UNA PRINCESA TETONA

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RESUMEN

Una Princesa Tetona, trata sobre un criminal de alto rango que se enamora de una prostituta que ha sido secuestrada en un lujoso burdel; exhibe la incongruencia entre el deseo y el sentido común y la inutilidad de la belleza y su irónica trascendencia que se le ha dado a nivel social.

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AL AZIF

Me desperté mareado y cubierto de un sudor febril que se enfriaba con el sereno de la madrugada, el exótico cortinaje ondeaba a pocos metros del ostentoso ventanal, y el concierto del crimen, la opulencia y el libertinaje se filtraba por debajo de la maciza puerta de una de las habitaciones de “El Holandés Errante”, una de las cadenas de burdeles más prestigiosas y una de las preferidas por la alta sociedad y el submundo; me encontraba en la sede ubicada al norte de Dubái y cuyas coordenadas no figuran en el mapa, como las de todas las instalaciones de naturaleza criminal. Ubiqué mi revolver con la vista sobre la mesa de noche, junto a una lámpara antigua decorada con arabescos que se encontraba apagada y una botella de vino ucraniana con sus respectivas copas; la habitación estaba iluminada muy tenuemente por una luz rojiza que señalaba por sobre todas la cosas, un lujoso piano de cola en el que se apreciaban un liguero y un brasier negro.

Jennifer reposaba sobre mi pecho tal como la música sobre el silencio reposa, la tranca se me desenroscó con la primera visión fugitiva que tuve de sus tetas enormes, me incorporé lo suficiente para contemplar su delicado rostro de porcelana, su expresión angelical de hija obediente me había invitado a un “recorderis” de lo que había sucedido la noche anterior: su cabello que era dorado como el sol y su extensión que alcanzaba sus nalgas hipnóticas, había sido forzado con primitiva brutalidad por un neandertal, una maquina oxidada y saturada de desperfectos que había sometido a esta princesa a una amordazada noche de tormentos anales; me detuve en sus rosados labios para besarla, y por el rabillo del ojo me percate del reflejo que me ofrecía el espejo de sus blancas nalgas, semejantes a las de una abeja reina por sus proporciones, sin embargo, delicadas como el plumaje de un cisne fantástico; comenzó a gemir como un bebe mientras se despertaba, me besaba somnolienta por todo el rostro en medio de un velo de cabellos revueltos y se retorcía perezosa como una gata adorable, y mientras revolcaba la pesada cobija de terciopelo, yo le revolcaba sus pesadas tetas adictivas, conspiradoras de las más sangrientas eyaculaciones, y le acerqué del todo a mí figura rodeándola con mis brazos rústicos, y me parecía que su silueta delicada compartía un perfume de bondad sincera y religiosa en comparación con el hediondo almizcle que parecía escupir a lo que yo llamaba cuerpo; mordí sus labios delicados cual crema de chantilly y bebí de su dulce saliva cual vainilla, y en ese preciso instante la verga se me pela y se me brota con potente lujuria, u odio o frustrado romanticismo, le sumergí mi lengua de sapo en su boca de niña, tratando de absorberle el alma desde su garganta mientras le serpenteaba la verga entre sus níveas nalgas, y luego de agarrar sus pechos como las riendas funesto carruaje, le embuto mi brotada tranca culo adentro de un totazo y hasta el fondo. Emergiendo de su sopor, nuestra princesa grita hasta quebrarse y emprende la huída en medio de la oleada de almohadas, histérica y sin ver más que la nada se cae de la cama, los objetos de la habitación la persiguen, las paredes la acechan y como una bestia deforme la embisto y la devuelvo de nuevo al nido de espinas como si de una muñeca de trapo se tratara, mientras no cesaba de patalear e implorar que no le diera mas por el culo, -por el culo no!!, por el culo no!!-, exclamaba, sin embargo se las arregló para diluirse entre mis brazos, al punto de alcanzar la puerta y salir al pasillo; inspirado por la agitación marítima de sus cabellos, por las violentas sacudidas de sus adictivos pechos, y por los virtuosos frescos en los que posaba culi abierta cuando resbalaba, me disparé mas presto de lo que pudiera controlar, llevándome por delante la alfombra y el objeto de mis deseos mas inentendibles, azotándome contra la pared del extenso pasillo y como en una especie de retroceso evolutivo, me encontraba asfixiado de la excitación con la casería y sus débiles sollozos, le azotaba sus enormes pechos deliciosos con una mano mientras le rodeaba el cuello con el otro brazo para alcanzar sus labios tristes, ahí estaba de nuevo yo, comiéndome sus nalgas voluptuosas, reventándole el ano y bombeándole la mierda una vez más, -¿por qué?, mi amor, esto no tiene porque ser así...-balbuceaba Jennifer, mientras le dominaba el culo y no hacía otra cosa más que berrear de manera indiscreta; los huéspedes de las habitaciones contiguas comenzaron a fisgonear desde sus habitaciones, difuminándose en la ambigüedad de las sombras; me levanté con ligereza y dando la impresión de que me iba llevar sus entrañas conmigo, coloqué un pié sobre el mueble de una costosa mesa de ébano, en la cual había una antigua una lámpara purpura que rasgaba las sombras de aquella mansión histórica, Jennifer se acerco reptando y ansiosa de sexo oral, por lo cual tenía una extraña fijación, y con extraña quiero decir que succionar mangueras era la único que la tornaba viciosa y buscona, rasguñó desde los tobillos mis piernas agrestes con sus sedosas manos mientras reclinaba su frente en mi entrepierna, finalizando con un garabateo en mi abdomen como si se tratara del preámbulo de una metamorfosis; Jennifer se quedó admirando mi instrumento como en una especie de formateo mental, comenzó a besarme en el abdomen y descendía poco a poco, pasando por mis muslos hasta llegar a mis pies; reposando sobre sus piernas con su linda mirada aguamarina, enrollé parte de su cabello en mi mano y le acerqué de tajo a mis testículos, dejándole mi verga desparramada por todo el rostro, ella comenzó a aspirar el olor de mi instrumento, a atragantarse con mis huevos brotados y a recorrer mis piernas eléctricas con sus manos,

-John, ¿me silenciarás una vez más con este…molusco?-, me preguntó con tono

Sarcástico y una ceja levantada.

-Te silenciaré a las patadas si te sigues comportando como una zorra-, le respondí

-Soy una zorra que se comporta como una princesa, no al contrario.

-Jennifer, eres una niña inocente a la que secuestró alguien como yo diciéndole que la iban a volver una top model en Canadá.

-¿Qué?!!-exclamó-, y tú eres solo un tonto-objetaba cómicamente-, un criminalucho y estás enamorado de mí porque…-

Y antes de que prosiguiera con su disertación, deslicé mi verga por su garganta y embutí mis testículos en su boca angélica, y con altivo desdén me detuve a detallar los ojos cristalinos que me observaban y me conmovían; Jennifer comenzó a sollozar y una saliva viscosa comenzó a asomarse por las comisuras de sus labios mientras no paraba de toser y contraerse, sus manos reposaban sobre sus hermosas piernas exhibiendo sus pequeñas palmas, y su nuca expresaba la ausencia relajada de cualquier tipo de resistencia; pasado poco más o menos un minuto, retiré de su garganta mi instrumento cubierto de una pesada capa de saliva que me chorreaba por los testículos y descendía por los muslos, sostuve su rostro por la quijada, me agaché clavando su mirada con la mía y le escupí con fuerza en la boca mientras su esbelto cuello se cubría de ese pasional elixir junto con una fina cadena de oro que lo adornaba; luego de tragarse sonrientemente el escupitajo, Jennifer me comenzó a succionar la manguera profunda y vertiginosamente mientras yo le apretaba sus enormes pechos perfectos; algunos huéspedes decidieron acercarse un poco para observar, mientras otros susurraban y regresaban a su habitación para hacer más ruido intencionalmente.

-Eres un bruto, me haces tanto daño-, balbuceaba Jennifer con mi verga en su garganta.

-¿Bruto?, yo no fui al que secuestraron-, objeté

Jennifer se sacó mi verga de la garganta, se enjuagó los labios con su lengua infantil y se dispuso a comerse a besos tiernamente mi instrumento, luego procedió a masturbarme con sus infartantes pechos imposibles; al volver la vista me percaté que los huéspedes que observaban se abrazaban y algunos apuntaban con el dedo.

-Me encanta cuando dañas el momento con tus comentarios estúpidos, “ay, sí, eres mi princesa”, eres un tonto.

-Eso no fue lo que dije, pero eres mi princesa-, repliqué

-Maldito-, respondió y prosiguió-, nunca podrías imaginar que siento al estar postrada a los pies de un hombre como una sierva, implorando un poco mas de esa tripa venosa que es la razón de mi existir.

-Claro que lo entiendo, eres sumisa, también una princesa y tienes un apetito sexual como todos, pero no le das rienda suelta ni a lo uno ni a lo otro

-“Bla, bla, bla”-, respondió

Jennifer había quedado hecha girones luego de haberla sodomizado, así que la tomé en brazos como a un bebe para volver a nuestra habitación, se sujetó de mi nuca cubriendo de cálidos besos mi pétreo rostro mientras movía juguetonamente sus piernas estilizadas; ya en la habitación la sumergí de nuevo en la oleada de almohadas y los primeros rayos del alba revelaron su escultural figura de mármol, vendimia de idílicas fantasías; me dirigí al baño subiendo por las escaleras contiguas a la sala de estar y dejé llenando el jacuzzi, el baño tenía un ambiente romano y estaba conectado con un amplio balcón al que salí a exorcizarme inspirado por el realismo sucio del que me proveería el auto en el que había llegado y que estaba situado en el parqueadero para empleados.

-¿Qué utilidad tiene la belleza?, Jennifer es absurdamente hermosa y nadie la ama por ello; yo no la amo, la deseo y todos la desean, sí, pero entonces, ¿qué es esta obsesión cándida que tengo con ella?, ¿o en qué le ayuda su belleza para mejorar su estadía aquí?-, medité en silencio por un largo intervalo de tiempo y proseguí -, el dinero y el poder han sido la obertura de un sinfín de guerras a lo largo de la historia, -argumentaba mentalmente -, ¿Quiénes se han apoderado de sus enemigos y hasta del mundo izando la bandera de la vanidad?-, agregué y crucé mis brazos, incliné la cabeza y proseguí entrecerrando mis ojos tal como un profundo pensador-, uno de los miedos más grandes del ser humano es morir, ¿acaso la belleza es capaz de rescatarnos de la hoz de la muerte?, ¡no!... ¿pero qué mierda estoy diciendo?-,exclamé- se me subieron los polvos a la cabeza-, concluí e hice tronar mi nuca y mis nudillos.

Regresé al baño con la mirada hueca, con un abismo de súplicas que cortaban el aire en una dimensión mental acromática y me detuve a observar mi deforme reflejo en el agua del jacuzzi, entonces escuché sus pasos sigilosos que se acercaban hasta que se cortaron, Jennifer me observó por un momento y luego de meditarlo me embistió bruscamente de modo que nos fuimos de cara al jacuzzi y el agua salpicó el empedrado romano como una ola en miniatura, ella comenzó a parodiar el estrecho momento en el que la sodomicé y sus femeninas carcajadas quebraban la pesada atmosfera en la que había entrado, forcejeamos un poco hasta que resbalamos y su cabellera se esparció en el agua como sangre en la nieve y devoramos nuestras lenguas cual obsesos bajo el agua burbujeante.

Al emerger ella se hizo en mis muslos para agitarme la verga con sus manos angélicas, mientras yo le manoseaba el rabo y la nalgueaba al mismo tiempo que le mamaba sus formidables pechos, como si no existieran licores exóticos, ni potentes alucinógenos o fastuosos palacios, de repente me levanté y de un jalón la empalé violentamente, sujetando sus piernas en mi brazos mientras ella se sujetaba de mi nuca, entonces me retiré del jacuzzi para ubicarnos en el balcón mientras la cabalgaba, tiempo después la bajé y le metí la cabeza por las rendijas de la reja del balcón por las que casi se resbala, sodomizándola esta vez sin dejarle escapatoria, Jennifer gritaba a todo pulmón ininteligibles palabras, tal vez improperios por el tono de su vos, hasta el momento en el que le eyaculé en el ano y le restregué todo el semen en sus grandes nalgas como si estuviera marcando territorio, la desengarcé de la reja y luego le ordené que me masturbara con sus pechos exquisitos, a lo que obedeció no sin antes limpiar el lodazal de semen que chorreaba de sus nalgas con sus manos para tragárselo, y recoger los grumos de esperma que caían de su boca para relamerse las manos y los dedos sonrientemente; Jennifer comenzó a masturbarme pesadamente con sus tetas, arrodillada y mirándome fijamente; la erección que me provocaban sus enormes pechos era tan soberbia y corrosiva que me hacía fantasear con dejarla encinta y vivir una vida idílica junto a mi sumisa concubina, pero no transcurrió mucho tiempo para que mi orgasmo se manifestara con una abundante eyaculación, y me expulsara de mi patética fantasía solamente para descocerme por la lubricidad y la lujuria primitiva al admirar su angélica expresión embadurnada de esa colada espesa y grumosa la cual digería con ligereza y de una manera viciosa. Llegado a este punto de los acontecimientos, Jennifer se incorpora y me manosea el instrumento para recolectar los últimos vestigios seminales y consumirlos; y a modo de punto final para la sesión, me la llevo en brazos al nido de espinas por segunda vez para la estocada final.

La sumergí de nuevo en la oleada de almohadas para que reposara; y en este lapso de tiempo me vestí con mi chaqué a tonos grises del tipo cruzado a rayas y con corbata, luego de esto procedí a revisar el silenciador que había mandando a fabricar especialmente para mi revólver modelo 29, y en este instante volví la vista atrás, Jennifer estaba levantada en la cama observando cómo cargaba mi revólver, y terminada esta tarea me acerqué a la cama y ella al mismo tiempo se me acercó con una turbada sonrisa, y en el momento aquel en que se disponía a abrazarme la devolví presionándole mi revolver en la frente, entre tanto su preciosa mirada aguamarina se dilataba a más no poder, sus pómulos adorables se cubrieron de amargas lágrimas y se crisparon sus puños infantiles; y sin más ni más le disparé en la frente quebrando su hermoso rostro de porcelana, la sangre salpicó manchando el piso ajedrezado y su esbelta silueta se sepultó en el oleaje de almohadas, la sangre comenzó a ramificarse en la cobija de terciopelo y en las almohadas de manera escandalosa, seguidamente bajé el revólver para admirar su virtuosa beldad mortuoria, aquí conviene detenerse un momento a fin de esclarecer las razones de mis monólogos:

-¿Con qué fin se ensaña la naturaleza en prodigar a un individuo de aquello que los demás carecen?, y todo para un fin tan lastimero como remiso a las distinciones, así y todo, su milagrosa belleza poseía una absurda atracción gravitacional y que en todo caso, no tuvo las facultades necesarias para preservar su vida.-, concluí.

Los burdeles han sido desde siempre cuna de crímenes pasionales y fachada de organizaciones al margen de la ley, y “El Holandés Errante” era un burdel que compraba personas en el mercado negro que habían previamente secuestrado, tenía entendido que manejaban otro tipo de negocios relacionados con el narcotráfico, en su mayoría con países del tercer mundo. Con esto en mente podemos dilucidar que un crimen tan habitual como el asesinato de una prostituta, y mas una prostituta que trabajaba secuestrada, jamás saldría a los medios o caería en manos de la ley, tenemos en consecuencia que, engalanado con esta impunidad me dispuse a abandonar la funesta habitación; acaricié por última vez su cadáver exquisito y su quebrado rostro manchado de escarlata, guardé mi revolver y acomodé mi corbata mientras me dirigía a la puerta y me marché; en el aristocrático pasillo me encontré una escena imposible y que me ahuecó el alma, una pareja sostenía relaciones sexuales en público, mientras que algunos huéspedes fisgoneaban desde las puertas de sus habitaciones, el hombre colocó un pié sobre el mueble de una costosa mesa de ébano, en la cual había una antigua lámpara purpura, y al llegar a este punto la mujer se le acercó reptando para practicarle sexo oral.

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