Amor Filial

Trillizos depravados

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RESUMEN

Una trama llena de rencor, ingratitud, celos, envidia, malos entendidos y mucho morbo

Instrucciones de lectura

Este relato se compone de un prefacio y cinco capítulos, cada uno de los cuales puede considerarse como un relato completo, focalizado desde el punto de vista de un personaje diferente. Es decisión del lector leer todo el trabajo completo de una Solka vez o un capítulo por día para no sentir que es demasiado largo.

Esta es una historia imaginaria. Opiniones, reflexiones, conceptos y acciones de los personajes pueden no corresponder con los puntos de vista del autor.

¡Que lo disfruten!

Elykner Drorheck

Prefacio

Elena despierta jadeante y sudorosa. Las mantas de su cama están revueltas, como si en vez de un intenso sueño erótico hubiera tenido una auténtica experiencia sexual. Palpa su vagina y descubre sin sorpresa que su húmeda intimidad clama por ser atendida. La soledad pesa, pues viene acompañada por el disgusto de sentirse remplazada.

Hace apenas seis meses se divorció, su ex marido la cambió por una secretaria quince años menor que ella; un duro golpe que no termina de asimilar. Al levantarse hace un esfuerzo por sacudirse la tristeza y ponerse en acción; el viaje que tiene previsto será largo. Su cuñado David y sus sobrinos, los trillizos Néstor, Gabriel y Ricardo la han invitado a pasar un mes de vacaciones en el pequeño complejo turístico que han adquirido.

Pensar en David le trae recuerdos de juventud e ilusiones. Elena y Edna, su hermana gemela, conocieron a David cuando los tres tenían dieciocho años, el padre de ellas había mandado construir un solarium en casa y David era uno de los albañiles que trabajaron en la obra.

Le recuerda como un atractivo mulato de intensa mirada marrón. Llegaba el primero, se ponía las ropas de trabajo y laboraba como el que más. Al final de la jornada se duchaba, vestía sus gastadas prendas de pana negra, montaba en su vieja Vespa y se marchaba a la Facultad de Lengua y Literatura.

Un chico interesante que luchaba contra todos los obstáculos por labrarse un futuro. Elena fue la primera de las hermanas en sentirse atraída por él. Cierta tarde le invitó una Coca-Cola en la cocina de la casa, rieron y charlaron unos minutos. Edna, envidiosa como siempre, informó a sus padres de que ella confraternizaba con un albañil. El chico fue despedido sin que se le explicaran los motivos y Elena no volvió a tener noticias de él hasta un año después.

Lo siguiente que supieron de David fue que había sostenido un noviazgo secreto con Edna, quien tenía tres meses de embarazo cuando confesó la verdad a sus padres. El chico se presentó en casa y encaró la situación con valentía. Propuso matrimonio a Edna y juró proveerla de cuanto pudiera. El decreto paterno fue que ella daría a luz y la criatura sería entregada en adopción, para evitar el escándalo social. David desaparecería de las vidas de todos y Edna se iría a vivir a España.

Las cosas no resultaron como sus padres querían. No fue uno, sino tres niños los que nacieron y David no se resignó a perderlos; luchó por llevárselos y consiguió la custodia.

Edna se marchó a Europa y poco tiempo después se casó con un pez gordo de la industria discográfica, un año después dio a luz unas gemelas con la piel lo bastante clara y el apellido lo bastante encumbrado como para ser las nietas preferidas de sus abuelos maternos.

En cuanto a los trillizos, David luchó sin ayuda por hacerse cargo de ellos y siempre procuró que tuvieran incluso más de lo necesario. El entonces muchacho abandonó sus estudios para dedicarse a sus hijos por completo. Trabajó como albañil, chófer, contratista, afanador, estibador o cualquier oficio, sin importar lo humilde que fuera para sacar adelante a sus hijos y construirles una vida digna y llena de oportunidades.

Elena fue la única persona de la rama familiar materna que se interesó por los niños. No pudo colaborar en sus cuidados como hubiera querido, pero procuraba estar presente casi cada domingo. Los llevaba a Six Flaggs, a Chapultepec, al cine o a Mc Donalds. Siempre les compró obsequios de Día De Reyes y cumpleaños. Cuando paseaban juntos los cinco, la gente que la miraba al lado de David suponía que ella era la madre de los trillizos, quienes llamaban la atención por ser idénticos. El padre de las criaturas la miraba con afecto, pero sin intentar estrechar los lazos que los unían. Ella se enamoró de él, pero este fue un sentimiento ahogado y sin esperanzas de continuidad. Cuando ella se casó su marido la obligó a distanciarse de los chicos, no los abandonó por completo, pero los paseos se fueron espaciando.

Ese es el pasado. Ahora los muchachos tienen dieciocho años, ella está divorciada, sus padres ya no controlan su vida y David jamás se casó.

Entra en el cuarto de baño y se desnuda ante el espejo de cuerpo entero.

—Todavía tienes “lo tuyo” —sonríe a su reflejo.

Se pone de perfil y admira la redondez de su trasero, en equilibrio perfecto con sus senos generosos. La cintura estrecha confiere a su cuerpo la forma de clepsidra, tan admirada según los cánones de belleza clásicos. Sus ojos grises refulgen alegres al mirar su cabello platinado revuelto; nada que una ducha y un buen cepillado no remedien.

Canturreando abre las llaves de la regadera y espera a que se regule la temperatura. En ese momento vuelve a mirarse al espejo. Se estremece por un pensamiento candente; David sigue soltero y ella aún es atractiva. De muchachos, cuando paseaban a los trillizos, solían divertirse y pasarlo bien.

¿Quizá en este viaje ella y él podrían establecer alguna relación?

Sus padres pondrán objeciones. Desde su punto de vista sería incesto, si no de sangre, al menos político y social. Además, siempre han sido racistas y clasistas. No importa, por primera vez en su vida no tomará en cuenta las objeciones que ellos puedan plantear.

Los trillizos ya son grandes y quizá tengan reparos en ver que su tía se convierte en su madrastra. Tal vez David no la desee, siendo idéntica a la mujer que lo abandonó con sus hijos para marcharse a España.

Considera que lo más adecuado es hablar con David y quizá llegar a un acuerdo. El solo pensarlo la hace temblar de excitación.

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1 David

El camino ha sido difícil, pero no cambiaría un solo instante o un solo acontecimiento de mi pasado. Desde muy joven combatí contra el mundo para criar a mis hijos. Ellos son trillizos, tan idénticos que incluso ahora, a sus dieciocho años, a veces me es difícil saber quién es quién. Sus nombres son Ricardo, Néstor y Gabriel, pero hemos establecido los apodos en relación a las profesiones que están estudiando. De este modo Ricardo, estudiante de Música, es Rockardo. Néstor, el intelectual (¡Lo heredó de mí!), futuro lingüista y filósofo, es Nerdtor y Gabriel, quien cursa Mecatrónica en el Politécnico es Gigabriel. A mí me apodan Pawíd.

Juntos nos hemos lanzado a la aventura comercial. Adquirí mediante dos préstamos bancarios un antiguo complejo turístico abandonado, al que rebautizamos con el nombre de Valle Paz, buscando eliminar la leyenda que lo estigmatiza. En los años ochentas este lugar perteneció a un grupo vinculado con la mafia, dos bandas rivales se enfrentaron en la zona de los chalets y, luego de la masacre, el gobierno decomisó la propiedad. En este proyecto he empeñado sangre, sudor y hasta el último céntimo, pero valdrá la pena si este mismo verano conseguimos llenar el lugar con turistas norteamericanos o europeos.

Entre los cuatro hemos estado realizando las labores de remodelación, ya tenemos un ochenta por ciento terminado. Faltan detalles de los chalets, las caballerizas y la zona de juegos infantiles. Por hoy decidimos suspender las actividades temprano, pues llega mi cuñada Elena, hermana gemela de la madre de mis hijos.

Aparco la furgoneta en la casa central, inmueble que acondicionamos para nuestro uso. Doy instrucciones a los chicos para que guarden las herramientas y materiales que adquirimos en el pueblo y me dirijo a la cocina. Los muchachos están emocionados pues hace mucho tiempo no ven a su tía; en mi caso, los sentimientos son más profundos y complejos.

Durante mi primera juventud estuve enamorado de Edna, madre de mis hijos. Cuando ella nos abandonó, Elena fue una invaluable presencia en la vida de los chicos y un apoyo moral muy importante para mí. No pude evitar enamorarme de mi cuñada desde aquella época, pero respeté las distancias por temor a ser rechazado; una cosa es que ella quisiera estar cerca de sus sobrinos y otra muy diferente que sintiera algo por mí. Después se casó en un matrimonio arreglado por sus padres y nos distanciamos un poco; me pareció impensable pretenderla en aquella época. Pero la vida nos cambia y nos acomoda, ella está divorciada y yo nunca quise buscar una compañera estable por temor a que mis hijos sufrieran malos tratos a manos de una madrastra. Mi vida sexual ha sido, si no plena, al menos satisfactoria; cuento con algunas amigas afectuosas con quienes a veces comparto momentos especiales, pero sin compromisos permanentes. Mis hijos ignoran esta circunstancia.

La situación con Elena sería diferente, con ella sí deseo algo duradero. Los chicos ya son mayores de edad y pronto comenzarán a volar por sí mismos. Supongo que, después de todo lo que he hecho, no tendrán objeciones en que yo haga mi vida como mejor me parezca. En estos momentos solo temo ser rechazado.

En la cocina condimento y moldeo la carne, prepararé hamburguesas para darle la bienvenida a mi cuñada. La ensalada de col estilo KFC (cuento con la receta original) ya está lista. En el reproductor suena el disco “Dímelo en la calle”, de Joaquín Sabina. Canto por lo bajo la canción “Como un dolor de muelas”. Me siento tan nervioso como un quinceañero que saldrá con una chica por primera vez.

<<¿Llegarán a buen puerto mis ansias?>>

<<¿Habrá por fin un destino para mis pasos?>>

<<¿Encontraré mi verdad primera?>>

<<¿Alguien me querrá de veras?>>

Cuando las hamburguesas están moldeadas y listas para asar escucho el inconfundible rugido de un Pontiac en el sendero. Ha llegado Elena, quizá para ayudarme a resolver mis interrogantes. Me lavo las manos y salgo a recibirla.

Los chicos se me han adelantado y ya la esperan con ansias. Ella viene tan radiante como siempre. Luce un vestido gris con flores estampadas. Ha traído regalos para los muchachos y me felicito por haber pensado en tener un presente simbólico para ella. Tras repartir los besos de rigor los muchachos entran el equipaje de su tía a la casa y lo suben a su habitación.

Nos damos los dos besos en las mejillas y permanecemos abrazados. Noto que se ruboriza, pero no tengo fuerzas para soltarla.

—¡Este lugar es hermoso! —exclama con alegría—. ¡Estoy segura de que será todo un éxito!

—Todo sea por los chicos —respondo—, ellos lo merecen. Se han tomado un semestre sabático para tener todo listo; queremos arrancar este mismo verano. El casino está completo, ya reparamos las máquinas tragaperras, tenemos una ruleta, un bar muy bien surtido y una mesa de pool nueva.

El contacto con su cuerpo me excita y siento que mi erección se pega al vientre de Elena. Ella debe notarla también, pero no dice nada.

Con esfuerzo sobrehumano me separo de ella y, sin soltar su mano, la guío por la casa para mostrarle las habitaciones y el mobiliario que hemos rescatado de los días de esplendor de Valle Paz.

Cuando el recorrido y la charla banal se agotan nos miramos a los ojos. Me pierdo en el gris de sus pupilas, casi a punto de dar el paso definitivo.

—¡Pawíd! —grita uno de los trillizos, no podría precisar quién— ¡Ya montamos la barbacoa junto a la piscina, apúrense para que podamos comer todos!

La magia del momento se fractura. Quizá sea lo mejor, sería muy precipitado abordar a Elena con temas románticos cuando ni siquiera ha desempacado su equipaje. Mi cuñada se retira a su habitación, a hacer lo que sea que hagan las mujeres tras un largo viaje. Yo alcanzo a mis hijos junto a la piscina.

El carbón del asador ya está encendido, los refrescos y las cervezas descansan en la hielera y los chicos están sentados en las tumbonas. Escuchan el disco “Febrero 13”, de Fernando Delgadillo. Su conversación gira en torno a los méritos intelectuales de los canta autores de trova. Se han cambiado las botas por chancletas. Meneo la cabeza y sonrío con resignación.

—No empiecen con sus payasadas hasta que todos terminemos de comer —ordeno.

Por “payasadas” me refiero a un juego que los muchachos inventaron. Cada vez que alguno de ellos hace un comentario demasiado culto o flemático, los otros dos lo arrojan a la piscina. Esto es lo que llaman “hidrovolanda”. En un principio lo hacían entre ellos, pero pronto descubrieron la manera de echarme a nadar a mí también. Tuve que ponerme estricto en cuanto a las condiciones, pues cuando empezaron con todo esto se lanzaban a la piscina vestidos, por lo que arruinaron sus teléfonos celulares. Ahora, cuando hay una víctima, se le concede un tiempo razonable para quitarse la ropa.

Comienzo a azar las carnes y minutos después Elena nos alcanza. Se ha cambiado de vestido y luce fresca, tan deseable como en aquellos días en que los chicos eran pequeños. Se ofrece a ayudarme, pero sé desenvolverme bien; me he pasado la mitad de mi vida cocinando para cuatro, unas hamburguesas no representan mayor problema.

Comemos en un ambiente distendido. Los modales aristocráticos de mi cuñada siempre se imponen, ya sea degustando caviar en un restaurante cinco estrellas de Polanco o comiendo hamburguesas al lado de la piscina, sentada en una tumbona de plástico en compañía de sus sobrinos. No puedo evitar sentirme excitado, mi erección exige ser atendida, me enciende imaginar un acercamiento con Elena.

Los chicos terminan rápido y, en tono lastimero, solicitan permiso para beber unas cervezas. Elena los apoya con un gesto, pero me duele aceptar. Puedo parecer impositivo o estricto, pero no deseo que los muchachos se desmanden; quiero que vayan disfrutando de los placeres de la vida poco a poco. A estas alturas ni siquiera les he permitido tener novia, pues no quisiera que se vieran comprometidos tan jóvenes, tal como a mí me sucedió.

A regañadientes autorizo una cerveza por trillizo.

—¡Buenas las carnazas, Pawíd —reconoce Nerdtor—. ¡Te llenan el alma!

—Mi estimado hermano —comienza Rockardo con una sonrisita—. Hablando de alma y retornando al tema de los ilustres canta autores, quisiera señalar que Ricardo Arjona (lástima de nombre) ha plagiado, de manera descarada y muy notoria para el oído culto, el “intro” de la canción “Alma”, de Alejandro filio, para estructurar la línea melódica de su canción “La intelectual”.

Silba ambas composiciones para precisar los puntos donde ha localizado el plagio. Los chicos y yo sabemos lo que pretende.

—¡Se le aplica una hidrovolanda a Rockardo, por tener razón! —gritan Nerdtor y Gigabriel casi al mismo tiempo.

Rockardo se incorpora y de inmediato se quita la camisa y los vaqueros, quedándose solo con el boxer.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —gritan mis hijos entusiasmados.

Toman al “prisionero” de muñecas y tobillos, lo mecen en el aire y lo lanzan a la piscina. Se sumerge, nada algunas brazadas y sale del agua. Al acercarse a sus hermanos se sacude como un perro para salpicarlos.

—Mi muy impulsivo hermano —dice Gigabriel—, considero preciso recordarte que nos encontramos en presencia de nuestra muy estimada tía Elena. Te conmino a vigilar tus modales (si tienes alguna duda a ese respecto, consulta el “Manual de Carreño”), a fin de que ella no se haga una falsa idea de nosotros. Sería lamentable que pensara que nuestro padre, aquí presente, no ha velado porque tengamos una educación y normas de conducta equiparables a las que se estilan entre las más encumbradas familias del Viejo y del Nuevo Mundo.

Todos reímos por la pomposidad del discurso.

—¡Se le aplica una hidrovolanda a Gigabriel, por engreído! —gritan Rockardo y Nerdtor.

Gigabriel alza las manos en señal de paz y se desviste de inmediato. Cuando sus hermanos van a atraparlo corre alrededor de la piscina.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —gritan los “verdugos” cuando alcanzan a su hermano.

Repitiendo el procedimiento lo toman de muñecas y tobillos, mecen su cuerpo unas cuantas veces y lo lanzan al agua.

Entre risas, sin esperar a que su hermano regrese con nosotros, Nerdtor se arrodilla ante Elena parodiando a un Sir Lancelot de poca seriedad.

—¡Oh, Mi Lady! —abre su perorata— Os ruego que no toméis en cuenta el necio primitivismo con el que se conducen aquellos que, por ventura, comparten mi carne y mi sangre. En realidad sí tienen educación, aunque las pocas luces con que la Madre Naturaleza ha dotado sus escasas masas encefálicas no les permita vislumbrar lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto y lo sosegado de lo turbulento. Ni por asomo lleguéis a concluir que los tres somos iguales. Lo que en modales ellos no saben demostrar, yo, vuestro más humilde siervo, lo supero con creces.

Elena ríe de verdad. Reconozco que los muchachos son divertidos cuando se lo proponen.

—¡Se le aplica una hidrovolanda a Nerdtor, por ser un truhán lisonjero! —gritan Gigabriel y Rockardo.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —corean cuando atrapan a su hermano.

Esperan a que se desvista y, sin muchos miramientos lo lanzan al agua. Enseguida ellos también saltan y la piscina se convierte en una especie de “sopa de trillizos” en la que me es imposible distinguir quién es quién.

—¡Son tremendos! —exclama mi cuñada—. ¡Seguro que no te aburres de ver estas cosas!

—A veces se pasan —reconozco.

Estos son los momentos que más atesoro. Instantes en que mis hijos ya son unos hombres (ahora más altos y fuertes que yo) y conservan el espíritu de juego y camaradería de la adolescencia.

Destapo una cerveza para Elena y otra para mí, es aquí donde llega el momento que debí temer y no supe prever.

—¡Se le aplica una hidrovolanda a Pawíd, por tomarse una birra y no ofrecernos! —grita uno de los muchachos desde el agua.

De inmediato los tres salen de la piscina y me rodean. Durante todo el rato he estado observando a Elena, la deseo y estoy excitado por su presencia. Mi miembro está erecto y temo que ella lo note; cuando nos abrazamos hace un rato ella debió darse cuenta, pero siento que no es lo mismo.

Me desvisto rápido.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —gritan los muchachos como si de un cántico sacrificial se tratara.

Me sujetan con fuerza y me mecen en el aire.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —grita Elena, contagiada por el entusiasmo de sus sobrinos.

Me arrojan. La temperatura de la piscina es perfecta. Tomo aire y buceo un poco, salgo a la superficie y doy unas cuantas brazadas.

—¡Se le aplica una hidrovolanda a Tía Elena, por unirse al coro sin permiso de la Mesa Redonda del Rey Arturo! —grita uno de los muchachos.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —corean los otros dos.

—¡Orden! —intento imponerme—. ¡Respeten a su tía, por favor! ¡Ella no está acostumbrada a sus payasadas!

—Déjalos, David, está bien —señala ella—. Se me antoja un chapuzón y traigo conjunto completo bajo el vestido. No enseñaré más de lo que me verían si fuéramos a la playa.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —gritan los muchachos alrededor de su tía.

Mi verga, ya de por sí erecta, se encabrita bajo el boxer cuando Elena se desabotona el vestido y se lo quita. Trae un sujetador cuya única función parece la de cubrir sus pezones, ya que el volumen y firmeza de sus senos no requiere de ayuda. El tanga es un minúsculo triángulo de tela que oculta su sexo. Al volverse para poner el vestido sobre una tumbona notamos todos que la tira de atrás se pierde en medio de sus redondas nalgas. Mi cuñada no parece consciente del efecto que su cuerpo semidesnudo produce en los cuatro.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —grito desde el agua, buscando romper el hechizo que ha caído sobre los ojos masculinos.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —corean los muchachos, volviendo a la realidad.

No se ponen de acuerdo en la forma que utilizarán para lanzar a Elena al agua. Temen lastimarla si la sujetan por las muñecas y la mecen en el aire. Uno de mis hijos se coloca tras ella y la abraza por las costillas, debajo de los senos. Otro levanta sus piernas e intenta mecerla. El de atrás pierde equilibrio y cae. De repente mi cuñada queda en medio de dos de sus sobrinos, uno por debajo y el otro encima.

—¡Hidrovolanda! ¡Hidrovolanda! —grita ella con el rostro enrojecido.

Todos se levantan y por fin deciden sujetarla por las pantorrillas y los antebrazos. La mecen en el aire y la arrojan. Ella cae del lado profundo de la piscina, me sumerjo para ayudarla a subir.

Bajo el agua tomo la cintura de Elena y ella me abraza con fuerza, utilizando brazos y piernas. Nuestras bocas se encuentran en un beso subacuático, mi verga erecta presiona sobre su coño y ella menea las caderas con deseo. Nos hemos dicho todo o casi todo en ese instante, sin cruzar una sola palabra y con la urgencia de volver a la superficie.

Cuando sacamos las cabezas los trillizos saltan al agua y nadan un rato a nuestro alrededor. Después se van a un rincón de la piscina y juegan entre ellos. Bajo el agua acaricio los senos de mi cuñada y ella introduce la mano en mi boxer para masajear mi erección.

—No me has mostrado todo el complejo —susurra ella con voz melosa—. Dicen que la mejor hora para conocer un casino es cuando los niños se han ido a dormir. ¿Me invitas?

—¿Estás segura? —pregunto—. Si esto es en serio, me encantaría darles a oler cloroformo.

Salimos del agua y nuestra actitud vuelve a ser casi la misma, pero algo ha cambiado, la cita está concertada.

Once de la noche. Todos se han retirado a sus habitaciones. Salgo descalzo de la casa y me deslizo entre las sombras. Llego al casino y abro la puerta, al entrar la dejo entornada tras de mí. Enciendo y regulo las luces, lo bastante para contar con cierta iluminación sin llamar la atención de mis hijos en caso de que alguno se asomara por la ventana. Todo está en orden, disponemos de un amplio sofá tapizado en fina piel, el bar está bien surtido por si nos apetece beber algo y la oficina cuenta con cuarto de baño completo. Minutos después llega Elena.

Mi cuñada viste un negligé de seda gris que, más que ocultar, enmarca sus deliciosas formas. Me excito con la visión de su largo cabello platinado, sus facciones perfectas, el fulgor de sus ojos grises y las formas esculturales de su cuerpo.

Nos besamos, no es el tímido beso de quienes empiezan a conocerse, sino el incandescente contacto bucal de los amantes que se han deseado toda una vida y pretenden saciarse de la mutua presencia en una sola noche.

Nos acariciamos con desesperación, mis manos se apoderan de las nalgas de Elena mientras ella forcejea con mi cinturón y los botones de mis vaqueros. Pronto quedamos frente a frente, desnudos y excitados. Contemplo unos segundos a la exquisita mujer que pronto compartirá la faceta sexual de mi vida.

Volvemos a abrazarnos, esta vez los besos son más pasionales, mi verga erecta queda en medio de sus poderosos muslos, por debajo de su coño que ya se nota húmedo. De su boca paso a sus mejillas, beso sus ojos, su nariz, sus orejas y desciendo al cuello en busca de las zonas erógenas. Beso y succiono, siento cómo se estremece entre mis brazos.

Elena deshace el abrazo, pero no suelta mis manos. Me mira con apasionada determinación. Esta noche lo definiremos todo.

Me empuja hacia la mesa de pool y quedo sentado en el borde, se acomoda entre mis piernas. Acaricio sus tetazas y me llevo una a la boca. Beso y succiono el pezón mientras mis manos masajean todo el seno, desde el costado hasta la amplia aureola. Mi cuñada gime de placer. Repito el tratamiento con la otra teta mientras las manos de ella recorren mi verga desde la base hasta el glande.

Elena se agacha para poner su rostro a la altura de mi erección y, sin preámbulos, se introduce el glande en la boca mientras sus manos juegan con mis testículos. Exhalo un suspiro animal, ella inicia un movimiento de entrada y salida de mi verga dentro de su boca. Al meterla presiona el tronco entre su lengua y paladar, al sacarla hace vacío entre sus mofletes. Jamás ninguna mujer me había dado tanto placer oral. Después retira mi miembro de su boca y lo golpea sobre sus mejillas, lo resguarda entre su barbilla y cuello, lo envuelve con su cabello, lo restriega sobre la piel de sus hombros. Sí, lo está conociendo y catando; me atrevo a imaginar que ha fantaseado con esto.

Coloca mi verga en medio de sus tetas y escupe sobre el canalillo. Estimula toda mi erección con movimientos de sus manos sobre sus senos. Es indescriptible el placer que me produce, contiene aceptación, amor, pasión, deseo y morbo. Con todo, no puedo permitirle que siga, la necesito completa y sé que ella también me necesita a mí.

Interrumpo las actividades de mi cuñada y la invito a sentarse sobre la mesa de pool. Separo sus poderosos muslos para contemplar un primer plano de su sexo. Se ha sometido a la depilación láser y su pubis carece de vellos.

Me sumerjo entre sus piernas para deleitarme con el calor de su intimidad. Mi lengua recorre de abajo a arriba los labios vaginales mientras ella gime desesperada. Su sabor es excitante. Con mi lengua penetro su entrada vaginal para ejercer un movimiento masturbatorio. La estoy saboreando, la estoy conociendo y cartografiando.

Reemplazo la lengua con dos dedos de mi mano derecha y lamo el inflamado clítoris, en lentos movimientos intermitentes de abajo hacia arriba. Con los dedos exploro hacia el interior sin dejar de estimular su nódulo de placer. Dentro de ella toco con mis yemas hacia delante, provocándole gemidos y estertores que recorren todo su cuerpo. Ahora succiono su clítoris con mis labios, mis dedos siguen incrustados en su coño y la escucho gritar de placer. Su primer orgasmo viene acompañado de una descarga de flujo que moja mi rostro.

Me incorporo y volvemos a besarnos. Ella rodea mi cintura con las piernas, circunstancia que aprovecho para sostenerla por el talle, cargarla y llevarla hasta el sofá. La acuesto atravesada sobre los asientos y me acomodo entre sus piernas. Mis dedos vuelven a acariciar su vagina, entran y salen sin pausa mientras nos besamos. Compartimos en nuestras bocas el sabor de su sexo.

—¡Fóllame, no me tortures más! —solicita Elena, a punto de un nuevo orgasmo.

Acomodo sus piernas en mis hombros y las acaricio con deleite. Oriento mi glande a la entrada de su sexo para contemplar cómo sus labios vaginales “besan” mi virilidad. Nos miramos a los ojos. En los suyos veo deseo y decisión, quizá los míos expresan la maravilla de sentirme aceptado por ella. La penetro en un largo y lento movimiento. Mi miembro curveado se abre paso entre los pliegues de su intimidad hasta que la punta toca fondo. He llegado a su matriz y ella lo celebra con un profundo gemido.

Sin movernos me sonríe y presiona los músculos internos de su vagina, entiendo que sabe controlarlos y esta revelación añade más placer a nuestro encuentro. Me muevo despacio, penetro a fondo para retroceder y hacer una pausa a la entrada, sin perder vínculo, pero haciendo el recorrido completo. Controlo mi ritmo respiratorio para prolongar mi placer, mi cuñada presiona y relaja sus músculos internos, sincronizando sus acciones con mis embestidas; nuestros cuerpos se han entendido bien.

Un nuevo orgasmo sacude a Elena, este clímax es profundo, líquido y sonoro. Sus gritos hacen vibrar los cristales de las ventanas. Aun me falta tiempo para correrme.

Acelero en mis movimientos. Nuestros cuerpos se encuentran en impactos poderosos que resuenan en el casino, Elena suspira y gime con cada penetración. Su rostro, enmarcado por su cabellera platinada, expresa toda la lujuria, la liberación y la fuerza apasionada que debió contener durante mucho tiempo. Vuelve a correrse en orgasmos encadenados, sus puños aporrean la tapicería del sofá, su cabeza se agita, sus tetazas se bambolean al ritmo de nuestra cópula. Siento que se acerca mi punto de “no retorno”, contengo la eyaculación hasta que Elena llega a la cumbre de su cadena multiorgásmica. Por fin, con un grito liberador, me vierto dentro en lo más profundo de su coño. Mi simiente choca a presión en sus paredes, hasta el fondo. Es el momento más amado y más ansiado de todo este encuentro.

Cuando nos desacoplamos me siento a su lado. Nos besamos de nuevo y Elena se incorpora para sentarse sobre mis muslos. Mi verga continúa erecta, de acuerdo con mi deseo de seguir disfrutando junto a mi cuñada. Ella la acomoda entre sus muslos y la masturba con suavidad, estoy sensible por mi reciente clímax y sus manipulaciones me electrizan. Se levanta un poco y coloca mi verga en posición de combate para introducírsela despacio y empalarse ella misma. El reingreso a su cuerpo es cálido, húmedo, enervarte. Puedo engancharme y volverme un adicto al sexo con Elena.

Mi cuñada rota sus caderas en una cadencia suave. Mi virilidad ocupa toda su cavidad vaginal, nuestros fluidos lubrican los movimientos.

—¡Me llenas toda! —Exclama— ¡Te siento hasta el fondo!

—¡Me he pasado una vida entera soñando con esto! —declaro.

Sostengo a mi cuñada por la cintura, admiro el movimiento de sus nalgas mientras pasa de un vaivén delicado a unas oscilaciones poderosas. Sus jadeos se vuelven gritos de placer y pronto articula una nueva cadena de orgasmos. Deja caer el cuerpo hacia delante, con mi verga incrustada en lo más profundo de su sexo. La masajeo por detrás, desde los hombros hasta las nalgas. No me he corrido en esta segunda tanda.

—Hay algo que me falta y quiero que tú me lo des —susurra agitada— ¡Quiero hacerlo por detrás!

—¿Estás segura? —pregunto—. ¿Es eso lo que quieres?

Me encanta la propuesta, pero temo lastimarla.

—¡David, te estoy ofreciendo mi virginidad anal, acéptala porque no se me ocurre mejor candidato! —exclama desacoplándose de mí.

Me levanto frente a ella y volvemos a abrazarnos. Tras minutos de intenso morreo se acomoda en cuatro sobre el sofá. Acomodo mi rostro a la altura de sus nalgas y las lamo por completo, a veces muerdo su carne y este contacto nos electriza a los dos.

De sus nalgas paso al canal que las divide, encuentro su orificio anal y lo “picoteo” con la boca. Ella suspira en intermitentes quejidos cuando penetro su culo con mi lengua. Beso su ano con los labios empapados de saliva, después ejecuto succiones profundas que la hacen gritar y sacudirse de placer.

Terminado el beso negro me arrodillo detrás de su cuerpo y penetro su vagina con mi verga. Ella gime en una prolongada expresión de su delirio, estoy estimulando puntos sensitivos diferentes desde un ángulo nuevo. Mi ritmo es intenso y profundo, mientras arremeto de forma controlada recojo los flujos que emanan de su coño para llevarlos a su culo. Penetro su ano con un dedo y sincronizo los movimientos de mi pelvis con los de mi mano; estoy enseñando a su cuerpo a recibir placer anal. Pronto son dos y al final tres los dedos que invaden su cavidad posterior mientras mi verga taladra su coño. Tiene la espalda perlada de sudor, sus rodillas se separan del sofá cada vez que mi glande topa con el fondo de su vagina. A cada arremetida grita y gime; algunas lágrimas recorren sus mejillas. Vuelve a correrse, desesperada, con mi verga en lo más profundo de su coño y tres de mis dedos en su culo, es el momento adecuado, ella está dilatada por atrás y tomo mi decisión.

—Si te duele mucho o no te agrada, lo dejamos y en paz —señalo mientras saco mis dedos de su ano y saco mi verga de su vagina.

—Si no me gusta vestiré los hábitos y me iré a un convento! —exclama desesperada— ¡Fóllame por el culo de una vez y no tengas miramientos, no importa si mañana no puedo sentarme!

Mi verga está bastante lubricada. Coloco el glande sobre la entrada anal de mi cuñada y empujo un poco para insinuarle lo que sigue. Ella afirma bien los brazos y me indica con un gesto que continúe. Penetro despacio, mi mástil vence la resistencia de su esfínter y se aloja poco a poco en la cálida cavidad de ese espacio no explorado. Sostengo sus caderas con mis manos y avanzo poco a poco. Sin tregua y sin pausa llega el momento en que mis cojones chocan con sus labios vaginales. Elena suspira y aprieta mi verga con sus músculos interiores.

—¡Por fin enculada! —exclama— ¡Esto sí es extremo!

Y ella misma comienza un leve movimiento de caderas en busca de la fricción. Acompaso mi vaivén a su ritmo. La estrechez de su ano produce sensaciones maravillosas en mi verga. Con decisión incrementamos el ritmo. Cada vez que la penetro, su recto ejecuta movimientos de expulsión, cuando retrocedo aprieta para contener mi virilidad. Mis manos no se detienen, con los dedos de la derecha estimulo su clítoris mientras que con la izquierda acaricio su espalda.

De la garganta de Elena surgen alaridos de placer que me indican su nuevo orgasmo; se corre en prolongados estertores mientras su recto aprisiona mi verga. Ya no deseo contenerme más. Penetrando a mi cuñada hasta el fondo de su culo me vierto, haciendo que mis gritos de placer se unan a los suyos.

Caemos desmadejados y nos abrazamos en el sofá. Después de un intenso morreo encendemos los cigarrillos de rigor y descorcho cervezas para los dos.

—¿Qué le diremos a los trillizos? —pregunto.

—De momento nada —responde ella—. Quiero disfrutar de lo nuestro sin sentirme presionada. Pasemos unos días así, en secreto. Si vemos que nos llevamos bien podemos decirles lo que pasa.

Asiento resignado. No me gusta guardar secretos a mis hijos, pero entiendo su punto de vista. Accedo a todo lo que ella proponga.

Volvemos a abrazarnos y nuestros cuerpos exigen de nosotros más, mucho más. Esta es una guerra por recuperar el tiempo perdido. La noche es joven y podemos aprovecharla.

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2 Gigabriel

Mi padre es un maldito hipócrita, mi tía Elena es una zorra y mis hermanos son unos pendejos. Solo así se explica lo que está sucediendo aquí.

Antier llegó la tía Elena al complejo turístico. Jugábamos a las hidrovolandas y, cuando tocó el turno de lanzarla al agua, nos regaló la magnífica panorámica de su cuerpazo semidesnudo. Haciéndome el tonto me puse detrás de ella, fingiendo que quería cargarla. Al abrazarla conseguí poner mi verga bien erecta entre sus apetitosas nalgas. El imbécil de Rockardo interrumpió y trató de cargarla por las pantorrillas, tuve que fingir que me caía para no perder el contacto con su culazo.

Nuestra tía quedó acostada en medio de los dos. Por delante debió notar la polla de Rockardo sobre su coño. Por detrás me encargué de que sintiera la mía, enviándole la pelvis con descaro dos o tres veces. Creo que se asustó porque de inmediato gritó el nombre del juego y volvimos a nuestro plan original de arrojarla al agua.

Y, ya en la piscina, el jodido fracasado que es nuestro padre le estuvo metiendo mano de lo lindo, como si tuviera derecho a hacerlo.

A las once de la noche, creyéndonos dormidos, Pawíd salió de casa y se fue al casino. Enseguida lo alcanzó la tía Elena, llevando uno de esos camisones de dormir que tantas ganas da quitarle. Detrás de ella corrí yo, no era cuestión de perderme la acción.

 

No me arrepiento. Los estuve viendo por la ventana, desde las once que se juntaron hasta las seis de la mañana; debo reconocer que el pendejo que nos tocó como padre tiene lo suyo, porque le estuvo dando caña a la tía Elena durante toda la noche. Para mí, el verlos fue como contemplar el mejor show porno que cupiera esperar, sobre todo porque los orgasmos no fueron fingidos, las exclamaciones no fueron escritas de antemano y los movimientos y posturas no estuvieron ensayados. Pawíd le dio a la tía Elena con todo; le comió el coño y luego se la folló, la sodomizó, se la folló sobre la mesa de pool, al lado de la mesa, debajo de la mesa, en el sofá, en el suelo y creo que poco faltó para que la colgara del candil también. Ella le comió la verga a él al menos unas tres veces. Desde luego, me estuve pajeando hasta que agoté mi munición.

El morbo es mucho. La tía Elena es hermana gemela de nuestra madre, por tanto es idéntica. Acaba de follar con nuestro padre y me pone el imaginar que puedo superarlo como amante midiéndome con él en el mismo terreno que ha probado. Además, saber que lo logro y que mis imbéciles hermanos no lo saben le añade más picante al asunto.

No necesité mucho tiempo para organizar el plan. Cuando los cuñaditos dejaron de coger me fui a la casa con las primeras luces del amanecer. Me conecté a Internet y entré en el sitio de Love Dolls, que son las mejores muñecas sexuales, tamaño natural, fabricadas en Alemania. Soy miembro del sitio por una puñetera refacción que compré, no por haber adquirido una muñeca entera. Así y todo, tengo acceso a las fotografías que los afortunados poseedores de las muñecas llegan a colgar en sus perfiles. Casi siempre son viejos burgueses, de barrigas cerveceras y brillantes calvas; se nota el contraste entre los cuerpos artificiales perfectos y los albondigones naturales que les meten sus menudencias. Descargué las imágenes más extremas, combinadas con fotos de las fichas técnicas.

Tía Elena y Pawíd volvieron a la casa a eso de las siete de la mañana y se fueron a sus respectivas habitaciones. Antes de que los idiotas que me tocaron por hermanos se levantaran tomé la furgoneta y me fui al pueblo para surtir los pendientes de víveres y materiales. Traía una desvelada impresionante, pero me importó poco comparado con lo que podía ganar.

Tras hacer las compras me dejé caer por la farmacia veterinaria del pueblo, ahí adquirí un frasquito de cierto medicamento que se administra al ganado vacuno para incrementar su deseo sexual; esta idea debo agradecerla a nuestro padre, quien al advertirnos de los peligros de este “malvado mundo” nos previno sobre la existencia de los productos veterinarios y la “gente sin escrúpulos” que puede utilizarlos para quebrantar las barreras de las personas honestas. Pinche puritano, si no lo hubiera visto follar con nuestra tía, quizá pensaría que es un homosexual reprimido.

Volví a casa a eso de las once de la mañana. Pawíd y la tía Elena seguían “fumigados” en sus habitaciones, mis hermanos estaban holgazaneando como siempre y yo acomodé las compras en su lugar. Cuando nuestro tiránico progenitor despertó regañó a Nerdtor y Rockardo por no haber hecho nada y me agradeció mi viaje al pueblo. Lamento que estuviera de excelente humor, pues me hubiera encantado ver volar relámpagos de ira contra mis hermanos.

La noche fue como la anterior, cada quien se retiró a sus habitaciones a eso de las diez y a las once salió Pawíd. Se fue al casino cargando una mochila llena de cosas y una colchoneta; se veía tan ridículo como un muchachito enamorado.

Tía Elena lo alcanzó y estuvo gimiendo y gritando toda la noche. No sé cómo es que mis hermanos no se han dado cuenta. Por mi parte decidí descansar y guardar toda mi artillería para dar el golpe.

Resumiendo, quiero follarme a la tía Elena por una situación de morbo elevado a la quinta potencia. Tómese en cuenta que está buenísima, multiplíquese por el hecho de que es hermana gemela de mi madre y carne de mi carne (¡Y qué carnes, joder!), multiplíquese por la circunstancia de que es amante de mi padre y potencialícese multiplicándolo por la satisfacción de saber que mis pendejos hermanos no se atreverían a actuar como yo y cogérsela. Multipliquemos todo esto por el inconfesable dato de que, por culpa de los temores y pendejadas de mi padre, sigo casto, pues nuca nos ha permitido tener novia. Añádase a todo esto que fornicaré con ella por la fuerza si es necesario y tendremos un resultado morbosísimo en los cálculos calientes que estoy realizando.

A las ocho de la mañana Pawíd, con su tiránico estilo, nos despierta y sirve el desayuno en la cocina. ¿Acaso cree que comprará mi voluntad con este detalle?

La “pastura” es más o menos lo mismo de siempre, hot cakes, tortilla de huevo, jugo de naranja recién exprimido y café. Solo puedo pensar en el delicioso pastel caliente que me devoraré esta misma tarde, en que le daré a la tía Elena mis huevos hasta que se vuelvan tortilla y en que le exprimiré los jugos y estrujaré sus naranjas. Mi verga será para ella algo con mucho más cuerpo y mejor sabor que un puto cafecito; ya puestos a follar, también podría producirle insomnio.

El plan de nuestro padre es que hoy trabajemos media jornada, se supone que a las doce nos vamos al pueblo para tratar algunos asuntos de los permisos en el ayuntamiento y adquirir un generador eléctrico para el área infantil. La tía Elena está “fumigada”, después de dos noches seguidas de intensa pasión (más agotada quedará después de que yo la pase por la piedra también), no irá al pueblo.

Son veinte chalets en total, nos tocan de a cinco para cada quien. Debemos acondicionarlos al detalle, revisar instalaciones hidráulicas y eléctricas, alfombrar, colocar duela, pintar, empapelar, instalar mobiliario fijo y espejos, etcétera. Cinco minutos antes de la hora de partir sumerjo en el retrete de uno de mis chalets una bolsa de nylon llena de papeles para obstruir el drenaje. Llamo a nuestro padre, quien viene corriendo a verme.

—Pawíd, mira —me finjo apenado—, este water está tapado. Sé que puedo arreglarlo, pero necesito tiempo; si pueden esperarme, tal vez no tarde mucho.

Mi padre tira de la cadena y el agua en el inodoro sube de nivel, sin irse por el drenaje.

—¡Me parece raro, yo mismo revisé todo esto cuando llegamos aquí! —menea la cabeza.

—Pawíd, son instalaciones viejas —señalo—. Más vale que nos demos cuenta ahora y no cuando esto esté lleno de gringos.

—Tampoco tu tía Elena vendrá con nosotros, creo que está indispuesta —señala—. Tengo que estar en el ayuntamiento dentro de un rato. Destapa el retrete tú y luego te vas a la casa. Date un baño y acompaña a tu tía Elena, si vas a quedarte, procura que no se sienta sola.

Tengo que morderme los mofletes por dentro para no reír de gusto, lo que mi padre me pide es lo que deseo hacer, aunque no se imagina que a un nivel superior.

—Ve tranquilo, Pawíd, estaré con la tía Elena y la atenderé bien —sonrío casi con descaro—. No tienes idea de cuánto la quiero.

—¡Así me gusta, Gigabriel, que seas un chico bueno y cariñoso!

Pobre pendejo, no sabe cuán cariñoso pretendo ser con la puta de mi tía.

El imbécil padre y sus imbéciles hijos montan en la furgoneta y se largan (ojala se estrellen en el camino), calculo el tiempo del viaje y, cuando considero que ya no regresarán por alguno de sus típicos olvidos, destapo el retrete.

Corro a la casa, me doy una ducha a consciencia, me pongo colonia y me visto con boxer, vaqueros y una camisa de franela. Meto en mi mochila el portátil, el frasquito de gotas y el arma secreta (guinda del pastel de depravación) que me dará la victoria definitiva. Dejo el paquete en la cocina y procuro relajar mi pulso. Ya calmado subo a la habitación de la tía Elena. Se escucha el televisor encendido; llamo a la puerta y ella me autoriza a entrar.

—Hola, tía —saludo—, resulta que me quedé en casa porque tuve que arreglar un imprevisto. Hace un día estupendo y me apetece tirarme al sol un rato. ¿Te apuntas?

—Suena bien —responde ella—. Te acompaño si puedes ofrecerme un cóctel al lado de la piscina. ¿Quizá una sangría?

—¡Eso está hecho, te espero abajo!

Corro a la cocina. Tomo dos vasos de la vitrina. En cada uno pongo hielos, una medida de vodca, zumo de limón, una medida de jarabe natural y en el de la tía Elena una generosa dosis del menjurje “calienta vacas”. Me saco la erecta verga del boxer y con ella revuelvo el cóctel de la tía Elena (morbo, depravación, abuso y maldad… ¿Qué más puedo pedir?) completo los combinados con agua mineral y los “pinto” con un chorrito de tintorro. Decoro con rodajas de limón escarchadas y salgo a la piscina.

La tía Elena me alcanza, se ha cambiado y luce espectacular. Trae un bikini negro de muy escasa tela, lo suficiente como para cubrir solo sus pezones y su coño, aunque se tapa con un pareo, la verdad es que sus formas están bien expuestas. Se acomoda en una tumbona y le entrego su combinado.

—¡Está delicioso! —exclama al probar el cóctel—. ¿Qué diría tu padre si te viera bebiendo?

—Solo es un poco de vodka para refrescar los sentidos —respondo sugerente—. Tardará mucho tiempo en volver, podemos hacer “lo que queramos” sin que se de cuenta. Si tú no dices nada yo tampoco.

Tía Elena se sonroja y agacha la mirada. Cuando se termina su cóctel corro a la cocina para prepararle otro. Esta vez no añado el componente secreto, pero me encargo de removerlo con mi polla; es morbosísimo verla beber algo donde he remojado mi virilidad, como preámbulo a lo que nos espera. Tomo mi mochila con las cosas que he preparado y regreso a la piscina.

Tía Elena recibe su cóctel y se aplica bloqueador solar por toda la piel. Sería un sueño que me pidiera ayuda con eso, pero es un tema demasiado trillado y no creo tener tanta suerte; la suerte no es un elemento que aparezca en la Tabla Periódica. Hay que fabricarla, no buscarla.

Mientras bebo despacio hago como si la ignorara, me tiendo un rato en la tumbona a ver las nubes. La excitación mantiene mi verga en ristre. Ella se pone sus gafas de sol, hojea una revista de espectáculos y hace como si no me viera, pero noto sus miradas sobre mí. Es pronto para que el medicamento surta efecto, pero me sé atractivo y he comprobado que es una hembra de apetitos extremos.

Me levanto en medio de nuestras dos tumbonas y me quito la camisa muy despacio. Bostezo un par de veces y estiro los brazos. Con lentitud desabrocho mi cinturón y los vaqueros. Al quitarme los pantalones los dejo tirados de cualquier manera. Mi verga está en plena erección y se nota inconfundible en el apretado boxer. Me estiro y meneo la pelvis adelante y atrás, permitiendo que mi tía vea el lúdico movimiento.

—Me tiro al agua —anuncio—. ¿Me acompañas?

Ella se quita las gafas y clava su mirada en mi entrepierna. La veo dudar unos instantes.

—Mejor no… —responde— bueno, quizá después.

Hago como si no me importara y me lanzo a la piscina. La frescura del agua no hace que amaine mi erección, pero nadar me sirve para que el tiempo pase un poco más rápido.

Una media hora después salgo del agua. La tía Elena sigue con su revista, pero tiene una pierna cruzada sobre la otra, frota sus muslos como si quisiera orinar o follar, sospecho que es lo segundo. El medicamento ya debe haberla influido.

Me seco y me acuesto en mi tumbona. Saco el ordenador de la mochila y lo abro. Lo acomodo sobre mi torso, de manera que ella no pueda ver la pantalla. Busco la carpeta con las imágenes de las Love Dolls y las contemplo un rato. La erección de mi verga en el boxer es muy evidente, si ella alza su vista puede constatarla de perfil. Finjo que estoy atento a las fotos y gimo muy bajo, al mismo tiempo muevo el portátil para que ella tenga una visión lejana de lo que he estado mirando.

Carraspea y se incorpora. Deja escapar un hondo suspiro. Su rostro está enrojecido y bajo el sujetador del bikini se notan sus duros pezones. Recoge sus cosas y camina hacia la casa.

Dejo el portátil a un lado, me levanto para alcanzarla. Llego por su lado izquierdo, desde atrás tomo su brazo derecho y pego mi verga erecta en medio de sus nalgas.

—¿Porqué te vas tan de repente? —pregunto en tono de fingida inocencia.

—Gigabriel, me siento incómoda —suspira sin apartar su cuerpo del mío—. Creo que necesitas espacio para… para tus cosas.

—¿Para qué cosas? —pregunto.

—Oh, ya sabes, para lo que estás viendo. No te estoy juzgando, todo el mundo ve pornografía de vez en cuando. Necesitas estar solo y lo comprendo.

—¡Yo no estoy viendo pornografía! —exclamo.

No le doy tiempo a replicar, la guío hasta mi tumbona y la siento. Le coloco el ordenador sobre los muslos. Con un brazo estrecho su cintura y con la mano del otro voy pasando las imágenes.

—Estas son muñecas sexuales de tamaño natural —digo mientras le muestro las imágenes—. Sus cuerpos son lo más parecido que hay a las mujeres auténticas. Recuerda que estoy estudiando Mecatrónica y estos productos me dan ideas para diseñar ginoides algún día.

—¿Qué significa ginoide? —pregunta ella.

Al quitarse las gafas nuestros ojos se encuentran. Sus pupilas están dilatadas, sus labios entreabiertos, su respiración es entrecortada.

—Los legos llaman “robot” a una máquina de aspecto humanoide, con ciertas funciones equivalentes al pensamiento. Lo correcto es llamar “androide” a la máquina que parece hombre y “ginoide” a la que tiene características femeninas.

—¿Y piensas diseñar estas cosas?

—Le veo posibilidades comerciales —avanzo despacio en las imágenes.

Muestro a las Love Dolls en todas las posturas imaginables, atadas, penetradas por vibradores, folladas por sus obesos propietarios e incluso algunas donde el dueño (imbécil de verdad) pone a sus muñecas en cuatro y las hace montar por perros auténticos. Al final de la exhibición erótica están las fotos de las fichas técnicas.

—Si diseñáramos una ginoide útil, con capacidades de movimiento y respuesta, sería importante tener en cuenta el diseño del esqueleto, la pseudomusculatura, las articulaciones y un sinfín de detalles. Si diseñáramos muñecas sexuales como estas, también convendría vigilar esas cuestiones. En estos momentos las Love Dolls son tan caras como un automóvil; pienso que podrían producirse modelos más económicos y ponerlos al alcance del hombre promedio. Con juguetes como estos disminuiría la cantidad de divorcios, infidelidades, matrimonios mal avenidos, violaciones, transmisión de enfermedades venéreas y embarazos no deseados. Estas muñecas no se embarazan y, si una quedara preñada, seguro pariría un Playmobil.

Reímos por el último comentario. Mi verga debajo del boxer pugna por salir, el contacto con el cuerpo de mi tía me tiene al borde de la lujuria, pero sé que debo ser paciente para obtener los mejores resultados.

Le muestro las imágenes de una disección transversal de la muñeca, otra donde aparece el esqueleto de acero, algunas fotos donde se ilustran los cuidados de almacenamiento e higiene.

—Sería un excelente negocio vender muñecas de estas al precio de un ordenador —retomo el tema—. Pero tengo un problema.

—¿Qué necesitas? —pregunta, como si me ofreciera las llaves del reino.

—Hay un vacío en mis conocimientos. Nuestro padre nos tiene muy reprimidos y yo nunca he podido… hacer el amor con una mujer. Necesito conocer a fondo el cuerpo femenino, a fin de poder diseñarlo. No me bastan las fotografías, es preciso vivir la experiencia.

Sin darle tiempo estiro la mano y saco de mi mochila el “arma secreta”. Se trata de una vagina artificial, fabricada en látex.

—Esta es una refacción de las muñecas —se la entrego. Me calienta mucho ver que mi tía observa con detenimiento un objeto donde miles de veces he metido mi verga—. Para instalarla hay que separar las piernas del juguete y empujar hacia adentro. Después de usarla se retira para su aseo. También existe un modelo de muñeca con vagina fija, viene con un enema para higienizarla. Todas traen vagina, ano y se les puede abrir la boca para el sexo oral.

Tía Elena está roja y respira con agitación. No he comprobado, pero imagino que su coño está hecho Pepsicola.

—¡Si hasta tiene labios vaginales y clítoris! —exclama acercando el objeto a su rostro—. No cabe duda, “la diferencia entre un niño y un hombre es el precio de sus juguetes”.

Me decido a cobrar la presa.

—¡Se le aplica una hidrovolanda a tía Elena, por su frasecita ampulosa! —grito entusiasmado.

Sin darle tiempo le retiro el ordenador de sus muslos, me incorporo y tiro de sus muñecas para levantarla. El “plasticoño” cae al suelo; si todo marcha bien no volveré a necesitarlo.

Jalo a mi tía al borde de la piscina, ella se resiste entre risas. La abrazo en un fingido intento por darle impulso a mi forcejeo.  Mi verga erecta se frota sobre su coño cubierto por el pareo y el tanga. Mientras forcejeamos aprovecho para acariciar su espalda y desatar las tiras de su sujetador. La suelto y su prenda superior cae al suelo; durante unos segundos no se da cuenta, yo me maravillo con la visión de sus enormes pechos de amplias aureolas y enhiestos pezones.

—¡No! —grita al descubrir la situación y se cubre las tetazas.

Pongo mis manos en sus hombros y la miro a los ojos. Es el momento.

—Tus tetas están muy bien —susurro—. No deberías tapártelas como si te avergonzaras de ellas.

Deslizo mis manos por sus brazos y los separo de su busto. Los pezones me exigen atención. Tomo una de sus tetas y la sopeso sonriendo; ella no hace nada por evitarlo.

Enseguida masajeo con suavidad sus tetas, mi boca se apodera de uno de sus pezones y succiona con gula. Momentos después paso al otro pezón. Ella tiembla de deseo.

—Gigabriel, espera —suspira en busca de una cordura perdida—. Esto no está bien, yo…

La beso en la boca, en un tanteo de aproximación que enseguida se convierte en un combate “lengua contra lengua”, primero entre sus labios y después entre los míos.

La abrazo por la cintura y, sin separarme de ella, deslizo mis manos bajo su pareo. Desanudo la tira de su tanga y lo dejo caer. Mi verga exige participación y me bajo el boxer. Con una rodilla le separo los muslos y acomodo mi virilidad entre estos. Su sexo está empapado, siento sus flujos chorreando sobre mi verga.

—Esto… esto no es correcto —intenta defenderse—. Soy tu tía y…

Vuelvo a tapar su boca con la mía. Le quito el pareo y me inclino un poco para meter una mano por detrás, entre sus nalgas. Toco mi verga y la empujo hacia arriba, golpeando varias veces su entrada vaginal con el tronco. Con cada golpecito ella lanza un corto gemido dentro de mi boca. Cuando deshacemos el beso atrapa mi verga con una de sus manos.

—De esto, nada a nadie —me dice con voz temblorosa—. ¿Entendido?

Asiento fingiendo una cara de imbécil equiparable a la de mi padre. Si a ella le gustan los tarados, conviene navegar con bandera de pendejo.

Tía Elena me pajea con movimientos lentos, recorre toda la extensión de mi verga como recreándose con los relieves de sus venas. Yo acaricio su coño con una mano y la hago gemir cuando le introduzco un par de dedos en la entrada vaginal. Nos miramos a los ojos, estamos a punto de dar un paso sin retorno. Debo apresurarme, no sea que se arrepienta.

La tomo de la mano y regresamos a la tumbona, su respiración es agitada; seguro que el medicamento ya ha surtido efecto. Mi tía se sienta y me coloca frente a ella, con decisión besa mi glande. La tomo por las orejas y lanzo mi pelvis adelante para introducir parte de mi tronco en su boca. Ella sincroniza los movimientos de su cabeza con los de mi pelvis, concretando la primera follada bucal que he dado en mi vida.

Maldigo y aborrezco a mi padre por haberme prohibido experimentar sensaciones tan maravillosas. Me llena de morbo saber que tengo la verga metida en la boca que él besará esta misma noche.

Mi tía se saca la verga de la boca y la masturba con una mano mientras con la otra sopesa mis testículos. Superado el primer estremecimiento, atrapo sus tetazas y pellizco sus pezones. Ella se da golpecitos en las mejillas con mi verga, la besa desde los cojones, se la introduce en la boca para sacarla haciendo succión. Es una maravilla sentir que la gemela de mi madre está tan dedicada a darme placer.

Considerando que debemos pasar al siguiente nivel, la separo de su juego felatorio y la acuesto en la tumbona. Me fascina saber que la tengo completa para mí solo y que esta noche, cuando mi padre se la folle, llevará en su cuerpo el recuerdo de mi cuerpo. Vuelvo a meterle la verga en la boca, solo unas cuantas penetraciones orales para que no se sienta abandonada. Enseguida me paro a su lado y recorro sus tetas con mi glande.

Juego “esgrima” con sus pezones y golpeo sus deliciosas ubres con mi polla. Momentos después me subo sobre ella para acomodar mi erección en medio de sus senos. Es delicioso sentir cómo su suave y cálida carne envuelve mi rígida herramienta. Meneo el cuerpo sobre ella, a la vez que utilizo sus generosas montañas para darme placer; estos solo son los preliminares, estoy demasiado lejos de correrme y pienso hacerlo dentro de ella, aunque me cueste la vida.

Me levanto y ocupo mi lugar en medio de las piernas de mi tía. Ella las separa para enseñarme sin pudor su sexo depilado. Me agacho entre sus muslos, primero huelo su coño. Me da cierto repeluzno saber que la verga de mi padre ha estado ahí dentro hace pocas horas. Olfateo profundo y, en medio de la fragancia sexual que destila su humedad, noto el fantasma del aroma a jabón de uso íntimo, esto me anima a comérselo.

Le meto dos dedos por el coño e inicio un suave movimiento circular mientras beso la cara interna de sus muslos. Ella gime.

El imbécil de nuestro padre siempre ha llevado recuento y álbumes de todas nuestras actividades; fotos de la primera vez que montamos en bicicleta, de la primera vez que saltamos en paracaídas, de cuando nadamos, de cuando exploramos cavernas. Debería hacerme unas fotos de este momento, la primera vez que me como un coño y la primera vez que follo; en su mundo de perdedor ridículo y cursi eso debe ser un orgullo también.

Lamo despacio los labios vaginales de mi tía, de abajo hacia arriba, con la lengua y barbilla acomodadas en ángulo tal que, después del contacto húmedo, pasa el “barrido” rígido de mi mentón. Repito la operación varias veces, tía Elena suspira cada vez que siente esta caricia.

Después beso con atención cada pliegue de su sexo, para luego rematar en la parte superior, con el erecto clítoris entre mis labios. Ella me ha demostrado que los “chupetones” son deliciosos, le devuelvo el favor ejecutando movimientos de succión sobre su nódulo de placer. Mis dedos en su gruta dejan de girar para presionar hacia arriba, en busca de nuevos puntos sensitivos. Las succiones en el sexo de mi tía le provocan estertores y grititos de gozo, continúo de este modo hasta que la escucho gemir y correrse desesperada.

Mi cara está llena de sus jugos vaginales, mi verga exige ser atendida, mi orgullo por haber provocado un orgasmo en un cuerpo tan monumental como el que se me está ofreciendo no tiene límites.

Le doy a probar los dedos que antes estuvieron en su vagina, ella los lame con placer y se los mete en la boca. Con la mano libre juego con sus tetazas mientras me acomodo de rodillas en medio de sus muslos. Ella abre las piernas al máximo y baja los pies para apoyarlos en el suelo. Me inclino sobre su cuerpo para acomodar mi glande entre sus labios vaginales. Mi tía toma mi verga y se acaricia el clítoris con el tronco. Después ella misma orienta mi virilidad a su gruta.

—Despacio —solicita—. El secreto es empezar con un ritmo lento, para que puedas disfrutarlo más.

Me prende de verdad que ella esté cumpliendo las funciones de maestra, me propongo obtener matrícula de honor en este curso.

Penetro despacio, sin detenerme. Gimo de placer al sentir el calor, las opresiones de sus músculos vaginales y la humedad de su sexo. No paro hasta que mis cojones llegan a su cuerpo y mi glande toca fondo. Mi tía exhala aire y una larga exclamación de placer.

—¡Dentro de ti! —grito—. ¡Estoy dentro de ti! ¿Por qué nadie me dijo que se siente tan bien?

Sin mover la pelvis contrae su cavidad vaginal desde el interior, sabe hacerlo como si se tratara de su boca o de una mano. Su coño me está pidiendo guerra y decido aceptar el desafío.

Me muevo, primero despacio como ella aconsejó. Mis embestidas son profundas e intensas, a cada arremetida mis cojones chocan con su cuerpo, mi glande topa con su matriz y su pelvis queda tan unida a la mía que al penetrarla sus nalgas se separan un poco de la tumbona. A cada arremetida grita en lujuriosas manifestaciones de placer.

Acelero en mis embestidas y los gritos de tía Elena cambian de intensidad, se corre con violencia mientras nuestros cuerpos se estrellan entre sí una y otra vez. Echa la cabeza a un lado para gemir y gritar a gusto. Sus tetazas se bambolean siguiendo el ritmo de mis penetraciones. Los músculos de su interior aprisionan mi verga y la liberan a voluntad, coincidiendo con mis incursiones. Se corre en orgasmos fuertes y encadenados, nuestros sexos están empapados y la lubricación es perfecta.

Le incrusto la verga hasta el fondo y me corro, acompañando su enésimo orgasmo. Es delicioso sentir que mi semen inunda el coño de la gemela de mi madre; demasiado morbo, estoy inseminando un coño idéntico al que me parió. Me estoy corriendo en un sexo que dentro de unas horas albergará la verga de mi padre.

Terminado nuestro primer coito me siento a su lado sobre la tumbona. Ella se apodera de mi verga y con movimientos de su mano no permite que pierda la erección. Aprovecho para magrear sus tetas otro poco.

—Gigabriel, no es correcto lo que acabamos de hacer —sermonea, pero no suelta mi verga—. Eres mi sobrino, además, tu padre…

—¿Mi padre qué? —finjo inocencia.

—Lo he estado haciendo también con él —explica apenada—. No sé lo que me pasa hoy, pero de repente me han dado muchísimas ganas.

—No hacemos mal a nadie —me defiendo—. Que este sea nuestro secreto.

No espero su respuesta. Me lanzo a comerle la boca mientras estrujo sus tetazas con algo de rudeza. Me acomodo sobre mi tía y, aprovechando la lubricación de su coño, vuelvo a penetrarla, esta vez de manera brusca.

Rodea mi cintura con sus piernas mientras grita apasionada. Yo bombeo en su interior, con fuerza y profundidad. Si tengo que convencerla a vergazos de que siga follando conmigo, así será.

Tenemos tiempo, el pendejo cornudo que es mi padre mis tarados hermanos regresarán hasta después de las seis. Mientras, planeo follar con la tía Elena en todas las posiciones, aunque de momento no le pediré el culo, a menos que sea ella quien me lo ofrezca.

Estoy empezando a conocer las reacciones de su cuerpo. Su canal vaginal se contrae en intermitentes opresiones cada vez que mi glande toca el fondo de su coño, de su boca salen gemidos agudos y profundos con cada una de mis embestidas, sus poderosas piernas me aprietan como queriendo meterme en su intimidad por completo. Pronto los gemidos se vuelven alaridos apasionados, incluso sus ojos se humedecen. Su vagina parece convertirse en una ordeñadora de vergas y de su interior salen chorros de líquidos; el orgasmo que le estoy provocando debe ser indescriptible.

—Gigabriel… —dice entre jadeos—. Ahora quiero yo arriba, por favor.

Música para mis oídos.

Le saco mi verga empapada con nuestros fluidos. En esta nueva follada no me he corrido; me complace saber que puedo darle mucha caña.

Me acuesto en la tumbona y ella se sube sobre mi cuerpo. Siento su coño empapado sobre mi abdomen, se agacha para besarme en la boca, sus grandiosas tetas se aplastan sobre mi torso, los pezones erectos me pican la piel.

—Esto no es correcto, eres mi sobrino, casi mi hijo —murmura mi tía con cachondería—. Pero si vamos a coger, hagámoslo bien.

Con estas palabras toma mi verga entre sus manos y la guía a la entrada de su sexo. Se acomoda en posición vertical para empalarse despacio. Me da mucho morbo ver cómo se cuela la luz del sol por entre su cabellera revuelta. Me electriza ver su cara de vicio al sentir que, pulgada a pulgada, mi erección vuelve a invadir su intimidad. Sus ojos están entrecerrados, las pupilas dilatadas, la boca abierta que muestra la punta de su lengua lamiendo su labio superior. Cuando termina de empalarse suspira y me deja escuchar un hondo lamento pasional. Mis cojones están en medio del canal de sus glúteos, ella abre y cierra las nalgas para “pellizcármelos”.

—¡Puta madre, qué rico! —exclamo sin poderme reprimir.

Entiendo que me he equivocado, debí decir “puta tía”.

Ahora será mi tía quien protagonice la jodienda. Me mira a los ojos con expresión predatoria.

—¿Esto querías? —pregunta con un tono irreconocible—. ¿Querías cogerte a tu tía, gemela idéntica de tu madre, que es también amante de tu padre? ¿Querías follarme, cachorrillo salido? ¡Pues te jodes, porque seré yo quien te joda a ti, te montaré hasta que tengan que recogerte en camilla, trillizo cabroncete!

Con este discurso emprende un acelerado galope, concentrada en la carrera por llegar a la meta del placer. Muevo mi pelvis acompasándome a su ritmo trepidatorio, mis manos sostienen sus poderosos muslos a mis costados, sus tetas se bambolean en una dnza hipnótica. Enseguida vuelve a encadenar una serie de orgasmos que la hacen estremecer mientras grita y jadea. Me encanta sentir el calor de su piel, admirar el contraste entre su tez blanca y la mía oscura. Su encharcado coño recibe y expulsa, exprime y estimula a mi verga erecta. Mi tía Elena se corre sin pausas, se ha convertido en una fiera sexual, una bestia depredadora que solo busca devorarme.

En resumen, la gloria.

Cuando ella llega a la cumbre de lo inaudito siento que me recorre una corriente eléctrica. Eyaculo de forma brutal, mi erección, alojada en lo más profundo del cuerpo prohibido de mi tía, expulsa torrentes de semen que chocan con las paredes de su cavidad. Ella, al notar mi corrida, exprime con los músculos interiores, ordeña sin misericordia hasta la última gota, como si quisiera devorarme el alma por el sexo.

En medio de tanto placer me asalta un sentimiento de odio hacia mi maldito padre, lo aborrezco ahora más que nunca. Él podría casarse con la tía Elena, podría tener hijos con ella y disfrutar de su cuerpo por lo que les quede de vida. Yo, en mi papel de sobrino consanguíneo, nunca pasaré de ser un juguete, un entretenimiento genital. A este odio lo acompaña un deseo de venganza, pues el muy jodido perdedor nunca me ha permitido tener novia. Pareciera que deseara reservarse el placer del sexo solo para él.

Tengo que vengarme. No sé cómo ni cuándo, pero estoy seguro de que causaré a mi padre un daño tan grande que no volverá a ser feliz; es lo menos que se merece por cabrón.

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3 Nerdtor

Es muy desgastante vivir fingiendo. Siempre he sido el que escucha, soporta los arranques irracionales de los demás y aconseja cuando es necesario. Nadie ha sabido reconocer mi actitud.

No me he contenido en honor a alguna idiotez como el amor, la unión familiar o la consideración. He aprendido a controlar mis impulsos por comodidad propia.

De pequeños siempre eran Gigabriel y Rockardo los que hacían travesuras y, aun castigados, lo pasaban bien. En estos días he entendido que siempre huí de la diversión y me contuve por evitar el castigo. Mis hermanos son diferentes.

El día que la tía Elena llegó y nos enseñó su cuerpazo semidesnudo, mis hermanos se la ingeniaron para que terminara en un sándwich entre ellos dos. Me quedé al margen del placer. No fue por cobardía, sino por evitarme problemas, es que “en ellos cabe esperar cualquier cosa”, “ellos pueden equivocarse o cometer cualquier idiotez y entra en lo normal”, “a ellos se les disculpa cualquier desliz o error de tacto”.

Nuestro padre espera siempre de mí la mayor obediencia, la mejor actitud, la más elevada respuesta y colaboración absoluta. ¿Qué pensaría el maldito Pawíd de mí si supiera cuánto lo detesto?

Para darnos una idea, el grado de odio que siento por nuestro padre es proporcional a la pena que me produce verlo tan imbécil y fracasado. No se ha dado cuenta de que lo supero en todos los sentidos. Un jodido ex albañil, ex carpintero, ex mecapalero y ex mierda batida no puede competir con todo un intelectual como yo. Sobre todo si el sujeto en cuestión resulta ser un mentecato que tiene empeñada hasta el alma con los créditos bancarios.

Volviendo a la tía Elena, ¡Cuánto la he deseado desde siempre!

Mis primeras pajas fueron dedicadas a ella. De adolescente guardaba las fotos donde aparecía en bikini para pajearme con ellas. Alguna vez hice “desaparecer” un par de bragas sucias de mi tía para deleitarme con su aroma y cascármela a placer.

Y, ahora que soy adulto, pasó lo que tenía que pasar. Llegó la tía Elena, la misma noche folló con Pawíd y Gigabriel, jodido pajillero de mierda, los estuvo mirando por la ventana. Maldito sea, se me adelantó; yo debí estar ahí, espiando lo que la zorra de mi tía y el cerdo de mi padre hacían.

La tarde en que acompañamos a nuestro fracasado padre al ayuntamiento y a comprar un generador el cabrón de Gigabriel se quedó con tía Elena. estoy seguro de que algo sucedió entre ellos; ella sonreía más radiante que nunca y él tenía la expresión del gato que se ha comido al canario. Esa noche ella alcanzó a Pawíd en el casino, estuvieron follando hasta casi el amanecer, pero Gigabriel no se presentó a ver el espectáculo. Me consta porque yo sí miré por la ventana.

Ha pasado una semana desde entonces. Espiando a mi tía y a mi puñetero hermano, he podido descubrirlos cuando se reúnen a escondidas y follan como bestias. A veces lo hacen después del desayuno, en el área infantil. En otras ocasiones se encuentran en las caballerizas antes del ocaso. Un par de veces he visto a Gigabriel entrando en la habitación de la tía Elena un rato antes de que ella asista a su cita con Pawíd; pegando el oído a la puerta he podido escucharla reprimir sus gritos y gemidos. No entiendo cómo no lo ha notado el pendejo de nuestro padre.

Podría descubrirles el juego y joderlos a los dos. Podría hacer que Gigabriel y la tía Elena quedaran enemistados con Pawíd para siempre, pero eso no me beneficiaría mucho. Por primera vez en mi vida quiero demostrar a otros y a mí mismo que soy el muchacho intrépido que se lanza a obtener ventajas. Esto es una guerra filial, y pienso ganarla con todos los ases en mis manos. No es justo que Gigabriel sea el único que se divierta y el único de los tres que ya sabe lo que se siente follar. No es justo que Pawíd sea el único con derecho a cogerse a la tía Elena, no es justo que yo siga siendo casto por culpa de las prohibiciones e ideas decimonónicas de nuestro padre. Y no es justo que, habiéndola deseado desde siempre, me toque ver que la tía Elena se divierte de lo lindo con Gigabriel y con mi padre.

Estoy terminando de colocar la duela del más alejado de los chalets. El pendejo Pawíd y el mierdero Rockardo han ido a un rancho cercano, a gestionar la adquisición de algunos caballos para pasear a los turistas. Escucho risas en el lado que da al prado. Sé de lo que se trata, corro a la ventana para espiar.

Ahí están la tía Elena y mi hermano Gigabriel. Ella luce un vestido con flores estampadas, de esos que se desabotonan de arriba a abajo. Él solo lleva botas y unos vaqueros; presume de un cuerpo que es una copia del mío. La desnuda sin prisas, contempla su figura y se pone de espaldas a mí, ocultándome el espectáculo. Se morrean durante un buen rato; me frustra estar viendo la espalda de mi hermano cuando quisiera ver a mi tía en pelota picada. Ella se tiende sobre la hierba, él se desviste y la monta. Desde mi posición solo distingo el trasero de mi hermano que sube y baja al compás de la follada que le da a nuestra tía.

Frustrante, pero no irremediable. Hay dos fantasías de venganza en mi vida. Quisiera causarle a Pawíd el mayor daño posible sin perjudicarme, por el gusto de pisotearlo y  hacerle ver que soy mejor que él. La otra es darle una lección a Gigabriel y demostrarle que puedo ser mucho más intrépido que él. Esta segunda fantasía puedo cumplirla hoy mismo y sacar provecho en el proceso.

Dejo de mirar a los amantes incestuosos y recojo mis herramientas y elementos. He terminado mi trabajo de hoy, en cambio Gigabriel tiene bastantes tareas pendientes. Me deslizo a la casa y, sin ser visto, me cuelo en mi habitación. Me baño a consciencia. Mi verga está durísima, me la meneo unas cuantas veces sin consolidar la paja en forma, solo es un anticipo para lo que vendrá.

Salgo de la ducha, me seco y me visto con un boxer. Me sonrío ante el espejo; mi vida ha sido una historia de reflejos. He tenido que vivir con dos copias imperfectas de mi nada humilde persona, me he convertido en el ilustre personaje cuyo reflejo admiró mi padre incluso desde antes de engendrarme y quiero tirarme a la tía Elena, reflejo exacto de la puta que me parió.

Salgo al pasillo. Pego el oído a la puerta de la tía Elena. Se escucha el rumor de la ducha y su voz, canturreando por lo bajo.

Corro a la cocina y me hago con las llaves de todas las habitaciones. Mi verga se marca a la perfección bajo el boxer, me la sobo un par de veces. Vuelvo a la puerta de nuestra tía, el sonido del agua ha cesado. Con la llave abro la puerta y me meto sin anunciarme.

La puerta de su baño está abierta. Ella se peina frente al espejo, una toalla envuelve su cuerpo desde las tetas a las corvas. Sonríe a mi reflejo cuando me le acerco. Sin preámbulos me quito el boxer y le muestro mi verga en todo su esplendor.

—No te esperaba —dice con cachondería.

—No, imagino que no —¡Desde luego que no, joder!—. Vine porque quiero follarte.

Dicho esto la abrazo por detrás y le quito la toalla. Contemplo su cuerpo en ambos planos a la vez, de frente mediante el espejo y por detrás en perspectiva directa. Me relamo los labios al acariciar su magnífico culazo. Le separo las piernas e introduzco una mano entre sus muslos para acariciar su coño desde atrás y recorrer con mis dedos toda la extensión de su rajada. Mi tía gime con lujuria. Me da un morbo tremendo que me haya confundido con Gigabriel.

De su coño escurren flujos lubricantes que mojan mi mano, pongo mi verga entre sus nalgas cuando la abrazo por detrás. Con una mano estimulo su clítoris y con la otra magreo sus tetazas. Ella vuelve la cabeza y busca mi boca con ganas. Nuestro beso es intenso.

Segundos después me separo de mi tía y la inclino en ángulo de noventa grados. Sus tetas quedan contenidas en el lavamanos, sus piernas están bien separadas y sus orificios aparecen a mi disposición. Su expresión a través del reflejo es de lujuria total. También yo tengo una cara de vicio irreconocible. ¿El morbo nos transforma en bestias o saca a la luz nuestra verdadera naturaleza animal?

Me arrodillo ante su grupa. Con mis manos exploro con detenimiento las perfectas nalgas de la hermana gemela de mi madre. Su piel es blanca, suave y tibia, no puedo evitar besar esos glúteos. Respinga cuando muerdo una de sus nalgas y succiono para dejarle un chupetón bien marcado. Me importa una mierda lo que pueda pensar o preguntar el imbécil de mi padre cuando lo vea. Con mi índice de la mano derecha acaricio su clítoris mientras que con el índice y pulgar de la izquierda separo sus nalgas para mirar su orificio anal. Sepulto la cabeza entre sus muslos y, desde atrás, lamo sus labios vaginales.

Ella grita sorprendida, estoy provocándole nuevas sensaciones. Mi dedo en su clítoris gira y estimula, encharcado por sus flujos. mi nariz acaricia su perineo y mi lengua lame su entrada vaginal en un movimiento de asentimiento de cabeza que no me cuesta ningún esfuerzo. Ella lanza las caderas hacia atrás en repetidos movimientos reflejos, pronto sus gemidos y el chapoteo de mi rostro en sus genitales incrementan en intensidad y volumen.

—¡Me corro, sigue, no te detengas! —exclama entre jadeos.

No puedo responderle, pero me maravillo por el delicioso aluvión de líquidos que salen de su coño cuando le viene el orgasmo. Sin darle tiempo a que se recupere me incorporo detrás de ella. Separo bien sus piernas y dirijo mi verga a su entrada vaginal.

Penetro despacio, disfruto cada centímetro de la funda pasional que envuelve (por primera vez en mi vida) mi rígida herramienta. En mi boca tengo aún su sabor de hembra en celo, cuando mi glande golpea con el fondo de su coño me apodero de sus tetazas para tener un candente soporte para la monta.

Entro y salgo de su coño con energía, mi abdomen se estrella una y otra vez contra sus nalgas. Los impactos de nuestros cuerpos resuenan en las paredes del cuarto de baño, mi tía sostiene la jodienda con una mano sobre el espejo mientras con la otra se estimula el clítoris. Mis embestidas son poderosas, cada vez que llego al fondo de su coño sus pies se separan del suelo y su cuerpo queda detenido de mi verga. ¡Da gloria ver nuestros reflejos!

La cara de tía Elena se contrae en un rictus de lujuria que me hace evocar la fiereza de las valkirias cuando la fuerza centrífuga del morbo la catapulta en una larguísima cadena de orgasmos múltiples. Las paredes de su vagina aprietan de maneras muy estudiadas la longitud de mi ariete y esto me produce placeres inenarrables.

Desciende de sus orgasmos e intensifico mis arremetidas. Es como si quisiera incrustarla en el espejo, como si deseara fusionarla con el ente lujurioso que veo reflejado ahí. Es como si estuviera follando con la maldita puta arpía que me parió, copia genética de la zorra que está recibiendo las poderosas embestidas de mi verga.

Vuelve a ascender en la montaña rusa del multiorgasmo, es ahora cuando decido descargar mi simiente en lo más profundo de sus entrañas. Nuestros cuerpos, nuestros fluidos, nuestras temperaturas, alientos y gemidos se unen en un solo momento de placer explosivo e implosivo. Gritamos, jadeamos, aullamos apasionados.

Es la primera vez que tengo la oportunidad de follar. Estoy orgulloso de los resultados, pero esta misma intensidad pasional ratifica mi decisión; tengo que joder a Pawíd, sin estruirlo para que se retuerza en su sufrimiento y sin que yo resulte perjudicado. Maldigo su mojigatería y su control permanente, porque YO debí ser el primero de los trillizos en follar y nunca he tenidop permiso de tener una novia.

—Mamá, ponte en cuatro, quiero seguir follándote hasta que llores lágrimas de semen.

Sí, la he llamado “mamá”, de pequeño a veces lo decía así. Ella parece no notar la pista que le estoy dando sobre mi identidad, eso me da más morbo todavía.

Saco mi verga de su coño. El reguero de líquidos que bajan de su entrepierna es demencial, se ha corrido en orgasmos húmedos e intensos. Sonrío con suficiencia al caer en cuenta de que esas corridas debían haber sido para el imbécil de mi padre y yo se las he robado. Pobre idiota, hasta en el arte de complacer y conservar a una mujer ha fracasado.

Tía Elena estira la toalla en el suelo y se acomoda en cuatro patas, dobla los codos y acuna la cabeza en sus antebrazos para ofrecerme su trasero en toda su gloria. El ángulo de tiro es perfecto para el ataque frontal o de retaguardia. Me acomodo detrás de ella y con una mano separo sus nalgas para acceder a su ano. Lamo con delirio los pliegues de su entrada posterior, ella jadea estremecida. Con la mano libre recojo fluidos de los que corren entre sus muslos, en un movimiento ascendente que lleva mis dedos a su clítoris inflamado. Después de un rato de lamidas y estimulación vaginal lubrico su ano con los flujos y le deslizo un dedo adentro sin demasiados problemas. Ella levanta un poco la cabeza y boquea, yo realizo una estimulación digital profunda.

De rodillas tras mi tía le acomodo el glande entre los labios vaginales y la penetro de una sola estocada, sin sacar mi dedo de su ano. Grita al sentirse empalada, me alegra que no haya nadie en casa.

Bombeo con intensidad, alterno los movimientos de mi pelvis con los de mi dedo en su culo. Mi tía grita en rápidas sucesiones. Nuevos orgasmos la sacuden de norte a sur. Espero a que decrezca la intensidad de sus clímax para retirar mi verga de su coño y apoyar el glande en su culo.

—Sí, dame por atrás —exige—. Hazlo con cuidado, pero no te detengas. Tu papá me lo estrenó hace poco, pero no lo he probado contigo, sé delicado…

Me alegra robar esta primera sodomización. Mi verga está bastante lubricada y la cabeza se desliza sin problemas en la entrada del culo de la gemela de mi madre. Es como encular a la jodida bruja que me parió. Empujo con cuidado para no lastimarla, pero sin detenerme para no perder el estilo. Cuando mis cojones llegan a tocar su coño siento que podría morir habiendo cumplido muchas de las más altas expectativas de mi vida.

Espero hasta que ella misma mueve las caderas de adelante a atrás, la acompaño en el vaivén. Cuando mi verga se incrusta mi tía la aprieta de una forma y cuando se aleja la aprieta de otra distinta. En alguna parte leí que no es conveniente estrenarse en el sexo con una amante que sepa apretar los músculos de su vagina o controlar los de su ano, porque el novicio se hará una idea bastante elevada de lo que puede ser el sexo y pocas mujeres podrán complacerlo. De ser así, ya me jodí, porque de ahora en adelante solo querré follar con aquellas que puedan brindarme las sensaciones que me proporciona mi tía Elena.

Ella jadea. A cada embate mío responde con un movimiento de caderas en busca de la penetración más profunda. Yergue la mitad de su cuerpo sobre los brazos estirados y arquea la espalda cuando la descarga orgásmica la atraviesa. Se corre en oleadas que solo puedo imaginar como apoteósicas.

—¡Eres una puta, no sabía que también te lo montaras con el pendejo de Nerdtor! —exclama Gigabriel desde la puerta del baño.

—¡Hola, hermanito, ¿cómo te va? —saludo sin dejar de fornicar el ano de nuestra tía.

Ella se ha sorprendido por la llegada de mi hermano, pero sus caderas no dejan de responder a mis embates.

—¡Esto no se va a quedar así! —exclama Gigabriel.

Se pone de pie a nuestro lado y desabrocha sus vaqueros. Ya desnudo se arrodilla delante de la cara de nuestra tía Elena.

—¡Mámamela, puta barata, si te gusta la verga aquí tienes una!

—¡Nunca lo he hecho con dos! —responde ella—. ¡Ah! ¡Oh! ¡Me corro otra vez!

El nuevo orgasmo hace que nuestra tía abra mucho la boca. Gigabriel le introduce su verga erecta hasta la garganta y retiene su cabeza para evitar que escape.

—¡Pinche Nerdtor cabrón! —exclama mi hermano cuando nuestra tía termina de correrse—. ¿Cómo vamos a arreglar esto?

Por toda respuesta me agacho y atrapo las tetazas de tía Elena entre mis manos. La hago sacarse la verga de Gigabriel de la boca y ponerse de rodillas ante él, sin desalojar su apretado culo.

—Si pusieras a funcionar las dos únicas neuronas que tienes, entenderías que aquí tenemos mucha mujer para los dos. Yo veo que tiene dos agujeros abajo y todavía le queda la boca para mamar o gemir.

—¡Esto es demasiado! —exclama nuestra tía—. ¡Ustedes están locos!

—¡Locos por follarte! —grita Gigabriel y busca acomodarse debajo del cuerpo de nuestra tía.

La colocamos sobre él, con la entrada vaginal a milímetros de su glande.

—¡Va por las veces que te he visto follar con Pawíd! —exclama mi hermano.

Le introduce la verga en el coño. Mi semen y los flujos vaginales de ella hacen que se deslice sin problemas. A través de su perineo siento el progresivo abultamiento de su canal vaginal y el roce con la polla de mi hermano.

—¡Y esto es por haber follado con Gigabriel y no invitarme! —exclamo mientras reinicio mis penetraciones.

Nuestra tía intenta resistirse, pero la tenemos dominada, la batalla se está librando en dos frentes al mismo tiempo y su única opción es gozarla. Enseguida mi hermano y yo marcamos un ritmo sincronizado. Cuando uno penetra a fondo el otro retira la mitad de su verga del orificio que está ocupando. A cada embate de cualquiera de las dos pollas nuestra tía gime y berrea. Aceleramos nuestras embestidas para hacerla correr; cuando sus orgasmos encadenados la atraviesan empapa los cojones de Gigabriel con nuevas emisiones de flujos.

—¿Qué diría el pendejo de Pawíd si nos viera follando con su incestuosa amante? —pregunto a Gigabriel para añadir morbo a la jodienda.

—¡Se cabrea, eso seguro!

—No —rebato mientras pistoneo el culo de nuestra tía a todo poder—. Seguro nos prepara una de sus cenas especiales, para que no nos desnutramos.

—¡Por… favor! —solicita tía Elena—. ¡No… no se burlen de su padre! ¡Ah! ¡Sí! ¡Oh!

Tía Elena sigue corriéndose. La hemos pervertido y ahora disfruta follando con nosotros. Cuando termina su nueva cadena multiorgásmica reanuda la siguiente, ya es una muñeca entre nuestros cuerpos, nuestro ritmo copulatorio la sobrepasa y solo tiene fuerzas para gemir, sollozar de gusto y correrse.

—¡Me vengo! —grita Gigabriel—. ¡Tía Elena, me corro dentro de ti!

—¡Sí, dentro, dámelo todo!

No puedo quedarme atrás, ellos se están corriendo y veo llegado mi momento.

—¡Fuego a discreción! —grito apasionado mientras penetro hasta el fondo del ano de mi tía y disparo ráfagas de semen a sus intestinos.

He disfrutado mucho con el sexo, jamás creí que fuera tan delicioso. El nivel de gozo que he alcanzado es proporcional a la cantidad de rencor que siento por mi padre. Él me ha impedido tener novia y disfrutar de esto. Sé que debo vengarme, eso lo puedo firmar con mi propio semen y con los jugos vaginales de mi tía Elena.

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4 Rockardo

Aquí todo el mundo moja, menos yo. Nuestra tía Elena llegó hace dos semanas y se volvió la amante secreta de nuestro padre, luego incluyó en el juego al idiota de Gigabriel y al cabrón de Nerdtor. ¿Y a mí que me parta un puto rayo o me mato a pajas yo solo?

Me consta que se lo montan de lo lindo. Por la mañana ella sale de casa y alcanza a cualquiera de mis hermanos, o a ambos, en alguno de los chalets. Folla con ellos sin miramientos. He espiado y sé que le importa poco cuál de ellos le ocupe qué agujero, con tal de saciar su calentura. Por la tarde, después de comer, vuelve a follar con ellos y ya por la noche se ducha para encontrarse con Pawíd y seguir con la jodienda. Para mí solo hay trabajo, estudios y pajas. Siempre me toca ser como los cojones de los puercos, quedo en último lugar, embarrado de mierda. No me parece.

Cuando era pequeño la tía Elena me dijo que nos quería a los tres por igual y que yo no debía dudarlo nunca. Creí en sus palabras, pero estoy comprobando que comparte sus favores sexuales con mi hermanos y a mí no me ha invitado al club. Lo dicho, aquí todo el mundo moja, menos yo. ¿Acaso me consideran el más pendejo de la familia?

En el área infantil hay tres chiringuitos que funcionarán como expendios de sodas y golosinas. Pawíd los está pintando y esta actividad le llevará todo el día. El trío de degenerados incestuosos lo sabe, por lo que se han escurrido (¡Abandonando sus ocupaciones!) a las caballerizas, al otro lado del complejo. Fingiendo ignorar sus intenciones me he colado en uno de mis chalets para instalar los espejos y el mobiliario fijo. Nada me impide dejar mi trabajo cuando calculo que habrán iniciado sus juegos de degenerados.

Aborrezco a mis hermanos porque siempre he perdido ante ellos en todos los terrenos. Me explico, no es que me superen, es que siempre se adelantan y obtienen lo mejor. Se creen superiores a mí, cuando nuestros IQ son iguales. En lo sexual, no me he estrenado con ninguna amante por culpa de los miedos de nuestro padre, pero estoy seguro de que cuento con tanta capacidad amatoria como mis hermanos.

Detesto a nuestro padre por sus prohibiciones y su actitud de tirano controlador. Siempre nos obligó a vestir abrigados, a llenarnos de comida hasta hartarnos, a vacunarnos (¡Con lo que detesto las agujas!), siempre controló nuestras actividades y nuestra escasa vida social.

Tengo muchas ganas de vengarme, de aniquilar su orgullo de Macho Alfa y demostrarle que no manda sobre mi vida. ¿Qué mejor modo de desquitarme que follar con su amante?

También quiero joder a mis hermanos, los odio por egoístas, aprovechados y engreídos. Sobre la tía Elena, ella me dio su palabra de que nos quería a los tres en un mismo nivel y resulta que no ha tenido la delicadeza de querer follar conmigo. Debo castigarla y disfrutar en el proceso. No solo se trata de meterle mi verga, ya está demostrado que cualquiera puede hacerlo. El punto es hacerle algo extremo, que jamás olvide. La pondría a follar con un perro, pero después me gustaría pasarla por la piedra y no sé si me dará asco. Mis hermanos ya la han follado por el coño, la han sodomizado, y le han hecho dobles penetraciones. No me es difícil imaginar una animalada superior a cuanto haya experimentado. La sola visión de esta lúdica fantasía me electriza; mi verga se levanta en busca de una guerra que estoy a punto de ganar.

Salgo del chalet sin que mi padre me vea, yo sí lo espío. Está vestido con harapos, pinta las paredes de uno de los expendios mientras silba una cancioncilla. Es la viva estampa del perdedor “hágalo usted mismo”, que se siente capaz de levantar un negocio con sus propias manos. Si hubiera justicia, seguro que caería fulminado por un infarto en este momento; los seguros de vida están al corriente, por lo que nosotros quedaríamos bien amparados. Nos conviene más muerto que vivo, es una interesante idea para reflexionar…

Atravieso el complejo sin hacer ruido. Alcanzo las caballerizas. Se escuchan los gemidos y gritos de placer de nuestra tía. ¿Cómo es que el imbécil de Pawíd no se ha enterado? Fácil, porque confía en sus hijos y no sabe que los tres lo odiamos desde que éramos pequeños y nos hacía tomar la mierdera Emulsión De Scott.

Pego un ojo sobre una hendidura que hay en la madera de la pared. La escena que se desarrolla adentro es muy excitante.

Hay dos bancas, una frente a la otra. En una está sentado Gigabriel y en la otra Nerdtor.   Tía Elena cabalga sobre la verga de Gigabriel, de frente a Nerdtor. Sus tetazas botan y se bambolean al ritmo de sus furiosos sentones. Cuando se corre cambia de sobrino y repite la operación; por lo visto es de orgasmos veloces e intensos. Mi verga pelea contra la tela del boxer, por lo que la libero para meneármela unas cuantas veces.

Espero al siguiente cambio de amante; nuestra tía desmonta de Gigabriel y se sienta sobre Nerdtor. La verga de mi hermano la penetra sin dificultades. Debo ser paciente, el momento de joderles la diversión se aproxima. Me desvisto de prisa y tomo el pomo de la puerta.

Cuando escucho que la tía Elena se está corriendo, abro de golpe.

—¡Compruébalo tú mismo, Pawíd! —exclamo— ¡Han estado follando desde que ella llegó, yo tenía razón!

Nuestra tía tiene los ojos cerrados y se corre en una cadena de orgasmos incontenibles.

—¡David, no es lo que parece! —exclama, sin darse cuenta de que es una broma.

Habiendo roto el hielo me acerco a ella, tomo su cabeza entre mis manos y la obligo a mirarme a los ojos.

—¡Puta traidora! —recrimino—. ¿Cómo te atreves a follar con estos pendejetes de mierda y no invitarme?

Ella no deja de cabalgar a Nerdtor, sus caderas se agitan con violencia.

—Las cosas… las cosas se dieron así, hijo, perdóname.

Me calienta mucho que me llame hijo, más aún si consideramos que es gemela idéntica de mi madre. Es como ver a la prostituta de mierda que nos parió follando con mis hermanos y saber que pronto le meteré mi virilidad hasta los cojones.

—No te perdono —señalo—. Me debes al menos el doble de folladas que has dado a estos idiotas… ¡Recuerda que dijiste que nos querías a los tres por igual!

No espero a que responda. Apunto mi verga erecta a su boca, ella la recibe sin reparos mientras sigue agitando sus caderas. Su felación es profunda e intensa, pero no representa mi objetivo principal. Saco mi verga de su boca y empujo a Nerdtor para que quede acostado sobre la banca. Gigabriel nos mira con cara de imbécil mientras la tía Elena parece querer quejarse por el cambio de postura. Me da un poco de pena, no adivina lo que le espera.

Su coño empapado se muestra ante mí, con la verga de Nerdtor incrustada hasta los cojones. Me acerco a ellos y estrujo las tetazas de mi tía mientras la miro a los ojos. Mi verga choca con su pubis.

—¡Te vas a enterar! —amenazo.

Con una mano acomodo mi glande entre el tronco de la polla de Nerdtor y la entrada vaginal de nuestra tía.

—¡Así no, Rockardo, por favor! —solicita, pero no hace nada por librarse de lo que se le avecina.

—¡Así sí! —le grito a la cara—. ¡Así me la cobro de una vez y te doy una lección que nunca olvidarás!

Con estas palabras empujo la pelvis. Mi glande resbala un poco entre su cavidad y el miembro de mi hermano. Ella hace una mueca de dolor, pero decido no detenerme; es ahora o nunca.

Penetro despacio, las paredes de su coño ocupado ceden con trabajos a la nueva invasión. Nerdtor gime también, pues está sintiendo la invasión a través de su herramienta.

—Sácale un poco de tu tranca para que yo entre más —ordeno a mi hermano.

Nerdtor obedece y clavo mi virilidad entera. Después él impulsa su cadera y nuestros cojones chocan entre los muslos de nuestra tía. Los tres gritamos al unísono.

—Juguemos a la “P” alternada —propongo a Nerdtor—. Voy a decir una frase, la primera “P” es mía, la segunda es tuya, la tercera mía y la cuarta tuya… ¿Entiendes?

—¡Sí!

—¡Pendejo Pawíd, puñetero perdedor! —grito.

Al decir la “P” de “pendejo” penetro a fondo y me retiro, al decir “Pawíd” lo hace mi hermano. Repito mi movimiento al decir “puñetero” y Nerdtor lo hace al decir “perdedor”.

De esta manera, con la frase de “pendejo Pawíd, puñetero perdedor” machacamos el coño de nuestra tía. A cada una de nuestras embestidas ella rita y gime de placer. Se corre una y otra vez, coincidiendo con la letra “P” de nuestro estribillo.

—¡Podrías parar pidiéndolo, pero por puta prosigues! —exclama Gigabriel cuando se acerca y mete su verga en la boca de nuestra tía.

—¡Pendejo Pawíd, puñetero perdedor! —grito y acelero mi ritmo.

—¡Pendejo Pawíd, puñetero perdedor! —responden mis hermanos.

Al menos en algo nos hemos puesto de acuerdo. Estamos minando la voluntad de nuestra tía mediante vergazos que la hacen correrse sin tregua. Estamos burlándonos de su amante preferido, el cornudo, al que tanto protege de la cruda verdad. Estamos pisoteando el prestigio de líder de nuestro padre, derribamos su autoridad en nuestros corazones.

—¡Me corro! —anuncia Nerdtor y eyacula en el fondo del coño de nuestra tía.

Ella, enloquecida entre sus orgasmos, ni siquiera responde.

—¡Yo también! —grito frente a ella—. ¡Te preño de trillizos!

—¡Y yo te quito la sed! —anuncia Gigabriel.

Mi hermano sujeta la cabeza de nuestra tía y le clava su virilidad hasta la garganta. Se corre a borbotones, obligándola a tragarse todo su semen.

Deshacemos la posición, pero no le permitimos descansar. La sentamos en la banca, el semen de Nerdtor y el mío se combinan con sus jugos vaginales y escurren bajo sus nalgas. Le damos a mamar nuestras vergas para mantener el morbo y seguir follándola.

Debo conservar la iniciativa y el control de lo que hacemos o me avasallarán como siempre. Retiro a nuestra tía de sus felaciones para acomodarla sobre el suelo en cuatro patas. Me posiciono tras ella y penetro su coño sin muchos preámbulos. Mi ritmo es poderoso, brutal y estimulante, ella agita la cabeza sintiendo todo el placer que mi verga le regala.

—¿Ya te dieron por el culo hoy? —pregunto mientras mi abdomen “aplaude” contra su trasero.

—¡Sí! —jadea ella—. ¡Uno de tus hermanos! ¡Ah! ¡Oh! ¡No te detengas!

—¡Serás guarra, ni siquiera sabes quién de estos dos te sodomizó!

No puede responder, pues vuelve a correrse de forma brutal, su coño parece una fuente que empapa mis muslos con los fluidos que le salen a presión. Es delicioso sentir cómo se contraen sus paredes vaginales. Me encanta lo que estoy sintiendo y me prometo que uno de estos días dispondré de ella para mí solo.

Cuando termina de correrse le saco mi verga y apunto con mi glande a su ojete.

—Te voy a encular —digo al meterle la punta.

—No me prepares mucho… ya me estoy acostumbrando —responde ella con cachondería.

Con su permiso le meto despacio toda mi tranca. Mis cojones sobre su coño son el límite permitido. Ella grita y arquea la espalda. Bombeo con fuerza, sus tetas se bambolean a nuestro ritmo, mis hermanos la acarician por la espalda, las nalgas, el coño y le dan golpecitos por todo el cuerpo con sus erecciones.

—¡Me apunto para el sándwich! —ofrece Gigabriel.

Detengo mis embestidas para permitir que se acomode debajo de nuestra tía.

Siento el recorrido de la verga de mi hermano a través del perineo de tía Elena. Nuestros cojones chocan en una carambola a cuatro bandas y emprendemos la doble monta.

—¡Me rompen! —grita tía Elena cuando vuelve a correrse—. ¡Me destrozan, me matan!

Nerdtor le mete la verga en la boca y se menea para follársela. Los gemidos de nuestra candente tía se ven sofocados, pero no reprimidos. Para cualquier observador esto sería una orgía filial de “todos contra una”, en realidad es una competencia entre tres hermanos por demostrar quién es mejor follador.

—Trágate toda mi leche! —grita Nerdtor y aferra a nuestra tía por el cabello mientras su verga inyecta de semen su tracto digestivo.

—¡Me corro en tu coño! —exclama Gigabriel y acelera sus embestidas para volver a irrigar el útero de nuestra tía.

—¡Conozco una puta caliente y filial! —canto con la tonada de la melodía de Bob Esponja.

—¡Tía Elena! —corean mis hermanos.

—¡Sus hoyos follamos sin descansar!

—¡Tía Elena!

—¡Incestuosa, tía Elena, depravada tía Elena! —termino de cantar y me corro en lo más profundo de sus entrañas.

Ya estará contenta. Todos la hemos pasado por la piedra, o ella nos ha pasado a nosotros, según se mire.

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5 Elena

Han sido tres semanas de locura. Al emprender este viaje nunca imaginaste que ascenderías por una indescriptible escalada de depravación.

Primero fue David, antiguo amante de tu hermana gemela. Hiciste el amor con él y ambos se prometieron que intentarían consolidar una relación. Después vino el incidente con Gigabriel en la piscina; te has preguntado miles de veces cómo fue que sentiste tantos deseos de hacerlo con tu propio sobrino. Nerdtor te sorprendió, te engañó haciéndose pasar por su hermano y tú caíste en esa ocasión; después no tuviste fuerzas para negártele. Al final también lo hiciste con Rockardo, quien se sumó al grupo de amantes casi obligándote a aceptarlo.

Los trillizos te han mostrado la verdad de sus almas. Son competitivos, groseros, malvados y crueles. Son un grupo de pervertidos que solo piensan en conseguir placer de tu cuerpo y luchar entre ellos por ver quién te da más placer a ti. Has fornicado con ellos de todas las maneras imaginables, con uno, con dos, con los tres juntos. Te han sodomizado, te han hecho dobles penetraciones, se han corrido en tus tetas, sobre tu cabello, en tu cara, dentro de tu boca. Sé objetiva y pregúntate si alguna vez te has negado a algo. La respuesta es NO.

Un par de ocasiones sentiste que tenías la fuerza suficiente para tomar tu auto y largarte, pero te arrepentiste de inmediato. Estás en un serio problema, porque sabes que es incorrecto tener relaciones sexuales con tus sobrinos, sin embargo, no puedes dejarlos. Estás enganchada a ellos y debes reconocerlo, quizá sea el primer paso para liberarte.

Lo malo es que no deseas liberarte. Te duele la situación porque de los cuatro hombres que comparten tu cuerpo, solo David, el único bueno del grupo, ignora lo que está pasando. Pese a tus sentimientos de culpa, no puedes sustraerte del morbo que te provoca sentir que desde temprano alguno de tus sobrinos se aparece en tu cama para follarte. Después del desayuno otro te busca y penetra cualquiera de tus orificios. En la tarde es el tercero. La mayoría de las veces ni siquiera eres capaz de identificar quién de los tres fornica contigo, eso añade más lujuria al asunto.

Nunca imaginaste que tu cuerpo sería capaz de sentir tanto placer. Por increíble que parezca, a media noche sigues citándote con David y vuelves a la batalla sexual con too el ímpetu. Tu libido no desciende, tus orgasmos son cada vez más poderosos, prolongados y profundos, tu sexo jamás está seco porque siempre mana jugos lubricantes y siempre tiene en su interior el semen de alguno de tus amantes o de los cuatro juntos.

Te es difícil dormir, cuando lo logras tienes intensos sueños eróticos. Solo piensas en el sexo, en la próxima fantasía de tus sobrinos, en la próxima postura extrema, en la próxima perversión que te harán experimentar.

Ellos cada vez son más atrevidos. Al principio parecía que podías controlar los acontecimientos, ahora sabes que ellos tienen el mando de tu vida sexual. Si David supiera todo lo que está ocurriendo quizá moriría de desilusión y tristeza. Mil veces has deseado poder decírselo, pero temes su reacción; no sería violento, pero perdería la fe que tiene en sus hijos.

Los trillizos son unos monstruos egoístas y envidiosos. Aborrecen a su padre por rencores reales o imaginarios, se sienten oprimidos por la educación y los cuidados que David les ha brindado, no lo respetan y se burlan de él a sus espaldas. Muchas veces has querido corregir estas actitudes, pero te callan con un nuevo orgasmo, con un nuevo cunnilingus o con una nueva penetración anal. Una petición de respeto es poco convincente cuando intentas hacerla con una verga incrustada hasta el fondo de tu garganta.

 

Las labores de remodelación del complejo turístico se han retrasado mucho debido a que los trillizos aprovechan cualquier momento para interrumpir sus actividades y follarte en solitario o todos juntos. Anoche David habló con los muchachos y ellos le escucharon en actitud sumisa. Hoy algo ha cambiado, pues ninguno de los chicos te ha buscado para follar.

Sé sincera y reconoce que durante todo el día has deseado que alguien (¡Quien sea, quienes sean!) te arranque el tanga y te penetre sin más preámbulos. Pero los chicos y el padre han estado tan involucrados en sus actividades que has pasado a un segundo plano. Al menos tendrás la noche para hacerlo con David.

La hora de la comida transcurre entre incómodos silencios y tensiones inconfesables. Has deseado que alguno de ellos toque tu sexo por debajo de la mesa, pero los trillizos se mantienen tranquilos. David parece triste, quizá piense que ha sido demasiado duro con sus hijos, sin imaginar que su verdadera conducta amerita mucho más que un ligero regaño.

Al terminar de comer los hombres vuelven a sus actividades, intentan recuperar el tiempo perdido y debes entender que no siempre estarán encima (o debajo, o a un lado, o alrededor) de ti.

La cena casi es un calco de la comida, salvo que descubres ciertas sonrisas y miradas cómplices entre tus sobrinos. Algo traman, pero la hora de retirarse a dormir se aproxima y ese es el momento de David. Vibras de excitación al imaginar que pronto estarás en brazos de tu cuñado. Los chicos se despiden y corres a tu habitación, ansías que alguno de ellos venga a ti y te folle en un apasionado encuentro veloz, para llegar con el padre recién inseminada por el hijo.

Pero nada sucede. Tomas un largo baño y te preparas para alcanzar a David en el casino. Has extrañado el sexo con tus impetuosos sobrinos, pero es por morbo, no por falta de calidad en las relaciones con tu cuñado. Al menos de eso no puedes quejarte, David sigue siendo un amante cariñoso, considerado, viril y complaciente. Él te respeta y respeta lo que deseas, ahí radica la diferencia entre el padre y los hijos.

Llegas excitada a tu cita. Tu sexo derrama líquidos a borbotones; ni siquiera te has puesto tanga, pues sabes que quedará empapado. David te recibe con los brazos abiertos y se besan en un apasionado encuentro bucal. ¿Qué pensaría si supiera que sus tres hijos han eyaculado varias veces en esa misma boca que devora con tanto deseo?

Ya desnuda te tiendes sobre la colchoneta. Tu cuñado besa tu cuello y desciende por el canal de tus senos. En varias ocasiones tus sobrinos han dejado moratones y marcas de sus manos en tus tetas, pero David ha creído tus mentiras al explicarle que te has asoleado de más o te has golpeado.

Estiras la mano y sujetas la verga de tu amante. Por un momento tu otra mano se pierde buscando un segundo miembro viril que no está. Este sería el momento en que, en alguna sesión de sexo grupal, alguno de tus sobrinos te estaría comiendo el coño con intensidad. Suspiras resignada; te has acostumbrado a tener más de un amante a la vez.

David estimula bien tus senos, es el mejor y más experimentado de tus cuatro garañones y podría enseñar mucho a sus hijos, si tal depravación fuera posible, pero solo es uno. Ellos lo superan por la fuerza numérica.

La boca de tu cuñado desciende por tu vientre, su lengua lame tu ombligo como solo él sabe hacerlo, al menos quedan caricias y situaciones donde no puedes compararlo. Cuando lame tus labios vaginales te estremece imaginar la cantidad de veces que te ha practicado el cunnilingus minutos después de que la verga de alguno de sus hijos te ha follado. Su lengua en tu clítoris es implacable, pronto te provoca el primero de tus orgasmos de la noche.

—¡Fóllame, por favor, no aguanto más! —suplicas desesperada.

Si le parece que estás demasiado deseosa no lo considera extraño. Se acomoda en medio de tus muslos y juguetea unos momentos con su glande entre tus labios vaginales.

—Elena, estoy enamorado de ti —declara cuando introduce su poderosa verga en tu sexo.

Boqueas y aspiras aire con fuerza. Te han penetrado con una y dos pollas al mismo tiempo, han usado tu coño más de lo que hubieras podido imaginar y, sin embargo, sigues tan estrecha como siempre. La elasticidad de tus paredes vaginales te permite recuperar las dimensiones normales de tu canal rato después de las tremendas arremetidas de tus sobrinos. Sientes el glande de tu cuñado que golpea con tu matriz, la forma de su virilidad le permite acariciar con intensidad tu “Punto G”. Él levanta tus piernas y pone tus tobillos sobre sus hombros, las penetraciones son potentes y profundas, te producen estremecimientos y muy pronto comienzas a enlazar orgasmos en cadenas apasionadas. Entiendes que te has convertido en una adicta a esta sensación, cada vez te es más fácil llegar al clímax y cada vez es más intenso.

Tu sistema nervioso entero encadena sensaciones indescriptibles que te recorren entera, desde tu clítoris hasta tu alma, desde tu “Punto G” hasta tu cerebro. Gritas en medio del irrefrenable impulso que lanza tu pelvis al encuentro de las arremetidas de tu cuñado. Has aprendido a no hablarle durante tus orgasmos, pues temes soltar sin querer el nombre de alguno de tus sobrinos.

Cuando cesan tus ráfagas pasionales David desocupa tu sexo. Es momento de que le retribuyas el placer que te ha brindado. Haces que se tienda en la colchoneta y te montas sobre él, diriges su virilidad a tu empapado coño para empalarte sola. Exhalas un suspiro de deleite cuando sientes toda su verga dentro de ti. Inicias un movimiento de rotación de caderas que provoca una deliciosa fricción de su miembro en toda tu vagina. Sus manos sostienen tus tetazas y su pelvis acompaña tu danza en una cadencia exquisita.

Tus movimientos se vuelven más violentos y alcanzas una nueva serie de orgasmos encadenados, es aquí donde la historia de una familia cambia para siempre.

Estás en medio del clímax absoluto, tu mente no puede procesar nada que no sea el delicioso placer de sentirte penetrada y pletórica, no puedes interpretar la mueca de David cuando voltea a un costado y mira fuera de tu campo de visión.

Los trillizos entran al casino en tromba. Cuando los ves llegar hasta ustedes te asustas. Vienen desnudos y muy excitados, uno de ellos trae una mochila, otro carga con una silla de las del comedor, el tercero se coloca de rodillas detrás de ti. Como siempre que los ves desnudos, te es imposible identificar quién es quién.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta David impactado.

El trillizo de la silla deja su carga y pone un talón sobre la garganta de su padre, presiona sin piedad.

—¡Miren, he pisado mierda! —exclama divertido—. Si te mueves o te atreves a decir algo te rompo la tráquea de un pisotón.

David se paraliza. Aún sientes su virilidad erecta dentro de tu sexo, pues ese gesto masculino no pueden robárselo, pero detiene los movimientos de su pelvis. Está horrorizado por la sorpresa.

El trillizo de detrás de ti te sujeta por el cabello y te obliga a incorporar el cuerpo un poco, el de la mochila toma un rollo de cinta de embalar y con esta amordaza a su padre. Aprovechando el shock de David junta sus muñecas y las aprisiona una contra otra. Cuando el progenitor está reducido el que pisa su garganta se retira.

El chico que tienes detrás se asoma para ver tus genitales y los de su padre.

—¡La verga de este cabrón sigue tiesa! —exclama divertido—. ¡Deberíamos cortársela para no tener más competencia!

David patalea e intenta reaccionar. El muchacho se pone en pie y patea sus testículos debajo de tu vagina; los ojos del padre se abren mucho y se empañan en lágrimas. Sientes que por reflejo parte de su verga sale de tu gruta. Es el momento que aprovecha tu sobrino para arrodillarse detrás de ti y apuntar su verga a tu sexo ocupado. Has practicado la doble penetración vaginal con tus sobrinos en muchas ocasiones, pero nunca habían sido tan bruscos al ingresar a tu cuerpo. No puedes evitar que una descarga de placer te recorra entera cuando comienza a embestirte. David se debate entre el dolor por el golpe y la fricción de la verga de su hijo sobre la suya dentro de tu coño. Pronto también lanza su pelvis y coordina sus penetraciones con las de tu sobrino.

Gritas fuera de control. No puedes reprimir el gozo carnal, que no emocional, que te inunda cuando inicias un intenso ascenso orgásmico. El chico de la mochila te hace girar la cabeza e introduce su verga hasta tu garganta. Desesperada succionas con deleite en un movimiento ensayado cientos de veces.

—Pawíd, pobre pendejo —dice el de la silla—, no te has dado cuenta de que hemos estado reventando a vergazos a nuestra tía Elena desde que llegó. La hemos follado de todas las maneras que puedas imaginar. Se ha comido nuestras leches, nos hemos corrido en su coño, le hemos fornicado el culo, la hemos penetrado de a dos al mismo tiempo. Y tú, tan ocupado en tus pendejadas, no lo has notado… ¡La de veces que le has mamado el coño después de que se lo llenáramos de semen!

David menea la cabeza en gesto de negativa, sus mejillas están empapadas en lágrimas. Busca tu mirada.

—¡Es cierto, perdóname! —gritas en medio de tu orgasmo.

El hombre debajo de ti parece derrumbarse. Solo su pelvis reacciona penetrándote sin compasión.

—¡Una puta incestuosa se divertía follándose a un cabrón de su familia! —canta el trillizo que te está follando, tomando la tonada de la canción de “Los elefantes”.

—¡Como veían que se corría fueron a llamar a otro pariente! —contesta el de la mochila.

—¡Una puta incestuosa se divertía follándose a dos cabrones de su familia! —canta el chico de la silla.

—¡Como veían que se corría fueron a llamar a otro pariente! —contesta el que sigue penetrándote.

—¡Una puta incestuosa se divertía follándose a tres cabrones de su familia! ¡Como veían que se corría fueron a llamar a otro pariente! —cantan los tres, el que te está follando al mismo tiempo que su padre acelera el ritmo.

—¡Una puta incestuosa se divertía follándose a cuatro cabrones de su familia! ¡Como veían que se corría fueron a llamar a otro pariente! —grita tu sobrino al eyacular en lo más hondo de tu intimidad.

Sintiendo la riada de semen, David también se corre dentro de ti, las simientes de padre e hijo se mezclan en tu interior.

Todo lo tienen bien planificado. Los muchachos que están en pie acuestan la silla al lado de su padre, te levantan en volandas para desacoplarte y cargan a su progenitor para acomodarlo sobre el asiento. Levantan la silla para dejarla en posición vertical, con la cinta sujetan el cuerpo de su padre al respaldo y sus tobillos a las patas. Por último toman un rotulador y dibujan unos cuernos en las sienes de su padre, entre las astas escriben la palabra “IMBÉCIL”.

—¡Dejaste un “imbécil” muy grande en mi frente pintado! —canta uno de los trillizos.

—¡No tienes perdón! —corean los otros dos.

El que acaba de follarte te acomoda de rodillas frente a él, mete su erecta verga en tu boca y te da a probar la mezcla de su semen, el semen de su padre y tus jugos vaginales. Te toma por la nuca e incrusta su glande en tu garganta.

—¡Y mírame a la cara! —canta—. ¡Y atrévete a negarme que conoces tantas vergas como historias que contarme!

Te folla la boca sin piedad mientras los otros dos se arrodillan a tu lado para chupar tus senos con gula.

—¡La puta que nos parió no quiso darnos a mamar sus tetas para alimentarnos, estas ubres son idénticas y con ellas acabaremos de criarnos! —exclama uno de ellos.

Podrías evitar todo esto. Podrías salir corriendo, tomar tu auto y largarte; quizá incluso podrías llamar a la policía y pedir ayuda para David. En vez de esto les dejas hacer de tu cuerpo lo que quieran, no puedes evitar sentirte excitada.

Los muchachos que maman tus senos se dedican a dar profundos chupetones casi dolorosos en tus pezones para erectarlos al límite e incrementar su sensibilidad. Cuando se cansan del juego los tres se sientan en el suelo y se golpetean los muslos. Es hora de que participes de forma activa en el aquelarre.

Sientes algo de culpa al mostrar a David esta faceta de ti, pero eso no te impide sentarte sobre el trillizo de en medio del corrillo y tomar su erección para guiarla a tu sexo. Empiezas a empalarte despacio, pero el muchacho parece desesperado; te toma por las caderas y te obliga a darte un sentón para alojar en tu interior toda su verga. Gritas apasionada, te ha sorprendido, mas no te ha lastimado.

Cabalgas a tu sobrino mientras él magrea tus tetas, besa tu espalda y dice obscenidades sobre tu persona, tu actitud y tu disfrute.

Los otros dos se masturban sin pudor mientras David lo observa todo en silencio. Tu cuñado, humillado por sus hijos y traicionado por ti, llora sin hacer ruido; esto podría hacerte sentir mal, pero un nuevo orgasmo recorre tu cuerpo. La sensación del clímax incestuoso borra de tu panorama emocional cualquier remordimiento.

Es momento de cambiar de verga, te desacoplas del trillizo que has montado y te acomodas sobre otro, esta vez dándole la cara.

La penetración es larga e intensa, una vez ensamblada te meneas de modo tal que tu clítoris roza con el bajo vientre de él. El muchacho goza mamándote las tetas, que se bambolean al ritmo frenético de tus caderas. Sus manos acarician tus muslos y nalgas, las cuales separa y vuelve a juntar varias veces.

Gritas desesperada cuando encadenas una serie de orgasmos en ráfaga, te dejas caer sobre el hombro de tu amante filial, pero el siguiente chico te levanta de las axilas para colocarte en cuatro patas delante de su padre.

—¡Mira Pawíd, la venganza es dulce! —grita cuando te penetra de golpe.

Su bamboleo es potente, está encendido por el morbo de follar contigo delante de su padre. Sus cojones chocan con tu cuerpo una y otra vez mientras sus manos se aferran a tu cintura para moverte completa. Colaboras en esto lanzando tu trasero al compás de la jodienda.

—¡Gracias, Pawíd pendejo, por obligarnos a tragar la mierda esa de Emulsión De Scott! —ironiza el muchacho—. ¡Por eso ahora tenemos tanta potencia sexual!

Los dedos el trillizo en turno hurgan en tu entrada posterior. Cuando te introduce el índice hasta el nudillo entiendes que quiere ser el primero en encularte.

—¡Chíngale el culo todo lo que quieras, pero recuerda que primero nos corremos en el coño! —exclama uno de los espectadores al notar la maniobra de tu amante interino.

Jadeas y gimes en oleadas de gozo cuando llega un nuevo orgasmo. Acunas tu cabeza entre los brazos y levantas el trasero por puro instinto. El trillizo espera lo justo para que termines de correrte y se sale de ti antes de eyacular.

Caes desmadejada, pero no te dejan descansar mucho tiempo.

—El cornudo Pawíd sigue empalmado —señala uno de los chicos—. Dale una buena mamada mientras nosotros seguimos taladrándote el coño, seguro que después de esta noche te preñamos de trillizos.

—¡Se están pasando! —exclamas—. ¡Su padre no merece que lo traten así!

Sin mucha delicadeza te arrastran hasta poner tu rostro a la altura de la verga de David. En efecto, continúa erecto.

—Si no le mamas la verga vamos a creer que no te gusta—bisbisea uno de los chicos—. Si es así, tendremos que cortársela para que no vuelva a molestarte.

Evitando males mayores te introduces la mitad del miembro de David en la boca y comienzas una felación profunda. Él, amordazado, emite ruidos que no podrías identificar ni como placenteros ni como molestos.

Sin interrumpir tu trabajo bucal te acomodan en cuatro patas. Uno de los chicos vuelve a penetrar tu vagina con ímpetu furioso mientras los otros dos se acuestan en el piso, debajo de ti, para mamar cada quien una de tus tetas. La posición es bastante estimulante y el placer vaginal se fusiona con el gozo que te provocan cuando tiran de tus senos como si te estuvieran ordeñando. Consiguen que cada penetración profunda de tu jodedor coincida con los tirones que dan en tus tetas. Por cada conjunto de movimientos gimes y succionas la verga de David. El placer se acumula hasta que llega el inevitable momento de correrte. El trillizo que ocupa tu vagina te penetra a fondo y eyacula un torrente de semen hasta lo más profundo de tu matriz.

Quisieras descansar un momento, pero uno de los que están debajo de ti intercambia lugar con el que acaba de follarte y repite las maniobras de su hermano.

Cuando vuelves a correrte el tercero ocupa la posición en tu coño hasta llevarte de nuevo al orgasmo y sumar su semen al de su padre y sus hermanos dentro de ti.

Te separas de la verga de David y te tiendes en el suelo. Cierras los muslos y levantas un poco las piernas para retener el semen de todos en tu interior. La cantidad de líquidos en tu vagina excede los límites y mucho del semen resbala entre tus nalgas. Aprovechando tu posición uno de los trillizos acomoda tus tobillos sobre sus hombros y orienta su erección hacia tu ano.

Empuja con delicadeza, pero sin ceder en su propósito y sin preguntarte si lo deseas. Desde que diste tu virginidad anal a tu cuñado te han estado sodomizando a diario, incluso más de una vez, no faltando los días en que los cuatro te han penetrado por detrás; no te duele la intrusión, te has adaptado bien al tratamiento y ya lo disfrutas desde el principio.

Gimes apasionada cuando las pelotas de tu sobrino chocan con tus nalgas. Acompañas sus penetraciones al iniciar el rítmico movimiento de entrada y salida de tu recto.

—¡Dame duro, hijo mío! —exclamas. Hace días descubriste que tus sobrinos se llenan de morbo cuando los llamas “hijos” y tú te electrizas cuando te llaman “mamá”.

—¡Que caliente y estrecha estás, mamá! —exclama tu sodomizador—. ¡Siempre quise darte por el culo! ¡No te imaginas la cantidad de pajas que me hice en tu honor cuando era más chico!

Miras a David. Sus ojos están entrecerrados, convertidos en dos rendijas de odio. Debes entenderlo, en unos minutos su vida familiar se ha vuelto un infierno. Acaba de descubrir que sus hijos, lejos de ser los muchachos ejemplares que suponía, son auténticos demonios.

A tu cuerpo no le interesa, sigue colaborando con la sodomización. De tu vagina salen los líquidos sexuales de tu cuñado, tus sobrinos y tus jugos íntimos, todo entremezclado. Una de tus manos juega con tu clítoris sin poder contenerse, pronto vuelves a experimentar el clímax. Con movimientos de tu recto presionas la verga de tu sobrino en estudiados movimientos que lo hacen aullar y gemir. Eyacula dentro de tu ano con violencia tal que sientes cómo su semen se aloja en lo más profundo de tus entrañas.

—¡Sigo yo, sigo yo! —exclama otro de los trillizos.

Entre los tres te levantan para recostarte atravesada, con el culo en pompa, sobre los muslos de David. Sin preámbulos el muchacho penetra tu ano aprovechando la lubricación que brinda el semen de su hermano.

—Perdón, Pawíd —se burla tu sodomizador—. Pero si vas a contemplar el espectáculo, puedes ayudar también. Sé buen chico y colabora con el trabajo de los demás, recuerda que esa es una de las pendejadas de fracasado que siempre trataste de inculcarnos.

Estás acostada sobre los muslos de tu cuñado. Pasas una mano debajo de tu cuerpo para alcanzar su verga y masturbarle despacio; al menos puedes brindarle un poco de placer.

Las embestidas del muchacho en tu ano son demasiado profundas, parece como si quisiera introducirte también sus testículos. Estás abierta, expuesta y llena de verga, el morbo de la situación y las sensaciones que experimenta tu cuerpo te conducen a un nuevo caudal de orgasmos que te hacen gritar como posesa. El chico también eyacula dentro de tu ano, inyectándote un torrente de semen bestial.

Cuando apenas abandona tu orificio el tercer chico separa tus nalgas para meter todo su miembro dentro de tu culo.

Alzas la cabeza y sueltas un gemido muy prolongado. Ha sido brusco, pero no te ha dolido. Más bien te sientes sorprendida.

Tu cuerpo reacciona, tus caderas acuden al encuentro de las vigorosas arremetidas del ariete de tu sobrino. Te odias a ti misma por sentir este placer, te aborreces por estar haciendo esto a David, pero no puedes evitarlo, el gozo es más fuerte que tú. Solo puedes recibir la verga del trillizo, masturbar la de tu cuñado y menear las caderas para seguir siendo penetrada.

Te corres en estertores largos, gritas y te dejas llevar, la espesa simiente de tu enculador se derrama en el interior de tu ano.

Cuando el chico te desenmcula caes desmadejada a los pies de David. Le miras a los ojos y descubres un odio mortal en ellos; es casi como la expresión de sus hijos cuando compiten por ver quién es el mejor de tus amantes.

Los muchachos se van al mueble bar y descorchan una botella de whisky, se sirven vasos llenos y brindan por el éxito de la venganza que han planeado en contra de su padre.

—Tía, ya puedes desatar a este pendejo —indica uno de los muchachos—. Después de cogerte nos ha dado hambre, sería bueno que nos preparara una de sus cenitas, nada más para reponer fuerzas y seguir follándote. Si se porta bien podemos comprarle un consolador y dejarlo que se estrene en el sexo anal. Si nuestro jodido padre te estrenó el culo, es justo que nosotros se lo reventemos a él.

Como puedes desenrollas la cinta con la que han sujetado los tobillos y las muñecas de David, él se desembaraza de las que aprisionan su torso y se arranca la de la boca, haciéndose daño.

Tu cuñado se levanta y mira a sus hijos con odio y desprecio, después te mira a ti con repugnancia.

—¡Malditos! —es la única palabra que dedica a sus vástagos, pero cada sílaba nace de su boca con todo el rencor del mundo.

—¡Puta! —te insulta.

No tienes fuerzas ni argumentos para responder nada. Tu cuñado recoge sus ropas y se viste. Sale del casino azotando la puerta y monta en su furgoneta. Tratas de salir cuando escuchas el quejido del motor, pero comprendes que no puedes hacer nada por remediar la situación. Tus sobrinos guardan silencio, quizá conscientes de que acaban de destruir la estabilidad emocional del padre que sacrificó todo por ellos.

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