Los crímenes de Laura: Capítulo cuarto

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RESUMEN

Ella engañaba, mentía y tramaba para poder acabar entre sus brazos, él engañaba, mentía y tramaba para hacerla caer en su lecho.

Un ejemplo para la comunidad.

 

Nivel de violencia: moderado.

 

Aviso a navegantes: La serie “Los crímenes de Laura” contiene algunos fragmentos con mucha violencia explícita. Estos relatos conforman una historia muy oscura y puede resultar desagradable a los lectores. Por lo tanto, todos los relatos llevarán un aviso con el nivel de violencia que contienen:

 

-Nivel de violencia bajo: El relato no contiene más violencia de la que puede ser normal en un relato cualquiera.

-Nivel de violencia moderado: El relato es duro y puede ser desagradable para gente sensible.

-Nivel de violencia extremo: El relato contiene gran cantidad de violencia explícita, sólo apto para gente con buen estomago.

 

 

El pequeño Hugo dormía plácidamente en su camita cuando su madre entró en la habitación primorosamente decorada. Él no pudo ver como la mujer abría las persianas, ni como apartaba las cortinas, pero si sintió el efecto de los rayos del sol calentando su cuerpo, y se removió en sueños.

-Mi pequeñín, despierta, ya es hora de levantarse –canturreó la joven madre mientras se tumbaba junto al niño-. Hace un día estupendo para que lo malgastes ahí tumbado.

-¿Dónde está papá? –preguntó Hugo mientras se desperezaba.

-Hoy no estará en casa, está muy ocupado- respondió la madre alegremente-. Se fue anoche después de… Da igual, hoy tenemos todo el día para nosotros.

El muchacho abrazó a su madre que se recostó junto a él, disfrutando de los arrumacos del pequeño. El joven Hugo se sentía feliz de poder pasar el sábado con ella sin ninguna interrupción. No era que no quisiera a su padre, si le quería, un niño debe querer a su padre, siempre le habían dicho eso, lo que nunca le habían especificado era si un padre debe querer a su hijo.

-Vamos gandul –rió la muchacha mientras se levantaba arrastrando al chiquillo con ella-. Te he preparado crepes para desayunar, vamos abajo.

El niño rió y persiguió a su madre por las escaleras de la gran casa familiar hasta que llegaron a la cocina. El aroma era delicioso y al joven se le hizo la boca agua. La bella mujer le sirvió una generosa ración de finas tortitas francesas y depositó junto al plato un gran vaso de leche. Observó la cara amoratada de su hijo, por la paliza que había recibido la tarde anterior, mientras éste daba buena cuenta de todo el desayuno con felicidad, y sonrió. Así es como debería vivir un muchacho de su edad y no estando siempre aterrorizado por lo que su padre pudiera hacerle.

Había conocido al padre del muchacho muchos años atrás. Él era un joven apuesto de familia humilde, mientras que ella era un bombón de orgulloso abolengo. Los padres de Ignacio eran pobres gentes incultas, que habían dedicado su vida al trabajo duro, pero honrado, en el campo, y él no tenía ninguna intención de imitarlos. Su vida y su suerte cambiaron repentinamente el día que conoció a una preciosa joven de ígnea melena reluciente y verdes ojos vivarachos, con los que lo contemplaba todo con la curiosidad de quien es prisionera en su propia casa.

Ese día, la joven había conseguido por fin, permiso de sus progenitores para visitar el campo junto a unas compañeras de estudios. A sus padres no les hacía ninguna gracia darle aquella libertad, pero mediante argucias y chantajes, la bella adolescente consiguió finalmente salirse con la suya. Tal vez aquella pareja de alcurnia sospechaba el papel que guardaba el destino para su hija y por eso eran tan protectores con ella, pero si hay algo seguro sobre el destino, es que no puedes escapar, jamás, de él.

El joven Ignacio trabajaba aquel día, como todos, de jornalero en uno de los latifundios de un gran señor. Con su torso bronceado desnudo, bien torneado por el intenso trabajo, y la frente perlada de sudor, era una visión enriquecedora para cualquier joven dama. Casualmente, aquel día, un grupo de adolescentes ostentosas y pudientes, habían decidido pasar la mañana por aquellos campos, propiedad del padre de una de ellas. Las chicas reían y correteaban como colegialas, atrayendo la atención de todos los trabajadores, y por supuesto, la de Ignacio.

La joven hija del señor, reconoció al apuesto muchacho entre los campesinos y lo llamó a voces, no era la primera vez que se encontraban, y ella ya había saboreado los placeres que el joven sabía prodigar. Ignacio abandonó sus tareas y fue al encuentro de las muchachas. La primogénita del patrón, que parecía ser también la líder del grupo, hizo las presentaciones. Todas las amigas actuaron con descaro, excepto la tímida chica pelirroja, que no había tenido jamás encuentro alguno con un varón de su edad.

Tal vez el amor a primera vista exista, quizás la chispa que nace cuando dos almas gemelas cruzan sus caminos sea real, o puede ser que los jóvenes sólo vieran en el otro lo que más anhelaban, riqueza y poder, él; libertad y pasión, ella. Sea como fuere, los adolescentes quedaron prendados el uno del otro al instante. Desde ese día comenzó una tortuosa y secreta relación, que acabaría siendo la perdición de la bella muchacha de melena carmesí. Ella engañaba, mentía y tramaba para poder acabar entre sus brazos, él engañaba, mentía y tramaba para hacerla caer en su lecho.

Con el paso de los meses, el rumor del romance prohibido viajó de labios maliciosos a oídos indiscretos, hasta que finalmente, se detuvo entre los muros que compartía la muchacha con sus padres. Hubo gritos, hubo lágrimas, hubo palabras dolidas, tensión y resentimiento. Pero como no hay fuerza más poderosa que el amor, tal vez sólo el odio sea equiparable, la joven ideó su última jugada. Poco tiempo después, se celebró la gran boda entre la princesa enamorada y el mendigo interesado. Hugo, un precioso niño, casualmente sietemesino, fue la culminación del amor y la pasión.

Y aquel momento fue el principio del fin. Desde el nacimiento del vástago, la vida de la joven madre se tornó pesadilla. Su marido, ahora don Ignacio Idalgo, fue acogido en la familia, y pronto demostró su valía. El padre de la joven reconoció ante su hija que se había equivocado al juzgar a su marido, ella jamás tuvo el valor para decirle que no se había equivocado en absoluto. Fuera de casa, el señor Idalgo era un ejemplo para la sociedad, un buen padre de familia, cristiano, caritativo y generoso. Bueno con los trabajadores, y atento a las necesidades de todos los que le rodeaban, era el hombre perfecto, el padre ideal, el marido de ensueño.

Pero de puertas hacia dentro, la cosa era bien distinta. El monstruo interior de aquel hombre vagaba libremente por sus dominios. Las palizas a la joven eran normales, y a punto estuvo varias veces de encontrar la muerte a manos de aquel al que amaba. Ella lo disculpaba, trataba de comprenderlo, trataba de ser una buena esposa. Pero nada de lo que hiciera era nunca bastante. Conforme el niño fue creciendo, la ira de Ignacio se dividía ente aquellas dos almas inocentes que él consideraba de su propiedad. La joven madre era capaz de aguantar las palizas más violentas con cierta resignación y estoicismo, pero no podía soportar ver a su marido agredir a aquella criatura virginal. Durante la última década, había llegado a provocar la ira de su marido contra ella misma para evitar que se centrara en el pequeño Hugo, recibiendo más golpes de los que era capaz de recordar.

Habían sido diez terribles años de terror, de tristeza, de amargura. Se culpaba a sí misma por haber sido tan ingenua, por no haber escuchado las sabias palabras de sus padres, por haberse dejado engañar. No podía comprender como aquel hombre dulce y cariñoso del que se había enamorado, aquel hombre dulce y cariñoso que seguía siendo en público, se podía transformar en aquel monstruo terrorífico.

Con el paso de los años se iba sintiendo cada vez más sola y desdichada. Al principio, tras las palizas, él se mostraba algo más atento, más cariñoso, pero llegó un momento en el que ya ni la miraba. Sólo le ponía la mano encima para agredirla brutalmente. Sabía con certeza que la vida sexual de su marido era muy activa, debía tener decenas, si no cientos de amantes, mientras que a ella ya nunca se arrimaba. Y era mejor así, porque ella tampoco le deseaba. Aquel ser despreciable que era Ignacio Idalgo sólo le producía asco.

Pero su vida había cambiado drásticamente hacía unos meses. Había conocido, en el grupo de trabajo parroquial al que Ignacio la obligaba a asistir, para guardar las apariencias, a un hombre bueno, sincero, tierno y sensual. Un hombre al que al principio había evitado, por temor a la posible reacción de su marido, pero que con el tiempo había ido conquistándola. Poco a poco había ido abriéndose a aquel hombre, e incluso le había confesado, entre lágrimas, el mal sueño en el que se había convertido su vida. Los encuentros amigables en la iglesia, aprobados por Ignacio, se fueron sustituyendo paulatinamente por encuentros menos inocentes y cada vez más furtivos.

Y cada vez que se encontraban, ella temía, temía por él, temía por ella y, sobre todo, temía por su hijo. Sabía que jugaba con fuego a un juego muy peligroso, si Ignacio los descubría, las consecuencias podían ser terribles. Pero la necesidad de sentirse amada, la necesidad de cariño, de mimo, de atención, la lanzaban una y otra vez en brazos de aquel hombre con el que había redescubierto el significado de amar.

-Mamá –dijo el chiquillo, sacando a su madre de aquellas cavilaciones, mientras masticaba una de las crepes amorosamente preparadas-. ¿Por qué papá no me quiere?

-Tu padre… Tu padre sí te quiere –contestó la madre de la criatura con un nudo en el estómago-. Lo que pasa es que no sabe expresarlo…

-¿Tú me quieres?

-Yo te amo con todo mi corazón, mi vida –dijo la mujer intentando contener las lágrimas y abrazando al joven que se había puesto en pie para acercarse a su madre.

-¿Por qué lloras, mamá?

-Porque estoy muy feliz de tenerte aquí, a mi lado, porque eres lo más importante para mí y porque te quiero mucho.

-No llores mamá, no me gusta verte llorar.

La mujer se secó las lágrimas, llorando y riendo al mismo tiempo. Aquellos momentos eran por los que merecía la pena vivir.

-Entonces –continuó el chiquillo-. ¿Papá se fue ayer después de… de pegarme?

-Sí, cariño, tenía noche de caza y no volverá hasta el anochecer, o tal vez mañana.

-¿Y no te pegó anoche?

-No cariño, y no digas esas cosas de tu padre.

-Y entonces… ¿Por qué gritabas?

La joven madre palideció mientras el corazón le daba un vuelco. Mierda, aquello podía suponer un gran problema, su hijo era incapaz de guardar un secreto para con su padre, al que temía y respetaba por igual. Si los había visto podía darse por jodida, porque seguro que Ignacio acabaría enterándose de todo. No tendría que haber sido tan temeraria.

-Ahora no te preocupes por eso, cariño… ¿Ya has acabado de desayunar? Venga, vístete y nos vamos al parque.

El niño se levantó y corrió escaleras arriba para cambiar el pijama por algo más cómodo mientras la madre recordaba los acontecimientos del día anterior…

Había llegado a casa temprano, como todos viernes, y preparó con esmero la merienda para el pequeño Hugo que aún no había regresado del colegio. El chaval entró en casa temeroso de encontrarse con su padre, pero afortunadamente, sólo encontró a su amorosa madre con un sándwich y un vaso de leche, esperándole en la cocina. El chiquillo devoró la merienda y salió arrastrando a su madre a la parte trasera de la casa, a jugar con ella sobre la hierba. No eran muchas las ocasiones en que el niño pudiera ser un niño, y la mujer deseaba que las aprovechara al máximo.

El ruido de la puerta de entrada alertó a la joven, que inmediatamente llamó a su hijo. Este, conocedor de los peligros que conllevaba infringir cualquier norma, corrió a su lado, dedujo por la cara pálida de su madre, que su padre había vuelto, así que respiró hondo y abrazó a la joven pelirroja.

-Vamos, cariño, ha venido tu padre. Y sabes que le gusta que vayas a saludarle cuando llega.

-Pero mamá, yo me quiero quedar aquí, contigo –el niño protestó ligeramente, sabiendo que no tenía opción, que en aquella casa imperaba la ley del más fuerte, y el más fuerte había llegado.

La madre acarició el cabello del hijo de forma tranquilizadora y anduvo hacia la vivienda seguida muy de cerca por el pequeño, que casi se enredaba entre sus piernas. Cuando atravesó la puerta trasera de la casa para entrar en la cocina, y pudo observar el rostro de su marido, el alma se le contrajo. La cara de Ignacio hablaba por si sola, no sabía ni qué ni quién, pero alguno de los dos le había hecho enfadar, y el que hubiera sido, lo pagaría. El niño también advirtió el peligro y se refugió tras las largas piernas de la mujer.

-¿Ya has merendado, Hugo? –La voz de Ignacio sonó extremadamente fría y cruel.

-Sí, papá, la mamá me ha preparado un…

-¡Silencio! –Rugió el hombre-. No me importa en lo más mínimo lo que esta mala mujer te haya preparado para merendar. Lo que quiero saber es qué hace el plato y el vaso sobre la mesa… ¿No te he dicho nunca que has de recoger la mesa cuando acabas de comer?

-Perdona, cariño, hemos salido a jugar y no nos hemos dado cuenta, ahora mismo lo recojo –intentó calmarlo la madre mientras corría a quitar el plato de la mesa.

-No estoy hablando contigo, mala puta –dijo Ignacio con rabia, golpeando brutalmente en la cara a la joven con el dorso de la mano-. Es su merienda y él deberá recogerla.

El niño se acercó temeroso a la mesa mientras la madre intentaba contener las lágrimas. No era por el dolor del guantazo, a eso estaba bastante acostumbrada ya, era por el fundado temor sobre lo que pasaría a continuación. Cuando Hugo hizo amago de coger el plato, su padre lo agarro de los pelos y le estampó la cabeza sobre la mesa. No necesitaba más excusas, nunca las necesitaba.

-Esto es lo que pasa cuando no te portas bien.

-Por favor, déjalo, es sólo un niño, la culpa ha sido mía, por favor –rogó la madre interponiéndose entre su marido y su hijo.

Ignacio golpeó nuevamente a la mujer tan fuerte que esta se desplomó en el suelo.

-Quiero que salgas de aquí ahora mismo -bramó Ignacio-. Porque si no lo haces, te mataré, pero primero mataré al pequeño Hugo ante tus propios ojos, le sacaré las tripas para que lo veas, y después te las sacaré a ti. ¡Fuera! Fuera de aquí. Eres una mala mujer, una mala esposa, una mala madre, y nunca serás nada más… ¡Fuera de esta maldita casa!

-Vete, mamá, no le hagas enfadar más, por favor, vete, yo me quedaré con él.

La mujer se levantó apoyando sus manos en el frío suelo y salió de la cocina entre lágrimas. Sabía que su hijo tenía razón, cuando Ignacio se ponía así, lo mejor era no contrariarle. Se sintió orgullosa del joven Hugo por su valor y coraje, aún sabiendo lo que le esperaba en su ausencia, pero no había opción, no había otra manera, sólo podía desearle lo mejor a su hijo y esperar que el padre no fuera excesivamente duro con él.

La dolida madre salió de la casa y corrió calle abajo, no sabía dónde ir, no sabía a quién acudir. Y de pronto pensó en acudir a él, a su amigo, a su amante. Rápidamente caminó hacia casa del doctor Juan José Juárez, con el que tanto había compartido durante los últimos meses. Golpeó la puerta con todas las fuerzas que le quedaban y cuando su amado abrió, ella se derrumbó en sus brazos llorando.

-¿Qué te pasa, querida? –Preguntó el hombre tomado por sorpresa-. ¿Por qué lloras?

-Le está pegando otra vez –gimió la chica-. Y me ha obligado a marcharme para que no lo pueda impedir.

-Vamos, preciosa, no llores más, ahora mismo me pongo el abrigo y vamos a tu casa. Se va a enterar ese hijo de puta.

-¡No! Ni se te ocurra. Si aparecemos allí te matará, o nos matará a los dos.

-No te preocupes, yo sé cuidar de mí mismo…

-No, no lo entiendes, no dudará un momento en matarte, o en enviar a un grupo de matones para que acaben contigo, o incluso podría matar a Hugo –la mujer rompió a llorar desconsoladamente sólo de pensar el destino que podría sufrir su pequeño-. Sólo déjame quedarme aquí unas horas, él esta noche tiene caza, y se irá. Cuando no esté en casa volveré a ver como está Hugo.

-De acuerdo, quédate el tiempo que quieras, sabes que esta es tu casa, pero cuando te vayas, te acompañaré.

-No, si te viera alguien…

-Tranquila, soy médico, si alguien me ve, sólo tienes que decir que has venido a buscarme porque Hugo estaba indispuesto.

-¿Y si él se entera?

-Le dices lo mismo, que Hugo estaba muy mal por los golpes y que estabas asustada.

La joven madre no estaba muy segura sobre aquel tema, Ignacio jamás permitiría que un extraño viera a su hijo en ese estado, pero finalmente accedió ante la presión del doctor Juan José. Era un hombre dulce y cariñoso, y sólo pensaba en lo mejor para ella y para el pequeño. Además, no estaría de más que un médico reconociera a Hugo para ver si estaba bien. Algún día, pensó, algún día nos iremos los tres, Juan José, Hugo y yo, nos fugaremos, nos iremos lejos, tan lejos que Ignacio sea incapaz de encontrarnos, y seremos felices.

El resto de la tarde pasó con una lentitud asombrosa. La joven madre consiguió aparentar cierta serenidad, pero no hacía más que pensar en lo estaría sufriendo su hijo. Por el contrario, el doctor Juan José Juárez estaba muy preocupado por ella. No entendía como aquella preciosa joven de melena escarlata y ojos aceituna podía soportar semejante tormento. De buena gana hubiera puesto remedio inmediato a su sufrimiento, arremetiendo contra el indecente del marido, pero ella jamás se lo hubiera permitido. Él no entendía el porqué, pero si hubiera intentado acabar con la vida de don Ignacio Idalgo y no lo hubiera conseguido, los tres, madre, hijo y amante, hubieran muerto en extrañas circunstancias, aunque si por suerte hubiera alcanzado su objetivo, alguien habría dispuesto a vengarle, seguramente con idéntico resultado, y eso la muchacha lo sabía.

Pasadas las nueve de la noche, la pareja de amantes furtivos se encaminó hacía la gran casa que compartían la atractiva madre, el inocente hijo y el desalmado padre. Cuando atravesaron el umbral sólo encontraron un silencio ensordecedor, un silencio que lo llenaba todo. La mujer se estremeció y corrió hacia la habitación del niño, temiéndose lo peor. Suspiró aliviada cuando encontró al pequeño, durmiendo placidamente en su camita, con la cara marcada brutalmente, pero ahora ya relajado. El doctor Juan José anduvo tras la madre y entró en la habitación del muchacho mientras esta se sentaba en el borde de la cama y besaba al niño en la frente, que se removió intranquilo. 

-Déjame que le dé un vistazo –pidió el doctor mientras abrazaba a la mujer por la espalda.

-Pero no le despiertes, necesita descansar –dijo la mujer en un susurro, girándose hacia el médico con los ojos humedecidos por las lágrimas que intentaba contener.

-No te preocupes, iré con mucho cuidado –prometió Juan José acercándose a la madre y depositando un tierno beso en los labios de ella con intención de tranquilizarla.

Ella sonrió tímidamente y se apartó del catre, permitiendo al hombre acercarse a su hijo. El doctor Juan José Juárez destapó al infante con cautela y recorrió el cuerpo del pequeño con las manos buscando signos de contusiones graves o fracturas.

-Parece que no tiene nada roto, si no, no dormiría tan tranquilo.

-Su padre sabe como pegar sin dejar pruebas, te lo digo por experiencia.

-Sí, las marcas desaparecerán en pocos días, pero aún así, las de la cara son muy visibles.

-Si está muy mal no le dejará ir al colegio, y si no, el chico sabe lo que tiene que decir… Nadie sospecharía nunca de Don Ignacio Idalgo, buena persona, buen marido y buen padre.

-Y buen hijo de puta –añadió con rabia el doctor, acercándose a la bella joven preocupada, pasándole la mano por la cintura y atrayéndola hacia sí, intentando calmarla.

-Vamos bajo, dejemos que Hugo descanse –respondió la mujer.

Los amantes bajaron las escaleras, dejando al pequeño niño durmiendo en su cama, y entraron en la cocina de la gran casa solariega. La joven mujer ofreció una copa de vino a su acompañante, que aceptó sin dudar. La conversación se alejó de temas dolorosos y a los pocos minutos ya compartían complicidades y bromas de forma distendida. La tensión acumulada por ambos durante las horas anteriores fue disipándose poco a poco mientras el contenido de la botella iba disminuyendo. Un roce inocente, una caricia juguetona, una mano que cae sobre otra y la estrecha, un beso amistoso, conforme hablaban y bromeaban sus cuerpos iban acercándose más y más, diciendo con gestos lo que ninguno decía con palabras.

Finalmente, la joven madre no pudo soportarlo más y se abalanzó sobre el doctor, escondiéndose entre sus brazos. Juan José, que ya hacía rato que deseaba aquello, la estrechó contra sí y fue en busca de los labios de ella. El beso detuvo el tiempo y el espacio, y durante aquellos segundos que sus lenguas se entrelazaron lúbricamente el mundo entero dejó de girar. Por un instante todo dejó de existir, y lo único real eran ellos dos, fundidos en uno, más allá del reloj.

Dicen que hay momentos en los que el tiempo se para, y es verdad, lo que no dicen, es que cuando vuelve a ponerse en marcha se mueve aún más rápidamente, para recuperar lo perdido. Y así fue en este caso, la pareja de amantes casi no pudo pensar, casi no pudo sopesar las posibles consecuencias de lo que hacían, simplemente se dejaron llevar por la marea del tiempo que volvía a su curso.

Entre besos pasionales y caricias sensuales subieron las escaleras en dirección al lecho marital de la joven madre, deshaciéndose de sus ropas por el camino. Ninguno pensó el riesgo que aquello conllevaba, porque en aquel momento sólo existían el uno para el otro. El recorrido por el pasillo de la planta superior no fue más tranquilo y en pocos segundos habían llegado a la habitación principal del domicilio.

La mujer fue conducida por su acompañante hacia la cama con ternura y firmeza, dejándose guiar por los fuertes brazos sin oponer resistencia. Ambos amantes cayeron sobre las sábanas, enredando sus cuerpos entre besos y abrazos. Sus torsos desnudos se frotaban lujuriosamente, las largas piernas se arremolinaban entre ellas y los cuatro brazos acariciaban frenéticamente, restregándose por cada centímetro de piel, dando la sensación de que sobre el colchón había un solo ente en movimiento espasmódico.

El doctor Juan José deslizó sus manos hasta alcanzar los pechos de la joven y los acarició mimosamente, repasando los pezones con los labios. Ella, recostada de espaldas en la cama, gemía quedamente ante el agradable contacto que tanto anhelaba  El hombre recorrió el vientre de su amante con la lengua mientras sus manos expertas descendían hacia el sexo de la mujer que rebosaba flujos debido a la inmensa excitación.

Cuando el doctor introdujo uno de sus dedos en aquella húmeda oquedad, la chica no pudo reprimir un grito de placer que resonó por toda la casa. La excitación iba en aumento conforme los besos del hombre se desplazaban hacia la entrepierna de la mujer, cuando la lengua de Juan José comenzó a lamer el hinchado capuchón de la joven acompañando el movimiento rítmico de sus dedos en el interior de ella, los gritos y los suspiros impregnaban toda la vivienda.

El doctor Juan José no lo dudó y con un movimiento brusco introdujo su tieso bálamo en el interior de la mujer. Las embestidas del hombre fueron aumentando de velocidad mientras ella alzaba las caderas permitiendo que aquella tranca que la empalaba entrara cada vez a mayor profundidad. Los jadeos y gemidos marcaban el ritmo de aquella peculiar danza que poco a poco se iba haciendo más desacompasada. A los pocos minutos de follar como animales, la mujer tensó su cuerpo suspirando, el doctor, comprendiendo lo que esto significaba, aumentó la velocidad de sus embates.

Entre gritos y maldiciones, la joven madre alcanzó un intenso orgasmo que la hizo temblar espasmódicamente. Juan José no pudo contener más su maná y vació todo el contenido de sus huevos llenando a la mujer de su viscoso semen. La pareja de amantes cayó rendida, él sobre ella y ambos sobre la cama. Ninguno de los dos se percató del pequeño niño que lo observaba todo desde la puerta entreabierta con cara de preocupación y que, sin decir nada, viendo que todo parecía haber acabado, volvía a su cama sin hacer ruido.

Un rato después, el doctor Juan José Juárez salía furtivamente del domicilio familiar con la esperanza de que nadie siguiera sus pasos. Desafortunadamente, un par de ojos indiscretos parecían haberle reconocido.

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