«Chantaje, traición y a pesar de todo.. Amor (10)»

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Dominación


Categorías eroticos

RESUMEN

Su adiestramiento como esclava prostituta, completado. El respeto, temor y obediencia a los hombres, absolutamente logrados. Sólo le quedaba ya poder evitar ser sometida a prácticas de zoofilia como había visto, horrorizada, a algunas de sus compañeras. El lujoso harén la degradaba cada vez más.


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  • Autor: ferhil
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Me hizo firmar una inocente y sencilla solicitud de ingreso en su “club” con el que los socios fundadores de aquello se protegían ante posibles denuncias. Además de mi obligada firma, se adjuntaba a mi “expediente” fotocopia de mi documento de identidad. Contaban con eso y el convincente testimonio de mujeres que sí que estaban allí realmente por su propia voluntad en compañía de sus maridos o parejas.

Tuve que estudiarme a fondo el otro. Aquel que recogía todas las normas de obligado cumplimiento y que rezaba así:

Habiendo superado el examen de salud y por consiguiente considerada apta para el servicio en el Harén, deberás en adelante considerar que no tienes voluntad propia, criterio, ni mucho menos opinión, subordinando y cediendo tu cuerpo y mente a cuanto queramos disponer de ti. Por ello deberás observar escrupulosamente las siguientes reglas:

1.― Como norma general, deberás servir siempre completamente desnuda ofreciendo tu cuerpo siempre accesible, disponible y a la vista de los hombres. No obstante se te autoriza a vestir la ropa y calzado que en cada día y momento se te imponga cuidando con esmero tu aspecto como mujer, que en todo momento deberá ser muy femenino, atractivo y sexi.

2.― Cuidar con esmero el cuidado, necesidades y deseos de los hombres mostrando en todo momento absoluto respeto y diligencia en servirles, atenta siempre a que no carezcan de nada para su comodidad y confort, no permitiendo jamás que se molesten absolutamente en nada.―

3.― Permanecer inmóvil cuando seas tocada en cualquier parte de tu cuerpo, volviendo a reanudar tus tareas cuando quien te “examina” quede satisfecho.―

4.― Arrodillarte y limpiar respetuosamente con la boca el, o los dedos del hombre que los introduzca en tu vagina como simple tocamiento, así como sus genitales una vez te haya usado en la forma que desee.―

5.― Mostrarte dócil, servil, con humilde agrado y exquisita educación cuando seas requerida para cualquier cosa que se te exija.―

6.― Obedecer inmediatamente las órdenes de atenciones sexuales o de cualquier otra índole acatando con eficaz disposición lo que se te mande. Sin necesidad de orden verbal, una palmada en tus nalgas es la señal de que inmediatamente debes acariciar con delicadeza, discreción, y respeto propias de las mujeres los genitales del hombre por encima de su ropa. En privado, usar también tu boca al recibir dicha señal.―

7.― En algunas estancias de la mansión tus zapatos de tacón (de obligado uso) pueden resultar ruidosos y molestos por lo que en cuanto repares en ello, servirás y transitarás descalza por dichos lugares. Asimismo evitarás cualquier otra clase de ruido molesto.―

8.― En presencia masculina te está terminantemente prohibido hablar con las otras hembras, así como cualquier otra actividad a la que no estés debidamente autorizada.―

9.― Mostrar constantemente respeto a los hombres al cruzarte con ellos en pasillos, jardines etc.. haciendo notable reverencia con leve inclinación de la cabeza, flexionando las rodillas y recogiendo o separando la falda mostrándote a él o ellos.―

10.― Ocuparte con el mayor celo e interés de la limpieza de la casa cuidando con esmero cada detalle tanto en las dependencias que se te asignen como en cualquier otro lugar y momento, no siendo excusa el no estar en turno de limpieza si observas evidente suciedad o desorden que puedas subsanar.―

11.― Cuidarás la ropa y calzado que se te entregue evitando su deterioro en lugares que puedan provocarlo, descalzándote y/o desnudándote si fuese necesario.―

12― Absoluto respeto a todo ser que ostente su calidad de macho, entendiendo con ello que te subordinas tanto a los hombres, como a los animales de la finca.―

13.― En la estancia destinada a las mujeres, puedes moverte y hablar libremente pero siempre según las indicaciones de las instructoras. Fuera del recinto y a tu libre albedrío, sólo se te exige absoluta discreción y, ocasionalmente, atender a clientes fuera del recinto cuando se te reclame para ello.―

14.― La inobservancia y/o indiferencia a estas normas serán motivo de castigo que irá en proporción a la gravedad de la falta cometida. En cuanto a la inadmisibledesobediencia, quedas seriamente advertida de que aquí es poderosa y eficazmente erradicada con disuasorio escarmiento. Ningún hombre se privará de nada que desee en nuestro harén.. Absolutamente de nada.―

15.― En definitiva, se espera de ti un impecable comportamiento para goce, disfrute y relax de los hombres a quienes vas a servir. Logrado esto, esa será tu recompensa a cambio de tu esfuerzo y obligaciones como simple esclava que eres. Actuando por iniciativa propia, como buena y perfecta hembra sumisa para nosotros, obtendrás los privilegios procedentes de nuestro reconocimiento.―

En fin, una larga relación de deberes y obligaciones que abarcaba todo un folio en el que no había ni membrete, ni firma, ni sello ni nada.. Algo que cualquiera de las mujeres residentes por “voluntad propia” podría haber redactado con el fin de obtener sustanciosos beneficios económicos ante la comisión de un delito de secuestro por parte de los señores socios, aprovechándonos de su buena posición social y económica.

Y en realidad no había tales secuestros. Nadie tenía por qué “escapar” de allí. Cualquier mujer podía irse en cuanto quisiera.. Pero eso significaba que “su dueño” ejecutara de inmediato el chantaje, extorsión o amenazas a ella misma o su familia mediante los cuales logró someterla.

Allí había que entrar y servir en cuanto el desalmado que nos retenía así lo ordenase. Comprendí amargamente que nada más llegar me desnudarían del todo... Y no sólo de la ropa. El final de la décimo cuarta regla erizó toda la piel de mi cuerpo... De ser realmente verdad, aquello era espantoso.

Le esperé en la calle a las nueve en punto como me dijo. Pero como siempre, llegó más tarde. Nada de educada y respetuosa puntualidad con una simple esclava. Sin miramientos y a pesar del frío de la noche; sin consideración a mi incertidumbre y temores ante lo que iba a encontrarme y tuviera que soportar. No me llevaba a un hotel, ni a ningún restaurante en una salida nocturna y romántica de enamorados. Iba a meterme en un harén en el que me entregaría a no sé cuantos hombres... Y como esclava real. Nada de juegos y fantasías erótico―sexuales acordadas y compartidas con otras parejas no, nada eso. Me llevaba como su sierva a atender los apetitos sexuales de otros muchos hombres. Y no era ninguna mala pesadilla, sino cierta, cruel y pavorosa realidad.

El candado seguía molestándome y más al poner mi desnuda vulva sobre el frío asiento del coche como en cualquier otro lugar en que me sentara. La noche anterior y todo el día fue algo doloroso y desde luego muy incómodo, sobre todo al orinar. Tenía que secarme yo y a mi ineludible cierre.

―Buenas noches señor―

Venía con su semblante serio y autoritario, muy puesto en su papel de macho dominante, dueño y señor de su insignificante esclava. Sin importarle aparentemente nada de mis sentimientos o miedos. ¿Cómo un hombre al que le había dado todo de mi me exigía aún mucho más? ¿Por qué su sexo no estaba del todo complacido con mi total entrega y me lo recompensaba sólo con algunos momentos de maravilloso éxtasis amoroso? Su polla aún no estaba satisfecha y me exigía más (el lenguaje soez me resultaba cada vez más indiferente, como gradualmente iba siéndolo en todos los demás aspectos de mi vida y de la suya) y a cambio de obtener toda la satisfacción que quería y tenía de mi, él me pagaba injustamente con dolor, miedos y permanente angustia. Yo sólo quería amar y que me amasen, y con eso ya quedaban mi cuerpo y espíritu pletóricos de felicidad. Él sin embargo, parecía necesitar mucho más para llegar a lo mismo que yo. Así que habría que darle todo cuanto quisiera. Por amor y porque no me quedaba otra opción.

―¿Cómo vas con los aros?―

―Algo mejor. Todavía duelen y molestan pero los soporto―

―Te acostumbrarás. Hasta olvidarás que los llevas―

―Eso espero, señor― Olvidé el tratamiento en mi primera respuesta y debía ir con cuidado. No era cosa de enfadarle y menos aquella noche, en que podía justificarse ante mis temores haciendo de aquello un merecido castigo por mi “mal comportamiento”.

Me metió mano en los fríos muslos y luego pasó a tocar su cierre de castidad. Luego hizo lo propio en mis pezones tanteando los aros. Pasando los dedos a través de ellos con toda facilidad, como un niño que se complace en tocar lo que es suyo.

Algo más de una hora de camino por la autopista durante la que hablamos poco y de cosas banales volvió a meterme mano. Naturalmente no sólo me dejaba tocar, sino que se lo facilitaba. Bien abriendo del todo la blusa, que así quedó durante todo el camino, expuesta y disponible a su libre sobeo, bien separando las piernas para que él me tocase cómodamente y sin dificultad alguna. Nada menos era mi señor y propietario quien me magreaba a su placer y eso era todo un honor para mi, según normas del harén y suya propias que para mi hombre no me hacían ninguna falta. Ardía en deseos de preguntarle sobre el lugar al que me llevaba, pero él no decía nada y yo no me atrevía a preguntar. Era cosa de él ― como yo misma ― y decisión suya llevarme. Era todo cuanto yo tenía derecho a saber... Parecía querer decirme con su silencio sobre el asunto.

Y según esas normas, yo debía acariciar su bragueta en cuanto él me lo ordenase. Él o cualquier otro hombre que se dignase tocarme. Bien memorizadas esas normas, yo quedaba a la espera de esa orden. Lo que en otro tiempo hubiese hecho nada más sentir su mano en mi piel, ahora debía esperar como dócil y obediente esclava a que se me permitiese acariciar al señor.. Y esa señal suya, no llegó. Normas bien estudiadas como con toda seguridad quiso comprobar en mi, que tuve que aguantar mis deseos de acariciarle y apretar con ferviente deseo su, con toda seguridad, caliente y dura bragueta. Regla y norma con la que se pretendía humillar y degradar aún más a la mujer presuponiendo con ello que era una viciosa calentorra deseosa y ávida de complacerme agarrando y acariciando una tiesa y exigente verga aunque fuera extraña. Si con eso se pretendía humillar más a todas las mujeres allí presentes al servicio de los hombres, desde luego conmigo lo habían conseguido: un fuerte o leve golpe en cualquiera de mis nalgas, y ya tenía “permiso” para conseguir el placerde tocar una polla que supuestamente estaba deseando tener en mis manos cuando únicamente quería realmente acariciar la de mi hombre. Además, debía mostrarme sonriente y agradecida por habérseme concedido el “honor” de poder tocar y acariciar un exigente pene erecto e incluso mostrar obligatoriamente lasciva y complaciente actitud para que el hombre se sintiese totalmente a gusto y como todo un macho.

Degradante vejación para hacerme sentir un ser aún más insignificante al servicio del todo poderoso hombre. Indigna maniobra psicológica para despojarme del menor atisbo de orgullo que pudiera quedar en mi.

Al poco rato Javier enfiló una estrecha carretera. Cogió un camino a la izquierda hasta que una enorme y lujosamente ornamentada cancela nos cerró el paso. Sacó un mando a distancia que, como a mi misma, hizo a esa cancela obedecer y abrirse como yo (me sentía ya como cualquier cosa menos como una mujer). Después de recorrer un largo camino llegamos a una enorme glorieta alfombrada de atractivo y bien iluminado cesped con toda clase de hermosas y exóticas flores. Rotonda ante la cual se elevaba un enorme, soberbio y majestuoso edificio que me pareció el más lujoso e impresionante palacio del mundo. Desde luego, pocos o ningún edificios como aquel había visto yo en mi humilde y anodina vida anterior.

Paró el coche al pie de la amplia y lujosa escalera de mármol y enseguida un joven con uniforme de mozo de hotel llegó sin duda a hacerse cargo del coche.

―Buenas noches Don Javier – Saludó sólo a Javier...Yo abrí la puerta del coche con intención de bajarme pidiéndole permiso para ponerme los zapatos ―

―! Quieta ! Y si, póntelos, no es aquí dónde tienes que bajarte ―

Volví a cerrar la puerta. No entendí aquello pero bueno, pronto lo sabría.

―Es la entrada principal nena; sólo para los señores y clientes – me informó el mozo ―

Aclarado, a mi me llevaban a una puerta de entrada destinada al servicio. Y ya empezaban las insultantes confianzas sin ni siquiera haber hablado yo. Eso por parte de un miembro del servicio, qué no sería de los dueños.

El hombre volvió a poner el coche en marcha mientras Javier subía las escaleras dejándome sola con él. Javier me autorizó a ponerme los zapatos, así que también me recompuse falda y blusa. El joven bordeó la rotonda y dejando ésta a la izquierda dirigió el vehículo hacia la parte trasera del edificio.

Giró a la izquierda donde una gran puerta automática se abría para dejar paso a una rampa por la que llegamos hasta un amplio aparcamiento en dónde la clase y lujo de los coches que vi me intimidaron de tal forma que pensé asustada y avergonzada en lo que yo iba a ser allí: Nadie y nada para sus propietarios. Un juguete más para el placer del que ya disfrutaban. Y de esos “juguetes” debían tener muchos.

Me indicó que bajase del coche parando justo al lado de unos ascensores en los que una mujer ataviada con el que claramente era el uniforme de la casa, parecía esperarme. Un vestido realmente precioso y, como no, descaradamente provocativo y sexi. Los aros de esa mujer eran como los míos pero de color dorado.

―Danessa ¿verdad?―

―Si..― Respondí secamente mirando a aquella mujer de arriba abajo.

―Acompáñame, voy a ser tu instructora en tus primeros días aquí. Soy Andrea, la responsable de que tu comportamiento aquí sea impecable; si tu fallas, yo fallo y eso hace que me quiten puntos. Perdidos todos esos puntos, me quitan los anillos dorados y me rebajan a llevar los normales, como los tuyos... Y como podrás suponer, no estoy dispuesta a eso; me ha costado años conseguirlos. Así que procura portarte bien porque no pienso mostrar ninguna indulgencia contigo como con ninguna de las otras mujeres. Todos los hombres de esta casa, incluido el Amo de todo esto y de todas nosotras están muy contentos con mi trabajo y no voy a perder eso por nadie ¿está claro?―

Lo que estaba bien claro es que aquella mujer iba a ser mi “jefa”, la que me prepararía para servir muy bien a los hombres y por tanto, a la que había que obedecer también. Evidentemente sus aros dorados le otorgaban ciertos privilegios con los hombres que, como dijo, no estaba dispuesta a perder. Sin duda su absoluta y total sumisión a ellos era tal, que la llevaron a conseguir el “cargo” que parecía encantada de ejercer. Así que habría que responderle como a la jefa que era.

―Si, bien. Está claro―

―Pues entonces sígueme y vamos a llevarnos bien entre nosotras; obedece a todo cuanto te ordenen, especialmente al Amo, debes poner todo tu empeño en no desagradarle en lo más mínimo. Eso nos evitará muchos castigos innecesarios. Innecesarios porque al final acabaremos haciendo a la perfección aquello en lo que faltamos, pero habiendo sufrido antes los correctivos que los señores dispongan imponernos.

!Castigos! Pero bueno, ¿a dónde me habían traído? Creí que sólo estaba allí para servir como la esclava y puta de Javier; uno más de sus disparatados caprichos. A su “harén” y el de sus amigotes.. ¿Qué era aquello por Dios? Y unos días allí según me dijo esa mujer, ¿cuantos?. ¿Ya empezaba el turno de interna? ¿Y quien era ese misterioso Amo de todo aquello y también de nosotras..? De añadido, me asustaba el respeto y temor que aquella mujer mostraba al hablar de los hombres, sobre todo cuando se refería al “Amo” de todo aquello y “de nosotras” ¿Quien era ese, al parecer, todopoderoso y temible hombre?

Por mi silencio y estupefacción, Andrea pareció intuir las dudas que me asaltaban.

―Sé que estás muy confusa y turbada. Pero tranquila, te irás adaptando; como todas.

! Tranquila ! ¿Pero de qué hablaba esa mujer? ¿Tranquila? Me temblaban las piernas de miedo.

Salimos del ascensor (que sentí bajar y no subir como esperaba) y salimos a un pasillo tenuemente iluminado que acrecentó mis temores. Allí no pude contener mis dudas y miedos preguntando nerviosa a esa mujer qué era aquello y dónde estábamos.

―A ver, entiendo cómo te sientes y por eso voy a decirte sólo por encima donde estás, porque lo único que aquí tienes derecho a saber es cómo agradar y muy bien, a los hombres. Esto empezó siendo un simple club de sumisión donde los hombres venían con sus parejas, mujeres sumisas que se intercambiaban. Luego lo adquirió la Organización, de la que es principal representante el Amo, a quien todos debemos respeto y acatamiento incluidos los hombres. Ahora es un harén al que perteneces y del que sólo podrás salir cuando se te permita y si cumples a la perfección con tus obligaciones―

―! Entonces estoy secuestrada ! ― Afirmé atemorizada―

―No exactamente, ya te he dicho que podrás salir si cumples bien y estar con tu familia o donde quieras siempre que vuelvas en cuanto se te llame. Pero si no te presentas aquí cuando te lo ordenen, ya tu dueño sabrá cómo hacerte volver―

Bueno, más o menos lo que ya sabía. Obedecer como siempre y a capricho de Javier. Podría estar con mis hijos y eso ya suponía un importante consuelo para mi. “Portarme bien”, como siempre y como la buena puta en la que me habían convertido, y obtendría mi recompensa de poder estar con ellos alguna que otra vez.

El Amo, la Organización.. A saber dónde me había metido Javier. O peor aún, dónde se había metido él y hasta qué punto me arrastrarían sus desquiciadas ideas. Por de pronto mejor aceptar el consejo de mi “nueva compañera y jefa”: Obedecer y callar.

Entramos en lo que parecía ser un dormitorio colectivo. Había mujeres sentadas alrededor de una gran mesa situada en el centro de aquella sala y que sin duda era donde comían. Las camas, dispuestas en fila a ambos lados de la sala, tenían junto a ellas un armario donde se guardaba la ropa y enseres de la mujer que la ocupaba. Eran camas mullidas y confortables según pude apreciar cuando me indicó “la mía”. Todas las mujeres me miraban con curiosidad y seguramente pensando que ya había llegado otra tonta victima de su hombre. El techo quedaba muy lejos en la altura. Por debajo de éste discurría a todo su alrededor un pasillo con pretil desde donde se podía contemplar desde arriba todas las camas. A unos tres metros sobre éstas. Un lugar desde donde observar al “ganado”. Hasta los servicios quedaban expuestos a las miradas de quien quisiera pasear y distraerse por allí; hombres, naturalmente. Ausencia absoluta de intimidad. Pronto comprobaría que el dormitorio no era el único lugar, ni la única “herramienta” psicológica con la que se degradaba hasta lo indecible a la mujer.

―! Chicas ! Esta es Danessa. La ha traido aquí su dueño, Don Javier, a quien seguramente algunas de vosotras conoceréis. Quiero que la preparéis y os acompañe a servir a los señores. Irás con ellas Danessa; dúchate y tus compañeras se encargarán de arreglarte. Vuestro turno empieza dentro de media hora como ya sabéis―

¿Algunas? Seguro que se había cepillado a todas las que ahora me rodeaban con alegres y acogedoras risitas. Parecían felices. Eran unas cuatro mujeres a mi alrededor presentándose y dándome besitos de bienvenida en las mejillas. Las demás, me saludaban desde la mesa o sus camas agitando la mano.

Todas llevaban el mismo uniforme que pronto una de ellas sacó del armario junto a mi cama. El mismo que llevaba Andrea: Era de raso, negro y largo hasta los pies; la falda estaba abierta por delante y por detrás de forma que en realidad eran dos bandas de tejido separadas, y que aunque se unían ocultando las piernas, éstas quedaban desnudas y bien visibles al caminar. Otra importante y más que erótica ventaja que tenía era que para exhibirnos y presentarnos a los hombres, sólo había que meter las manos a los lados por el interior y separar ambas bandas dejando completamente desnudas las piernas, nalgas y pubis. La facilidad que ofrecía para que pudiesen sobarnos a placer, era total.

Dicha “falda” se prolongaba de cintura para arriba en un apretado corsé acabado en unas copas que, hasta la base de los senos y sin cubrirlos, los erguían y exponían, ofrecidos, a las miradas y tocamientos de los hombres.

El elegante collar metálico forrado de terciopelo negro aprisionando nuestro cuello con la letra ”H” grabada en relieve, grande y plateada y que debíamos llevar permanentemente; bien expuestos y anillados los pezones; la falda dispuesta para poder acceder facilmente a las piernas, nalgas, muslos y vulva; los zapatos también negros y con tacones de quince cms., el exquisito perfume y maquillaje junto al pelo recogido en un elegante moño que dejaba al descubierto el tentador cuello femenino, eran toda una humillante invitación que de forma permanente hacíamos a la lujuria y fantasías de los hombres. Bonito y elegante uniforme de criada para labores sexuales.

Una vez “vestida” y maquillada, me daban los últimos retoques para mi presentación.

―Vaya que te ves bien bonita Danessa.. Vas a ser la estrella de esta noche― Me dijo una de mis amables y simpáticas compañeras. Como supuse, sería un gran consuelo y alivio compartir aquella vida con otras mujeres en mi misma situación.

―Gracias. Tú si que eres bonita ¿cómo te llamas?― Y en verdad que era muy atractiva. Era desde luego bastante más joven que yo; unos treinta años o así. Aquello era una variada mezcla de edades: mujeres para todos los gustos siempre presente y disponible esa mezcla a los hombres en los salones que ocupasen. La más joven podía tener unos veinte o veintidos años, no más. La mayor, por lo que pude distinguir, podía llegar a los cincuenta y pico.

―Me llamo Carmen. Pero eso, como ya sabes sólo aquí o si nos encontramos solas. Y recuerda que tenemos prohibido hablar entre nosotras en presencia de los hombres. Mi nombre aquí es C―22. O sea, Coño veintidós. Ya ves que usan muchas maneras de humillarnos. El tuyo de aquí ya lo sé, lo tienes en la cabecera de tu cama, en la pared: C―51. ¿Y el verdadero..?―

―Julia. Y estoy encantada de conocerte aunque sea de esta forma. Lo mismo que a vosotras― Dije a las otras que igual de amables me correspondieron―

Así que yo era el Coño nº 51 allí. A eso quedábamos reducidas, a ser simples coños, bocas y culos para un montón de adinerados pervertidos. Ni siquiera se molestaron en echar un poco de imaginación a nuestros nombres como hizo Javier con sus hembras. Éramos muchas y por tanto, más fácil designarnos por la inicial de nuestro sexo y el nº de registro a nuestra llegada, además de, como no, despectivo y vejatorio.

Entró Andrea y nos designó a dónde debíamos acudir cada una. A mi me tocó el pub al que me acompañaría Carmen que al parecer sería mi guía al principio.

El enorme reloj situado encima de la puerta de entrada al dormitorio estaba a punto de dar las doce cuando me acababan de recoger el moño.

―¿Porqué vamos todas con moño Carmen?― Pregunté curiosa.

―Significa mayor desnudez en nosotras y para que el pelo no les estorbe a la hora de... ya sabes― Me dijo con cierto azoramiento.

―! Chuparles la polla ! ― Soltó Luisa descaradamente entre las carcajadas de ella y las demás. Podía tener cuarenta y nueve o cincuenta años y era muy alegre. Yo sólo sonreí, sin entender cómo ellas podían reír tan sincera y alegremente sometidas a tanta humillación y vejaciones.

Llegó el momento de mi “debut”. Un sonoro, fuerte y desagradable timbrazo nos avisaba de que debíamos correr a relevar a las otras mujeres en servir a nuestros dueños.

―Venga Julia, vamos― Me apremió Carmen.

La seguí trastabillando al caminar con aquellos incómodos tacones, nerviosa, asustada y deseando saber todo sobre aquel lugar.

―¿Qué es eso del pub Carmen.. Y a dónde van las otras mujeres?―

―Un salón en el que los hombres se entretienen con juegos de mesa o simplemente charlando mientras beben, fuman y por supuesto disfrutan de nosotras. Ya conoces las normas, no hablar ni sentarte a menos que te autoricen; mostrarte muy amable y atenta en todo momento y bueno, dejarte hacer. Como es tu primer día te mandan a uno de los sitios menos complicados. Las otras compañeras van a habitaciones privadas, a la sala de cine, peep show o a los baños y salas de masaje.―

―¿Qué es eso de peep show, baños y masajes..?―

―Ya lo irás viendo todo Julia y tendremos tiempo de que te hable de que va esto, entiendo tu curiosidad, a mi me pasó lo mismo cuando llegué―

Parecía inquieta y como no queriendo darme demasiados detalles. Además el ascensor abría sus puertas y tal vez por las prisas no quisiera seguir hablando ya que nos tenían prohibido hablar entre nosotras fuera del dormitorio. Quise pensar que su repentino silencio era sólo por eso.

Salimos a un largo pasillo lujosamente decorado. Iluminado por preciosas lámparas en las paredes y alfombrado. Luego de caminar unos veinte metros en los que íbamos dejando atrás otras soberbias y fuertes puertas de madera maciza, llegamos a una que Carmen abrió y que nos dio paso a una estancia que me dejó pasmada. El lujo con el que me encontré era como el que había visto sólo en películas: amplias mesas bajas de madera de roble, alrededor de las cuales había unos confortables sillones de piel marrón. En otro sector, otras mesas más altas con sillas tapizadas en asiento y respaldo, estaban destinadas a juegos de mesa. Hermosos cuadros y espejos decoraban la estancia enmoquetada en paredes y suelo. Sería una delicia caminar descalza por ese suelo por lo que desee que a Javier (al que no veía por allí) o a cualquier otro hombre se le antojara quitarme los zapatos.

Reinaba en todo el salón un agradable olor a pesar de que muchos hombres estaban fumando tanto puros como cigarrillos. Los ambientadores colocados a tal efecto, los perfumes personales y hasta el propio tabaco le daban inequívoco y cálido toque masculino. Tantas veces lo había respirado que para mi cerebro era inconfundible y precursor aviso de sexo. Ya mi vagina acusaba vergonzosamente esa sensación a pesar de mis nervios y temores. Y pensar que en los primeros días de conocer a mi “amante” me daba cierto reparo quedar descalza para él. Ahora ya no me importaba, incluso quería que alguien me quitase los zapatos. Con todo lo que había soportado y lo que me quedaba, eso ya no significaba nada para mi.

Sin hablar, Carmen me señaló una mesa y a ella me dirigí cohibida ante tanto lujo.. Avergonzada, humillada hasta lo indecible con aquel indecente y provocativo atuendo con el que me ofrecía a hombres desconocidos, soportaba las miradas entre burlonas y lascivas de todos los “señores” que iba dejando a mi paso.

A poca distancia antes de llegar a la mesa, caminé despacio para saber qué ocurría allí. Permanecí unos segundos en silencio, curiosa por el espectáculo que allí se estaba dando y ya debía presentarme ante los cuatro hombres, tres de los cuales estaban absortos en las hábiles maniobras de su compañero:

Observé cómo una mujer, vestida como yo, de aproximadamente unos treinta años, “disfrutaba” con su rodilla derecha apoyada en el brazo de un sillón, dejándose impúdicamente tocar por el hombre que lógicamente le habría ordenado esa postura para sobarla cómodamente con su antebrazo apoyado en el muslo de ella y sus dedos acariciándole los labios vaginales, juntándolos en un ligero apretón a la altura del clítoris y cómo alternaba el mete y saca de sus dedos en el interior de ella, con los suaves pellizcos en su clítoris así como los movimientos vibratorios de su dedo directamente en éste. Una completa masturbación con toda clase de caricias..Ella quería contener los gemidos de placer que escapaban de su boca ante el deleite que provocaban en ella; su cabeza algo inclinada hacia atrás y los ojos semicerrados daban de ella una imagen de lo más denigrante y vergonzosa.

Quise comprenderla porque así me había puesto muchas veces Javier, pero yo no exageraba de esa forma y menos delante de otros hombres. Hasta que comprendí las verdaderas y crueles intenciones de aquella mala bestia: No la permitía llegar al orgasmo después de haberla excitado con sus incesantes caricias y obscenas palabras. En cuanto notaba un ligero temblor en su clítoris y un profundo jadeo de ella por el que intuía que se iba a correr, retiraba la mano y le daba un fuerte tortazo en uno de sus pechos. Vi entonces cómo le temblaba la pierna sobre la que apoyaba su cuerpo en el suelo y se inclinaba hacia adelante sin dejar de acariciar el cuello de su verdugo, rogando a su señor que le permitiese llegar al final. Pero él no la dejaba.. El temblor en todo el cuerpo de ella, el sudor en la frente, el ruidoso chapoteo de los dedos del hombre en su vagina, evidenciaban que desde luego no fingía. Aquel tipo supo llevarla con total maestría al estado en que estaba y para mayor insulto lo hacía mientras explicaba a los otros hombres, como si de otra cualquier habilidad material se tratara, cómo hacer gozar y sufrir al mismo tiempo a una mujer.

Entonces me compadecí de ella. Conociéndome, sabía que también me pondrían así en cuanto quisieran. Javier ya me lo había hecho varias veces.

Ahora debía presentarme, y ya.

―Buenas noches, señores.. Soy Danessa y estoy a su disposición― Sólo me miraron de arriba abajo un momento y me ignoraron para seguir disfrutando del sufrimiento de la mujer.

―Ya veis que la cosa tiene su encanto. Bien manejado, un coño hace que una puta de estas haga lo que sea por ti ¿verdad que si guarra, a que ahora mismo harías para mi cualquier cosa con tal de que te deje correrte..?―

―Claro..Claro señor, por supuesto.. Pero.. por favor, Don Emilio, déjeme señor.. Ya basta, se lo ruego.. Haré lo que usted quiera―

―Ya lo sé putilla. Pero que te deje ¿qué..?―

―Mi orgasmo señor, deje que me desahogue por favor Don Emilio, se lo suplico.. Déjeme―

―¿Cómo tu “orgasmo”?― dijo con cruel ironía el muy bestia― Dilo como las putas, como la esclava folladora y mamona que eres. No seas tan finolis.. Y dime qué eres para mi―

―Si..Si Don Emilio, perdóneme por favor. Yo para usted sólo soy tres agujeros.. Tres agujeros para que usted los use a su antojo.. Como usted desee, siempre.. Y.. Y por favor, déjeme correrme―

Los cuatro tipejos prorrumpieron en crueles y ofensivas risas con las que mostraban su absoluto desprecio por la pobre mujer; por todas las que estábamos allí; por mí misma. ¿Donde me habían metido..? ¿Hasta donde iba a caer por aquel humano error que estúpidamente cometí..?―

―Está bien güarrita, te dejaré. Te lo has ganado, pero sabes que no puedes correrte antes que un hombre a menos que éste lo quiera así. Y a mi no me gusta que una hembra con tres agujeros para mi polla se corra antes que yo. No está bien―

―Claro..Claro que no, señor. Como usted ordene, en cuanto usted lo desee puede correrse antes que yo en cualquiera de mis agujeros o mi cuerpo Don Emilio―

―Desde luego que si, pero sabes que aquí no podemos puta. Aquí sólo podemos tocar y magrear a las perritas como tú. Los hombres no sacamos aquí la polla que tanto estás deseando. No es digno para nosotros además de ser una vulgaridad que te pongas a chuparme la polla delante de tantos hombres ¿verdad que no?―

―No..No, señor. Ya lo sé. Cuando..Cuando usted me mande me voy al reservado y le espero, señor. Estaré encantada de complacerle Don Emilio― El hombre volvía a su infernal toqueteo en su clítoris y ella se retorcía de placer involuntariamente contenido. Era patético.

―Si, ya sé que lo estás deseando. Necesitas mi polla ¿verdad?―

―Si, señor.. La necesito señor, la deseo. Y mucho Don Emilio―

―Muy bien.. Vete al reservado, pero antes quiero que nos traigas unas copas. Ya ves que las primeras están vacías. Así que cógelas y nos traes otras―

―Si..Si, señor. Como usted ordene.. Enseguida..enseguida les sirvo.―

El muy cabrón podía haberme mandado a mi y dejar que ella se fuese al reservado. Pero no, quería exhibirla caminando de forma ridícula juntando sus muslos intentando contener el temblor.

Y efectivamente, en los salones sólo se podía tocar a las mujeres e incluso desnudarlas del todo si a algún hombre se le antojaba. Pero nada de actos sexuales. Para eso estaban los reservados a dónde los hombres podían llevarse una mujer y “jugar” con ella cuanto quisiese. Eran unas puertas enmoquetadas como las paredes y señaladas por unos pilotos verdes si el pequeño habitáculo estaba libre y rojo en cuanto las ocupaban.

Quedé a solas con los cuatro hombres que ahora sí me prestaron toda su atención,

―Y, ¿cómo has dicho que te llamas tú? Me preguntó el tal Don Emilio, hombre de unos cincuenta y pico años, de pelo y barba canosos, porte elegante como los otros, y quien parecía llevar la “batuta” de la agradable reunión.

―Danessa, señor―

―¿Y qué coño significa? ¿Es que eres de Dinamarca y te apodan así?―

Ya respondí una vez a esa pregunta y con toda mi vergüenza tuve que aclararlo de nuevo.

―No, señor. Es el femenino del perro Gran Danés―

―Ah, claro. Lógico, llevas el nombre de la perra que eres ¿no?―

―Si, señor. Así me lo impuso mi... dueño ―Me seguía costando mucho

ante otros decir “mi dueño” en vez de mi amante, mi hombre; menos humillante. Pero ya vi que allí no debía andarme con remilgos.

―Ya, ¿Y quien es tu dueño..?―

―Don Javier Hernandez, señor― Al que por cierto me hubiese consolado

mucho ver por allí―

―No le conozco. ¿ Y vosotros?― Los demás también negaron conocerle―

―Bueno, da igual. Ya sabes para lo que estás aquí. Tienes unas tetas muy lindas putilla, a ver el resto―

―Si, señor. Gracias ― Me puse a la vista de los cuatro hombres, metí mis

manos por detrás de la falda separando ambas bandas del vestido hacia los lados mientras, despacio, me giraba dando una vuelta completa ante ellos.

―Pues está bien buena la hembra, si señor. Me gusta― Dijo el más viejo

de ellos. Un canoso de prominente barriga que podría rondar los sesenta y pico años; bajito y con cara de bonachón.

Gracias, señor― Le sonreí agradecida. Debía mostrarme así con ellos―

―Y la “H” del harén. Excelente idea y exquisita, me la pone bien dura eso. A ver cuando coño nos contestan a nuestra solicitud de ingreso en él―

¿Cómo? ¿Es que aquellos hombres no eran socios? Otra duda más. Estaba deseando volver al dormitorio y que Carmen me aclarase eso y muchas cosas más.

―Y el candado en el coño ¿Qué significa? ¿Es que no se te puede follar?―

―Si no le han dado una llave no, señor. Yo no llevo ninguna―

―! Pues vaya cojones ! ¿Qué coño es esto con el capital que hemos pagado para entrar aquí? ¿Te mandan sólo de calientapollas puta?―

―No lo sé, señor. Es mi primer día aquí y no puedo responderle―

―Pues ve a por tu puta encargada y que nos explique eso―

―Si, señor. Con su permiso, enseguida vuelvo.―

Vi a Andrea en la entrada del salón, supervisando todo como era su cometido y me dirigí a ella. Le expliqué y me acompañó a la mesa―

―Si, señor. Dígame qué desea ―Ofreció al hombre―

―¿Que coño significa esto de putas con los coños cerrados? ¿Es que no hemos pagado bastante?―

―Desde luego Don Emilio. Pero verá usted, si su dueño no le ha dado una llave no se la puede penetrar. Es su primer día y no está abierta a todos los hombres. Sólo puede masturbar y chupar. Hasta que no la abra el Amo, nadie puede penetrarla.―

―Y entonces ¿para qué coño nos la mandan aquí?―

―A servirles, señor. Pueden tocarla, que ella haga lo que ustedes quieran para distraerles y como le he dicho, desahogarles. Pero para la penetración aún debe ser examinada; es también por la propia seguridad e higiene de ustedes. Todas las hembras abiertas están en otros salones y para éste nos faltaban mujeres, por eso me ordenaron también ponerla aquí―

―¿Y por el culo tampoco se la puede follar?―

―Puedo preguntar a su dueño Don Emilio si usted lo desea, pero no es recomendable créame, hasta que no sea examinada―

―Así que falta de mujeres para este salón. Vaya una vergüenza. Seguro que a ellos, los socios, no les falta ninguna. En fin, si no es fiable tampoco vamos a meter la polla en agujeros potencialmente peligrosos. Sólo faltaba eso, que nos contagiasen alguna venérea―

―Hay otras mujeres abiertas aquí, señor. De hecho puede disponer como quiera de la que ya les estaba sirviendo y que aquí viene con sus copas ―Y así era, la pobre víctima privada de su orgasmo llegaba

renqueante, bandeja en mano, cargada de botellas y copas limpias.

―Está bien. Pero llévatela, no quiero aquí putas cerradas después de lo que hemos pagado. Y desde luego esto no va a quedar así―

―Bien señor, como usted diga. Prometo hacer lo posible para que no vuelva a ocurrir.. Vamos Danessa―

―! No ! Un momento, yo sí la quiero aquí. Me gusta y además no me hace falta echar un polvo para disfrutar de una buena hembra― Dijo

decidido el viejo. Así que allí me quedé mientras pensaba en todo aquello que hablaban: ¿Se referían a seres humanos, mujeres, a animales o cosas...? ¿Cómo existía un lugar así? Donde se degradaba y se pisoteaba la voluntad de unas mujeres escupiéndoles en su dignidad y rebajándolas poco menos que a letrinas donde se desahogaban sin ninguna clase de aprecio ni agradecimiento por lo que estas mujeres les proporcionábamos. Nos convertían en seres insignificantes y vacíos de todo sentimiento “concediéndonos” sólo el “honor” de complacerles.

Además debían “examinarme” para !seguridad e higiene! de ellos. Más que denigrante vejación, era toda una tortura moral como mujer y ser humano.

Estaban locos, locos de atar como el miserable de Javier. Pero estaba atrapada allí, a merced de unos psicópatas y ya no se trataba de proteger sólo a mis hijos, también mi propia vida. A saber lo que me podrían hacer sufrir si les desobedecía.

Un “Lárgate de aquí puta zorra”, hizo que Andrea inclinara su cabeza en señal de respeto ante el enfado del hombre. Era evidente que estaba ya bien acostumbrada a ese trato por parte de sus venerados machos. De nada le servían sus aros dorados cuando debía mostrarse tan sumisa como cualquiera de nosotras ante un hombre furioso.

La chica fue a servir las copas mientras yo permanecí de pie en absoluto y respetuoso silencio sintiéndome aliviada de que al menos por esa noche nadie me penetraría. Eso si, mi boca y manos estaban a disposición de todo el que las quisiera y según sabía, mi turno acababa a las ocho de la mañana. Por supuesto, y como nadie me había dicho nada en contra, no pensaba tragarme el semen de nadie: “También lo tendría prohibido” a menos que Andrea, mi jefa, viniese con otras instrucciones de mi perverso dueño. Que masturbara y chupase estaba claro que fue cosa de él, rompiendo su promesa de tenerme cerrada a todo. Andrea no iba a inventárselo.

No había hembras suficientes esa noche. Estaba claro que todas servían a los socios en el harén y que por tanto aquel salón no era más que un simple pub de alterne, donde recaudaban buena parte de los ingresos para sostener todo aquello a costa de nosotras.

―Deja eso guarra y corre al reservado. Allí te vas a tragar toda mi leche y si lo haces bien ya veré si te dejo correrte―

―Lo haré muy bien Don Emilio, ya verá usted...―

―Os dejo amigos, que os sirva esa mala puta si no os importa―

―No Emilio, tranquilo. Vete y deja a esa pobre correrse de una vez―

Los cuatro rieron “la gracia” y yo me dispuse a servir preguntando a cada uno cual era su bebida y servírselas en mano y de rodillas.

Serví primero al viejo, quien con una mano cogía la copa y con la otra mano me sobaba los pechos. Los pezones aún me dolían un poco y más con el ansioso magreo del viejo. Debía permanecer quieta y dejarle hacer hasta que acabase. Como las copas estaban servidas, volví un poco la cintura sin alejarme de quien me tocaba y alargando el brazo pude coger la otra copa y entregarla, de rodillas como seguía, al otro hombre que no se molestó en cogerla a sabiendas de que no podía moverme si me estaban sobando.y

en cuanto al tercero, no le pude entregar su copa. Estaba algo más lejos y no llegaba; tampoco se molestó en coger su copa, simplemente esperaba a que el viejo me dejase para que yo se la sirviese. Era el más joven, un tipo corpulento, de unos dieciocho o veinte años, cabeza cuadrada, el pelo engominado y de punta, vestido de manera más informal con unos vaqueros y camisa blanca que durante todo el rato me miraba y hablaba con socarronería. Por la edad me recordaba a mi hijo, pero de carácter mucho más espabilado, grosero y chulesco; seguía esperando a que yo le sirviese su copa. Eso me daba a entender lo que pensaba de una mujer que podía ser su madre, la educación que demostraba siendo tan joven y por tanto, la clase de niñato que debía ser. No quisiera tener que estar con él.

El viejo me ordenó situarme de pie junto a su sillón y al del otro hombre para que él o ambos pudiesen tocarme cómo y donde qusieran.. El joven me miraba a mi y a su copa, como preguntándome qué esperaba yo para servirle y aunque sabía, como todos, que mientras me estuviesen tocando no debía moverme, decidí tomar la iniciativa ya que sus miradas me daban miedo.

Sólo me sobaba el viejo, quien se entretenía en mis nalgas apretándolas a su gusto. El otro seguía bebiendo y se encendió un cigarrillo. Así que aproveché y dije,

―Perdón señor. ¿puedo servirle su copa a él?― dije señalando con la cabeza al joven―

―Ah, si. Claro, no puedes moverte mientras te tocan; no había caído en eso. Si, ve y sírvele. Perdona Jaime, no me he dado cuenta―

―No pasa nada Pablo, puede vd. seguir si quiere en cuanto me traiga mi copa― Dijo con descarada sonrisa, dándome a entender con ello que no pensaba moverse un ápice para coger su bebida; tenía que molestarme yo en dársela. En su mano y de rodillas, humillándome ante él. Menudo elemento debía ser.

―Con su permiso señor― Dije al viejo que pronto apartó su mano de mi―

Cogí la bebida de la mesa, me arrodillé ante el jovenzuelo quien atrevida y desvergonzadamente me miraba las piernas en cuanto la falda se me abrió al poner una rodilla en el suelo. Le di su copa que él tomó en su mano dándome un ligero tortazo en uno de mis pechos. Bebía whiski solo (todo un machote) y apuró la copa de un sólo trago.

―Ponme otra― Me ordenó tajante y sin dejar de mirarme a los ojos, sonriendo. Debía divertirle cómo trataba a una mujer de mi edad. Ese buscaba algo conmigo; recrearse sin duda en someterme a él.

―Si, señor. Enseguida―

Cogí la botella del licor que estaba tomando y le escancié más whiski en su copa. De rodillas, como no, ante la mesa―

―Hasta donde usted me diga, señor― Era una copa de balón que me dejó llenarle hasta la mitad. Volví a ponerme de pie, acercarme otra vez a él y arrodillarme de nuevo para entregarle la copa. Complaciéndose en mirarme mientras me rebajaba a él como su simple criada.

Quedé de pie junto a su sillón, a la espera de nuevas órdenes. Si nadie me reclamaba o no veía ninguna copa vacía, debía quedarme de pie en el último lugar donde hubiese servido.

Sabía que quería algo conmigo. Estaba claro que yo le gustaba, pero todavía más, humillarme... En todas las mesas había puf donde las mujeres podíamos sentarnos si los hombres nos lo pedían o autorizaban a ello. El muy hijo de mala madre me ordenó sentarme en el puf que tenía al lado, pero vaciando por entero la copa con sus correspondientes trozos de hielo,

―Ponme otra copa y siéntate ahí―

―Si, señor. Como quiera― Dije sonriente volviendo al ritual de servirle de rodillas. Luego me senté, separando la falda para poner mis desnudas nalgas en el empapado puf. Una vez sentada, eché hacia atrás las dos bandas del vestido dejando completamente desnudas mis piernas a su vista y a la de los otros hombres, como era obligatorio. Fue una sensación de lo más desagradable tener mis muslos y nalgas mojadas y heladas. Confirmado, el nene demostraba ser muy peligroso y el temor a que me reclamase a servirle crecía por momentos.

―Buena idea chico, me ha gustado eso ¿cómo se está así preciosa?― Me preguntó el viejo divertido. El otro hombre, sonriente, no decía nada.

―Está muy frío, señor.―

―Voy a mear.. No quiero que te muevas de ahí hasta que vuelva―

―Bien señor, como mande― Me ordenó muy prepotente el joven. Privando incluso a los otros dos hombres de mis servicios.

―Muy bien, eso ha estado pero que muy bien. Me ha puesto bastante cachondo bonita, jajaja... Ahora cuando vuelva Jaime te sientas aquí conmigo ¿de acuerdo?―

―Bien señor, claro que si―

Y así quedé, sentada con mis carnes húmedas y heladas por capricho de un niñato que sabía imponer a los demás un respeto ante el que los otros se inclinaban aunque fuesen mucho mayores que él. Aunque el viejo estaba deseando usarme a su antojo, esperó al joven no queriendo desairarle. En cuanto al otro hombre, simplemente mantenía un indiferente y respetuoso (me pareció) silencio. Pero ya no sonreía, no parecía agradarle mucho el rumbo que tomaba la cosa. El viejo sin embargo, seguía charlando y riendo como si tal cosa y sin dejar de mirarme los pechos y piernas.

El muchacho llegó y sentándose de nuevo, volvió a apurar de un trago su copa. Aquello me gustaba poco; el alcohol no era precisamente un buen amigo de las que allí estábamos y el jovencíto ya se estaba pasando.

Miró de nuevo mis piernas con su típica sonrisa burlona y me dio un fuerte golpe en las nalgas. Señal de que, discretamente, debía acariciar su bragueta.

Acerqué el puf a su sillón y puse mi mano en su entrepierna, masajeándole suavemente. Lo que noté en mi mano me estremeció. Suerte que estaba cerrada y él lo sabía. Con el vaquero poco podía sentir mis caricias, así que apreté un poco más. Sentí en mi mano un caliente y enorme bulto.. El nene estaba bien dotado y cachondo. No pude evitar sentirme orgullosa de que a mi edad pusiera a un joven así. El viejo ya no hablaba ni reía, simplemente se le caía la baba mirando cómo yo le acariciaba el bulto.

Al cabo de unos cuantos minutos se levantó y me ordenó ponerme de pie.

―Amigos, me la llevo un rato si no os importa. Os la devuelvo enseguida ¿de acuerdo?―

Más que una petición a los otros, fue una imposición que no admitía réplica. El viejo aceptó sonriente y el otro hombre asintió aprobadoramente pero sin abandonar su mutismo.

―Claro que si, muchacho. Sin problemas, es toda tuya― Consintió el viejo cediendo al joven lo que tanto estaba deseando tener para si mismo, cosa que yo sabía por la forma casi desesperada de toquetearme.

―Pues vamos entonces―

Sin decir nada, obediente, le seguí.

Entramos en el reservado y cerré la puerta. Ahora mi boca y manos pertenecían a un niño que casi podía ser mi hijo (no se me quitaba esa idea de la cabeza) y al que no conocía de nada. Mi esclavitud y emputecimiento eran absolutas. Otra vez el intenso rubor en mis mejillas de otras muchas veces; imaginando a mis hijos, a mi ex marido, a mis padres y a toda persona que conocía a la mujer decente que una vez fui, mirándome avergonzados y asqueados de mi sórdido comportamiento.

Como todo el salón, el pequeño reservado estaba lujosamente dispuesto: Una tenue y agradable luz que se encendió automáticamente nada más abrir la puerta, la misma suave música que en el salón, una mesita baja y un amplio sofá cama. Tras otra puerta semi abierta pude ver que había un lavabo.

El joven se sentó en el sofá contemplándome con las manos en la cabeza.

―Me he dejado el tabaco en la mesa. Ve a por él y tráeme otra copa―

―Bien, señor. Enseguida vuelvo―

Vaya que le gustaba mandar al jovencito. De nuevo a caminar para servirle. Seguro que dejó su tabaco allí para mandarme de nuevo obedecerle.

Volví a la mesa y los dos hombres charlaban tranquilamente. Me miraron extrañados y les expliqué,

―El señor quiere su tabaco que se dejó aquí y una copa.. Con permiso de ustedes― Llené de nuevo la copa, cogí el tabaco del señorito y volví al reservado donde me esperaba una nueva humillante sesión de sexo.

―Claro mujer, corre. No le hagas esperar, parece que le has gustado mucho. Desde luego estás buenísima...

―Gracias, señor― Comentarios así tenía que aguantar aunque fuesen halagadores. Caí en la cuenta entonces de que mi nuevo “amante” no me había dicho nada agradable, ni nada parecído a los piropos de este hombre.

Cuando de nuevo entré en el reservado con la copa y el tabaco del señor, éste seguía con las manos en la cabeza mirando al techo y muy pensativo. Su bragueta seguía igual o más hinchada como pude ver disimuladamente.

―Su tabaco y copa, señor. ¿Quiere que le encienda uno?― Le ofrecí al tiempo que ponía la copa en su mano de rodillas, como siempre. Como a él tanto parecía gustarle.

―Si, dame uno y enciéndelo―

Le puse un cigarrillo en la boca y le di lumbre. De rodillas, claro. Me miraba muy serio de arriba abajo.

―Paséate un poco por aquí.. Quiero verte bien. Y levanta la falda―

―Bien, señor―

Me incorporé y separando las bandas de la falda, caminé despacio bajo su atenta mirada. Así me tuvo unos cuantos minutos.

―! Vuelve aquí ! ―

Mandaba de forma imperiosa, tajante. Impropia de un chico de su edad.

Ahora túmbate aquí― Señalando con la palma de la mano su lado izquierdo. Obedecí echando mi cuerpo en el sofá quedando mi cabeza a la altura de su bragueta. Me torteaba, pellizcaba y masajeaba mis nalgas y muslos de forma brusca, enrojeciéndolas. No era demasiado doloroso pero si muy molesto. Se recreó en ello hasta sentírmelas ardiendo. Me ordenó entonces subirme un poco más hasta poner mis desnudos pechos en sus muslos. De repente y sin esperarlo una fuerte picazón y un pinchazo de calor mordió mi nalga derecha, creo que justo encima del tatuaje. Empezaba a utilizar mis nalgas, muslos y piernas como cenicero. Mis recelos y sospechas a verme obligada a servirle, se confirmaban. No sólo le gustaba humillar a la mujer, estaba claro que también infligirle dolor.

Así estuvo todo el tiempo que duró su cigarrillo que temí apagase en mis carnes. Pero no, me entregó la colilla ordenándome tácitamente ponerla en el cenicero. Aquel “jueguecito” le gustaba y mucho pues poco tiempo después de continuar sobándome a placer incluyendo ahora los pechos, volvió a ordenarme que le encendiera otro cigarrillo y regresar a mi postura anterior ofreciéndole de nuevo las piernas y nalgas.

De nuevo la desagradable quemazón en las nalgas y ahora también en mis pechos. Al señorito le gustaba aquello, yo era una muñeca sexual para él y debía soportar los deseos de mi propietario de turno. Habiendo calado ya la clase de hombre que era, poco estaba haciéndome. Algo debía contenerle dado el grosor de su bragueta que casi tenía pegada a mi cara.

―Ensalívate bien el culo para que la ceniza no se caiga. Poca saliva y extiéndela bien.. No seas lista y te refresques las cachas; sólo para retener ahí la ceniza. No soy tonto―

―No, señor.. Claro que no, como usted diga.―

Hice tal y como me dijo, mojé un poco las manos para pasármelas por nalgas y muslos mientras se puso el cigarrillo en los labios.

―En las tetas también― Me ordenó

―Bien, señor. ― Hice lo propio en mis pechos para que la ceniza no cayese sobre su pantalón. Ahora eran mis pechos los que sufrían el caluroso aguijonazo al tiempo que se me ennegrecían por la mezcla de saliva y ceniza como así tendría nalgas y muslos.

Sin duda excitado con el sutil e inmerecido castigo, se abrió la cremallera del pantalón y al instante apareció un enorme pene, tieso y empinado, mirando al techo durísimo como tronco de madera, amenazante. El glande humedecido no sólo por haber orinado recientemente sino también por estar cubierto de una transparente baba fruto sin duda de la excitación.

―¿Quieres tocarla, verdad?― Me ofreció sonriendo de satisfacción. Sólo tenía que darme una palmada en las nalgas u ordenarlo directamente. Pero no, era evidente su placer por humillarme. Seguía tranquilamente usando mi cuerpo como cenicero.

Era una polla verdaderamente grande. La mayor que había visto en mi vida de puta. Era impresionante que siendo tan joven tuviera una verga de ese tamaño. Aquello debía medir por lo menos veinte cms. o más; gorda y surcada de venas hinchadas. Mucho más grande desde luego que la de Javier. No me extrañó que se mostrase tan orgulloso de ella. La imaginé bombeando mi coño y ya empezaban a desaparecer todas mis verguenzas, el sentirme vejada e insultada hasta límites inimaginables. Castigada físicamente por la ardiente ceniza, iba rápidamente desapareciendo yo para dejar paso a la esclava y puta que lo que tenía delante de mis ojos y al alcance de mis manos sacaba de mi.

―Como usted quiera, señor―

―Te pregunto si tú quieres tocarla― Merecida humillación a mi obligada respuesta―

―Si, señor. Si usted me lo permite―

―Bien, tócala―

Fui a acariciarle suave y delicadamente el glande pero me detuvo.

―No, la punta me la secarás con la boca... Cuando yo te diga. Ahora sólo tócala―

―Bien, como usted desee― Ya me tenía ardiendo. Esperaba que no me hiciera lo mismo que el tal Don Emilio a aquella chica―

La agarré suavemente con mi mano por su centro. Apenas si podía abarcarla toda con mi mano; tanto era su grosor. Lentamente la meneaba arriba y abajo, masturbándole suavemente y muy despacio. El joven reclinó la cabeza en el sofá, disfrutando muy excitado de mis expertas caricias. Quise tocarle muy suavemente con mi otra mano sus huevos pero el pantalón me lo impedía. Era una delicia de pene: turgente, de piel sedosa y cálida. Espléndida polla que estaba deseando me ordenara chuparle. Maldecía a Javier por aquel estúpido candado que me tenía como a las mujeres medievales, forzada a una castidad que en aquel momento odiaba. Quería esa verga dentro de mi, aunque fuera por el culo, pero no podía; demasiado grande, demasiado arriesgado pendiente como estaba de un examen ginecológico. Me desgarraría a pesar de que ya estaba bastante dilatada y no sabía cuando iban a examinarme:

―Mueve las tetas―

Obediente, moví el torso de un lado a otro para que mis ennegrecídas tetas se bamboleasen como quería. Al final, me vi deseando agradar a quien en principio me resultaba tan odioso y aunque continuase echándome la ceniza de su cigarrillo en pechos, nalgas y muslos.

Miraba mis senos moverse y con eso noté en mi mano mayor dureza aún en su pene y como de éste destilaban algunas gotas de semen. Aquello me enloquecía de placer y orgullo. Unido a su fuerte personalidad, férreo carácter y con esa magnífica y hermosa verga me estaba llevando al más maravilloso climax. Y eso que tenía que descartar poder sentirla dentro de mi. Con sólo acariciarsela, ya me tenía empapada de mis fluidos vaginales.

―Ahora chúpame el capullo, límpiame esa leche y sigue con la paja―

―Si, señor. como usted mande; con su permiso― Pedir permiso para darle el placer que estaba deseando... Era insultante, pero mi obligación como esclava.

Mi respeto hacia él ya no era forzado, sino auténtica veneración por ese macho. ¿De qué me quejaba si me humillaban? Tenían todo el derecho a hacerlo cuando no sólo no me revelaba, sino que me entregaba como perra en celo. Chantajeada y por mis hijos si, pero cómo excusar mi goce y placer ante un hombre excitado por mi cuerpo y ofreciéndome su polla para mi deleite. Acallar mi conciencia justificando mis actos y proceder así por el chantaje y la extorsión, me resultaba cada vez más difícil de aceptar; mi educación, mi condición de ama de casa y mujer decente querían imponerse, pero lo que me obligaban a vivir y experimentar exacerbaban mis sentidos despertando por enésima vez ese deseo animal que por más que quería encerrar en lo más profundo de mi, siempre acababa por ganar todas las batallas aflorando victorioso sobre mi voluntad.

Apenas si me cabía en la boca. Mis labios se humedecieron al momento de su baba preseminal. Chupé un poco fuerte para secarle, tragándome aquel delicioso líquido de macho dominante, mientras seguía masturbandole sin cesar, acelerando ahora el movimiento de mi mano para darle más placer.

Se bajó los pantalones hasta los tobillos mientras le seguía chupando. Ya sabía lo que quería y lo que yo misma estaba deseando tocarle: Sus gordos e hinchados huevos. Esas peludas bolas a las que llevé mi lengua y labios sin su permiso, no iba a quejarse y yo lo sabía bien. Me metí en la boca cada una de ellas como si quisiera comérmelas. Era delicioso. Volví a su glande para continuar acariciándole allí, pero no me dejó. Empujó mi cabeza de nuevo a sus huevos a los que me entregué ensalivándolos y mojándolos mientras se los lamía hambrienta.. Estaba a punto de correrse y por eso no me dejó volver al capullo, quería prolongar el placer. Fuerte de carácter y cuerpo, con su grandísima polla exigiendo mis servicios, pero inexperto como joven que era, no sabía que muchas mujeres conocíamos cuando un hombre no podía ya contenerse.

―Sigue, sigue así.. Pajea más despacio―

Ralenticé el movimiento de mi mano como me ordenó. Si, estaba a punto. Seguí entregada a sus huevos con mi boca; los notaba deliciosamente duros y cargados de su leche. ¿Con que no iba a tragarme el semen de nadie? Lo estaba deseando ya que no podría tener otra cosa de él. Era de los que gustaban hacer que la mujer se tragara su semen, seguro. Y no me atrevería ni quería decirle que “me estaba prohibido”. No pensaba dejar que se me escapase ni una sola gota.

―Pásame la lengua por toda la polla. Mójala bien, luego te la metes entera en la boca―

Me mandó aquello jadeando de placer y eso me encantó. Pero meterme aquella enormidad entera en la boca iba a ser difícil sino imposible. Obediente, muy obediente y gustosa, pronto le puse el pene brillante de mi saliva.. Le seguí pajeando pero sin apretar la verga, sólo deslizando mi mano de arriba abajo haciéndola resbalar en sutil y delicada caricia, mientras empezaba a intentar tragarme la enorme barra de carne cuya punta, inflamada y violácea me metía lentamente en la boca. Pero aún no habían llegado mis labios ni a la mitad, cuando ya me rozaba la garganta; no me cabía más.

―!! Sigue, más adentro. Vamos, trágala toda !!―

Negué con la cabeza mientras con una de mis manos le seguía pajeando y con la otra acariciaba sus humedecidos huevos. Lamenté no poder obedecerle, pero no me entraba más―

―¿Cómo que no..? ! Venga coño ! Más adentro―

Lo intenté de nuevo, empujé cuanto pude y logré meter un trozo más. Pero de repente me vino un golpe de tos y una violenta arcada que me obligó a sacarla toda. Mientras tosía, dio dos chupadas más al cigarro, volvió a echarme la ceniza en los pechos y me entregó la apurada colilla para que la pusiera en el cenicero. Ojalá no quisiera continuar fumando.

―Lo..Lo siento.. señor, perdone. Es demasiado grande, no me cabe más. Se lo juro, lo he intentado; incluso he desencajado todo lo que he podido mi mandibula, pero no entra más señor..― Me excusé mirándole suplicante. Y era verdad, eché mano de toda mi experiencia como buena tragapollas; separando al máximo mis labios, empujando mi lengua con su polla hacia abajo para hacer mas espacio, pero no entraba más. Era demasiado grande para mi boca.

―Está bien. Pues vuelve hasta donde te llegue. Pero no quiero excusas cuando me corra, no se te ocurra dejar salir ni una gota que me manche el pantalón, te lo tragas todo ¿entendido?―

―Si, señor.. No se preocupe, me lo tragaré todo.―

―No, yo no me preocupo. Eres tú la que tiene que preocuparse si no obedeces lo que te digo. ! Te tragas hasta la última gota ! Y la polla dentro de tu boca hasta que yo te diga―

―Claro, señor. La tendré en la boca el tiempo que usted quiera―

―Vale, sigue pajeándome despacio.

―Claro, señor. Como quiera―

Seguí meneándosela despacio, procurando que no se corriese ya que quería hacerlo en mi boca y ya he dicho que deseaba con todas mis fuerza agradar a este imponente macho.

―!Vuelve a chupármela !―

De nuevo aquel dulce suplicio de meterme su enorme verga en la boca. Esta vez conseguí meterla un poco más. Acaricié con la lengua, chupé fuerte mientras le masajeaba los huevos y le pajeaba, hundí mi cara hasta que casi no podía respirar y de repente, un grueso y caliente chorro de esperma que apresuradamente tuve que ir tragando inundó mi boca y garganta. Sentí el calorcillo de ese espeso líquido en mi estómago. Tanta fue la cantidad.

Seguí con su verga dentro de mi boca hasta que él me ordenase. Continué acariciando y pajeando, secándole al mismo tiempo sin notar que su fuerte erección disminuyera. Completamente vacíos sus huevos, bien satisfecha de caricias bucales y manuales, su verga continuaba dura y tiesa como si no le hubiese hecho nada; perfectamente dispuesta a partirme el culo y llenar toda mi vagina de haber podido. Continué con mi “trabajo” con la misma intensidad hasta que él me ordenase parar. Sus manos en la nuca, cómodamente reclinado en el sillón y gozando de su hembra hasta el último momento. Entonces empecé a notar en mi mano y boca cómo la enorme erección empezaba a disminuir tras unos largos y agotadores minutos.

―Ya vale, sécala bien―

―Si, señor―

Enfundó de nuevo su hermoso miembro viril en el pantalón, (no sin cierta dificultad) se levantó, agarró su copa y se dispuso a salir no sin antes mirarme con despectiva sonrisa como si me hubiese permitido el honor de ver y tocar su preciado miembro. Como a una puta barata a quien se le pagó más de lo que merecía

Quedé anhelante y ansiosa, insatisfecha en mi cuerpo y maltrecha en mi espíritu. Pero eso, que ya era habitual con Javier, iba a ser la nota dominante en mi vida: Proporcionar placer al hombre como mujer a su servicio y si en ello encontraba algún goce, eso que me encontraba; como ya en una ocasión me advirtió mi dueño y señor. No me quedaba otra que someterme a la voluntad y caprichos de ellos.

―¿Puedo lavarme, señor―

―No. Quédate ahí y espera al viejo. Está deseando pillarte. Cuéntale porque tienes las tetas y el culo sucios; eso lo pondrá más cachondo. Luego que te autorice él a lavarte si quiere―

―Bien, señor―

Y allí quedé, sola y esperando a mi próximo cliente.. Era todo un hombre bien dominante que incluso se hacía la idea de entregarme a otro. A saber lo que hubiera hecho conmigo de no haber allí alguna regla que contuviese a hombres como él. Porque después de todo no acabé tan mal a pesar de lo que le temí al principio. Y desde luego no fue por condescendencia hacia mi, nada de eso, era un niño de papa y mal criado que haría con las mujeres lo que le diese la gana. Allí le frenaba algo ! Seguro !

Llegó el vejete con su cara sonriente y relamiéndose ante lo que esperaba disfrutar.

―Vaya, ¿y esas tetitas tan sucias nena?―

―Don Jaime me ha estado echando la ceniza de su cigarrillo y me ordenó mezclarla con mi saliva, señor― “Señor por aquí, señor por allá”. Estaba ya harta de tanto “señor” constantemente, cansino. Pero tratamiento obligado a los hombres y había que mostrarse muy respetuosa.

―Ah, muy bien. Este chico tiene unas ideas. Pues ve a lavártelas. Esas tetas hay que saborearlas―

―Bien, señor. Enseguida vuelvo―

Entré en el pequeño cuartito en el que además de un inodoro y un bidé, había un lavabo en el que me dispuse a preparar mis pechos para el viejo. Con un trozo de papel mojado me limpié nalgas y muslos, me sequé y salí al encuentro del nuevo dueño de mi cuerpo.

―Ven aquí preciosa, siéntate a mi lado―

―Si, señor―

―Tienes el chocho mojado putilla ¿también es de saliva?―

No respondí al merecido insulto (merecido por la traición de mi cuerpo). Haciéndome la desentendida le dejé babearme los pechos mientras me metía mano por nalgas, piernas y vagina. Metió uno de sus dedos en ella después de apartar el candado y por eso descubrió mi humedad.

Me palmeó fuertemente las nalgas; era la señal y exigencia para que yo le acariciase en su bragueta. La situación no podía ser más repugnante.

Qué diferencia con el señorito. En su entrepierna sólo palpé un bultito caliente que a duras penas quería crecer. Unas cuantas pasadas de mi mano apretándole suavemente con mi mano y enseguida me ordenó liberar sus genitales bajándole los pantalones.

―Venga guarrilla, bájame los pantalones y tócame―

Obedecí en silencio. Al viejo no debía importarle mucho el tratamiento de la dichosa palabrita de “señor” ni nada parecido. Así que me aproveché. Me arriesgaba a una queja de un cliente, pero estaba segura de que el viejo no se percataría de ello; sus modales y forma, eran toscos y vulgares. Iba a lo que iba y punto. Sin importarle nada ningún protocolo.

Se correría pronto, como casi todos los viejos a los que me cedió Javier. Me lo decía mi triste experiencia.

Acaricié aquella pollita casi lacia y con pelillos canosos que tan repulsivas me resultaban, pero no había más remedio que complacerlas.

El hombre se echó hacia adelante, continuando su toqueteo en mis pechos y nalgas mientras yo le acariciaba suavemente su ansiosa y semi erecta verga.

Empecé por pellizcarle muy suavemente la piel que cubría su glande, el prepucio, frotándolo con los dedos como si entre ellos (pulgar e índice) tuviese una bolita de goma que constantemente masajeaba. Poco a poco, aquello subía más y ya le descubrí del todo la punta que ahora y con tres de mis dedos acaricié masturbándole.

El hombre jadeaba de placer y dejó de tocarme para concentrarse en el placer que recibía.

―Así, asi bonita. Me gusta esa paja que me estás haciendo, ! Sigue !―

Aceleré el movimiento de mi mano y ya entonces su pene alcanzó una considerable erección, así que pude agarrarlo con toda la mano y pajearlo con más velocidad. Palpé suavemente sus huevos para de esa forma darle mayor placer y que se corriese de una puñetera vez.

! Qué suerte nacer hombre ! Disfrutar a placer de momentos como aquel librándose de esa labor tan desagradable para una mujer, sólo por ser mujer.

En ese pensamiento estaba (recordando a mi dueño y a sus poderosos amigos, que no tenían que sufrir aquello) cuando me llegó la apremiante orden,

―!Chupa, chupa, guarra... Me corro !― El insulto era la común expresión con que los hombres “agradecían” el esfuerzo de la mujer por que obtuvieran su placer.

Inmediatamente llevé mi cabeza a su entrepierna, metí el pene entero en mi boca hasta que mis labios rozaban sus pelos, sentí el leve y caliente chorro de esperma entrar y lo fui llevando debajo de mi lengua, no quería tragarlo. Era demasiado líquido y el viejo olía mal.

Le pajeaba con fuerza mientras se corría para que quedase completamente satisfecho. Disimuladamente, escupí el semen en uno de mis zapatos.

―Oooh.. Bien preciosa, muy bien. De primera. Eres todo lo buena que tu lindo cuerpo promete. Hacía tiempo que no me corría así.. ! Gracias bonita !

―De nada, señor. Me alegra que le haya gustado―

Le sequé y limpié con las manos y le ayudé a meterla en su pantalón. Al menos el pobre, y a pesar de sus insultos por la excitación, habituado a lo que veía y oía allí, supo al menos darme las gracias. Cosa muy rara en los siempre ingratos hombres.

Volvimos al salón y allí seguí sirviéndoles copas y dejándome sobar por ellos y otros recién llegados que se habían incorporado a la reunión y sintiendo uno de mis pies húmedo y pringoso de las babas del viejo dentro del zapato. Como siempre, resbalaba y era muy incómodo además de asqueroso.

Más tarde atendí otras mesas cuando los primeros hombres se fueron retirando. Los comentarios que tuve que oír cuando se referían a nosotras como si no estuviésemos presentes, los incesantes y descarados tocamientos, acudir a los reservados y cómo las demás mujeres soportaban lo que yo, me decían que aún seguiría cayendo mucho más bajo...

A las siete de la mañana ya no quedaba ningún cliente en el pub. Y a las siete cuarenta y cinco pudimos retirarnos al dormitorio. Ya había allí unos carros cargados con el desayuno del que no había nada que echar en falta ni en calidad ni en cantidad. Aunque no comí nada desde el día anterior sólo tomé un chocolate caliente pues mi verdadera “hambre” era la de saber todo cuanto pudiese del temible harén al que ahora pertenecía.

Otras mujeres se sentaron con nosotras de las que habían estado en el pub con nosotras y en otros salones. Virginia y Rosa. Dos hermosas mujeres de treinta y siete y cuarenta y un años respectivamente. Deshechos sus moños, fruto de una noche bien “movidita”, mostrando un hermoso pelo de color negro azabache la una y rubia la otra. Quedaban muchas camas vacías pues sus ocupantes pasaron la noche con hombres que se las habían llevado a sus habitaciones y otras que, levantadas desde muy temprano fueron a servir el desayuno de los socios.

―¿Hemos estado un puti club no Carmen ?―

―Si cariño, ahí no había ningún socio. Sólo clientes del hotel que pagan un dineral por estar allí hasta la hora del cierre si lo desean. Pagan la estancia y un variado “bufé” de mujeres. Con algunas limitaciones, pueden pedirnos lo que quieran―

―¿Qué limitaciones?

―Pues nada de violencia extrema como sado maso y cosas así. Sexo normalito, algún castigo leve si lo desean y poco más―

―¿Es que los socios nos castigan más duramente?

―Si, Julia. Con ellos no podemos fallar ni poner pegas a nada. Quieren esclavas perfectas en todo.. Lo que se les ocurra y quieran.

―¿Cómo todo? ― Mi curiosidad aumentaba así como mis temores―

―! Todo ! Julia. Están pendientes del más mínimo fallo nuestro para disfrutar castigándonos. Quieren perfección absoluta en nosotras―

―A mi me trajo mi marido pintándomelo como un club de lo más inocente. Intercambio de parejas con nuestra misma fantasía de sumisión femenina y cositas así, de lo más inocente. Pero cuando me empezaron a ordenar auténticas barbaridades me negué y quise largarme de inmediato. Mi propio esposo me forzó a ir a las mazmorras y desde entonces no me niego a nada de lo que quieran. Te aseguro que te lo hacen pasar muy mal. Si me largo de aquí y no vuelvo, me buscará debajo de las piedras y le temo como al mismo demonio. Conociéndole, mejor que me tragase la tierra. La mala leche que tiene me da pánico... Quieren esclavas reales y no tienen ninguna clase de miramientos para conseguirlas.

A mis cincuenta y dos años, mejor obedecerle con la esperanza de que no me haga sufrir demasiado antes de vivir escondida y además inutilmente. Es una organización muy poderosa que pronto darían conmigo aunque me fuese al otro lado del mundo―

Aquello me dejó helada de miedo. ¿Organización? ¿A dónde me había metido el canalla de Javier?

―¿Es una trata de blancas no? ― Pregunté asustada ―

―No tanto, pues salimos de aquí y regresamos a nuestras casas cuando nos lo permiten. Eso si, volviendo en cuanto nos avisan y de inmediato. No comercian vendiéndonos a burdeles u otros locales por el estilo como sería una trata de blancas verdaderamente ilegal. De aquí no salimos; pero por lo demás casi que sí. Legalmente estamos aquí voluntariamente y más habiendo firmado nuestro deseo de pertenecer al “club”. Sólo somos las parejas de los socios fundadores de esto. Millonarios poderosos e influyentes a los que nadie molestará. Y si todas nos pusiéramos de acuerdo y denunciáramos al final nos creerían, claro. Pero no quiero ni pensar en las represalias. No hay salida, al menos para mi y como yo lo veo. Ya te digo, lo que me ordenen hacer, lo que quieran, yo lo haré―

Lo que escuchaba me horrorizó. Sólo la posibilidad de que me diesen permiso a salir y estar con mis hijos me consolaba algo. Incluso podría encontrar la forma de escapar de allí... Tiempo tendría de estudiar la forma como condenado que busca la manera de huir de su cárcel.

Seguimos charlando un rato más y mis preguntas no cesaban, tuvieron la consideración conmigo de comprender y respetar cómo me sentía y me apoyaron cuanto pudieron satisfaciendo mi inquieta curiosidad y consolándome asegurándome que después de todo aquello no era tan malo. Que incluso había momentos y hasta días en los que lo pasaría bien.

Además de Carmen, Elvira, Rosa, y Virginia se sumaron otras tres más cuya compañía, amabilidad, y comprensión fueron todo un alivio en mis primeras horas en un lugar en el que no sólo me privaban totalmente de mi libertad sino a todo cuanto iba a verme sometida.

Lo pasado la noche anterior, fue mera preparación para introducirme y ya bien adiestrada, en el placer a todo tipo de hombres, caprichos y fantasías sexuales de todo tipo. Por eso Carmen, cuando íbamos camino del pub ya me dijo que aquel salón sería el más fácil de atender y sin querer revelarme nada más.

Cansadas, una de ellas propuso que nos fuéramos a dormir. Naturalmente y correspondiendo a su amabilidad, no sólo dejé de preguntar sino que me mostré de acuerdo en ello.. Pero sabía que difícilmente podría conciliar el sueño. Y menos en un dormitorio colectivo sin ninguna clase de intimidad.

―Vamos Julia, intenta dormir.. Al menos se respeta nuestro descanso y en cuanto nos levantemos y comamos algo te enseñaré toda la mansión. Es lo que me han ordenado y haré con mucho gusto.

―Gracias Carmen, eres un cielo. Y por favor, una última cosa..

―Dime

―¿Qué es eso de examinarme? Reconocimiento médico ¿no?―

―Si cariño, examen ginecológico para poder servir a los escrupulosos y distinguidos psicópatas que nos retienen aquí. Si eres “apta” te presentarán al Amo (el presidente de todo esto, pero al que nosotras debemos llamar amo) están majaras con tanta parafernalia. Y con ese ten mucho cuidado cielo, es el más soberbio, engreído y orgulloso de todos los hombres además del más poderoso e influyente. Nos trata con verdadero desprecio el muy hijo de puta y de él depende nuestra situación aquí... Bueno, luego seguimos hablando mientras te llevo a ver todo esto.

―Claro Carmen, y muchas gracias amiga. Eres una maravillosa mujer―

―Pasé por lo mismo que tú ahora por culpa de un hombre y sé cómo te sientes.

――¿Tu marido también?

―No, mi jefe. Trabajaba en las oficinas de su empresa y por mi novio cometí el error de hacer unos chanchullos para conseguir algo más de dinero. Me pilló y tiene en su mano meterme en la cárcel durante bastantes años y verme sin nada con que vivir cuando salga. Mi novio me dejó y ahora dependo por completo de él―

―Vaya, lo siento cariño―

―Es igual, prefiero esto. Aquí por lo menos puedo salir cuando me dejan y la vida no es tan dura.. Bueno, vamos a dormir y luego te sigo contando mientras te llevo a ver todo esto. Debes conocerlo todo para servir adecuadamente a los señores―

Al menos me consolaba y mucho, la certeza de que la relación con mis compañeras de infortunio era en principio (sabiéndonos todas en la misma o parecida situación) más que excelente.

Dormí unas tres horas. No sabía cómo logré pillar el sueño pero así fue, sin apenas darme cuenta. Miraba al techo, sumida en mil dudas y temores hasta que agotada, caí en un inquieto sueño del que Carmen me despertó a las tres de la tarde. No había ventanas y la iluminación se reducía al mínimo cuando las mujeres del turno de noche descansábamos. Que se respetaba nuestro descanso era pues, muy cierto.

Me fijé en lo hermosa que era y en la diferencia con el vestido que usamos la noche anterior. Éste tenía la forma del otro, es decir, abierto completamente en la falda, pero atado mediante dos tirantas detrás del cuello y por debajo del collar; de suave gasa e intenso color azul, cubría sus pechos al contrario que el otro, insinuando su desnudez más que mostrarla claramente. Muy transparente, a contraluz podría verse perfectamente su cuerpo desnudo. En cuanto a los pies, iba calzada con sandalias de medio tacón, del mismo color del vestido y cerradas, dejando al descubierto los talones. Era la “ropa de día” que debíamos llevar por toda la finca hasta la noche, en que usaríamos otro diferente aunque igual de sexi y provocativo.

―Hola Julia ¿has descansado?―

―Algo; ya te puedes figurar..―

―Si, ya veo tus ojeras. Ahora lo arreglamos con un poco de maquillaje. Abre tu armario y ponte los zapatos y vestido que verás iguales a los míos―

Dormíamos desnudas, con el collar, aros y tobillera como único pijama. Un minuto después estaba vestida exactamente igual que ella.

Después de comer algo, salimos a conocer la prisión a dónde me habían encerrado.

Empezó por el segundo sótano. Llegamos a un largo pasillo donde estaban las celdas de castigo. En todas, una X de madera negra, con muñequeras y tobilleras para inmovilizar a la víctima; además era giratoria con lo que se podía poner a la mujer boca abajo y de esta forma ser castigada en todas las partes de su cuerpo cómodamente. Algo verdaderamente terrorífico.

Colgados en una pared, látigos, varas y esposas estaban allí para disuadir a las mujeres e inducirlas a la más absoluta obediencia a los deseos de sus dueños y señores.

En el centro de la sala, el “caballito”. O sea, una pieza de fibra o plástico en forma de caballo cuyas patas se asentaban sobre una base oscilante. La montura consistía en una enorme pieza metálica en forma de pene con la que la mujer se penetraba antes de sentarse. Observé que de la base del cruel artilugio, partía un cable que acababa en un dispositivo regulador y éste a una toma de corriente en la pared.

Contemplaba todo aquello como quien ve una película de terror.

―Tranquila Julia. No te asustes, sólo nos traen aquí por faltas muy graves―

―No, si no me asusto.. Nada más se me ponen los vellos de punta por el pánico―

Las dos reímos la “gracia” que se me ocurrió y que aún no sé de dónde saqué.

Argollas en techo, paredes y suelo. Correas, cadenas, pinzas y electrodos completaban el arsenal de herramientas para garantizar la absoluta docilidad y obediencia de las mujeres..

Seguimos por el dantesco pasillo. Las cuatro o cinco celdas que había allí estaban vacías, señal inequívoca del buen comportamiento de sus potenciales moradoras. Excepto la última. En ella había una mujer completamente desnuda, de intenso color negro su pelo, piel suave y pálida, de poca estatura y atractivo cuerpo sentada sobre un colchón en el suelo. En el otro extremo de la celda, un perro dormitando. Era un pitbull de amenazante aspecto que nada más llegar nosotras se avalanzó sobre la reja ladrándonos a las dos furioso.

Enseguida Carmen abrió completamente su falda dejando que el perro la olisqueara a través de los barrotes advirtiéndome en voz baja que la imitase.

―Preséntate al perro Julia, hay cámaras.. Y no hables― Me dijo en voz casi inaudible.

Rápidamente me puse a su lado, mostrando mis piernas y vulva al agresivo y terrorífico animal. El perro pasó a olisquearme a mi; un escalofrío de asco y miedo recorrió todo mi cuerpo sintiendo en mi piel el húmedo hocico y los repugnantes lengüetazos en mis muslos y vulva. El animal parecía ahora calmado, como si le hubiesen dado la golosina que esperaba. Recordé entonces las normas: Debíamos respeto a todos los machos incluyendo a los animales. Lo que en principio pensé era una exageración fantasiosa por parte de quien las elaboró, resultó ser toda una demencial realidad.

Carmen preguntó entonces a la mujer, mientras el perro pasaba de una a otra de nosotras que continuábamos respetuosamente presentadas a él con las faldas levantadas.

―¿Cómo estás Isa..? (Isabel)― Como dije, excepto anillos y collar estaba completamente desnuda. Hacía frío allí, los sótanos no estaban climatizados como el resto de la finca. Por eso al menos la pobre mujer disponía de una gruesa manta.

―Fatal Carmen.. Agotada y dolorida, anoche apenas si me dejó dormir. Me despertó varias veces con sus manazas y ladridos para follarme. Ahora lleva unas horas tranquilo pero mira, ya empieza de nuevo.. Por favor, di a esa gente que no volverá a pasar. Que haré lo que quieran, incluso con los perros, pero que me saquen de aquí―

―Claro que si Isa.. Hablaré con ella, le diré lo que me has dicho y que haga cuanto pueda para sacarte de aquí―

―Me dijeron que dos días Carmen, pero no lo voy a soportar; me va a destrozar―

―Si, tranquila. Me han ordenado enseñar la casa a ella ―señalándome con la cabeza – es Julia.. En cuanto veamos a Andrea se lo diré, tranquila. Y ojalá te saquen pronto...

La pobre mujer me miró y trabajosamente pudo emitir un débil hola que le correspondí y agradecí con el alma en vilo por ella. Mientras, y como sabiendo lo que debía hacer ante las nuevas manotadas del perro, salió del colchón y a cuatro patas se ofreció bien abiertas sus piernas al temible perro.

Enseguida le echó las patas en su herida espalda y con total facilidad, la penetró salvajemente, como un poseso. Las crueles y aceleradísimas embestidas del perro la hacían gritar mientras éste, ignorándola, se clavaba cada vez más adentro de ella.

Las dos mirábamos atónitas y asustadas la bestial cópula con los ojos desencajados.

Los pechos de ella se bamboleaban violentamente por los fuertes empujes del animal, así como su desenmarañada melena vibraba como azotada por el viento y los aros de sus orejas casi volaban.. La expresión de su cara era de intenso dolor, cerrando fuertemente los ojos y mordiéndose el labio inferior.

Llorando, Carmen se disculpó.

―Perdona Isabel, también tenía que traer a Julia aquí. Ha sido por nosotras, al olisquearnos se ha excitado.. Ha sido por nuestra culpa, pero sabes que tenemos que presentarnos también a los perros―

―No..No, Carmen.. Tranquila.. No es.. ―voz entrecortada, no podía ni hablar la pobre mujer. Sus gemidos y ayes eran como si estuviese pariendo― No es.. por vuestra culpa. Está en..trenado.. adiestrado para hacerlo con mujeres..Y,..Y, esta mañana le inyectaron algo que lo pone así..―

Al poco rato el perro fue disminuyendo la intensidad de sus movimientos hasta quedar completamente quieto y babeando la espalda de ella. Luego se dio la vuelta pasando una de las patas por la espalda de la mujer hasta quedar ambos “pegados”. Culo con culo. Su dolor se manifestó en un alarido que me heló la sangre. Así la tendría durante diez o veinte minutos hasta que el bulbo del glande perruno disminuyese.

Los dos, perro y mujer quedaron inmóviles. El animal jadeaba fuertemente.

Era una cruel barbaridad.. La más repugnante vejación que había visto. Pero sin duda y de esta forma, se lograba que para nosotras cualquier hombre fuese un Adonis comparado con entregarse a un perro.

―Tenemos que irnos Isa. Te prometo que hablaré para que te saquen de aquí cuanto antes...

―Val..vale, cariño. Y si, por favor. Hazlo; di que he aprendido. Que le digan al Amo que estoy deseando jugar y ser cariñosa con su perro―

―Que si tesoro. Verás como hoy mismo te sacan de aquí. Hasta luego Isabel―

―Gra..Gracias Carmen.. y a ti, Julia―

―No cielo. Gracias a ti, eres muy amable. Ojalá salgas de aquí ya―

―¿Qué piensan aquí que somos Carmen? ¿Cómo es posible que nos traten como a animales?― Le pregunté llorando y atemorizada.

―Habla más bajo Julia. Hay cámaras de imagen y sonido por todas partes. Lo que creas que es una simple lámpara puede ser una. Y para ellos somos simples esclavas; simples hembras con las que jugar y disfrutar sexualmente de la forma que quieran. Casi todas nosotras, la gran mayoría, estamos aquí obligadas de una u otra forma y no podemos escapar. Son unos pervertidos que lo saben y se aprovechan de ello. Ya lo leíste en las normas: Ningún hombre se privará de nada que desee en nuestro harén.. Absolutamente de nada. Y nuestra obligada obediencia les da derecho a eso y a todo lo que quieran, ya lo has visto― Hablaba en voz muy baja, asustada incluso, diría yo―

―Hacerlo con un perro ! Dios ! mío ¿cómo voy a soportar eso?―

―Puede que no, Julia. Hay mujeres que llevan mucho tiempo aquí y no lo han hecho nunca. No sé, puede que no guste a sus dueños y éstos no lo permitan―

―Ojalá sea así― Dije como suplicando y los ojos llenos de lágrimas. Entonce recordé angustiada el día que Javier me hizo limpiar la jaula de sus perros desnuda con mis otras compañeras, y temí por eso que él también me obligase a estar con un perro―

―Isabel se negó, claro― Volví a inquirir mientras subíamos unas escaleras―

―Si, y nada menos que con el Amo. A ese bestia sí que le gusta eso. La zoofilia entre mujeres y perros le excita y no se anda con miramientos cuando quiere disfrutar de ese espectáculo. Por más que le rogó Isabel, éste no la escuchó. Sólo le dijo que a su perro ninguna hembra lo rechazaba. Ayer la mandó aquí a que el perro que has visto, sucio y mal oliente a posta, se la coja cada vez que quiera; y ataca ferozmente si no te dejas penetrar por él.. Así que “jugar” con su perro, limpio y bien cuidado, para Isabel será una delicia en comparación con lo que está pasando ahora. Ya la has oído: “Que digamos que está deseando jugar con el perro del Amo”. Dominada y sometida por completo a lo que se le ordene. Él lo ve todo desde su despacho, por eso te dije que te presentaras al perro. Y por mucho que ruegue, Isabel tendrá que cumplir enteramente su castigo. Nos quieren bien escarmentadas. En cuanto se haya recuperado, volverá con el señor presidente y después de disculparse le suplicará estar con su perro y tratar al animal como a su mejor amante.

―¿Porqué tanto temor y respeto a ese hombre..?― Pregunté de nuevo asustada―

―Todos los hombres son accionistas, pero él es el dueño de la mansión además del máximo representante de una poderosa organización. Tiene a todos bajo su mando. Exactamente por qué, no lo sé―

Dejamos el frío de los sótanos para entrar en una cálida sala en la que varios hombres disfrutaban del masaje que mujeres desnudas le prodigaban. Había unos cubículos separados por cortinas unos de otros y en uno de ellos pude ver que la camilla donde se tumbaban los hombres tenía en la parte superior una abertura almohadillada para meter la cara y otra más pequeña para la zona abdominal de su afortunado ocupante. La parte superior era regulable en altura para las distintas estaturas de los hombres. Así, cuando el todo poderoso macho se tumbaba y recibía su masaje en el cuello, espalda, glúteos, piernas e incluso suaves caricias en su cuero cabelludo, otra mujer debajo de la camilla se encargaba de atender sus genitales con manos y boca. Un completísimo combinado de caricias en cada centímetro de su cuerpo. Al darse la vuelta, las mujeres cambiaban su cometido; la que estaba debajo se incorporaba para acariciar y dar masaje en pecho y abdomen mientras que la otra le pajeaba suavemente chupándole de vez en cuando. Un simple chasquido de sus dedos indicaba cuando el hombre quería eyacular.

En otra sala contigua, los baños termales. Preciosos arcos sustentados por soberbias columnas guardaban una pequeñas piscinas a distintas temperaturas. El conjunto, de estilo árabe, estaba muy tenuemente iluminado y también allí, como no, mujeres completamente desnudas acompañando y haciendo las delicias de estos nuevos sultanes.

Fuimos al amplio y ostentoso vestíbulo de entrada al que nosotras sólo íbamos a recibir a los señores pero que no podíamos utilizar como entrada a la casa, lleno de la luz que proporcionarían de noche hermosas lámparas de araña, prestigiosos cuadros adornando sus paredes y una enorme escalera de mármol que conducía a los distintos salones, comedores y habitaciones privadas de los hombres.

Para acabar el recorrido, las cuadras. Ya en el exterior notamos el frío en nuestros cuerpos y que debíamos soportar hasta acabar por completo la visita. Aquello ya, era lo último por ese día. Prácticamente había visto toda la casa. Según las reglas de obligado cumplimiento, debíamos cuidar esmeradamente de toda la casa, su mobiliario y enseres así como de nuestra ropa. Por eso, antes de entrar en las cuadras tuvimos que quitarnos los zapatos y recorrerlas descalzas para no ensuciar ni estropear los zapatos. Eso si, en nuestros pies iba quedando toda la suciedad del suelo de la cuadra. Suciedad y frío. El calor corporal de los caballos nos aliviaba un poco.

Leve y respetuosa reverencia flexionando las rodillas al cruzarnos con dos hombres, éstos nos ignoraron como si de otras yeguas se tratara. Desde luego lo caballos que veía eran hermosos ejemplares que, como nosotras, estaban allí para deleite de los señores.

Y otra degradante y vejatoria imagen que me quedaba por ver: Salimos a un patio con suelo de cemento; atada a una barra metálica tenían a una yegua. Otra mujer, esclava por supuesto, y ante las miradas lujuriosas y expectantes de varios hombres, traía de la brida a un hermoso caballo que en cuanto olió cerca a la yegua, corrió a montarla ante la dificultad de la mujer por contenerlo. Venía con una enorme erección y nada más poner sus patas en el lomo de su hembra, la mujer le agarró el enorme pene y lo guió hasta introducirlo en la vagina. Inmediatamente el caballo empujó desesperado hasta el fondo, mordiendo las crines de la hembra, como sometiéndola a sus exigencias de macho dominante. Viendo eso, recordaba lo que tantas veces me repitió Javier en cuanto a la superioridad del macho sobre la hembra: Que era regla dispuesta por la Madre Naturaleza en todas las especies animales incluida la humana. El macho nos protege y mantiene, la hembra le obedece y le sirve. Ideas machistas que había que tolerar y acatar por vil y cruento chantaje y al que se sumaba el miedo al castigo.

Así que también éramos mujeres mamporreras para que, sexualmente, nada faltase a los señores. La mujer tendría unos cuarenta años quien con cara de asco, sujetaba y empujaba con su delicada mano la portentosa verga del macho hasta verla por completo dentro de la yegua.. Vergonzoso y denigrante espectáculo y muestra bien evidente de lo poco o nada que éramos para los hombres. Pero la cosa no acababa ahí...

Acabada la cópula, el caballo soltó a la hembra y en cuanto sus patas delanteras volvieron a pisar el suelo la mujer se arrodilló debajo de él y, según las degradantes y vejatorias normas, limpió el asombroso pene del animal frotándolo en sus pechos que pronto tuvo brillantes y empapados de los restos de esperma que el animal aún escupía. Al mismo tiempo deslizaba sus manos desde la base del pene hasta la punta y se las secaba en su vientre, muslos y piernas, repitiendo la operación varias veces hasta que dejó el enorme falo completamente limpio y seco traspasando los restos de fluidos a su húmedo y pegajoso cuerpo.

―Muy bien guarra, ahora ! Chúpasela !―

La pobre mujer miró a los hombres suplicante, pero bien sabía que no le harían ningún caso y desobedecer habiéndoles puesto “a cien” con el espectáculo que les ofrecía, era muy peligroso.

Así que decidida, agarró de nuevo la tranca del equino y con dificultad metió en su boca el grueso glande.

Así la tuvieron varios minutos hasta que le ordenaron seguirles y llevar de nuevo al caballo a su establo donde sin duda ella acabaría llena en todo su cuerpo de semen animal y humano.

―Ella también se negó a eso Julia.. En las celdas de castigo la montaron en el caballito que viste hace un rato, penetrada por el pene metálico en la montura y lo hicieron balancear y girar como un toro mecánico de esos de feria mientras le soltaban descargas eléctricas con él. Me lo contó ella. Y ya ves el resultado.. No se puede desobedecer a estos bestias―

―!Esto es espantoso Carmen ! ¿Cómo voy a soportarlo Dios mío?―

―Como yo y como todas cariño. Puedes irte cuando quieras, ya lo sabes. Pero ¿a dónde irás que no te hagan la vida igual o más insoportable que aquí ? ¿Cómo vas a mirar a tu familia, a tus hijos a la cara ?

―Algo se nos tendrá que ocurrir. Algo idearé para escapar de todo esto―

―Eso mismo llevo pensando yo hace ya dos años. Y hasta ahora la única salida que veo, es obedecer. Que no me lleven a las celdas. Además no obligan a todas las mujeres a esto. Así tienen a la mayoría dócilmente dispuestas a servirles con tal de no someterlas a la zoofilia. Lo tienen todo muy bien calculado para hundirnos cada vez más―

―¿Es que son hombres o demonios estos hijos de...?―

―Si fueran demonios tal vez fueran mejores. A nosotras no nos gustan los demonios y por eso poco daño pueden hacernos, pero los hombres sí que nos gustan.. Por eso, primero tragamos, luego consentimos y cuando venimos a darnos cuenta nos han cazado. Tenemos un montón de oportunidades de librarnos de ellos pero no queremos, así que ¿qué hacemos sino pagar nuestros propios y estúpidos errores..? La humanidad Julia, el mundo “civilizado”.. Y vámonos que me olvidé enseñarte otra cosita más―

―Creo que tienes razón Carmen.. ! Tienes mucha razón !―

Lo que me dijo era como si me conociera de toda la vida. Exactamente lo que sentí por Javier desde el primer día: Tragar, consentirle todo y cuando pude dejarlo no quise. Ella me dejó bien claro que conocía bien cómo era yo pues ella habría pasado por la misma o muy parecida situación. Cuanto más sometida y humillada, más enamorada. ¿Cómo explicar y explicarme eso?―

Nos lavamos los pies con la helada agua de una manguera y nos secamos con papel de manos de un rollo que había cerca. Nos pusimos los zapatos y salimos por otra puerta a un jardín que nos condujo de nuevo a la casa. Mi cabeza no paraba de dar vueltas..

Entramos por otra puerta de servicio y me reconfortó el agradable ambiente climatizado. A través de un pasillo llegamos a la inmensa cocina de la mansión. No entramos, sólo la vimos desde la puerta pues debíamos seguir adelante hasta los ascensores.

Un montón de mujeres se afanaban en los diferentes fogones y fregaderos; vestidas únicamente con delantal blanco y gorro de redecilla. Me fijé que todas estaban descalzas.

―¿Por qué están descalzas Carmen? Capricho de los hombres ¿no?―

―Si y no. Hasta hace poco llevaban zapatos normales y de medio tacón como los que llevamos tú y yo ahora.. El suelo es muy resbaladizo y una mujer que resbaló casi se rompe la cabeza, así que pidieron a través de una de las instructoras al Amo un calzado antideslizante. Y la respuesta de éste fue que era mucho más barato evitar el peligro de caídas trabajando descalzas. Y ahí las tienes, tan felices y con sus pies pringosos. Yo he estado muchas veces en cocina y te aseguro que es super desagradable estar descalza ahí. Y cuesta la misma vida lavarte los pies después de tanto tiempo pisando ese suelo―

―O sea que el señor presidente no se anduvo con miramientos―

―Pues no, ninguno. Ya ves, descalzas. Lo que les costará a ellos diez o doce pares de zapatillas.. Y ojo dónde hables, que para nosotras es el Amo―

―Si, lo olvidé. Perdona―

―No te disculpes conmigo Julia, cariño. Lo digo por ti. Si te oyen pueden mandarte lo que quieran como castigo. Están deseando pillarnos en alguna falta. Ya has visto lo vacías que están las celdas―

―Si, tienes razón. Gracias cielo―

Un ascensor nos llevó a la segunda planta. Entramos en una sala en la que vi siete u ocho puertas de pequeñas cabinas. Carmen abrió una de ellas y me mostró el interior: Un confortable sillón frente al cual había una ventana rectangular y a través de la que se veía un pequeño escenario circular. Era el peep show.

―Aquí se dan espectáculos porno en vivo y en directo. El señor se sienta ahí a contemplar tranquilamente el numerito. Unas veces te tocará servir en el escenario y otras en una de estas cabinas―

―¿Cómo..? ¿Haciendo sexo mientras me ven desde aquí?―

―Si. Y otras veces acompañando al señor aquí dentro. En cuanto él se pone cachondo nos tiene aquí para “aliviarse”. Te habrás dado cuenta de lo sibaritas que son para todo. Te manda a por alguna bebida, te soba y lo que quiera de ti mientras dure “el teatro” o estar aquí dentro el tiempo que quiera con la mujer que le acompaña―

―Otra forma más de juguete sexual―

―Exacto Julita,, Así es. Y bueno, se acabó. Vamos a nuestro saloncíto que ya debe estar la merienda y estoy que me como las piedras.

Regresamos al dormitorio y efectivamente en la gran mesa central había varias bandejas cargadas con frutas, bocadillos, pasteles y en fin, una suculenta merienda que Carmen pronto atacó.

No me apetecía comer nada en ese momento así que me dio por curiosear mi armario. Además de diferentes vestidos y faldas, había sujetadores, bragas, tangas, medias de liga, ligueros.. Lencería íntima de diversos colores que naturalmente estaban allí para que las usara si algún hombre me ordenaba ponérmelas. Siendo prendas interiores, jamás podría usarlas por deseo o comodidad mías ya que nos estaban prohibidas.

Las demás mujeres que pasaban cerca me saludaban simpáticas y agradables y eso me tranquilizó pues significaba un gran alivio y consuelo después de ver lo que iba a tener que soportar en ese terrible lugar. Al menos la relación con mis compañeras empezaba siendo bastante buena y en Carmen vi a una buena persona y, con toda seguridad, a una buena amiga. Pero el débil sosiego que empecé a sentir gracias a la compañía de las otras mujeres duró muy poco. Algo me volvió a la angustia y miedos que sufrí durante todo el día ante tanta agresiva, degradante y cruel barbaridad: Una mujer que salía de las duchas, completamente desnuda y secándose el pelo, lucía en la parte lateral de su muslo derecho la odiosa y humillante “H” en relieve sobre su piel; grabada a fuego; marcada como una res.

Corrí a preguntar a Carmen.

―!Carmen, Carmen..! ―casi le grité señalando a la mujer que salió de la ducha― Mira a aquella chica marcada en su piel. Dime que es sólo capricho de su dueño y que ella consiente. La veo contenta y muy tranquila, canturreando y todo ― Especulando cándidamente con esa idea ―

Le pedí nerviosa la respuesta que yo quería oír; que esa marca no era para todas nosotras sino sólo un capricho más de su dueño.

Tras unos segundos de silencio me reveló lo que claramente trató de ocultarme caritativa conmigo todo el tiempo que pudiese hasta por lo menos adaptarme un poco. Tenía las piernas cruzadas y, apartando la falda, respondió a mi angustiada pregunta mostrándome idéntica marca―

―Nuestros cuerpos les pertenecen Julia y así nos lo demuestran y recuerdan constantemente. Qué mayor fuerza psicológica para convencernos de que somos suyas, de su propiedad que marcarnos como a sus caballos y yeguas. No se conforman sólo con el tatuaje cielo ―

―¿Qué más hay que no te atreves a confiarme Carmen?―

―¿ Te gustan mis labios?―

―Si, claro. Son muy bonitos y atrayentes―

―Sensuales y muy sugerentes como dicen y quieren ellos: Botox Julia. Tratamiento con botox. Antes, mis labios eran más o menos como los tuyos. El resto de mi cuerpo todavía les parece atractivo y apetecible sin necesidad de nada más. A otras mujeres sin embargo las han sometido a mamoplastias de aumento o reducción, creo que se llama eso, según tuviesen sus pechos demasiado pequeños, grandes o algo caídos. También nos transforman a su gusto. Tranquila cariño, no es tan grave, ya lo verás. Nos hacen más atractivas aunque sea para ellos pero, ¿y si un día podemos irnos de aquí...? Ya lo tenemos,, Y gratis. ― Dijo por consolarme. Desde luego era una buena mujer que compadecida, me besó en la mejilla enjugando mis lágrimas.

Aterrador, aterrador y vejatorio disponer mi cuerpo como si de un animal se tratara.

De nuevo la terrible y espantosa pregunta: ¿Dónde me habían metido...?

CONTINUARÁ…

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