Tiempo perdido (08)


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RESUMEN

Nunca pensé las consecuencias que podría tenter en mi vida presente, el publicar estos relatos sobre cosas que sucedieron hace más de diez años. Pero alguien que no debía, ha leído estos relatos. Ahora, el pasado se ha metido otra vez en mi cama.

En principio este relato tenía que ser la continuación del anterior. Después de escribir el séptimo episodio de mis aventuras sexuales con mi madre tenía pensado dedicar este octavo capítulo a contaros como había sido la relación con mi prima y con mi tía y el cómo y el por qué ambas relaciones terminaron tan solo unos meses después de acostarme con mi prima por primera vez.

Pero lo sucedido en el último mes me ha obligado a cambiar mis planes. Para que comprendáis mejor lo sucedido os haré un breve resumen de mi historia. En noviembre de 1989, cuando yo tenía diecinueve años y mi madre cuarenta y cuatro, comenzamos una incestuosa relación sexual que se prolongó hasta el verano de 1994. Fueron cinco años de mi vida. Sin duda alguna, los mejores años de mi vida sexual. No sólo por la relación con mi madre, motivo más que suficiente para convertirlo en una época irrepetible. También por los demás sucesos, como la relación con mi prima y mi tía que todos conocéis y por otros que tendréis noticias en capítulos próximos. Sin embargo, hay algo que no pensaba desvelar aún y es el por qué aquella relación tan fantástica con mi madre, terminó. Sin embargo, para contar lo que a continuación pretendo narrar, es necesario que lo haga.

En el otoño de 1993 conocí a Belén y nos hicimos novios. Empezamos a salir en el mes de octubre. Durante ese período hasta el mes de agosto de 1994, yo seguí manteniendo relaciones sexuales con mi madre. Por supuesto clandestinas. Belén nunca supo nada. En agosto de 1994, Belén, que era 4 años mayor que yo y que tenía, por lo tanto 28 años, me pidió que me fuese a vivir con ella. Yo lo deseaba y así se hizo. Pero pagué un precio. Mi madre y yo, tras una agotadora sesión de sexo filial en nuestro chalet de la Sierra y una no menos agotadora charla, decidimos que había llegado el momento de poner punto final a nuestra incestuosa relación. Los motivos son muy complejos y no vienen a cuento así que es mejor que no los exponga. Dos años más tarde, en diciembre de 1996, nacía nuestra primera hija, Irene. Y un año más tarde, su hermano Daniel. Mi turbulenta vida sexual quedaba atrás definitivamente con el nacimiento de mis hijos. Belén ha sido desde entonces mi única compañera de cama. Y ella nunca ha sabido que durante años me tiré a mi propia madre. Ni siquiera que durante meses me lo hice con mi tía. Sólo sabe que tuve un rollo extraño con mi prima pero nunca la di muchos detalles.

Estudié Empresariales pero sus salidas profesionales no me entusiasmaban así que opté por la docencia y saqué una plaza de profesor en un instituto de enseñanza media. En el último año y medio mi relación con Belén ha ido cayendo en la lógica rutina y por eso empecé a navegar en la red y llegué a esta web en busca de emociones fuertes. La idea de contar mi experiencia con estos relatos fue tomando cuerpo poco a poco y cuando me he querido dar cuenta he escrito siete capítulos y tengo al menos media docena de ellos preparados, esperando únicamente algo de tiempo libre para poder escribirlos. El escribir estos relatos me ha obligado a revisar los diarios y los relatos que escribí en aquella época. Como entonces, ha resultado ser una buena terapia y aunque mi vida sexual no vuelva a ser apasionante, no siento ninguna frustración.

Pero hay algo con lo que no había contado y que es la causa principal de que hoy esté escribiendo estas líneas y no el relato de cómo me fue con mi tía y mi prima. Hace tres semanas recibí una aparentemente inocente llamada de mi madre. Me pedía que quedásemos a comer para hablarme de un tema personal. Como yo entraba nuevamente a clase a las 4, decidimos comer cerca de mi instituto. A las dos en punto, estábamos sentados en la mesa de un restaurante de media categoría. Mi madre se había arreglado especialmente pero con clase. Sin pretender disimular los 58 años que ya tiene pero sacando verdadero partido de los encantos que aun la quedan. Ni siquiera me di cuenta de que la mesa estaba apartada del resto de las mesas algo más de lo normal.

Empezamos hablando de cosas superficiales. Me preguntó por Belén y los niños. Yo le pregunté por ella y por mi padre. Hablamos de trabajo... hasta que a media comida ella soltó la bomba. Aunque fui yo quien la activo.

-Bueno, ¿qué era eso sobre lo que querías hablarme? –ella sonrió, hizo un gesto falso como de haber olvidado el motivo real de aquella comida y sacó su bolso. Rebuscó y sacó una carpeta. La dejó encima de la mesa, frente a mi. La miré extrañado y miré la carpeta.

-¿Y esto?.

-Ábrelo –me dijo ella. Obedecí y allí encontré, impresos en folios por las dos caras, apilados unos sobre otros, los siete capítulos hasta ahora publicados, de esta serie: "Tiempo Perdido". Me quedé blanco de la impresión. Luego me puse rojo de vergüenza.

-Eres tú ¿verdad?. Tú eres "incestator69" –no podía mentirla. Era absurdo. Tampoco podía hablar. Así que asentí sin dejar de mirar los relatos. De pronto noté la suave mano de mi madre en mi barbilla. Me obligaba a mirarla.

-Pensé en mandarte un mail. No podía creerlo. Debo confesar que al principio me enfadé. Pensé que te habías vuelto loco. Pero luego me di cuenta de que era imposible que nadie sospechase nada. No había suficientes pruebas. Has hecho un gran trabajo de camuflaje. Así que me relajé y me limité a esperar a que publicases un nuevo episodio para disfrutarlo a escondidas.

-¿Y por qué me lo cuentas? –debo contar que desde aquella noche ya lejana de 1994 en la que mi madre y yo habíamos puesto fin a nuestra relación, nunca volvimos a hablar del tema. Como si nunca hubiésemos intercambiado ni siquiera una fugaz mirada de deseo. Al principio fue difícil pero con el tiempo nos acostumbramos y casi conseguimos tener una relación madre-hijo totalmente convencional. Por eso aquella ruptura total de nuestro pacto de silencio era tan extraña para mi.

-Hace unas semanas, cuando publicaste el capítulo 6, la primera parte de aquella noche loca que pasamos en el chalet, sentí algo extraño, algo que no había sentido con ninguno de los otros relatos. Sentía que había perdido algo y que deseaba recuperarlo. Esperé al siguiente capítulo antes de decidir nada. Cuando lo leí entendí lo que me pasaba y decidí lo que tenía que hacer. No podía dejarlo para más adelante. Porque corro el riesgo de no hacerlo nunca –en ese momento empecé a tener una intuición de lo que mi madre estaba a punto de pedirme.

-Verás mamá, Belén y yo... o sea, yo nunca... –ella sonrió cínicamente antes de interrumpirme.

-¿Sabes? En estos nueve años que han pasado desde la última vez, hay algo que nunca he terminado de asimilar. Durante cinco años yo me debatí con mi conciencia. Estaba engañando a tu padre al acostarme contigo. Le estaba poniendo los cuernos con nuestro propio hijo. Sin embargo había una convicción aún más fuerte que la de no querer mentirle, incluso más fuerte que el deseo que sentía por ti. Era mi obligación conmigo misma de ser feliz. Y si en aquella época, hubiese dejado de acostarme contigo por no engañar a tu padre, me habría sentido muy desgraciada y muy infeliz. Por eso no he logrado perdonarte que tú no hicieras lo mismo con Belén –yo bajé la cabeza sintiéndome culpable. Habíamos llegado al postre. Mi madre me miró fijamente.

-Tengo una amiga que vive dos calles más arriba, me ha dejado su piso, esta es la dirección –me dijo garabateando unas letras en una servilleta –estaré allí toda la tarde.

Mi madre se levantó y salió del restaurante cargada de dignidad. Yo pagué y me fui al instituto pero no entré en clase. Me quedé en mi despacho, encerrado. A mis 33 años recién cumplidos me enfrentaba al siguiente dilema: mi madre, una mujer madura de 58 años, me acaba de pedir que me acostase con ella, que le hiciese el amor, que me la follase. Durante cinco años de mi vida post-adolescente, aquella mujer, mi madre, había sido mi amante. Pero aquello parecía pertenecer a otra vida de lo lejos que me quedaba. Apenas recordaba como era verla desnuda. Me costaba evocarla subida sobre mi, penetrada, gritando de placer. Ni siquiera sabía si la deseaba. Se conservaba bien pero no dejaba de ser una mujer mayor, de casi 60 años. ¿Y si al verla desnuda descubría que era una vieja con los pechos y el culo caídos, con la carne flácida?. Sinceramente, no lo parecía pero si había conseguido engañarme y era así, siempre la recordaría de esa forma. Se borraría el recuerdo de aquella atractiva y sensual mujer madura de 45 años con la que años antes tanto había gozado del sexo, explorando sensaciones imposibles con otra mujer.

Después de una hora de cavilaciones, descolgué el teléfono y la llamé al móvil.

-Dime –contestó con una voz seca que disimulaba su ansiedad.

-¿Estás segura, mamá?.

-Si, hijo, si lo estoy. Pero no lo haré si tú no estás seguro.

-No es eso mamá. Es que... hace mucho tiempo. Aquello fue increíble. Y no sé si lo joderemos todo ahora por querer sentir aquello otra vez.

-Jose, cielo. No se trata de sentir aquello otra vez. Se trata de sentirnos ahora. Claro que no será como hace diez años. Es una tontería desearlo así. Yo era mucho más fogosa. Y seguro que tú también. Mi cuerpo aún era bonito y deseable. El tuyo era precioso. Aquel fue un sexo salvaje y animal para el que temo no estar preparada ya. Pero ahora puede ser igual de bonito, de otra manera pero igual de bonito –yo guardé unos segundos de silencio –de todas formas, no creas que te estoy proponiendo una nueva relación. Eso sería imposible. Sólo quiero hacerlo contigo esta tarde. Una vez más. Sentirte dentro nuevamente. Que te acabes dentro de mi al menos una vez más. Y eso si, que no nos cerremos ninguna puerta al futuro. Que si mañana vuelves a desearme, vengas a mi. Mamá siempre tendrá un hueco para ti en su cama... y en su rajita –esto último lo dijo muy bajito y con una voz muy sexy. Entonces me pareció estar hablando nuevamente con aquella mujer de 45 años con la que tanto había gozado. Por eso dije lo que dije y por eso hice lo que hice.

-De acuerdo. En quince minutos estoy allí.

-Gracias, mi amor –nos despedimos y yo salí apresuradamente del instituto. No creía lo que estaba haciendo. A mis 33 años, con un buen trabajo, una mujer y dos hijos, estaba caminando hacia un piso donde mi madre, con 58 años, me esperaba para que volviésemos a follar casi diez años después de nuestro último polvo.

En el ascensor ya subía empalmado y cuando mi madre abrió la puerta supe que había hecho lo correcto. Cerré la puerta tras de mi y nos quedamos parados en el pasillo, mirándonos, como 14 años antes cuando yo la había descubierto masturbándose mientras pronunciaba mi nombre y aquello nos llevó a la cama por vez primera. Pero es que además ella había tenido un detalle que termino por derrotarme: se había puesto el pijama que llevaba aquella vez. Nos sonreímos nerviosos.

-Te lo has puesto.

-Si, pensé que te haría ilusión –dijo mirándose el pijama. Volvimos a mirarnos.

-Vaya dos tontos. Después de tantas veces y míranos, aquí hechos un manojo de nervios, como si fuese la primera vez –me dijo ella sonriendo. Yo la miré a los ojos y me incliné para besarla en la boca. No hubo lengua, sólo labios. Pero apasionadamente. Como si no hubiésemos besado nunca. Luego nos abrazamos.

-Mamá –susurré yo a su oído. Ella no dijo nada, sólo se separó de mi y cogiéndome de la mano me llevó al interior del piso. Entramos en el dormitorio donde una cama sin colcha nos esperaba. Mi madre se detuvo y se giró hacia mi. Volvimos a besarnos pero esta vez metiéndonos bien la lengua. Yo puse mi mano en su nuca y la otra en su espalda. Empezaba a llegar al culo cuando ella se separó de mi. Entonces, con la misma sensualidad de 14 años antes, empezó a desabrocharse la chaqueta del pijama. Pero esta vez yo no era un adolescente inexperto y nervioso así que la retiré las manos y procedí a desnudarla con mis manos. Como la primera vez y como yo había supuesto, mi madre no llevaba sujetador debajo. Abrí la chaqueta y sus tetas se me aparecieron como dos enormes melones. Mamá había ganado unos kilos en los diez últimos años. Y si en algunas partes de su cuerpo la habían afeado como en las caderas o la tripa, sus tetas eran ahora más voluminosas y si cabe, apetecibles. No estaban tan firmes como las recordaba. Algo caídas y algo separadas pero seguían siendo bonitas.

-Sigues siendo preciosa. Y éstas dos siguen siendo maravillosas –dije poniendo las palmas de las manos bajo sus tetas y aupándolas, como si las estuviese pesando. Ella sonrió y yo me incliné hacia delante para volver a meterme los pezones de mi madre en la boca. Ella gimió y yo estrujé su teta derecha con mi mano mientras mordía su pezón izquierdo. Mi madre deslizó entonces una mano dentro de su pijama y empezó a acariciarse mientras yo seguía comiendo y manoseándole las tetas. Sus pezones pequeños y oscuros se pusieron duros como garbanzos con los lametones de la punta de mi lengua. Mi madre se corrió por primera vez aquella tarde.

-Ooooh, hijo, esto es maravilloso –dijo sentándose en la cama y dejándome de pie. Yo me empecé a quitar la camisa mientras mi madre me miraba expectante. Cuando terminé mi madre empezó a desabrocharme el pantalón. Unos segundos más tarde estaba en calzoncillos únicamente, delante de mi madre, desnuda de cintura para arriba. Tal y como estábamos colocados, ella sentada al borde de la cama y yo de pie justo enfrente de ella, me empezó a acariciar la polla por encima del gayumbo con la palma de la mano, apretándola bien.

-Ooooh, mamá –fue lo único que pude decir. Entonces mi madre me la sacó retirando enérgicamente el slip. Mi polla saltó tiesa delante de su cara.

-Quiero oírte decir lo que estás deseando que te haga –me dijo ella con lascivia en los ojos.

-Chúpamela, mamá, quiero que me la comas, que me hagas una mamada... como sólo tú sabes hacérmelas –ella empezó a pajearme pero no parecía muy decidida a metérsela en la boca aún.

-¿Sabes que hace seis años que no le como la polla a nadie? ¿Y sabes que no he comido ninguna polla como la tuya? Es la más bonita y la que mejor sabe. La polla de mi niño. ¿Recuerdas que la primera vez te corriste en mi cara casi sin tocarte? –los dos sonreímos recordando aquella tarde de hacia casi 14 años. Pero entonces ella dejó de sonreír y su cara se transformó en la expresión de la lujuria –Quiero que hoy te vuelvas a correr en mi cara. Quiero tu leche en mi garganta –y dicho esto se tragó mi polla. Entera. Y comenzó una feroz mamada. Se la sacaba y se la metía a una velocidad angustiosa. Varias veces noté como tocaba su garganta con la punta pero eso no parecía detener a mi madre que ansiaba sacarme el primer orgasmo de la tarde.

Yo tenía mi mano puesta en su cabeza para acompañar sus movimientos y gemía dominado por el placer. Había olvidado lo increíblemente placentero que era el que mi madre me comiese la polla. Miraba hacia abajo y veía su rostro, ya mayor, poseído por el deseo, mi polla salir y entrar brillante de su boca, sus tetas colgando. Me incliné ligeramente y estrujé una de ellas en mi mano. Mi madre me miró sin dejar de comerme la polla.

Iba a avisarle que me corría pero ella parecía saber que ese momento se acercaba así que se la sacó y me masturbó unos segundos violentamente hasta que un interminable chorro de semen salió disparado contra su rostro. Mi madre lo recibió con los ojos cerrados y la boca abierta. Se lo restregó por toda la cara ayudándose de la mano y se chupó los dedos pringosos. Entonces abrió los ojos y me miró sonriendo.

-Que bueno, amor, que bueno volver a hacer que te corras. ¿Te ha gustado?.

-Ya lo creo, mamá. Nadie la chupa como tú. Eres la mejor. Una auténtica zorra comepollas.

-Pues esta zorra comepollas está muriéndose porque el cabrón de su hijo la coma el coño. No se lo han comido en años y se muere por tener la lengua de su niño entre las piernas –mientras decía esto mi madre se acodaba en la cama y abría las piernas aún con el pijama puesto, insinuándoseme. Yo me arrodillé al frente de la cama y la agarré el pantalón por el elástico. Ella se alzó levemente, lo justo para que yo pudiese quitarle la última prenda que le quedaba porque, como había supuesto, tampoco llevaba las bragas.

Fui bajando muy despacio el pantalón, disfrutando de cómo se me iba apareciendo desnudo el coño de mi madre, años después de haberlo gozado por última vez. Me sorprendió comprobar que lo llevaba recién depilado. La miré sonriendo.

-Parece que estabas muy segura de lo que iba a pasar esta tarde –ella sólo me devolvió la sonrisa. Yo terminé de desnudarla y agarrándola por la cintura, me incliné sobre su vientre y lo besé. Ella se estremeció.

-Uuuuuhmmmmm –fue lo único que salió de su boca. Y su mano en mi cabeza, empujándomela hacia abajo, me señalaba el camino a seguir. Unos segundos más tarde estaba arrodillado al borde de la cama, con la cabeza enterrada entre las piernas de mi adúltera madre, comiéndola su ardiente coño con auténtica pasión. Mi lengua recorría su rajita, arriba y abajo, penetraba entre sus labios buscando sus límites.

-Oooooohh, dioooooooooos, que gustooooo, hijo, que gustooooo, que bieeeeeeeen, oooooohh, si –gritaba ella al tiempo que me daba tirones del pelo y me apretaba la cara con sus carnales muslos.

Sentí mi polla crecer de tamaño mientras conseguía que mi madre se corriese por segunda vez así que me incorporé. La expresión de la cara de mi madre era de felicidad absoluta. Había gozado al máximo hasta la última lamida que le había proporcionado en su rojiza raja.

-Ufff, amor, me matas, había olvidado tanto placer –me dijo reculando y quedando totalmente tumbada sobre la cama.

-Ahora te voy a joder, mamá, te la voy a meter por ese coñito tan precioso y voy a hacer que te corras –dije yo arrodillándome sobre la cama. Agarré a mi madre de los tobillos y ella sólo se abrió de piernas. Su mano derecha agarró mi polla enorme ya en esos momentos y la llevó hasta su entrepierna.

-A ver si es verdad, cabronazo, a ver si haces que grite de placer... antes si que lo hacías –en ese momento, con la punta de mi capullo colocada en su entrada, di una feroz embestida y mi rabo se clavo completamente dentro de mi madre. Los dos lanzamos unos alaridos de placer y unos segundos más tarde comencé a moverme sin dejar de agarrar sus tobillos para mantener bien abiertas sus piernas y permitir que me entrase hasta la base de los huevos.

Mi madre gritaba y se retorcía de placer en la cama mientras sus gordas tetas se bamboleaban acompasadamente al ritmo de mis embestidas. Sus manos se deslizaron hasta su coño y empezó a tocarse como podía mientras yo no dejaba de entrar y salir de ella, cada vez más rápido.

-¡¡Diooooooooooooos, siiiiiiiiiiii, siiiiiiiiiiii, amooooooooooooooor, oooooooooooooh, si, jódeme, jódemeeeeeeee, que bieeeeeeeeeen, amooooooooooooooor, oooooooooooooh, como me gustaaaaaaaaaa!!.

-¡¡Siiiii, mamaaaaaaaaa, te estoy follando, te estoy follando, mamaaaaaaaaa, eres mi puta y te estoy jodiendo tu rajita, córrete, córreteeeeeeeee!! –mi polla estaba brillante de tantos jugos y mi madre parecía desesperada. Me caía el sudor mientras seguía penetrándola. Sentí que me iba a volver a correr y las manos se me estaban entumeciendo de sujetar los tobillos de mi madre así que la dejé libre y saqué la polla de su coño. Mi madre me hizo tumbar y me montó. Así, como suena. Se clavó mi rabo en su chochito y empezó a moverse.

-Oooooh, mama, que buena estás, joder, que buena, como me gusta follarte, mama, como me gustaaaaaaaaaa.

-Si, mi amooooooooooooooor, a mi también. Oooooooooooooh, que bueno, que bueno tenerte dentro, otra vez. Oooooooooooooh, que gusto –era increíble la vitalidad y la energía de mi madre para moverse sobre mi con tanta velocidad.

La estrujé las nalgas hasta dejarle marcas. Ella se mordía el labio y seguía moviéndose así que me puse a estrujar igualmente sus tetorras. Estaba mayor, su cuerpo no podía esconder toda la evidencia de su edad y le sobraban unos kilos pero mi madre seguía follando como ninguna otra mujer y estar con ella en la cama era mejor que cualquier otra cosa que yo haya probado.

-¡¡Aaaaaaaaaaaah, siiiiiiiiiiii!! –fue mi grito cuando un prolongado orgasmo hizo que inundase el útero de mi madre que siguió moviéndose, sacando y metiendo mi polla se su rajita, unos segundos hasta que ella también se corrió.

Mi madre, con el pelo totalmente alborotado, sudorosa y con la respiración agitada, se tumbó casi sobre mi, a mi lado.

-Madre mía, hijo, había olvidado como me gustaba esto. No me corría así desde nuestros mejores tiempos.

-Ya, mamá. Yo estoy igual –estuvimos hablando unos minutos sobre el tiempo tan fantástico que habíamos pasado juntos y decidimos que el auténtico tiempo perdido que da título a esta saga han sido esos nueve años que han transcurrido desde que echamos el último polvo hasta la tarde que os he relatado.

Cuando quisimos darnos cuenta, se nos había hecho de noche. Mi madre y yo seguíamos desnudos, tumbados sobre la cama. Entonces ella se levantó para ir al baño y cuando la vi salir por la puerta, recordé cuanto me gustaba su culo cuando era su amante... y me di cuenta que aquella tarde no se lo había jodido. Así que me levanté y la seguí hasta el servicio. Allí estaba ella, mi madre, mi amante por siempre, sentada sobre el retrete, meando. Sonrió al verme entrar. Yo iba desnudo y mi polla estaba empezando a ponerse morcillona. Yo también la sonreí y no la dije nada, sólo la agarré de la mano y la hice que se levantara. Entonces la guié para que se diera la vuelta y se apoyara en el lavabo.

-¿Qué haces, amor?.

-Te voy a joder el culo, mamá. ¿No recuerdas cuanto me gustaba tu culo?. Me sigue pareciendo increíble –ante tal perspectiva mi madre no dijo nada, sólo se agachó un poco más y dejó que yo hiciese. Primero coloqué mi polla entre sus nalgas y me restregué un poco deslizándola. Mi madre gimió. Con este roce, mi polla terminó de ponerse dura del todo y yo procedí a humedecer el ano de mi madre con mi propia saliva y tres dedos que me sirvieron para dilatar su agujerito. Aquí mi madre empezaba a estar ansiosa.

-Ya, hijo, ya, métemela ya por favoooooor –y se empezó a masturbar, frotando con su mano derecha, su coño. Y como yo estaba deseando ensartar a mi madre, metérsela por el culo y volver a gozarla por detrás, pues obedecí... y poco a poco fui entrando en ella. Primero la punta y después el tronco, suavemente, saboreando cada centímetro que mi rabo conquistaba en el ano de mi madre.

-Te gusta ¿eh? mamá, te gusta que te joda este precioso culazo.

-Oooooh, si Jose, hijo mío, siiiiiiiiiiii, me gusta, me gusta que me jodas por detrás –empecé a moverme también muy lentamente. Mi madre estaba prácticamente recostada sobre el lavabo mientras yo la agarraba de las caderas y continuaba metiéndola y sacándola de su culo, que realmente era precioso. O al menos a mi me lo parecía. Tan redondo, con tanta carne. Y firme. Me encantaba sentir mi pelvis golpear contra sus nalgas con cada envite.

-¡¡Oooooooooooooh, siiiiiiiiiiii, Jose, no pares, no pareeeeeeeees, jódemeeeeeeeeeee, jódemeeeeeeeeeee, siiiiiiiiiiii, amor, tu mama quiere que le rompas el culo, quiere que su niño la joda bien jodida, oooooooooooooh!!.

-¡¡Mamaaaaaaaaa, me corro, me corroooooooooooo!! –grité yo sin darme tiempo a otra cosa que lanzar un buen chorro de semen al interior del ano de mi madre, con la polla totalmente metida en su culo. Cuando mi madre se giró hacia mi supe que feliz le hacía todo esto, que hubiésemos vuelto a follar tanto tiempo después y que fuese tan maravilloso. Nos besamos, nos abrazamos, nos magreamos y volvimos a la habitación.

Unas horas más tarde yo estaba en la cama de mi casa, junto a mi mujer, intentando quedarme dormido mientras rememoraba las imágenes de aquella tarde. El cuerpo desnudo de mi madre, gozando del sexo como nunca. Había vuelto a convertirme en su amante. No sabía a donde podía llevarnos esa locura pero lo cierto es que estaba dispuesto a arriesgar cualquier cosa, incluso mi matrimonio. No me malinterpretéis. No es que no esté enamorado de Belén, que lo estoy y mucho pero una madre es una madre. Y follar con tu propia madre... en fin, es incomparable.

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