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Mis días siendo forzado: Prólogo

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  • Este relato comienza de una manera que parece no ser erótica pero en los siguientes capítulos mejora.

    SINOPSIS

    La vida Mike Brewster en apariencia es feliz y exitosa. Si bien su trabajo como publicista es reconocido y valorado por sus compañeros y sus jefes, su carrera se ha estancado por su falta de liderazgo. Su matrimonio parece sólido y fuerte, pero sufrirá un duro revés a raíz de un secreto de su juventud que es revelado sin saberlo a la persona que más ama en el mundo.

    Linda Brett, su esposa, decidirá imponerle un duro castigo, humillándole de la peor manera posible. Mike, temiendo perderla para siempre, accede sin remedio a llevar a cabo todos y cada uno de sus excéntricos deseos. Una y otra vez, las pruebas y torturas ponen a prueba su paciencia y fidelidad, a medida que el pasado de Mike va siendo despellejado capa a capa ante su esposa. Y más secretos inconfesables salen a la luz.

    Pero los planes de Linda acaban llegando mucho más lejos de lo que ninguno de los dos se podía imaginar jamás. Mike se verá metido de lleno en una turbulenta relación a tres bandas con la inesperada aparición en sus vidas de una mujer llamada Amy...

     

    PRÓLOGO: Un día inolvidable

    Lunes, 24 de mayo

    Aquel día se convertiría para Michael Brewster en una fecha memorable. No porque fuera digna de ser recordada, sino por todo lo contrario. Aunque él mismo no tenía ni idea de la verdadera importancia de esa fecha hasta muchos meses después. Esa mañana se despertó como cualquier otro lunes, con el olor del desayuno preparado por su esposa, subiendo las escaleras desde la cocina y los rayos de sol filtrándose a través de las rendijas de la persiana de su dormitorio.

    «¡Cinco minutos más!». Le dio un manotazo al despertador para que dejara de zumbar y se hizo el remolón bajo las sabanas.

    —Se te va a enfriar el desayuno como no te des prisa y menees el trasero, Honey —dijo Linda desde el quicio de la puerta, con los brazos en jarras en una falsa actitud reprobatoria. Acto seguido se giró descalza sobre sus talones como si fuera una peonza bailando para dirigirse de vuelta a la cocina.

    Como indumentaria de andar por casa, ella llevaba una de las camisas de oficina de Mike. Sin embargo, a diferencia de muchas otras mujeres que suelen vestirse de esa caprichosa manera con la ropa de sus parejas, le quedaba muy corta y no le llegaba a cubrir sus esbeltos muslos. La tela se ceñía a sus sensuales formas femeninas como una segunda piel. Linda tenía una mente astuta y rápida para los negocios bursátiles y un cuerpo esculpido para el placer. Era una auténtica belleza irlandesa de largo cabello rojo caoba (intensificado con tintes artificiales, pero igual de espectacular al natural), talle fino y curvilíneo como el de un violín y con unos ojos castaños como dos gemas pequeñas y brillantes. Su rostro era pequeño, salpicado de diminutas pecas y de formas redondeadas.

    Su tez blanca era un fino lienzo en el que se podían adivinar sus emociones y que a menudo la traicionaba en el cara a cara. Cuando estaba asustada, empalidecía exageradamente, literalmente resplandecía por la falta de sangre. Pero cuando la vergüenza la sobrepasaba, le ardían las mejillas como carbones encendidos. Sus labios, en cambio, podían mudar con tanta facilidad entre el cinismo y la risa sincera, que a la mayoría de sus conocidos y amigos les costaba descifrar si hablaba en serio o se estaba riendo en su cara. Por si fuera poco la esposa de Mike tenía una mezcla de ardiente sangre irlandesa y temperamental carácter tejano que hacían de su forma de ser algo sin igual. Por normal general era imperturbable, pero también podía llegar a ser impulsivamente temeraria.

    «¡Soy un hombre muy afortunado!», pensó Mike Brewster aquella mañana como todas las anteriores que había compartido junto con ella. Llevaban casi cinco años casados y Mike todavía seguía amándola como desde el primer día.

    «¡Que se fueran al cuerno las estadísticas que dicen que el romanticismo se esfuma a los dos años de matrimonio!». En su caso no era así. No es que vivieran en una eterna Luna de Miel pero, más allá de la rutina diaria de la convivencia con sus más y sus menos, seguían disfrutando de la chispa de la pasión.

    Mike esbozó una sonrisa de oreja a oreja ante el espectáculo que le ofreció Linda alejándose medio desnuda y se incorporó de la cama estirando los brazos y bostezando a pleno pulmón. Era el comienzo de un nuevo y prometedor día. Él se lo tomó con todo el optimismo y ánimo que podía extraer de sus neuronas carentes de la dosis de cafeína matutina.

    El delicioso olor a beicon frito y zumo de naranja que estaba preparando su esposa inundó la habitación abierta. El perro de los vecinos hacía su saludo matinal al sol, ladrando a más no poder, como si se tratara de un gallo de corral mal reencarnado. Por enésima vez Mike se tropezó y se clavó la anilla de su cinturón en la planta del pie cuando pisó la moqueta, siempre iba dejando su ropa tirada en cualquier sitio. Y como de costumbre su esposa había terminado con el agua caliente del termo. En fin. Todo parecía normal, igual que un día como otro cualquiera.

    Mientras Mike terminaba de vestirse en el dormitorio repasó mentalmente su agenda para ese ajetreado día. Debía de pasarse a primera hora por la imprenta para recoger las láminas y los folletos antes de entrar a trabajar. Reunirse con Vic para concretar los puntos más importantes de la presentación de las 11:30 ante los de Woman Care Supplies. Mrs Bledsoe, su inflexible jefa, no admitiría ni un solo error. Todo debía de salir a la perfección ese día.

    Con treinta años apenas cumplidos, Mike Brewster era un diseñador artístico de mucho talento que se había ganado un hueco en el difícil mercado de la publicidad. Trabajaba como creativo senior en una pequeña agencia publicitaria llamada Emmerich & Covington Advertising. Mucha gente llegaba a pensar que con las nuevas tecnologías y todas las técnicas por ordenador, el dibujo a mano se había extinguido dentro del mundo de la publicidad cada vez invadida más por Internet. Lo cierto es que la profesión de Mike sobrevivía adaptándose a los nuevos tiempos.

    Su estudio de casa en lugar de estar compuesto de caballetes, pinturas y cuadernos de dibujo, tenía un ordenador conectado a una paleta electrónica donde podía realizar sus bocetos igual de bien que en papel. Había mucha gente que podía hacer maravillas con el Photoshop y unas cuantas fotografías, pero Mike tenía la genialidad de plasmar en una imagen justo aquello que el cliente quería transmitir.

    Físicamente, Mike no era muy destacable. Su afable semblante, barbilampiño a pesar de su edad, producía la equívoca impresión de estar hablando con alguien mucho más joven e inexperto. Tampoco ayudaba mucho de cara al trabajo que siempre llevara su pelo castaño largo un poco al estilo de Justin Bieber.

    Sus ojos verdes se veían ensombrecidos por las gafas de pasta negras que llevaba a todas partes. Y el poco vello facial que tenía era una ridícula pelusilla en la comisura de los labios, que apenas se veía desde muy de cerca. Además siempre se había criado delgado y con una constitución estrecha de hombros. Y si bien no era bajito, su metro setenta y cinco de estatura dejaba que desear en comparación con otros hombres más altos, más varoniles y más fornidos.

    Mike nunca había tenido una faceta narcisista, pero no pudo evitar mirarse fijamente en el espejo del baño aquella mañana y preguntarse seriamente cómo un hombre como él había podido conocer y enamorar a una preciosidad como Linda.

    Cuando al cabo de rato Mike bajó a desayunar, halló a su esposa sentada en el sofá del salón con las piernas cruzadas y el portátil sobre su regazo. Llevaba el pelo recogido en un pequeño moño con un lápiz y mordisqueaba otro lápiz, más por fuerza de la costumbre de fumar que por nervios, mientras observaba los índices de bolsas y tecleaba de cuando en cuando a una velocidad de vértigo. Apenas le respondió con un ensimismado balbuceo cuando Mike le dio los buenos días con un beso en la mejilla.

    Linda era broker online de una agencia de inversiones, cuya sede estaba emplazada en la bahía de San Francisco. Ella no era muy madrugadora en sus días libres de fin de semana, siempre dormía a pierna suelta hasta el mediodía, pero su horario de trabajo se amoldaba a los rígidos preceptos de la bolsa online.

    Así pues, su jornada laboral bailaba incesantemente entre las ciudades de Tokio, New York, Londres, Bombay o dondequiera que le tocara ese mes en particular. Lo único bueno de su trabajo era que podía desempeñarlo con toda tranquilidad en casa, vestida en pijama (o travestida con la ropa de oficina de Mike cuando le daba por hacerlo), sin tener que chuparse los eternos atascos en la autopista a primera hora. Además tenía muchas más horas libres al día que su marido y solía exprimir al máximo cada segundo.

    Pasaron aquel breve desayuno hablando sobre los planes que tenían para toda la semana y ella le deseó mucha suerte en la presentación de la empresa.

     

    * * * * *

     

    Lo había observado atentamente durante las últimas semanas y conocía bastante bien toda su rutina. Conocía la hora que salía de casa para ir al trabajo, qué camino tomaba, qué plaza de aparcamiento tenía asignada en el edificio de la empresa, cuál era su oficina y su número de teléfono de móvil, a qué bar solía ir con sus compañeros después de terminar su jornada y antes de regresar a su casa.

    «¡Y menuda casa!». No era uno de esos adosados clónicos que habían brotado durante la especulación urbanística del valle de Los Ángeles. Era una casa grande, de dos plantas con una fachada de ladrillo visto, un porche a la entrada, un garaje (aunque sólo había espacio para que entrara uno de los dos coches que tenían) y un jardín bien cuidado. También tenía un gran árbol cuya copa le daba algo de privacidad a las ventanas de los pisos superiores. Sólo le faltaba una valla blanca bordeando la casa para rematar el idílico paisaje de su morada. A Mickey y su esposa debía de irle muy bien la vida si podían permitirse comprar esa vivienda. Y eso significaba que él conseguiría una buena pasta con el negocio que tenía entre manos. Le haría pagar con creces las molestias que había sufrido por su culpa en el pasado. Esa mañana también lo estuvo observando con atención, sentado en la parte trasera de su furgoneta, cuando el bueno de “Mickey Mouse” Brewster pasó por delante del buzón de correos sin prestar atención a la banderita levantada, antes de montarse en su coche aparcado en la entrada del garaje.

    «¡Maldita seas, Mickey!». No había contado con ese jodido contratiempo. Quiso seguir su vehículo hasta el trabajo, como tenía planeado, pero no podía dejar ese cabo suelto. Pensó en llamar a su teléfono móvil y obligarle a volver a su casa para recoger el correo que él le había dejado, pero el único teléfono que tenía a mano podía dejar un rastro hasta él. Así que lo único que pudo hacer fue esperar sentado mientras su mente bullía de desesperación, pensando en cuál sería el siguiente paso para arreglar el error. Pero unos minutos después observó cómo la esposa de Mickey salía del hogar enfundada en una bata, con el moño recogido con un lápiz, recogía el periódico y su correo.

    —¡Oh mierda, no! —masculló entre dientes. Entre las cartas que el cartero había dejado media hora antes, se hallaba un sobre grande y beige que él mismo había depositado allí para Mickey, no para su esposa.

    «¿Qué demonios sabía de ella?». Apenas nada, la había investigado superficialmente cuando comenzó a indagar sobre el actual estado de su viejo amigo Mickey. Al principio había pensado que la mujer de Mickey era ama de casa, pero después de rebuscar entre su basura descubrió anotaciones bursátiles y cartas de un holding de inversiones y llegó a la conclusión de que se dedicaba a la banca o a la bolsa, pero desde su hogar. Al parecer incluso mantenía el apellido de soltera en todo lo referente a su carrera profesional.

    «¡Una de esas feministas de tomo y lomo!». Sin embargo, todo su interés se había centrado en Brewster. Quizás si hubiera profundizado más en su esposa, se habría enterado de que el apellido Brett correspondía a una multimillonaria familia tejana poseedora de numerosos pozos petrolíferos, que estaba metida en la industria aeroespacial y de nuevas energías alternativas. Pero sus pesquisas no se habían extendido más allá del estado de California.

    «¿Y si ella veía su contenido?». Tenía un mal presentimiento así que hizo lo único inteligente que se le pudo ocurrir al ver cómo se habían truncado todos sus planes. Se sentó en el asiento de la furgoneta, arrancó el motor y cruzó la calle pasando por delante de la casa de Brewster decidido a no proseguir con el plan. Por suerte para él, Mickey no era el único al que podía presionar con esa estafa, y no quería arriesgarse a que su mujer llamara a la policía.

     

    * * * * *

     

    —¿Estás nervioso? —le sobresaltó a Mike una voz por la espalda cuando iba a tomar el ascensor del edificio de oficinas Whilshire. Era Víctor Sterling, “Vic” para los amigos, uno de sus compañeros en la empresa y colega personal suyo fuera del trabajo—. Tienes pinta de estar enfermo. ¿No iras a vomitarles encima como hizo Freddie Loreto con los de Toys`R´us?

    —No, estoy bien —le aseguró Mike respirando profundo, aunque el reflejo que pudo ver en las puertas del ascensor le observó con cierto temor soterrado. Habían estado perfilando los detalles de la presentación durante toda la semana. Si lograban convencer a los directivos de WCS de aquella campaña, tendrían un contrato en exclusiva por los próximos tres años de la publicidad de su empresa. Eso representaba toda la gama de sus productos sanitarios para el cuidado infantil y femenino. Pañales, lociones hidratantes para bebes, toallitas húmedas para las manos, compresas, tampones y demás subproductos del algodón e higiénicos. Vic también tenía un nudo en el estómago, aunque sabía mejor que él como fingir confianza, pues su trabajo se lo exigía. De todas maneras prepararse aquella campaña había sido un verdadero infierno para él. Y aunque era un vendedor nato, de esos que llegarían a vender hielo a los mismísimos esquimales, se las traía consigo con el último trabajo que les habían encargado.

    «Haya o no haya crisis se siguen vendiendo pañales y comprensas», recitó mentalmente Mike recordando lo jugoso que era aquel negocio, la comisión por su pequeño granito de arena podía superar las cinco cifras con facilidad. A Vic también se le cruzaba un pensamiento similar por la cabeza cuando subieron a las oficinas del piso once. Ya que Vic (como soltero empedernido y juerguista de profunda vocación) no era muy amigo de todo lo que tuviera relación con los bebes y con la menstruación femenina.

    Cuando llegaron a la sala de reuniones la asistente personal de Brewster, Jessica Phillis, ya tenía a punto todo el material para la presentación y estaba comprobándolo con los directores de los departamentos de medios, creativo y el de arte. Éste último, el ex-jefe de Mike, afirmaba vehemente con la cabeza dando su visto bueno personal. El PowerPoint estaba a punto en la pantalla de plasma y las ilustraciones a gran tamaño que había realizado Mike con tanto esmero durante toda la semana en el caballete.

    —En cuanto llegue Mrs Bledsoe con los directivos de WCS os aviso —informó Phillis derrochando entusiasmo por los cuatro costados, alzó los dos dedos pulgares y esbozó una amplia sonrisa en su rostro, como diciéndoles a todos «¡Vosotros podéis!».

     

    * * * * *

     

    Linda Brett estaba como sonámbula, todavía sin creerse lo que estaba sucediendo. En un primer momento quiso ir a las oficinas de su marido para hablar con él. Pero de inmediato se lo pensó mejor, se cambió de ropa, hizo las maletas a toda prisa, salió de casa, cogió su coche del garaje y se marchó sin mirar atrás.

    «¡Necesito largarme lejos de él!». Fue su primer y único pensamiento coherente. Aunque reuniera fuerzas y se plantara cara a cara, no estaba segura de soportar las respuestas que pudiese darle su esposo. Así pues, en el primer desvío que pudo tomar, decidió coger el camino a la autopista 101 para dirigirse hacia la casa de su hermano en Sacramento.

    Poco a poco su mente empezó a procesar lo que estaba sucediendo, su teléfono móvil BlackBerry sonaba con insistencia aunque ella no le prestó la menor atención. Su mirada se desviaba siempre al sobre de color beige que había dejado encima del salpicadero del coche. Tan sólo una hora antes había abierto ese sobre destinado a su marido, y todo su mundo se había puesto patas arriba.

    —Ese hombre no te merece —farfulló Linda. Fueron las amargas palabras que su padre le dedicó poco después de conocer la noticia de su compromiso con Mike. En aquel entonces, su comentario le había sonado hipócrita y poco alentador. Pero tal vez hubiera tenido razón en su apreciación.

    Linda ya había salido mal parada de un par de relaciones anteriores, y estaba harta de enamorarse del mismo tipo. Autoritarios, engreídos y arrogantes, con complejo de autosuficiencia. Mike en todo caso era lo diametralmente opuesto a sus antiguas parejas, y a los hijos de los amigos de su padre que buscaban el dinero de la familia. Ella había creído ver en Mike buenas cualidades, era compasivo, cariñoso y tenía un desinterés absoluto por su herencia. Pero ahora la imagen que tenía de Mike se había caído del alto pedestal en el que lo había puesto. Demostraba ser como todos los demás hombres, un cerdo degenerado que ocultaba sus secretos y sólo dejaba ver una parte muy superficial de sí mismo. «¡Como mi padre!».

    Linda nunca había creído en la institución del matrimonio, hasta que conoció a Mike y empezó a pensar que podía ser el hombre que había estado esperando tanto tiempo. Pero ahora... Todo aquello le parecía una terrible pesadilla y esperaba despertarse en cualquier momento y ver que nada había sido real.

    Durante toda su vida, había pensado que era una mujer de fuerte carácter, con el corazón curtido y capaz de soportar toda la mierda que le echasen encima. Y resultaba que en ese decisivo momento se encontraba con los ojos lagrimeando y a punto de sollozar, como una patética adolescente a la que le hubieran dado calabazas en su primera cita. Linda estaba asqueada de mostrar tal debilidad. Los kilómetros de autopista pasaron velozmente ante sus lacrimosos ojos, mientras se replanteaba uno a uno todos los cimientos de la relación con su marido.

     

    * * * * *

     

    —Creo que lo hemos logrado otra vez —exclamó Vic, soltando un hondo suspiro. Le dio una palmada en el hombro a Mike tras recuperar la confianza—. Por un segundo he pensado que estaba en medio de un tribunal de mujeres y que me iban a juzgar a muerte. Se me han puesto los huevos de corbata, Mike.

    —La idea es buena, se vende sola —comentó Mike convenciéndose de lo que Víctor había dicho innumerables veces.

    —¿La idea? Querrás decir tu idea —exclamó mirando la sala de presentaciones sumida en la oscuridad—. Tú solito te has montado una campaña de publicidad para promocionar pañales de bebé que va a triunfar. A nadie se le habría ocurrido nunca utilizar de fondo el llanto de un bebé en los spots como si fuera una sirena de bomberos.

    —Pero el slogan ‘código rojo, culito irritado’ no fue idea mía, se me ocurrió por ese comentario que hiciste el otro día sobre tu último ligue —atajó Mike descorriendo las ventanas y arrojando luz a la habitación—. Se trata de un ataque desde diferente bandas al subconsciente femenino, para que las madres comparen su propio bienestar con el de sus bebes.

    «Sólo espero que no se hayan sentido ofendidas las directivas». Se achicó un poco Mike ante esa posibilidad. Cuando terminó la reunión y su jefa salió acompañando a las de WCS, su rostro se alzaba de orgullo. Esa era una señal inequívoca de que habían firmado el acuerdo—. Brewster, Sterling, venid a mi despacho de inmediato —mandó Mrs Bledsoe lo más amablemente que pudo expresar.

    Con Mrs Bledsoe presente Mike siempre se sentía incomodo. Era una empresaria muy dura con todos sus subordinados. Por lo que, incluso cuando estaba de buen humor, provocaba que su carácter serio y seco bajara la temperatura ambiental de la habitación un par de grados. Debido a ello se había ganado el sobrenombre de la “Reina de Hielo” dentro del círculo de oficinistas de la empresa. Por si fuera poco, le sacaba un par de centímetros de altura a Mike que le imponían cierto respeto y miedo.

    Sus ojos azules de un tono eléctrico contrastaban enormemente con su intenso bronceado de los trópicos, fruto de vivir en una casita a primera línea de playa en Malibú. Y el cabello de intenso tono negro azulado que relucía, lo llevaba recogido en una coleta muy prieta que agudizaba sus ya de por sí afiladas y duras facciones. A menudo a Mike le recordaba su perfil al de un cuervo, como sacado de los oscuros versos del célebre poema de Edgar Allan Poe.

    Pero dónde más se demostraba su imponente porte de autoridad era sentada en su escritorio. Su lado de la oficina estaba estratégicamente alzado unos imperceptibles centímetros, para que cualquiera que se sentara delante se viera repentinamente empequeñecido ante su presencia.

    —Habéis hecho un trabajo magnifico, chicos. Han firmado por un espacio de tres años al menos —los elogió tras situarse detrás de su parapeto de madera de caoba—. La cuenta de WCS es la guinda del pastel de este trimestre. Sé que últimamente os he estado exigiendo mucho, con las horas extras y las presiones. Pero esta agencia de publicidad es muy pequeña y estamos ganándonos nuestra cuota de mercado mes a mes... —«Ahora comenzará con el discurso de que es un duro pulso con las grandes agencias que llevan mucho más tiempo...», pensó Mike oyéndola distraído, al fijarse en que Vic estaba sonriendo para sus adentros y mirando a Mrs Bledsoe casi sin parpadear. Sus ojos brillaban de ansia y supo, como siempre que su amigo miraba así a cualquier mujer, ya sea dentro del trabajo o fuera, que estaba desnudando a Mrs Bledsoe con la mirada. Casi soltó una carcajada al pensar que a su jefa pudiera descongelársele el corazón y mostrar un poco de ardor por algo que no fuera el balance de beneficios trimestral—. ¿He dicho algo que fuera gracioso, Brewster? —añadió Mrs Bledsoe sin variar un ápice el tono de su voz al captar su sonrisa comedida.

    —No, no, sólo estaba recordando un chiste que oí fuera de la oficina, Mrs Bledsoe —improvisó Mike al perder algo de color en la cara—. Siga, por favor.

    —Bien, como iba diciendo, nuestro incremento patrimonial ha sido muy superior al proyectado en el ejercicio pasado y pienso que ha llegado el momento de una reestructuración —aquello alarmó a Vic y a Mike de inmediato. Si estaba hablando de despidos, la razón por la que los había llamado era evidente. Mrs Bledsoe continuó invariablemente con su parloteo, como la insensible voz artificial de un contestador automático—. Hablo de una ampliación tanto en infraestructuras como en personal. Ello me obliga a delegar algunas de mis responsabilidades actuales, habilitar nuevos cargos de dirección y crear nuevos departamentos —«¡Menudo susto nos ha dado!». Suspiraron los dos en silencio al ver que era una falsa alarma y la tenebrosa sombra del despido no se cernía sobre ellos—. Al final de la semana lo haré público a toda la plantilla, pero quería informaros por adelantado a vosotros dos. La nueva ampliación incluirá el ala oeste de la planta, que actualmente está desocupada y un esperado ascenso dentro del personal... —desde hacía varios meses Mrs Bledsoe se encargaba personalmente de la administración del departamento de cuentas, pues el anterior director había sido despedido de su puesto fulminantemente tras descubrirse que estaba planeando llevarse su cartera de clientes a otra agencia—. Enhorabuena, Sterling. Serás el nuevo director del departamento de cuentas —añadió dirigiéndose a Vic, después de mirar a Mike durante unos instantes como dudando, y extendió su mano para felicitarle.

    «¿¡A él!? ¡Le ascienden precisamente a él!». Vic no era muy dado a acatar órdenes a menos que se le presionase constantemente. Y era el menos indicado para darlas a los demás.

    —Gra... gracias —contestó sorprendido el compañero de Mike ante aquel inesperado ascenso—. Le prometo que no le defraudaré, Mrs Bledsoe.

    —No me des las gracias tan a la ligera. Exijo mucho, lo sabes. Ahora, volved a vuestros trabajos —se mantuvo gélida como un témpano de hielo ante la efusividad que derrochaba Vic—. Espera, Brewster, quisiera hablar contigo a solas un momento —el gesto de Mrs Bledsoe seguía hermético cuando Vic los dejó cerrando la puerta tras de sí—. Piensas que no ha sido una buena idea esa elección, ¿verdad, Michael? —en contadas ocasiones su jefa se dirigía a él por el nombre de pila, normalmente no era muy buena señal que se tomara esa confianza—. No es que piense que no te mereces un premio, pero ascenderte no es lo idóneo para ti.

    —¿Y lo es para Vic? —contestó Mike con un deje de envidia en su voz—. No es por hablar mal de mis compañeros, pero usted sabe que él es muy irreverente —llevaba trabajando más tiempo que Vic en esa empresa y no entendía aquella injusticia.

    —Sí, lo sé. Le conozco muy bien, y te conozco a ti. Tu lugar está en el diseño artístico y en el desarrollo de campañas, no con los clientes —respondió Mrs Bledsoe, cruzando los dedos sobre el escritorio y mirándole de frente con frialdad—. Siento decírtelo, pero no tienes el instinto de depredador necesario para los negocios. No miraría por el bien de esta compañía poniéndote al mando, porque no está en tu forma de ser el convencer a los demás. Sé que habéis hecho un trabajo estupendo con la campaña de WCS, no lo discuto. Pero cuando llega la hora de defender tus ideas ante el cliente todo tu ímpetu desaparece.

    Mike la miró con ojos de cordero degollado, pensando en que sus expectativas dentro de la empresa eran pésimas. No es que tratase de ser negativa, pero su jefa no podía evitar ser tan hiriente y sincera.

    —¿Algo más que quiera decirme, Mrs Bledsoe? —Mike quería regresar de inmediato a su despacho y olvidarse de esa conversación, centrarse en alguno de los otros proyectos que tenía pendientes. Quizás ella tenía mucha razón y no era capaz de enfrentarse a los clientes, no tenía carisma ni autoridad para llegar a ser director de ningún departamento. Al salir de su despacho no estalló en un arrebato de furia sorda como habría hecho cualquier otro. Ni cerró de un sonoro portazo la puerta. Ni avanzó hecho un basilisco por el pasillo hacia su despacho.

    «Me duele tanto porque tiene toda la razón del mundo». Por mucho que lo intentara, Mike no podía negar que Vic era la mejor elección para ese puesto. Pero se sentía un poco traicionado por no haber sido recompensado por la campaña de WCS. Se encontró con que tenía la puerta cerrada del despacho y echado el cerrojo. Y al no ver a su secretaria en su mesa, abrió con la llave pensando que estaba vacío.

    Jessica Phillis y Víctor Sterling se vieron sorprendidos de golpe al ver a Mike en el quicio de la puerta.

    —¡Joder, Mike! ¡Qué inoportuno que eres siempre! ¡Podrías hacer el favor de llamar antes de entrar! —exclamó Vic con la respiración entrecortada mirando de lado. Estaba apoyando su brazo sobre la mesa y con el otro rodeando la cintura de la secretaria de Mike. Phillis abrió mucho sus ojos castaños y se pasó el dorso de la chaqueta sobre sus labios, mientras se retiraba un paso hacia atrás de Vic. El rostro le ardía no sabía si de vergüenza o de excitación, y su blusa tenía un par de botones desabrochados de más.

    —Si ya lo decía yo... —murmuró Mike inaudiblemente al ver que acababa de pillarlos con “las manos en la masa”. Vic había estado toda la semana intentando camelarla, con toda clase de excusas para ir al despacho de Mike y hablar con ella.

    «¿Qué demonios tenía él que podía llamar la atención de todas las mujeres?». La envidia no le corroía por dentro a Mike, era más una morbosa curiosidad que nada. Vic Sterling era alto, le sacaba un pie y medio con facilidad, era bien parecido y de una complexión atlética como de jugador de rugby profesional. Pero su trato con las mujeres era prepotente y sexista hasta el punto de provocarle vergüenza ajena. Jessica Phillis se excusó inmediatamente con una pobre disculpa sobre unos informes antiguos que debía de fotocopiar.

    —Me encanta cuando se aleja así, meneando de esa manera las caderas —comentó Vic chabacanamente, sonrió de oreja a oreja y le guiñó un ojo a su compañero—. Tienes suerte, colega, ya te digo.

    —Phillis no es tan sólo un bonito trasero que contemplar —comentó Mike agriado—. Si me disculpas, tengo mucho trabajo que realizar.

    —No he venido a propósito para verla a ella, tu secretaria me había llamado por una buena razón. Acaba de llegar esto de los chicos de contabilidad —se disculpó sacudiendo los hombros como quitándole toda la importancia al asunto. Con un gesto despreocupado tendió a Mike uno de los talones que llevaba en la mano, e hizo un soniquete parecido al de una máquina tragaperras eructando monedas—. Hoy es día de paga. La comisión por la cuenta de WCS es de veinticinco mil por cabeza. ¡Hey, colega! ¿¡Estás disgustado por algo!? —añadió al ver que Mike no mostraba ni una mísera sonrisa por semejante premio.

    —No estoy disgustado por nada —respondió con evasivas, pasando a su lado y rodeando el escritorio.

    —Ya veo, ya veo... —sacudió su dedo índice delante de él—. Es por lo del ascenso. Soy el más sorprendido, por un segundo pensé que esa pécora me iba a despedir... Pero eso de ser el director del departamento es una tontería, no voy a cambiar nada de nada de mi —Vic le dio un amistoso apretón de hombros y las gafas de Mike se menearon de su sitio.

    —Sí, de eso estoy seguro —comentó Mike ajustando la montura de sus lentes de nuevo. Al poco que Vic abandonara el despacho se desplomó repanchingado en la butaca de orejas y se echó las manos a la cabeza. No debía de reprochar la insolente conducta de Vic y cuestionar las decisiones de su jefa.

     

    * * * * *

     

    Zack Brett, el hermano pequeño de Linda, le ofreció una caja de Klínex para que se secara las lágrimas. En sus veintisiete años de vida, jamás había visto a su querida hermana tan abatida e impotente.

    Incluso cuando la madre de ambos falleció tras sobrevivir durante dos años al cáncer, ella mantuvo la entereza en todo momento. En ese aspecto de su personalidad, Linda Brett se parecía terriblemente al padre que no soportaba ver.

    —Gracias, Zack —exclamó sorbiéndose las lagrimas y convirtiendo el pañuelo en un amasijo húmedo de papel. Su teléfono BlackBerry volvió a sonar por quinta vez desde que había llegado a su casa y Linda estuvo sin mover un solo músculo contemplando como temblaba el aparato. Cuando dejó de sonar ella tenía los nervios a flor de piel.

    —Deberías de contestar —exclamó Zack en un tono compasivo. No le gustaba ver a su hermana convertida en un mar de lágrimas. Sentía la necesidad de partirle la cara a su cuñado, Michael Brewster, pero no tenía ni idea de si realmente se lo merecía. Linda apenas se había explicado desde que había llegado. La visita había sido toda una sorpresa para Zack. Cuando había vuelto del turno de guardia en el hospital había encontrado a su hermana sentada en el porche de su casa. Con todos sus pertrechos tirados a un lado y el rostro congestionado. Antes de que pudiera llegar a saludarla o preguntar qué le ocurría, Linda comenzó a sollozar y gimotear como una niña pequeña y le abrazó desesperada del cuello. Entre sollozo y sollozo sólo pudo captar unas cuantas palabras “Mike”, “no me lo puedo creer” y “soy una tonta”. De entre todos los hombres del mundo, Zack jamás hubiera creído que su cuñado fuera capaz de engañar a su esposa, pero después del shock de ver a su hermana tan hundida, ya no pondría la mano en el fuego por él.

    —Toma, te relajará un poco —le ofreció una tila que ella bebió con parsimonia y en silencio. Linda tenía un sobre beige aferrado entre sus dedos con tanta fuerza, que le costó desprenderse de él para tomar la infusión.

    —No sé que haría yo sin ti, hermanito —pudo contestar sin un nudo en la garganta tras beberse la taza y lograr calmarse—. Espero no molestaros a ninguno de los dos si me quedo un par de días con vosotros. No quiero ser una carga para Ellen y para ti —su mirada se volvió de nuevo hacia el sobre beige grande con cierto nerviosismo.

    —No te preocupes por Ellen, puedes quedarte todo el tiempo que quieras —contestó dirigiendo una mirada interrogativa hacia el sobre que estaba sobre la mesita, pero no hizo amago alguno de cogerlo—. Pero, ¿se puede saber qué te ha pasado con Mike, para que vengas así?

    —Tú no lo comprenderías —respondió Linda cogiendo de nuevo el sobre—. Eres un hombre.

    Zack fingió no haber oído el comentario sexista de su hermana, y procuró mantener una actitud compasiva. Que estuviera resentida con todo el género masculino no era muy buena señal, Linda solía ser más racional que la mayoría de las mujeres y jamás había pensado que pudiera llegar a ser tan melodramática.

    —¿Habéis discutido por algún asunto?

    Linda negó con la cabeza.

    —¿Te ha maltratado u ofendido? —Zack seguía interrogándole, pero dudaba mucho que lograra sacarle una respuesta en claro. Linda titubeó un poco, se pellizcó un labio como para evitar responder y negó con la cabeza con testarudez.

    «¡Así que es eso!». Zack contempló a su hermana más detenidamente, esta vez desde un punto de vista profesional como médico. No tenía moratones en las muñecas y golpes visibles, no se mostraba reacia cuando le tendió la mano para estrechar la suya y darle consuelo. Aparentemente no había signos de malos tratos, ni físicos ni de otros tipos, como los que recordaba haber visto en el pabellón de urgencias por casos de violencia de género. Sin embargo, era evidente que Linda había sido herida en su orgullo y en su confianza.

    —¿Te ha engañado con otra mujer?

    Linda abrió los párpados desmesuradamente, como si sus ojos fueran a salírsele de las cuencas.

    —No, no es eso —negó su hermana con el rostro convertido en un mar de dudas—. Pero él ha... —dejó en el aire la frase inacabada que había comenzado con voz trémula y volvió a desviar la mirada inconscientemente hacia el sobre beige grande.

    —¿Pero él ha hecho qué? —preguntó Zack con impaciencia. Linda se aclaró la garganta e inspiró profundamente para reunir fuerzas.

    —He descubierto una... una cosa de él —exclamó con titubeos—. Algo de su pasado que él no me había contado jamás. Y yo... —carraspeó con fuerza—... yo no sé qué clase de persona es él en realidad. Es como si durante estos cinco años hubiera estado casada con un completo desconocido.

    —¿Qué puedes haber descubierto para...?

    —No, no me pidas que te lo diga, por favor —le cortó Linda—. Él, bueno, digamos que esa cosa que he descubierto es algo vergonzoso, algo que puede arruinar la vida de una persona si sale a la luz. Un secreto muy oscuro.

    —¿Y ese secreto tiene que ver con alguna mujer?

    —Sí, no... ¡Mierda, Zack! —soltó el exabrupto como si le hubieran cazado en un juego—. Te he dicho que no me hagas hablar sobre ello. Sólo te puedo decir que me ha hecho dudar de todo lo que creía sobre él.

    —Vale. No te preguntaré nada sobre ese oscuro secreto de tu marido —exclamó su hermano—. Pero supongo que tiene que ver con el contenido de ese sobre, ¿verdad? —Linda no dijo ni una palabra, tan solo afirmó secamente con la cabeza—. ¿Él sabe que tú conoces ese secreto de él?

    —Creo que no, no llegó a ver el sobre... —dudó Linda y después de unos segundos dijo con firmeza—. No lo sabe.

    —Ya veo, hermanita. Contéstame sinceramente a una pregunta. ¿Crees que yo no tengo también algunos secretos para Ellen? —Linda se vio en una encrucijada ante esa repentina pregunta trampa de Zack y titubeó claramente. Tanto si contestaba afirmativa o negativamente, él tendría buenos argumentos para hacerla entrar en razón.

    —¡Venga ya, hermanito, no estamos hablando de ti! Tú no sería capaz... —ella se volvió a morder la lengua, incapaz de expresar con palabras aquello que la hacía temblar.

    —¿Pero por qué crees que te lo ha escondido? —a Zack le estaba costando mucho seguir el hilo de aquella conversación. No quería hacer de abogado del diablo para con su cuñado, sobre todo sin tener ni idea de la clase de esqueletos que debía esconder en su armario para trastornar a su hermana de esa manera. Tan sólo quería que ella volviera a recobrar su carácter racional y sopesara las cosas con calma.

    —Porque es un sucio mentiroso, un maldito depravado, un ruin... un... un... —se estaba aturullando de nuevo.

    —Un hombre como todos los demás. Como yo mismo, quieres decir —le atajó Zack cruzándose de brazos. Ella iba a volver a repetir que su caso no tenía nada que ver con él, pero le silenció a Linda con un gesto de la mano—. Por lo que he entendido, quieres crucificarle sin antes dejarle que se defienda. Personalmente sólo veo dos razones por las que un hombre engañaría a la mujer que quiere. La primera es porque realmente no la quiere, y por tanto no confía en ella. Y la segunda es porque siente vergüenza de lo que quiere ocultar y no quiere que decepcionarla.

    —No es tan sencillo, Zack —Linda soltó un bufido.

    —Para mí sí lo es, Linda. ¿Qué clase de hombre crees que es tu marido? ¿Un hombre que desconfía de ti, que no te ama? ¿O un hombre que no quiere defraudarte y está avergonzado?

    Linda se quedó pensativa unos instantes dándole vueltas a la idea en su mente. Puede que su cuñado no se mereciera ninguna segunda oportunidad, pero quería que su hermana viera otro punto de vista más sensato. Antes de que llegara a pronunciar una palabra el móvil de Linda volvió a zumbar. En esta ocasión, ella cogió el aparato con mano firme y miró el número de teléfono que aparecía. Una fracción de segundo después, soltó un hondo suspiro de alivio.

    —Tan sólo es mi jefe —explicó Linda, de pronto dio un bote y atendió a la llamada—. ¡Ivan...! ¡Sí, soy yo...! Estoy bien. Lo siento, pero... ¿Estabas preocupado por mí? ¿Qué dónde estoy...? En Sacramento... Es una larga historia —tapó el auricular del móvil un segundo para decirle a Zack—. ¡Dios mío! Con las prisas me largué de casa sin llamarle. ¡Espero que no me despida! Sí, sigo aquí, contigo —su hermana volvió a ponerse al teléfono. Zack Brett se levantó del sillón y agitó la cabeza en señal de incredulidad—. He tenido problemas personales... con mi marido... He ido a visitar a mi hermano que vive aquí en Sacramento. Sí... No, no te preocupes, estoy bien... No es grave. Siento mucho haberme olvidado... —estuvo unos largos segundos en silencio, mientras hablaba su superior—. Sí, me tomaré unos días de descanso... No, no creo que haya algún problema... Sí, muchas gracias, Ivan.

    —¿Qué tal ha ido? —preguntó Zack divertido.

    —Bien, bien —exclamó ensimismada—. Me ha dado permiso para que descanse unos días. Creo que los necesitaré más de lo que imaginaba.

    «Espero que todo acabe bien entre ellos dos». Aunque nunca se lo había dicho a su hermana, el matrimonio entre Mike y Linda era el único modelo aceptable de Zack Brett de una relación sana y madura. Ninguno de sus otros tres hermanos y ni su propio padre habían sido buenos ejemplos de su trato con las mujeres. Todos ellos habían sido repetidamente irrespetuosos o infieles con sus parejas y la mayoría se había divorciado por culpa de ello.

    —¿Zack...? —le llamó Linda.

    —¿Sí? ¿Qué quieres?

    —Con respecto a lo que has dicho antes. ¿Puede que un hombre mienta a su mujer porque realmente se engaña a sí mismo? —preguntó Linda. Entonces fue el turno de Zack de quedarse sin palabras.

     

    * * * * *

     

    La visita del inspector de policía Paul Fergusson nunca era de su agrado, por muchas precauciones que tomara antes de presentarse. Cada vez que le importunaba con su presencia en su apartamento su pellejo se ponía en riesgo innecesariamente.

    —No pareces contento de verme.

    —Me diste esos móviles trucados del depósito para que nos comunicáramos. No hace falta que nos veamos cara a cara —se quejó dejándole entrar en el sucio apartamento y sentándose en el sillón que parecía haber sido rescatado de un contenedor de basura.

    —Lo dices como si creyeras que me gusta ver tu asquerosa cara de rata —exclamó el inspector después de cerrar la puerta y echar un vistazo al apartamento de su informante. Un año antes jamás se habría atrevido a hacer tratos con delincuentes como él.

    —Yo no soy una rata —le dio un sorbo a la cerveza que tenía en la mano y fingió contemplar el programa de Televisión como si su visitante no existiera, mientras fumaba tranquilamente un Marlboro.

    —¿En qué estás metido últimamente? —su mirada se posaba repetidamente en los montones de revistas viejas amontonadas en un rincón, en el viejo tablón de corcho que tenía varias chinchetas pinchadas y en la puerta entreabierta del baño desde la que podía verse los frascos con los productos para revelar fotografías y las cuerdas donde dejaba secar las fotografías en la oscuridad. Se asomó en medio de la oscuridad pero no encendió la luz—. ¿No estarás montando un laboratorio de anfetas?

    —No, lo uso como cuarto oscuro, así que te agradecería que no tocaras nada —respondió de mala gana. Por suerte todo el material sobre Mickey Brewster y los demás estaba bien guardado, fuera de su vista.

    —No sabía que te gustara la fotografía —se rió el inspector de manera sardónica—. ¡Eres todo un jodido hombre del renacimiento, cara de rata!

    Sabía que intentaba cabrearle llamándole ‘cara de rata’ para hacerle sacar de sus casillas, forzar un enfrentamiento y darle una puñetera excusa al agente de la ley para que le partiera la cara. A Fergusson le encantaba dar palizas a los narcotraficantes y él resultaba ser su saco de sparring particular. Pero esta vez no iba a picar en su sucio juego.

    —¿Por qué coño estás aquí? —exclamó terminando su cerveza y encendiendo un nuevo cigarro con la colilla del anterior.

    «He tenido un mal día, hijo de puta». Quiso decir en vez de lo anterior, al notar que el inspector le estaba tocando los cojones como de costumbre.

    —La información que me diste resultó ser una puñetera mierda —dijo el inspector Fergusson con voz áspera. Estaba muy enfadado con él y tenía toda la razón para estarlo.

    —¿En serio? ¿No acudieron al muelle que te indiqué a esa hora para recoger el cargamento de coca? —fingió sorpresa lo mejor que pudo, pero sabía perfectamente que su soplo era falso. Él mismo se había inventado todos los detalles—. Me sorprende que no funcionara. Eso es que el departamento de policía tiene más agujeros que un colador.

    —¡No me jodas! —se sulfuró Paul Fergusson.

    —¿Alguien aparte de ti lo sabía? —le tanteó.

    —¡Nadie más que yo lo sabía! —el inspector de narcóticos no dudó ni una décima de segundo en responder—. ¡Me mentiste! —gritó a todo volumen. Eso era una buena señal. Estaba visiblemente enfadado y con toda la razón del mundo. Pero aquella mentira había servido a su propósito: Paul Fergusson había fracasado ante sus jefes, por primera vez después de diez meses de éxitos con las redadas, incautaciones y pinchazos telefónicos.

    —Es difícil obtener información fiable estos días. La calle es un hervidero de rumores falsos —se limitó a contestar dejando a un lado el cigarrillo.

    —Tenemos un trato y si me entero que me has mentido voy a...

    —¿Vas a hacer qué? —le atajó de inmediato al inspector—. ¿Llevarme a la cárcel de nuevo? ¿Les explicarías a tus superiores lo que hiciste para sacarme de la penitenciaria?

    —Tan sólo tienes la condicional, me basta una llamada a tu agente —amenazó Paul Fergusson creciéndose un poco ante él.

    —Tú mismo lo has dicho, tengo la libertad condicional —admitió sin achicarse—. Pero por desgracia eso me hace más difícil mi trabajo. Según las condiciones del acuerdo no puedo relacionarme con otros delincuentes y es difícil obtener una migaja de información sin poder echar mano de mis contactos.

    —No te pases de listo conmigo —dijo el inspector de policía apuntándole con el dedo índice—. Tan sólo eres un puto camello con mucha suerte.

    «¡Oh, sí que tengo suerte! ¡Me tocó la lotería al conocerte!», pensó con ironía.

    —Hablando de droga —exclamó como si de golpe hubiera recordado algo a raíz del comentario de Fergusson. Se sacó una hoja de papel doblado del bolsillo de la camiseta y se la tendió al agente—. Estas son las señas y el nombre del nuevo sicario de Ramírez.

    El inspector de policía cogió el papel como esperando que estallara de un momento a otro en su manos. Esbozó una mueca de reproche al leer el contenido. Quizás en ese momento estaba replanteándose cómo de fiable era la información de dicho sicario. Eso era muy bueno. Durante las últimas semanas, las peticiones del inspector habían ido convirtiéndose más en órdenes y amenazas, a medida que el éxito se le había ido subiendo a la cabeza.

    —¿Qué te debo por esto? —dijo Fergusson sacándose de la cartera del bolsillo de la chaqueta un par de billetes de cincuenta. Normalmente habría regateado otros cien pavos, pero en vez de ello rechazó la pasta con un gesto de la mano.

    «No soy una rata». El rostro del inspector de narcóticos era todo un espectáculo.

    —No quiero nada. Considéralo una compensación por los problemas que te haya causado —dijo con parsimonia. Tenía un negocio entre manos mucho más jugoso. A su lado el dinero que había recibido del inspector Fergusson durante esos diez meses había sido una limosna—. Pero espero que recuerdes el trato que tenemos. Si mi nombre sale a la luz...

    —Nadie de la oficina sabe que tú eres mi informante —le aseguró Paul Fergusson, guardándose recelosamente el dinero en el bolsillo—. He sido muy discreto contigo.

    —De eso no me cabe duda —dijo el informante anónimo. Con seguridad había algún policía vendido dentro de su departamento, Fergusson así lo sospechaba desde hacía casi un año. Pero no podía acudir a asuntos internos sin destapar el origen de sus soplos y hasta donde estaba pringado de mierda. Había robado pruebas, engañado a varios compañeros de trabajo y ocultado información vital en un caso.

    —Pero se me ocurre una manera de solucionar tus problemas —exclamó con un tono nada conciliador. Paul Fergusson se preguntó qué más iba tener que verse forzado a hacer en manos de esa sucia rata.

     

    * * * * *

     

    Tres horas antes, Mike había recibido este mensaje en la pantalla del ordenador de la oficina:

    De: Víctor Sterling

    Asunto: Te sigo viendo con muy mala cara, Mike

    Para: Michael Brewster

    Llevas todo el día de un humor raro. No sé qué te sucede, pero desde que has hablado a solas con la ‘Reina de Hielo’ estás de un gris cenizo. ¿Se puede saber qué es lo que te ha dicho esa maldita bruja liposuccionada y ultrabronceada? Necesitas despejar la cabeza, tomarte unos tragos y olvidar a esa amargada.

    ¿Qué tal si celebramos el éxito de hoy a la salida del curro? Sabes que no aceptaré un ‘no’ por respuesta.

    Vic, tu colega, no el nuevo Director de cuentas.

    No estaba de ánimos para salir a beber en el bar del edificio, pero para cuando quedaban quince minutos del cierre decidió contestarle:

    De: Michael Brewster

    Asunto: Vale, acepto... Nuevo director de cuentas. ¡Ja, ja!

    Para: Víctor Sterling

    Mrs Bledsoe no es una bruja y como se entere que dices esas cosas, te va a convertir en un sapo verrugoso. Estoy ‘depre’ eso es todo, pero se me pasará.

    Mike.

    PS: ¿Qué tal si vamos al japonés de enfrente? Me apetece un poco de sake.

    Así que después de media docena de chupitos de sake y una ración entera de sushi, Mike se encontraba de mucho mejor humor y el enfado casi se le había pasado. Vic y él estaban comentando la bochornosa derrota en el último tiempo de Los Ángeles Lakers contra los Phoenix Suns en los playoffs.

    —¿Piensas serle infiel a tu mujer? —la inoportuna pregunta de Vic le pilló de golpe a Mike.

    —¡¿Por qué narices me preguntas eso?!

    —Llevas jugando con eso diez minutos —exclamó su colega señalando el anillo de matrimonio de Mike encima de la mesa. Se lo había sacado del dedo casi sin darse cuenta y había estado dándole vueltas delante de él con la mirada perdida—. Con ese gesto estás enviando una señal muy clara a todas las mujeres de este lugar: Estoy muy casado, pero esta noche quiero un poco de marcha.

    —¡Venga ya, no estoy pensando eso! —le reprochó Mike dejando por un segundo de dar vueltas al anillo.

    —¡Ya! Eso díselo a la aspirante de modelo de esa esquina que te lleva comiendo con los ojos desde hace unos minutos —dijo señalando con la mirada a una joven de veintipocos que los observaba con fijeza.

    Era una rubia con un cuerpo de curvas escandalosas y un vestido azul eléctrico ceñido que dejaba poco trabajo a la imaginación. Mike pensó que su amigo se estaba equivocando, y que en realidad era Vic el centro de su atención, hasta que volvió a colocarse la sortija en el dedo y la chica hizo un mohín de resignación apartando la vista.

    —¡Menuda vergüenza! —murmuró Mike mientras empezaba a ponerse ruborizado.

    —Podías haberla invitado a una copa al menos. Para que hablásemos con ella —comentó Vic animadamente—. Que tú estés muerto en vida por culpa del matrimonio no significa que yo no pueda divertirme.

    Aquel bochornoso malentendido le trajo a la mente el recuerdo de Mrs Bledsoe de nuevo y de su sermón.

    —Definitivamente no tengo instinto depredador —repitió las palabras de su jefa en un susurro.

    —No entiendo... ¿De qué hablas? —dijo Vic con la mirada un poco obnubilada.

    —Eso es lo que Bledsoe me ha dicho. Lo que me ha puesto de tan mal humor —se sinceró Mike con su amigo después de apurar un vaso de licor.

    —¿Y a ella qué demonios le importa si te vas de ligoteo? —Vic se había bebido casi una botella de sake el solito y estaba más espeso que de costumbre.

    —No, veras es que... —Mike comenzó a explicarle la conversación que habían mantenido con la directora esa mañana. Vic empezó a despejarse poco a poco.

    —¡Vaya montón de mierda! —espetó agriado—. Te lo dije, es una bruja mal follada. No tienes que hacerle ni puto caso a esas gilipolleces. Puede que se te den mal los clientes pero serías un jefe estupendo.

    —Ya, muchas gracias, colega. Pero, lo que no entiendo es, ¿por qué narices me lo ha tenido que decir en persona? —Mike no lograba comprender a Mrs Bledsoe, primero lo alababa por su trabajo y segundos después le dejaba por los suelos—. Habría estado mucho mejor si no me hubiera dicho nada de nada. ¡Es verdad eso de que la ignorancia es la felicidad!

    —Supongo que es para que te vayas haciendo a la idea de que Eric Jenkins va a ser tu nuevo jefe.

    —¡¿QUÉEEeeeeeee?! —bramó ultrajado, para Mike esa noticia era lo peor que le podía ocurrir.

    —¿No me digas que no sabes que LaBelle se jubila? —comenzó a explicar Vic—. Esta es su última semana, por eso cerramos el acuerdo con WCS de manera tan apresurada, Labelle quería que fuese el broche final dentro de la empresa.

    James LaBelle era el director creativo de Emmerich & Covington Advertising, desde hacía veinte años y jefe suyo desde que le descubrió en un brainstorming sobre unos cereales de desayuno. Si no hubiese sido por ese hombre, Mike todavía estaría realizando storyboards, e ilustraciones como freelance dando tumbos de una empresa en otra.

    Sabía que llevaba varios años quejándose de su edad y diciendo que pensaba marcharse, pero Mike suponía que era una de sus estrategias para ver si lograba un aumento. Y para comprobar de paso cuánto peso tenía dentro de la empresa. Ni por un segundo pensó que realmente lo dijera en serio.

    —¿Y tú cómo demonios te has enterado de eso?

    —Tengo mis fuentes —Vic mantuvo el misterio durante unos instantes bebiendo otra copa de sake, pero no se pudo contener mucho más—. Loreen, de recursos humanos me comentó que el papeleo lo ha llevado personalmente la ‘Reina de Hielo’ la semana anterior. Al parecer Labelle planea marcharse a Florida y pasar sus años dorados rodeado de caimanes junto con su esposa. Además, este viernes van a hacerle una fiesta sorpresa aunque no quiera que nadie se entere de su marcha.

    —¡Eres una completa maruja! ¡Sólo te faltan los rulos en el pelo y una bata de guata! —bromeó Mike.

    Mike y Vic siguieron hablando un rato más acerca del capullo de Eric Jenkins antes de marcharse. Eric Jenkins era un pelota redomado cuya falta de originalidad no le había impedido ir ascendiendo en la empresa. Ambos se preguntaron cuánto le había tenido que besar el culo a Mrs Bledsoe para lograr encaramarse como director creativo de la agencia y si después se le habían quedado helados los labios.

    La enemistad entre Mike y él se remontaba a sus primeros años como creativo a tiempo parcial, cuando tenía que repartirse entre los departamentos de arte para terminar los bocetos y acudir a reuniones con LaBelle y el resto de los monos escritores.

    De alguna forma que Mike no llegó a descubrir, Eric Jenkins se hizo con un slogan que tenía planeado presentar ante LaBelle para una red de concesionarios de coches usados. Quizás Jenkins se lo había sustraído de su maletín en una de sus idas y venidas, pero para cuando él se dio cuenta de la falta, Jenkins ya se había apoderado de la idea y era demasiado tarde. Lo peor de todo fue la reacción de Mike ante el atropello: lo acusó públicamente del robo (mejor dicho, lo acusó delante del cliente) y todo el asunto se volvió bastante embarazoso. Jenkins por su parte ni se molestó en negarlo y parecía estar esperando que despidieran a Mike por su denuncia.

    —Será mejor que cuides tus ideas como si fuesen tus propias hijas. No dejes que nadie le meta mano a ninguna de ellas —le recomendó LaBelle después de solucionar el incidente y dar la cara por él.

    Mike se alegró de llegar a su hogar sin que la policía le hubiera detenido. Acabar en los calabozos de Hollywood hubiera sido el colmo de un día pésimo. Mientras conducía pensó en qué iba a contarle a Linda acerca del día que había tenido. Recordó entonces el cheque de veinticinco mil dólares que tenía en el bolsillo de la chaqueta y decidió no relatarle la charla de Mrs Bledsoe. No quería preocuparla más de lo que se merecía. Al enfilar Mariposa Avenue se llevó una sorpresa al divisar su hogar.

    «¡Si sólo son las ocho y media!». Se extrañó al observar la fachada de su casa con las ventanas en absoluta oscuridad. Mike pensó que era demasiado pronto para Linda se hubiera ido a la cama, aunque tuviera que madrugar a la mañana siguiente. Normalmente se quedaba a esperarle grogui en el sofá, pero entonces la luz del televisor encendido se vería por la ventana.

    Sintió la primera señal de alarma en cuanto abrió la puerta del recibidor y se asomó al salón encendiendo las luces: Había restos del desayuno de esa mañana y el laptop de Linda estaba encima de la mesita tal y como lo había visto por última vez. Que él supiera era más probable que Linda se deshiciera de uno de sus riñones que de ese ordenador.

    —¿Linda? —nadie contestó en medio del sepulcral silencio—. ¿Linda?

    Repitió la llamada varias veces a medida que iba encendiendo las luces, pero no estaba. Echó un vistazo a su móvil para ver si le había dejado algún SMS, pero tampoco había nada. El contestador del teléfono estaba repleto de mensajes—. Linda, si estás ahí contesta a tu móvil —una voz masculina con un acento de Europa del Este brotó del aparato. Mike reconoció la voz aunque nunca le había visto en persona, era el jefe de Linda, Ivan Borosky—. Venga, no te hagas la ausente... ¿Qué es lo que ha pasado? Piiiii...

    «Eso mismo digo yo, ¿Qué ha pasado aquí? ¿Y dónde narices está mi mujer?». El resto de mensajes de Borosky seguían con la misma tónica, pidiendo a Linda que contestara a su móvil o a sus e-mails. Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Mike de arriba abajo. Algo terrible había sucedido para que su esposa dejara de improviso todo.

    La casa parecía estar normal... Sí, bien, los platos de aquella mañana todavía estaban sin fregar aunque Linda era muy abandonada a veces al respecto. No había signos de que hubieran forzado la cerradura ni faltaba nada de valor en la casa, salvo algo de ropa en el lado de Linda del armario y una maleta grande. Era como si ella hubiera preparado de improviso el equipaje. Llamó a su teléfono móvil, pero no contestó. Linda no tenía buzón de voz porque lo consideraba inútil, prefería los SMS. Volvió a llamar al cabo de cinco minutos. Nada de nada.

    Linda, he llegado a casa. ¿Dónde estás? ¿Qué te ha pasado? Tu jefe ha llamado varias veces, ¿has hablado con él? Estoy muy preocupado.

    Envió el SMS con los dedos temblorosos por la adrenalina y por el sake. No era normal que Linda desapareciera del mapa y que no contestara a las llamadas. Había estado tan ofuscado todo el día en el trabajo que no había pensado ni por un segundo en ella. Ni siquiera le había avisado de que iba a tardar en regresar a casa un par de horas más. Cinco minutos más tarde, cuando su paciencia empezó a mostrar signos de quebrarse y estaba decidido llamar a su jefe y a la policía, Linda le respondió con un SMS

    Stoy n Sacramento, con mi rmano. Problmas familiars, lgo t qento. tdo solucionado nl trbj. Volvré n 1s días a ksa. No t preoqps x mi.

    «¡En Sacramento!». Debía de haber tomado el coche a primera hora de la mañana para llegar allí, eran al menos seis horas de autopista. El mensaje parecía de ella, siempre racaneaba en palabras y artículos, como si se tratara de un telegrama. Usaba inextricables contracciones y a menudo le daba patadas al diccionario por tal de ahorrar en caracteres.

    Aunque había algo fuera de lo corriente, ella solía acompañar sus mensajes con emoticonos de caritas sonrientes y otras expresiones, para añadir algo de sentimiento a sus crípticas palabras. Mike no se quitó de la cabeza la sensación de que algo iba mal, pero no sabía concretar el qué.

    Quizás a Zack, el hermano de Linda le había sucedido una desgracia o algo así. No podía dejar de preguntarse por la última frase del SMS. No te preocupes por mí... ¿Qué habría querido decir?

    Continuará...

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