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Daniela, de entrega inmediata

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  • Después de mi primera infidelidad, repetí con el chofer de mi esposo...

    Después de mi primera aventura extramarital ("Daniela y la primera infidelidad"), las cosas no eran como antes, mi marido y yo vivíamos en pleitos constantes, él con sus frecuentes borracheras y yo con mis reclamos, cada día nos distanciábamos más.

    Lo peor es que yo deseaba repetir mi experiencia infiel, pensaba en Luis y Juan Emilio, en sus vergas que tanto me hicieron gozar y todo lo que ellos me habían disfrutado y enseñado. Tres semanas de recuerdos, tres semanas de ardor, tres semanas de insatisfacción con mi marido, con quien la cama solo servía para dormir.

    Era sábado por la mañana, sonó el teléfono mientras me duchaba, mi esposo contestó, salí solo envuelta en la toalla, sentada en mi cama empecé a secarme, sin darme cuenta mi marido me observaba, de pronto se acercó por detrás y besándome el cuello me dijo:

    ―¡Qué rica estas nena, me encantas!... –

    Me despojé de la toalla y le mostré mi moldeado y desnudo cuerpo, se acercó, me besó y empezó a mamarme y a chuparme los senos. Su mano bajo a mi rajita y su dedo entró en mi cueva. Yo muy mimosa le susurré:

    ―¡Te necesito mi vida, cógeme!... ―, se lo dije pasando mi mano por su pene.

    Él se bajó ante mí y empezó a chuparme la pucha mojándome de inmediato. Acercó su enhiesta verga a mi cuca y sin esperar más, me la clavó hasta la raíz. Yo esperaba que retozáramos mucho más, que me permitiera mamarle la verga, que me hundiera los dedos en el ano… Unos cuantos movimientos bastaron para regarme con su leche. Por supuesto que se lo reclamé y me dejó fría su respuesta.

    ―Lo siento, pero ya no aguantaba las ganas de metértela… ―, sentía riquísimo cómo se movía su flácida verga aún dentro de mi gruta, pues me sentía sumamente cachonda, pero sabía que no se le pararía inmediatamente.

    Casi lo golpeo, le dije que cómo era posible que únicamente pensara en él, y otras tantas verdades que tenía apechugadas en el alma. Se puso de pie y dejándome allí temblando de rabia, se fue a duchar. Un fiasco más, yo hambrienta de verga y el muy imbécil solo se le ocurrió ir a bañarse. Me vestí aún corajuda, el día se mostraba caluroso pero yo estaba que me llevaba la chingada. Reflexioné y decidí darle otra oportunidad, no usaría ropa interior y seduciría a mi esposo como en los viejos tiempos.

    El vestidito que elegí, me hacia ver muy putona, pues era muy revelador, de color azul, muy delgado y muy corto; dejaba ver mis ricas piernas y al agacharme mostraba mis redondas y desnudas nalgas, y más abajo, mi depilado pubis. Preparé el desayuno y lo llamé, tardó un tiempo y al llegar al comedor me di cuenta que se había arreglado para salir.

    ―Tomaré solo jugo, tengo que salir… ―, me dijo cínicamente.

    ―Pensé que hoy no trabajarías… ―, le dije molesta. ―Por lo menos desayuna, ya preparé todo… ―

    Sonó el timbre y mientras él se acomodaba en la mesa yo salí a ver quien era...

    ―Buenos días señora, vengo por el ingeniero… ―

    Se trataba de Julio, uno de los chóferes de la constructora en la que mi esposo trabaja. Al igual que el otro chofer, era atractivo y muy bruto, de hecho siempre me habían resultado los dos bastante patanes, pero muy cachondos, así que al ver a este tipo tan de cerca me estremeció involuntariamente, pues era un tipo bastante, fuerte y moreno. Cierto es que ya lo había visto y siempre me atrajo, pero nunca lo vi tan de frente, alto, fornido, quemado por el sol y de brazos velludos, ¡mmm!...

    ―¿Van a salir?... ―, le pregunté entre ingenua y coqueta.

    ―Si, creo que van a supervisar a ciudad Altamirano… ―

    ―¿Van?... ¿Qué tú no vas con él?... –

    ―No señora, llevará Ramón, mi compañero, a su esposo y al ingeniero Arturo―

    ―Y yo que pensé que mi viejo estaría conmigo hoy. Pero que se puede hacer con un marido tan ocupado, ¿verdad?... Otra vez me la pasaré solita... ―, le dije mientras le sonreía coqueta y enfatizaba la última palabra.

    Lo miré insinuante, con esa picardía que poseemos las mujeres atractivas y sensuales, y él, por supuesto, sosteniéndome la mirada solo me dijo:

    ―Falta de confianza señora, eso se puede arreglar si usted quiere... –

    Al decir esto me miró los senos descaradamente.

    ―¡Estas loco!... ―, le dije muy puta y sonriéndole me di la vuelta y moviendo las nalgas provocativamente.

    Me imagino que se le paró la verga al ver como oscilaban mis suculentas nalgotas, pues de reojo me di cuenta que se frotaba la bragueta. Entré a la casa y para mi sorpresa me sentía mojada de la panocha, en parte por las mamadas que me había dado mi marido y en parte por ese tipo que me había inquietado. Salí con mi marido a despedirlo, pero mi vista estaba en el chofer, el cual se despidió de mí dándome la mano con un prometedor:

    ―Hasta luego, señora… ―, y que yo reafirmé con una leve e insinuante sonrisa.

    Al partir mi esposo, regresé a casa y me imaginé al chofer cogiéndome, se veía un bruto y me estremecí de pensarlo, pero el tiradero de la casa me hizo apartarlo de mi mente y me dediqué a mis quehaceres... Cerca de las 12 del día terminé y me fui a la sala, encendí el televisor y me fui quedando dormida... El ruido del teléfono me desperezó, contesté y me colgaron, eran las 14:00 horas... «Qué flojera», pensé. Fui al baño me lavé la cara y me maquillé levemente, estaba en eso cuando sonó el timbre del portón...

    ―¿Quién será?... –

    Salí dispuesta a ver al clásico vendedor... El teléfono de nuevo y colgaron otra vez. Una vez mas el timbre de la casa y ahora mi vecina. Charlé con ella unos cinco minutos y se despidió, me di una ducha para ir a casa de mi mamá y pasar la tarde con ella, pero que aburrida me iba a dar. Cambié de opinión y le hablaría a mi amiga Vero para salir a comer con ella. Me maquillé otra vez, elegí un vestidito corto de color rojizo, decidí no usar ropa interior de nuevo. Me encanta salirme a la calle sin nada debajo, excepto mi perfume favorito con olor a vainilla y mis sandalias de tacón. Me vi al espejo, me veía muy buena, bonita, más bien cachonda por mi cabello suelto, y con una cara de "cómeme"...

    De nuevo el timbre de la puerta: «Cómo chingan», pensé. Y de mala gana fui a ver quien era esta vez.

    ―Hola… ¡Qué tal si me invitas a pasar!... –

    ―¡Julio!... ¿Qué haces aquí?... ―, le dije sorprendida y nerviosa.

    ―¡Vengo por ti!... –

    ―¡Estás loco!... Vete por favor te puede ver alguien, o puede regresar mi marido…

    ―No señora, ya están en Guerrero, y ahora vengo para darte lo que pides a gritos mi reina… ―

    Sin más me empujó y entró a la cochera, cerró el zaguán tras de sí y me tomó por la cintura; me acercó su cara rasposa por su barba sin afeitar y me besó. Su lengua entró en mi boca, me explotó el sabor delicioso de su saliva y una de sus manazas me apretaba las nalgas. Intenté separarme y no pude, el beso se prolongó y sin recato le correspondí… Me tomó de la mano y prácticamente me arrastró al interior de la casa. En la sala me seguí besando, me saco las tetas y se dedicó a chupármelas al tiempo que me seguía apretando las nalgas...

    ―Me encantan las viejas como tú que no usan ropa interior, son las más calientes y putas… ―, me dijo jadeando. ―Cuando vine por tu marido me di cuenta que no traías nada debajo del vestido, se te veía todo, cabrona… ―

    ―Pero si uso… ―, le dije confundida.

    ―¿Y ahora por qué no traes nada, puta?... ―, me preguntó cínicamente mientras me seguía acariciando el culo.

    No dije nada y me gustó su atrevimiento y esas palabrotas que de inmediato me prenden, sus manos me habían levantado el vestido, me acariciaba las nalgas y me miraba con lujuria. De su pantalón se levantaba un bulto amenazador sin pensarlo le toqué esa verga por encima del pantalón.

    ―¡Llévame a la cama, quiero que me cojas riquísimo!... ―, le dije ya sin medir las consecuencias y con toda la putería que fui capaz.

    Lo tomé de la mano y lo guié a mi recámara, pero él me hizo caminar adelante suyo, al tiempo que me nalgueaba sin cesar. Cuando llegamos, se quedó asombrado de lo bonita que tengo arreglada la recámara.

    ―¡Que rica camita!... ¿Aquí te empala tu marido?... –

    Solo asentí con un ligero movimiento de cabeza.

    ―Me imagino que no te llena ese pendejo, ¿verdad?... Ya está viejo y tú estás bien jugosa… Desnúdate cosita, que ya me muero por trabarte… ¡Mira como traigo la verga, cómo a ti te gustan!... ―, al tiempo que decía se quitó el pantalón mostrándome su tremendo garrote.

    Gruesas venas surcaban su verga, gorda y prieta. Su tórax velludo me hizo temblar de solo verlo y mi vagina se me contrajo al igual que mi ano.

    ―Quítate todo mami…

    ―Encuérame tú… ―, le dije muy caliente.

    Me quitó el vestido y me dejó totalmente desnuda, me vio y sus ojos brillaron de lujuria.

    ―Déjate las zapatillas, me encanta cogerme a las putas con las zapatillas puestas y tiene unas patitas ricas… ―

    Yo estaba temblando, en un tris me desnudó y lo mismo hizo él.

    ―¿Qué te gusta que te hagan?... –

    ―De todo, especialmente que me digas groserías y que me trates mal, eso me encanta.. ―, dijo con voz pastosa por el deseo.

    Hincándome, le tomé la verga para verla de cerca, se la apreté y abriendo mi boca se la mamaba rico, como me gusta hacerlo.

    ―¡Si que eres puta, hija de la chingada!... Me encanta que me la mamen así, chúpala toda llénala de saliva para que te entre rico… ―

    Obediente lamí toda su verga, sabía a extraño, olía a ostras, pero se la seguí lamiendo y succionando. Su macana dura, brillaba por mi saliva, ¡qué ricura de verga, dura, prieta, grande, más bien enorme!... Me levantó y me acostó en la cama, de espaldas, su mirada me recorrió toda, instintivamente abrí las piernas y le mostré mi vagina abierta, afeitadita como me gusta tenerla siempre.

    ―¡Qué panochita más rica tienes Daniela, se ve riquísima, debes estar bien estrechita!... ―, me dijo al tiempo que me pasaba la mano entre mis labios vaginales.

    Me abrió las piernas y acomodándose entre mis muslos, enfiló su lengua que me entró rauda en mi babeante hendidura, un gemido anunció su triunfo. Empecé a gemir más y más, hasta que a punto de venirme le supliqué entre gritos entrecortados.

    ―¡Cógeme Julio, métemela ya, te lo suplico!... ¡Clávame tu verga!... –

    ―¡Te voy a sacar hasta los pedos, hija de tu pinche madre!... –

    ―¡Hazlo papito, que me quemo!... –

    Tomándome las piernas y abriéndome al máximo aproximó su verga a mi entrada, me jaló de las nalgas y de un golpe me la ensartó hasta el fondo, haciéndome gritar de tan ruda metida; pero al mismo tiempo lo jalé con mis piernas y me entregué a ese patán que me lastimaba pero me hacia sentir mi panochita deliciosamente expandida. Sus movimientos de empalarme empezaron, primero rápidos y al poco tiempo lentos y deliciosos. Me estaba disfrutando como se le antojaba y yo me le entregaba entera. Me besaba y acariciaba todo el cuerpo mientras me cañoneaba una y otra vez, acomodándose me besaba el cuello y chupaba mis tetas sin dejar de penetrarme.

    Sus fuertes manos me tenían atrapada por las nalgas y a cada embestida me jalaba y me las apretaba con fuerza, parecía adivinar lo que esto me fascina… Moviéndose logró poner mis piernas en sus hombros y con esto sus embestidas se hicieron más profundas; yo sudaba y él me poseía a su antojo.

    ―¡Estás apretadísima, perra!... ¡Estás súper deliciosa!… ¡Qué bien coges, mami; muévete rico!... –

    Yo cerrando los ojos no hacia más que entregarme a ese bruto, me movía como sé que les gusta a los hombres. Cuando me embestía yo salía a su encuentro moviendo mi cadera, haciendo más profunda la invasión de su verga a mis entrañas. Bombeando con furia y rapidez, me hizo explotar, mi papaya se contrajo rítmicamente como ordeñando esa verga rica que me ensartaba hasta el fondo y haciéndome gritar y gemir de gusto. Le di mi primer orgasmo intenso y prolongado como pocos, al tiempo que lo incitaba a que siguiera.

    ―¡Ohhh papi, me matas!... ¡Sigue así papito!... ¡Déjame bien cogida!... ¡Trábamela toda, cógeme duro!... ¡Julio mi vida, soy tuya, soy tu puta!… ¡Aghhh, me estoy viniendo!... ¡Así!... ¡Ay!... ¡Más, por favor, dame más, métemela toda!... –

    Ese macho enfebrecido me daba con todas sus ganas, duro y más rápido… Se acomodó de nuevo y me aplastó con su pesado cuerpo haciéndome abrir mis muslos al máximo, sus cara con barba corta y me irritaba las tetas, me chupaba los pezones con fuerza y me los mordisqueaba; mis talones le pegaban en los glúteos pidiéndole más. Me hizo venir de nuevo y mis grititos entrecortados se lo hacían saber. Mis piernas lo rodearon por la cintura totalmente abierta de mi vulva y me entregué moviendo mi pelvis, sintiendo en mi clítoris los golpes de sus embestidas. Cuando ya no pude, contraje mis músculos vaginales con todas mis fuerzas y gocé como la puta que soy…

    Mis brazos lo apretaban y mis uñas se prendían a la piel de su espalda enterrándolas pero disfrutando como nunca lo besaba con mi lengua y gemía de la rica cogida que me estaba regalando... Hasta que por fin, sus chorros de leche caliente me inundaron, pero él seguía bombeando, enloqueciéndome y su verga dura batía por dentro mi estrecha cuevita convulsivamente pegada a su fierro. Finalmente me aflojé, me sentí desvanecer y él dejó poco a poco de moverse, quedando encima de mí, jadeante y besándome tiernamente en los labios, pasando su lengua y encontrando la mía, mojada y ofrecida, salivosa para ese bruto que me había gozado como nadie.

    Tembloroso se dejó caer a mi lado tratando de no aplastarme tanto, pero sin sacar su tranca de mi nido que poco a poco iba perdiendo su erección, al salirse un escurrimiento de su leche se hizo presente bajando entre el canal de mis nalgas y manchando la colcha de mi cama matrimonial, ¡allí mismo en la alcoba de mi esposo había sido cogida como nunca, pa’ las pulgas de mi marido, con su vieja y en su cama!...

    Estaba yo gozosa, me sentía transformada, esta encantada con ese tipo, y se lo demostraba acariciándolo y abrazándome a él., me tenía rendida. Sin hablar, sin decirnos nada, nos quedamos en brazos uno del otro, recuperándonos ambos. Haciéndolo a un lado me levanté y sentí escurrir entre mis muslos su leche caliente, él me jaló de nuevo a la cama, me besaba, me acariciaba...

    ―Daniela, quiero tenerte de nuevo, mamita―

    ―Espera mi vida tengo que ir al baño, ahora vuelvo―

    Al regresar de hacer pis, él estaba de pie, su verga semierecta se veía aún mojada, ¡qué rico espectáculo para mí! Yo completamente desnuda, salvo mis chancletas, me sentía sudorosa y caliente aún, me acerqué insinuante y le dije:

    ―Ven papi, vamos a otro lugar… ―

    Lo llevé al estudio de la casa, me senté en el escritorio de mi marido y abriendo las piernas le dije insinuante:

    ―¿Quieres comerte mi bizcochito?, ya me lo lavé muy bien… ―

    Sin hacerse del rogar se inclinó ante mí y levantándome las piernas se dedicó a lamer mi panocha, allí mismo en el escritorio de mi esposo, entre sus documentos, entre sus planos… Yo estaba brindándole mi concha a la lengua de ese bruto, que había metido sus manotas bajo mis nalgas y me las apretaba deliciosamente.

    ―Ahora ven―, le dije, ―siéntate en el sillón, que te voy a mamar la verga como nadie te lo ha hecho… ―

    Muy obediente Julio se acomodo en el sillón ejecutivo de mi marido, y yo como su puta secretaria, le mamaba la verga; como si él fuera mi jefe y yo la golfa de la oficina. Su verga dura me prometió más placer...

    ―Espera aquí mi vida, no tardo, quiero que me cojas hasta dejarme harta de tanta verga… Ahora vuelvo... ―, él se quedó quieto, algo sorprendido pero se quedó allí, siguiendo el contoneo de mis nalgas y viéndome desaparecer a la puerta que da a la habitación principal.

    Rápidamente fui a mi recámara, me puse un liguero negro, medias negras y zapatillas de tiras de mis favoritas, claro, sin pantaletas. Me vestí estilo ejecutiva, falda y blusa; me maquillé como una puta y perfumándome mucho el "asunto", regresé a donde estaba el chofer de mi marido, que al verme no pudo más que alegrarse de lo que veía.

    ―Siempre he querido ser la puta a la que se coge su jefe, ahora tu eres mi jefe… ―, le dije descaradamente y mostrando mi tremendo trasero, levantando mi falda para mostrarle mis duras y redondas nalgas, enmarcadas en las medias y mi liguero negro.

    Dándome la vuelta le dije muy coqueta...

    ―¿Se le ofrece algo licenciado?... ¿Quiere tomar alguna cosa en especial?... ―, al tiempo que sonreía y le insinuaba mis apetitosas tetas, que casi escapaban de mi blusa y mi voluptuoso trasero.

    Siguiéndome la corriente, mi nuevo amante se dejó llevar por la comedia que representábamos.

    ―Venga aquí Daniela, que le voy a dictar… ―

    ―Si licenciado… ―

    ―¿Qué espera Daniela?, tomé asiento… ―

    ―¿En dónde licenciado, si no hay ninguna silla?... –

    ―¡Hija de la chingada, siempre has querido sentarte en una estaca y aquí la tienes cabrona!... ―, dijo señalándome su enorme verga que cabeceaba con vida propia.

    ―¡Ay licenciado, creo que se equivoca!... Yo soy una mujer casada y muy recatada, no soy ninguna piruja… Pero ya que insiste, lo complaceré, pero por favor no vaya a pensar mal de mí, y el hecho de que me siente en su verga no quiere decir que sea una puta… ―

    Rodeé el escritorio y de inmediato sentí una fuerte nalgada, justamente cuando me sentaba en la tranca de mi supuesto jefe, que estaba totalmente desnudo y con su verga bien parada. Levantando mi falda me senté en su verga sin metérmela y empecé a mover mi trasero. Al sentir el contacto con mis nalgas, Julio emitió un gemido; me imaginé que nunca en su disipada vida, había tenido a una hembra tan nalgona como yo, sentadota en su verga y creyéndose mi jefe.

    ―Que culona esta usted, señora Daniela, y que aroma más exquisito despide su cuerpo… ―

    ―¡Ay licenciado, no se mueva tanto que me está picando las nalgas con su cosota!… ―

    ―Se ve que no te han cogido en mucho tiempo, Danielita… ―

    ―Si licenciado, el pendejo de mi marido ya no puede y me abandona mucho, ¿usted cree? Es un imbécil, a veces creo que no le gusto… ―

    ―Pues si que tu marido es pendejo, mira que dejar este culito sin su ración diaria de verga, pero ahora ya no será así, yo te cogeré cada que ese pendejo no lo haga… Tú serás mi puta desde ahora―

    ―¡Ay licenciado, pero usted está acostumbrado a verdaderas hembras, y no creo cumplir con ese requisito!...

    ―No Danielita, no diga usted eso, yo la considero una potranca briosa y hambrienta porque se la monten… ¡Que digo una potranca, una señora yegua, con un enorme culote a la que hay que hacer relinchar con una verga bien dura y bien parada, y cogérsela como se la cogería un garañón!… ―

    ―Ay señor, que cosas tan cachondas me dice, pero creo que es solo para halagarme. Mire no le miento, mis chichitas no son lo grandes que las quisiera y de nalgas, pues creo que me defiendo un poco… ―, dije echando el busto hacía delante y sacando mi trasero fuera del sillón.

    ―Daniela, usted me hace sufrir, y aún dice no tener los atributos suficientes… Cada día que la veo se me antoja ser el dueño de sus encantos y ahora que la tengo aquí, usted misma se ha dado cuenta como me la pone de dura; ¿o es que no siente la dureza de mi verga bajo sus nalgas?... ―

    ―Si licenciado, siento como me las pica y cómo su vergota busca ser consentida como si fuera una nena… Pero no me considera una malagradecida, así que por favor, déjeme mamársela―, le dije siguiendo el juego.

    Sin que me lo pidiera le volví a mamar su verga y él se estremecía, le di mis mejores mamadas, y un rato después me monté empalándome su pieza enorme en mi coño y moviendo mi cadera me lo seguí cogiendo muy sabroso moviendo mi pelvis y sintiendo su reata en mis entrañas. Oscilaba mis caderas suave y rico, mientras él me estrujaba las nalgas, y me chupaba las tetas que se habían escapado de mi blusa abierta, al tiempo uno de sus dedos me invadió mi apretado ano haciéndome gemir...

    ―Te gusta por atrás, ¿verdad puta?... Coges muy sabroso, y me imagino tu anillito bien estrechito y apretado alrededor de mi verga―, me dijo Julio.

    ―No lo sé señor, nunca me han cogido por allí, tengo el culo sin estrenar…. –

    ―No me digas eso, hija de tu reputa madre―, me dijo cariñosamente Julio, ―pues ahora mismo te lo romperé pinche puta―

    ―¡No licenciado, mi marido se dará cuenta!, yo seguía cogiendo más caliente que nunca, subiendo y bajando montada en su verga, mientras seguíamos con la charla caliente de nuestro juego.

    ―No creo que ese pendejo se dé cuenta, y si lo hace me vale una chingada, que vea como se coge un macho a una puta como su mujer―

    ―¡No, eso no!... ―, le dije al tiempo que me desmontaba de él y me dirigí al sofá del estudio.

    El chofer de mi marido me alcanzó y ya sin decir más, le ofrecí mis nalgas abiertas para que me culeara, dirigiendo su gruesa cabeza de su verga a mis pliegues de mi culito. Me untó algo de saliva y se dedicó a encularme… Fue un suplicio, pero finalmente me entró, poco a poco su verga ganaba terreno, yo sufría, mi esfínter dilatado me dolía, pero lo alentaba a que me culera más, moviendo el trasero hacia él y acomodándome lo mejor que podía para permitir la penetración… Finalmente me entró con un golpe seco toda su verga, grité y me jaló de los cabellos, entrándome toda, haciéndome pujar y llorar, pero no dije nada―

    Él siguió con su verga adentro, me la sacó un poco y vuelta otra vez, donde me la metió de nuevo hasta la raíz; hasta que empezó el rico movimiento de entrada y salido de mi distendido ano. Me ardía terrible, le pedí que me la sacara, no hizo caso, a cambio me dio unas fuertes y sonoras nalgadas, enrojeciendo mi trasero. El muy maldito me estaba culeando de una manera terrible, salvaje, pero yo estaba encantada; lo deseaba así, con furia, y él cumplía a la perfección. Me jalaba de las caderas o del pelo una y otra vez, hasta que no pude mas y sentí desmayarme del placer, al mismo tiempo que sentía delicioso, un dolor tremendo, sucio y humillante pero delicioso, me entregue a él y le empecé a gritar…

    ―¡Más fuerte papi, dame más!... ¡Así cabrón ábreme el culo!... ¡Es tuyo papito, gózalo como se te dé la gana!... ―, y Julio lo hacia.

    Me la metía con rudeza, me la sacaba casia hasta la punta y me la dejaba ir de golpe. Mis pliegues del ano se expandían a cada metida, y con cada arremetida explotaba, me sentía morir pero allí estaba aguantando hasta que por fin no pude más y le supliqué que me la sacara, era mucha verga para mi culo. Creo que sintió lástima por mí, y lo hizo. Al sacármela tenía muestras de mi excremento, olía a mí, y tuve que ir corriendo al baño a defecar, me había sacado la mierda y corrí al retrete.

    Terminé de hacer caca pero seguía con más ganas, así que usando una pequeña manguera que tengo para irrigarme, me lavé el interior de mi recto y quede prácticamente limpia. Salí del baño y fui hasta él que se había lavado la verga en el otro baño, lo vi limpio, y se me contrajo el culo de solo verle la macana. Fui a mi recamara y tomando algo de crema me unté generosamente mis rozadas nalgas y mi irritado ano, regresé y me le ofrecí de nuevo.

    Julio no lo podía creer, estaba yo ofreciéndole descaradamente mis ampulosas ancas y el apretado hoyo de mi culo adolorido, pero él entendió mi deseo y sin decir nada me apunto la verga y me la enterró de un golpazo. Me hizo gritar, pero la crema evitó la fricción con mis tejidos, así me estuvo culeando, diciéndome lo puta que era y yo sollozando y jadeando me entregué a su verga de nuevo con mi culo abierto, disfrutando de ese animal que me tenía súper enchufada. Sus manos me tomaban por las nalgas y me apretaban con gran fuerza, me entraba y salía a un ritmo veloz hasta que una de sus dedos hurgaron en mi panocha y empezó a dedearme al tiempo que me enculaba haciéndome gritar y explotar como una perra en celo en un orgasmo inigualable, al tiempo que él ya no aguantó más y se vino en mi culo, en el interior de mi recto, ahora lleno de su leche…

    Le di las nalgas y él me gozó como ninguna puta lo había complacido, al terminar me sacó su fierro y su leche con mi sangre confundidos gotearon; me limpié el culo y él me lo besó, me agradeció lo rica que había sido y me enterneció. Lo besé y recostados en el sofá empezamos a besarnos y a acariciarnos como dos amantes. Me decía que le encantaba, que desde siempre me había deseado y que nunca pensó ni en sueños que pudiera tenerme sin embargo esto había sido para él lo máximo. Yo le comenté lo mío, y le dije que mi esposo ya no me buscaba como antes, y de inmediato se ofreció a ser mi amante por más tiempo, y yo lo acepté. Así que ya puestos de acuerdo nos bañamos, comimos algo pues ya eran cerca de las cuatro de la tarde, y me comporté con él como si fuera su esposa.

    Ya cerca de las seis de la tarde se vistió, lo acompañé al portón de mi casa, nos despedimos en un prolongado beso, delicioso y me hizo la promesa de volverme a visitar cuando su jefe saliera nuevamente, de allí en adelante sería mi amante, y claro que yo estaba dispuesta a entregarme todas las veces que él quisiera; pues después de ser suya y sentir su rigor, quería que me siguiera cogiendo muchas veces. En eso estábamos cuando a lo lejos se vieron las luces de un automóvil, sin saber quien era me volvió a besar y se marchó, mientras yo entraba a casa.

    En pocos minutos llegó mi marido, una vez más con aliento alcohólico. Todo pasó muy rápido, entró a la casa y sin decirme nada me tomó por la cintura.

    ―Ya regresé mamita… ―, me dijo muy cachondo, al voltear a verlo, me di cuenta que traía labial en el cuello y con mucho coraje me separé de él.

    ―Por lo menos límpiate el cuello que lo traes todo pintarrajeado―, le dije molesta, ―se ve que no te llenó la golfa con la que andas, ¿verdad?... –

    El se desconcertó, se fue al baño y se limpió, regresó a mi lado, yo sentada en la sala, aún con molestias por la tremenda cogida que me habían dado. Pero pudo más mi coraje y le reclamé sus fechorías y el muy cornudo, me pidió perdón, y era tanto mi coraje que no aguanté más y le dije con furia:

    ―Pues, entérate que mientras tú te cogías a esa puta, otro hombre estuvo aquí y me entregué a él… Sí, aunque me veas de esa manera… Fui suya aquí en la casa, hoy mismo y me hizo disfrutar como tú ya no puedes… ―

    ―Estás loca, no puedes decirme eso… ―, me dijo el pobrecito.

    ―Claro que puedo, sobre todo con estás nalgotas… ―, dije dándome una nalgadita y levantándome la falda que dejó al descubierto el liguero que enmarcaba mis desnudas pampas. ―Me cogió como quiso y me hizo gozar muchísimo… Se acaba de ir hace muy poco tiempo, de hecho si llagas antes me hubieras encontrado entregándome a él… ―

    No me dijo nada, me soltó una bofetada y se fue a la recámara, supongo que vio las evidencias ya que la cama estaba toda revuelta, mientras yo lloraba y esperaba lo peor por mi estupidez de haberle dicho. Llegó de nuevo ante mí, me levantó por el cabello, me dio un empellón y me derribó; gateando traté de escapar, pero me atrapó por un tobillo y me arrastró al centro de la sala; con mis uñas me afiancé al tapete derribando la mesa de centro. Yo chillaba desesperada cuando me tomó de las greñas y me estampó una bofetada haciéndome de nalgas y golpeándome la cabeza. Pero mi esposo, aún no terminaba conmigo, pues me desgajó toda mi vestimenta y me arrastró de los cabellos sacándome al patio; afortunadamente no tenemos vecinos tan cercanos, si no, se hubiera hecho un escándalo.

    Después de romperme la madre, se fue a la calle y me dejó allí llorando, no sin antes decirme que era una puta, una perra, una cerda y otras linduras más. Me levanté y me fui a la cama quedándome dormida vestida como estaba, y no desperté hasta muy entrada la noche…

    Me puse mi bata para dormir, me alisé el cabello y al contemplarme en el espejo, tenía un moretón en la barbilla y los ojos un poco hinchados de tanto lloriquear. Me fui a la cocina tomé un poco de leche tibia, estaba arrepentida de lo que pasó con mi marido, no sabía qué hacer, el daño estaba hecho, ahora mi esposo sabía que otro hombre me la había metido y solo esperaba lo peor; sin embargo el desenlace sería algo que nunca imaginé...

    Daniela.

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