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El hijo de mi vecina (II)

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RESUMEN

Llega el momento de profundizar algo más en la relación con mis nuevos vecinos. En una sola noche caen madre e hijo.

A partir de aquel día, la amistad con Silvia se afianzó y no pasaba día en que no nos viésemos para charlar, en mi casa o en la suya. También seguía con la rutina ya adquirida de ducharme con la ventana abierta para que Juan pudiera masturbarse conmigo cada tarde, pero no había decidido todavía ir más allá. De momento, mi interés se centraba en atraer a Silvia hacia el lado oscuro del sexo, con el propósito de convertirla en cómplice y compañera de mis aventuras. Además, representaba un auténtico reto, porque su vida sexual había sido muy pobre y, durante los últimos diez años, inexistente, excluyendo el autoplacer. Me confesó cosas realmente sorprendentes, como que nunca había hecho una felación, porque se casó muy joven con su marido y a éste le parecía que ese tipo de cosas no debía hacerlas una mujer decente. Por supuesto, nada extraordinario podía esperarse de su historial sexual, reducido a practicar con su marido la tradicional postura de misionero y en ocasiones cada vez más espaciadas. Me confesó que lo más atrevido que había hecho en su vida era probar el semen de mi dedo y que aquello le había excitado. Seguía siendo muy recatada en su forma de expresarse sobre el terreno sexual.

- Pues eso tiene que solucionarse Silvia, te tienes que comer una buena polla –le dije enérgicamente.

- Pero es que me daría mucha vergüenza, no sería capaz de hacérselo a un hombre – me respondió llena de inseguridad –no me atrevería después a mirarle a la cara.

- No tienes por qué mirarle a la cara, si quieres puedes chupar una polla anónima –repliqué.

- ¿Cómo? No te entiendo –preguntó Silvia.

- Pues eso, que te puedes comer una polla sin ver a la persona a la que pertenece.

Le expliqué a Silvia qué eran los locales liberales y, en particular, el pasillo francés o glory hole que algunos de ellos tenían. Silvia no dejaba de asombrarse con mis conocimientos sobre ese mundo, hasta que se atrevió a preguntar.

- ¿Pero es que tú has estado en un local de esos? –inquirió Silvia.

- Sí, pero en la ciudad donde vivía antes, hay un par de ellos que me traen muy buenos recuerdos –le respondí recreando vivencias anteriores.

- ¿Hiciste eso que me dices… lo del pasillo francés? –volvió a preguntar con creciente curiosidad.

- Sí, varias veces

- ¿Con cuantas….? – repuso Silvia sin llegar a terminar la pregunta, le costaba hablar abiertamente de temas sexuales.

- ¿Cuántas pollas me comí? Pues dependía del día, en una ocasión llegue a chupar 5 pollas distintas – respondí sin tapujos.

- ¿Y te tragaste el semen de 5 hombres? – su incredulidad iba en aumento, a la vez que su excitación, que resultaba evidente en su rostro.

- Claro, es que me gusta su sabor, además cada uno tiene su toque diferente –añadí con picardía.

- Pero, ¿no te da reparo?, por el tema de SIDA y demás… -replicó Silvia claramente preocupada.

- Siempre era en ambientes sanos, en locales en los que eso se controla mucho ¿sabes? Para participar en el pasillo tienes que aportar pruebas documentales de que no padeces ninguna enfermedad contagiosa - respondí para tranquilizarla –y a ti, ¿te gustaría probar algo así? Ya te digo, no tendrías que mirar a la cara a nadie, solo disfrutar de una polla en tu boca.

- No sé… - su aturdimiento resultaba evidente, luchando entre su educación represiva y su deseo de experimentar nuevas sensaciones – de todas formas, tampoco conozco ningún lugar como los que dices.

- Tú déjalo en mis manos y mientras te lo piensas, si te atreves a hacer algo así o es solo palabrería de mojigata – agregué para ver su reacción.

La conversación quedó ahí, con un silencio por parte de Silvia que denotaba que lo que le había contado, lejos de escandalizarla o incitarla a repudiarme como amiga, había sembrado una semilla en su interior que empezaba a luchar por abrirse camino entre sus prejuicios y prohibiciones morales a las que durante tanto tiempo se había aferrado ciegamente. Más tarde, ya en la intimidad de mi apartamento, y mientras me duchaba a la atenta vista de mi vecino voyeur, me masturbé de espaldas a la ventana, con los ojos cerrados, recreando la visión de Silvia postrada de rodillas devorando una polla anónima que salía por un agujero de la pared, como yo había hecho en otras ocasiones. Estaba ansiosa por atraparla en el mundo del sexo desenfrenado y, con ese pensamiento, me corrí para placer mío y de mi observador.  

A la mañana siguiente hice algunas llamadas a viejos amigos y conseguí el teléfono de un pequeño local en la ciudad, tan discreto que era prácticamente desconocido, salvo para los más iniciados en el ambiente liberal. Llamé al número y me respondió una mujer que, tras darle mis referencias de cómo había conseguido su teléfono, se mostró muy amable y dispuesta. Me dio la dirección del local para hablar más cómodamente sobre lo que me interesaba, así que quedé con ella aquella misma tarde. El local estaba en un barrio del extrarradio de la ciudad, con una fachada discreta y sin ninguna referencia al tipo de negocio o actividad que se ejercía dentro. Me recibió una mujer de mediana edad, bastante atractiva, y me invitó a pasar. Una vez traspasado el umbral, el ambiente cambió radicalmente. Toda la austeridad y simpleza de la fachada era reemplazada por una estancia de estilo muy acogedor, agradable y de cuidados detalles. Marta, la dueña del local, me acompañó hasta su despacho, al fondo de la estancia, que pude observar funcionaba a modo de distribuidor de varias salas  cerradas, como habitaciones contiguas. Su despacho era discreto pero elegante, transmitiendo el estilo de aquel local, que me produjo una agradable sensación de comodidad.

- Bueno querida, ya veo que tienes buenas referencias, no todo el mundo nos conoce, ni tampoco lo deseamos – dijo Marta una vez acomodada en su silla -¿en qué puedo ayudarte?

- Busco unos cuantos chicos sanos para un pasillo francés, es un regalo para una amiga

- ¿Cuántos?

- Cuatro es un buen número

Marta me sonrió y me dijo que no había problema, que tenía una buena agenda de colaboradores siempre dispuestos a una oferta como esa. Le agradecí su disposición y concertamos que la avisaría con suficiente antelación para prepararlo todo.

Aquella noche cené con Silvia y Juan en su apartamento y, después, cuando Juan se fue a su habitación, le pregunté si había pensado en lo del día anterior.

- Sí, lo he pensado mucho –me replicó

- ¿y?

- Que sí –respondió Silvia titubeando – que me gustaría probarlo.

- Ya lo suponía, por eso te dije que yo me encargaría de todo. Pues prepárate para mañana por la noche, que lo vas a disfrutar.

Le conté lo de Marta y su local liberal y del acuerdo al que habíamos llegado, aunque me reservé el número de hombres que habría, quería que fuera una sorpresa. A continuación siguieron una serie de preguntas acerca de la seguridad de aquello, de si no podría escaparse de las manos, si tendría alguna consecuencia negativa para ella, etc. Me dedique a desterrar todos sus miedos hasta que empecé a verla más confiada y sus reservas comenzaron a disiparse.

- Pero es que me va a dar mucha vergüenza y además no sé cómo hacer eso… chupar una polla –contestó al fin después de un largo tiempo de excusas.

- ¿Quieres que esté contigo y te ayude? –por supuesto ya había pensado en no perderme la ocasión, pero así quedaba más sutil.

- ¿Harías eso por mí? Sí, me gustaría que me ayudaras, porque sola no sé si me atrevería a hacerlo – alegó Silvia.

- Pero para que te sientas en situación, deberías salir mañana y comprarte ropa nueva, más sugerente que la que sueles llevar, ya sabes. Y también lencería elegante, el sitio al que iremos lo merece –le propuse- si quieres te acompaño.

- Gracias Laura, eres una gran amiga.

Lo primero que hice a la mañana siguiente fue llamar a Marta y preguntarle si el encuentro podía ser esa noche, a lo que ella repuso que no podría confirmármelo hasta el mediodía, porque debía consultar la disponibilidad de los participantes. Con Silvia fui de compras y le aconsejé para que eligiese la ropa para la ocasión, aprovechando también para renovar su conservador “fondo de armario” y cambiarlo por prendas que resaltasen sus curvas. En particular, elegimos un vestido negro entallado, que le quedaba justo por encima de las rodillas y resaltaba sus amplias caderas y su trasero. Cuando Silvia se vio en el espejo con él, replicó:

- No sé, demasiado ajustado, parezco… una buscona

- Para lo que vas a hacer esta noche deberías sentirte un poco zorra ¿no crees?

Silvia me miró enojada por mis palabras, pero al instante pareció reflexionar y tomar conciencia de que yo tenía razón, que lo que pensaba hacer, aunque todavía no parecía totalmente convencida, iba mucho más allá de sus límites morales, así que si realmente estaba dispuesta a cometer esa locura, lo mejor era ponerse en situación. Se volvió de nuevo hacia el espejo y esta vez pude ver cómo se dibujaba en su cara una expresión de picardía al contemplarse con aquel vestido ajustado que la hacía muy sensual y atractiva. Empezaba a gustarse a sí misma en su nuevo papel. En una tienda de lencería elegimos un conjunto elegante, negro con encajes, conjuntado con medias y liguero. Por último, unos hermosos zapatos negros de tacón de aguja completaron la jornada de compras. Sobre la una del mediodía recibí la llamada de confirmación de Marta, que me dijo que había seleccionado a cuatro hombres que no me decepcionarían, aunque ellos también tenían unas expectativas altas. Le respondí que no se preocupase, que aquellos machos se marcharían con los huevos bien vacíos. Cuando le comenté a Silvia que quedaba confirmado lo de la noche, su nerviosismo alcanzó nuevos límites, viendo ya tan cercano su desafío. Durante el resto de la mañana no paró de preguntarme sobre el plan de esa noche, y repetía continuamente que no sabía si sería capaz de hacerlo. Cuando llegamos a casa, me despedí de ella no sin antes recordarle:

- Te quiero bien guapa ¿vale?

- Vale –respondió escuetamente.

Con toda la situación yo estaba caliente y ansiosa porque llegara la noche y poder ver si Silvia sería capaz de comportarse como esperaba. Tampoco me olvidaba de Juan, mi voyeur favorito, y decidí que mi juego con él ya debía pasar a una nueva etapa, así que ideé un plan para conseguirlo. Después de comer, bajé a casa de Silvia con mi portátil y le comenté que tenía un problema con él y que si Juan, que le gustaban los ordenadores, podría echarme una mano con ello. Por supuesto Juan no puso ningún reparo en ayudarme, siempre silencioso pero solícito. Le expliqué cuál era el supuesto problema técnico (en realidad ninguno), a lo que respondió que se lo dejase un rato para tratar de solucionarlo, que luego me lo subiría a mi apartamento. Yo, maquiavélicamente, había dejado en el escritorio “por descuido” una carpeta llamada vídeos, donde puse un par de archivos de mi colección privada. Se trataba de la grabación de un trío que tenía como protagonistas a mi ex marido, un amigo suyo y a mí. En el primer video se veía en primer plano como chupaba ambas pollas, alternándome entre una y otra. Debo reconocer que soy una magnifica felatriz y, después de muchos años de experiencia y de haber probado de todos los tamaños y grosores, he conseguido una maestría en ese arte que me lleva a que no haya polla, al menos hasta ahora, que no haya conseguido tragarme entera. Es algo que me encanta, sentirme ahogada por una buena barra de carne que me llene la boca y notar los pelitos del pubis hacerme cosquillas en la nariz.

Pues en aquel vídeo había una buena dosis de demostración de mis dotes, con primeros planos de cómo aquellas pollas desaparecían dentro de mi boca, donde las retenía durante unos segundos para pasar a atender a la otra y darle el mismo tratamiento. Más adelante del vídeo podía apreciarse como mis dos amantes se alternaban en follarme la boca a su antojo, sin darme pausa ni descanso. Ese regalito se lo había dejado en homenaje a la rubia del vídeo que había visto en su ordenador, para que comparase. En el segundo vídeo se veía como recibía una doble penetración y disfrutaba como una loca sintiéndome llena. No tenía ninguna duda de que para José sería inevitable echar una ojeada al contenido de mi portátil, era como la miel para un oso y, la verdad, no le había puesto muchas dificultades para que los encontrase.

A media tarde sonó el timbre de la puerta. Era Juan que venía a devolverme el ordenador “ya arreglado”, así que le invité a pasar. Le ofrecí un refresco mientras encendía el ordenador para comprobar el resultado de su trabajo.

- No habrás estado cotilleando en mis cosas ¿verdad? –pregunté maliciosamente

- No.. no, claro que no –respondió Juan zozobrado.

- Ya claro, como a ti no te gusta espiar… -seguí provocándole.

- ¿A qué te refieres? – dijo poniéndose a la defensiva

- No te hagas el tonto Juan, ¿te crees que no sé que me espías desde la ventana cuando me ducho?

Agachó la cabeza y le noté profundamente avergonzado por su comportamiento, creo que estaba al borde del llanto.

- Yo… lo siento mucho, es que… -empezó a balbucear como defensa

- Vamos, no seas bobo, si a mí no me importa, de hecho me gusta que me mires

En ese momento alzó la mirada y vi un aturdimiento total en sus ojos, no sabía qué pensar ni cómo reaccionar a mis palabras. Así que yo seguí como si nada.

- Entonces qué, has visto los vídeos que tengo en el portátil ¿verdad?

- Sí… - dijo lacónicamente

- Y en tu opinión ¿crees que chupo bien una polla? ¿o lo hacen mejor las de los vídeos que tienes en tu ordenador?

Ahora su desconcierto era total ¿cómo había llegado yo a ver lo que tenía en su ordenador? Seguía viendo la extrañeza en su cara, pero también notaba como su amiguito empezaba a despertarse entre sus pantalones.

- Bueno yo creo que la mejor forma de juzgar es con una demostración práctica ¿no?

Ante la incrédula mirada de Juan, con ojos desorbitados, le hice levantarse del sillón, me arrodillé lentamente y empecé a desabrochar su pantalón.

- Juan, ¿te han chupado alguna vez la polla?

Juan negó con la cabeza, sin perder detalle de cómo bajaba sus pantalones hasta los tobillos mientras le miraba a los ojos y seguía provocándole.

- Pues si esta va a ser tu primera mamada, la vas a recordar el resto de tu vida, relájate y déjame hacer a mí.

Tiré de sus calzoncillos y ante mí se presentó una polla de tamaño considerable, bastante gruesa aunque no demasiado larga, justo como a mí me gustan. Me metí su capullo en la boca y empecé a darle pequeñas succiones, moviendo a la vez la lengua sobre su punta. Sabía que Juan, debido a su inexperiencia, no me iba a durar mucho, así que tras un breve periodo de preparativos, me la saque un momento y le dije seriamente:

- Mírame bien y no pierdas detalle

Juan abrió los ojos como platos y me observó fijamente. Coloqué ambas manos en su culo y abrí la poca para empezar a tragarme aquella polla hasta que sus huevos tocaron mi barbilla, donde me detuve para sentir cómo invadía mi boca y se acomodaba a ella. La punta me llegaba casi a la garganta, pero no suponía un problema, cosas más largas habían entrado en ella. Empecé a mover mi cabeza hacia delante y hacia atrás, haciendo que la polla entrase y saliese de mi boca, aunque sin llegar a sacármela del todo, mientras atraía su cuerpo hacia mí en cada envite, empujando su culo. En menos de 1 minuto Juan no pudo más y me anunció que estaba a punto de correrse. Me la saqué de la boca y mientras le pajeaba lento le dije:

- ¿Quieres echármelo en la cara o quieres que me lo trague?

- Qué te lo tragues… –dijo entrecortadamente – por favor

- Tienes que pedírmelo bien –le desafié

- Trágatelo… zorra

- Eso está mejor –respondí

Metí su polla de nuevo en mi boca, rodeando el capullo fuertemente con los labios mientras aceleraba el movimiento de mi mano en su tronco, hasta que a los pocos segundos sentí la primera descarga de leche, que salió disparada hasta mi paladar. Juan gemía como si fuese a desmayarse y hasta sus piernas temblaron mientras iba corriéndose. Mantuve apretados los labios para evitar que se escapase nada, sintiendo las siguientes descargas, menos intensas pero igualmente abundantes. Buena carga que llevaba Juan en los testículos. Retuve la mayoría del líquido en mi boca y, cuando noté que había terminado su eyaculación, me retiré lentamente de su polla y le miré, abriendo la boca para que viese que estaba llena de su semen para acto seguido, cerrarla y tragar su contenido. No puedo negar que me gusta el sabor del semen, y sobre todo si es el de un chico joven, así que mi cara refleja el placer que me supone hacerlo, y eso es lo que vio Juan mientras me tragaba su leche. Después, le di unos cuantos chupetones a su polla para dejarla limpia de restos y dejé que volviese a sentarse en el sillón para recuperar las fuerzas.

- Qué, ¿soy mejor que las que ves en tus vídeos o no? – pregunté de nuevo

- Eres fantástica Laura, ha sido increíble

- Pues entonces, a partir de ahora no quiero que desperdicies tu leche espiándome o viendo vídeos, quiero que vengas a mi casa y me la des en la boca. Y ahora tienes que irte que tengo que arreglarme –le dije manteniendo el control sobre la situación.

Juan se levantó, desconcertado, se subió los pantalones y, viendo que lo decía en serio, salió de mi apartamento, con la cabeza echa un gran lío, aunque supongo que muy satisfecho. Me arreglé para salir y a las 10 bajé a casa de Silvia, que me abrió la puerta. Estaba realmente sexy, muy maquillada y vestida con la ropa que habíamos comprado por la mañana. La elogié por su aspecto, aunque seguía notando su inseguridad.

- Vámonos, que me da vergüenza que Juan me vea así, no sabes lo que me ha costado arreglarme sin que él se dé cuenta.

- Pero si estás guapísima mujer, no veo que tiene de malo que tu hijo vea que su madre es una mujer sexy – respondí intentando animarla.

Llegamos en taxi hasta el local de Marta, que parecía tan solitario como el día anterior. Marta nos recibió y, tras las presentaciones, nos acompañó a una de las estancias del local. Abrió la puerta y nos invitó a pasar, guiñándome un ojo a modo de “ya sabes lo que hay que hacer” y cerró la puerta. Era una sala amplia, elegantemente decorada, como el resto del local, aunque sin muebles. El suelo estaba cubierto por una enorme alfombra que ocupaba casi toda la habitación, salpicada por una gran variedad de cojines, de diferentes tamaños y colores, distribuidos por el suelo. La pared más larga de la habitación tenía una serie de agujeros situados a diferentes alturas y distribuidos de manera simétrica. Una suave música de fondo y una iluminación agradable completaban la decoración.

- Bueno, ¿y ahora qué? – inquirió Silvia, pálida por el nerviosismo.

- Ahora a esperar

A los pocos segundos, una polla que, aun estando en estado de reposo, tenía unas buenas dimensiones, hizo su aparición por el agujero central de la pared. Silvia dio un respingo al verla, probablemente era la primera que veía desde hacía mucho tiempo. La cogí de la mano y la acerqué hasta la pared, invitándola a ponerse de rodillas a la vez que yo hacía lo mismo.

- Qué buena polla, ¿verdad Silvia? Vamos, ahora tienes que ponerla en forma

- Pero no sé qué hacer, ¿cómo empiezo?

- De momento, acércate a ella, huélela e imprégnate del olor a macho - respondí

Silvia acercó su nariz y se embriagó con aquel aroma, y supe por su acelerada respiración que había comenzado a excitarse, por lo que aquello no tenía vuelta atrás.

- Ahora saca la lengua y pásala por ella – le dije, viéndola absorta en su labor.

Parecía hipnotizada por aquella herramienta y, con los ojos cerrados, empezó a pasar su lengua a lo largo del tallo, haciendo que empezara a ganar tamaño y, en pocos segundos, se convirtió en una hermosa polla, dura como una barra de hierro.

- Métete el capullo en la boca y mueve la lengua mientras –le indiqué.

Obedientemente, Silvia seguía mis instrucciones, haciendo lo que le sugería. Se introdujo el glande en la boca y empezó a masajearlo con la lengua, a la vez que soltaba pequeños suspiros. Aquello le estaba encantando. Me situé detrás de ella y susurrándole al oído, la animaba y le iba dando indicaciones de cómo debía hacer su labor. Mientras seguía ensimismada en chupar, una nueva polla hizo su aparición en el agujero contiguo.

- Mira, ahí tienes otra, ¿no quieres cambiar de sabor? – dije sacándola de su trance.

Como una autómata, Silvia se acercó a la otra polla y repitió la operación anterior, metiendo el capullo en su boca y moviendo la lengua.

- Tienes que seguir prestando atención a la otra, que no se ponga celosa –dije, llevando su mano izquierda hasta la polla del primer agujero, empezando un movimiento de masturbación lenta.

Solté su mano y Silvia siguió sola. Me retiré un poco y observé la estampa. Silvia de rodillas, vestida elegantemente, con una polla en la boca y otra en su mano, abandonada a la lujuria y superados sus miedos, y decidí que ese era mi momento. Me acerqué de nuevo a ella y, mientras seguía susurrándole al oído lo que debía hacer, agarre sus pechos y comencé a sobarlos. Ella se dejó hacer, sin dejar de atender a las dos vergas puestas a su disposición, así que empecé a bajar su vestido hasta dejarlo a la altura de su cintura y volví a sobar sus tetas por encima del sujetador.

- Ahora tienes que intentar meterla más adentro – le dije, sugiriéndole a la vez que cambiase de nuevo de polla.

Se situó de nuevo frente al agujero central y se metió hasta la mitad, para empezar a sacarla y meterla despacio de su boca, sin olvidarse de trabajar con su mano la otra polla. Cada vez se la veía más suelta y empezaba a disfrutar de verdad del placer de chupar. Desde detrás de ella, bajé mi mano hasta encontrar su coño, que estaba totalmente empapado. Introduje la mano por la braguita  y empecé a masturbarla, despacio, mientras le susurraba al oído lo bien que lo estaba haciendo.

- Te gusta ¿eh? así, disfruta de una buena polla, que vas a convertirte en una estupenda  zorra.

Silvia jadeaba por mis caricias sin sacar la polla de su boca, volviendo a cambiar de agujero sin que yo le dijera nada y alternando el tratamiento a ambos hombres. Subí su vestido por detrás y bajé sus bragas. Me coloqué a cuatro patas y acerqué mi lengua a su coño. Un nuevo respingo de Silvia al sentir el contacto, pero ningún reproche, así que empecé a pasar la lengua arriba y abajo, desde su clítoris hasta su ano, arrancándole más suspiros que se ahogaban en su boca llena. Ya la tenía en mis manos y sabía que podía hacer con ella lo que quisiera.

Me coloqué a su lado y sin dejar de masturbarla con la mano izquierda, me lancé a ayudarla con aquella polla, pasando la lengua por el trozo que quedaba fuera de la boca de Silvia. En un momento dado, la agarré del pelo y la separé de la polla para estamparle un beso lleno de pasión que ella me devolvió sin pensar, juntando su lengua con la mía.

- Tienes que mejorar tu técnica zorrita –le dije

Y mientras la seguía agarrando por el pelo, hundí mi boca en aquella herramienta hasta que mis labios hicieron tope con la pared, manteniéndola ahí unos segundos antes de retirarme. Silvia pareció asombrarse de mi habilidad, aunque no dijo nada, sólo se dejaba llevar por el morbo. La empujé de nuevo sobre la polla y la obligué a que la tragase, hasta que noté que le sobrevenía una arcada, y no quise forzarla más, tampoco quería que se llevase una desagradable experiencia. Para servirle de ejemplo, yo me dedique a la otra polla, haciéndola entrar y salir de mi boca por completo, viendo como Silvia intentaba imitarme aunque le costaba meter más de la mitad. Tras un rato de tratamiento, noté que el macho de mi agujero estaba ya a punto, así que agarré a Silvia de la mano y la atraje hacia mí, haciéndola abandonar su tarea.

- Prepárate para recibir tu primera corrida Silvia – le dije, mientras masturbaba con energía aquella verga caliente, sintiendo que estaba a punto de estallar.

Obedientemente, Silvia abrió su boca y sacó la lengua, esperando ansiosa. Apunté la polla hacia ella y en pocos segundos, un torrente de semen salió disparado. El primer chorro cubrió de arriba abajo el rostro de Silvia, que se sobresaltó al sentirlo, pero me encargué de que los siguientes cayeran dentro de su boca. Hasta 6 disparos seguidos soltó aquella polla, que llenaron por completo la boca de Silvia, la cual seguía bien abierta.

- Ahora cierra la boca y degusta su sabor –le indiqué cuando terminó la eyaculación.

Silvia cerró la boca y tragó y, por su expresión, descubrí que acababa de engancharse al sabor, porque eso es algo que no se puede disimular. Me lancé a su cara y empecé a lamer el semen que la recorría, para recogerlo en mi boca y ofrecérselo en un tórrido beso. Nuestras lenguas se fundieron compartiendo el premio. La acerqué de nuevo al otro agujero y le dije:

- Bien zorra, ya sabes cómo hacerlo, sácale toda la leche a este macho.

Silvia puso todo su empeño en conseguir que aquel hombre se corriese rápido, chupando y moviendo su mano como yo le había enseñado. Mientras tanto, colocada a su lado la seguía masturbando, metiendo varios dedos en su húmedo coño. La corrida no se demoró, soltando una descarga tan abundante como la anterior que Silvia tragaba al ritmo que salía, a la vez que notaba como empezaba a correrse, contrayendo los músculos de la vagina sobre mis dedos y soltando aullidos de placer ahogados. Cuando terminó de correrse la cogí del pelo y la obligué a que compartiera los últimos restos de semen conmigo.

Silvia se tumbó exhausta sobre la alfombra, con el vestido recogido sobre su cintura y su cara brillante de semen. Sin darle tiempo a reponerse, me tumbé sobre ella y empecé a comerme su coño, pasando la lengua por todo su contorno, deteniéndome en su clítoris para succionarlo como a una pequeña polla. En poco rato le arrancaba un nuevo orgasmo que me llenó la boca de fluidos que tragué gustosamente. En ese momento, dos nuevas pollas ocuparon el sitio de las anteriores en los agujeros de la pared.

- No has terminado todavía, te queda bastante faena – le dije a Silvia

La hice levantar y la acerqué hasta el primer agujero. Cogiéndola de los hombros, le di la vuelta, para que quedara de espaldas a él y la empujé lentamente para que la polla fuese entrando despacio en su coño hasta tenerla completa dentro. La hice inclinarse y empecé a moverla hacia delante y atrás a mi antojo, controlando el ritmo de la penetración, a la vez que sobaba sus tetas.

- Ves lo guarra que puedes ser Silvia, te vas a convertir en una gran zorra, como yo, y vas a disfrutar de muchas pollas. A partir de hoy tu vida será distinta.

Como una muñeca entre mis manos, la atraje hacia mí, haciendo que la polla abandonase su coño y la moví hasta la altura del otro agujero, para empujarla hasta quedar empalada de nuevo. Así estuvimos un buen rato, cambiando de agujero y de macho, al ritmo que a mí se me antojaba, sin que Silvia replicase lo más mínimo, sólo dejándose llevar por la lujuria del momento. La polla que en cada momento no estaba dentro de ella no dejaba de recibir atención de su mano mientras aguardaba su turno. Veía como Silvia disfrutaba y se corría una y otra vez mientras magreaba sus tetas. Después de más de 20 minutos de alternar entre ambas pollas, llegaba el momento del premio.

- ¿No quieres más leche caliente Silvia? –le pregunté

- Sí, quiero mucha leche, quiero sentirme sucia – me respondió, siendo las primeras palabras que salían de su boca desde que comenzó aquello.

Le hice dar la vuelta y arrodillarse, sujetando con una mano su cabeza frente a la polla, que empecé a masturbar frenéticamente con la otra. Cuando noté que llegaba la eyaculación, empuje su cabeza para que tragara lo máximo que pudiera de polla, sin llegar a ahogarla, y le dije.

- Esta es otra forma de recibirla, no te apartes hasta que termine, y ve tragando para no atragantarte.

Noté las palpitaciones de la polla y los espasmos al salir los chorros de semen. Silvia no se apartó y aguantó estoicamente, mientras veía cómo su garganta hacia esfuerzos por tragar toda aquella descarga a medida que iba saliendo. Un par de lágrimas cayeron de sus ojos por el esfuerzo, pero nada de líquido salió de su boca, hasta que se retiró y tomó una gran bocanada de aire para respirar. Su boca estaba limpia, al igual que la polla que acababa de disfrutar.

- Si no te importa, la última me la tomo yo, que de ésta no me has dejado ni probarla, guarra – le repliqué.

Me lancé hacia la otra polla y empecé a mamarla con fruición, demostrando mis habilidades ante los atónitos ojos de Silvia, que veía como aquel hermoso ejemplar de verga, larga y gruesa, desaparecía completamente en mi boca. En pocos segundos ya estaba disfrutando del sabor de su leche en mi paladar, que tragué con gran gusto. Me tumbé junto a Silvia en la alfombra y la besé para compartir los últimos restos. Algo más repuesta, le pregunté:

- ¿Qué te ha parecido, te ha gustado?

No hubo respuesta. Se deslizó hacia abajo y, con ansiedad, me subió la falda, apartó mis bragas y hundió su cara en mi entrepierna, empezando a mover torpemente su lengua. A pesar de no haberlo hecho nunca, la pasión con la que recorría mis labios vaginales con la lengua me llevaron en poco tiempo al orgasmo, que ella recibió con gusto en su boca. Volvió a subir hasta que nuestras caras quedaron juntas y me respondió:

- Me ha encantado, nunca había disfrutado tanto en la vida, ni sabía que podía existir algo así. Gracia Laura.

 

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