba al galo en lo más hondo de sí; pero así eran las cosas… Ellos, realmente, nada tenían…ni a sí mismos, que ya es decir de tener poco… Sí; podían tener dinero, cosas, hasta una mujer… Pero todo era de prestado…suyo, realmente, nada era, pues cuando al amo así se le emperejilara, podía quitárselo…y Santas Pascuas…

Siguió pasando el tiempo, hasta casi hacerse el segundo año desde su primer combate, desde sus primeras derrota y victoria… Lavinia le dio su primer hijo, el primer fruto de su vientre, de su amor… Y también a Vero le llegó su primera vez en las arenas de la mismísima Roma, codeándose con lo más florido…lo más peligroso de la gladiatura… Fue en un anfiteatro portátil, de madera, pues de obra aún no existían, aunque el primero, el que sería el Anfiteatro Flavio estaba ya en construcción y casi finalizado(8). En unos ludus que se extendieron a través de casi cien días… Como oponente le tocó un retiario veterano de más de treinta combates, con sólo siete derrotas en su palmarés… Era temible, pues se las sabía todas… Y tremendamente cruel… Pocos gladiadores buscaban abiertamente la muerte del contrario, sino, simplemente, dejarlo fuera de combate, vencerle, obligarle a rendirse, pero ese, “Scorpio” de nombre, parecía gozarse causando la muerte de los pobres desgraciados a los que se enfrentaba. Pero ante Vero, tuvo que doblar la cerviz, espaldas en tierra y con la punta del “gladius” señalándole la garganta. Y el delirium se hizo en el anfiteatro, con todo el público puesto en pie, aclamando a Vero cuando éste circunvalaba la arena, brazos en alto, luciendo orgulloso “gladius” y escudo, vociferando a pleno pulmón

―¡Victoria!... ¡Victoria!!... ¡Victoria!

FIN DEL CAPÍTULO

NOTAS AL TEXTO

1. Sí; la “rudis”, la misma espada de madera con que entrenaban los gladiadores, era también el trofeo que recibían, de manos del “editor” de los “ludi”, un personaje muy, muy adinerado que organizaba y costeaba los juegos… Y si digo “muy, muy adinerado”, casi me quedo corto, pues costear un solo día de “ludi”, juegos, salía, no por “un ojo de la cara”, como por aquí decimos de algo pero que muy caro, sino por los dos. Esto, que no era tan imposible de lograr, significaba la libertad del gladiador, que automáticamente dejaba de ser esclavo y, si lo deseaba, podía pasar a ser ciudadano romano por derecho propio. Tal evento en un principio, era el premio a haber hecho un excelente combate y se solía otorgar a petición del público, un público entonces enloquecido con ese gladiador. El “editor” bajaba a la arena, abrazaba al afortunado, lo coronaba de laurel y le entregaba la “rudis”, que el gladiador paseaba, triunfal alrededor de la arena, en una especie de ”vuelta al ruedo”; pero luego, creo recordar que desde el siglo IIº, el “rudis” se otorgaba tras ganar el gladiador tres combates consecutivos en esa misma arena. Por otra parte, desde Nerón, fueron los propios “imperator” los que, normalmente, fueron los “editores” de los “ludi” celebrados en Roma, que también pasaron a ser los más imponentes y fastosos de todo el Imperium.

2. Se calcula que, en el siglo Iº, un menestral, personas que vivían de un oficio, un taller o tienda propio, o un pequeño propietario agrícola, trabajando en el negocio o la tierra toda su familia directa, esposa e hijos, vendrían a ingresar alrededor de 180/200 denarios-año, unos 15-16 denarios-mes; un legionario bisoño, recién incorporado, 250/300 denarios/año, 20-25 mensuales. Un esclavo costaba entre 500 y 800 denarios y una esclava, a poco que fuera algo joven, por menos de 2000 ni “clavo”, pudiendo llegar a valer 10 y hasta 20 veces más. Para hacernos una idea de lo que esto representaba, si lo trasladáramos a hoy día, un denario vendría a suponer un euro o 1,20 dólares. Ahora bien, esto tampoco significa que su poder adquisitivo fuera el de la actual moneda. Imaginemos una sociedad en la que lo básico, para la mayoría de sus ciudadanos, fuera sobrevivir cada día; esto es, por lo menos, poder comer una vez al día; ¿qué pasaría entonces?, que los alimentos más básicos, de los que no se puede prescindir, estarían no ya baratos, sino “tirados” de precio. Ahora apliquemos esta, digamos, hipótesis, a este nuestro siglo XXI, considerando que se dieran esas premisas, atender, ante todo, las necesidades básicas de la población: Comida, vestido y vivienda. Tomemos pues, lo más básico de cada apartado, aquello sin lo que no se puede pasar, pero teniendo en cuenta el siglo en que vivimos, y lo que hoy día es, en verdad, básico e imprescindible; prescindamos pues, en cada uno de estos tres apartados básicos de cuanto pueda tener lo más mínimo de superfluo, prescindible, pero teniendo también en cuenta necesidades actuales como la higiene. Hechos los dos apartados, lo prescindible y lo imprescindible en cada apartado básico, comida, vestido y vivienda, lo que resulte como imprescindible reduzcámoslo a su centésima parte, en tanto que lo prescindible, aumentémoslo multiplicándolo por cien. ¿Qué tendríamos?... Pues que ante esos productos o bienes básicos, los 15-16 euros/mes que representarían tales denarios, se convertirían en 1500/1600 respecto a los actuales haberes, en tanto que, ante lo no básico, lo prescindible, esos 15-16 euros/denarios, se reducirían a 0,15-0,16

1. Pero tampoco esto era tan así; estas anotaciones las hago refiriéndome, sólo, al sector de aquella sociedad que, al menos, trabajaba, tenía un mínimo de ingresos, digamos, regulares, pero esto afectaba a un porcentaje muy bajo de esa sociedad, a todo tirar, un 20%, luego lo que realmente sucedía es que entre el 75 y el 80% de la población no disponía de ingreso alguno, siendo, casi literal, más pobres que ratas. Las conquistas territoriales, las guerras victoriosas desde fines del siglo IIº A.C., llevan a Roma millones y millones de esclavos que progresivamente van quitando el trabajo al ciudadano pobre, al “proletarii”, quienes no tienen más riqueza, más medios de subsistencia, que sus propios brazos, los de su mejer y los de sus hijos, su “prole”, de ahí, “proletarii” (y de este “proletarii”, el actual “proletario); así y, sobre todo, desde fines del siglo Iº A.C., con el famoso Imperium, la inmensa mayoría de la población romana, ese 75/80%, subsistía a cargo del estado. En aquella Roma Imperial, a diario, no madrugaba casi nadie, pues casi nadie trabajaba; sólo patricios y plebeyos adinerados, esos pocos menestrales y pequeños propietarios agrarios madrugaban para ir a sus negocios; el resto, se levantaba hacia el mediodía y al foro, a ver lo que percanzaba de lo que las arcas estatales, graneros y almacenes, repartían, gratuitamente, a la plebe

3. Los gladiadores heridos recibían los mejores cuidados médicos de la época, siendo los médicos más renombrados quienes les atendían, los que atendían a los más ilustres patricios, a los plebeyos más enriquecidos, quienes se ocupaban de ellos; hasta los que atendían al César y su imperial familia, siempre por cuenta de sus lanistas. Estos médicos, en el tratamiento de heridas en carne viva, eran muy, pero que muy diestros; y en la reducción de fracturas. En el tratamiento de este tipo de heridas, podían hacer casi milagros; las evidencias encontradas en excavaciones arqueológicas, ejemplo, el tratamiento de cráneos perforados por armas, ha sorprendido, por su eficiencia, a actuales cirujanos. En sus intervenciones quirúrgicas usaban plantas de adormidera, opio, como anestesia

4. El “triclinium era el, digamos, comedor principal de una “domus” o “villae” romana. Alrededor de una o más mesas, “mensae”, adosados a las paredes, tres amplios lechos, dispuestos en declive, con la parte alta hacia las mesas, la baja a la pared, y los comensales recostados de través. Las paredes, profusamente decoradas con pinturas al fresco de motivos varios. Los banquetes más suntuosos solían estar amenizados por músicos, danzantes, malabaristas…hasta por luchadores. Lo normal es que duraran horas y horas y era muy, pero que muy normal que los comensales, ahítos de comer hasta no admitir ni un cañamón, se provocaran vómitos…pero vómitos, ¿he?, para poder seguir comiendo…y seguir y seguir y seguir

1. Por cierto, uno de los espectáculos más apreciados no ya en estos eventos, sino también en los teatros e incluso calles y foro de Roma, eran las llamadas “Puellae Gaditanae”, literalmente, muchachas gaditanas, que realmente procedían de toda la Bética, es decir, casi toda la actual Andalucía. El poeta latino Marcial, en “De Spectáculis”, dice que causaban impresión por sus “traviesos y juguetones pies” bailando al son de las “crusmata baetica”, castañuelas de metal, que portaban en sus manos, con sus brazos desnudos serpenteando hacia el cielo. De su baile dicen tanto Marcial como Juvenal, otro poeta latino de la misma época, que eran extremadamente sensuales, hasta ser lascivos, murmurando, más que voceando, cantos de amor de su tierra bética. Dicen que, bailando, descendían rítmica y sensualmente hasta casi tocar el suelo, lo que arrancaba encendidos aplausos del público. De la sensualidad que sus danzas inspiraban, dice Marcial: “Expertas en adoptar posturas lascivas al son de las “crusmata baetica” y en danzar según los ritmos de Gades, capaces de devolver el vigor a los miembros del viejo y abrasar al marido junto a la esposa”. Por Marcial conocemos el nombre de una de ellas, al parecer muy famosa en su tiempo, Telethusa; dice al respecto: “Telethusa consume y tortura a su antiguo dueño. La vendió como sirvienta y ahora la ha comprado para concubina

5. En latín, arco, bóveda; por extensión, así se conocía el último piso de los circos y anfiteatros, aunque también, el bajo, ocupado por los arcos que constituían la entrada y salida al, digamos, local. Los combates de gladiadores, al parecer, excitaban la libido de los hombres, hasta ponerlos como “motos”, al rojo vivo; así, cuando el espectáculo terminaba, los tíos salían escopetados hacia ese último piso, el “fórnix”, o hacia el otro “fórnix”, las arcadas de las entradas, en busca de las numerosas prostitutas, las “lupas”, que allí habían acudido, previamente, a la espera de los seguros clientes. Y, por si no lo sabéis, de este sustantivo latino, “fórnix”, deriva el verbo castellano, o español, “fornicar”, en base, precisamente, a esa actividad sexual que, inexcusablemente, sucedía a los “ludi”, los juegos de gladiadores

1. En la antigua Roma a las prostitutas, comúnmente, se las llamaba “lupas”, lobas, al modo que nosotros usamos lo de “zorras”; esto era así porque los prostíbulos solían estar en los pisos más altos de las “insulae” y, en las noches, sus pupilas se asomaban a ventanas y balcones, subiéndose, incluso, a las terrazas, cuando las había, para desde allí llamar a los nocturnos viandantes, los noctámbulos, que acertaban a pasar por allí. Se las asemejaba a los lobos, las lobas, aullando en la noche, desde lo alto de las peñas, a la luna

6. La ciudad de Ostia, en la desembocadura del Tíber, puerto natural de Roma, en la antigüedad se llamó Ostium, “puerta” en latín. Ya, para entonces, servía de puerto comercial a la ciudad de los césares, atracando y descargando allí las naves de más tonelaje, aunque, de todas formas, fuera común que las naves remontaban el Tíber hasta la capital del Imperium.

7. El matrimonio entre esclavos era el “contubernium”, que precisaba, amén del consentimiento muto de los contrayentes, el del amo/amos, de los esclavos; también era “contubernium”, si una persona libre, fuera o no ciudadano romano, deseaba unirse conyugalmente a un esclavo/esclava; el “contubernium”, no obstante, debía realizarse ante un magistrado romano, que podía ser, simplemente, un edil, magistrado que controlaba que los pesos y medidas de tiendas y mercados fueran exactos y solventaba pequeños pleitos entre comerciantes y clientes. No tenía valor legal, pero sí consideración social, equiparando, socialmente, a los “contubernales” a cónyuges legales

8. Efectivamente; es un mito que las luchas de gladiadores tuvieran lugar en los circos; éstos no eran circulares, como comúnmente se cree, sino alargados y estrechos, y los espectáculos que ofrecían eran carreras de cuadrigas aunque también de caballos montados por jinetes. Los combates de gladiadores son de origen etrusco, como ritos funerarios en honor de finados ilustres, patricios, ante cuya pira mortuoria se hacía pelear a muerte a dos o tres parejas de esclavos, teniendo un carácter absolutamente privado. En Roma, el primer combate digamos público, fue hacia el 260A.C, cuando un patricio hizo combatir a tres parejas de esclavos en el Foro Boario, en honor de un tal Marco Junio Bruto, que ni idea de quién pudo ser, pues el famoso asesino de César vivió a fines del siglo Iº A.C., y el fundador de la República romana en el VIºA.C. Hacia el 70/80 A.C., Julio César construye el primer anfiteatro, en madera, uniendo dos teatros, y ofreció unos juegos con 260 parejas de esclavos a muerte, en honor a su padre, muerto la tontería de veinte años atrás… Vamos, que para mí, el “andoba” quiso pegarse un baño de multitudes. Luego, con Augusto y Marco Antonio, se van instituyendo como espectáculo de masas, con las primeras escuelas de gladiadores y la, digamos, “profesionalización” del gladiador.

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