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Lola y el becario

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  • Carlos (24 años) es becario en una empresa donde, entre sus compañeros de departamento, se encuentra Lola (38 años), con la cuál tendrá una inesperada y tórrida aventura durante la cena de Navidad de la empresa.

    La empresa debía de estar obteniendo unos buenos beneficios porque, de otra manera, jamás nos hubieran invitado a los becarios a la cena de Navidad en aquel céntrico y elegante hotel de cuatro estrellas con pinta de caro. La verdad que, aunque mi salario era mínimo y mi esfuerzo en ocasiones rozaba la esclavitud, no estaba mal del todo en aquel "puesto" de trabajo, ya que me había tocado en un departamento lleno de gente muy maja con la que había hecho muy buenas migas. En aquella sala de trabajo éramos cinco personas, y se puede decir que mi trabajo era el de "chico para todo". Mi jefe absoluto, un hombre de unos cuarenta años aproximadamente, me llevaba de aquí para allá y me compartía con el resto de compañeros que eran otro hombre y dos mujeres, de las cuáles una era su esposa. Pero de la que me interesa hablaros es de la otra mujer, la rubia de 38 años llamada Lola con la que acabé follando como nunca antes lo había hecho en aquella inolvidable cena de Navidad.

    Por aquella época yo tenía 24 años. Tengo un cuerpo normal, ni escuchimizado ni musculado, pero si en forma gracias a mi afición por el running, además, tengo el pelo castaño y corto y una cara adornada por una cuidada barba y unas gafas que ocultan unos pequeños ojos verdes. Soy una persona bastante educada y tímida en las primeras impresiones, pero con un afilado sentido del humor, por eso hasta que no llevaba dos meses en la empresa no empecé a hacer bromas y a congeniar con el resto de personas. Me encantaba trabajar con Lola, porque aunque el resto de la empresa la tenía como una persona borde, era muy eficiente en su trabajo y a mí me trataba realmente bien y nos reíamos bastante juntos. Lola era delgada, con unas piernas firmes que solía enseñar a la hora de vestir, y unos pequeños y firmes senos que se le marcaban en las ajustadas camisetas que se ponía. Su piel era suave y blanca y su pelo, rubio como ya os he dicho, solía caerle liso hasta los hombros, rara vez la vi con coleta. Pero lo que más me gustaba de su físico, sin duda, eran sus ojos, negros y profundos. Cuando Lola te miraba, te miraba de verdad, metiendo tu cabeza en su pequeño universo ocular.

    Yo pensaba que en la cena de Navidad nos iban a sentar a todos los becarios juntos, y casi fue así, porque mi departamento, por el cariño que me tenían, me arrebataron de aquel grupito de jóvenes explotados y me sentaron junto a ellos. Al principio me jodió un poco, la verdad, porque había una becaria bastante guapa con la que quería tontear esa noche, pero eso es otra historia.

    Y allí estaba yo, sentado con gente que me sacaba de 10 a 15 años y pasándomelo bastante bien. Además, mi querida Lola, con la que tuve muchos pensamientos impuros, pero jamás la intención de seducir, vestía un increíble vestido negro ajustado que dejaba adivinar todas y cada una de sus cuidadas y perfiladas curvas. 38 años... quién lo diría, chiquilla... La cena transcurrió normal, con cerveza, entrantes, vino, carne, copa y postre. Al terminar el banquete me disculpé sin decir a dónde iba y salí a la pequeña terraza de aquel hotel para fumarme un cigarro que terminará de asentar aquel atracón. Como soy becario, el tabaco que tengo es de liar así que empecé el proceso de hacerme un cigarro y al terminarlo, justo antes de encenderlo, apareció Lola por mi espalda y me saludó:

    - Hola, Carlos - me dijo.

    - Hola - contesté.

    - No sabía que fumabas. Nunca te vi escaquearte en el trabajo para hacerlo.

    - No soy hombre que necesite la nicotina cada cierto tiempo, pero en ocasiones, me encanta fumarme un cigarro.

    - ¿Me das uno?

    - Por supuesto, faltaría menos - dije ofreciéndole el paquete de liar con su correspondiente libro de papel y los filtros.

    - ¡Ay! Te vas a reír de mi, Carlos - contestó ella tras mirar el paquete y desviar después aquellos dos negros universos hacia mis ojos.

    - ¿Por qué?

    - No sé liarme un cigarro...

    - Vaya treinta y ocho años, Lola...

    - Siempre he sido una chica muy buena, Carlos. Hasta pasados los 30 no empecé a pervertirme... No como los de ahora, que venís ya pervertidos de la selectividad.

    - Jajajajajaja - reí sonoramente y añadí. - Bueno, fúmate este que tengo liado ya y yo me hago otro en un momento.

    - Gracias, Carlitos - me dijo cogiendo el cigarra y rozándome con sus finas y delicadas manos.

    Cogió el cigarro, se lo llevó a la boca y se quedó mirándome fijamente mientras yo me liaba otro. Su mirada empezaba a incomodarme un poco, pero de una manera que me gustaba, aunque para parar aquel sentimiento de no saber cómo actuar le dije:

    - ¿Qué? ¿Por qué me miras?

    - ¿Me das fuego? - preguntó.

    - ¿Quieres también el pulmón para fumártelo, Lola? - bromeé con una sonrisa en la boca.

    Ella contestó con una sincera carcajada que su boca dibujó dejando mostrar hasta las encías. Le acerqué el fuego a los labios, iluminando su rostro de una manera que me pareció sensual y atractiva y luego encendí mi pitillo. Una vez dada la primera calada, Lola me cogió por el brazo y tiró de mi avanzando hasta el borde de la terraza donde se podía divisar parte de esta maravillosa ciudad que es Barcelona. Era increíble verla andar con tacones y con ese vestido, y era más increíble acompañarla en ese caminar. Me entraron unas enormes ganas adolescentes de agarrarle el culo con fuerza, pero, evidentemente, por educación y madurez, me contuve.

    - Carlos - me dijo ella asomada a la terraza. - Cuéntame algo de ti, anda, que lo único que sé es que eres educado, gracioso y eficiente.

    - Pues... no sé, Lola, ¿Qué quieres que te cuente?

    - No sé, algo de tu vida personal. A ver, por ejemplo, ¿tienes novia?

    - No.

    - ¡¿No!? - exclamó sorprendida.

    - No -volví a contestar. - ¿Tan raro es?

    - Hombre, Carlos, eres un partidazo.

    - Lola, que me sonrojo... - le dije mientras la piel de mi cara se encendía.

    - Es la verdad, chiquillo. Eres educado, agradable y divertido. Y además estas bastante bueno, no nos engañemos. Es muy raro que estés soltero.

    - Jajajaja - reí nervioso - . Muchas gracias Lola, pero parece que no todas piensan como tú. Será que a las mujeres os gustan los chicos malos.

    - Cierto, pero no es la maldad lo que nos atrae, sino la travesura, lo que pasa que se parecen tanto que tan solo la edad es capaz de enseñar a diferenciarlas.

    - ¿Y tú sabes diferenciarlas?

     - Por supuesto, Carlitos, se te ve muy bueno... y muy travieso, pillín - me dijo sonriéndome y dándome un toquecito en el brazo.

    En aquel momento empecé a cuestionarme si Lola estaba coqueteando conmigo o, quizás, la imposibilidad de que tuviéramos algo le daba aquella libertad para alabarme como lo estaba haciendo. Evidentemente, yo quería llegar a saber cuál era la respuesta, por lo que empecé a atacar yo también con preguntas bastante inocentes.

    - ¿Y tú por qué estás soltera, Lola? - le pregunté.

    - ¿Y cómo sabes que estoy soltera? - contestó ella.

    - Porque en la empresa no paran de buscarte novia. Eres la soltera de oro.

    - ¿Soltera de oro? Si soy una borde.

    - Pues conmigo eres un encanto.

    - Porque tú eres un encanto.

    - Y además estás buenísima - le solté casi de manera involuntaria, como por acto reflejo.

    - ¡Oye!

    - ¿Qué? Es verdad, Lola, si no... mírate con ese vestido.

    - ¡Ains! Gracias, Carlitos - me contestó mirándome de nuevo con sus dos universos. - Anda, volvamos a entrar que ahora es cuando empieza la verdadera fiesta...

    Yo era la primera cena de empresa en la que estaba y no sabía lo que ahora venía... El despipote padre... Al ritmo de la música de moda más hortera, pude ver al jefe corporativo supremo con la corbata en la cabeza dar vueltas sobre su propio eje mientras mis compañeros de departamento, descamisados totalmente, no paraban de intentar iniciar una conga que nunca llegaba a buen puerto. Entre canción y canción, Lola se me acercaba de vez en cuando y me cogía para bailar con ella. Yo ya estaba a cien, verla moverse con aquel vestido me estaba poniendo muy cachondo, pero el súmmum fue cuando, mientras estábamos bailando, el dj puso una canción de bachata y ella me dijo:

    - Carlos, acércate que esto se baila más pegado, chiquillo.

    Y acto seguido una de sus manos rodeó mi cintura y me atrajo hacia ella mientras con la otra cogía mi mano y la ponía en su cintura, a escasos centímetros más arriba del culo. En aquel momento empecé un divertido juego de intentar que, con el roce y la proximidad, ella no se diera cuenta de la tremenda erección que estaba teniendo, pero, evidentemente, fracasé totalmente y al tercer compás ella acercó su boca a mi oído me dijo:

    - Carlos, eso no es el móvil... ¿verdad? - me susurró coquetamente.

    Aquellos finos labios rojos tan cerca de mi oreja, el calor de su aliento en mi cara, mi cerebro intentando controlar a la mano que apoyada en su cintura no paraba de intentar bajar hasta su culo... No podía más.

    - Estoy empezando a sufrir, Lola - le dije con los dientes casi rechinando.

    - ¿Quieres que acabe con tu sufrimiento? - siguió susurrándome ella.

    - ¿Cómo? - contesté yo.

    - ¿Quieres follarme, Carlos?

    - Lo estoy deseando, Lola - le dije mientras seguíamos bailando en medio de la pista de baile.

    - Pues ve para el ascensor y espérame en la puerta, que ahora voy yo...

    Me separé, la miré, sonrió y obedecí...

     

    No os voy a mentir, estaba excitado, nervioso, ansioso...  Aún no podía creerme que estuviera a punto de follar con aquella diosa. Apoyado en la pared de al lado del ascensor no paraba de imaginarla desnuda, gritando, botando, a cuatro patas... Quería hacerlo todo con ella, quería hacerle de todo. En mitad de estas ensoñaciones, apareció ella, sonriendo y andando lentamente hacia mí. No me dijo nada, ni yo a ella, simplemente se acercó, pulsó el botón del ascensor, se volvió hacia dónde yo estaba, metió la mano en su bolso y sacó las llaves de una habitación, la 305. Al verla, nos sonreímos mutuamente y sonó el clin del ascensor, entró ella y con el dedo me hizo el gesto de que la acompañara. Yo era su perrito faldero, me tenía totalmente dominado, pues estaba rebosando morbo y sensualidad por cada poro... En pulsó el piso 3 y la puerta del ascensor se cerró, se abalanzó sobre mí, empujándome contra la pared, y besándome con una pasión totalmente descontrolada. Su mano rodeó mi cuello hasta agarrar mi nuca, su boca jugueteaba con la mía, su otra mano me pellizcaba el culo, y mis dos manos agarraron por fin sus firme glúteos sobre la corta falda negra de aquel increíble vestido. Volvió a sonar el plin, volvió a abrirse la puerta, y ella se separó lentamente de mi, me tomó por la mano y me guió hasta dentro de la habitación.

    - Espero que no te esté esperando nadie esta noche, porque... - me dijo coquetamente, dejando esa última palabra en el aire y agarrándome con fuerza para tirarme sobre la cama.

    Ella se tumbó sobre mi y continuamos con aquella guerra labial que había comenzado en el ascensor. Empezó a mover la cintura, rozando su sexo con mi pene a través de la fina tela del pantalón de pinzas, comprobando la dureza de éste y mi nivel de excitación.

    - Me muero por verte la polla, Carlitos - me dijo mientras su boca bajaba despacio por mi cuello, mordiéndolo y lamiéndolo.

    Sus dedos empezaron a desabrocharme la camisa y, por cada botón que iba quitando, un beso en el cuerpo me iba dando. Eran besos húmedos, lentos, casi mordiscos sin dientes. Y así fue bajando y bajando hasta que, con habilidad, se deshizo de mi cinturón, me abrió los pantalones y empezó a juguetear con su boca sobre los calzoncillos cuyas costuras resistían la tremenda erección que escondían. Miró hacia arriba, buscando mis ojos, como pidiendo permiso para lo que iba a hacer, permiso que le concedí con el gesto de morderme los labios. Me arrancó los pantalones, me bajó los calzoncillos y dejó a mi pene erecto libre, apuntando hacia el techo de la habitación.

    - ¡Madre mía! - me dijo mordiéndose el labio - la pollita que me voy a comer yo hoy... Ñam, ñam.

    Y acto seguido se la metió en la boca, entera, como comprobando que le cupiera. Después, empezó a mover su cabeza hacia arriba y hacia abajo, mientras su lengua dibujaba círculos en mi capullo. El pelo rubio y liso, caía sobre su cabeza, impidiéndome que pudiera ver bien la espectacular escena y haciéndome cosquillas con sus puntas en los muslos. Era increíble como la chupaba Lola, como sacaba la boca y empezaba a lamer el costado de pene mientras con su mano la meneaba muy lentamente, como su boca descendía y succionaba los testículos... Pero lo mejor llegó cuando, harta de tener que apartarse el pelo de la cara cada vez que intentaba un nuevo truco, alzó su cabeza, metió su mano dentro de su falda y se sacó el tanga para usarlo a modo de coletero y sujetarse el pelo en una preciosa coleta. Me miró pícaramente y sus labios volvieron a mi polla. Estaba que no podía más, iba a correrme, pero no quería hacerlo, aún me quedaban muchas cosas antes de aquella primera corrida. Joder, yo quería metérsela y follármela, pero en este estado no iba a durar ni dos segundos, por lo que le agarré la cola, tiré de ella con fuerza hacia arriba, obligándola a parar con la mamada. Subí su cabeza hasta tenerla frente a la mía, le mordí el labio inferior y le di la vuelta, dejándola a ella ahora tumbada sobre la cama. Le mordí el cuello y agarré sus senos, los cuales estrujé con suavidad para luego bajar mi cabeza y esconderla entre sus piernas para encontrarme frente a frente con su húmedo sexo. Acerqué la punta de mi lengua lentamente y empecé a rozarla por encima, muy levemente.

    - Lo sabía - dijo ella tras emitir un leve gemido.

    - ¿El que sabías? - le pregunté yo antes de volver a darle otro pequeño lengüetazo.

    - Que eras un travieso...

    Dicho aquello hundí mi boca en su coño y empecé a recorrerlo entero haciendo círculos con mi lengua. Empecé a localizar el clítoris a través de su forma de gemir y, cuando di con él, dejé que mi lengua jugueteara, cambiando el ritmo, la velocidad, y la dirección con la que lo chupaba. Los jugos de su coño me estaban empapando la barba, y me encantaba.

    - Fóllame, Carlos, por favor, métemela.

    - No - contesté yo. - Aún no.

    Y acto seguido, mientras mi lengua seguía jugando con su clítoris, metí mi dedo corazón en su vagina y empecé a hacer pequeños círculos, recorriendo todas sus paredes vaginales.

    - ¡Joder!¡Para!¡Que me corro! - gritó como una posesa, pero no le hice caso. Quería que se corriera, quería que cuando se la metiera tuviera que empezar todo desde el principio y que el polvo durara más. Y se corrió.

    - ¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhh!!! ¡¡¡¡Carlitos, joder!!!!

    Saqué mi cabeza de aquel pequeño trozo de cielo y me puse sobre ella. Su cara tenía una sonrisa que reflejaba satisfacción, pero sus ojos negros pedían más. Por lo que me coloqué de rodillas entre sus piernas y avancé hasta meterle, por fin, todo mi pene en su coño. Me encantó su cara, su boca entreabierta, emitiendo un grito sordo, sus ojos entornados, retorciéndose de placer. Y yo mordiéndome el labio inferior, loco por dar otra embestida. Y la di. Y otra. Y otra, y otra más. Así, cada vez más rápido.

    - Así, cariño, así - me decía ella mientras mi ritmo iba incrementándose. - Joder mi becario travieso... dame más.

    - Si llego a saber que pones esa cara de puta cuando te follan, te hubiera tirado los tejos mucho antes, Lola... Joder.

    - Si... ¿Te encanta eh? Soy tu putita, cariño, dame más.

    Embestía con fuerza y, cuando estaba a punto de correrme, como si mágicamente me leyera la mente, me paró en seco, me apartó de ella, se quitó todo el vestido y se puso a cuatro patas sobre la cama.

    - Ahora, Carlos, dame como la auténtica puta que soy.

    Aquel precioso culo, duro y redondo, se abría ante mí como si del paraíso se tratase. Cogí mi polla con la mano y la introduje, de nuevo, en su sexo para empezar a embestirla por detrás. Mis manos se posaron en la curva de su cintura y el sonido que nuestras carnes hacían al golpear competía con el sonido de sus gritos.

    - Dame, dame, dame... Me corro otra vez - me dijo ella.

    - Yo también, Lola - contesté yo a punto de reventar.

    - No la saques ahora, por favor, córrete dentro, cariño.

    - ¿Segura?

    - Si, si, dame, dame, dame.

    Y me vine en sus adentros junto con su grito de orgasmo, regando cada rincón de su vagina con mi semen.

    - Joder... - dijo ella desplomada sobre la cama bocabajo y conmigo encima, aún con mi pene rozando su culo desnudo.

    - No ha estado mal... ¿no?

    - Espero que la beca te dure, Carlos, porque quiero que me sigas follando, por favor.

    - Será un placer, Lola.

    - Pero que no se entere nadie... Será nuestro pequeño secreto ¿vale?

    - Sin problema... Eso me da más morbo.

    Aquella noche no acabó ahí... Ya que teníamos el hotel hubo otro antes de dormir y uno precioso al despertar y, durante los siguientes cuatro meses, hicimos todo tipo de guarradas y follamos en todo tipo de sitios. Fue una de las mejores aventuras, quizás la mejor, que he tenido en mi vida. Gracias, Lola.

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