Intercambios

Mónica “DELUX” (6): ¿Seducida, engañada o violada?... Esa es la cuestión.

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RESUMEN

Lo que parecía un intercambio de parejas normal y corriente se convirtió en un dilema inquietante. Todo trascurrió con cierta normalidad, sin aparentes complicaciones, pero la duda queda en el aire: ¿Me sedujeron, engañaron o violaron?

NOTA: Amigos lectores. Tengo la “mala costumbre” de ponerme a escribir sin saber cuándo parar y, por ello, algunos relatos me salen un pelín largos. El que vais a leer es la continuación de uno demasiado extenso y, por esa razón, lo he dividido en dos partes. Tanto este como el anterior los he estructurado para que tengan sentido por separado, pero también en conjunto. De esta forma se puede leer uno u otro sin problema, o los dos. El anterior se titula «Mónica “DELUX” (5): Mi coño, mis dedos y un amago de violación en masa » y está publicado en la categoría “Voyerismo”.

Un beso.

***********************

 

Tras un ajetreado viaje cargado de emociones fuertes, Sergio y yo llegamos a casa de del matrimonio con quienes había concertado un intercambio de parejas. Eran mayores que nosotros, pero la diferencia de edad no resultaba excesiva, menos de diez años, y ambos estábamos muy ilusionados por la buena impresión que nos habían causado a través una fotografía: nos parecieron físicamente ideales.

Vivían en un enorme chalet situado en una urbanización exclusiva, rodeado de otros tantos de similares características y separados entre ellos por no más de cien metros. Sus moradores no tardaron en salir a recibirnos, aparentemente muy contentos; no en vano, habían estado pendientes de nuestra llegada desde las cinco y apenas pasaban dos minutos de esa hora.

―¡Me gusta la gente puntual! ―afirmó el hombre en perfecto castellano, aunque con un pronunciado acento extranjero, posiblemente ruso―. Es algo que valoro mucho, por encima de cualquier otra cosa. Pero…, permitidme que haga las presentaciones: yo soy Thomas y ella es mi mujer Margaret, pero podéis llamarnos Tom y Magi si lo deseáis, estamos entre amigos.

Sergio y yo cumplimos el trámite, y cerramos las presentaciones con besos y apretones de mano. Luego nos dirigimos todos al interior de la casa.

―¡Joder cómo viven los cabrones! ―susurré a Sergio una vez estuvimos dentro―. ¡Ya les podías haber pedido cien euros más, que ni les iba hacer cosquillas!

―Tranquila, amor ―respondió él―, que tampoco es cuestión de abusar. Estamos aquí, y parecen buena gente: eso es lo que cuenta. Además, ella está como un tren y él tampoco tiene mala pinta, ¿NO?

―Hombre, bien mirado, no me puedo quejar; además de simpático y educado, tiene muy buena pinta.

No tuvimos oportunidad de seguir cuchicheando, porque Thomas pidió a su esposa que me acompañase a la habitación que nos habían preparado, para que dejase el equipaje y nos fuésemos conociendo. Luego añadió que ellos saldrían a la piscina a tomar una cerveza y que allí nos esperarían.

El dormitorio en cuestión estaba bastante bien: amplio, luminoso y provisto de una cama en la que cómodamente podrían caber cuatro personas adultas. «Lo mismo es la cama donde va a suceder todo», pensé al mirarla nuevamente.

―Y dime, Mónica. ¿Qué te parece mi marido? ―Margaret fue directa al grano―. A mí Sergio me gusta mucho. ―Con ese segundo comentario se lanzó directamente al granero.

―Mujer, mirándolo bien, tiene un buen apaño. Lo único negativo es su tono de piel; demasiado pálido para mí gusto.

―¡Claro! Eso tiene una explicación ―dijo Margaret―. Yo soy de Londres y él de una pequeña ciudad de Escocia que, incluso para mí,  es impronunciable.

―Pues no te molestes en intentarlo, Magi, porque no tengo ninguna intención de ir ―le dije. Entonces comprendí, a la vista de esa nueva información, que yo no tenía ni puñetera idea identificando acentos, porque confundir a un ruso con un escocés seguramente fuese delito en cualquiera de los dos países. Obviando ese pequeño detalle, ambos hablaban perfecto castellano y eso lo ponía todo más fácil.

Seguimos charlando durante un buen rato como dos auténticas cotillas, elogiando unas veces a nuestros respectivos hombres y poniéndoles a caer de un burro otras tantas. Me di cuenta enseguida de que era una mujer con quien se podía hablar abiertamente y que no resultaba tan rígida y estirada como su marido.

Dejándome llevar por mi primera impresión, le pedí que me diese más detalles sobre ellos, me moría por saber más. Me contó que ella era efectivamente de Londres, donde había vivido toda su vida hasta que conoció a Thomas en la universidad. Su Padre era dueño de una pequeña cadena de almacenes, repartidos por la ciudad y por alguna que otra de cierta importancia en el país. Afirmó que, cuando lo conoció, ella era una chica abandonada, que no prestaba el más mínimo interés por su físico, y que Thomas fue como una brisa de aire fresco que motivó en ella un cambio repentino. El procedía de un ambiente rural, y se había criado en el seno de una familia normal y corriente en el sur de Escocia. Era el menor de cinco Hermanos, razón por la cual sus oportunidades de estudiar y prosperar en la vida se vieron mermadas, ya que sus padres habían gastado en sus hermanos los pocos ahorros acumulados a lo largo de los años. A pesar de ello, resultó ser un joven con bastante orgullo y muy decidido, dispuesto a salir adelante y abrirse paso a cualquier precio. Según me confesó Margaret, aquella voluntad inquebrantable fue lo que le llegó al corazón. Se casaron y decidieron vivir en España, seducidos por su clima, su gastronomía y la forma de vivir la vida que teníamos los españoles, en claro contraste con el ambiente húmedo, estricto y soso propio del Reino Unido.

En cuanto a temas más íntimos, confesó, afligida, que habían participado en algún que otro intercambio de parejas que prefería olvidar. No supo, o no quiso, señalar culpables, pero aquellas experiencias representaron un cambio significativo en sus relaciones sexuales. Matizó que ello no significaba que dichas relaciones fuesen malas, sino que con el paso de los años se habían convertido en pura rutina, sobre todo para él. Aquella última matización despertó mi curiosidad, con mayor motivo si tenía en cuenta que Thomas sería mi pareja de baile en lo que tenía que venir.

―y dime, Magi. ¿Por qué has destacado a Thomas de forma especial? ―le pregunté.

Ella me miró, sorprendida porque me hubiese llamado la atención ese comentario concreto.

―¡Bueno, tampoco pienses cosas raras, porque no es nada del otro mundo!

―Imagino, pero has despertado mi curiosidad. Además, si voy a estar esta noche con él, creo que es justo que conozca cualquier detalle que pueda tener relevancia… Por pequeño e insignificante que parezca.

―¡Bueno! La verdad es que no sé qué decirte, ya que ese es un tema que han tratado entre Thomas y Sergio; lo lógico es que tu chico te haya informado.

Aquel comentario me dejó dubitativa, inquieta, aunque luego lo pensé bien y caí en la cuenta de que con Sergio nada era previsible, debido a sus sospechosas lagunas de memoria u olvidos intencionados.

―¡Ahora empiezo a entender muchas cosas! ―exclamé.

―¿A qué te refieres? ―preguntó Margaret, ligeramente desconcertada.

Yo no tenía ganas de dar explicaciones, y me limité a hacerle un breve resumen de lo sucedido durante el viaje. Luego seguí indagando.

―Entonces dímelo tú, aquí y ahora, porque no quiero hacer el imbécil llegado el momento de la verdad.

Magi vaciló unos instantes, posiblemente buscando las palabras adecuadas.

―El asunto es el siguiente… ―volvió a titubear ―. A Thomas y a mí nos va el tema de la dominación, desde hace un par de años, y Sergio comentó a Thomas que vosotros también lo practicáis…

―¿Qué Sergio dijo eso? ―pregunté con una nota de indignación en la voz―. ¡Madre de Dios, la desvergüenza de este chico no conoce límites! ¡Eso es lo que él querría!

―No entiendo… ―dijo Margaret.

Tomé aire, pensé bien lo que iba a decir y luego me arranqué.

―Nuestra relación no va de eso, aunque, en cierto modo, pueda parecerlo, y me explicó: yo descubrí hace bastante tiempo que, si adoptaba el papel de sumisa con él, Sergio se motivaba más de la cuenta, lo que redundaba en beneficio propio; de ese modo, las relaciones sexuales eran mucho más intensas y alcanzaba cotas de placer desconocidas hasta la fecha. Con el tiempo se ha convertido en una costumbre, y yo no tengo inconveniente en tratarle como “mi rey” o “mi Señor”. Como podrás comprender, tan solo se trata de un juego en el que ambos obtenemos un beneficio. ¡Nada más!

―¡Qué lástima, eso sí que no me lo esperaba! ―se lamentó Margaret―. Menudo chasco se va llevar Thomas.

―No amiga, no te lamentes ―le dije tomándola de las manos―. Si tu marido no se pasa de la raya, no tengo inconveniente en tratarlo como espera. Puedes confiar plenamente en mí; no obstante, el papel que tú intérpretes con Sergio es cosa tuya.

Margaret se abrazó a mí al escuchar aquellas palabras tranquilizadoras. Luego me dio un beso en la mejilla y musitó o un sentido “gracias”. Más relajadas y con los puntos sobre las íes, seguimos charlando sobre temas menores. Pero yo estaba inquieta, ligeramente alterada, y necesitaba resarcirme del mal rato pasado durante el viaje. Ni corta ni perezosa, fui directa al toro con intención de cogerlo por los cuernos.

―¡Magi! ―llamé su atención―. Ahora que eres consciente del mal rato que he pasado hoy, voy a hablarte con total franqueza: ¡Necesito echar un buen polvo o me volveré loca! Con Sergio no puedo contar, ¡además no me apetece!, por lo que…, sólo me queda una opción.

―Entiendo lo que estás insinuando, Moni, y me gustaría ayudarte a cumplir tu deseo. Tan solo tienes que decirme qué tengo que hacer.

―Entonces presta atención, porque hace rato que vengo dándole vueltas a una idea. Los chicos están en la piscina, y no me apetece llegar y follar con Thomas delante del cretino de mi novio. Tenemos que atraer su atención y eliminarle de la ecuación.

―¡Dime! ¡Dime! ¡Soy toda a oídos! ―El entusiasmo y la predisposición de Margaret me motivaron más.

―La idea es conseguir que Sergio abandone la piscina. Como bien has dicho antes, él te gusta mucho y supongo que no tendrás inconveniente en retenerle durante un rato, como mejor te parezca. Le voy a llamar por teléfono para que venga a depilarme coño; ¡es algo que le vuelve loco! Entonces yo me voy y, cuando él llegue a la habitación, tú le estarás esperando con la maquinilla y el jabón en las manos, desnuda o como prefieras, tú sabrás mejor que nadie como seducir a un hombre. Con mayor motivo si se trata de uno tan básico como Sergio. Luego le entretienes durante una media hora, o lo que necesites, para que yo tenga tiempo de sobra entre seducir a Thomas y tirármelo. ¿Estás conforme?

―Desde luego estás realmente desesperada y tu imaginación no tiene límites. ¡Por mí conforme!

Con todo bien atado, llamé al teléfono de Sergio y le hablé de la forma prevista, añadiendo pequeños detalles que fueron surgiendo sobre la marcha, a fin de que su motivación fuese absoluta. A continuación salí del dormitorio y me escondí detrás de una columna hasta que Sergio pasó. Luego corrí hacia la piscina, únicamente vestida con un bikini que Margaret me había prestado.

Encontré a Thomas acostado en una tumbona, con el torso desnudo, unas gafas de sol cubriéndole los ojos y una botella de cerveza en la mano. Caminé hacia él sin apresurar la marcha, insinuando las caderas con cada paso que daba: mi llegada debía ser todo un acontecimiento. En un primer momento no pareció notar mi presencia, al menos no se movía, ni hacía gestos que así lo indicasen. Con un fuerte carraspeo de garganta llamé su atención.

―¡Hola, Mónica! ―me saludó muy efusivo―. ¿Dónde están Margaret y Sergio?

Su pregunta me sorprendió, aunque estaba dentro de las posibles. Entonces tuve que improvisar.

―Tu mujer se ha ofrecido enseñarnos la casa, pero yo he preferido venir a tomar el sol, ya tendré tiempo más tarde. Él sí ha querido verla, y ahora deben estar Dios sabe dónde. ¿Me invitas a una cerveza?

Thomas tomó impulso para incorporarse, pero yo le pedí que no lo hiciera, añadiendo que podía cogerla por mí misma; no quería que se levantase porque lo tenía justo en el lugar idóneo. Acerqué otra de las tumbonas y me senté en ella, mirando hacia él, con las piernas flexionadas y ligeramente abiertas. En esa posición habría que ser ciego o estúpido para no fijarse en el pequeño bulto formado por la vulva entre mis piernas. Pero, claro, yo no tenía forma de saberlo, porque él permanecía con las gafas puestas y sus cristales eran demasiado oscuros para ver el movimiento de sus ojos o la dirección en que miraban. No me quedó más remedio que improvisar de nuevo.

―Bueno, Thomas, aún no me has dicho qué te parezco. ―Dejé la cerveza en el suelo y me puse en pie a más o menos un metro de distancia.

Él se quitó las gafas, inmediatamente, y sentí como sus ojos se clavaban en mi cuerpo; percibí como escudriñaba cada pliegue, cada curva, cada protuberancia, cada centímetro de piel…

―¡Tienes un cuerpo precioso, digno de una diosa! ―exclamó tras concluir aquel exhaustivo repaso.

La primera respuesta me satisfizo, pero no tenía tiempo que perder, debía forzar la situación.

―Y dime, Thomas, ¿Te gustan mis pechos? ¿Te parecen bonitos? ―dije al tiempo que desataba la parte superior del bikini y los dejaba al descubierto―. ¿No te parecen un poco pequeños? ―añadí mientras los palpaba con mis manos.

―¿Pequeños? En absoluto me lo parecen. Es más, opino que de tamaño y forma son perfectos.

La cosa pintaba bien tras la segunda respuesta; sin embargo, no estaba satisfecha.

―¿Y mi culo? ¿También te gusta mi culo? ―volví a preguntar. Acto seguido le di la espalda, arqueándola ligeramente para que el culito destacase bien. Inmediatamente metí el bañador entre las nalgas y, con ese gesto, la panorámica fue perfecta para él.

―¡Uf! ―resopló pronunciadamente―. Si me lo enseñas de ese modo…, te diré que no lo visto mejor en muchos años.

La última respuesta consiguió ruborizarme, a pesar de resultar la que yo esperaba. Eso me animó a lanzarme con mayor descaro.

―¡Bien! Ahora que ya me has visto desnuda y que conoces el menú para esta noche, lo lógico es que yo también sepa a qué atenerme.

Me arrodillé en el suelo, a la altura de su vientre, y comencé a desabrochar su pantalón como si fuese lo más natural del mundo y no la primera vez. Él se mostró reacio y bloqueó mi mano con la suya, sorprendiéndome y dibujando en mi rostro un gesto de desilusión.

―No te resistas, mi rey ―le dije con un hilo de ternura en la voz―, porque Margaret me ha puesto al corriente sobre tus gustos y manías. Sé que eres un hombre al que le gusta llevar la iniciativa y que esta situación te resulta violenta o, cuando menos, llamativa.

―Entonces te ha informado bien, pero imaginé que Sergio te lo habría comentado: ¡todo quedó bien atado el día que lo hablamos!

―Sí, mi rey, él también lo hizo. De todas formas, en este momento estoy desesperada, por razones que no vienen al caso, y buscó en ti consuelo. Si me complaces y dejas que lleve la iniciativa, te garantizo que esta noche me comportaré de tal y como esperas, siguiendo para ti lo que quieras que sea, tal y como te prometió Sergio. Entonces serás mi rey, mi señor y mi dueño, y yo tu humilde servidora.

Thomas me miró con ojos compasivos, seguramente satisfecho con las palabras que brotaron de mis labios y que debieron sonar a música celestial en sus oídos. Entonces su resistencia cedió, y la mano que obstaculizaba la mía se retiró lentamente, dejándome vía libre.

Me apresuré a desabrochar el pantalón por segunda vez y no tardé en tener su miembro ante mi vista, erguido y majestuoso, tal y como lo había imaginado. Mis caricias recorrieron toda su superficie, con calma, antes de abrazarlo con ambas manos e introducirlo en la boca. Durante un rato jugué con labios y lengua, como si de un dulce caramelo se tratase, al tiempo que le ayudaba a despojarse del pantalón por completo.

Thomas suspiraba agitadamente, circunstancia que aproveché para enfundarle un condón, que llevaba metido entre la braga del bikini y mi piel, quitarme la prenda y arrodillarme a ambos lados de sus caderas, luego fue tan sencillo como situarme la verga en la entrada y dejar caer mi cuerpo para que me penetrase el coño. Comencé trotando al sentirla dentro y terminé galopando sobre ella a las puertas del orgasmo, igual que una amazona apurada por el deseo de sentirse de nuevo una mujer satisfecha. Los jadeos cesaron, el corazón dejó de latir frenético y el fruto del placer alcanzado resbaló entre los labios vaginales. Agradecida, me deslicé por sus piernas y engullí el falo: ya tenía el churro en la boca y me faltaba la leche que lo acompase.

La merienda me dejó satisfecha, un regusto agradable y restos lácteos en la comisura de los labios, pero el precio resultó un tanto caro: parte de mi dignidad y una promesa de dudoso cumplimiento.

―¡Gracias, mi Señor! ¡Gracias por apagar el fuego que me consumía y traía por la calle de la amargura! ―le dije visiblemente agradecida. Obviamente tenía que regarle los oídos a mi compañero de merienda.

―¿Gracias? ―preguntó él antes de soltar un par de carcajadas―. Yo soy quien debe estarte agradecido, porque no recuerdo la última vez que una hembra, tan ardiente como tú, montó sobre mí con tanta pasión. ¡Realmente me siento feliz y satisfecho! ¡Eres todo un hallazgo!―Al parecer a él también le iba el peloteo.

―Gracias, mi rey. ―Le di un buen beso para compartir con él la leche que me había regalado. Tampoco quería ser tan desagradecida―. Ahora voy a ver dónde se han metido Margaret y Sergio. ¿Me das permiso para ir libremente por la casa? No sé si…

―En absoluto, Mónica. ―No me dejó proseguir―; estás en tu casa y puedes ir donde quieras.

Antes de que Thomas cambiase de opinión, me puse el bikini, recogí el condón, me coloqué las tetas, apuré la cerveza, me despedí y caminé con prisa hacia el interior de la casa. Obviamente no tenía ninguna intención de vagar por ella, pues conocía con exactitud el lugar donde se encontraban mi chico y la mujer del otro, y tenía una idea clara de lo que estaban haciendo. Sigilosa, me acerqué a la puerta, que estaba entreabierta, y metí la cabeza sin hacer ruido. Me sorprendí al ver que todavía no habían terminado; ella estaba a cuatro patas sobre la cama, con la cara desencajada y gimiendo descontrolada mientras Sergio se la clavaba por el culo insistentemente. Decidí esperar un ratito, consciente de que no tardarían mucho más. Apenas cinco minutos más tarde, Sergio comenzó a vestirse y se dirigió hacia la puerta. Yo volví a esconderme tras la columna, con tres o cuatro saltitos, hasta que él desapareció al final de la escalera. Entré en el dormitorio, apresuradamente, con intención de averiguar cuáles eran las impresiones de Margaret. Ella no podía estar más satisfecha y de sus labios no brotaron palabras que dejasen a Sergio en mal lugar, de lo cual me alegré, pues mi enfado había quedado en el olvido tras desahogarme con Thomas. No necesitó preguntarme cómo me había ido, ya que mi rostro era fiel reflejo de la respuesta que recibiría.

El resto de la tarde transcurrió sin pena ni gloria, pero con la noche vinieron las novedades. La primera tuvo lugar mientras Margaret y yo estábamos en su dormitorio. Ya nos habíamos vestido y nos veíamos divinas. Ella, de mediana estatura, era bastante atractiva, con una gran melena castaña haciendo juego con los ojos de color canela. Optó por un elegante y provocativo vestido negro, con braguita y zapatos a juego. Le quedaba espectacular, remarcando bien su estrecha cintura y las generosas caderas. Los pechos, voluminosos y redondeados gracias a la cirugía, sobresalían ligeramente por el escote, amenazando con saltar las costuras en cualquier momento. Por mi parte, mi modelo era de color rojo burdeos y muy corto, ceñido en cintura y caderas, y con un pronunciado escote hasta el ombligo, que apenas ocultaba la mitad de mis pechos. Completaba mi atuendo con un diminuto tanga negro y unas sandalias de cuero marrón.

Ambas nos terminábamos de maquillar en el tocador cuando, con un par de golpes de nudillos, alguien llamó a la puerta. Se trataba de Thomas, que entró decidido y demasiado sonriente cuando le dimos permiso. Se acercó y se unió a nuestra charla como si nada, con alguna que otra gracia de dudoso gusto. Una vez estableció un mínimo de confianza, su gesto se tornó serio.

―Margaret, colócate del modo que tanto me gusta ―ordenó a su mujer.

Yo quedé sorprendida al escuchar aquella intrigante orden, pero ella no pareció inmutarse lo más mínimo. Sin pensarlo dos veces, se puso en pie, inclinó el torso hacia adelante y se apoyó con las manos en el tocador, formando con su cuerpo un ángulo de noventa grados.

―¿Estoy bien así, mi Señor? ―preguntó la inglesita, buscando la aprobación de su marido.

―Sí, amor, así estás perfecta ―respondió él, complacido.

Inmediatamente subió el vestido de Margaret hasta la cintura, le bajó la braguita uno o dos palmos, sacó la verga y la metió en el coño, sin contemplaciones. Solo le faltó gritar “¡Dios salve a la reina!”. Yo observaba cómo la embestía una y otra vez, atónita y tratando de contener la risa, hasta en nueve o diez ocasiones antes de salir de ella.

―¡Ahora tú! ¡Colócate en la misma posición que ella! ―me dijo Thomas.

Entonces no pude aguantar más y solté las carcajadas contenidas.

―¿Qué me ponga como ella para que me la claves de ese modo tan primitivo? Tú has bebido más de la cuenta, amiguito.

Margaret me miraba, gesticulando ostensiblemente con ojos y boca.

―No, Magi, este no es momento de jugar a “¿de qué personaje se trata?” ―le dije―. El cretino de tu marido se cree con vete tú a saber qué derechos sobre mí, y merece una respuesta.

Sus gestos se hicieron más evidentes, acompañados, esta vez, de un susurro: ―Hazlo por mí, por favor… ¡Por favor te lo imploro! Enseguida se cansa y se va―.

La súplica de Magi me conmovió, y luego recordé la promesa hecha a Thomas tras follármelo sobre la tumbona, en la piscina.

―¡Está bien! ―la respondí entre dientes―. Pero, si se pasa un pelo, le envío a Escocia de un guantazo y sin escalas.

Me coloqué en la misma posición que Margaret y dejé que su marido me subiera el vestido, me bajase el tanga y me la clavara en el coño del mismo modo e idéntico numero de veces. De ese modo tan particular, fue alternándose entre ambas durante no más de cinco minutos. Luego, simplemente envainó la polla y se marchó, aparentemente feliz y satisfecho.

No abrimos la boca para comentar lo sucedido, ninguna de las dos, ella por vergüenza y yo por prudencia: después de todo, no había sido para tanto.

La cena comenzó a las diez en punto. La mesa estaba surtida con todo tipo de manjares que yo ansiaba devorar y que, según reconoció Margret, habían encargado en un reputado restaurante de la ciudad, confesando no ser muy buena cocinera, circunstancia que agradecí. Terminado el primer plato, Sergio se puso en pie y caminó hasta la chimenea que presidia el enorme salón.

―¡Ven aquí, Magi! ―dijo sin venir a cuento. La londinense acudió a su llamada como alma que lleva el diablo, sin decir ni pío―. Me ha dicho tu marido que tienes una forma muy curiosa de colocar el culito. ¿Me la quieres mostrar?

Ella adoptó la misma postura que un rato antes en el dormitorio, cuando el escocés se lo ordenó, totalmente muda. De igual modo que este, Sergio le subió el vestido, bajó su braga y le clavó la verga en el coño de un solo empujón. Entonces supe cuál sería mi destino inmediato. Trataba de auto convencerme de que aquello tan solo se trataba de un juego inocente y morboso, para ir calentando motores y desterrar cualquier atisbo de vergüenza o temor, pero mis piernas agarrotadas opinaban de otro modo, y me preguntaba si sería capaz de dar un solo paso cuando llegase mi turno, que era inminente.

―¡Venga, Mónica, no me hagas esperar. ―La voz de Sergio me reclamaba, y sus ojos me mataban.

«¡Vamos, Mónica ―me decía el subconsciente―, es algo similar a tantas otras veces; tan solo se trata de una bobada, de un capricho de los chicos, y no puede ser peor que lo que venga después, o más humillante que esta tarde en la piscina, cuando has tenido que suplicar por un polvo rápido».

Armada de valor, y atragantada por la vergüenza, me levanté muy despacio y avancé del mismo modo hacia ellos. Llegué sabiendo lo que tenía que hacer y mi cuerpo se puso en posición. Después ocurrió lo previsto.

La escena volvió a repetirse con Thomas tras el segundo plato, y de nuevo al terminar el postre, en esa última ocasión con ambos, intercambiándose entre el coño de la una y el de la otra con total sincronización. Menudo par de pájaros, parecía que lo llevasen haciendo toda la vida.

El caso es que aquel estúpido juego sirvió para caldear el ambiente; los cuatro estábamos más calientes que una caravana de beduinos atravesando el desierto de
Arabia a las tres de la tarde, cuando ni las alimañas osan salir de sus escondrijos; la lascivia flotaba en el ambiente y se pegaba a nuestros cuerpos, mezclándose con el sudor que los empapaba. Eso no podía ser malo, o al menos yo trataba de convencerme de ello con argumentos del tipo: «tan solo es un hombre más», «Thomas no puede ser muy diferente al resto, por muy raros que parezcan sus gustos» o «relájate y disfruta todo lo que puedas, porque lo que no folles hoy no lo recuperas nunca».

Doce campanadas en el viejo reloj de péndulo, que decoraba uno de los rincones de la estancia, anunciaron que había llegado el momento de la verdad. Antes de sonar por segunda vez, pasado un minuto, Sergio y Margaret habían desaparecido de nuestra vista en lo alto de la escalera que conducía al piso superior, cogidos de la mano y caminando con paso lento.

―Nos han dejado solos ―me dijo Thomas―. Parecían tener mucha prisa.

―Sí. No han dejado solos como a los de Tudela. Veo que han cogido mucha confianza en poco tiempo.

―¿Y estás celosa?

―¿Celosa yo? ―respondí con una pregunta que encerraba más significado del que transmitía―. No es la primera vez que se tira a otra delante de mí o en el mismo lugar. ¡Y tampoco será la última! Si me atacaran los celos en este tipo de situaciones, puedes apostar por que no me prestaría a ello. Los celos quedaron atrás después muchos berrinches y largas noches maldiciendo su nombre. Ahora simplemente soy feliz sabiendo que hay plena confianza y que ambos lo asumimos como algo natural, como una forma de mantenernos juntos.

―Entonces ven conmigo, Mónica. He preparado un lugar especial para ti, donde te sentirás como una reina y podrás disfrutar con placer esa libertad que proclamas.

Thomas me tendió la mano y yo la cogí, sin pensarlo dos veces, completamente relajada tras sus agradables palabras.

―Sí, Thomas ―respondí con la mirada fija en los ojos de aquel entrañable personaje―. Muéstrame ese paraíso del que hablas.

Salimos del salón y caminamos por un largo corredor que terminaba en una puerta cerrada. Yo me encomendé al Cielo pues había llegado el momento de la verdad. Él abrió la puerta y cruzamos el umbral.

Mis ojos verdes brillaron como luceros nada más entrar, iluminados por decenas de velas estratégicamente ubicadas. La luz era tenue, predominando las zonas de penumbra, lo que confería al lugar una atmósfera gótica que comenzaba a perturbar mis sentidos. Miraba en torno a mí, girando sobre mi cuerpo y sin perder un solo detalle. Al hacerlo percibí agradables aromas flotando en el aire y perfectamente combinados; pude distinguir  el de la canela, el de la hierbabuena, el jazmín, la lavanda y alguno que otro exótico. Era una verdadera orgía para los sentidos, y pensé en todo el trabajo y dedicación empleados por Thomas a la hora de prepararlo; sin duda tenía intención de sorprenderme y doy fe de que lo consiguió. El remate final comprendía un par de muebles, unas cuantas butacas y varios cojines de diferentes tamaños esparcidos en el suelo, a modo de lecho, y que abarcaban una superficie de unos dos metros de lado. ¡Qué mujer podría resistirse ante tal despliegue de imaginación!

―Gracias Tomy ―le susurré a escasos centímetros de su oído―. Gracias por todo el trabajo que te has tomado y por hacerme sentir especial, deseable. ¡Es perfecto! ―Desvié los labios y le besé la mejilla. Sin apenas despegarlos de aquel rostro que entonces me pareció más hermoso, avancé hasta llegar a sus labios, los besé, mordisqueé levemente y luego los recorrí con la punta de la lengua.

El me miró a los ojos, tranquilo y seguro de sí mismo, tomó con las manos mis mejillas y me sonrió.

―Eres una chica especial, Mónica, y mereces esto y mucho más. Creerme si te digo que mi mayor satisfacción es ver esa sonrisa. Esta noche haré que goces como nunca antes lo has hecho, pero, para ello, es necesario que confíes plenamente en mí.

―Pierde cuidado, Tomy, que me dejaré guiar por ti, pero déjate de palabrerías y vamos a follar, que hace más de una hora que tengo el coño encharcado y no puedo más. Además, tengo las piernas dormidas de pasar tanto tiempo con ellas cruzadas.

―¡Tranquila, tranquila chiquilla impetuosa, que no quiero renunciar al placer de ver cómo te desnudas para mí.

―Entonces no perdamos más tiempo, porque llevo tan poca ropa que no tardo más de diez segundos ―le dije mientras me quitaba las sandalias con los pies y las lanzaba bien lejos de una patada.

Me detuvo cuando me disponía a quitarme el vestido; nuevamente volvía a contener mis impulsos, igual que había hecho por la tarde; aquello comenzaba a convertirse en una fea costumbre. Entonces se sentó en una butaca y cruzó las piernas. Luego encendió un cigarrillo y el humo exhalado con la primera bocanada ocultó su rostro, antes de disiparlo en el aire con un par de manotazos.

―Quiero que te desnudes para mí ―me dijo al tiempo que una segunda bocanada de humo abandonaba su boca―. Quiero que lo hagas muy despacio, permitiendo que disfrute el momento.

―Como quieras ―le dije resignada―. Voy a darte el mejor espectáculo que hayas visto nunca, pero luego follamos. ¡Promételo!

Thomas volvió a sonreír y asintió con la cabeza mientras aplastaba el pitillo con los labios.

Me situé sobre los cojines, de pie y con la mirada al frente, respiré profundamente y deshice el lazo que anudaba los tirantes del vestido en mi nuca, tras conseguirlo, este cayó hasta la cintura, dejando los pechos al descubierto. Estaban ligeramente mojados por el sudor, con los pezones erguidos, desafiantes ante la atenta mirada de mi observador.

―¡Preciosos! Son de lo mejor que he visto nunca ―dijo Thomas―. Me recuerdan a…

―Dime, Tomy, no te cortes.

―Me gusta como dices “Tomy”; nunca nadie me había llamado así. Iba a decirte, aunque te resulte infantil, que la sobra producida por tus pechos se proyecta del mismo modo que unas pequeñas colinas de mi tierra natal. Aún lo conservo en la memoria a pesar de los muchos años lejos del hogar; ¡me fascinaba aquel lugar!

―Gracias, Tomy, eres muy amable. Pero, si tanto te gustaba, ¿por qué te fuiste?

El escocés dio una última calada al pitillo, sin darse cuenta de que el tabaco ya se había consumido.

―Era un lugar precioso, sí, pero ofrecía pocas posibilidades a un tipo ambicioso como yo. Pero dejemos la nostalgia donde debe estar. ¿Te incomoda que te mire como lo hago?

Negué con la cabeza.

―¿Y sabias que algunas mujeres se excitan más cuando un hombre las mira que cuando las penetra?

―Nunca me ha pasado, pero prefiero que me penetren y me miren al mismo tiempo. ¡Para qué perder el tiempo cuando se puede hacer todo a la vez!

Nuevamente rio el escoces.

―¡Perfecto! Vuelves a sorprenderme con tu respuesta. Ahora puedes quitarte el vestido del todo.

Metí los pulgares entre el vestido y mi piel e intenté sacarlo hacia abajo, meneando las caderas sensualmente, eso seguro que le habría vuelto loco, pero no hubo manera, era demasiado estrecho. Entonces opté por el modo más cómodo, tirando de él hacia arriba, por la cabeza, entreteniéndome lo suficiente para que el tanga apareciese poco a poco.

Al quedar únicamente vestida con el tanga, todo mi cuerpo tembló, excitado por sus ojos. Thomas se puso serio y prendió otro cigarrillo con su viejo mechero; se le notaba tenso a pesar de que intentaba aparentar calma. Entonces hizo un movimiento con la mano que sostenía el pitillo, indicando que me deshiciese del tanga. Así lo hice y avancé hacia él un par de pasos, con intención de abrirle el pantalón y clavarme en la entrañas lo que tan desesperada me tenía.

―Tranquila, niña, todo a su tiempo ―me dijo entre calada y calada.

Aquella especie de gánster de pacotilla comenzaba a tocarme las narices con tanta ceremonia y no estaba dispuesta a permitirlo. No entendía que un tipo me tuviese desnuda, delante de él, sin mostrar el más mínimo interés en metérmela por el coño o darme por el culo hasta caer agotado. Entonces me sorprendió nuevamente, justo en el momento en que iba a estallar y decirle cuatro cosas bien dichas.

―Dime una cosa, niña impetuosa. ―Ya comenzaba a cansarme que me llamara “niña” con tanta asiduidad. ¿A caso estaba ciego? ¿No veía que quien estaba delante de él, dispuesta a entregarse a sus caprichos, era una mujer de la cabeza a los pies? Con veintiún años ya podría tenerlo en cuenta―. Dime una cosa. ¿Te gustaría gozar esta noche más de lo que eres capaz de imaginar? ¿Te gustaría llegar a límites que muy pocas mujeres alcanzan?

―¡Sí! ―le respondí. Estaba tan desesperada que a cualquier pregunta le hubiese contestado del mismo modo.

Thomas vaciló uno segundos y luego se arrancó.

―Imagino que conoces la importancia del sexo psicológico. ―asentí con la cabeza, tratando de seguirle la corriente―. Pues bien. Esta noche voy a enseñarte el modo de combinar ambos: el sexo psicológico y el físico. Voy a enseñarte cómo controlar tu cuerpo, cómo dominar tus instintos mediante la concentración. Para ello es necesario que en todo momento te centres en cada músculo de tu cuerpo, que lo aísles del resto y que tus emociones formen un todo con las percepciones sensoriales. Si sigues todas mis instrucciones al pie de la letra, a partir de esta noche serás una mujer nueva, una mujer renovada, una mujer capaz de conocer su cuerpo y utilizarlo de forma eficiente para, de ese modo, obtener y proporcionar placeres hasta ahora desconocidos.

Tanta palabrería comenzaba a confundirme. Thomas parecía un charlatán de feria, pero notaba un trasfondo en lo que decía que me intrigaba. Desconocía si me estaba tomando el pelo o, si por el contrario, sabía de qué hablaba. Entonces asentí con la cabeza, dispuesta a averiguarlo sin con ello ganaba al menos un par de orgasmos.

―¡Perfecto! ―exclamó―. Entonces colócate sobre los cojines, de rodillas, con las manos apoyadas en ellos y dándome la espalda, igual que si fueses una perrita. ¡Quiero ver ese culo como debe ser! Eso sí, es importante que, de ahora en adelante, tan solo hables cuando te de pie y que siempre lo hagas dirigiéndote a mí como “mi señor”. ¿Estás dispuesta?

¿Qué extraña proposición era aquella que consiguió sobrecogerme? Intentaba analizar la situación y valorar los pros y los contras, sin resultados dignos de tomar en consideración. Terminé por darme cuenta de que la única forma de acostarme aquella noche sin un calentón de tres pares de narices era seguirle la corriente. Después de todo, tampoco sería muy diferente a mi forma de comportarme con Sergio.

―Sí ―le dije, y luego me puse tal y como había ordenado.

Durante unos diez minutos me mantuve inmóvil y callada, esperando a que sucediese algo memorable, pero nada ocurría. Él tampoco abrió la boca, y el único sonido que rompía el silencio era su dichoso encendedor; aquel extraño individuo parecía empeñado en suicidarse lentamente. Mi mente comenzó a divagar y tan solo acudían a ella pensamientos inquietantes. No obstante, trataba de restarles importancia diciéndome a mi misma que todo estaba bien, que no había motivo de alarma y que, llegado el caso, siempre me quedaba el recurso de salir corriendo y gritar ―¡VIOLACIÓN! ¡VIOLACIÓN!―. Eso nunca falla en situaciones así. Luego me acordé de Margaret, y de la forma que me habló de las peculiares manías de su marido. Recreé su rostro en mi mente y no parecía tener signos de violencia. Tampoco me pareció que fuese una mujer atemorizada; muy buena actriz tendría ser para ocultar algo así.

De ese modo llegué a alcanzar tal estado de relajación, que ni me di cuenta de que Thomas se había desnudado, a pesar de los ruidos que debió producir al hacerlo. Tampoco me percaté de que se había arrodillado detrás de mí y únicamente fui consciente de que algo ocurría cuando lo sentí atravesarme el coño de un solo empujón. Aquella novedad, que ponía fin a mi abandono, llegó en el momento en que mi rendición parecía inminente. Entonces todo mi cuerpo volvió a la vida y declaraba su resurgimiento con gemidos alegres.

―¡Gracias, mi señor! ¡Gracias por acordarte de mí!

―¿Gracias? ¿Cuándo te he dado pie para que hables?―preguntó con un tono nada alentador que me heló la sangre. Acto seguido agarró mi pelo y tiró con cierta violencia hacia atrás, obligándome a girar la cara hacía él. Entonces le vi con el ceño fruncido y decepción en el rostro―. Veo que no te tomas esto en serio y necesitas que te dé una lección ―añadió con tono amenazador.

―¡Lo siento, mi señor! ―le dije compungida―. ¡No volverá a suceder!

―Todavía no te has dado cuenta de que cuando hablas desvías tu atención de lo que importa y eso nunca conlleva resultados positivos. ―En ese momento noté como su verga abandonaba mis entrañas y pensé que ese era el castigo por mi falta, pero estaba muy equivocada―. Ahora separa las rodillas todo lo que puedas ―me ordenó.

Lo hice sin rechistar, hasta que el pubis quedó a escasos diez centímetros del cojín que tenía debajo. Volvió a cogerme del pelo con la misma violencia que la vez anterior y tiró de él nuevamente. Mi única queja fue un leve quejido nasal. Luego sentí que algo se posaba en el ano y, antes de averiguar qué podría ser, la verga lo atravesó bruscamente. Lancé un alarido siguió de otro más en cuestión de un segundo. No sabía qué hacer o qué sentir y tan solo era consciente de que mi cuerpo seguía bajando, empujado por la mano ruda y poderosa de la bestia que me destrozaba por detrás. Llegó un momento en que el espacio entre mi piel y la tela de los cojines se hizo nulo, señal de que estaba totalmente tumbada. Aquella postura era demasiado forzada, y el ano tendía a cerrarse sin conseguirlo; obviamente no era posible debido al grosor del ariete que tenía alojado en el recto. Finalmente el dolor remitió y los gritos se transformaron en gemidos de placer. Por desgracia no fueron más de tres o cuatro, porque el muy canalla se detuvo al notar que gozaba. Debió pensar que si lo hacía, el castigo dejaba de tener sentido.

―Bien, niña mala ―me dijo―. Creo que para empezar no ha estado mal. Ahora quiero que me digas cuáles son tus impresiones sobre lo sucedido hasta el momento. Hazlo con total sinceridad y sin miedo.

Yo intentaba responder, pero me resultaba complicado teniéndole sentado sobre mis muslos, con la verga dentro del recto y empujando mi espalda contra el suelo. De ese modo me costaba respirar con normalidad. Aun así, hice un esfuerzo para que mis palabras sonasen claras y coherentes.

―Si te soy sincera, ha sido extraño cuando me has follado por el coño. No he llegado a correrme, pero la sensación ha sido más intensa que cuando lo hago normalmente. He tratado de concentrarme tal y como me has dicho antes: y creo que lo he conseguido. Incluso, he llegado a tener por un momento la sensación de que llevábamos horas haciéndolo. Realmente ha sido extraño y sumamente placentero, a pesar del dolor inicial y de la violencia con que me has fallado el culo. Pero no te preocupes, mi señor, porque entiendo que ha sido una forma de demostrarme tu descontento por mi falta anterior.

―¡Bien! Tu respuesta ha sido mejor de lo que esperaba. ―Thomas se mostró satisfecho―. Pero a partir de ahora viene lo más difícil para ti. Estoy seguro de que podrás superarlo y salir airosa. Eso sí, en cualquier momento puedes decir basta y tan amigos.

Quedé en silencio unos segundos, tratando de imaginar qué podría ser lo que tenía en mente.

―De momento no tengo motivo de queja ―le dije―Creo que puedo confiar en ti. Es más, quiero confiar en ti.

―¡Bien!¡Me gusta! Veo que eres una chica abierta de mente e intuitiva. Ahora, ven conmigo, que voy a sacarte de dudas.

Nos levantamos y Thomas retiró una especie de velo negro que cubría algo de grandes dimensiones. Al ver lo que ocultaba, la sorpresa desfiguró mi rostro y tuve que abortar las ganas de partirme de risa y revolcarme por el suelo. No podía creer lo que veían mis ojos, a pesar de tratarse de algo que me resultaba sumamente familiar.

―¿Un sillón de ginecología? ―pregunté mientras seguía luchando por no carcajearme―. No me atrevo a preguntar de dónde lo has sacado, aunque imagino para qué lo usas.

―Sé que resulta extraño, no lo voy a negar, pero el uso que yo le doy es bastante más placentero que el que recibís en la consulta de ginecología. Pronto lo vas a comprobar.

―No me cabe la menor duda ―dije con una sonrisa de oreja a oreja.

―Ahora, si me haces el favor, acomódate como sabes hacerlo, porque no es muy diferente a cualquier otro en el que hayas estado sentada antes.

Por descontado que sabía cómo colocarme en aquellos cómodos sillones, y lo hice en aquel con más entusiasmo que en el doctor feo y cascarrabias que solía escudriñarme cada cierto tiempo. Cómodamente sentada, y con los brazos y las piernas ubicados donde correspondía, Thomas me explicó que su mujer era ginecóloga y que un día se presentó con el sillón, ayudada de dos hombres que lo portaban, y que le comentó que con él “pasarían grandes momentos”. Reconoció que así había sido hasta la fecha, matizando que su vida sexual y la de su mujer no sólo giraban en torno al sillón, sino que era un elemento más en sus relaciones sexuales.

―¿Y me vas a hacer lo que a ella? ―pregunté con una nota de humor en la voz.

―Si, mi niña. Voy a hacer que disfrutes incluso más que ella. Eso sí, necesito plena confianza por tu parte y que dejes a un lado cualquier prejuicio que hayas traído contigo.

―¡Está bien! ¡Me fío de ti! Y si te portas mal, te denuncio al colegio de ginecólogos ―le dije sin poder ocultar mi buen humor.

Thomas sacó cuatro cintas de debajo del sillón, de color azul y de unos cincuentas centímetros de largo. Con ellas ató mis brazos y piernas, sin apretar demasiado, pero impidiendo que pudiese moverme. Mi buen humor desapareció casi por completo al verme sometida aunque no alarmada: aun conservaba en el rostro algo parecido a una sonrisa. En un arrebato de imaginación, se me pasó por la cabeza la loca idea de que se abriera la puerta y aparecieran por ella todos los vecinos de la urbanización, con el instrumento en la mano y dispuestos a desfilar entre mis piernas uno por uno, disponiendo a discreción de cualquiera de los dos orificios que tan estratégicamente tenía situados. Mi efímero sueño terminó en el momento en que un tipo, gordo y el grasiento, se disponía a enfilarme con una picha bastante diminuta de arrugada. Entonces miré a Thomas, que me miraba con los ojos chispeantes, y aparentemente satisfecho por lo cómodo que le resultaría disponer de mí sin el más mínimo obstáculo, ya que había quedado con el culo en el borde del asiento y ambos orificios a una altura apropiada.

―¡Doctor, doctor, me pica entre las piernas! ―recorrí a las bromas como modo de tranquilizarme ―. ¿Por qué no mira más de cerca a ver qué tengo?

Thomas soltó un par de carcajadas.

―¡Vaya, esto si que es una novedad! ―exclamé―. Es la primera vez que te veo reír desde que te conozco. Claro, que tampoco hace demasiado tiempo.

―Créeme si te digo, Mónica, que soy una persona muy abierta a las bromas, pero… en momentos como este, prefiero la seriedad. Recuerda lo que te dije antes sobre la importancia de la concentración.

Asentí con los ojos, confirmando que no lo había olvidado y que lo tenía muy presente.

―Ahora, Mónica, quiero que te relajes mucho ―dijo Thomas con cierta intriga―. Voy a mostrarte algo que te sorprenderá, pero no te alarmes, porque estoy seguro que, tras un breve periodo de adaptación, no te supondrá mayor problema.

Le miré fijamente, sin atreverme a preguntar qué era o para qué servía aquello tan misterioso. Pocos segundos más tarde mi curiosidad se vería saciada.

―¡Madrecita de mi alma y de mi corazón! ―exclamé―. ¿Qué coño es eso? No creo que mi cuerpo esté preparado para algo así.

―Recuerda cuál es tu papel ―dijo Thomas, contrariado por mi reacción―. ¿Dónde ha quedado esa entrega incondicional que prometiste al principio? ¿Y la sumisión declarada cuando te prometí que gozarías como nunca? Creo que, llegados a este punto, es hora de que reconsideres si estás dispuesta a llegar hasta el final. Pero has de saber una cosa: Sergio seguramente está usando algo idéntico con Margaret, y no tengo la menor duda de que ella está disfrutando como lo harás tú si eres valiente y te dejas llevar. ―levantó ligeramente lo que tenía entre las manos y lo aproximó un poco más a mí, para que lo viese mejor―. Como has podido deducir, se trata de un falo tallado en marfil. Margaret y yo compramos dos idénticos durante un viaje que hicimos a Costa de Marfil. Nos resultaron curiosos y no lo pensamos dos veces. Con mayor motivo, cuando nos explicaron que en una tribu de aquel país los usaban en determinados ritos tribales…

―¡Ya! Todo eso lo entiendo. Y veo que te has aprendido el manual de uso ―ironicé―. Pero… ¡Es que es enorme!

―Exactamente cinco centímetros de diámetro por treinta de largo. Luego tiene esta anilla que se sitúa en el lugar donde se pretende poner el tope. Por tu constitución… ―Thomas me miró detenidamente la zona íntima. Luego prosiguió―. Calculo que por el coño entrará bien, sin ningún problema; eso sí, no más de dieciocho centímetros. Por el ano costará un poco más, pero, una vez salvado ese obstáculo, fácilmente entrarían unos veinticinco.

―¡Buen ojo pareces tener! ¿No me habrás mentido y el ginecólogo de la familia eres tú? El caso es que lo pienso y no entiendo qué placer obtienes tú metiéndome eso.

―La razón es muy simple. Pretendo que estemos toda la noche, porque realmente me pones muy caliente. Yo, por norma general, soy bastante propenso a correrme con facilidad y no más de dos veces durante una sesión de sexo. Con esto dilatarás lo suficiente para que mi falo entre con facilidad, sin demasiada presión, prolongando de ese modo mis tiempos. De todas formas, eres libre de negarte si es tu deseo.

Nuevamente las palabras de Thomas sonaron a reproche en mis oídos. Imaginé a Sergio con Margaret, haciendo lo mismo que pretendía Thomas, y a ella recibiéndolo con una sonrisa en el rostro, suplicando que se lo metiera hasta que el ano pareciese la entrada de un túnel. Si yo me negaba, seguramente Sergio quedaría en muy mal lugar, y eso no era bueno: luego tendría que soportar sus reproches durante mucho tiempo.

―¡Está bien! Podemos intentarlo a ver qué pasa. Mirándolo bien…, tampoco resulta mucho más grueso que tu polla―dije resuelta―. Pero imagino que tienes algo para que entre mejor… ¡Ya me entiendes!

Thomas se alejó de mí y volvió con un tarro de cristal que contenía una extraña sustancia viscosa e incolora.

―Lo que contiene este tarro es una sustancia muy similar al lubricante anal. Y me atrevería a decir que bastante más efectivo. Está elaborado con miel y otros productos naturales, sin alcoholes ni productos químicos que produzcan escozores o irritaciones. Incluso se puede comer con total confianza. ―Metió el dedo y luego lo chupó con gusto. Acto seguido me lo dio a probar.

―Es cierto ―dije relamiéndose―. Es muy dulce y está delicioso.

―Ten por seguro que no solo terminará gustándote por su sabor, sino por sus efectos también. La primera vez voy a permitir que veas como entra, para que se disipen tus temores. Luego te vendaré los ojos para que no puedas ver. Recuerda que tienes que concentrarte todo lo posible, y eso te ayudará.

―No te creas que estoy muy convencida, pero ve muy despacio, ¡te lo pido por favor!

Sin más preámbulos, Thomas situó su polla en el ano y fue entrando muy despacio, hasta el fondo. A continuación comenzó a meterla y sacarla sin apresurarse, entre diez o doce veces. Luego lo sacó del todo y valoró si la dilatación era suficiente. Le pareció que sí, pero quiso asegurarse y penetró otras cinco o seis veces, por si acaso.

Una vez tuve el agujero bien abierto, tomó el falo de marfil y lo introdujo en el tarro, hasta que se impregno suficientemente. A continuación lo posó en mi ano y yo lancé un grito antes de que entrase un solo milímetro, por si acaso. Thomas se detuvo para pedirme calma, con un susurro, y luego comenzó a empujar hasta introducir un par de centímetros. Intentaba resolverme en el sillón, pero las ligaduras me lo impedían; únicamente era capaz de gritar y acordarme de la madre de aquel cabrón, que seguía profundizando dentro de mí haciendo caso omiso de mis súplicas. Él me pedía tranquilidad, afirmando que mi cuerpo pronto lo aceptaría sin problemas. Yo le decía que se lo iba a meter a él en cuanto tuviese ocasión. Entonces, repentinamente, lo sacó y mis gritos se transformaron en insistentes resoplidos.

―Bien. Lo peor ya ha pasado ―aseguró Thomas antes de introducírmelo de nuevo, sin tan siquiera darme tiempo a decir un simple “NO”.

Aquel energúmeno no parecía tener oídos para mis alaridos y quejas, porque siguió avanzando por mi recto hasta que la abrazadera, que había colocado como tope a veinte centímetros, le impidió profundizar más. Mi respiración era demasiado acelerada y oxigenaba mis pulmones más de lo necesario, lo que me provocó un ligero mareo y una cierta pérdida de consciencia. Ya no sólo me encontraba limitada físicamente, sino que, además, no podía pensar con claridad, circunstancia que aprovechó él para sacar el falo de marfil e introducir el suyo propio. Enseguida los gritos cesaron, y las quejas también, y un extraño placer se apoderó de mí a medida que me sodomizba con mayor ímpetu. Así durante unos pocos minutos.

―Ahora voy a vendarte los ojos ―me dijo―. Es importante que hables tan solo cuando te de pie, no antes. Intenta alcanzar máxima concentración, el silencio te ayudará. Agudiza el oído; percibe cada sonido como algo aislado, fuera de un contexto. No olvides el tacto; siente cada roce en tu piel, cada presión en tu cuerpo, cada penetración en tu interior. Tienes que aprender a separar en tu cerebro las sensaciones, conociendo bien a través de qué sentido llegan al él.

Yo no entendía con claridad el significado de sus palabras, pero mi cabeza asentía dirigida por un movimiento autónomo, como si fuese independiente de mi cuerpo.

―Sí, Thomas, así lo haré ―respondí sin saber muy bien lo que decía.

―Se me olvidaba algo importante ―añadió Thomas―. A partir de ahora olvida mi nombre, quién soy y qué aspecto tengo. Dirígete a mí únicamente como “mi señor”, como si fuese alguien ajeno, alguien desconocido.

Sus palabras llegaban a mi cerebro y yo las interpretaba como pensamientos propios, como si una vocecita en mi interior tratase de guiar mi voluntad.

―¡Sí, mi señor, así lo haré! ―respondí, sorprendentemente entregada.

―Buena chica. Creo que no me costará demasiado lograr mi propósito.

Volvió a distanciarse de mí y regresó con una especie de pañuelo negro, suficientemente largo como para rodear mi cabeza al menos un par de veces si fuese necesario. Luego me lo puso sobre los ojos y lo ató firmemente en mi nuca, dejándome totalmente a oscuras.

―A partir de ahora solo déjate llevar, ocurra lo que ocurra ―me dijo.

―¿Y qué tiene que ocurrir, mi señor? ―pregunté algo más relajada y con un hilo de pánico en la voz.

―Es solo una forma de hablar, mi niña ―respondió con dulzura pero con el puñetero “niña” de coletilla―. Ahora silencio, porque te esperan placeres que jamás has imaginado.

―¡Sí! ―respondí, acompañando mi respuesta con un movimiento de cabeza.

Escuché como se alejaba y luego el sonido ronco de una butaca al ser arrastrada por el suelo. Deduje, por la intensidad de los sonidos, que había colocado la butaca delante de mí a no demasiada distancia. Nuevamente el ligero chasquido del mechero anunció que Thomas seguía empeñado en suicidarse lentamente. Entonces dijo algo que me convertía en cómplice de su propósito.

―Esta noche estoy fumando más de lo normal ―se lamentó―. Siempre me ocurre en estas situaciones, pero esta vez es diferente. ¡Tú tienes la culpa, Mónica!... ¡Me excitas demasiado!

Su comentario me molestó mucho, ¿para qué negarlo?, y varias veces le mandé a la mierda mentalmente, a pesar de que me moría por escupírselo a la cara. Pero pensé que podía tratarse de una especie de trampa para ver si yo caía en ella y abría la boca para hablar. ¡No le di el gusto!

Durante unos diez minutos el silencio fue casi absoluto. Yo trataba de imaginar qué sería lo que estaba haciendo y un pensamiento predominaba sobre los demás. Lo veía contemplándome con ojos lascivos, analizando cada uno de mis limitados movimientos, observando cómo mis pechos subían y bajaban levemente, siguiendo el ritmo de mi respiración, y afirmando para sí mismo, como ya había hecho un tiempo atrás, que eran los más hermosos que había visto en su vida y felicitándose por ser un tipo con suerte. Entonces su voz volvió a llegar a mis oídos, confirmando, más o menos, que mi pensamiento no iba muy desencaminado.

―Realmente me encanta tu coño, Mónica. Los labios son carnosos y sin apenas pliegues, abiertos para mí como una flor que recibe los primeros rayos de sol.

Yo no podía imaginar de donde sacaba frases tan cursis, pero las decía de un modo tan peculiar que lograban conmoverme.

―¡No puedo más! ―exclamó, y la butaca crujió al levantase de ella.

No tardé en notar que respiraba agitadamente, situado entre mis piernas, antes de colocarme algo en el coño e introducirlo de un solo empujón.

―¡DIOS! ―exclamé y me mordí el labio inferior con fuerza.

Por un momento pensé que me había clavado el falo de marfil, exactamente hasta los dieciocho centímetros que había calculado que entrarían. Supe que no era así cuando sus testículos golpearon mi ano repetidamente y con la misma frecuencia que las penetraciones. El placer que me proporcionaba era inmenso y compensaba con creces el largo rato que estuve esperando inmóvil, ansiosa por sentirle dentro de mí, desesperada por recibir una simple migaja de atención. No tardé en encharcar mis entrañas abundantemente, mientras me mordía la lengua tratando de no pronunciar palabras que desobedeciesen su mandato: un nuevo castigo podría ser peor que el primero.

Sin tiempo para recuperarme, Thomas salió de mí y se dispuso a infringirme nuevamente dolor. Aquella situación comenzaba parecer una especie de juego en el que unas sensaciones daban paso a otras diametralmente opuestas. Otra vez comenzó a tantear mi agujerito con el trozo de marfil que unos indeseables africanos habían tallado. En esta ocasión lo introdujo con menos miramientos, profundizando unos cinco centímetros de golpe, sin que escapase de mi boca sonido alguno. Acto seguido, otro violento empujón enterró el falo otros tantos centímetros, con el mismo resultado de mi parte: silencio absoluto. El último envite fue desgarrador y, si las matemáticas y mis sensaciones no fallaban, debieron ser como quince centímetros de golpe. Obviamente apreté los dientes y mis labios  permanecieron mudos. La situación parecía una especie de tira y afloja en el que ninguno de los dos tenía intención de dar su brazo a torcer; al menos yo no.

Por desgracia Thomas tampoco tenía intención de rendirse, y me lo demostró sacando y metiendo el instrumento una y otra vez, sin hacer paradas intermedias y con extrema violencia. Tras la tercera embestida el dolor había desaparecido o, cuando menos, se hizo mucho más soportable hasta que dejó de intentarlo.

―¡Sorprendente! ¡Realmente sorprendente! ―exclamó Thomas―. Tu voluntad es férrea y te aferras a ella con uñas y dientes. Ciertamente admiro ese espíritu rebelde que pone cara de perro al sufrimiento. En esta ocasión mereces un premio. Antes voy a esperar a que se cierre el agujerito lo suficiente para estimularme, porque me has puesto tan cachondo que necesito correrme con urgencia. ¿Quieres que lo haga?

―¡Sí, mi señor! ―le dije totalmente perturbada―. Sabes que estoy indefensa y que puedes hacer conmigo lo que quieras. Es más, yo misma te lo suplicaría si las ligaduras no existiesen.

Pasados un par de minutos, la dilatación de mi agujerito debió parecerle apropiada y tomó posesión de él. De ese modo me estuvo dando por el culo hasta que finalmente derramó la leche sobre mi pubis, justo en el momento en que un nuevo orgasmo convulsionaba mis entrañas. Quedé exhausta y sin moverme, sin fuerzas suficientes para al menos intentarlo. Luego volvió a dejarme sola, la butaca crujió y su mechero prendió el enésimo cigarrillo.

Durante una media hora ambos permanecimos callados. Yo pasé ese tiempo tratando de recrear en mi cerebro una escena que mis ojos no habían visto, encajando todas las sensaciones captadas por mis sentidos en una especie de puzle mental. Por su parte, yo no tenía una idea precisa de lo que hacía, salvo cuando chasqueaba el dichoso encenedor, pero lo imaginaba contemplado mi cuerpo, sin prestar atención a mis emociones, a mis deseos incontenibles de ser poseída nuevamente. Y es que en aquel momento, en el que la oscuridad cegaba mis ojos, estaba dispuesta a lo que fuese con tal de sentir, aunque fuese, una leve caricia en mi piel. Mil veces quise implorar con palabras obscenas que me follase sin compasión y que me colmase de dicha, pero no podía hablar, no debía hacerlo.

Un rato más tarde, le escuché levantarse y caminar por la estancia, de un lado a otro, en pequeños paseos de apenas seis o siete pasos. Finalmente cambió de rumbo y vino a mí, se acomodó nuevamente entre mis piernas abiertas y me la clavó en el coño repetidamente, luego simplemente salió antes de correrse y arruinar el resto de la noche.

Repitió la misma rutina un par de veces a lo largo de unos veinte minutos: tres chasquidos de mechero, para ser más precisos. Tras la última, percibí que su paseo era más largo de lo normal, doce pasos justos. Deduje que el único tramo que permitía tantos era el que conducía a la puerta de salida. Salí de dudas en el momento que escuché como se abría y luego se cerraba un par de segundos más tarde.

En un primer momento pensé que iba al baño o a buscar más cigarrillos, pero tardaba demasiado y descarté ambas posibilidades. Luego me dio por pensar que tan solo se trataba de una farsa y que me observaba en silencio, sin tan siquiera haber abandonado la estancia. Esa posibilidad fue descartada igualmente después de media hora; no le creía capaz de aguantar inmóvil tanto tiempo; hubiese sido demasiado estúpido, incluso para él.

De ese modo pasé algo más de una hora. Incluso creo que debí dar una ligera cabezada, aunque también pudo tratarse de un momento de máxima relajación. Sea como fuere, el caso es que finalmente la puerta se abrió y percibí aquellos pasos tan familiares acercase a mí. Mi felicidad fue plena y me moría por hacerle infinidad de preguntas, pero me contuve.

―Ya estoy aquí ―me susurró―. He salido a dar una vuelta para que estuvieras a solas y te relajases tal y como te pedí.

―Pero…

Ahogó mis palabras colocando un par de dedos en mis labios.

―Silencio, mi niña, no hables ―volvió a susurrarme―. Ha llegado el momento que tanto has esperado. Voy a conseguir que alcances el clímax, tal y como te he prometido. Ahora ven conmigo.

Con calma fue liberándome de las ligaduras y luego me ayudó a incorporarme. Caminamos hasta que mis pies percibieron el suave tacto de los cojines y luego me pidió que me arrodillase sobre ellos. Noté cómo él también lo hacia antes de acostarse.

―Ahora quiero que me montes tal y como los has hecho esta tarde en la piscina ―me ordenó sin incrementar el volumen de su voz, con extrema dulzura.

A tientas me coloqué en posición y él hizo el resto, apuntando con la verga al coño para que yo simplemente me dejase caer. Inmediatamente mi cuerpo se puso en movimiento, subiendo y bajando cada vez más acelerado. Entonces escuché un leve ruido que ninguno de los dos habíamos producido. Pensé que Thomas había estado durante su ausencia con Sergio y con Margaret, y que luego habían venido los tres, seguramente después de someterla a todo tipo de placeres entre los dos. ¿Querrían repetir conmigo? Esa simple posibilidad me desesperaba y me moría porque así fuera.

―Túmbate sobre mi pecho, Mónica, que tengo una sorpresa para ti ―dijo Thomas y tiró de mí. Pensé que me había leído el pensamiento y me dejé hacer, sin oponer resistencia.

Con todo a su favor, Sergio se arrodilló a mi espalda y me la fue hincando en el culo hasta lo más profundo. Desde ese momento los dos se movieron ágilmente, sin escatimar el más mínimo esfuerzo. Yo seguía su ritmo como buenamente podía, en medio de una especie de bocadillo humano. Así estuvimos hasta que Sergio dejó de sodomizarme y derramó la leche sobre la zona donde convergen culo y espalda. Pocos segundos más tarde, Thomas me proporcionó un orgasmo que convulsionó todo mi cuerpo.

―Ahora cambiemos de posición, mi reina ―dijo Thomas―, que yo también quiero correrme follando ese precioso culito. ¿Quieres que te la meta por ahí?

―¡Sí, mi señor! Deseo con todas mis fuerzas que me lo abras bien y me sodomices a placer.

Sin más que decir, Sergio se puso debajo de mí y la hundió en el coño, dejando restos de semen en los labios vaginales antes de entrar. Luego Thomas entró por detrás y volvieron a deleitarme durante un rato más.

―Ahora voy a meterte la polla en la boca, Mónica ―dijo Thomas―. Quiero que me la chupes hasta que me corra. ¿Verdad que te vas a tragar mi leche del mismo modo que haces con la de Sergio? Él me ha dicho que lo haces de un modo muy peculiar.

―Mi señor. Mi mayor deseo es complacerte en todo lo que me pidas. Intentaré estar a la altura de tus expectativas.

No tardó en situarse delante de mí y metérmela en la boca. La chupé con ganas al tiempo que la otra verga entraba y salía del coño. Al poco el torrente inundó mi boca, extraje todo lo que pude y luego alcé la cara para que Thomas viese como lo tragaba.

―Bien, mi niña viciosa. Te has portado muy bien. Ambos estamos muy satisfechos ―dijo Thomas.

―Gracias, mi rey. Gracias a los dos, porque ambos me habéis proporcionado places nunca conocidos. ¿Ya puedo quitarme la venda?

―¡No! No, preciosa. Deja que te observe durante un rato más. Luego te la quitaré y podrás ir a dormir.

―De acuerdo. Como desees.

Más o menos permanecí sentada en el sillón una hora más, en la misma postura pero sin ligaduras que me uniesen a él. Durante ese tiempo Thomas y yo charlamos animadamente y no se me hizo tan pesado soportar la oscuridad en la que llevaba sumida ya demasiado tiempo. Pero me extrañaba el silencio de Sergio, no era normal, no en un chico que pocas veces era capaz de mantener la boca cerrada. Pensé que posiblemente  le excitaba interpretar el papel de mirón y verme sometida por un desconocido, sabiendo que estaba a merced de este y que podía disponer de mí cuando quisiera. Entonces ocurrió algo que añadía más intriga al asunto.

―¿Ya te vas? ―le preguntó Thomas.

El otro le debió responder con un gesto, porque yo no escuché palabra alguna.

―Conforme. Entiendo que es tarde y que quieres dormir. ―respondió Thomas al supuesto gesto―. Pero antes despídete como Dios manda de esta golfilla.

Que me llamase “golfilla” no me gustó un pelo, pero lo dejé correr; tampoco era cuestión de terminar mal la noche por algo así. Entonces el ‘misterioso mirón’ se acercó a mí y pensé que me iba a dar un beso o algo parecido. Pero no era el caso, porque sin esperarlo se abrió camino con la polla en el coño y comenzó a follarlo. Para mí había quedado claro que ya no habría más sexo, que todo estaba finiquitado, pero me vino bien otro poquito y no tardé en acompañar sus movimientos al tiempo que le regalaba gemidos de todo tipo. Cuando se corrió sobre mi vientre, se retiró y sonó un portazo al salir de la habitación, maldije a aquel cabronazo que ni tan siquiera había tenido la delicadeza de darme un beso o mostrar algún gesto amistoso. Es que ni siquiera se dignó a darme las buenas noches. En fin, que ya estaba más que harta y aquello había sido la gota que colmaba el vaso, y así se lo hice saber a Thomas tras quitarme la venda y ver la luz. Él argumentó que no tenía la menor importancia, que tan solo se había integrado en el ambiente que habíamos creado. La respuesta me pareció razonable, pero no apaciguaba mi rabia. Un buen rato después terminamos la discusión y ambos nos fuimos a dormir.

Al llegar a mi dormitorio, encontré a Sergio y a Margaret tirados en la cama, totalmente desnudos y roncando como dos rinocerontes. Pude ver caído en el suelo el segundo falo de marfil, idéntico al que Thomas había usado durante un rato para torturarme. Imaginé cómo lo debió pasar la pobre y eso, en cierto modo, me reconfortaba; al menos no había sido yo la única tonta. Como estaba muy cansada y los ojitos se me cerraban, me tumbé en el extremo de la cama que quedaba libre y gané un poco más de espacio con un par de codazos en las costillas de la hija de la Gran Bretaña.

Al día siguiente me desperté y los pájaros habían abandonado el nido. Tras ducharme, vestirme como las personas y arreglarme un poco el maquillaje, bajé justo en el momento en que ponían la comida en la mesa. Comimos sin que nadie mencionase lo sucedido durante la noche, como si un pacto de silencio no establecido se interpusiese. De todas formas yo no tenía el más mínimo deseo de airear lo sucedido durante una noche tan extraña.

Por la tarde nos despedimos en el mismo lugar donde nos habíamos saludado por primera vez, y Sergio y yo emprendimos el viaje de vuelta a casa. Yo no tenía intención de sacar a relucir lo ocurrido al final de la noche, pero mi lengua era menos paciente que mi cerebro y salió a paseo.

―Por cierto, Sergio. Que sepas que eres bastante grosero. Al menos un beso no hubiese estado de más.

El me miró con gesto de sorpresa o como si el asunto no fuera con él.

―¿Qué no te di un beso? ¿Cuándo tenía que darte un beso? No entiendo de qué me hablas.

―Conmigo no te hagas el loco, porque no cuela, Sergio. Al menos esperaba un poco de tacto por tu parte tras follarme el coño y darme por el culo. ¿Te daba vergüenza que Thomas te viese? ¿Pensaste que te vería como una nenaza si le dabas un beso a tu chica?

―Desde luego. Ni sé lo que fumaste anoche, ni si te sentó mal la cena, pero no dices más que tonterías. Yo estuve toda la noche con la inglesa y no salimos del dormitorio. Tú misma nos viste antes de acostarte salvo... que estuvieses drogada perdida como sospecho.

―¡Bueno! ¡Está bien! ―exclamé enfurecida por cómo me tomaba el pelo―. Dejémoslo correr, que ya lo hablaremos con más calma.

Aquel día no dejé de pensar en el asunto, pero decidí abordarlo pasados unos días, cuando el rio estuviese menos revuelto. A lo largo de la semana saqué el tema tres o cuatro veces y la respuesta de Sergio siempre fue la misma, eso sí, evitando el comentario de mal gusto sobre si estaría drogada.

Aquella situación me tuvo mosqueada durante mucho tiempo. No conseguía que se me fuese de la cabeza por mucho que me decía a mí misma que era una tontería sin mayor importancia. Por un lado valoraba la posibilidad de que Sergio me hubiese mentido, pero con el paso de los días, cuando careciese de importancia, un tipo como él me lo habría dicho, aunque solo fuera para hacerse el machito. Pero, por otro lado, cabía la posibilidad de que dijese la verdad y, en ese supuesto… ¿Quién debía ser aquel personaje misterioso? ¿Realmente había sido real, o fruto de mi imaginación? Esta última posibilidad parecía la más sensata, teniendo en cuenta el ambiente enrarecido en que se había desarrollado todo, sin pasar por alto el tema de los aceites aromáticos, porque también cabía la posibilidad de que alguno de ellos tuviese propiedades alucinógenas y Sergio no fuese muy desencaminado al afirmar que debía estar drogada.

A día de hoy me lo sigo preguntando y tengo una teoría más que razonable que podría explicarlo: por un lado, hubo un buen rato en el que Thomas me dejó sola, cuando yo pensaba que se habría unido al festín entre Sergio y Margaret; luego, si descarto a Sergio, pudo volver acompañado posiblemente de un vecino, amigo o compinche con intención de pasar un buen rato a mi costa y salir impunes los dos. Y lo peor de todo es que yo no quise volver a repetir la experiencia con aquella pareja, por lo que no me daba la cara para llamar al escocés y preguntárselo abiertamente, más que nada porque me hubiese mentido si era cierta mi teoría.

Pero, bueno, me quedo con lo positivo. Lo importante es que disfruté bastante más de lo que cabría esperar y que aprendí mucho respecto al sexo psicológico, que tiene un gran valor para mí. Si tengo razón o no respecto a mi teoría, nunca lo sabré… Y vosotros, amigos lectores… ¿Qué opináis?... ¿Realmente fui violada sin saberlo o Sergio se hizo el loco para que así lo creyera?

 

...Besos para quienes han llegado hasta el finaL

...¡¡GRACIAS!!...

 

 

© ® 2.014 Mónica DELUX

 

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