Unas placenteras vacaciones

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Categorías eroticos

RESUMEN

Tras lo que nos ocurrió en unas placenteras vacaciones en Formentera, me inicié a fisgonear en estas páginas de internet, y me decidí a contar mi propia experiencia.


Categorías eroticos
  • Autor: JoanMartorell
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Hacía tiempo que llevábamos planeando este viaje. Las vacaciones por fin habían llegado y el anhelado momento estaba próximo. Íbamos a pasar 15 días en un paraíso que ya desde el ferry que nos trasladaba desde Ibiza nos dejó boquiabiertos. A lo lejos, la forma alargada de la isla de Formentera descansaba dormida plácidamente sobre el mar. Me llamo Joan y tengo 29 años. La historia que a continuación contaré sucedió el verano pasado en Formentera. Ninguno ha mostrado arrepentimiento, y no es algo de lo que hayamos hablado desde entonces. Tampoco hemos reincidido.

Mido un metro ochenta y cinco centímetros. Podría decirse que soy fibroso. Algo más que fibroso, musculado. Ancho de hombros y espalda. Ojos azules. De tez blanca, aunque por aquellos días, después de ciertas sesiones de playa en Begur, bastante bronceado. Pelo rubio. Rostro, digamos "germánico". De hecho siempre me ha resultado fácil parecer extranjero. He tenido bastante éxito con las mujeres, si bien hacía por entonces ya tres años que mantenía una relación estable con Sara y mi fidelidad había soportado duros envites. Hacía ya uno que vivíamos juntos, pero ninguno de los dos queríamos casarnos. Sara es una mujer de bandera.

Tenía el pelo negro azabache, liso, escalonado y con sutil flequillo, pero levemente ondulado en las puntas, que sacaba hacia fuera. Sus ojos, también negros, brillaban tras unas largas pestañas, bajo unas finas y hermosas cejas. Grandes y ligeramente curvados donde los párpados se unen, tenía mirada felina. Su nariz perfilada rematada por pequitas, le daban un aspecto inocente y pícaro. Labios carnosos y seductores, que encerraban una boquita de piñón, tras una dentadura perfecta y blanquísima, bajo unos pómulos preciosos. Su piel morena, que ahora se encontraba totalmente bronceada, guardaba el tueste perenne del sol de la Andalucía en que se crió su familia durante generaciones. Se pintaba las uñas, largas y cuidadas de color blanco marfil. Tras unas largas, finas y espectaculares piernas, un culo redondo como una manzana daba paso, recio y sabroso, tras una cintura de avispa, a una espalda que ejerce de soporte para dos grandes pechos voluptuosos, robustos, erguidos y generosos culminados por pequeños pezones rosados que, erectos y desafiantes, parecen estallar con la mirada. Formaban siempre, dado su tamaño, un intrigante canal que me encantaba lamer sujetándolos con ambas manos. Medía un metro y setenta y largo. En su perfecto peso, jamás se privaba de comer cuanto gustase, y su vientre, siempre liso y duro con ayuda del gimnasio, resguardaba un ombligo suave y agradecido. Su cara, entre angelical y truhana se dejaba envolver por un pelo largo, liso, y sanísimo, muy bello, que podría decirse tenía vida propia por las medias ondas que gustaba hacerse en las puntas. Era un diosa. Bellísima y con un cuerpo escultural, al que ayudaba con cierto ejercicio, la herencia de su madre que ya a sus cincuenta, aún se veía bien. De sus anteriores parejas no conozco nada. Solo que perdió la virginidad en el baño de su instituto muchos años atrás. Solo tenía un par de meses menos que yo.

Aquellas vacaciones, hacía ya varios meses que Sara había trabado buena amistad con una compañera de trabajo, que tan pronto supo que nuestro apartamento era de cuatro plazas y que nuestras amistades habituales no vendrían con nosotros, insinuó que ella y su marido, con el que llevaba dos años casada, y con los que ya habíamos compartido alguna cena y más copas, estarían encantados de venir con nosotros, compartiendo así los gastos de hospedaje. Helena, así se llamaba, era rubia a mechas cuya intensidad rubia crecía a medida que llegaba a las puntas, donde parecía totalmente natural. De hecho su color natural era muy claro, rubio suave, y junto a su cara redonda le confería aspecto de matriarca nórdica. Pelo largo y ligeramente ondulado. Nariz respingona, ligeramente elevada, labios con forma de corazón y en conjunto, cara de ángel. Su expresión no obstante, variaba hasta la más absoluta rabia, dependiendo de los gestos, como cuando molesta por el sol, fruncía el ceño. Más que de rabia, de fuego. Como un volcán. Tenía muy buen humor y también como yo tenía los ojos azules, si bien menos expresivos que Sara, pero igualmente villana. Tampoco tenía los pechos tan perfectos como ella, eso sí suficientemente generosos. Pero las curvas de su cintura me volvieron loco desde el primer momento en que vi los lazos de su bikini suspenderse de sus caderas, para morir abrazando una tersa tela que ocultaba su pubis y dejando ampliamente al descubierto, un ombligo moldeado estirado y bronceado en el que lucía un piercing de plata y brillantes, y gran parte de sus nalgas, duras, perfectamente escupidas y también bronceadas. Entre sus dos muslos, como a Sara, quedaba siempre un espacio de tres dedos de ancho, que hacía imaginar las más oscuras perversiones. Sus pechos, cubiertos por escuetos trozos de tela, como pude comprobar más tarde, eran fruto de la cirugía estética. Su canalillo nunca se deformaba, estuviera en la posición en que estuviera. Decía medir un metro setenta y algo, pero no era más baja que Sara. Tenía 26 años, era de Vic, y sobre todo tenía un cuerpazo digno de revista.

Su marido Carlos, que era de Alicante, era un poco más bajo que yo, pero muy deportista, atlético. Estaba más musculado. Pectorales y abdominales marcados en extremo, brazos y piernas muy fuertes. Estas últimas junto con sus nalgas, indicaban que había jugado al fútbol, como más tarde, ya en la isla, al solaz de la arena, nos contó. Era moreno de piel. De pelo muy corto, negro y muy rizado, y ojos negros y algo rasgados. Tenía 30 años.

Formábamos un buen grupo: físicamente agraciados, bellos, elegantes, no solo por el porte, sino porque estéticamente, modestia aparte, lucíamos muy bien, en la flor de la vida, y una posición económica más que solvente por nuestros trabajos a los que, eso sí, dedicábamos más horas de las deseadas. Lo pasábamos muy bien las veces que salíamos juntos. Había buena química, y por ello no dudamos en compartir las vacaciones.

A la llegada a la isla, a media mañana, el sol lucía alto y caía a plomo sobre nosotros. Tan pronto nos proveímos de comida, vehículo y llegamos a lo que sería nuestro hospedaje, cogimos los bañadores, toallas y demás utensilios, para aprovechar la playa desde el primer momento, iniciando así una plácida rutina de descanso, lectura, juegos, baños de sol y mar, inmersiones de snorkel y paseos de la que no me hubiera cansado ni en mil años.

Llegamos a la playa d’Es Caló, prácticamente era la hora de comer. Extendimos las toallas y apuntalamos los parasoles, escondimos las neveras de los rayos del sol y nos quitamos camisetas y pantalones, dispuestos disfrutar del mar, la arena y la tranquilidad de que ofrecía la isla. Carlos y yo llevábamos sendos bañadores estilo bóxer por encima de la rodilla (yo, sin embargo, había llevado conmigo un par de bañadores slip de natación, que pese a considerar bastante "macarras" había empezado a usar para cubrir la menor parte de mi cuerpo, logrando así un bronceado más extendido por zonas que normalmente no veían el sol). Sara llevaba un biquini verde de lazos y tirantes que parecía de ganchillo, y que cuando se tumbaba boca arriba únicamente cubría los pezones, pues el resto se escurría hacía los costados y axilas, pero que al erguirse le recogían los senos desde abajo, mostrándolos en toda su magnificencia. Helena, sin embargo, uno blanco, muy transparente, también de lazos y tirantes. Ciertamente la proporción de tela que cubría sus pechos era insignificante y prácticamente cubría los pezones y poco más, dejando ver su redondez tanto por los laterales y por el canalillo, como por debajo, sin ocultar pues cuán bronceados estaban ya por entonces. Era fácilmente apreciable a unos ojos escrutadores como los míos, que sus pechos, demasiado erguidos, no eran naturales, pues si los de Sara se mantenían todavía garbosos y desafiantes, comenzaban a ceder a la gravedad, pero los de Helena, más que tiesos, apuntaban hacia arriba. Los huesos de sus caderas sujetaban los lazos de la braga del biquini, tan arriba que caían en picado para extender la porción de tela que envolvía sus labios vaginales, perfectamente marcados, y retornaba en más descansado ascenso, escondido entre sus nalgas, por las exquisitas curvas de su culo.

Rápidamente nos percatamos que prácticamente todo el mundo practicaba nudismo. Sara normalmente siempre tomaba el sol sin la parte superior del biquini, que solo se ponía para ir a la casita de helados, o ya al marcharnos. Tan pronto se percató de las costumbres locales, preguntó a nuestros compañeros de viaje si les importaba que se lo quitase, ya que no quería tener marcas de sol, y no era cuestión que, estando precisamente de vacaciones, fuera allí donde aparecieran estas. Lógicamente nadie se opuso, y sus espléndidos pechos quedaron a nuestra vista para admiración y deleite de todos. Veo que no tienes nada feo que esconder- dijo Carlos en un arrebato de sinceridad que me sorprendió. Helena sin embargo, no dijo nada y permaneció con el biquini completo puesto.

Viendo la situación, tomé la iniciativa y comenté que, dado que llevaba todo el verano usando los slip de natación, era absurdo ponerme un bañador bóxer más amplio a esas alturas, por lo que usando la toalla a modo de parapeto, me cambié. Helena tras ver como me quedaba, mirándome de arriba abajo, me sorprendió con un "estás estupendo", y espoleó a Carlos a comprarse uno. Los dos eran casi idénticos. Eran negros mate con una delgada franja oblicua en un laterales. Sin más.

Ciertamente me sorprendió la soltura con la que nuestros amigos nos piropeaban, pero achaqué el alarde de Helena a una rabieta por el anterior comentario de Carlos.

La arena era blanca, y acentuando el carácter salvaje de la isla, no se veía ninguna edificación cercana. Sobre el mar, algún velero, y más Fuera-Bordas, que ensuciaban el paisaje y el agua. El fondo marino, ya a la escasa distancia de la costa a la que nos sumergíamos de cuando en cuando, se veía estupendo, limpio y lleno de vida.

Los primeros días de estancia en la isla fueron muy tranquilos. Se fue creando un clima de convivencia muy agradable. Parecía que todos estábamos exhaustos de tantos meses de trabajo, y los días discurrían con un desayuno fuerte, que nos permitiera permanecer en la playa hasta tarde, dado que nos preparábamos una comida ligera para comer en la propia arena a la sombra de nuestros parasoles, y tras una cena también fuerte de sólido y líquido, copas, cartas y algún porro alguna noche, nos íbamos a dormir. Nosotros a nuestra habitación y ellos, desplegando el sofá-cama, en la sala de estar del apartamento.

 

El apartamento resultó ser una casa en planta baja en medio de la isla, allí donde esta más se estrecha, en un paraje muy solitario. Relativamente cerca tenía otras tres casas del mismo estilo, pero a la distancia suficiente como para otorgarles cierta intimidad. La construcción no tenía más de tres o cuatro años. Constaba de un dormitorio de cama de matrimonio con un armario cuyas hojas estaban espejadas, un par de mesitas de noche y televisión, un baño completo, una amplio comedor-sala de estar, donde había el sofá-cama, una mesita baja, mesa cuadrada y seis sillas. Un mueble bar con otra televisión y una cocina de americana. El comedor daba, mediante unas puertas de cristal corredizas, a una terraza con una mesa y otras cuatro sillas donde las lagartijas acudían a tomar baños de sol, ya que al tratarse de una casa de una sola planta, se podía acceder a esta terraza desde el solar que rodeaba la casa. De hecho tomamos la costumbre de dejar normalmente las puertas corredizas abiertas, de modo que así podíamos acceder a la casa desde la calle, rodeándola, sin necesidad de preocuparnos por quién llevaba las llaves, pues solo teníamos un juego. Habíamos alquilado un pequeño coche que para las dimensiones de la isla era más que suficiente.

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Al octavo día, tras levantarnos y desayunar rápidamente, nos dispusimos a organizar el día, puesto que la noche anterior, durante al cena, Sara nos había dicho que quería ir de compras a Sant Francesc, pues además de poner de relieve que había que comprar más provisiones en general, había llegado el momento de volver a depilarse, y necesitaba comprar artilugios depilatorios, pues tanto a ella como a Helena se les había olvidado la famosa epil-lady. Así pues, resolvimos, gracias a la buena predisposición de Sara, que la llevaríamos al pueblo (pues solo teníamos carnet de conducir Carlos y yo) antes de ir a la playa, ella realizaría todas las compras, y luego a una hora en concreto y previamente pactada (puesto que habíamos acordado dejar todos los móviles en la península), yo pasaría a recogerla por el supermercado, y tras dejar las cosas en casa, Sara se depilaría y yo volvería a la playa, donde ella se reuniría con nosotros. Decidimos ir de nuevo a la playa d’Es Caló, para que, dada la cercanía, en cuanto terminase la depilación, Sara pudiese venir sin tener que volver a quedar.

Así lo hicimos, y tras dejar a Sara en el pueblo a eso de las 10.00, nos fuimos a la playa. Allí, nos apostamos cuanto más cerca de nuestra casa pudimos. Helena en medio, flanqueada por mi y Carlos a cada lado. Tumbada sobre la toalla, sus pechos no caían lateralmente, sino que se mantenían plantados sobre su costillar, que se marcaba a cada inspiración de aire. El calor empezaba a hacernos transpirar, y las gotas de sudor iban salpicando su cuerpo tostado. El sudor formaba un charquito en el canalillo que formaban sus tetas, que ella con total naturalidad se encargaba de restregar con su mano derecha, esparciendo el sudor por sus senos, barriga y pecho, mirando hacia otro lado, todo ello con cuidado de no mover un ápice el hilillo que, suspendido en el aire por el notable volumen de sus protuberancias mamarias, unía las dos piezas de tela de su pequeño sujetador. También era un espectáculo digno de admiración cuando, de cuando en cuando, se erguía ligeramente apoyándose sobre los codos, intentando divisar cualquier cosa en la playa, o más allá en el mar, aprovechando para ponerse las gafas de sol, ocultando la mirada, momento en el que sus tetas asomaban ya de modo exuberante e insolente, y el sudor resbalaba en cálidos regueros por su tallado vientre para ir a encharcar la braga de su biquini, que se mostraba y ocultaba conforme iba cambiando de pierna de apoyo.

Tuve que tumbarme boca abajo, hasta que ahogado por el calor y una leve erección que no ya no podía disimular pues se marcaba bajo el slip pese a estar recogida por la tela prieta, me levanté de la toalla y dándoles de un salto la espalda y sacudiéndome la arena del culo del bañador, cogí la colchoneta para taparme y me dirigí al agua, diciendo, me voy a dar un remojón, ya que ni recolocándola perfectamente ajustada y ladeada a lo largo del bañador, hubiera dejado de levantarlo haciéndose notar.

Tras saltar dentro del agua, y pegar un par de brazadas, nadé hasta donde flotaba la colchoneta, y me tendí boca arriba sobre ella.

Largo rato después, de repente, una fuerza me sacudía de mi placidez y me hacía caer al agua. Helena, sin que pudiera darme cuenta de su llegada, me había usurpado la colchoneta, y ahora trepaba en ella, acomodándose, y guiñando un ojo me decía: ahora si quieres recuperarla, ven y lucha. Tan infantil me pareció que estuve a punto de no hacer caso, pero sorpresivamente, Carlos emergió del agua justo bajo ella, y levantándola en el aire, le arrebató la colchoneta. Allí me decidí a intervenir, y los tres nos embarcamos en una lucha, en la que, al principio, esquivo, no quise involucrarme, pero quizá la torpeza del cansancio, quizá los roces que Helena me prodigaba, o quizá la excitación que había producido en mí antes, provocó que dejase de tener cuidado, y casi sin darme cuenta, rozase un par de veces sus pechos, en incluso para echarla de la colchoneta, la empujase al agua asiéndola casi desde su entrepierna. Con tantas idas y venidas, arriba y abajo, su pecho derecho se escapó de su pequeño redil. Lo miré de reojo, pero no dije nada, hasta que Carlos, saltando desde detrás le amarró el pecho con una mano, y con la otra le calzó la tela, diciendo ven aquí, no te escapes. Entonces no me contuve y dije, precioso, si señor. Ni tú ni Sara tenéis peligro de ahogaros. Muchas gracias, contestó haciendo un gesto con la cabeza, ligeramente sonrojada.

Carlos, salió para equiparse con su equipo de buceo. Entretanto nosotros decidimos hacer un pacto de no agresión y compartir la colchoneta dejándola tras nuestras espaldas, y boca arriba y dejando el resto del cuerpo inerte sobre el agua, descansamos los dos. En esa situación estaba un poco incómodo, pues a la vista de sus pechos, ombligo y piernas, mi pene se hinchaba discretamente, pero lo suficiente como para advertirse con el slip.

Desde la orilla, Carlos, blandiendo el reloj en una mano y las llaves del coche en la otra, gritaba es hora de ir por Sara. No os preocupéis, voy yo que ya estoy seco. Yo le agradecí con un gesto y se marchó. Allí nos quedamos, Helena y yo, charlando y riendo. Ya he dicho que era simpatiquísima.

Pasados unos diez minutos, salimos a la arena. Tras tumbarnos en las toallas, Helena se volvió a poner las gafas de sol. Pude comprobar que su mirada se perdía en mi entrepierna y en un grupo de chicos que jugaban al voley-playa con una red ficticia en la playa, pues no había demasiada gente. Vaya, aquí a todos se nos van los ojos, pensé. Darme cuenta de eso, no sé por qué, me excitó muchísimo, así que dado que estábamos solos, decidí no ocultar en exceso mis pequeñas hinchazones sobrevenidas, al tiempo que profería miradas a sus atributos de modo menos discreto. Solo cuando la hinchazón amenazaba con salirse de nuevo me concentraba en hacerla desaparecer. Ella, sin rubor, le dedicaba algunas miradas, y luego sonreía orgullosa e intrigada, supongo, del ingenuo juego que estábamos practicando. Charlando estábamos, sobre el trabajo de las dos, la conveniencia de ir o no a un gimnasio. Ella se sorprendió cuando le dije que hacía tiempo que no acudía, pues me dijo, y era la segunda vez, pues estás muy muy bien, pasándome la mano por los abdominales desde el pecho hasta el slip, tardando una eternidad en retirar la mano. Continuó comentando las ganas que tenían de venir con nosotros en ese viaje ya que pensaban que éramos una pareja muy agradable, y lo difícil que era encontrar gente con la que sentirse a gusto, cuando de repente pensé en qué pensaría mi Sara si me viese así. Entonces me acordé de ella. Sara tenía que depilarse tras llegar de la compra y que quizá al pobre Carlos, con cuya novia tonteaba en esos momentos, le supo mal venirse sin ella, y la estaba esperando, pues entre una cosa y otra ya había pasado media hora desde que Carlos había marchado.

Tras exponer la situación, me puse las playeras y la camiseta, despidiéndome entornando las cejas, solicitándonos a ambos complacencia en la despedida. Ya que Carlos se había llevado el coche, me dirigí a casa a campo traviesa desde la playa, pues a propósito no nos habíamos ido muy lejos. No tardé más de diez minutos en llegar a la casa. Un cuarto de hora a lo sumo. De lejos vi el coche en la puerta, y pensé que estando ellos dos dentro de la casa, la puerta estaría cerrada, y que Carlos seguramente estaría viendo la televisión en el comedor, por lo que me dirigí hacia la terraza para acceder desde ella al comedor por las puertas que siempre permanecían abiertas.

A medida que me acercaba a la terraza, podía oír la televisión.

En efecto, pensé, el pobre Carlos está viendo la televisión más solo que la una.

Al entrar por la puerta corredera, ya sin el reflejo de los cristales, me percaté de que la televisión que se oía no era la del comedor, sino la de nuestra habitación, que tenía la puerta ligeramente entornada. Por el sonido se trataba de una retransmisión de espectáculo deportivo. Mezclado con el sonido de la televisión se oían unos gemidos y jadeos entrecortados. Cauteloso, pero de un brinco, me posicioné tras la puerta y lo vi todo. Carlos, completamente desnudo, y medio de espaldas, de pie a un palmo de la cama, y asiéndola por la cintura y las nalgas, se estaba follando a Sara, mi novia, que boca abajo, casi a cuatro patas, se sujetaba sobre la cama con las rodillas y las tibias en sus extremidades posteriores, y con los hombros y cuello por delante, arqueando la espalda y dejando su culo en pompa, mientras mordía las sábanas y con las manos, ocasionalmente se separaba más las nalgas para facilitar la penetración. Por las venas hinchadas y los músculos marcados y en tensión de Carlos pensé que llevaban largo rato en esa posición.

Me quedé estupefacto. No supe reaccionar. Un morbo intrigante, y un cierto temor a ser descubierto me sobrevino. Me aseguré en mi posición oculta. No sabía si entrar gritando e insultarles, rebajando la tensión y echar a Carlos de la casa; si molerlo a golpes; si molerlos a los dos; o cerrar la puerta y yéndome sin ser visto, romper con Sara y no darle ni exigirle más explicaciones. De repente, mientras ellas apretaba los labios y golpeaba con una mano la cama y Carlos seguía, aplicado, follándosela, advertí que el morbo me hacía seguir mirándolos, y que mi pene se hinchaba de nuevo bajo mi bañador. Pensé, después de todo, esto me excita, y además ella me quiere, de lo contrario, sería absurdo que siguiese conmigo. Los pensamientos fluían a demasiada velocidad, ya que al instante me sorprendía pensando que era una guarra, o que me lo merecía por dejarme seducir por Helena. Lo cierto es que continué mirándolos.

Carlos, tenaz en la tarea de darle placer, miraba de cuando en cuando al techo y exclama cosas que no alcanzaba a oír o gemía. Sara, que a veces dejaba sus ojos en blanco, se mordía los labios con los dientes y al tiempo que arqueaba las cejas y abría la boca como quejándose de lo que recibía, le decía, eres un toro, y extendía el brazo para tocarle el pecho a Carlos, que enardecido, la embestía con más fuerza, mientras ella bajaba su mano para desaparecer de mi mirada en la zona genital de ambos que por la posición de Carlos no alcanzaba a ver. Carlos abriendo sus nalgas con el ancho de la palma de la mano, facilitaba la penetración, o acaso simplemente la su propia visión desde arriba, presionando junto al ano de Sara, ligeramente por debajo, con ambos pulgares. Después la tomaba por el cabello, y estirándoselo, simulaba cabalgar un caballo al que cogía por las riendas, alternado la sujeción por el pelo o por los hombros con una ligera presión en la zona lumbar para que ella arquease más la espalda. Introduciéndole el dedo pulgar por el ano, suficientemente lubricado por sus propios jugos, y haciendo movimientos circulares dentro, Sara, con el pecho completamente erguido y enrojecido por la excitación y el culo en pompa, recibía de lleno su placentera estocada. Se la veía espléndida. El brillo que el sudor proporcionaba a su piel morena se recreaba en sus magnificas proporciones, dándole mayor voluptuosidad. Las curvas de sus nalgas, asidas con fuerza por Carlos, se completaban con la sintónica archivolta invertida que formaba su espalda, y que tenía en sus pechos, cuyos pezones erectos eran moldeados con loa por su amante que no dudaba un instante en recorrer su cuerpo entero y resbaladizo con sus manos. Eran los necesarios contrapesos que hacían de ella una catedral de la belleza y el sexo, obra de arte clásico, en cuya construcción y deleite, me había afanado yo solo durante mucho tiempo.


De repente, él levantó la pierna izquierda, y dejándola caer sobre la cama, se posicionó aupándose y apoyando su peso en la baja espalda de Sara, acomodando su coño a su polla, que ahora sí podía ver introducirse completamente, pues él sobresalía un poco por encima de ella y la penetraba con facilidad. Carlos no follaba mal. Sacaba su polla lentamente para luego hundirla de un solo golpe, y moverse en círculos, arriba y abajo, e intentar meter incluso los huevos con un último golpe de riñones por la persistencia con que seguía empujando cuando nada quedaba ya por meter, lo que a juzgar por la cara de Sara, la volvía loca. Su polla, hinchada y venosa, robusta como un roble, con el glande morado, se deslizaba fácilmente dentro de su vagina que tenía los labios hinchados, y estos, en el último tramo de carne erecta que se resbalaba por sus fluidos hacia dentro, entraban también, dejándolo todo oculto tras sus huevos.

Ella, ida de placer, apoyó las brazos sobre la cama y quedando totalmente a cuatro patas, arqueó más la espalda gimiendo sin parar. Sus pechos se balanceaban sin contención, y de cuando en cuando, se giraba para dirigirle una mirada de celo. Aquella polla la tenía completamente sometida. Al poder ver cómo entraba y salía completamente, me percaté de que Carlos tenía un buen miembro. Deduje que más o menos como el mío. Quizá un poco más corto pero más gordo, sobre todo por la base. De hecho, cuando se la empotraba hasta el fondo, y la dejaba allí moviéndose como bailando samba, la apertura por dilatación de su vagina parecía extrema a mis ojos. Siempre he sabido por mis distintas relaciones que tengo un buen miembro, y que además me empleo con saña hasta dejar saciadas a mis amantes. Nunca he comparado mi pene con otros hombres, ni lo he medido. Esto último porque no sé si hay una zona concreta de medida y además porque a juzgar por ellas, voy bien servido. Observé además que Carlos no tenía prácticamente pelo en la base de su cimbel ni en la zona genital. Quizá por eso me pareció más gorda. En una de esas ocasiones en las que él retiraba su polla de la vagina y sujetándola firmemente por la base le golpeaba el clítoris, me di cuenta que Sara ya se había depilado, …pero absolutamente todo!!!. Normalmente se dejaba la franja superior, que como mucho se estrechaba en verano, pero esta vez, había desaparecido. Lo vi durante el tiempo justo en el que él volvió a introducírsela, profiriendo ambos un grito.

Carlos le asestaba golpes de riñón que perfilaban su ya esculpido culo, sujetado por sus dos poderosas piernas, cuyos muslos, perfectamente desarrollados, chocaban con las nalgas de Sara, y marcaban cada mínimo músculo cuando alternaba el peso de su cuerpo en uno u otro, intentando no cansarse en tamaña y ardua tarea de follarse a mi novia.

Los golpes de sus huevos en el clítoris debieron trastornar a Sara que de un salto, dejando la polla de Carlos completamente mojada y mirando al techo, se salió, y le dijo mirándolo con cara lasciva quiero que me des más gusto. Y tumbándose boca arriba, se abrió de piernas, quedándose en uve invitándole a un misionero. Él la miró, sonrió y le cogió las piernas por los muslos llevándola hasta él. Cuando se la hubo colocado, se cogió el miembro con la mano derecha y presionándolo por la base, todavía totalmente erecto y mojado, y lo restregó por su húmeda vagina, jugando con su placer, hasta que de nuevo, por la suplica de Sara, se la metió hasta el fondo. Estuvieron así con las piernas apoyadas en los hombros de Carlos un largo rato.

En una de sus acometidas, y de un solo movimiento, Carlos dejó caer ambas piernas de ella hacia la derecha, acurrucándoselas contra el pecho y aprisionándole las tetas. Cogiéndola con una mano en sus nalgas y otra en la parte interior de sus muslos, en medio de una de sus embestidas, su polla se salió completamente, no acertando a meterla de nuevo. Ayudándose con la mano, asiendo su polla por el tronco, la dirigió de nuevo al agujero, pero no acertó en su objetivo, o sí, situándose justo en su ano. No aprecié intención, pero instantáneamente, pues su polla estaba muy lubricada y el ano de ella ligeramente dilatado por aquel pulgar juguetón, se la intentó hundir. Ella hizo un gesto de repulsa, y movió la cabeza negativamente pero no pudo articular palabra, pues la constante presión que ejercía Carlos, ya le había introducido casi completamente en el ano el glande de su polla, que con la presión de las paredes de su ano por un extremo, y las de su propia mano por la base, se hinchó marcando todas la venas. Sara se mordía los labios y le faltaba el aire para respirar. No obstante, cuando hubo introducido el glande completamente, sin retirar la mano del tronco, vista su negativa, rechazó continuar, y retirándola, se la volvió a introducir de modo certero en la vagina, no sin antes hurgar brevemente con los dedos.

Los labios vaginales de Sara, su clítoris y el resto de su vulva, estaban sonrosados, quizá por la sobreexcitacion, quizá por la reciente depilación, y notablemente hinchados, y a cada descarga de placer, al estirar su cuerpo sobre la cama, sus quijadas se hundían en su vientre, dejando un charco de sudor en su ombligo, y resaltando sobre sus costillas, también ligeramente marcadas, sus pechos redondos, arrebatadoramente sensuales.

Irguiéndose momentáneamente, Carlos, cogiendo las dos piernas de Sara, las dejó caer a cada lado, adoptando de nuevo la postura del misionero. A Sara le cambió la cara. Estaba recibiendo una buena pieza de carne, y cuando Carlos apoyo sus fuertes brazos en la cama rodeando con ellos el cuerpo sudado de mi novia, marcando sus tríceps y dorsales, por donde ella pasaba sus manos apretándolos, el roce de la pelvis de Carlos con el clítoris de Sara, hicieron que esta empezase a gemir a cada golpe.

Cerraba los ojos y apretaba el culo de Carlos para que no se saliera de allí, toda vez que de cuando en cuando, se sujetaba los pechos, pasando ambos índices por sus pezones y llevando allí su lengua ocasionalmente. Con las piernas abiertas, y arqueándose también, dando saltitos hacia Carlos, para mejor follárselo. El sudor hacía que los pechos de Sara a los que Carlos no prestaba excesiva atención, brillaran completamente. Ambos incrementaron el ritmo. Carlos se la metía entera para después sacarla entera, y súbitamente, volver a meterla. A mayor velocidad Sara gemía más rápido y más alto, y con voz entrecortada le decía cosas como fóllame cabrón, que me estás matando; no pares, por favor, metémela toda; qué polla tienes, cabronazo;o haz que corra, cabrón que me vas a volver loca de gusto o qué bien follas hijoputa. Ciertamente Sara, que normalmente era una bestia haciendo el amor, estaba completamente ida. Muy contadas veces había empleado semejantes procacidades conmigo. De repente, como un martillo percutor, Carlos la perforó sin descanso y rápidamente, hasta que Sara estalló en un grito de placer desgarrador, saltando sobre la cama convulsivamente, apretando a Carlos contra ella intentando que no se saliera. Me corro…me corro, cabrón, decía ella. Carlos, sabiéndola sometida, forzaba la penetración, intentando impulsarse más dentro de ella, aun cuando no era posible, haciendo fuerza con el culo, y los riñones, que marcaban todos sus músculos, y dejándola dentro, quieta, por un momento, volver con el ritmo incombustible a embestirla en un metesaca sin parada. Los fluidos de Sara se derramaban desde su vagina hacía su ano, haciendo que todo el conjunto brillase. Cuando se hubo calmado un poco, y con Carlos todavía dentro, este sacó su pene, dejando tras de si, desde su frenillo y el interior de su vagina, un reguero de jugos vaginales que quedó suspendido en el aire el tiempo que el pene de Carlos permaneció, desafiante y tieso, ante el coño de Sara. Efectivamente se había corrido.

Carlos, con una erección fortísima e imperecedera, dio un salto sobre Sara, y dejó su rodilla izquierda junto al brazo derecho de Sara, y la derecha, junto al izquierdo. Situando su polla a poca distancia de la cara de Sara, deslizándola por esta lentamente. Sara lo miraba sin tomar la iniciativa, quien sabe si aturdida por el placer, pues continuaba tocándose los pechos y la vagina, inundada de, espero, sus propios fluidos, pues Carlos parecía no haberse corrido, y no habían usado preservativo. Ella tomaba la píldora, pero de todos modos me inquietó. Las ETS...

Recobrando el sentido, comenzó a besar el glande que tenía a escasos centímetros, con sus labios carnosos y nutridos, y a pasarle la punta de su lengua por el frenillo. Acercó su brazo derecho, y asiendo con su mano el tronco de aquel pene, se metió el glande en la boca, dejándolo salir de nuevo, cerrando tras él sus labios. Un nuevo hilillo de jugos corporales quedó suspendido entre sus labios y el agujero del glande de Carlos. Como si de un helado de nata se tratase, Sara levantaba la cabeza para volver a hacer desaparecer su glande en su boca, sorbiendo entonces, llevando a Carlos al delirio, ya que echando su cabeza hacia atrás, gemía fuertemente, y entonces le dijo, cómo la mamas, guarra. Aquello alteró a Sara, que retirando la piel del pene hacia detrás, se la introdujo hasta donde pudo en la boca, quedando aún un buen trozo fuera, enrojeciéndose por la falta de aire, y sudando de nuevo desde su frente por el desenfrenado esfuerzo, en un arrebato de mamada algo salvaje. Se la lamía sin parar. Succionando el glande como un helado de palo que comienza a derretirse. Con la lengua. Los labios. Los dientes. De canto, como quien se deleita con la exquisitez de un muslo de pollo, pasando la lengua desde la base al glande, y rodeándola con los labios, con pequeños mordiscos, ya que no podía morderla toda.

Carlos, cuyas fuerzas comenzaban a flaquear, rápida y sorprendentemente se dejó caer hacía delante hasta apoyar de nuevo sus brazos en la cama, quedando en posición de un extraño misionero, con el que prácticamente introdujo todo su pene en la boca de mi bonita Sara, con la apariencia de follársela por allí. Primero con lentos movimientos de pelvis, para a continuación comenzar a puro golpe de riñón. Sara que no podía soportar más tiempo aquella polla en su boquita de piñón, se la sacó como pudo, y escurriéndose entre sus piernas, le dijo, ven, que me vas a ahogar. Ella se sentó en el borde de la cama, y le repitió como quien llama a un niño pequeño, ven ponte aquí de pie.

Él, que en el traslado no había dejado de masturbarse para no perder la erección, se situó frente a ella, que tomó el relevo, agitando su polla con fuerza, que roja por la reiterada fricción y la excitación apuntaba ya al techo. Antes de que se la mamase de nuevo, como agita el maestro la batuta ante la orquesta, le golpeó suavemente los labios con el glande, que sujetaba con su mano. Primero, sujetando la polla desde la base y poniéndola de lado, lamía completamente el tronco hasta dejarlo completamente mojado, para luego, empezando desde su base, llegar al glande y, poniendo los labios como quien da un beso, moverlo en círculos por sus labios mojados. Luego, volviéndosela introducir en la boca, esta vez, cuanto más pudo, inició un movimiento arriba y abajo, que solo cesaba para, mientras le masturbaba, pasar la lengua por su escroto y el perineo, llegando casi al ano, que de cuando en cuando masajeaba con el dedo anular e índice.

Sara se la mamaba como si le fuera la vida en ello, a juzgar por su ímpetu, parecía querer devolverle el placer que le había dado. Carlos, sin mediar aviso, explotó, y dando un grito comenzó a correrse dentro de su boca, soltando sus primeras descargas, sin dar tiempo a Sara a retirarse la embravecida polla de la boca. Con esta primera descarga, Carlos abrió sus párpados, que casi sacan de sus órbitas los globos oculares. En este gesto, creí ser descubierto desde el espejo que coronaba la cama y di un paso atrás, pues, creo que me miró a los ojos; no obstante, los volvió a cerrar, y sonriendo pasó la mano izquierda por el cogote de Sara que seguía succionando sin apartarse. La siguiente descarga ya se produjo fuera, dando el tiempo preciso a Sara para cerrar sus labios, movimiento rápido con el que percibí cómo el esperma de Carlos le afloraba por la comisura derecha de los labios. Esta segunda descarga, lechosa y blancuzca pero más transperente y mucho menos densa que el semen normal, salió expulsada de su polla con la misma textura, fuerza y distancia que sale la orina, estrellándose contra los labios, y la parte izquierda de su cara, alcanzando incluso su sien. Irrigando mejillas, pelo, oreja, hombros y pechos de Sara, que se vieron inundados de los líquidos de Carlos, que esparcía con fuerza su leche. Sara, no obstante, no había dejado de masturbarle con fuerza, y la cara de Carlos seguía como un volcán a punto de estallar, apretando simultáneamente los ojos y los labios, y junto con el resto de su cuerpo que dejaba caer hacia atrás, en tensión, con los músculos y venas del cuerpo marcados.

Dando un último grito, comenzó a expulsar semen a raudales. Pero esta vez era el semen denso, blanco y pastoso, que con mucha menos fuerza, cayó sobre los pechos de Sara, deslizándose entre sus dos tetas por su vientre, y dejando grandes manchurrones sobre su piel morena y un reguero blanco.

Carlos se apartó, dejándose caer sobre la cama. Temí por un momento que cualquiera de los dos se dirigiera al baño, ya que Sara, normalmente, después de tener sexo oral, de inmediato acudía al baño a lavarse la boca, especialmente cuando yo había descargado en su boca. Se puso de pie, restregándose el semen que tenía sobre el cuerpo e hizo ademán de dirigirse hacia mi, pero Carlos la cogió por la cintura, y abrazándola y restregando su cuerpo con su propio semen, hizo que ambos cayeran de nuevo sobre nuestra cama y continuó besándola, y pasando su mano por todo su cuerpo. Mirándola a escasa distancia le dijo ha sido uno de los mejores polvos de mi vida. No sé si es el morbo que me produce la situación o que estamos hechos para follar, ha sido magnifico, follas como una diosa. Ella dejó escapar una carcajada y le contestó, sí, ha estado fenomenal, me has matado de gusto, pero esto es una locura. Esto es una locura....

 

Me apresuré a salir sin hacer ruido. Saliendo de la casa, me percaté de que no podría volver a la playa y decir que nos los había visto. Así que dí la vuelta a la casa, y llevándome hasta la puerta, llamé al timbre. Tuve que llamar una segunda vez, oí cerrarse un par de puertas. Abrió Carlos, que se había puesto de nuevo el slip (uno completamente negro de los que se había comprado siguiendo las órdenes de Helena) y la camiseta. La puerta del baño y la del dormitorio estaban cerradas y se oía el agua de la ducha correr. Sara se está dando una ducha. Hace un rato que se depiló, pero ya conoces a las mujeres, entran en el baño, pero nunca se sabe cuando van a salir. Dirigiéndose hacia el sofá, junto a las puertas corredizas de la terraza, se sentó y me dijo estoy aquí mirando la tele hasta que ella acabe. Efectivamente la televisión del comedor estaba ahora encendida. Corría una leve brisa fresca que venía desde la habitación hacía las puertas de la terraza donde yo permanecía de pie mirándolo. La casa todavía olía a sexo. Le pregunté, como es que estás tan sudado. Aquí no se puede estar de calor, está casa es un horno, dijo sin apartar la mirada de la televisión, mientras la corriente movía las cortinas.

Al cabo de un par de minutos, Sara salió del baño, vistiendo su biquini negro de copa y ligado al cuello, que resaltaba y enderezaba aún más sus pechos haciéndolos saltar a cada paso firme que daba, con sus zapatos de tacón ancho y media altura que dejaban desnudo todo el pie excepto el empeine, y la braguita también negra que en forma de uve cubría su sexo y que envolvía su culo por su parte superior, pues era medio tanga, y la toalla húmeda en su mano. Paseando ante nosotros sin mirar a Carlos a la cara, se dirigió a mi con una sonrisa y me besó en los labios. Carlos, que no pudo quitarle la vista de encima, se acercó a mi con un gesto de aprobación en su cara, y sin dejar de admirar a Sara, me paso el brazo por el hombro y me dijo, Noi, puedes estar orgulloso, tu novia está como un queso. Sara lo miró sonriendo y sorprendida por el descaro, y dijo, Anda que tu no tienes de qué quejarte, verás como me chive, y guiñó un ojo. Yo, sorprendentemente poco extrañado por aquello que normalmente me hubiera parecido una grosería o un descaro por parte de los dos, apostillé también sonriendo, cierto, Helena está que se rompe.

Continuamos hablando de tonterías mientras Sara recogía sus cosas, y los tres, en el coche, nos volvimos a la playa con Helena. Ninguno de los dos me preguntó por qué había ido a la casa. Decidí no darle más vueltas, dejar de hacerme preguntas, y aclarar la situación con Sara al llegar a casa, pues si era algo esporádico y puramente sexual, no me sentía engañado, pues sabía que ella me quería pese a aquello, de la misma manera que yo la quería a ella aunque me sintiese sexualmente atraído por otras mujeres pese a no haber consumado ninguna infidelidad, y tampoco, por otro lado, quería dar un vuelco y joderme unas vacaciones que estaba disfrutando al máximo, pues al margen de las dudas que habían aparecido en la relación con Sara (pues me preguntaba si lo habría hecho antes con otro, etc), contemplar aquello me excitó muchísimo. Si después cambiaba de opinión, siempre podría dejarla. Suceder, había sucedido. Ahora dependía de todos extraer consecuencias positivas, negativas, o quien sabe qué de aquel viaje, con lo que había que tirar hacia delante.

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Llegamos a la playa tras aparcar el coche: Helena departía con dos jóvenes. Serían menores que nosotros. Tenían muy buen cuerpo, pero eran rematadamente feos. Eran italianos, y al ver a semejante mujer sola, no habían dudado en darle charla. Tan pronto llegamos, como aturullados, se excusaron y se marcharon. Carlos le dijo, no estarás planeando una infidelidad con esos dos, bromeó. Por favor, contestó ella esos dos chiquillos estaban intentando ligarme... y casi lo consiguen, bromeó también ella ¿ pero cómo habéis tardado tanto?. Yo alegué haberme entretenido con las lagartijas, y ellos explicaron que Sara tardó demasiado en el baño, y mientras Carlos, había visto la tele.

Todo continuó como si nada hubiera pasado. Esa noche, observé que Sara había tendido las sábanas al aire, pero aún así, olían a sudor que no era mío. Fingiendo una jaqueca, Sara excusó el sexo conmigo esa noche. Quizá estuviera dolorida.

El día siguiente en la playa, creía volverme loco. Al jugar a las palas en la arena con Sara, viendo sus pechos saltar, la recordaba sometida a Carlos, con sus pechos sacudiéndose sin control, veía brillar el reguero de semen discurriendo por ellos, y para mi sorpresa me excitaba igual que cuando los vi, sudados como ahora lo estaba ella. Mi pene, como quien enciende una manguera a presión se hinchaba. Los besos, bromas, roces y mimos que me regalaba, respuesta ya de su batalla por un reparador sueño, me reafirmaban en mi premisa de que, si ella quisiera a otro, o directamente se hubiera cansado de mi, aquella no había de ser su actitud, no haríamos el amor tan frecuentemente como lo hacíamos normalmente, lo que me conducía inevitablemente a que ella me quería. De hecho, ella lo repetía con mucha asiduidad. A lo lejos, veía a Carlos tumbado en la toalla, y a Helena, a horcajadas sobre él, haciendo bromas y entregándose besos y caricias. Todo seguía como si nada hubiese pasado.

Esa noche, salimos a cenar fuera. Sara vestía un vestido azul noche de satén con sombra negra de una sola pieza que le quedaba como un guante, aun cuando no fuese de elástico, de tirantes y que terminaba ligeramente por debajo de sus nalgas. Ceñido donde debía serlo y suelto donde su sastre hubo escogido, para su mayor lucimiento. Se recogió en pelo en un tocado y adornó su cuello con un colgante corto. El escote, dejaba entrever sus bien surtidos pechos, y unas sandalias de tacón alto esculpían aún más sus esbeltas piernas. Helena llevaba una camisa de seda blanca, con amplias solapas, y lo suficientemente abierta como para dejar asomar sus encantos, y una minifalda blanca también ceñida. Carlos y yo prácticamente igual vestidos: camisa de lino informal, una blanca y la otra azul, y pantalones, también de lino, unos marrones muy claros y otros azules. Yo babuchas de cuero marrón, y él sandalias, tambien de cuero, pero negro. Tras una suculenta cena, reposada charla que el abundante vino hacía fluir, unos cafés y unos licores. Decidimos tomarnos una copa en algún pub de la zona.

Llegamos a uno en el que, prácticamente no había luz, la música era pausada y sonaba baja. No había demasiada gente y nos pudimos sentar. El aire acondicionado permitía estar dentro mejor que fuera. Nos pedimos una copa cada uno. La charla discurría animada por diversos temas. Helena y Carlos, sacaba a relucir especialmente lo buena gente que éramos, y lo bien que lo pasaban con nosotros, ya que habíamos congeniado magníficamente. El camarero se acercó y encargamos una segunda ronda, y luego una tercera. A media consumición de esta última, dentro de un bloque de música más antigua y lenta Carlos propuso a Helena salir a bailar, esta rechazó la invitación, y entones se lo propuso a Sara, que aceptó sin dilación. Me permite, caballero, me preguntó inclinándose en una jocosa reverencia. Seguro, le respondí. Carlos paso su brazo por detrás de Sara y esta le tomo del cuello. Sus cuerpos se rozaban y ellos charlaban y reían. Helena y yo nos quedamos charlando.

Estuve tentado de contarle lo que había visto, pero tampoco sabía que reacción tendría, por lo que le dije nada. Como durante el resto de la noche la conversación derivó en cuán bien lo pasábamos juntos y habíamos congeniado (no lo sabes tú bien- pensé), hasta el punto que parecía en aquellos momentos que su marido y mi novia fueran una pareja sureña y nosotros otra pareja centroeuropea. Mi atención poco a poco se desvió de nuestras danzarinas parejas, centrándose únicamente en la espectacular fémina que tenía ante mis ojos. Sus ojos profundamente azules, su pelo envolvente, el tintinear de sus pulseras, el brillo de sus labios, la voluptuosidad de su canalillo, la elegancia de sus hombros bajo la seda…

Reíamos recordando los juegos en la arena, el buceo, los sustos que nos daban los peces más grande o alguna medusa, las cenas en la terraza jugando a las cartas… sus ojos se clavaban en los míos, y yo medio seducido, le seguía el juego, mirándola cada vez con menor descaro, e iniciando un juego de seducción. Yo me había recostado sobre el respaldo del sofá circular que rodeaba la mesa en la que nos habíamos sentado, dejando mi pierna más alejada de ella flexionada sobre el tapizado, y la otra extendida hacia ella. Ella apoyó su mano en mi muslo, y se acercó, inclinándose hacia mi, dejándome ver más profundo en su escote, y su falda a punto de reventar. No retiró su mano. Resultaba un extraño juego de miradas y roces que con la coraza de la imposibilidad de culminación, resultaba más sencillo. Charla animada y risas. Cierto coqueteo. Hablamos de los trabajos, de nuestras vidas en Barcelona, de nuestros respectivos grupos de amigos, y demás relaciones, actuales y anteriores. Así estábamos cuando miré a la pareja de baile.

 

La mano de Carlos se había situado justo encima de sus nalgas, y la otra, ampliamente abierta la asía por las costillas, justo por debajo de sus pechos, y sin apartarse la mirada, seguían riendo. Simulaban pasos de baile que ambos inventaban conocer, pretexto para tocarse, pues se aferraba por delante y por detrás. Se estaban rozando en demasía. Ella, colgada de su cuello, percatándose de que los miraba, me dispensó una mirada de gracia.

Estaban recogiendo el pub. Se nos había hecho un poco tarde. Hice un gesto al camarero, que se acercó. La cuenta le dije. ¿Las de esa pareja también?, ¿ son amigos suyos verdad?. También, le dije. Helena y yo descargamos una fuerte carcajada. De repente, Carlos y Helena, se acercaron. Has pedido la cuenta, dijo Carlos, que forzaba su postura para disimular su erección bajo el lino., contesté. Pagamos y salimos a la calle. Dado que era ya tarde, y todos íbamos bastante chispados, propuse ir a casa, tomar la última copa jugando unas cartas, y retirarnos. Todos aceptaron.

Llegamos a casa. Carlos preparó las copas, mientras el resto organizábamos la partida, cogiendo papel, bolígrafo, y separando las cartas bordes. Reíamos sin parar, pues íbamos bastante tocados. No habíamos decidido a qué jugar todavía, pues cada noche jugábamos a un juego distinto. El alcohol nos hizo decidiros por jugar a un juego rápido y de poco estrategia, al hijoputa. Consiste en pasar una carta rápidamente a quien se sitúa a tu derecha, con el objetivo de ligar las cartas, sin llevarse la sota de corazones, pues quien se lo lleva, pierde. Al final de cada ronda, el que ha perdido, debe poner su mano encima de la mesa, y soportar las caricias, golpes, besos o punzadas con la uña, dependiendo del palo de la baraja, durante todo el mazo. La primera en perder fue Helena, y tras comprobar que hacía daño, a mitad mazo decidimos cambiar la penitencia. Consistiría en que el perdedor debería hacer lo que su pareja decidiera que hiciera. Recurrente juego de juventud, con penitencias, no menos recurrentes de juergas de universidad.

Así por ejemplo, a Helena, Carlos le impuso terminarse la copa (un whiskey con cola a mitad tubo) de un solo trago. Se puso de pie, y de un solo trago, se bebió la copa. Inmediatamente se la rellené. El siguiente en perder fue Carlos, que pagó con la misma moneda si bien se encargó ella misma de darle de beber, con lo que tenía que beber si coger el tubo con las manos. Lógicamente se desparramó una buena cantidad de alcohol sobre su camisa, por lo que se la quitó quedándose con el torso descubierto, pero terminó la bebida, rellenándose la copa al instante.

El siguiente fui yo. Sara me miró y dijo, tienes que bailar una lambada conmigo. Acepté aunque pensé que ninguno de los dos teníamos ni idea. Seleccionó el CD, y preparó la canción. Helena y Carlos nos miraban, y se dispensaban besos y caricias, entre risas, mientras cuchicheaban. Sara, que estaba totalmente desinhibida, con total descaro, me cogía de la cintura para, después, girarse, poniendo mi polla, que comenzaba a dar muestras de vida, en su culo. Se deslizaba lentamente hasta caer a la altura de mis genitales, y entonces subía pegada a mi, pasando su mano por mi paquete por encima del pantalón de lino, que no disimulaba ya más el bulto, enorme, que amenazaba con salir por la cintura. Subiendo y bajando, se asió de mis nalgas. El vestido se le había subido un poco, y dejaba ver su braga tanga de lencería de encaje azul marino, que por cierto yo le había regalado. Por arriba también asomaba su sujetador de encaje azul marino, oscuro y profundo como la noche. Nunca habíamos hecho semejante espectáculo delante de nadie, pero lejos de abochornarme, estaba excitadísimo de la danza de semejante hembra y de ver cuán excitada estaba. El baile potenció los efectos del alcohol. Justo con el final de la canción, se apretó a mi, levantando una pierna, que yo me apresuré a sujetar, y dejándola en mi cintura, se restregó por mi polla para darme un último calentón. Tenía bien claro que esa noche me la iba a follar como una bestia en celo.

Al terminar, Helena exclamó, bravo, habéis estado estupendos. Miré a Carlos. Él tampoco podía disimular su erección. Helena continuó, habéis dejado el listón muy alto. A ver ahora como lo superamos. Joan, por cierto, continuó te ha gustado mucho, eh? Dijo señalando mi bulto. respondí, y a tu marido también. Al darse cuenta de la erección de Carlos, dijo, vaya, vaya, así que nos ha gustado a todos, eh?…dejó la frase en el aire y todos reímos. Nos sentamos. Seguimos bebiendo y jugando.

Dado que habíamos pegado la mesa a la pared para tener más espacio para los bailes, cuando alguien ejecutaba su penitencia, los demás nos sentábamos extendiendo las piernas en su silla vacía, recostados en la pared, sentados en el sofa, o apoyados en la otra silla.

La siguiente en perder fue de nuevo Helena, que apurando su copa se puso de pie y le dijo a Carlos, Usted dirá señor. Carlos, pensaba. De repente se levantó también y dijo, cualquier cosa vale, eh? Sin pensarlo todos dijimos que sí. Bien, continuó, ya que tanto te ha gustado el baile, tu penitencia es esta. Retira tu camisa por debajo de tus hombros, te pondré mermelada por la base del cuello, y te vendaré los ojos, y te iré lamiendo poco a poco. Pero no te muevas porque si algo se cae te manchará. Helena lo miró con cierta extrañeza. No te parece un poco fuera de tono- le dijo. "Cualquier cosa vale" hemos dicho ¿no? Respondió. Todos dijimos que sí. Por lo que Helena contestó de acuerdo. Seleccionó otra canción. La sentó. Con delicadeza le vendó los ojos. Cuando le hubo vendado los ojos, suavemente le retiró la blusa hacia atrás dejando sus hombros al aire, y bajando hasta que su sujetador blanco quedó a mitad asomar por entero, dejando parte de sus pechos a nuestra vista. Sacó el bote de la nevera, y le distribuyó la mermelada por el cuello y la nuca. Ella se quejó de lo fría que estaba. No te preocupes, le dijo, ahora viene el calor.

Lentamente empezó a lamerle la nuca. Ella se convulsionaba sorprendida de no saber por donde la atacaba. Él primero se aplicó con la punta, pero luego, extendía la lengua completamente. Cuando podía nos dispensaba una mirada. Sara excitada, me acariciaba disimuladamente la erección por encima del pantalón. Mientras yo la besaba en el cuello, logrando que su piel se erizase, ella se llevó una mano a la entrepierna, encima de su vestido, justo donde este acababa. Estábamos todos muy excitados, cada uno con su pareja, totalmente desinhibidos, mostrando nuestra excitación junto con nuestros amigos, sin ocultarla. Helena gemía cuando él se acercaba a su oreja. Un trozo de mermelada se deslizó hasta su canalillo. Carlos se situó frente a ella, dándonos la espalda. Se giró hacia nosotros y levantando las cejas, sonrió arqueando las cejas. Entonces hundió su boca en los pechos de Helena y los lamió con gula en la proporción que el sujetador lo permitía, sin utilizar las manos, y subiendo por su cuello, hasta su boca, para terminar besándola. Cuando hubo acabado, tras quitarle la venda a Helena, que se acomodó la camisa, todos aplaudimos.

Helena, poniéndose en pie y algo sonrojada, dijo, bueno, este show, lo hacemos porque sois vosotros, que si no.... Ya he dicho que tampoco nunca nos habíamos mostrado así delante de terceros, y la sensación de llevar la excitación al punto máximo, excitando también a nuestros compañeros, nos estaba sobrepasando. A ellos también, les excitaba. Cuando fuimos a barajar, Helena, caldeada por lo que acababa de pasar, sirviéndose otra copa, sujetaba un hielo y dijo, tengo una idea, que os parece que cambiemos de juego. A todos nos pareció bien. Se trata del juego del hielo. Nos dejó intrigados. Consiste en pasarse un hielo de boca en boca sin que este se caiga al suelo, ni ayudarse con las manos ni con nada. Al que se le cae, o en su caso, se le acaba el hielo, pierde, y su pareja le impone la pena.

Hubo un breve silencio, pues a esas alturas estábamos suficientemente desinhibidos como para hacer juegos eróticos de pareja en público, pero tener contacto físico con otras personas dándose sistemáticamente besos, quizá era cruzar una línea peligrosa, teniendo en cuenta lo que había pasado el día anterior, y el estado alcoholizado y de ardor sexual en que nos encontrábamos. Eso trajo de nuevo a mi cabeza los recuerdos del día anterior, quedándome ensimismado, para volver a la tierra al ver los ojos de Sara brillantes de fogosidad. Entonces comprendí que ya que estábamos embarcados, había que llegar a algún puerto. Fui el primero en decir, de acuerdo, puede ser interesante.

Perfecto, dijo Carlos arqueando de nuevo las cejas con sorpresa mientras mostraba su más limpia sonrisa, me lo estoy pasando muy bien, y puede ser el broche a una estupenda velada. Por mi encantada. Lo pasaremos bien, y será muy gracioso, unos besos, como mucho, no nos sentarán mal a nadie, apostilló Sara. Con aquellas afirmaciones todos estábamos aprobando implícitamente que a partir de ahí dábamos un paso más. No sabíamos dónde pero era un paso más, y no había lugar al reproche.

Pero el juego tiene un par de reglas más, continuó Helena, nos debemos poner formando un círculo, teniendo a cada lado a los miembros de la pareja contraria, y además para que no resulte tan fácil ni gustoso pasar el hielo, debe haber dos del mismo sexo juntos, y finalmente además, las penas deben ser muy duras, o muy graciosas, matizó, para que nadie quiera perder y se moje todo el mundo.

Todos asentimosal unísono. Nos sentamos en el sentido de las agujas del reloj. A mi lado izquierdo Helena, a su izquierda Sara, a la de esta Carlos, luego este me pasaba el hielo a mi. Antes nos servimos otra copa más.

El juego comenzó por Helena, sujetando el hielo con los labios se lo pasó a Sara que con gran habilidad, se lo pasó a Carlos, que torpemente, lo dejó caer sobre la mesa. Hubo un gran revuelo, griterío y risas. Helena, como un resorte saltó y le dijo, perfecto, dado que antes me has lamido el cuello, ahora vas a lamerme las piernas y los pies. Todos jaleamos la propuesta excepto Carlos, que insinuaba que después de la cena y el baile, aquellos pies no estarían en condiciones. En esa discusión estábamos cuando Helena apareció desde el baño, con un toalla en la mano, y apuntilló, me los acabo de lavar. Entonces se tendió sobre el sofá y levantando las piernas, mando a Carlos arrodillarse. Este lo hizo y comenzó a lamer. Poco a poco, le situación se tornó más erótica, pues Helena se convulsionaba de placer o cosquillas, y Carlos la miraba con apetito. Al levantarle las piernas para lamer la parte posterior de sus pantorrillas, las rodillas o al separárselas más para atacar la parte interna de sus muslos, la estrecha minifalda que ceñía el culo de Helena se deslizaba hacia arriba, dejando ver su tanga blanco. Sara, muy excitada, como sorprendida colocó su mano derecha por encima del vestido a la altura de sus pechos, y yo, con una erección monumental que amenazaba gangrena, le deslizaba la mano por su muslo. La sola visión del cuerpo de Helena contoneándose me excitaba.

Carlos, seguía dando placer a la cara interna de los muslos de Helena cuando, de un lengüetazo rápido, hundió su cara en la vulva protegida por el tanga, y Helena emitió un suspiro y una carcajada. Entonces, Carlos se giró y mirando a Sara dijo, ya está bien, por ahora…

Helena se incorporó y se sentó de nuevo en las sillas donde hacíamos el círculo, sin acomodarse la falda. Sara le susurró, eso era un castigo?? Castigo para él, placer para mi, respondió. Las dos rieron.

La ronda comenzó, continuando donde había parado. Así pues Carlos se puso el hielo en la boca, y nada más sentir sus labios, estuvo a punto de caerme el hielo, pero aguanté y se lo pasé a Helena, a la que el resbaló, bien por el agua, bien por la saliva que llevaba de Carlos y mía. Castigo, gritamos todos. Carlos se puso de pie y dijo, a ver… a ver, salió hacia la entrada, y volvió agitando una gran pluma de ave que había en un jarrón en la entrada. La puso sobre la mesa y dijo, para esta prueba, continuó tanteando a su mujer, te tienes que quitar la camisa y subirte la falda, quedándote en sujetador y tanga, si es que no tienes inconveniente, claro. Pues claro que no , dijo ella embravecida, si todos me habéis visto en la playa, …y esa pluma. Esa pluma, continuó Carlos, se la voy a dar a Joan, para que únicamente con ella, y dirigió su mirada hacia mi y repitió remarcando, únicamente con ella, la excites al máximo.

Pero que se supone que tengo que hacer yo con la pluma- balbuceé sin entender demasiado su fin. Correcto- replicó él. Eso sí, puedes pasarla por donde creas que se excite más, pues de eso se trata. Miré a Helena, impávida, y a Sara que asintió levemente, como si yo estuviese pidiéndole permiso, lo cual no se había pasado por mi cabeza. La determinación con que Carlos habló, el gesto de Sara y mi connivencia, hizo que Helena, desabotonara en un abrir y cerrar de ojos su blusa, y subiera su falda hasta su cintura. Y ahora, ¿cómo nos ponemos?, preguntó con determinación. Cogí la pluma y levantándome, le dije armándome de valor, ven, ponte aquí de pie, y apoya la pierna derecha en esta silla, dije moviendo la silla, lo demás déjamelo a mi.

Hubo risas y jaleos por parte de Sara y Carlos. De nuevo Carlos puso música. Helena tomó su postura, y comencé a deslizar lentamente la pluma por su cuello, por sus hombros, su nuca, mientras me acercaba por su flanco donde no había silla, y a un centímetro de ella, le respiraba en el cuello. Carlos, que se había apostado de pie tras la silla de Sara, le proporcionaba un masaje en el cuello. Cambiando la pluma de mano, la comencé a rodar por su pecho, resbalándola por su canalillo, para luego acudir a su vientre, y ahondar en su ombligo, lentamente subí por los brazos, de nuevo hasta su nuca y oreja, para desde ahí descender por su espalda, notando sus lumbares al pasar, y viendo su piel erizada, hasta situar la pluma en sus nalgas. Permanecí mareando la perdiz. A estas alturas hacía un rato que ya había aumentado su ritmo respiratorio, pero aun no le había arrancado ningún gemido.

En un momento de lucidez, pensé en lo que allí estaba ocurriendo. Helena había sido quien propuso este juego sumamente erótico. Carlos me acababa de dejar a su mujer en bandeja de plata. Habíamos bebido y estábamos muy excitados, por lo que finalmente me decidí a pasar a la acción. Situando la pluma en paralelo a su perineo, comencé a rozar con ella la vulva bajo el tanga, muy suavemente, y por la cara interna de sus muslos. Me coloqué justo detrás de ella, respirándole aún en la nuca. Desobedeciendo las instrucciones dadas, y aprovechándome de la cercanía de nuestros cuerpos, comencé a pasarle los labios por la nuca, sacando de cuando en cuando con disimulo la punta de la lengua, justo cuando su cabeza me ocultaba de Sara y Carlos. Ella no dijo nada. A medida que el roce se hacía más placentero, mis besos eran menos furtivos, y fui deslizando el índice de mi otra mano por su columna hasta llegar a sus nalgas, estímulo suficiente para que curvase un poco su espalda, y abriese un poco más sus piernas. Mirando a Carlos, y asegurándome que mi gesto no sería visto, y encubriéndolo con un cambio de la mano que sostenía la pluma, bajé el dedo por el canal que separa sus nalgas, hasta allí donde comienza la tierna e hinchada vulva. El hecho de que ella no fuera mi novia y que su marido y mi novia estuviesen frente a nosotros me excitaba, pero mucho más me excitaba, pues sabia que ella no me rechazaría, que Sara o Carlos nos reprendieran, pues entonces yo tendría munición como para empezar una guerra.

El semblante de su cara había cambiado y su cabeza se erguía hacía detrás, tensa, mientras respiraba fuertemente y llevaba su mano izquierda a su pecho. Hábilmente, y pensado en aprovecharme de que la pluma saliendo por delante me encubría, deslice el dedo índice bajo el hilo del tanga hasta topar su vulva, que estaba muy húmeda. Su cuerpo sintió un latigazo de placer. Introduje un segundo dedo y sutilmente separé sus labios allí donde empieza la vulva y acaba el perineo, moviéndolo suavemente en pequeños círculos, y deslizándola de arriba abajo desde allí hasta su clítoris, por sus resbaladizos labios vaginales, completamente húmedos y ávidos de sexo. .

Sara nos miraba con un dedo en los labios, asombrada, mientras Carlos, que se había vuelto a sentar pero esta vez del revés, apoyado sus antebrazos en el respaldo de su propia silla, marcaba una considerable erección bajo el lino, cuya fuerza, de no haber sido por el cordón que lo cerraba a modo de cinturón, la hubiera hecho emerger, nos miraba con la cabeza ladeada, y cara intrigante. Al poco de untar mi dedo en sus jugos, se lo introduje profunda y lentamente en la vagina y estimulándola por dentro, y antes de que acabase la canción, no se pudo contener y gimió. Carlos, dando a entender que se había acabado, se levantó y aplaudió. De nuevo hubo aplausos y silbidos. Si ya me encontraba excitado, aquello había sido demasiado, y fue gracias a mi calzoncillo de slip, en el que iba resituando mi pene, acoplándolo con disimulo alrededor de mi cintura, que mi pene no salía del pantalón, pero la erección era evidente. Helena, que cayó lo que había ocurrido, me mirada sonriéndose pícaramente. Su marido se había tirado a mi novia, y ella se dejaba hacer delante de ellos…

 

Retomando nuestras posiciones, tras otra copa, el juego continuó. Llevaba una borrachera de campeonato. Me encontraba totalmente desinhibido. Tan pronto como Helena posó el hielo en su boca, al pasarlo a Sara a esta se le cayó.

Griterío y silbidos por parte de todos, como de costumbre. Me levanté y tomando la silla en la que Helena había apoyado su pierna, la reubiqué. Vamos, dijo Sara, cuál es mi penitencia, mi señor, dijo riendo y con esa mueca pícara que me volvía loco. Entonces, sentencié, Carlos, se sentará en el borde de esta silla, descansando toda la espalda en el respaldo, así repantigado, pero para que las manos no le traicionen – y le miré a él- deberás ponerlas en los soportes del respaldo, o en las patas de la silla, donde prefieras, y tu cariño – continué, mirándola ahora a ella- deberás primero quitarle los pantalones con mucha delicadeza y cuidado, pues si él cae, podría hacerse daño, luego, cuando solo esté en ropa interior, deberás ejecutar una danza erótica para él. Así podremos comprobar si tu baile le gusta o no.

Helena dijo, es un poco fuerte, ¿no?. Yo rápidamente, respondí por Carlos, sardónicamente: supongo que si no te importa, incluso te gusta -modulando paternalmente el discurso en este punto-, que un hombre como yo te excite como acabo de hacer sin que ocurra nada más, no serás tan celosa como para no permitir que una mujer espléndida como Sara baile para él, ¿acaso no le deseas lo mejor?… Y estoy seguro que a él tampoco le importará, ¿no es así Carlos?. En absoluto, será un verdadero honor atender a los encantos de tan bella y agraciada dama, ayudándola en su penitencia, contestó agradecido pasando un brazo por la cintura de Sara. Y a ti cariño, no te queda elección: es tu penitencia por haber sido mala, osea, me traicionó el subconsciente, por haber perdido, le dije mirándola directamente a los ojos. De acuerdo, dijo.

Carlos se sentó en la silla, ligeramente repantigado con las piernas extendidas, y se descalzó. Puse una música suave. Sara, que se había quedado donde estaba, comenzó a acercarse insinuantemente, y cada paso, la parte superior de sus pechos bailaba, y se movía con la misma soltura que el borde de tela que quedaba sobre sus muslos. Los pechos marcados, la cintura prieta y el culo resaltado, todo bajo la deliciosa tela del vestido, con su recogido alto que hacía caer mechones sobre su cuello y cara, la hacía parecer una deidad. Miraba a Carlos con la misma cara de truhana con que le había mirado el día anterior, pero ahora se añadía una pequeña complicidad.

Inicialmente, como pensando qué hacer, lo rodeó, rotando la mano izquierda sobre su cabeza, elevando exageradamente las rodillas a cada paso. Al pasar completar la vuelta, se le iluminó la cara. Ya sabía qué hacer. Lo rodeó de nuevo, y al ir a completar la segunda vuelta, súbitamente pasó una pierna por encima de sus piernas, y dejando una a cada lado, se quedó de pie frente a él, con su cintura a un palmo de su cara. Le pasó las manos por el pelo despeinándolo, y estirando su cuello al levantar la cara hacia el techo, colocó su propia mano en su cuello, y fue bajándola poco a poco, hasta llegar a su vientre, comenzando a descender entonces, también muy lentamente, hasta quedar prácticamente sentada sobre él, pero sin sentarse, escasamente a un dedo. Estaba improvisando a cada momento los pasos de un baile erótico de Strip-Tease que ejecutaba con particular morbo. Tras permanecer unos segundos así, comenzó a mover en círculos sus caderas, apoyando sus manos en sus propios muslos, y dejándole mirar por su escote, que se movía al mismo son que las caderas.

Desde nuestra perspectiva, y dado que por su postura, siendo el vestido tan corto y al tener que abrir un poco las piernas para dejar las de Carlos entre ellas, era inevitable, sus nalgas habían vuelto a quedar al descubierto, pues se habían ido levantando con el movimiento de caderas.

Sentado en la silla, con los brazos cogiendo las patas traseras de la silla, y echado en el respaldo, los abdominales de Carlos, sus pectorales y hombros se pronunciaban espectaculares. Ella dirigió la mano a la cara de Carlos, y pasó un dedo por sus labios, bajó por su barbilla y lentamente por sus pectorales hasta llegar a sus abdominales, y casi hasta allí donde, a unos milímetros, su pene erecto pugnaba incesantemente por salir a cada latido de corazón, deteniendo su mano ahí y llevándose la otra mano a su propia boca, cuyo índice y anular besó con los labios húmedos, brillantes y carnosos y la lengua, para finalmente llevarla a su propia cadera.

Sara a escasos centímetros de la cara de Carlos, se lamía los labios, y pasaba su lengua por ellos, dejando la boca entreabierta el tiempo preciso para que su mirada se perdiera en su oscuridad, y rescatarlo con un movimiento de lengua más.

Se levantó y girándose, se dirigió hacia nosotros, sed buenos, nos dijo, y volviéndose hacia Carlos, puso cada pierna junto a las rodillas de él. Entornándose hacia delante, dejo su cara cerca de su bulto, y dijo, a ver cómo va esto. Enseñándole descaradamente los pechos por la inclinación que había tomado, posó sus manos sobre el abdomen de Carlos, y las bajo, cogió el cordón que lo anudaba y comenzó a deshacer el nudo, hasta que por fin lo logró, pegando el último estirón con la boca, cayéndosele a la vez uno de los tirantes del vestido.

Se retiró hacia nosotros de nuevo, acercándose hasta el oído de Helena para susurrarle yo creo que ya está muy excitado, ¿no crees? Yo creo que tu marido quiere algo conmigo. Evidentemente el alcohol nos hacía llegar demasiado lejos. Su cara era ahora la de la más absoluta lascivia. Helena le contestó, todavía tienes que quitarle los pantalones, y en cuanto a que quiera algo...No me extraña, me estoy excitando hasta yo de veros. Carlos, que hacía ya tiempo que no ocultaba su erección de ninguna manera, incluso se regocijaba en ella, miraba a Sara con deseo, ladeando la cabeza y admirando sus espectaculares curvas bajo la tela brillante. Sus piernas robustas, morenas y brillantes. Sus nalgas bailando macizas al compás de sus pechos, que bajo el vestido, se veían todos redondos y henchidos, ocupando diligentemente su espacio bajo la tela en su justa medida. Su nuca al descubierto por el recogido que llevaba, dejaba caer algún mechón con el que jugueteaba entrelazándolo con los dedos.

Entonces volvió a Carlos, se colocó poniendo las piernas una a cada lado, a la altura del paquete de Carlos, pero dándole la espalda. Ejecutando su mágica danza, se levantaba levemente el trozo de vestido que ocupaba y hacía las veces de minifalda, lo suficiente como para dejarnos ver a los tres su arco de sexo constreñido por la braga. Apoyando las manos en sus propias rodillas, comenzó a descender inclinando solo su tronco, dejando su culo en pompa a escasos centímetros de la nariz de Carlos, que con cara de temor lo miraba, arrugado, y nos miraba a mi y a su mujer con mirada esquiva, deseando posar su lengua en ese hilillo de tela que el separaba de un sabroso plato. Cogiendo los camales del pantalón, los levantó en el aire, dejando a Carlos en equilibrio, pues de no haber estado cogido a las patas traseras de la silla, hubiese caído al suelo. Con ligeros golpes secos hacia atrás, y con la ayuda de Carlos que levantaba el culo de la silla, fue retirándolos poco a poco.

Con los golpecitos secos que él mismo había dado al levantar su culo de la silla, y la escasa fricción con la que el pantalón hubiese podido arrastrar el bóxer azul y blanco de Carlos, la punta de la polla de Carlos había quedado fuera de este. La canción que sonaba fue extinguiéndose. Hubo un silencio muy indicativo del clímax sexual que aquello había adoptado. Todos mirábamos la punta violácea del pene de Carlos. Este se miró la punta, y levantando los ojos nos miró y dijo socarrón: Tu mujer baila muy, pero que muy bien, y con ese cuerpo.... Otra canción del CD comenzó.

Estuve tentado de, a la vista de la evidente erección de Carlos, interrumpir aquello dando por finalizada la prueba y por vencedora a Sara, pero estaba tan excitado y expectante de cuanto pudiera ocurrir entre nosotros cuatro que el morbo me empujó a callar y continuar disfrutando de mi novia, Carlos, y Helena.

Cuando hubo retirado todo el pantalón, lo tiró encima del sofá. Se resituó de pie junto a las rodillas de Carlos abriendo las piernas para caber, y bajando nuevamente, inclinando su tronco hacia delante, sujetándose la manos en la parte posterior de los muslos, dejando sus pechos manar del escote, y dejando su culo en pompa. De nuevo su cara se paró a un palmo del paquete de Carlos, que se miraba el glande palpitante y, sonriendo y con descaro, miraba a Sara, borrachos de sexo los cuatro. Entonces dijo sí que te alegras de verme. A ti que te parece, contestó él.

De su glande asomaba una pequeña burbuja de líquido preseminal. Sara sacó su lengua y la dirigió hacia su glande, pero se desvió unos centímetros a un lado y hacia abajo, y le lamió el ombligo. Parecía inminente que le iba a practicar una felación pero estaba tanteándonos a todos. Carlos, pensando lo mejor, había llevado atrás su cabeza, y un espasmo le recorrió el cuerpo, por lo que dos dedos más de tronco asomaron por su bóxer.

La situación era tan explosiva que nadie osaba decir nada. Yo seguía masajeando el cuello y garganta de Helena, y esta que hacía un rato había abierto las piernas y situado si mano sobre su braga, eso si inmóvil, puso su mano derecha sobre la mía. Comenzaba a sudar.

Sara llevó atrás su cabeza, y retrocediendo, dio un golpe de melena hacia atrás. Apoyó las manos en los muslos de Carlos, justo donde su boxer terminaba, un palmo y medio por encima de la rodilla. Volviendo hacia su presa, subió la mano derecha hasta situarla a escasos centímetros de sus abultado paquete, donde parecía estar el escroto. Extendiendo el dedo meñique, le rozó el paquete. Acababa de explorar el terreno. Agachando la cabeza la dejó situando su lengua justo donde su meñique acababa de jugar. Pasó la lengua por su labio superior justo antes de agachar la cabeza de nuevo y pasar la lengua por encima del boxer, justo allí donde el pene de Carlos se marcaba. Tragué saliva. Helena bajó mi mano a su pecho, que sostuve como una manzana por debajo de su sujetador. Cuando se terminó la tela, Sara llegó al glande siguiendo el camino de venas y carne que acababa en el frenillo, deslizando la saliva de su boca por él. Interrumpiendo, incómodo, quizá por la excitación y la sorpresa, pregunté ¿le vas a chupar la polla? ¿aquí? ¿delante de todos?. Carlos tomó aire. Helena gimió.

En lugar de contestar, con un gesto rápido de su mano izquierda bajo un poco más el bóxer, y con la mano derecha rodeó la polla de Carlos, sujetándola firme y erguida por el tronco. Carlos emitió un gemido de placer fuerte y apretó sus brazos contra las patas de la silla marcando los músculos de su torso. Ella apuntó la lengua al frenillo, y muy suavemente lo rozó, moviendo la lengua arriba y abajo hasta el orificio del que manaba el líquido preseminal, lo lamió con la punta de la lengua, y se retiró hacía detrás dejando en el aire suspendido el reguero del jugo lubricador de Carlos, que al romperse se acomodó en su barbilla y labios. Girándose hacia nosotros, de un lengüetazo y con ayuda del revés de la palma de la mano se limpió, y después de tragárselo, con una cara de viciosa que no había visto en mi vida, mientras con el pulgar de la mano con la que le sujetaba la polla restregaba circularmente sus flujos contra su frenillo, preguntó volviéndose hacia mi ¿tú que crees? Qué crees que se merece esta preciosa polla? ¿chupársela sólo?, ¿a vosotros que os parece? -se contestó ella misma restregándose su glande por los labios como una puta, moviéndolo en sentido negativo-, ¿se la voy a chupar solo?, repitió.

Entonces cambiando de nuevo a su expresión angelical, continuó Me lo quiero tirar. Quiero que se corra en mi boca ¿puedo hacerlo? me dejáis, ¿verdad que sí? dijo cambiando nerviosamente el peso de pierna de apoyo, aplicando un gracioso baile a sus nalgas.

Pasando una pierna por entre la espalda de Helena y el respaldo, sentándome, me acoplé detrás de su espalda, pegándome a ella, y volviendo a masajearle un seno con una mano, dirigiendo la otra mano a su vulva, acariciándole antes el vientre y el ombligo, mientras volvía a besarle el cuello y las orejas, me dirigí a Sara mirándola a los ojos y le dije, con el alcohol y el recalentón que tenéis tú y Carlos, ¿crees que solo querrá que se la chupes? yo creo él también quiere follarte. Carlos pasó la mano abierta por un gran mechón de cabello que se había desprendido del recogido de Sara, mirándola con una sonrisa pícara. Quizá sí – respondió ella- Ahora lo veremos y hundiendo su polla dentro de su boca comenzó a mamársela muy despacio mientras nos miraba a Helena y a mi, como esperando una respuesta..

Mi descomunal erección, apenas contenida por el slip del que la cabeza de mi polla asomaba aun dentro del pantalón de lino, chocaba con las nalgas desnudas de Helena. Suavemente levanté su braga y rozando la punta de su clítoris primero con mis dedos y luego con la palma entera, ella arqueó la espalda y me rogó que siguiera. Sin introducírselo, pasé mi dedo corazón por sus labios, resbalando de arriba abajo hasta llegar a su ano. Helena estaba empapada. Aquello nos había excitado a todos y las cartas estaban sobre la mesa. Entonces, mientras Helena se convulsionaba por el placer que yo le daba, miré a Sara a los ojos de nuevo y le susurré a Helena en el oído, por mi no hay problema, siempre que todos participemos en la fiesta. Aquella frase fue la sentencia. Helena se giró súbitamente y mirándome directamente a los ojos me dijo, pues que empiece la fiesta. Sara me guiñó un ojo y me lanzó un beso, con los mismos labios que al instante se lanzaron de nuevo sobre el falo de Carlos, que apretando su pellejo, lo iba retirando hacia abajo, abriéndose paso sobre él con dificultad.

Cuando llegó al límite de la capacidad de su boca, media polla quedaba todavía robusta como el tronco de un árbol fuera, y sus venas se marcaban, rodeando la enrojecida piel. Entonces, sin ayudarse de las manos, comenzó a subir y bajar, felándolo con destreza, y al parecer, ejerciendo fuerte presión con sus labios, pues la cara de Carlos se contraía de placer, arqueando las cejas, y apretando los labios, a la vez que tensaba todo su cuerpo. La saliva que Sara iba depositando sobre aquel mango y el escroto, iba facilitándole la tarea. El rostro de ambos estaba enrojecido y sudoroso. Sara no se quitaba la polla de la boca en ningún momento.

El cuerpo carnoso oculto dentro de la boca de Sara se marcaba en sus mejillas a cada golpe o giro del cuello.

Helena por su parte, convulsionándose por los latigazos de placer que las terminaciones nerviosas de su clítoris, se había despojado, con la inestimable ayuda de mis manoseos, del sujetador que envolvía sus pechos. Al caer este al suelo, retiré la mano de su vulva, y con ambas manos rodeé sus pechos, masajeándoselos, y pellizcando suavemente sus pezones, duros e hinchados.

Echando sus manos atrás, comenzó a masajearme el pene por fuera del pantalón, notándolo en toda su dureza. De repente, liberándose de mi, saltó hacia el sofá. Antes de acomodarse completamente, miró de soslayo a Carlos, que tenía los ojos cerrados concentrado en no llenar la boca de mi novia de semen, pasó un dedo por sus caderas asiendo el tanga y me dijo altanera, ven a quitármelas tú. Orden que lógicamente obedecí de inmediato. Me acerqué. Cuando estuve lo suficientemente cerca, se incorporó y apretando sus manos en mi culo, con la boca sujetó lasciva un extremo del lazo que me asía el pantalón y estiró hasta deshacer el nudo. Bajó de una sola vez el pantalón y los calzoncillos con un rápido movimiento de brazos. Mi polla saltó como un muelle y se quedó roja y palpitante mirando al cielo. Mare meva, dijo ella, menuda polla tienes. Sin apartar las manos de mis muslos hasta donde había bajado la ropa, se quedó unos instantes mirando mi polla, y al despertar, abriendo la boca lentamente rodeó mi glande para metérselo todo dentro. Jugaba muy bien con la lengua incluso teniendo el glande dentro y aspiraba el glande succionándome de éxtasis por el ureter.

Mi polla resbalaba dentro de su boca tan fácilmente que en un golpe de espalda se la introduje toda dentro. Me soltó las caderas en un intento de asir mi pene y regular la penetración, pero rápidamente intercepté cada uno de sus brazos con los míos, y seguí metiéndosela esta vez con mayor cuidado, intentando no ceder a mis instintos primitivos de perforarle la garganta con el glande. Su cara enrojecía y el sudor comenzaba a caer por su frente. Ambas nos las chupan, pensé, y el morbo me hizo girarme a observar lo que sucedía entre mi novia y Carlos.

En ese instante Sara se percató de mi curiosidad y me miró, dejó de mamarle y se incorporó. Muy en su papel se magreó desde los muslos, subiendo por las caderas y su pubis hasta su vientre, donde recogió como dos globos de agua sus pechos para acariciarlos suavemente y llevarse uno a la boca encogiendo el cuello. Carlos hizo ademán de levantarse pero ella extendió el brazo hasta su fuerte hombro y se lo impidió. Recuerda que tú no debes moverte de la silla, le dijo sonriendo. Dándose la vuelta, abriendo las piernas situando cada una en la parte exterior de los muslos de él al tiempo que la faldera del vestido subía hasta su cadera. Lentamente comenzó a bajar su tronco, ocasión que aprovechó Carlos para darle un lametón en la raja del culo apartando suavemente el tanga. Su miembro erecto miraba incansable hacia el techo brillante por sus líquidos y la saliva de Sara. Cuando estuvo casi sentada a horcajadas sobre él. Echó su brazo derecho atrás y sujetó su polla estirándola hacia abajo. Con la mano izquierda separó el hilo de tanga que le cubría el sexo y tras restregarlo con la verga de Carlos abriéndose los labios vaginales, se introdujo su glande.

Eh!! Exclamé preocupado, …y las ETS.... Nosotros estamos sanos, farfulló Carlos. Y tu novia me dijo el otro día que vosotros también, me susurró Helena sacándose obscena la polla de la boca para de inmediato continuar chupándomela. ¿Cómo iba esta tranca a estar enferma? concluyó Sara, que de un solo movimiento descanso su cuerpo sobre el de Carlos introduciéndose toda su estaca en el coño. Gimió de gusto y su cara se estremeció. Carlos también gimió y rodeó las caderas de Sara con ambas manos. Era ella quien llevaba el control subiendo y bajando sobre el tronco en el que estaba ensartada. En un momento dado, Sara reclinó su espalda sobre su amante. Juntando las piernas las levantó en el aire al tiempo que pasó un dedo por debajo de las cintas laterales del tanga y se lo quitó, todo ello sin sacarse aquella polla de dentro. Cuando se hubo deshecho del tanga, aún recostada sobre el pecho de Carlos, la penetración por la que era atravesada hasta sus entrañas brillaba perfecta ante nosotros. Habría más de cinco brillantes dedos de polla fuera de su sexo que a cada empujón desaparecían dentro de Sara llevándola al delirio en una comunión de fluidos corporales y en ningún momento se atisbaba cercanía inmediata del capullo, violáceo y duro, que aún quedaba encharcado en sus profundidades. Carlos, loco de placer, reptó sus manos hacía sus pechos y liberándolos completamente, bajó la tela de su vestido hasta que todo este quedó recogido y arrugado en la pequeña cintura de mi novia. Dado que con dificultad podía Carlos curvar sus caderas para cobrar algo de protagonismo en las embestidas que mi novia le propinaba, se afanó en manosear con una mano sus pechos, y con la otra, restregar el clítoris de Sara provocándole oleadas de gozo.

Excitado por lo que veía. Me llevé la mano a la base de la polla. Estirando la piel de esta hacía mi pubis, dejé solo el capullo en la boca de Helena que llevaba todo este tiempo comiéndomela ya con la ayuda de sus manos. Dejó en una de estas un reguero de saliva en el aire, para antes de que se rompiera recuperarlo para volver a lubricarme el glande. Extasiado de los placeres que Helena me propinaba, me retiré hacia atrás para no correrme en sus labios. Me agaché asiendo su tanga con ambas manos y casi de un zarpazo se lo bajé hasta los tobillos, y ya allí, se lo retiré con cuidado, levantándole las piernas juntas hacia el techo. Cuando las hube retirado, sin bajarle las piernas, las mantuve en alto para observar el pliegue de su raja y vulva, presionada por sus propios muslos. Manteniéndolos en alto con una sola mano sujetándolas por los tobillos, me acerqué a sus labios más carnosos e hinchados, pasando la punta de la lengua por ambos, de arriba abajo. Sujetando de nuevo las piernas con ambas manos, las abrí dejándolas caer cada una a su lado, como quien se adentra en una selva.

El espectáculo que se ofrecía era espectacular, sus labios se mantenían unidos pero regados por sus propios jugos, desprendían un río que manaba hacia su ano. Helena lubricaba como una bestia en celo. Estaba depilada por completo excepto por la parte superior del clítoris, donde un escueto vello rubio escondía su monte de venus, y tras el recorrido terso y suave de su vientre moldado, y el brillo de su ombligo, sus grandes pechos erguidos por la silicona, brillantes por el sudor invitaban a embadurnarse de su jugo.

Abriéndole los labios con mi lengua, escapaba de su interior un fuerte olor a sexo. Con la punta de la nariz le rozaba involuntariamente el clítoris, hasta que me di cuenta de cuanto placer le daba, por lo que deliberadamente continué haciéndolo. Ayudándome de las manos separé aún más sus labios para lamerle el himen y más adentro, y luego bajar repartiendo jugos hasta su ano. Volviendo hacia arriba, me detuve de nuevo en sus labios para pasar a su clítoris. Introduje entonces mi dedo anular tan profundamente como pude, llevándola al éxtasis más placentero. Hurgando en su interior, palpaba buscando los puntos donde la cara de Helena cambiaba desconcertada por el placer que sin duda parecía no haber recibido antes con tanta atención. Concretamente, al dirigir por su interior mis dedos, pues ya le había introducido dos, hacia la parte de la cavidad bajo su clítoris, enloquecía posando sus manos en mi pelo, y apretando mi cabeza contra su clítoris. Con la respiración entrecortada por los gemidos, me suplicó Fóllame, méteme esa polla enorme en el coño. Me incorporé para acceder a su petición, no sin antes echar un vistazo a nuestras parejas.

Sara era tomada por Carlos que la tenía totalmente enredada entre sus brazos, al tiempo que le masajeaban el clítoris, y la sujetaban por el cuello, mientras se fundía, retorciéndose, en un beso.

Sin dejar que él se saliera de ella, Sara se incorporó, y lentamente, pasando sus piernas por entre las piernas de él, se situó cara a cara con él. Besándole la nariz, ella comenzó de nuevo a subir y bajar alrededor del falo de Carlos, que la asía por las nalgas separándoselas cuanto le era posible, empujándola hacia si, llevando su clítoris a rozar su pelvis, ofreciéndonos una perfecta visión de cuan largo era aquel trozo de carne que mi novia se introducía con ansia, mientras jadeaba y echaba sus hombros y cabeza hacia detrás. Una vez acomodada la situación, Carlos subió las palmas de sus manos abiertas por su costillar, hasta topar de nuevo con los voluminosos pechos de mi novia, y apretarlas lamiéndolos frenético.

Sujetándome el miembro por la base del tronco con la mano derecha, con los dedos índice y anular separé los lubricados labios mayores vaginales de Helena, y acomodé parte de mi tronco sobre ellos y mi glande sobre su clítoris. Deslizándolo suavemente arriba y abajo, e introduciendo esporádicamente, como inintencionadamente, el glande en su jugosa vagina, para una vez lubricada mi verga, volverla loca de nuevo rozándole el clítoris. Cada cierto tiempo, tras hundir mi glande de nuevo en su vagina, lo retiraba llevándome un reguero de flujo, que descargaba restregando en su monte de venus y en su vientre con unos ligeros golpecitos. En estas, en un movimiento rápido de su brazo, me cogió la polla con su mano derecha, y sujetándola por el tronco, me dijo a qué esperas, fóllame ya, cabrón, que estas volviendo loca.

De inmediato, accediendo a los suplicado, recoloqué mi polla de nuevo en el orificio de su vagina, pero sin penetrarla, y cuando sus labios sujetaban la punta de mi cimbel, sabedor de que este no se movería ya, me recosté sobre ellas, sujetándome a ambos lados de su cuerpo en el sofá, y acercándome a su oído le susurré, vas a ver lo que es que te follen de verdad, ahora te vas a enteras, zorra, y de un empujón se la metí entera. Su gemido fue tremendo. Supongo que en un principio fue de dolor, pero a las tres acometidas, posó sus manos en mis nalgas y con la voz entrecortada por la respiración jadeante, repetía, no pares, no pares. Mi pubis rozaba su clítoris y la llevaba a un profundo éxtasis. Sus flujos rebosaban por nuestros sexos, y caían sobre su ano. Notaba sus uñas en mi espalda y culo, apretándome contra ella.

Me giré para observar a Sara. Recostada de nuevo sobre el pecho de Carlos, este, de nuevo separándole las nalgas, untaba sus dedos con los jugos de Sara donde su polla ensartaba a mi novia, y jugueteaba con su ano, introduciéndole la primera falange de ambos anulares alternativamente. Cuando el orificio del ano su hubo dilatado, introdujo su dedo anular izquierdo todo cuanto pudo, mientras con la mano derecha seguía separándole la nalga. Al poco tiempo, ya eran dos los dedos que introducía con suma habilidad. Sara, a la que nunca había tomado por detrás, resoplaba acompasando su movimiento de caderas con los dedos y la polla de Carlos, mientras se miraban y sonreían. Su gesto, sin embargo, volvía a ser de autentico gozo cuando miraba hacia mi y se mordía los labios.

Aquello me despertó del sueño hipnótico en el que me encontraba. Por un momento dejé de pensar en Helena y me centré de nuevo de Sara. Verla gozar de aquella manera con otro me producía rabia. Las manos de Carlos resbalando por el sudado cuerpazo moreno de mi novia. Pero lo que más me inquietaba es que en aquel éxtasis, en cualquier momento, Carlos penetrara aquel ano que siempre me había sido vetado, sin que Sara ofreciera resistencia.

Entonces, movido por un arrebato de celos y por una extraña excitación, me salí de Helena que estaba como en trance apretando con fuerza sus labios. Lubriqué mi miembro con un poco del aceite corporal que usábamos. Me puse de pie y me dirigí hacia ellos situándome tras el culo de Sara, abriéndome paso entre las piernas de Carlos pero sin tocarlas, retiré las manos de Carlos levemente hacia los lados. Este, supongo que pensando que se trataba de las manos de Sara que le retiraba el privilegio de disfrutar de su ano como ya lo hizo el día anterior, no se inmutó, y continuó asiéndola por las nalgas separándoselas. Tras agitarme brevemente la polla para no retirar la lubricación que junto con los jugos de Helena me había proporcionado, lo cual no era necesario pues continuaba inhiesta, sujetándomela a mitad tronco como tantas veces había visto en películas porno, apunté a su recién dilatado ano, y rápidamente posé mi glande en él, presionando hacia adentro. Sara lo recibió por entero de un solo golpe, y continuando en la presión introduje un trozo de tronco hasta llegar a mi pulgar. Entonces, como cayendo en la cuenta de que ya tenía la polla de Carlos en su coño, se giró sorprendida, lo que aproveché para pasar a sujetar mi polla desde la base en lugar de desde mitad tronco, y rodear su cintura con mi brazo izquierdo, y hundírsela totalmente hasta dentro.

Su expresión inicial de terror vino aumentada y mirándome profirió un grito ahogado. Alguna vez había jugado con su ano, de igual modo que Carlos lo había hecho, pero jamás la había penetrado. Con la cara enrojecida y el sudor cayéndole por la frente, su cara se volvió de nuevo lasciva y echándose hacia atrás me beso, para luego apoyar un brazo en el pecho de Carlos, que ahora sí se había percatado de lo que ocurría, y el otro en el respaldo de la silla, encajando así mejor la doble penetración a la que se veía sometida, concentrada en sentir plácidamente las dos pollas con las que era ensartada.

La sensación era indescriptible. El ano de Sara el más preciado tesoro que poseía, y había permanecido oculto durante mucho tiempo: Sus paredes se acoplaban a mi verga, y al poco la rápida entrada y salida de esta era perfecta. Carlos continuaba dándole caña, y tras la fina pared de tejidos que separa la cavidad vaginal del conducto anal, podía sentir su empuje, que a buen seguro llenaba a Sara como yo el llenaba el culo. Sara, en éxtasis, solo decía Sí, sí.... folladme cabrones....me voy a correr, me vais a partir.

Tras un largo rato de extenuante coito, Sara explotó en un delirante orgasmo, que nos hizo llegar por sus salvajes contracciones y unos brutales gemidos de placer dejándose caer sobre el pecho de Carlos, besándole ardientemente, mientras yo continuaba perforándola. Al instante, Carlos estalló también con un gritó de placer y pasando sus brazos por debajo de las axilas de Sara, sujetándola por los hombros para que no se saliera, besándola y mordiéndole los labios, descargó su semen en el interior de su vagina sin que ella protestara, inundando sus entrañas de su caliente néctar, sin cesar por ello de taladrarla en un excitante chapoteo de líquidos seminales hasta que, tras sucesivos chasquidos húmedos, su pene falto de riego sanguíneo afloró de la vagina de Sara, desbordándose un torrente que empapó su escroto.

Yo, entretanto no cesaba en amartillar su culo, y acercándome a su cuello sudado, lo besé y le dije, te lo estas pasando bien, eh?. Ella que todavía movía suavemente su cintura al compás de mis embestidas masajeando su clítoris con la pelvis de Carlos, dijo, eso es lo que queremos todos, no?. Estuve tentado de inundarle el culo y derramar también mi semen por su cuerpo, pero entonces, viéndola mordisquear a su vez los labios de Carlos, recordé a Helena. Helena, tras mi súbito abandono, se había quedado en el sofá, observándonos mientras se masturbaba.

Saliéndome de Sara, volví hacia Helena, que con los ojos entreabiertos, me dijo, te has guardado algo para mi?. No sin antes acercarme al grifo de la cocina office y regar abundantemente mi polla con agua para limpiarla, me la agité de nuevo, con lo que la disminución de la erección provocada por el agua fría desapareció, irguiéndose de nuevo poderosa. Levanté en volandas a Helena del sofá, le di la vuelta y la puse boca abajo con las rodillas en el suelo. Asiéndola por las caderas pero sin dejarla levantarse, fui poniendo su vulva y culo en pompa. Tras propinarle unos cuantos lengüetazos en los labios, hundí de nuevo mi nariz en su vulva hasta que de nuevo la tuve perfectamente lubricada. Le ensarte mi verga con fuerza. Entraba y salí con presteza, resbalando por las cavidades de su depilados labios. Inducido por la anterior experiencia, momentáneamente se la sacaba para chuparle el ano, signo premonitorio de mis intenciones, que ella aceptó entre espasmos. Tras depositar una buena cantidad de saliva, volví a penetrarla, y al mismo tiempo, introduje un dedo, lentamente, por su ano. Helena se volvió loca. No era necesario que yo la continuara embistiendo, pues era ella misma quien se impulsaba hacia mi.

Poco a poco le introduje un segundo dedo y así hasta tres, dilatando suficientemente su orificio anal. Sin sacarle los dedos, me dejé caer sobre su espalda y le dije, tu también quieres tu ración de rabo por el culo, verdad? Ella no se lo pensó y dijo, follame por donde quieras, lléname de leche, pero no pares hasta que me corra otra vez. De igual modo a como hice con Sara, me sujete la polla por el glande, y lo puse en su ojete. La lubricación y dilatación que había logrado hizo que entrara, pero no fácilmente. Poco a poco, con mucha paciencia y sujetando y apretándome la polla, pues, perdía fuerza. Finalmente entró entera, no sin que Helena profiriera gritos de dolor al principio y de placer más tarde, cuando su precioso y tenso ano se hubo acomodado a mi pene.

Reclinándome, con mi mano derecha me apliqué a masajearle el clítoris. La visión perfecta de su culo en pompa a punto de romperse por mi verga. El inmenso agujero en el que se había convertido su ano por el que se colaba mi polla parecía una cueva de piratas. Descubrí entonces que no solo el ano de Sara era claramente un regalo del cielo, sino que el de Helena también lo era.

De repente noté que yo mismo esta siendo tanteado por el culo. Sara, que se había situado detrás nuestro, sentada en el suelo, me lamía las nalgas y las separaba para lamerme el ano. Aquello era una bendición divina. Oleadas de placer me inundaban. Sara cesó y se puso de rodillas a nuestro lado. Tocando la unión de mi polla con el culo de Helena, repartía jugos por sus tetas, mi vientre y las nalgas de Helena. Al fin, de nuevo me besó,con una especial lascivia, mientras me susurraba, follatela, cabrón, hazla disfrutar como me habéis hecho gozar a mi, mientras volvía a besarme con frenesí. Paladear aquella lengua ávida de sexo y aquellos carnosos labios mientras enculaba a la mujer de Carlos era todo un sueño.

Embobados en nuestro eterno beso con los ojos cerrados, restregábamos nuestras lenguas fuera de nuestras bocas, cuando de repente algo se interpuso entre nuestras lenguas, y que al rozar mis labios, intuí de inmediato. Carlos, cuya polla, carnosa y caliente se había recuperado en toda su presteza y se encontraba yerta de nuevo, se había situado de pie junto a nosotros, llevando su espectacular mango a nuestras caras, reclamando su merecida atención. Nosotros absortos en nuestra pasión, no nos habíamos percatado y él, ni corto ni perezoso, quizá encelado quizá excitado al ver que estaba enculando a su mujer, se decantó por interrumpirnos sin aviso, sujetando su firme pene con la mano y llevando su glande a nuestros labios y lenguas. En esos escasos milisegundos, Carlos sin embargo, no dirigió su pene a la boca de Sara, sino que lo dejó allí, restregándolo por nuestras caras.

El contacto de un pene en mis labios me produjo cierta repulsión, por lo pese a no saber si la orgía desatada había llevado a Carlos a intentar que yo lo felara o había sido involuntario, de cualquier modo, instintivamente me retiré levemente, dejando un corto espacio de separación. Carlos había situado su mano izquierda en la cabeza de Sara y está, mirando hacia arriba a Carlos a los ojos, abrió su boquita y envolvió su glande morado hasta hacerlo desaparecer dentro de su boca. Al asirle la polla con la mano, se percató de que todavía tenía restos de semen secos que escamaban la piel, por lo que comenzó a lavársela con la lengua, tragando todo cuanto recogía.


Excitado por todo cuanto acaba de ocurrir, besé de nuevo a Sara, que alternaba con su boca la polla de Carlos con mis besos. Encendido, continuaba enculando a Helena cada vez con más fuerza, mientras con la mano derecha seguí tocando su clítoris. Se estaba volviendo loca y lo cierto es que yo también. Los cuatro cuerpos sudados se conectaban unos con otro formando eslabones de una cadena. Sujeté con fuerza las nalgas de Helena como si fueran a desprenderse y aumentando el ritmo de las embestidas, mientras sus pechos salían entre su cuerpo y el sofá, y tensando mi cuerpo hacia atrás, en un último empujón me corrí en un placer enorme. No pude evitar que la primera eyaculación le inundara el intestino, de lo que dio fe su cara descompuesta por el ardor que debía sentir.

Sacando la polla de su ano, este permaneció unos instantes semiabierto, totalmente mojado, y a medida que se iba cerrando, un río de semen brotaba de él, cayendo por su entrepierna hasta su vagina. Los sucesivos espasmos y eyaculaciones fueron dejando salpicadas sus nalgas, espalda, e incluso algunas llegaron a su cara, que girada me miraba con deseo y al propio sofá, de manchas de semen, que delirante, restregué por su cuerpo, hasta incluso llegar a sus tetas, bañándola, como ella misma había solicitado.

Extenuado y sudado, volví a besar a Sara, que haciendo un alto en la mamada que regalaba a Carlos, me dedicó su boca por entero. Así estábamos, acaramelados de nuevo, cuando Sara, emitió un gemido. Carlos que se había situado de rodillas tras ella, y se la había vuelto a ensartar por el coño, y al parecer de un solo y certero golpe, pues aunque no podía verlo, la tenía bien asida por la cintura, con su pelvis pegadas a las nalgas de Sara y está había soltado un grito desgarrador. Lentamente, comenzó a moverse adentro y afuera, moviendo sus jugos y relubricándola.

Helena, se incorporó y recostada sobre el sofá mirándome, me dijo, alto ahí, yo todavía no me he corrido. Abriéndose de nuevo de piernas, se señaló la vagina y me dijo, mientras te recuperas, puedes ir calentándome. Me apliqué de nuevo a sorberle el clítoris, y los labios, que empapados en mi propio semen se mezclaban con su jugos. Le mamé el coño como si fuera una gelatina, y cuando creí oportuno le inserté un par de dedos para ir haciendo trabajo.

Carlos levantó la pierna izquierda de Sara y la posó en el sofá, para facilitar así la penetración. Al tocar el pie de Sara mi mano que tambien se apoyaba en el sofa para mantener el equilibrio mientras le chupaba la vulva a Helena, me percaté de lo que ocurría y al mirarlos, observé que no era por el coño por donde se la había metido, sino por el culo. Aquel enorme falo que poco antes se había corrido dentro de mi novia, estaba ahora sodomizándola con dureza, pues a juzgar por el hecho de que a la vista no se veía asomo de su capullo, que permanecía siempre oculto, y que la extensión de la vara que le introducía era considerable, la cara de Sara reflejaba un enorme gozo y placer, y solo podía suspirar levemente, con los ojos semicerrados, esperando el latigazo que acabaría por domar a tan exuberante yegua.

El tiempo transcurrido y a la vista de aquello, mi pene cobró de nuevo vida, y tan pronto estuvo de nuevo tieso, se lo endiñé a Helena. Los restos de flujo, facilitaron una penetración que ella de inmediato agradeció, cerrando sus piernas alrededor de mi cintura. Al poco, ella decidió que quería ser quien controlase la situación, pues parece que por el tamaño de mi pene, le dolían un poco las entrañas. Me sentó sobre el sofá, recostado normalmente, y se sentó sobre mi. Subía y bajaba a su antojo. Yo le manoseaba las duras tetas y jugaba con su clítoris. Su cuerpo mezclaba el sudor con los restos de mi anterior corrida. Subía y bajaba, sacando mi polla de su vagina y restregándola por su vagina. Ella estaba completamente llena y parecía querer respiro de cuando en cuando, mientras yo me afané a dejarla caer sobre mi hombro derecho y mamarle así el perfil del seno izquierdo, al tiempo que seguí magreando su escultural cuerpo sin cesar.

El característico golpeo del pubis musculado de Carlos en las firmes nalgas de Sara se incrementó en fuerza y frecuencia, para de repente, cesar. Pensé que se había corrido, pero ayudándola a levantarse del suelo, la sentó a mi lado en el sofá. Continuó masturbándose mientras la acomodaba a su fin. Subiendo una pierna en el sofa, acercó su polla de nuevo a la boca de Sara, que, de nuevo a dos palmos de mi cara, comenzó a chupar desde el glande hasta los huevos.

Yo, afanado en Helena, seguí chupando tan robustas tetas, y pasando a tomar la iniciativa, rodeé su cintura con mi brazo derecho, el mismo que se había encargado de enviarla al limbo del placer jugando con su clítoris, lo cual hice ahora con la mano izquierda. Impulsándome como podía rebotando en los muelles del sofá, incrementé el ritmo de empuje y se la metí entera, obviando sus preocupaciones en cuanto al tamaño de mi sexo. Masajeándole circularmente el clítoris, la llevé de nuevo a ese soñado estado hipnótico que solo el sexo proporciona. Finalmente, tras un incesante movimiento que estuvo a punto de lesionar mis caderas, se corrió entre convulsiones, gritando descontrolada las entrecortadas frases que la falta de aire le permitía, ah, cabrón, me has matado de gusto. Apoyándose con ambas manos en mi pecho, intentó levantarse, pero asiéndola por las tetas, la traje hacia mi, y le dije al oído, ahora el que no se ha corrido todavía soy yo, y tú te quedas aquí hasta que te riegue de leche y continué penetrándola aumentando más si cabe la intensidad de mis embestidas.

Mi polla y mi corazón estaban a punto de estallar. Cerré los ojos sintiendo cada milímetro cuadrado de su vagina envolviendo mi pene. Continuaba penetrándola cuando me giré a ver cómo se manejaba Sara con Carlos. Para mi sorpresa, Sara y Helena se turnaban chupándole la polla a Carlos, alternándose en su glande pero sin cesar de mamarle bien los huevos, el tronco o el glande. Por fin, Carlos, mientras Helena se la chupaba, en el momento en el que, tras anunciar que se corría contrayendo sus músculos abdominales, se disponía a dejar que fuera Sara quien recibiese sus jugos, soltó una primera descarga de semen que se estampó contra los pechos de Helena. Apretándose el pene por la base para cortar el flujo de semen, dirigió esta hacia Sara, que ávida, acogió en su boca rápidamente situándola entre sus labios. Por el hueco de sus labios pude observar cómo una nueva potente descargar de Carlos entraba en su boca. Saturada de inmediato comenzó a rebosar sus labios, y empujando con la mano Carlos, se retiró la polla de la boca, yendo a parar las demás andanadas de esperma a su cuello y a sus pechos, donde el blanco y brillante semen contrastaba con la oscura piel tostada de mi novia, que pasaba su dedo índice derecho por sus labios mojándolo en los flujos de Carlos. Carlos exprimiendo su sexo, restregó sus últimas gotas en sus labios, soltando unas últimas gotas al ritmo de unos leves golpes en ellos.

Excitado y casi enloquecido por aquello, así los pechos de Helena y restregándole por ellos el semen de Carlos, terminé corriéndome en su vagina en un orgasmo como nunca antes había tenido.

Nuestro cuerpos se hallaban recubiertos de fluidos en gran cantidad, y el sudor se mezclaba con ellos.

Exhaustos, nos tendimos desnudos los cuatro en el sofá, abrazando a nuestras respectivas parejas, sin importarnos demasiado si lo que había ocurrido era lógico o no, si lo habíamos buscado o no, si la humedad de esperma, sudor o flujo vaginal que sentíamos era propia o ajena, e incluso de nuestra pareja o de nuestros amigos y amantes. Besándonos unos a otros. Casi nadie dijo nada más y poco a poco caímos abatidos por el sueño. Sólo el sol de la mañana nos despertó, y dado que nos habíamos dormido muy tarde, Sara y yo nos fuimos a nuestra cama.


A la mañana siguiente, todo transcurrió con una anormal normalidad. Todo el mundo despertó especialmente alegre, acudiendo al desayuno cuan desnudos nos habíamos ofrecido unos a otros la noche anterior. Nada se comentó de lo sucedido, pero había una química todavía más especial entre nosotros cuatro y durante el resto de días tampoco hubo pudor en mostrarnos desnudos por la casa al levantarnos de la cama, tomar el sol en la terraza durante el desayuno, o al salir o entrar de la ducha.

Continuamos yendo a la playa normalmente, cenando y yendo a pubs a bailar, alternando parejas, hasta que finalmente llegó el día de volver a casa, pero no tuvimos más sexo, ni se habló explícitamente de lo que había pasado. Si hubo algún que otro comentario bajo el alcohol, como que ahora todos nosotros teníamos dos parejas. A todos nos pareció un viaje extraordinario, y concluimos volver al años siguiente. Pasados un par de meses, fumando un cigarrillo en la terraza de mi casa con Carlos mientras ellas veían un programa de televisión, me preguntó si yo, como él, no había siquiera sospechado que nos podían haber disuelto algo en las bebidas para acabar haciendo lo que hicimos o si lo habrían preparado todo, pero terminamos concluyendo, entre risas, que si lo hicieron, alabadas fueran, para terminar ensalzando los espléndidos cuerpos de ambas mujeres, el tacto de su piel y su entrega desatada. Hoy en día continuamos viéndonos los cuatro con frecuencia la mayoría de fines de semana, y Helena y Sara se ven, lógicamente en el trabajo. No hemos vuelto a tener sexo con ellos...de momento.

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