Mis días siendo forzado: Capítulo 1


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RESUMEN

Continuación del relato de Michael Brewster...

CAPÍTULO 1: Sexo, mentiras y fotografías

 

Viernes, 28 de mayo

Linda aparcó en el garaje de su casa cuando los últimos rayos de sol de la tarde se ocultaban por el oeste. Le había llevado toda la semana pensárselo, pero al final había decidido plantar cara a su marido.

Sacó de la guantera del coche el sobre beige y volvió a echar un vistazo a su contenido, antes de salir del vehículo. Se sorprendió al comprobar que ya no le afectaba en lo más mínimo. Era como si durante los últimos días se hubiera insensibilizado y no despertara ninguna emoción respecto a Mike.

Zack y Ellen habían sido muy amables durante esos días de descanso y el consejo de su hermano le había abierto los ojos de par en par. Su esposo la amaba pero había ciertos aspectos de su personalidad que había mantenido ocultos, bien por miedo, bien por vergüenza, bien por autoengaño. Ella no era quién para juzgarle, pero tampoco se iba a quedar de brazos cruzados. Hasta cierto punto podía comprender los motivos por los que podría haber ocultado su secreto. Estaba dispuesta a afrontar el problema y encontrar una solución para que su matrimonio funcionase.

«Ya no quiero más secretos entre nosotros. ¡No más!», pensó Linda mientras caminaba con resolución hacia la puerta de su casa. De una forma u otra, su matrimonio iba a sufrir un drástico cambio.

 

* * * * *

 

—¡Linda! ¿Cuándo has vuelto? —Mike se vio muy sorprendido al verla de sopetón en salón.

—Hace ya un rato —Linda estaba sentada tranquilamente en el sofá como si tan sólo acabara de regresar de dar una vuelta por el vecindario.

—Podrías haberme avisado, tengo la casa...

—No te preocupes por eso —exclamó Linda al ver el desorden que reinaba a su alrededor después de cinco días. La casa parecía una leonera.

—¿Se encuentra bien Zack?

—Sí —dijo con una frialdad inusitada en ella.

—Dijiste que tenías problemas familiares...

—Ya están arreglados —le atajó.

—Estaba muy preocupado por ti, Sweetie.

Mike captó al instante que algo iba mal. No eran sólo las frases cortas y tajantes, apenas monosílabos y vagos meneos de cabeza, con los que ella le respondió al llegar a casa. También su manera de tratarle, impasible hasta el punto de ser insultante, le dio una pequeña pista de que aquello iba dirigido hacia él.

Acababa de regresar de la oficina de buen humor, la fiesta de despedida de James LaBelle había sido entretenida. Era una pena que se marchara, pero al menos Mike pudo hablar a solas con él y agradecerle el tiempo que había invertido en él siendo su mentor y la confianza que había depositado en su trabajo.

Sin embargo encontrarse de sopetón a Linda con cara de malas pulgas, había sido como un jarro de agua fría. Desde el lunes por la mañana no se habían hablado, tan sólo a través de enigmáticos SMS en los que no soltaba ni prenda y ahora volvía a casa.

—No estabas más preocupado que mi jefe —aquel golpe bajo le dejó patidifuso a Mike. No era justo que le acusara de desaparecer de casa como alma que persigue el diablo y no percatarse de su ausencia.

—¿Te ha sucedido algo? —le preguntó intentando mantenerse calmado. Se sentó en el sofá a su lado.

—No —Linda apartó la mirada de él.

«Vale, no quiero seguir jugando a las adivinanzas».

—Bueno, ¿entonces porqué estás tan cabreada conmigo? —Mike intentó un enfoque más directo.

—No estoy enfadada.

—Desapareces durante días sin decirme nada de nada y cuando llegas a casa actúas como si fuera un extraño —le recriminó Mike esperando que de un momento a otro le explicara de qué iba todo aquello.

—Tenemos que hablar...

—Eso es lo que estoy intentando hacer, pero...

—No me has dejado terminar —exclamó Linda sacando de debajo del cojín un sobre de color beige—. Tenemos que hablar de algo que no te va a gustar.

—¿Qué es esto, Linda? —preguntó Mike un poco asustado cuando le tendió el sobre. Linda no le contestó, ni parecía tener la menor intención de hacerlo. Él examinó la solapa rasgada con creciente agobio, en el dorso escrito con letras grandes estaba su nombre, aunque de un modo en el que no lo había visto desde hacia años: ‘Mickey D. Brewster’. Abrió el sobre beige apresuradamente, impaciente de descubrir la respuesta a la singular actitud de su esposa. En el grueso sobre había una docena de fotografías ampliadas a casi el tamaño de un folio.

Mike reconoció al instante la foto superior, aparecían dos personas en primer plano. Una de ellas era el propio Mike, más joven y con el pelo mucho más largo recogido en una cola de caballo. La otra persona era Tom Vasili, un antiguo amigo de la época del instituto. Iban agarrados de los hombros y mostraban unas amplias sonrisas en sus rostros adolescentes, en sus manos llevaban sendos porros de marihuana. En una diminuta esquina de la fotografía desencuadrada se encontraban Emily Van Horne, Jimmy Evans y la chica por la que había estado colado durante todo el instituto: Sarah Rosenberg.

Mike se sorprendió al reconocer la que había sido su pandilla de entonces. Por los muebles tapados con sabanas del fondo de la imagen, y las estanterías repletas de herramientas de bricolaje herrumbrosas la fotografía debía de haberse hecho en el sótano de la casa de Jimmy Evans.

Allí solían reunirse los fines de semana cuando tenían quince años para fumarse unos cuantos canutos a escondidas y beberse unas cuantas cervezas. El padre de Jimmy solía hacer horas extra de guardia de seguridad y su madre nunca curioseaba lo que hacían.

 

Por las sonrisas estúpidas y bobaliconas que mostraban en aquella borrosa fotografía, era evidente que se habían retratado en medio de una de sus fiestas particulares de drogas y alcohol. Mike no lograba precisar cuándo las habían realizado... «¡Pero ahí estaban!». La siguiente fotografía que examinó Mike también era de Tom Vasili y suya. Sin embargo, se quedó de piedra al observarla detenidamente.

—¿Pero qué demonios es...? —farfulló entrecortadamente Mike, incapaz de creerse lo que veía con sus propios ojos. Desvió su mirada a Linda para pedirle una explicación, pero los duros y crueles ojos de su mujer seguían clavados en el grueso fajo de fotografías. Los dos amigos aparecían besándose con intensidad en los labios (más bien, magreándose) delante de la cámara. Mike pudo reparar en que llevaba los labios pintados burdamente de brillante rojo carmín, estaba sin camiseta y tenía los ojos entrecerrados. El resto de la pandilla aparecía también en otra fotografía. Sarah Rosenberg se estaba desnudando y quedándose en sujetador y Jimmy Evans tenía la cabeza enterrada entre los muslos de Emily Van Horne.

La siguiente instantánea que voló sobre sus dedos no fue más alentadora que la anterior. Sarah Rosenberg y él, tendidos encima del sofá-cama con sus cuerpos entrelazados por piernas y brazos, follando con intensidad. Los pechos firmes y pequeños de ella estaban tiznados de rojo, por los besos y lametones de Mike en torno a sus pezones. Por si fuera poco, él llevaba el sujetador de ella ceñido depravadamente alrededor del torso.

En otra imagen aparecía Mike practicándole un cunnilingus a Emily Van Horne. Mientras que Tom, desnudo de cintura para abajo, le penetraba por el culo agarrándole firmemente de las caderas. Mike pasó a toda prisa las restantes fotografías... él quitándole el sujetador a Sarah, en medio de un ataque de falso pudor por parte de ella, para luego ponérselo en otra instantánea. Sarah pintándole los labios de Mike entre carcajadas. Tom y él fumándose un par de porros y pasándoselos a Emily y a Sarah.

Sarah desnuda, montada a caballito sobre Tom mientras tenía la polla de Mike en su boca. Jimmy besándole el pecho a Emily mientras Mike la masturbaba con sus dedos. Y por último una escena de Sarah, Tom y él juntos, desnudos encima de la cama, haciendo un sándwich con Mike en medio vestido todavía con la prenda de Sarah.

—Y bien, Honey. ¿Tienes una explicación para todo esto? —exclamó Linda en un tono de voz feroz.

Aquella sucesión de imágenes de sexo desenfrenado que Mike había visto ante sus ojos, fue demasiado traumática para él. Le estaba costando mucho asimilar todos los acontecimientos.

—¡Yo no sé nada de esto! —emitió todo lo honestamente que pudo al recuperarse del shock.

—¡Estás negándolo acaso! ¡Maldito cabrón mentiroso! —gritó estridentemente Linda, quitándole el fajo de fotografías de sus manos y agitándolo violentamente delante suyo—. ¿Estas fotos son de mentira?

—No digo eso —repuso en voz baja Mike, amilanado por la dureza de sus palabras—. Sólo te digo que no recuerdo nada de esto —explicó más sosegado.

 

* * * * *

 

«¡¿Qué no lo recuerda?! ¡¿Cómo que no lo recuerda?!». De todas las respuestas que había podido esperar de su marido, ya fueran excusas, humildes declaraciones o burdas mentiras, jamás habría imaginado aquella.

—¡La madre que te ha parido, Mike! ¡Eres un jodido mamón! ¡¿Cómo has podido estar ocultándome esto todos estos años?! ¡¿Cómo?! ¿Eh? Nunca... pero que nunca me has hablado de ellos. ¡¿Y encima estuviste haciéndoos fotografías mientras os montabais una orgía?! ¿Os lo jugabais a suertes para ver quién se lo hacía con quién? ¿Te dejaste que te la mamaran a gusto, verdad? Y encima tú hacías... hacías esas... cosas vestido como un pervertido. ¡Cerdo asqueroso! ¿Acaso te ponía cachondo usar un sujetador? —su furia amedrentó a Mike un poco, más que nada por el sentimiento de creciente vergüenza que le estaba hundiendo paulatinamente en el respaldo del sillón de cuero—. Y tú con... ¡Tú follando con esos chicos! No puedo creerme que la persona con la que me casé sea la misma que sale en esas fotografías.

—Sucedió mucho antes de que nos conociéramos, Linda —murmuró Mike, pero no sabía cómo calmar a la fiera indomable que se agitaba en ella—. Nunca te hablé de ellos, porque no estoy muy orgulloso de aquello. No quería que conocieras esa faceta mía. En el instituto hice muchas barbaridades, como casi todo el mundo. Estaríamos drogados o borrachos en estas fotos, porque no tengo ningún recuerdo de ello.

—¿Esa es tu mejor defensa? ¿No lo recuerdas? —le fulminó con la mirada Linda, retándole a que le respondiera. Meneaba la cabeza con velocidad y tenía los labios fruncidos—. ¿Es decir, que para ti fue como si nunca hubiera sucedido? ¡Oh, bien! ¡Estupendo! Entonces está toooodoo solucionado... ¡Oh, sí! ¡Eres un capullo hipócrita de mierda!

—¿De donde han salido estas fotografías? ¿Quién te las ha dado? —preguntó Mike haciendo oídos sordos a sus escabrosos insultos, quería encontrarle un sentido a todo aquel desbarajuste.

—¡Qué más da de dónde las haya sacado!

«No voy a dejarle que se desvíe del tema. ¡Ni hablar!».

—Linda, cariño... —intentó apaciguarla.

—¡Cierra tu sucia boca llena de mentiras! —Mike lo hizo tan de golpe, que casi se mordió la lengua.

—Lo siento —le suplicó aproximándose, con intención de abrazarla y calmarla. Aquello tuvo el efecto contrario al esperado, Linda le apartó rudamente de un empellón y abrió los ojos desmesuradamente.

—¡Ni se te ocurra tocarme! —bramó realmente enfurecida Linda. Su vena de ardiente sangre irlandesa materna salió a flote y de un rápido movimiento le tiró al firme suelo de madera. Su puño se quedó a pocos centímetros del rostro de Mike, pero se contuvo al ver que se quedaba indefenso como un pelele. Mike no iba a levantar la mano contra Linda, ni siquiera para escudarse de sus golpes. Él era merecedor de su ira por toda la vergüenza que le había hecho pasar.

—Ojalá pudiera hacerte daño de verdad —bramó Linda. Dejó de tener los puños en ristre y se incorporó—. Pero con esto no sería suficiente.

—Lo siento mucho. Haré lo que quieras —le prometió Mike mientras intentaba erguirse a medias en el suelo—. Lo que tú quieras, te lo juro.

—¡No puedes hacer nada que arregle esto! —dijo Linda y al ver que abría los labios de nuevo añadió—. ¡Te he dicho que estés en silencio! —Mike cerró con una cremallera de mentirijilla la boca y esperó que un poco de silencio pudiera serenar el cargado ambiente.

«¡Debería de echarlo a patadas de casa!». No sólo tenía el descaro de seguir mintiendo sino que encima se arrastraba con un gusano pidiendo clemencia. Durante un segundo pensó en subir las escaleras coger la maleta vacía y poner todas sus cosas dentro para que durmiera en un hotel. Pero... al pensar en la ropa del armario se le ocurrió otra idea mucho mejor.

—Has dicho que harías lo que sea, ¿verdad? —un plan descabellado empezó a cuajar en la mente de Linda—. ¿Cualquier cosa que te pida?

Mike asintió con cierta inseguridad.

 

Continuará...

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