DIARIO DE UNA EXHIBICIONISTA.

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RESUMEN

Confesiones de una mujer exhibicionista.

Soy un hombre joven y me gusta pasear por mi ciudad siempre que tengo un rato libre. A veces elijo para el paseo zonas bulliciosas y otras busco calles más tranquilas. Hace poco, caminando por un barrio humilde, encontré un diario tirado en el suelo junto a un contenedor de recogida de papel y cartón. Iba a pasar de largo, pero el color rosa de la tapa me llamó la atención. Así que decidí agacharme y cogerlo. Estaba en buen estado y llevaría poco tiempo allí. Supongo que se caería del contenedor al ser volcado por los operarios. El caso es que me lo guardé para curiosear su contenido cuando llegase a casa. 

De regreso a casa, me puse cómodo y abrí el diario. Era de una tal Verónica y solamente tenía escrito un tercio de las páginas. Leí por encima el comienzo del diario, que me sirvió para saber que Verónica tenía 26 años, que trabajaba de auxiliar de enfermería y que le gustaba cuidarse físicamente. Además la joven contaba algunas vivencias buenas y no tan buenas que le habían ocurrido últimamente.

Pero al pasar varias páginas hubo una que me llamó la atención y que hizo que me pusiera a leer el resto de páginas con  más detenimiento. Se leía lo siguiente: “No sé lo que me ocurre de un tiempo a esta parte, pero he notado un claro incremento de mi deseo sexual. Me masturbo casi a diario, me he comprado algunos juguetes eróticos y ropa mucho más sexy de lo normal. Deseo sentirme observada por  hombres desconocidos y que se exciten conmigo. Para ello he empezado a practicar exhibicionismo. Lo he hecho ya en tres ocasiones, aunque sin llegar a algo escandaloso: a lo máximo que me he atrevido es a abrir mis piernas cuando llevo falda y mostrar mis braguitas a los hombres a los que quiero calentar. La primera vez lo hice sentada en un banco del parque, la segunda agachándome en múltiples ocasiones en un centro comercial simulando querer coger algún producto y la tercera sentada en las gradas de un partido de baloncesto. Ver cómo me miraban y el bulto que se les formaba  bajo el pantalón me excitaba mucho.

El problema es que ahora quiero más, quiero ser todavía más atrevida y llegar más lejos en mis juegos exhibicionistas: ya no me conformo con mostrar mis braguitas. He decidido lo siguiente: el próximo sábado le enseñaré mi coño a todo hombre que se siente o pase delante de mí”. 

La lectura de esta parte del diario había aumentado mi curiosidad y, además, había hecho aflorar en mí morbo y excitación. Así que pasé la página y me propongo contar lo que leí desde ella hasta la última página escrita en el diario:

“Hoy sábado por fin he llegado más allá en mis exhibiciones. Al final me he atrevido a hacer más cosas de las previstas. Y no me arrepiento en absoluto de lo que he hecho, todo lo contrario: pienso repetirlo en cuanto pueda.

Esta mañana, como tenía previsto, tocaba calentar algunas vergas y sentirme excitada a la vez. Me levanté temprano para aprovechar la mañana al máximo. Antes de ducharme lo que hice fue elegir el vestuario que me pondría para la ocasión: tenia que ser algo sexy y que atrajera las miradas masculinas (del resto me encargaría yo solita). Me decidí por una camiseta azul de mangas largas bastante ceñida, por una minifalda negra que no me llegaba ni a la mitad de los muslos, por unas medias-pantys finas de color marrón y por unos zapatos negros. No me iba a poner ni sujetador ni bragas (se trataba de mostrar mi sexo). El hecho de seleccionar la ropa y de imaginarme con ella puesta hizo que en mi vagina se desatasen las primeras palpitaciones del día. Entré en la ducha y comencé a acariciarme mi sexo y el clítoris con los dedos. Poco a poco fui penetrándome con ellos hasta alcanzar el orgasmo. A continuación me rasuré todo mi vello púbico, pues quería deleitar con un coño completamente depilado. Me duché, me sequé y comencé a vestirme. Primero me puse las medias-pantys marrones: al ser finas mi sexo se podía ver perfectamente a través de ellas. A continuación me puse la minifalda negra: era tan corta y estrecha que con cualquier movimiento al sentarme o agacharme se me subiría todavía un poco más y facilitaría una visión perfecta de mi coño recién depilado. Después me puse la camiseta azul, tan ceñida que mis pezones se marcaban nítidamente. Por último me calcé los zapatos negros, cogí las llaves de casa, las guardé en un pequeño bolso y salí a hacer realidad mis fantasías exhibicionistas.

Me dirigí hacia la parada del autobús que lleva al Museo Histórico de la ciudad. Antes de llegar a la parada me crucé con un chico joven que fijó descaradamente su vista en mis pezones marcados y con un hombre de unos 40 años que me miró de arriba abajo y se giró para mirarme el culo. Yo acababa de masturbarme y de correrme en la ducha, pero la actitud del chico y del hombre hizo despertar otra vez mi excitación. Y así, excitada y con la vagina humedeciendo mis pantys, llegué a la parada del autobús. Únicamente había un señor de unos 60 años esperando el bus. Yo, pícara y juguetona, le di los buenos días con una amplia sonrisa. Él se giró me devolvió el saludo y en su rostro reflejó la sorpresa de ver a una chica vestida de forma tan sexy. 

A los pocos minutos llegó el autobús, que venía casi vacío debido al día (sábado) y a la hora (10.00). El hombre me dejó pasar gentilmente y yo ya tenía claro que él sería el primer afortunado en verme el coño. Pasé a la parte trasera del autobús, donde todos los asientos estaban vacíos, y me senté. Estaba casi convencida de que aquel hombre me seguiría y se sentaría cerca de mí. Efectivamente, pese a que había multitud de asientos vacíos, eligió el que estaba justo enfrente de mí. Seguro que esperaba algún descuido mío para poder verme las bragas y de camino aprovechaba para deleitarse con mis tetas marcadas por la camiseta. Lo que no imaginaba es que le iba a dar tantas facilidades para verme no las bragas, sino el coño.

Me había sentado con las piernas cruzadas y la minifalda se me subió un poco, como me había imaginado. Le estaba regalando la posibilidad de contemplar casi al completo mis muslos. El hombre no le quitaba ojo a la zona de mi entrepierna, esperando algún cambio de postura por mi parte que le mostrase algo más que los muslos. Y decidí que el momento había llegado: giré la cabeza hacia la ventanilla para hacerme la distraída y en ese mismo momento descrucé las piernas dejándolas abiertas. Sabía que aquel hombre acababa de verme la vagina. Me quedé mirando por la ventanilla unos segundos y después miré la cara del hombre: estaba boquiabierto y los ojos casi se le salían de las órbitas. Cuando se dio cuenta de que lo miraba, trató de disimular y agachó la cabeza, pero al instante volvió a levantarla y a fijar sus ojos en mi entrepierna. A mí la situación me tenía excitadísima y noté cómo mis pantys estaban completamente empapados en la zona de mi sexo por mis flujos vaginales. El hombre estaba sentado tan cerca de mí que tuvo que ver lo húmeda que yo estaba y la mancha que se extendía cada vez más en la entrepierna de mis medias. Él tampoco podía disimular el gran bulto que se le había formado bajo su pantalón y sin dudarlo más comenzó a masajearse la zona. Yo me abrí un poco más de piernas y me subí más la minifalda para aumentar su disfrute: la minifalda ya no me cubría nada y la tenía casi enrollada en mi cintura. Estaba sentada frente a aquel hombre con las piernas abiertas y mostrándole al máximo mi coño a través de los pantys. En ese momento él ya no aguantó más y trató de bajarse la cremallera de su pantalón para sacar su polla, pero no tuvo tiempo y se corrió encima, manchando de semen la parte delantera de su pantalón. Nervioso y sudoroso se levantó y se bajó en la siguiente parada. Yo aproveché que me había quedado sola en el autobús y que el conductor estaba a lo suyo para llevarme la mano a mi coño y acariciármelo a través de los pantys. Mis flujos traspasaron las finas medias y mojaron el asiento del autobús. Al llegar a la última parada, me volví a colocar bien la minifalda y bajé del bus.

Me dirigí hacia el museo, cuya fachada era antigua. De hecho la parte trasera iba a ser rehabilitada, pero la rehabilitación se había parado por falta de fondos. Allí permanecían varios andamios colocados y una caseta para los obreros abandonada. En los periódicos locales habían aparecido protestas, porque la caseta era usada por parejas y por prostitutas para practicar sexo con los clientes. Sin embargo ni los responsables del museo ni el ayuntamiento habían tomado aún medidas.

Cuando llegué al museo eran casi las 11.00 y ya había un cierto movimiento de turistas entrando y saliendo. Para acceder al museo hay que subir unas amplias escaleras, que muchos turistas aprovechan para sentarse a descansar un rato antes o después de su visita al museo. Yo decidí sentarme allí en uno de los escalones situado a mitad de la escalera. Mi intención era que los hombres que subieran pudieran verme el coño casi desde el comienzo de la escalera. Así que después de sentarme dejé las piernas abiertas y me puse a esperar a que subieran. Saqué un libro del bolso y empecé a hacer como que lo leía para hacerme la entretenida. Al poco tiempo apareció un grupo de turistas bastante numeroso. Cuando pasaba delante de mí, miré de reojo y pude ver las caras de grata sorpresa que se les quedaba a los hombres. Incluso alguna mujer también miraba con curiosidad. Unos 14 o 15 tíos me acababan de ver la vagina y seguro que no cambiaban eso por cualquier cosa que vieran en el museo. Uno de ellos volvió a bajar algunos escalones, se detuvo, preparó su cámara fotográfica y simulando fotografiar la entrada del museo, me sacó varias fotos a mí y a mi húmedo coñito. Al pasar a mi lado me lanzó una sonrisa. Estaba convencida de que usaría esas fotos para masturbarse y eso aumentaba mi deseo sexual. 

Cuando ya estaba satisfecha con el resultado de mi exhibición y estaba a punto de levantarme del escalón, apareció subiendo la escalera un hombre de unos 50 años. Decidí quedarme sentada y que aquel hombre fuera el último afortunado del día en ver mi sexo. Cuando el hombre estaba ya casi a mi altura, su cara de sorpresa le delató: le acababa de ver de forma inesperada  la vagina a una mujer joven. Todavía con la cara de asombro subió un escalón más, se detuvo, se sentó justo delante de mí y empezó a darme conversación. Ahora la sorprendida era yo: ese hombre había aprovechado muy bien la situación y no le importaba la conversación que estaba intentando entablar conmigo; lo que quería era estar allí sentado el mayor tiempo posible y no quitarle ojo a mi coño. Como vio que yo le seguía la corriente en la conversación y que no cerraba las piernas, miraba mi sexo cada vez de forma más descarada y prolongada. Sabía ya que me estaba exhibiendo delante de él, que no era ningún descuido mío.

Mi coño empezó a mandarme otra vez señales de excitación y no era para menos: tenía allí sentado justo delante, a unos 10 cm, a aquel hombre que tan de cerca estaba aprovechando al máximo la oportunidad que se le había presentado de ver un sexo joven y completamente depilado. Yo le miré al pantalón y comprobé que tenía ya la polla dura. No pude resistir más, le cogí la mano y se la coloqué en mi entrepierna sobre los pantys. Él aprovechó para acariciarme la zona y al cabo de unos segundos sacó la mano. La humedad de las yemas de sus dedos evidenció mi grado de excitación. Se acercó los dedos a la nariz para poder olfatear el olor de mi coño. Llevada por el calentón del momento, le dije que me acompañase y nos encaminamos a la fachada trasera del museo, donde estaba la caseta abandonada.

La  puerta de entrada no ofreció ninguna resistencia y accedimos sin dificultad. Lógicamente no había luz eléctrica, pero la pequeña ventana de cristal que había en una esquina permitía la entrada de la luz suficiente para poder ver. Le eché un vistazo al interior de la caseta y no había ningún tipo de mobiliario. En el suelo había varios preservativos usados, un zapato de mujer y hasta un tanga rojo. Le conté al hombre que había estado exhibiéndome toda la mañana y que ya no aguantaba más: necesitaba sentir una polla dura penetrando en mi cuerpo. Él, sin dudarlo, comenzó a bajarse los pantalones hasta quitárselos. Su slip azul estaba ya manchado de líquido preseminal. Le quité el slip, mientras él hacía lo propio con la camisa. Su polla erecta no era muy larga, pero sí gruesa y valdría para saciarme (cualquier polla lo hubiese conseguido en ese momento). Cuando empezó a quitarme la camiseta, me rozó los muslos con su verga lo que me provocó un suspiro. Mis dos tetas generosas y coronadas por dos pezones oscuros quedaron liberadas de la opresión de la camiseta. Él se entretuvo un rato manoseándolas y chupando los pezones, mientras yo aprovechaba para masajearle los testículos. Los tenía duros y creo que bien cargados de semen (supongo que hacía bastantes días que el hombre no había tenido una eyaculación). 

Por fin dejó mis senos y comenzó a bajarme la minifalda, que resbaló por mis muslos y tobillos hasta tocar el suelo. Y allí me tenía casi desnuda por completo: únicamente me quedaban puestos los pantys. En el muslo izquierdo tenían ya una carrera producto de la intensidad de la mañana. Él me dijo que me tumbara en el suelo. Así lo hice y a continuación me separó las piernas con tanto ímpetu, que se escuchó un chasquido: la costura de los pantys en la zona de la entrepierna había estallado, dejando al aire mi coño y parte de mi culo, pues empecé a notar de forma más evidente en la zona baja de los glúteos la frialdad del suelo sobre el que estaba tumbada.´

Él aprovechó el agujero de los pantys para introducir su verga en mi vagina. Las penetraciones con  esa  polla dura, tiesa, caliente me provocaron varios espasmos vaginales hasta que terminé  corriéndome. El hombre aceleró sus movimientos, sus testículos chocaban una y otra vez contra mí, hasta que todo se detuvo: él empezó a gemir y noté cómo varios chorros de semen me mojaban por dentro. Tras unos segundos con su polla hundida en mi coño, se la saqué y me la llevé a la boca para saborear las últimas gotas de su leche. 

Estaba plenamente satisfecha, al igual que él. Cuando creía que el placer se había acabado, el hombre me dijo que me diera la vuelta y que pusiera el culo en pompa. Le obedecí y lo primero que hizo fue tirar de los pantys y desgarrarlos por completo. Se quedó con ellos en la mano y los arrojó al suelo hechos jirones. Entonces humedeció mi ano con saliva y fue introduciéndome su verga lentamente hasta quedar totalmente  hundida dentro. De repente empecé a notar un líquido caliente inundando mi ano: el hombre estaba orinando dentro de mí. Cuando acabó y sacó la polla, gran parte del orín salió rebosando de mi ano y chorreaba por mis muslos. Era la primera vez que me hacían algo así y tengo que reconocer que me gustó mucho. 

El hombre ahora sí dio por terminada nuestra sesión de sexo. Estaba sudoroso, comenzó a vestirse y me dio las gracias por el buen rato que había pasado conmigo. Se despidió con un beso y abandonó la caseta. Yo cogí del suelo las medias desgarradas y me sequé un poco el ano y los muslos. Volví a arrojarlas al suelo deshechas y empapadas de orín, me puse la camiseta, la minifalda y los zapatos y me apresuré a abandonar también la caseta.

Regresé a casa caminando y pensando ya en repetir próximamente mis juegos exhibicionistas.”

Ahí terminaban las anotaciones del diario. Yo estaba incrédulo y excitado a la vez por lo que acababa de leer. Dudaba que fuera cierto, de modo que esa misma tarde fui al citado museo, busqué la fachada trasera y, efectivamente, había una caseta abandonada. Entré y en su interior encontré todo como lo había descrito la chica: la ventana pequeña de cristal en la esquina, un par de condones usados en el suelo, el tanga rojo y el zapato y la prueba definitiva: los pantys marrones que la chica había dejado allí destrozados. Los olfateé y desprendían un fuerte olor a orín seco.

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