Erotismo y Amor -

EL REENCUENTRO (1)

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RESUMEN

1956-57.- Javier y Carmen son de la misma edad y amigos desde la infancia. Javier acaba enamorándose de la chica pero Carmen le rechaza. Javier entonces,en busca de una muerte heróica, huye del pueblo, se alista en la Legión y combate en la guerra de Ifni-Sahara

NOTA PRELIMINAR

 

Esta historia se basa en un hecho de mi ya muy lejana primera juventud, cuando andaba por los 18-19 años. Entonces me enamoré por vez primera en mi vida, con esa pasión, vehemencia e ilusión, pero también la irresponsabilidad y descuido de esa edad en que ya no eres el adolescente que fuiste pero tampoco el hombre cabal y sensato que llegarás a ser.

Anduve entonces tras esa chica dos o tres veranos seguidos y cuando creía que ella, por fin, aceptaría ser mi novia sucedió que me “arreó” una calabazas memorables mientras bailábamos en la pista que el casino instalaba al aire libre por las Ferias y Fiestas del pueblo donde ambos veraneábamos: Que como amigos muy santo y muy bueno, pero que de novios nada de nada. Vamos, que no, no y no. Así, por triplicado, para que no me cupieran dudas.

En poco tiempo aquella chica fue agua pasada que ya nada movía en mi molino pero pasó a ser para mí el bello recuerdo de una época muy hermosa y querida de mi vida.

Y es que yo pienso que la persona, hombre o mujer, mujer u hombre, que fue nuestro primer amor queda perennemente en nuestra mente como lo que es, un bello recuerdo que nos retrotrae a un tiempo, puede que idealizado, que para nosotros suele ser grato, hasta mejor que el presente, tal vez porque se fue para no volver. Es algo así como hacer bueno lo que Jorge Manrique dice en sus “Coplas a la muerte de su padre: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”

Aquella muchacha se llamaba Carmen, “Carmeli”, razón por la que la protagonista de la historia se llame así, y era sobrina de los confiteros del pueblo en cuya casa pasaba los veranos. Por cierto, la confitería que cito en la historia es la de sus tíos, y lo más parecido a una cafetería que en kilómetros a la redonda había por aquel entonces.

El pueblo de la historia es realmente el que fue patria chica de mi madre y sus antepasados, hasta de mi propia hermana; y la casona, la casa ancestral de mi familia materna, por entonces ya de la exclusiva propiedad de mis padres. La plaza y calle Mayor que describo son las de este pueblo y es cierto que esa plaza causa impacto a quien la ve por su extraordinaria y sobria belleza del renacimiento Carolino, época de Carlos Iº, el que fuera Vº de Alemania, construida hacia 1516. También hace impresión la iglesia parroquial, una joya del gótico final, siglo XIII, con aditamentos renacentistas posteriores, más o menos coetáneos a la construcción de la plaza.

El pueblo se sitúa en una serranía, pero no en la provincia de Cuenca sino en otra de las hoy castellano-manchegas.

La historia desde luego es pura fantasía y de real sólo tiene el hecho de que el protagonista se enamora de quien no se enamora de él. El resto, lo dicho, fantasía más falsa que un duro o, mejor, un euro, de plomo

Pero también es una especie de ensueño, un dejar volar la imaginación en forma onírica en pos de aquél tiempo de recuerdo tan amable. Un sueño por el que reviví aquella mi temprana juventud sumergiéndome como simple observador del escenario, tiempo y lugar, donde se desarrolla la historia y que me regaló momentos muy agradables mientras escribí la historia pues recordé muchas cosas casi olvidadas de aquel pasado: Mis estancias en aquel pueblo al que hace décadas que no voy y que, seguro, no volveré a ir; los amigos que me fueron íntimos y que hace casi siglos que no veo; primos míos que más que parientes fueron amigos desde la infancia, muchos de ellos pasados ya a mejor vida.... El pueblo mismo, lo que tal vez me haya resultado más entrañable de todo... Y es que soñar no cuesta nada ni con ello se hace daño a nadie. Y al final, pues lo que D. Pedro Calderón de la Barca dice en “La Vida es Sueño”: “Que todo en la vida es sueño, y los sueños, sueños son”...

 

CAPÍTULO Iº

Tanto Carmen como yo éramos naturales del mismo pueblo de la serranía conquense pero hacía tiempo que allí no vivíamos pues nosotros nos trasladamos a Madrid a poco de acabar la guerra civil y los de Carmen algo después se marcharon a Valencia. Pero ambas familias volvían al hogar ancestral todos los veranos para pasarlos allí, lejos de los calores de Madrid y Valencia.

Los dos nos conocíamos desde pequeños, pues éramos casi de la misma edad, ella sólo algún mes menor que yo. Así, de los juegos infantiles pasamos a integrarnos en la misma pandilla de adolescentes para empezar a bailar en aquellos “guateques” de mediados-finales de los años cincuenta. Poco a poco me fui aficionando más y más a bailar con ella, primero por pura amistad a mis 15-16 años hasta que en el verano de 1955, con 17 y el preuniversitario aprobado, la amistad hacia ella se trocó en verdadero amor, cosa rara a esa edad, pero así fue. Ella, ante mis lisonjas y requiebros, se reía. Diría que le agradaba escucharlas aunque nunca cedió a mis pretensiones de hacernos novios. Cuando se lo pedía se volvía a reír diciendo que estaba loco; sí por ti le respondía y ella repetía la risa, pero nada, sin consentir en ello. Eso sí, me seguía aceptando como pareja de baile asiduamente, en exclusiva podría decirse.

Al año siguiente, 1956, con ya 18 años y en primero de derecho, aunque con un par de asignaturas “para Septiembre”, volví al “asedio” de la fortaleza de mis sueños. Carmen comenzó recibiéndome igual, con mucho afecto y aceptándome más aún en exclusiva como pareja de baile, hasta el punto que para fines de Julio ya únicamente bailaba conmigo. Yo estaba que no cabía en mí, seguro de que por fin la había enamorado. Pero el primer jarro de agua fría me lo echó encima su hermano, un chaval casi de mi edad, tal vez algo mayor. Me abordó en la calle una tarde de Agosto, un par de días antes del día 15, para decirme que su hermana era todavía muy joven para salir en serio con nadie, que la dejara durante un tiempo.,, en fin, cualquier cosa menos lo que yo deseaba oír. Seguro, malos rollos familiares, pensé yo, y, muy ufano y seguro de mí mismo, le largué que eso era ella quien debía decírmelo. Y vaya si lo hizo. El 15 fue el, hasta entonces, peor día de mi vida. Por la festividad de la Asunción esa tarde hubo baile en el casino, en especial para nosotros los jóvenes. Carmen, tras estar evitándome buena parte de la tarde, al fin se avino a bailar conmigo, pero sólo para confirmar lo que su hermano me dijera: Que era muy joven, menos de 18 años, para una relación tan seria como yo pretendía. Además, y esto fue lo que más me dolió,  que yo no era su tipo y por ello nunca sería mi novia. Le caía bien como amigo, así hasta me quería mucho: Era divertido y mis requiebros le gustaron al principio. Pero estaba harta de tenerme siempre pegado a ella, de que la monopolizara y no la dejara vivir. Y así, ya ni me soportaba. A mí, al oír eso se me partió el alma. Fue como si algo se rompiera dentro de mí produciéndome una muerte interior.

Sólo le dije que lamentaba haberla molestado, que me disculpara y me separé de ella en el acto; la dejé allí, plantada en el centro de la pista, y me fui a la barra. Allí inicié la “romería” alcohólica de la ya casi más noche que tarde, con tres copas de coñac, una tras otra como aquel que dice. Cuando me servían la tercera copa se me acercaron dos amigos para tranquilizarme; que dejara aquello, que por nadie merecía la pena perder así la cabeza, que volviera a casa, que ellos me acompañaban si quería... Al propio tiempo veía como ella, Carmen, aún bailando con otro chaval, estaba casi más pendiente de mí que de su pareja. Y aquello me gustó: Se preocupaba por mí; aunque fuera como amigo nada más le dolía verme así. ¡Pues que sufriera! Quería hacerle daño, el mayor daño posible. Idiota de mí, pues esa actitud, andar de “romería”, era a mí a quien más podía perjudicar, pero los 18 años son eso, 18 años. Me “clavé” de un trago esa tercera copa, y, tras mandar al infierno con cajas destempladas a mis dos amigos, me marché del casino bajando las escaleras hasta la plaza. Y desde allí seguí mi “romería” hasta que pasadas las doce de la noche y con un exceso de alcohol bastante decente bajé, tambaleándome, hasta la gasolinera del pueblo. Una vez allí me refugié en un paraje cercano, plagado de bosque bajo y algo de arbolado. No quería ser observado por nadie y al propio tiempo deseaba despejarme algo. Quedé dormido tan pronto como me acomodé sobre ese suelo. Desperté pasadas las tres de la madrugada. Me encontraba mejor y me acerqué a la gasolinera. Estaba desierta salvo el dueño, también el mecánico del pueblo, que dormitaba tras la cristalera de la oficina. Apareció un camión a repostar y, al sonido del claxon, el de la gasolinera despertó y salió a atender al cliente llegándose hasta la portezuela del conductor. Tras repostar y mientras el gasolinero volvía a su oficina me acerqué al camión por la otra puerta, preguntando al conductor si podía llevarme. Y así emprendí el viaje a Madrid.

Aunque la intoxicación alcohólica casi había desaparecido de mi cuerpo, la idea que durante esa tarde-noche madurara seguía intacta en mi mente y yo decidido a llevarla a cabo. Ingresar en el Ejército, concretamente en la Legión

Yo me había enamorado de Carmen hasta las trancas, de esa manera que suele perdurar toda la vida si eventos extraordinarios no lo impiden y que es poco común que a tan temprana edad suceda. Pero en mi sucedió y es más, aquella noche fui consciente de que la cosa podía no venir sólo del pasado año, como en principio creí, sino de bastante antes, tal vez de mis diez-once años, cuando empecé a  apreciar que chicos y chicas no somos iguales y, sin saber por qué, me vi empujado a despreciarlas un poco.

Luego su rechazo me había hecho un daño terrible: Mi cuerpo y mente vivos convivían con un ser interior muerto e insepulto que reclamaba sepultura para poder descansar. Y ese no poder descansar del ser que llevaba muerto en mi interior tampoco dejaba descansar a mi cuerpo y mente vivos, de modo que ellos querían enterrar a ese muerto interno que no toleraban. Pero ese enterramiento no era posible sin enterrarme yo mismo, sin yo morir físicamente. Tal vez por mis 18 años pensaba y sentía así; tal vez si ese mismo íntimo dolor me hubiera sobrevenido después, cuando fuera capaz de razonar con más cordura, hubiera encarado la situación de forma más responsable.

Pero entonces, con la irreflexión y el entusiasta idealismo de los 18 años, la única solución para ese mi no descansar, ese no verme capaz de disfrutar nunca más de la vida fue morir. Pero no la muerte sórdida de un suicidio, no, eso no lo quería porque, a la postre, a quien únicamente haría daño sería a mis padres, pues para todo el pueblo, incluso tal vez para ella, no sería más que un imbécil que por una chiquillada se había quitado la vida. Yo quería una muerte digna, una muerte que pudiera ser sentida por todo el mundo, no sólo por mis padres. Una muerte que de verdad ella, Carmen, sintiera, le doliera. Pues lo que también quería era hacerle daño, hacer que sufriera. Era mi triste venganza, por decirlo así. Y, ¿qué muerte más sentida por todo el mundo, qué forma de morir que más pudiera dolerle a ella, remorder su conciencia con un “Por mi, por mi culpa” que una muerte heroica, una muerte en combate, por ejemplo?

Aquella noche recordé lo que tantas veces oyera decir a mi padre últimamente: “En breve tendremos que defender nuestras colonias africanas con las armas”

Y  es que, aunque al gran público español no llegaran por la censura, a ciertos círculos privilegiados como el de mi padre, abogado de cierto nombre, sí llegaban las alarmantes noticias que desde meses antes llegaban de las colonias africanas (1), hasta el punto de ser destacada  al territorio de Ifni la Iª Bandera Paracaidista y crearse una nueva Bandera de La Legión, la XIII, que llegó a El Aaiun  el 1 de julio.

Luego si yo intervenía en esa guerra, al parecer tan próxima, encontrar la muerte heroica que quería sería algo más que posible. Y si la parca tenía el capricho de respetarme, en un ambiente tan agitado, tan vital como el militar lo de Carmen, si no lo superaba, al menos lo llevaría mejor. En fin, que en el Ejército podría solucionar mis pesares y, claro, lo urgente pues era ingresar en el Ejército; pero no en una unidad cualquiera, no, sino en una que me asegurara estar en primera línea y en el puesto más peligroso y... ¿qué unidad más apropiada para eso que la Legión, el cuerpo de choque por excelencia del Ejército español, el que siempre estaba en primera línea y en los sitios más duros y arriesgados? Pues eso, la Legión sería mi objetivo.

Por fin, sobre las cinco de la mañana, el camión aparcó junto al mercado de Legazpi, lugar donde descargaban buena parte de los camiones que abastecían Madrid de frutas, verduras y pescado. El chofer me invitó a un café con leche y porras; aunque yo insistí en no tomar las porras y pagar mi parte, él no lo consintió. Además me propuso ayudar a descargar el camión, lo que me valdría algún dinero. Acepté y con otros dos hombres que casi me sacarían los veinte años, descargamos el camión. Aquellos tipos resultaron ser buena gente; me preguntaron si me había escapado de casa (mi palmaria juventud y la ropa que vestía parecían hacer evidente el real evento de la fuga). Contesté que sí, que para ser ¡torero! Y les caí en gracia, hasta uno de ellos me dijo que él, en sus años más mozos, también quiso ser torero, pero que una cornada en una capea de pueblo le desanimó. Me ayudaron y pude trabajar hasta casi las diez de la mañana. Luego, aunque baldado, anduve por los puestos del mercado buscando obtener algo a cambio de algún trabajo puntual, y sí, al medio día tenía en mi bolsillo lo que, para mí y en aquel momento de penurias excelsas, representaba un capital.

Aquella tarde la pasé durmiendo y, tras cenarme un bocadillo caliente en uno de los bares de Legazpi, me fui de nuevo a dormir hasta las cuatro de la mañana, que me levanté y me encaminé al mercado a mi trabajo actual: Descargar camiones hasta las diez o diez y media de la mañana y luego al “menudeo” por los puestos del mercado que quisieran encargarme algo para ganarme, al menos, la comida de ese medio día.

Desde que escapé del pueblo tenía muy claro que la vida en La Legión sería muy dura y la instrucción terrible, por lo que quería estar lo mejor preparado posible, tanto física como moralmente para aguantar y superar todo aquello. Por eso decidí esforzarme, disciplinarme y me tracé un plan que seguí a rajatabla: Por las mañanas, de cinco a 13-13,30 horas, a la caza de las pesetas donde las encontrara. A la una o una y media, a comer en la cantina del mercado, donde me preparaban lo que por la mañana me dieran en los puestos por el “menudeo” y a dormir hasta las cinco de la tarde para  irme a correr un poco, hacer flexiones y abdominales al próximo parque de la Arganzuela y respirar aire más limpio. En fin, pasar así la tarde de momento...

De esta manera pasaron un par de semanas hasta reunir el dinero necesario para inscribirme en un gimnasio pugilístico, prácticamente los únicos que por esas fechas existían en Madrid y en España en general. Quería endurecer músculos y desarrollar mi fuerza física, lo que, combinando gimnasio con la descarga de camiones no me fue difícil lograr en no muchos meses. Allí hacía pesas, dominadas y extensiones en máquinas. Las flexiones y los ejercicios de abdominales los dejé para el parque, aunque allí me indicaron la mejor forma de realizarlas. Y también defensa personal, boxeo.

Todo esto me costaba un trabajo infinito, pues no descansaba en todo el día. Sólo los domingos me tomaba para descansar, durmiendo casi todo el día, pues por entonces el sábado era un día laboral más de la semana, las 40 horas todavía no habían llegado.

A diario me acostaba agotado, y, casi a diario, me decía: “¡Basta ya! Al día siguiente pediría perdón a mis padres, aguantaría sus broncas... y, seguramente, bofetadas, pero volvería a casa, a mi normal vida de estudiante”... Pero cuando a las cuatro de la madrugada sonaba el despertador me levantaba y marchaba a los camiones que esperaban su descarga.

Al fin todo eso me vino muy bien, pues me hizo ser disciplinado y fortaleció hasta casi el infinito mi fuerza de voluntad, mi determinación para conseguir las metas que me propusiera.

Y llegó el 18 de Abril. En el Javier Andrade de ahora apenas quedaba rastro de aquel que ocho meses justos atrás escapara del pueblo. Más que ocho meses parecía que habían pasado años por mí: Siempre fui más bien alto, 1,73 mt., y un tanto corpulento, aunque algo pasado de peso con los 78-80 Kg. que por entonces pesaba; pues bien, ahora pasaba poco de los 70 Kg., 72-73 a lo sumo, pero 72-73 Kg. de hueso y recio músculo, con brazos y pernas casi macizos. También habían variado los rasgos faciales, con un cutis algo atezado por el frío invernal madrileño más el viento, la lluvia azotando día sí, día también. De mis labios desapareció la alegre sonrisa que antes iluminara casi perennemente mi rostro y de mis ojos la mirada candorosa dejó paso a otra fría y dura cual acero de Krup. Con casi 19 años, me faltaban dos meses escasos para estrenarlos, podía pasar perfectamente por más de 20, hasta más de 22.

Pues bien, ese día 18 de Abril, hacia las 10,30 de la mañana, me vi ante la puerta del Banderín de Enganche de La Legión en Leganés, un cuartel que  visto desde fuera era de altos muros, garitas y a la puerta un legionario, alto, fuerte, con unas barbas enormes, uniforme inmaculado, correaje y cinturón negros, machete al cinto y fusil al brazo.

Al estentóreo grito que pegó cuando, ya junto a él, pregunté que cómo podía alistarme, grito que más que alarido humano me pareció el ladrido de un gran perro, un pastor alemán o un mastín del pirineo, con el “¡Cabo de Guardia!”, del interior surgió otro legionario, este con un galón de cabo al pecho, y con tan impecable uniformidad como el de puerta, pero sin fusil, que me condujo hasta la oficina de alistamiento donde, tras el pertinente reconocimiento médico de puro trámite, me alistaron. (2) Luego me mandaron al almacén a recoger la uniformidad y equipo de aspirante a legionario, calidad que obtendría una vez superado el periodo de Instrucción. A continuación se me señaló alojamiento en la compañía de destinos, anexa a las oficinas por un costado, a esa hora desierta pues la gente se encontraba de instrucción o en sus obligaciones.

Aquella tarde, tras la comida que como proclamaba la propaganda estuvo bastante bien, sin exquisiteces pero no mal condimentada y suficiente para cualquier comilón, fue mi primer día de instrucción. No me pareció eso tan terrible como esperaba, pero es que todavía no iba la cosa “en serio”, digamos que un simple “calentamiento” para no andar holgazaneando acá y allá. Lo “bueno” llegaría después, en Africa, en la compañía donde luego nos destinaron.

Tras la cena, que tampoco estuvo mal aunque no tanto como la comida, a la Compañía a dormir. El toque de Silencio dio fin a este mi primer día militar.

Para no dormirme en los laureles, al día siguiente me busqué mi primer problema. El toque de Diana nos sacó diligentes de la cama, literas de tres alturas, e hicimos las camas lo mas rápido que pudimos. Estas tenían unas colchas con el escudo de la Legión; pues bien, en mi premura por acabar dejé la colcha con el escudo al revés, y cuando al segundo pasó el cabo Martos revistando hombres y camas (los tres que dormíamos en cada litera formábamos justo frente a ella), al ver mi cama se paró en seco y bramó más que preguntó

·           ¿Quién duerme aquí?

Entonces yo, con todo el aplomo y la cara del mundo, respondo señalando a otro de los “reclutas” que el día anterior ingresara conmigo

·           Este, mi cabo

Y... ¡Plaasss!... ¡Menudo guantazo que le “cayó” al pobre aludido! Pero el tío no rechistó. Aguantó impertérrito la “caricia”, sin defenderse, sin acusarme.... Eso sí, tan pronto el cabo siguió adelante, perdiéndonos de vista, me soltó una mirada... ¡asesina!

El “aludido”, un catalán tan alto como una torre y fuerte como un toro, me abordó tan pronto salimos a desayunar espetándome

·           ¡Si tienes pelos “ahí” abajo, ven a la leñera después de la instrucción!

Desde luego que fui a la leñera tras la instrucción y... menudo “faje” que nos dimos. ¡Dios, qué ensalada de “tortas” que pudimos darnos! Hasta que, agotados los dos, caímos ambos al suelo, uno junto al otro, resoplando que era una vida mía tanto él como yo. ¡En mi vida me había pegado, y me habían pegado, de esa manera!; como fieras que buscaran aniquilarse una a la otra. Entonces, tirado en el suelo cuan largo era y sin resuello ya en el cuerpo, le dije

·           ¡Macho!... ¿Me arreas un bofetón de esos que hacen época y dejamos esto saldado? ¿Vale tío’

·           ¡Vale!

Yo había empezado a incorporarme mientras le lanzaba la propuesta de paz, pero al momento volví al suelo del tremendo puñetazo que me arreó al tiempo de decir “Vale”. Pero a continuación del tremendo golpe e irme de nuevo al suelo me tendió la mano diciendo

·           ¿Amigos, Javi?

·           Amigos Mario.

Nos dimos la mano y fuimos buenos amigos hasta... que la muerte se llevó a Mario.

El tres de Mayo nos sacaron en un camión a los 17 voluntarios que a lo largo de Abril allá nos reuniéramos y nos llevaron a la Base Aérea de Getafe, desde donde, en un Ju-52 de la Fuerza Aérea, volamos hasta Larache.(3) Tras desembarcar del avión y recoger los equipajes e impedimenta que llevábamos, formamos en las mismas pistas y, a la voz de ¡Ar!, pues... ¡carretera y manta a El Krimda!, el campamento donde tenía su base el Tercio “Juan de Austria” IIIº de La Legión, en los alrededores de Larache, y al que veníamos destinados.

Allí, asignados como transeúntes a una compañía, estuvimos los casi seis meses de entrenamiento, pues a los meses de pura instrucción siguió un curso intensivo y extraordinario de paracaidismo, caso único hasta entonces en la Instrucción de la Legión, pero parece ser que con nosotros se extremaba el entrenamiento, a lo que seguro que la proximidad de las operaciones “calientes” no sería ajena. Qué duda cabe que nos preparaban para ir directamente al combate. (4)

Se dice que la realidad casi siempre excede a la ficción, y en este caso el dicho popular no fue excepción: Yo siempre di por sentado que el periodo de Instrucción legionario sería duro, muy, muy duro, pero con lo que me encontré durante esos meses fue inenarrable. Aparte la dureza intrínseca que la instrucción en La Legión representaba, pues allí sí que nos convertían en verdaderos soldados de élite, estaba la férrea disciplina legionaria, con sanciones y castigos por la más mínima falta que a veces podían incluso pasar por inhumanos.

¡La de veces que tuve que apretar los dientes para, incluso, no llorar como un chiquillo! ¡La de veces que tuve que hasta enclavijar más que apretar los dientes para poder soportar todo aquello; que tuve que poner a prueba una fuerza de voluntad que creía fuerte, pero que allí, bajo la dureza de las pruebas, bajo esa disciplina horripilante se me desmoronaba casi cada día. Y otra vez empecé a decirme muchas  noches: “Se acabó, mañana me vuelvo a casa y que sea lo que Dios quiera”; pero de nuevo, como cuando descargaba camiones, cada mañana al toque de diana volvía a formar para iniciar otro día de instrucción.

Aquí, lo que empezó con los camiones se acabó de asentar en mi carácter y descubrí que afrontando como bueno los retos que me marcaba y superándolos me sentía más feliz que nunca hasta entonces pues me sentía HOMBRE como antes jamás me sintiera. Y eso hacía que estuviera orgulloso de mí mismo como tampoco antes me había sentido, ni cuando aprobé el preuniversitario.

Pero ese no fue el único cambio que se obró en mí durante este periodo de preparación legionaria, no. Lo más importante fue la forma en que empecé a ver la vida, el sentido con que empecé a vivirla: Como legionario y orgulloso de serlo. Aprendí que el grito “¡A mi la Legión!” significa el compañerismo llevado a su cenit pues hace que los legionarios seamos un solo hombre ante cualquier contingencia y que jamás, bajo ningún concepto o situación, se abandone a un camarada, “con razón o sin ella”. También el orgullo que significa ser “Soldado de Brava Legión” pues es ser uno de los mejores soldados del mundo, no por nuestro equipo o armamento, que más bien es pobre, remanentes de la guerra civil tanto armas como municiones, (5) incluso vehículos que además son insuficientes, sino por nuestro corazón, nuestra decisión de vencer o morir al entrar en combate, haciendo buena nuestra divisa: “Legionarios a luchar, legionarios a morir”.  Y el orgullo de ser sucesores directos, herederos y depositarios, del honor y bravura de aquellos españoles que integraron los legendarios Tercios de Flandes, Nápoles, Lombardía, Sicilia, o los de Mar, de esos españoles que estuvieron en Lepanto, Isla Tercera, Breda, Brujas, Ostende, Amberes... y tantos otros lugares teñidos de sangre española. Y el amor a La Legión, permanente en el corazón de cualquier hombre que en cualquier momento de su vida haya pasado por este Cuerpo, pues los legionarios, como los sacerdotes, lo son “In Eternum”, hasta la Eternidad.

También varió el presupuesto que allí me llevara. Esa fue otra de las consecuencias de mi incorporación a la Legión, dar a mi vida un sentido del que carecía al salir del pueblo y que en otro medio no lo habría encontrado, al menos en tan poco tiempo. Por así decirlo, la Legión me había redimido de mi mismo y, desde luego, la muerte heroica que hasta allí me llevara ya no era objetivo ninguno. Desde luego, llegado el caso, no daría la espalda al riesgo, al peligro por alto que éste fuera, pero defendería mi vida en cualquier circunstancia. No huiría de la muerte si me salía al paso pero tampoco la buscaría tontamente.

Seguía amando a Carmen con la misma pasión e intensidad de entonces y su rechazo me hería tanto como antes, pero ahora podía convivir con ello. Eso sí, tratando de no pensarlo, de no pensar en ella en definitiva, cosa que a veces no lograba pero que por lo general, absorbido por el aprendizaje militar como estaba, conseguía normalmente. Y lo que pasara después ya se vería.

Y por fin, un día de mediados de Octubre de ese año 1957, con 19 años y cuatro meses cumplidos, acabó el periodo de instrucción y el curso intensivo de paracaidismo y pude al fin lucir el típico gorro legionario, el “chapiri”, con la larga borla cayéndome casi hasta la nariz, y las alas de  “paraca” al pecho.

Mi entusiasmo ante el evento fue desbordante... ¡Casi no me creía haberlo conseguido! Ante mi, yo era el tío más grande del universo. Y, lógico, al resto de los 17 les pasaba lo mismo. Como es fácil imaginar, las celebraciones batieron records de alcohol... y alguna visita que otra a “ciertos” bares, clubes y casas con señoritas tras la barra o en las salitas de recibo de los “visitantes”.

Pero las celebraciones se cortaron en seco nada más empezarlas pues al tercer día de ser Caballeros Legionarios nos embarcaron en otro Ju-52 que nos trasladó a El Aaiun, capital del territorio del Sahara español, donde íbamos destinados a la XIII Bandera, a su 3ª compañía, la “Juan de Austria en los acuartelamientos de Rayán Mansur, campamento base de la Bandera.

Las cosas por aquella tierra aún española cada día iban peor (6) por lo que en Junio de este año 1957, la IV Bandera del Tercio Duque de Alba, IIº de la Legión, fue enviada a Villa Cisneros.

El 23 de Octubre, tras una semana escasa de estancia en El Aaiun, unos muyahidines (soldados o combatientes) del Ejército de Liberación Marroquí, el ELM, (7) atacó y ocupó las aldeas del cinturón de Sidi Ifni,Goulimine y Bou Izarguen yel 27 son tiroteados desde tierra tres Ju-52 de la Fuerza Aérea española. Estos sucesos hacen que a primeros de Noviembre se envíe la IIª Bandera, Tercio “Gran Capitán” Iº de La Legión a Ifni y la VIª Bandera, Tercio “Duque de Alba”, IIº de La Legión a El Aaiun. Además, a la capital del Sahara Occidental también se transfirió al batallón de castigo de Cabrerizas, un suburbio de la ciudad de Melilla. Todo ello amén del envío de tropas regulares, de reemplazo obligatorio, tanto a Ifni como al Sahara.

A pesar de todo, la situación se mantenía casi en calma. Pequeños golpes de mano, ataques a líneas de comunicación como el sufrido por el coche correo de Villa Bens a El Aaiún y alguna escaramuza que otra. Hasta que el 23 de Noviembre, un mes justo después del ataque a Goulimine y Bou Izarguen, supimos del asalto que el ELM lanzó ese día contra Sidi Ifni, sucesiva pero infructuosamente, ante la firmeza de los paracaidistas de la IIª Bandera, que en Agosto relevó a la Iª.

El 25 de Noviembre fue mi bautismo de fuego, la primera vez que en mi vida me vi metido de hoz a coz en un combate, la primera vez que sentí cómo los proyectiles silbaban a mí alrededor y las explosiones de los disparos de mortero levantaban nubes de tierra y piedras muy cerca de mi. También el bautismo de fuego de Mario y otros tres chavales de los que vinimos desde el Banderín de Leganés. Estábamos encuadrados en la Sección que mandaba el teniente Caballero Legionario D. José Mª. Alonso Magariños, la 2ª de la Compañía “Juan de Austria”, a la que se  encomendara la seguridad de la playa Hasi Aotman, punto donde desembarcaban los víveres y pertrechos necesarios para el sostenimiento de El Aaiún. Fuimos atacados con fusilería y bombas de mano. El ataque se resolvió con las bandas enemigas puestas en fuga y con el teniente Alonso Magariños, el cabo primero Eduardo Jiménez Huertas y los Legionarios Alfredo Guirado y Manuel Suárez heridos (8)

Y, para mi asombro, cuando me vi metido hasta el cuello en el “fregao”, más que asustarme aquello acabó gustándome. En mi vida me había sentido más vivo que entonces, nunca antes sentí pasar el tiempo por mi vida, minuto a minuto, segundo a segundo, como cuando fui consciente de que me jugaba la vida y cualquier segundo podría ser el último. Lo curioso era que no sentía miedo alguno ante la muerte. Me parecía estar borracho, no de alcohol sino del olor de la pólvora gastada tanto por nosotros como por ellos, el estruendo de los estampidos de la fusilería, las bombas de mano y los disparos de mortero, con la adrenalina circulando a todo meter por mis venas bajo el “paqueo”(9) de los marroquíes. Me movía por instinto, sin pensar en lo que hacía; parecía un autómata que obrara según circuitos impresos, una máquina sin inteligencia ni voluntad propia que insensiblemente tiraba  hacia atrás del cerrojo del arma expulsando la vaina vacía para de inmediato empujarlo hacia adelante introduciendo un nuevo cartucho en la recámara y volver a disparar sobre el enemigo.

No sentía el tremendo estrés que me dominaba ni el cansancio que, cuando al fin acabó aquello, me derrumbó agotado al suelo.

Aquella escaramuza más que combate acabó en breves minutos, no más de veinte o treinta, cuando el sargento que tomó el mando tras caer herido de gravedad el oficial nos reagrupó y, tras ordenar “Calad los machetes”, nos lanzamos al asalto de las dunas desde donde nos disparaban, con los machetes-bayoneta firmemente asegurados al cañón del “máuser”. El choque con el enemigo fue espantoso. Por primera vez en mi vida maté directamente a un hombre. Supongo que ya antes debí de matar o, al menos, herir a alguien cuando disparaba sobre el enemigo respondiendo a su paqueo, pero entonces no les vi la cara, no les vi caer, no les vi morir. Ahora sí les vi; vi y sentí cómo la bayoneta entraba en las carnes desgarrándolas, haciendo brotar la sangre palpitante a borbotones; noté perfectamente cómo los huesos se partían destrozados al golpe del machete... Todo ese horror lo viví directamente, horrorizándome yo mismo y de mí mismo, pero bajo un estado de semischock que seguía haciendo de mi un casi autómata. Eran los efectos de la adrenalina combinada con las endorfinas circulando imperiosas por todo mi ser de organismo biológico.

Cuando el cerebro detecta un peligro inminente automáticamente se dispara la producción de adrenalina preparando al organismo para afrontar bien la lucha por la vida, bien la huida en busca de salvación. En principio crea un estado de tensión que agudiza la agilidad mental del individuo, permitiéndole tomar decisiones rápidas, sobre la marcha; simultáneamente se produce un notable incremento del ritmo cardíaco y respiratorio aumentando el flujo sanguíneo con lo que alcanza máximos la alimentación de oxígeno y glucosa a los músculos, reforzando su fortaleza y elasticidad, en especial los de las piernas, y de oxígeno a los pulmones que permite sostener una respiración más agitada y frecuente para así compensar el tremendo esfuerzo físico.

La tensión generada por la adrenalina a su vez dispara la producción de endorfinas, la hormona del placer. La primera reacción de esta hormona es despertar en el individuo una sensación de euforia que reafirma la seguridad en sí mismo y le predispone a querer superar el miedo y las dificultades. Además es un poderoso analgésico e hipnótico. La acción analgésica suaviza el dolor hasta casi hacerlo desaparecer en los momentos críticos, salvo que se deba a heridas medianamente graves y dolorosas, amén de eliminar las sensaciones de cansancio, incluso de agotamiento, y la acción hipnótica vela las imágenes más crudas del enfrentamiento haciendo al hombre casi inmune a la vista del horror del combate. Y todas estas reacciones se incrementan cuando lo que se avecina es un choque cuerpo a cuerpo, de hombre contra hombre, pues en este tipo de combate es cuando más resistencia y empuje se requiere.

Por todo eso, un asalto a la bayoneta, llegar al combate cuerpo a cuerpo, hombre contra hombre, es algo horrible Vomité al revolverme aquello el estómago. Pero el asalto acabó en minutos con la resistencia marroquí, pues casi al momento se lanzaron a la fuga en desbandada. Aún les perseguimos un trecho, cayendo nuevos “muhadiyines” bajo nuestros disparos, acabando su vida, más de uno, más de dos de ellos, ensartado en una bayoneta española.

Cinco días después, el 30 de noviembre, volví a entrar en combate, pero esta vez con toda la compañía al completo. Ésta salió como escolta de un convoy que se dirigía a la playa Hasi Aotman. Casi a mitad de camino, la IIIª sección que avanzaba en vanguardia fue atacada por elementos hostiles de cierta importancia; sus efectivos, pie a tierra de los vehículos, respondieron al ataque repeliéndolo. Al propio tiempo las otras dos secciones, Iª y IIª, desmontando también de los vehículos, iniciamos un movimiento envolvente que prácticamente cercó a los atacantes. Estos, advirtiendo por finales nuestra maniobra intentaron darse a la fuga, cosa que no muchos lograron; al final sobre el campo dejaron nueve muertos veintitantos heridos y, más o menos, medio centenar de prisioneros. Nosotros sufrimos la muerte del legionario Germán Taboada Guiña y cuatro heridos. Lo malo fue que un par de días después, cuando regresábamos a El Aaiun, un franco-tirador solitario que, para más INRI, despareció en el desierto, mató de un certero disparo en la cabeza al capitán de la compañía, D. Venancio Pérez Guerra, un viejo soldado veterano de aquella famosa guerra de Marruecos que acabó con el desembarco de Alhucemas y de nuestra guerra civil. Había ingresado en la Legión (el Tercio se decía entonces) en 1922 como simple “lejía”, y por méritos de guerra alcanzó el empleo de oficial. D.E.P. (10)

A lo largo de Diciembre las operaciones se limitaron a escoltar convoyes, socorrer y apoyar retiradas de puestos avanzados, cuya posición era indefendible, como Cabo Bojador. Las noticias indicaban que buena parte del territorio estaba controlado por los marroquíes: Tantan, Tifariti, Smara estaban ocupados y las bandas rebeldes acampaban en Lemlihas, sobre el río Jat, 30 Km. al sur de El Aaiún.

El 13 de Enero de 1958 a mi bautismo de fuego se unió el de sangre en la dura batalla de Edchera. Durante los días 20, 21 y 22 de Diciembre los marroquíes habían estado hostigando la ciudad de El Aaiun con paqueos, fuego de mortero y alguna pieza artillera de bajo calibre. No produjeron graves daños, pero era conveniente reconocer bien el terreno y alejar de El Aaiun a las bandas hostiles.

Para ello el mando ordenó la salida de la XIIIª Bandera al completo, con su jefe, el Caballero Legionario Comandante Rivas Nadal, al mando. En columna motorizada debía avanzar siguiendo la orilla derecha de la Saguía el Hamra (11) en dirección al paso de Edchera realizando un reconocimiento de la zona y obtener información de contacto del enemigo.

Cuando la Bandera se hallaba a unos 2Km. de Edchera, tras dejar atrás el pozo Bujcheibía, cayó en una emboscada tendida por los marroquíes que allí nos aguardaban. El combate fue terrible. La Bandera atravesaba el fondo del lecho seco de la Saguia en tanto el enemigo ocupaba las alturas que coronaban, a ambos lados, los bordes del cauce del río seco. Y desde esas alturas disparaban a placer sobre nosotros con esa puntería endiabladamente eficaz que siempre caracterizó al tirador marroquí, con lo que las bajas entre los nuestros empezaron a abundar. Pero La Legión tenía la fibra, la dureza y acometividad de sus legionarios, de modo que, resguardados como se podía, los nuestros respondían con no menos eficacia al fuego enemigo, barriendo las alturas nuestras ametralladoras y bombardeándolas los morteros del 81. Al propio tiempo los legionarios intentaban ascender hasta lo alto, subiendo a través de las escarpadas laderas de los bordes del lecho seco, a costa de sangre, mucha sangre. Cuando al fin los marroquíes abandonaron el campo, el tributo en sangre legionaria ascendía a 107 bajas, 43 muertos y 64 heridos. Entre los muertos se contaba el jefe de la compañía “Duque de Alba” capitán Jáuregui, los tenientes Martín Gamborino de la compañía “Duque de Alba” y Gómez Vizcaíno, nuevo jefe de nuestra compañía como sustituto del también caído en combate Capitán Pérez Guerra, el brigada Fadrique, que mandaba una sección y fue Cruz Laureada de San Fernando a título póstumo (12)....  y mi amigo Mario, caído en los primeros momentos. Entre los heridos se contaban otros dos tenientes... y yo mismo.

Dos veces había sido alcanzado en espacio de minutos, y puede decirse que sin la rápida acción de mis camaradas lo más seguro es que fueran 44 los muertos, pues me tenían centrado en sus armas al menos dos tiradores marroquíes. De inmediato me cogieron entre dos y, arrastrándome, me sacaron del “avispero” llevándome al puesto médico que nos acompañaba, atestado de heridos. El primer disparo me acertó en el costado izquierdo y el segundo en el muslo del mismo lado. El del costado fue uno de esos disparos de suerte, pues pudo haberme, incluso, costado la vida, pero sólo se trató de un arañazo un tanto profundo que se llevó por delante un trozo de piel con pingajos de carne, sin penetrar el proyectil en carne sino que continuó su trayectoria hasta perderse quien sabe donde. Pero me dejó una herida de dos o tres centímetros que casi  dejaba al aire una costilla. En carne viva como estaba dolía mucho y sangraba más, pero en sí no revestía mayor importancia, a pesar de la costilla que casi me fracturó, la que en parte asomaba al fondo de la herida. Otra cosa era la herida del muslo. Con sólo orificio de entrada, el proyectil quedó dentro tras partir el fémur. Esta sí presentaba más riesgo, pues incluso podría impedirme un poco el movimiento en el futuro, pero hubo suerte y me recuperé por completo al cabo de varios meses de convalecencia.

En el puesto médico se limitaron a taponar la herida del costado, después de espolvorearla con antibiótico, entablillar la pierna interesada, manteniéndola inmovilizada e inyectar antibióticos para prevenir infecciones, una anestesia local en el muslo y calmantes diría que fuertes pues enseguida quedé dormido, pasando bastantes horas amodorrado. El dolor no cesó del todo, pero se hizo soportable, podía convivir con él al menos. Cuando se pudo fui evacuado en una ambulancia, junto con varios compañeros también heridos, al hospital militar de El Aaiun donde me operaron el muslo y permanecí hasta mediados de Octubre entre hospitalización y convalecencia.

Las operaciones militares se dieron por concluidas a fines de Febrero de ese año, 1958, exactamente entre los días 25-26, cuando se consideró que los efectivos hostiles habían sido expulsados del territorio español o capturados; pero la solución política del conflicto se demoró hasta el 1 de Abril, cuando se firmó el tratado de Angra de Cintra entre España y Marruecos.

En Agosto de 1958 se instituyó la modalidad legionaria de “Tercios Saharianos”, para la guarnición de la ya Provincia Española del Sahara Occidental. En consecuencia los Tercios “Juan de Austria” IIIº de La Legión y “Alejandro Farnesio” IVº de La Legión se constituyeron en “Tercios Saharianos”, encomendándose la defensa de la zona norte, la Seguía el Hamrá al Tercio “Juan de Austria” y la zona sur, Río de Oro, al Tercio “Alejandro Farnesio”. Ambos Tercios se habían reorganizado en base a absorber en ellos a la mayoría de veteranos de la reciente campaña contra el ELM, por lo que cuando fui dado de alta en el hospital se me destinó a la Xª Bandera del Tercio Sahariano “Alejandro Farnesio” y encuadrado en la 11 compañía y allí destacado a uno de los puestos fronterizos con Mauritania, en pleno desierto, donde ni las águilas se atrevían a pasar: Alguna caravana de nómadas que alguna vez, pocas en cualquier caso, acertaba a pasar... y ni un ser humano más. La vida transcurría monótona, sin más compañía que los compañeros de puesto, con las únicas excepciones de los cortos períodos de permiso que podíamos pasar en Villa Cisneros, capital de la zona sur sahariana.

Desde que me escapara del pueblo me había vuelto bastante taciturno, rehuía la compañía de la gente en general, prefiriendo andar solo, a mi aire. Pero desde que ingresé en la Legión, aún allá en Leganés, cambié a pelín sociable, sin pasarme de todas formas; y durante los meses de campaña me hice más sociable aún, pues bajo esas condiciones de alarmas continuas, noches al raso envueltos en mantas sobre el duro suelo y sometidos a los “paqueos” del enemigo un día sí y al otro de nuevo sí, lo normal es que los lazos de amistad y compañerismo se agudicen. Es una forma de combatir el miedo que, de todas formas, nos invade y que no queremos asumir en forma alguna: “Soy legionario y no debo estar asustado” Pero lo estábamos, pues seríamos legionarios pero también seres humanos corrientes y molientes. Y así, en compañía de los demás, con chistes, “chismes” y baladronadas sobre mujeres, bromas y el cigarrillo de grifa o hachís circulando de mano en mano, el miedo se calmaba y la falsa alegría florecía. Pero desde que fui herido y evacuado al hospital militar de El Aaiun volví a ser el introvertido de antes. Y la cosa no mejoró al incorporarme al puesto fronterizo: Catorce hombres habitando el cuchitril que conformaba el puesto, incluyendo al sargento que mandaba el pelotón, un radio-operador que cubría las comunicaciones y un sanitario, más curandero que enfermero. Pues bien, ninguno de ellos me resultó ni un tanto así de simpático, que ya es suerte la mía. Luego mi hermetismo se acentuó más todavía.

Además ese panorama, ese desierto inhóspito y solitario se me hacía más odioso de día en día, hasta que acabé por no aguantarle. No sé por qué, pero cada día me sentía peor, más arto de todo aquello y la vida allí acabó por hacérseme insufrible. Como es lógico, procuraba escaparme a Villa Cisneros siempre que podía, donde a menudo me encontraba con viejos conocidos con los que cenaba o comía, según el momento, reponiéndome así del ostracismo del desierto; pero también hubo veces que acababa paseando conmigo mismo como única compañía o sentándome en un banco de cualquier parque de la ciudad.

Y de amistades femeninas menos, pues no se puede llamar amigas a las “señoritas” que de vez en cuando visitaba para atender alguna que otra “necesidad” de la masculina naturaleza. Aunque he de admitir que durante algunos meses, aunque más bien diría semanas, mantuve una...digamos “amistad muy especial” con una morita casi española de preciosos ojos negros y candorosa sonrisa de ángel que cautivaba al mirarla, hija de un buena pieza de Jaen al que le tocó hacer la”mili”, casi dos años, en las Tropas Nómadas del Sahara y para consolar su “morriña” peninsular no se le ocurrió cosa mejor que “liarse” con una mora, morita, mora, pero mora de verdad, de padre y madre, a la que no tuvo a mal dejarle el recuerdo de esta preciosa niña cuando le licenciaron y de inmediato regresó a los olivares de su pueblo jienense sin volver a acordarse más ni de la madre ni de la hija.

Pienso que esa bella morita me quiso de verdad, pero yo me limité a dejarme querer, con el agravante de que, además de agradable compañía nocturna, también disponía de buena cama, sábanas casi limpias, comida si no muy sabrosa sí preparada con sumo cariño y alguien que se cuidaba de mi ropa y me preparaba un poco de comer cuando me despedía los lunes para volver a mi puesto en el desierto.

Pero también era consciente de que ella, Amina, me lo estaba dando todo sin recibir nada a cambio, pues ella para mi, al menos en un principio, no era más que un objeto con el que saciar mis deseos de hombre. Mas el tiempo hizo que le tomara cariño, no amor de hombre sino simple aprecio de amigo, de hermano incluso si así se quiere, pues lo cierto es que así, casi como hermana, llegué a quererla, ya que de otra forma no podía ser dada su absoluta entrega, su trato en extremo agradable.... Y me dije que eso no debía ser, no estaba bien pues ella se merecía mucho más de lo que yo nunca podría llegar a darle. De modo que una mañana de lunes, unas ocho o diez semanas después de empezar a vivir en su casa, me volví a despedir de ella... pero para siempre: Nunca más volví.

Esa fue la única vez en mi vida en que estuve muy cerquita de serle infiel a Carmen, pues hasta llegué a plantearme el casarme con ella.

Andando el tiempo, casi dos años más tarde, volví a verla un día que me la crucé por la calle; pero no iba sola sino acompañada por un hombre que empujaba un cochecito donde un “rorro” plácidamente dormía. A él le conocía aunque casi solo de vista: Un chico del Grupo de Tiradores natural creo de Salamanca y me constaba que era un buen muchacho por lo que de él me indicaran amigos comunes, serio y formal, uno de esos antiguos castellanos viejos reciamente honrados, de esos que ya apenas si queda alguno. En los ojos de Amina creí ver, amén de sorpresa, un tantico de alarma ante la posibilidad de que se descubriera ante el de Tiradores nuestro “pastel”; pero no la saludé, sólo dirigí al acompañante un “Hola Fulanito” al que me respondió con un “Hola Javier”, incliné ante ella la cabeza tal y como haría ante cualquier señora, y proseguí mi camino sin siquiera detenerme.

La sorpresa me la dio ella, Amina, cuando dos o tres días después se presentó en el cuartel general del Tercio, donde provisionalmente residía siguiendo un curso de ascenso, preguntando por mí. Me visitó para agradecerme lo del día en que nos cruzamos en la calle, confesándome el apuro que por un momento pasó al verme. Me contó lo feliz que por fin era: Se enamoró del muchacho de Tiradores que anduvo tras ella algún tiempo hasta lograr interesarla, se casó con él, como Dios manda, y unos meses antes “vino” el bebé que viera en el cochecito. Yo, sinceramente, me alegré, pues de verdad que se lo merecía. Nos dimos un beso más de hermanos que de amigos y nos separamos, esta vez sí que para siempre pues nunca la volví a ver.

Acabó 1958 y 1959 estaba por acabar cuando un día de Noviembre en una de las fugaces “escapadas” a Villa Cisneros, me metí con otro camarada del grupo de Leganés en uno de los cafetines de la ciudad. Allí coincidimos con el que fuera cabo 1º de aquella vieja compañía “Juan de Austria” de la XIII Bandera y licenciado casi un año antes tras 12 o 14 de servicio, Ginés Pavón, que venía acompañado por otro veterano legionario, también licenciado recientemente. Nos saludamos con la efusión propia de tales ocasiones, nos sentamos juntos charlamos de mil y una naderías disfrutando del encuentro recordando viejos tiempos, en especial de la época de la campaña del Sahara. Luego, tras algo más de una hora, salimos a la calle despidiéndonos allí. Pero antes de separarnos Ginés me dijo.

·           Javi toma mi teléfono. Llámame cuando puedas pues deseo hablar contigo, pero en plan más tranquilo. Es que deseo hablarte de un negocio.

Con lo que le llamé días más tarde. El “negocio” consistía en hacerse uno mercenario, soldado de fortuna a sueldo del país o similar que mejor pagara. En fin, que en aquello sólo había interés crematístico, y al parecer importante: Según Ginés, en un mes podía ganarse más que en un par de años en la Legión. También me dijo que un “fulano”, un francés llamado Bob Denard(13), estaba interesado en formar un grupo de “desesperados” expertos en uso de armas y experiencia de combate, tipos “duros” y dispuestos a todo en definitiva; y a él le encomendó reclutar unos veinte o veinticinco ex-legionarios con tales características. Yo entonces no vi claro aquello, y con un incoloro “Lo pensaré” dimos por finalizada la conversación  

Pero, como digo, la vida en el desierto se me estaba haciendo insufrible, amén de aburrirme cosa mala, y lo de Ginés me daba vueltas por la cabeza. La paga lo merecía y, además, el gusanillo del peligro, las sensaciones vividas bajo el fuego enemigo me gustaría revivirlas. Pienso que por entonces estaba algo loco. Al final, lo de Ginés acabó por convencerme y ya en Marzo le telefoneé para que contara conmigo, pues si luego lo del “negocio” no me interesaba siempre podría reincorporarme al Tercio. Me dijo que no estaría solo, que otros diez camaradas más participarían. Aunque todavía no conociera a ninguno, en seguida nos haríamos amigos, pues ya conocía el sentido de compañerismo que reinaba en la Legión, y todos nosotros éramos viejos legionarios.

El 17 de Abril del año 1960, fecha en que vencía mi compromiso de tres años pedí licenciarme, con lo que tan pronto me vi fuera del cuartel y de la Legión, volví a telefonear a Ginés. Quedamos para una semana después en el mismo tugurio donde nos encontramos y me urgió para que me sacara el pasaporte, pues en diez o doce días saldríamos para Francia.

Para obtener el pasaporte no tuve problema alguno, más bien pude tenerlo en Mayo del año anterior 1959, cuando recién cumplidos, de verdad esta vez, los 21 años solicité un nuevo documento de identidad en la comisaría de Villa Cisneros, alegando haber perdido el mío. Unas dos semanas más tarde vino hacia mí el teniente de la sección para darme el DNI que, desde el departamento central del Documento Nacional de Identidad en Madrid, habían remitido a la Plana Mayor de la Bandera. Alguna ventaja tendría estar cubriendo un puesto fronterizo. Cuando me lo entregó el teniente, riéndose, me dijo.

·           ¡Con que te alistaste siendo menor de edad! 

Y me entregó el documento que regularizaba mi situación. Al parecer cuando en la central del DNI se recibió mi solicitud, buscando en los archivos los datos originales, apareció una denuncia de mi padre por mi repentina desaparición, pero eso ya no tenía efecto pues era ya mayor de edad.

Como acordáramos, a la semana volví a reunirme con Ginés y seis días más tarde estábamos, todo el grupo de Ginés, en una extensa y solitaria finca cercana a Versalles. Casi un lugar paradisíaco en medio de la nada, pues en kilómetros a la redonda no parecía haber vecino alguno.

La finca era en realidad un campo de entrenamiento. Allí había ya algo más de 100 hombres de buena parte de Europa, franceses, polacos más algunos británicos y norteamericanos: Todos, excombatientes, bien de las guerras coloniales en Indochina o Argelia bien de la Guerra Mundial incluso, a pesar de los quince años transcurridos desde su final.

El “mandamás” era el francés llamado Bob Denard que tenía como mano derecha a un alemán, al parecer antiguo oficial, creo que capitán de las Waffen S.S. Aquí se hacía llamar “Coronel Schaffer”.

En ese campamento me vi por vez primera ante una “Pista Americana” y ante mi primer fusil de asalto. A todo me acostumbré bastante bien y estaba allá como en mi salsa, “oliendo”  a combate.

En el campamento estuvimos hasta primeros de Agosto, con los efectivos engrosados hasta unos 160-170. Entonces, sobre el día 10, volvimos a embarcar en cuatro aviones DC-3 que en un par de viajes nos llevaron a nuestro destino final: Elisabethville, capital de la provincia de Katanga, República Democrática del Congo (antiguo Congo Belga), que  había declarado su independencia respecto a esa república.

Aguanté no más de cuatro meses pues aquello sí que fue horroroso. No combatíamos al Ejército congoleño, que por allí ni apareció, sino a una étnia, los balubas, enemigos ancestrales de la étnia dominante que se rebelaron, manteniéndose leales al gobierno central de la república: Los enemigos de mis enemigos son mis amigos.

Es difícil olvidar lo que en aquellos meses pude ver. Claro que disparé y maté a bastantes de aquellos infelices, como mis compañeros también hicieron. Eramos...lo que éramos y hacíamos lo que se nos mandaba, que para eso nos pagaban, pero sin hacer lo que vi hacer a los guardias katangueños. Nunca antes había visto semejantes atrocidades: A los infelices balubas no los mataban simplemente aquellos energúmenos de guardias, sino que literalmente los descuartizaban, los hacían picadillo a machetazos. Brazos y piernas cercenados aparecían por todas partes, cabezas degolladas hasta separarlas del tronco, cosa no tan fácil como pueda parecer. Mujeres con los pechos cortados, abiertas en canal y finalmente descuartizadas; niños con los cráneos destrozados contra los árboles... Y violaciones sin cuento, sin importar la edad, a veces ni el sexo tratándose de criaturas. En los últimos días que allí estuve vi como, entre siete u ocho de aquellas fieras, violaban a una pobre chica que apenas tendría ocho o nueve años. Aquello ya me superó, no lo pude aguantar: Alcé el arma y empecé a disparar sobre la jauría hasta agotar el cargador, lo reemplacé en el acto y volví a levantar el arma ante un grupo de “gorilas” que a su vez habían levantado sus armas ante mi. Menos mal que mis camaradas me apoyaron y también apuntaron a esa caterva; ahí se acabó el asunto y también los desmanes de aquella turba, pues les conminamos a acabar con aquello por su bien.

¿Cómo aguanté? Pues... a base de “yerba”, LSD y.... cocaína. Y alcohol. ¡Buena mezcla!

Pocos días después, cobré mi cuarto mes allí y mi sexto sueldo sobrepasado, pues aunque mientras estuvimos en Francia no se nos pagó nada excepto los “gastos”, que incluían una serie de “señoritas” que cada sábado aparecían por el campo traídas en un camión y permanecían allá hasta el lunes por la mañana, al llegar a la capital katangueña nos abonaron una prima de enganche de más de dos mensualidades. Con mi dinero, mis ahorros y lo poco que tenía de impedimenta me planté en el aeropuerto de Elisabethville y tomé el primer avión hacia Europa, uno belga que me llevó a Bruselas. De allí a Villa Cisneros con escala y cambio de avión en Marrakech y, casi en vísperas de Navidad, de nuevo en la Legión, en mi vieja Bandera y compañía.

 

FIN DEL CAPÍTULO

 

 

NOTAS AL TEXTO.

 

1.         Desde el 8 de Abril de 1956 se produjeron en Ifni diversos incidentes, con manifestaciones a favor de la integración del territorio en el Reino de Marruecos, independiente desde el día 7 de ese mes, que culminaron el 28 de junio con el ataque a un puesto avanzado, que se saldó con la muerte de un cabo y un soldado de la Policía Indígena de Ifni.

2.         En 1957 Javier no hubiera podido alistarse a ningún Arma o Cuerpo de las Fuerzas Armadas españolas, la Legión incluida, pues era menor de edad. Por entonces a la mayoría de edad aún se llegaba a los 21 años, y en ningún Instituto armado, Legión incluida, te admitían sin presentar documentación alguna. Los tiempos en que en la Legión podía alistarse la gente sin documentación habían pasado ya a la historia. Pero permítaseme esta Licencia literaria a beneficio de la historia que escribo.

3.         Desde que en Abril de 1956 Marruecos llegara a la independencia Larache, como todas los demás centros urbanos con presencia militar española en tierra marroquí quedaron bajo la soberanía de este país por lo que los cuarteles y campamentos españoles debían evacuarse. Pero Marruecos concedió a España el plazo de dos años para terminar esa evacuación, por lo que en 1957 ese Tercio todavía estaba acuartelado en Larache.

4.         Absolutamente cierto. Ese año fue el único que, en sus sucesivas levas de voluntarios, la dura instrucción legionaria, ya más prolongada que la normal de los reemplazos de las Fuerzas Armadas, se incrementó en algo menos de dos meses por el cursillo de paracaidismo urgente, por si las moscas, pues los efectivos paracaidistas españoles de entonces se limitaban a sólo dos Banderas, unidad de tipo batallón como las Banderas legionarias. Luego, durante la guerra, no se realizó ningún “salto” de estos paracaidistas de urgencia, como se les llamó en las Banderas paracaidistas.

5.         En 1957 el arsenal de armamento español no era tan pobre, pues la Ayuda americana le había puesto bastante al día con armas como el reactor de combate North Américan F-86 Sabre, punta de lanza que fue de la USAF en Corea en 1954. Pero sí es cierto que el Ejército de Africa, lo más granado de las Fuerzas Armadas españolas, sufría estas penurias por que el “amigo americano” no permitía usar las armas y equipos suministradas por los EEUU fuera de Europa. Esas armas, realmente, eran para la gloria y seguridad de los USA y la Alianza Atlántica, no para la defensa de España allende la península, Baleares y Canarias, que era donde una ofensiva soviética que llegara a los Pirineos podía afectar a los aliados de la OTAN. Así, tanto entonces como ahora, Ceuta y Melilla quedan con su defensa en precario pues están fuera del ámbito de intereses de la OTAN. Eso sí, estas restricciones en el uso de armas USA a Marruecos no se le aplicó en ningún momento, porque el material del ELM fue, en parte, más moderno que el de las fuerzas españolas en Africa.

6.         El 16 de Junio de 1957 una sección de la Iª bandera paracaidista es atacada con fuego de mortero y ametralladora, con un herido entre los paracaidistas En Agosto toda una sección de Tiradores de Ifni, integrada por nativos, asesina a los mandos españoles y se pasa al enemigo con armas y bagajes.

7.         El ELM (Ejército de Liberación Marroquí) se formó como consecuencia de la lucha por la independencia marroquí y la fidelidad a la dinastía alauita personificada en el sultán Mohammed V por parte del partido Istiqlal (Hizb al-Istiqlal/Partido de la Independencia) En 1953 Francia depone al sultán Mohammed V, por su apoyo al nacionalismo independentista, exiliándolo primero a Córcega, luego a Madagascar y pone como nuevo sultán a Mohammed ibn Arafa, pariente de Mohammed V. Entonces el partido Istiqlal agrupa las diversas bandas nacionalistas marroquíes que hostigan a los franceses creando un casi ejército, el Ejército de Liberación Marroquí o ELM. Cuando en 1956 se produce la independencia de Marruecos, con el reconocimiento francés en Marzo y el de España en Abril de la soberanía de Mohammed V sobre Marruecos, pues de soberanía nacional nada porque el pueblo pintaba, y pinta, poco en las decisiones estatales dejadas al puro y duro albedrío del monarca, una parte del ELM forma el nuevo Ejército Real Marroquí, en tanto que la mayoría del ELM, como bandas incontroladas pero perfectamente dirigidas por el Istiqlal, bendecidas por Mohammed V, y apoyadas en logística y armamento por el Ejército Real; es decir, por Marruecos, los EEUU y la CIA, se vuelven contra España en un intento de integrar los territorios de Ifni y Sahara español en el Reino Alauí

7.1.   Por cierto, uno de los organizadores del Ejército Real Marroquí en1956-57, como Inspector General del Ejército Real, fue el que fuera Teniente General del Ejército español Mohamed ben Mizzian que, además, fuera amigo íntimo del general Franco al que salvara una vez la vida en 1924, durante la guerra del Rif contra el rebelde Abd el Krim, que acabó con el desembarco de Alhucemas. Por entonces Franco era teniente coronel jefe de la Legión y ben Mizzian acababa de ascender a comandante por méritos de guerra. De ese incidente vino la gran amistad que ambos trabaron.

8.         Cuantos nombres y empleos militares aquí aparecen son rigurosamente ciertos

9.         El término “paqueo”, muy típico entre las tropas africanistas, procede de la famosa Guerra del Rif o de Africa de1908 a 1925. Por entonces los rebeldes rifeños solían usar fusiles de alto calibre, que hacían unos respetables agujeros en la carne y un ruido tremendo que sonaba como “Paac umm” que en la jerga militar pronto se convirtió en “paacoo” y de ahí, los “pacos” eran los fusiles o fusileros rifeños y el “paqueo” el nutrido fuego graneado rifeño o, por extensión, marroquí en general. Por cierto, que desde siempre los marroquíes, en particular los rifeños, han sido unos tiradores de primera, con una puntería asombrosa.

10.     Las dos acciones que se describen son verídicas, como también las unidades.

11.     La Seguía el Hamrá (Acequia Roja) es el lecho seco de un río, tal vez arroyo, que en tiempos irrecordables llevaba un nada desdeñable curso de agua, a lo que se deduce de que antes los nativos la llamaran La Seguía el Jaddra (Acequia Verde), según decía la tradición local transmitida boca a boca.

12.     Por la acción de Edchera se concedieron dos Laureadas, la más alta condecoración española, y las dos últimas concedidas en España: Al ya citado brigada D. Francisco Fadrique y al Caballero Legionario D. Juan Maderal. Ambos cayeron en Edchera

 

13.     Bob Denard, que empezó su carrera para-militar a los 16 años combatiendo, dentro de la resistencia Francesa, contra los ocupantes alemanes en la 2ª Guerra Mundial, fue un mercenario francés que, al frente de un grupo de “soldados de fortuna” estuvo en la guerra secesionista de Katanga contratado por el que fuera presidente de aquella efímera república Moisés Tsombé (1960-1963). Posteriormente participó en diversos golpes de Estado o apoyo a guerrillas de signo pro-occidental y, fundamentalmente, muy anticomunistas, en Yemen (1963), Angola (1975) con el grupo rebelde UNITA de Jonás Savinbi o en Comores (1975, 78, 89, 95), donde quita y pone presidentes. Curiosamente casi siempre actuó, realmente, por cuenta de los Servicios Secretos franceses, que le financiaban, y en ocasiones rescatado por paracaidistas de este país, como en 1989 en Comores. Pues bien, murió en 2007, en su casa de la Gironda, pero en condena atenuada a su domicilio por padecer Alzheimer. Había sido condenado tres meses antes por un tribunal francés que le encontró culpable de atentar contra el estado de Comores en 1995.

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