Follando con mi amigo casado.

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RESUMEN

—¡Cabrón! ¿No querrás que me corra ya?, y menos sin probar ese culito tuyo. Por cierto, hoy está más cerradito que la última vez.

I El bosque de Sherwood

Viernes, 13 de julio de 2012

 

El fin de semana se presentaba aburrido a más no poder en  lo referente al tema sexual; y si, como me temía, las obligaciones familiares de Ramón impedirían que volviéramos a estar juntos en los meses de verano, el panorama estival  se presentaba de lo más desolador. Desde que estuve con él,  tras el partido de España- Francia, mi cuerpo se había cerrado a los placeres de la carne (Aunque él explícitamente me había dado permiso para que hiciera lo que quisiera), pero algo en mi interior me decía que no era lo correcto y había decidido no cruzar esa línea. No obstante ya se sabe: los hombres pensamos más con la entrepierna que con el corazón; y aunque sabía que lo nuestro no era una relación con todas las de la ley, en momentos en los que andaba tan caliente como aquel fin de semana, no podía evitar sentir que le estaba siendo un poco infiel. La falta de un buen “meneo” me tenía que me subía por las paredes y la decisión de pasar tres días en plan familiar en la playa, no iba a ayudar a que aquello cambiara. 

El viernes por la noche fue de lo más grato. Disfrutar de la compañía de mi madre, de mis cuatro sobrinos, de mis dos hermanos y sus respectivas parejas; era algo que no hacía tan a menudo como me gustaría y que, a veces, obviaba por egoísmo. Siempre me era agradable escuchar como mi madre “filosofaba” sobre los defectos de esta vida moderna, con la única intención de meter un poco de sentido común en la cabeza de sus allegados.

—Yo lo único que digo es que mis hijos no tenían problema de obesidad de chicos, pero ellos salían a jugar  y no comían tantas porquerías como les dais a los niños hoy en día…

—Pero mamá, es que estos dos —Mi hermana señaló a sus hijos al decir esto—solo quieren jugar a la play, y de comer verduras ya ni te digo…

—Yo eso lo solucionaba llevándolos los fines de semana al campo, sin cacharritos de eso —mi madre hablaba como si tuviera en su mano la solución de todos los problemas mundiales.

—¿Cuándo no quieran verduras, también lo dejamos sin comer? —la incomodidad de mi cuñada Alicia ante los consejos “antiguos” de   mi madre era manifiesta.

—Dos días se llevó Marianito para comerse un plato de espinacas — al hablar una sonrisa de plenitud asomaba en el rostro de mi madre—. ¿Y se las comió? ¡Pues claro!, qué el hambre es muy mala miarma

Ver cómo ellos debatían sobre los temas más triviales y participar de sus discusiones,  que siempre llegaban a un terreno común, me hacían el hombre más feliz del mundo. En ratillos como aquellos, no podía evitar la falta de un ser amado a mi lado cómplice de mis palabras. En ratillos como aquellos, era en los que  más echaba de menos a Ramón.

Al día siguiente, en la playa,  mis sobrinos me dejaron acoplarme a sus juegos y aunque en parte me sentí rejuvenecer, ver como mis hermanos disfrutaban de sus hijos me recordó, de golpe y porrazo, que la sensación de ser padre era algo que yo difícilmente tendría.  Pues, por mucho que los críos me dijeran que yo era su tito preferido, el amor que ellos sentían por sus progenitores era una cosa bien distinta.

Nos tomamos una cerveza y unas tapas en un chiringuito y decidimos regresar a casa. Tras un agradable almuerzo en familia, unos optaron por volver a la playa y disfrutar del sol y  otros determinaron que no había nada mejor que una siesta fresquita en casa para hacer la digestión. Yo, de comida hasta las cejas, escogí la segunda opción.

A eso de las seis de la tarde regresé al mundo de los vivos. Me preparé un café y, mientras me lo tomaba, comprobé que salvo mi santa madre, que seguía “viendo” la película de Canal Sur entre atronadores ronquidos, el resto seguía sin dar señales de vida.

Deseché la opción de ir a la playa, pues era muy tarde. Cambiar la televisión era enfrentarse a mi progenitora que, a pesar de su sonoro sueño, me iba argumentar que la estaba viendo. Sin nada que hacer, mi mente puso a funcionar su lado más libidinoso y poco a poco empecé a darle vueltas a una idea que me iba rondando desde hacía tiempo. 

En mis ratos libres, como todo hijo de vecino, he navegado por internet en busca de oportunidades de lo prohibido. En uno de estos “cruceros” por la red, descubrí una página en la que se relacionaban todos los sitios de cruising de Andalucía. Entre los que me llamó la atención, fue uno que se había cerca de mi lugar de vacaciones y por el que estaba harto de pasar con el coche sin advertir ningún movimiento de este tipo. El lugar en sí era una de las playas de Rota: Punta Candor. Por lo que decían los comentaristas del foro, era un lugar donde en verano se podía ligar prácticamente a todas horas y con un público muy variopinto. Resaltaban que, a la caída del sol, los pinares colindantes a la playa se llenaban de mucho hetero curioso. Aquella circunstancia me sedujo enormemente y concluí que, durante el verano, haría una “obligada” visita a aquel supuesto paraíso del ligoteo.

Dado que aquella tarde de sábado era tan buena como otra cualquiera, tras agenciarme unos preservativos, cogí el coche y sin decir nada en casa (ya me inventaría la excusa adecuada), me fui para la publicitada playa de Rota.

Conduje aproximadamente media hora, media hora en la que mil mariposas se dedicaron a bailar  el “Nossa nossa assmi você me mata” en mis tripas. Estaba claro que el morbo de lo prohibido y lo novedoso gobernaba mi raciocinio, pero el miedo a ser descubierto en un acto tan políticamente incorrecto como buscar sexo al aire libre con un desconocido, hacía que refrenara mis impulsos y me planteara dar media vuelta en más de una ocasión.

En lugar de aparcar el coche en el escampado que hay antes de llegar a la zona de acceso a la playa, decidí hacerlo cerca del campo de futbol, lugar donde  mi auto pasaría completamente  desapercibido. Me asombré de la cantidad de vehículos de trabajo que había estacionados por la zona. ¡Coño,  si recuerdo que había hasta una furgoneta de la compañía telefónica Molestar!

A las siete de la tarde, el sol se acercaba a  su ocaso y la gente abandonaba la playa. A lo largo del sendero de madera que conducía a Punta Candor, me crucé con un numeroso público cargado de sombrillas, sillas y demás enseres. Era gente de lo más heterogénea: familias con niños, parejas jóvenes, pero los que más abundaban eran hombres: solos, en parejas o en grupos.

Para mi mayor estupor, era el único que iba en mi dirección y la mirada de todos los que se cruzaban conmigo se clavaba en mí, a mi parecer, de un modo inquisitorio. Intentaba disimular e ignorar todo lo que pasaba a mi alrededor, pero lo único que lograba era ponerme más nervioso y dar aún más la nota. Incluso sopesé la idea de darme la media vuelta, pero ya que estábamos allí: “de perdios al río”.  

Al final de mi pequeño periplo me encontré una especie de caseta de maderas, donde  había varias bicis amarradas. Oteé el horizonte y en las dunas limítrofes divisé unos cuerpos desnudos tomando el sol, circunstancia que me dio a entender que el sol todavía no se había marchado para algunos, por lo que me decidí a dar un paseo por la playa, a ver que  me encontraba por allí.

El reflejo del sol sobre la arena hacía que pasear por la orilla fuera de lo más fatigoso. La marea había bajado bastante y los corrales de pesca estaban casi al descubierto. Tras diez minutos, recorriendo un paraje que se me antojaba solitario, opté por dar la vuelta y volver sobre mis pasos.

Aunque en el artículo de internet mencionaba que el lugar de ligoteo era la arboleda detrás de las dunas, mi cerebro  aún seguía discutiendo con mi polla si ir para allá sería lo más acertado. Al dejar atrás la casetilla de madera, pude ver como un tipo desnudo se adentraba en el frondoso pinar de la derecha. Dado que la curiosidad pudo más que mi timidez, olvidando toda cautela, seguí sus pasos y me interné en la verde espesura.  

Al principio, me quedé un poco desconcertado, pues no se veía un alma; y del tío que se paseaba como su madre lo trajo al mundo ni rastro.  Incluso pensé en irme, pues  aquello me parecía una enorme pérdida de tiempo; mas unos ruidos detrás de unos matorrales me disuadieron. Observé  a través del follaje y vi que se trataba de dos fornidos hombres: para adivinar lo que estaban haciendo tampoco había que ser un premio nobel. Sin meditarlo, aceleré mi caminar para no molestarlos, y con paso firme avance a través del pequeño bosque.

Me sentía como la Alicia del cuento. Pues, tras aquel primer escollo, las situaciones insólitas se fueron sucediendo. Lo siguiente que hallé en mi camino fue un tío de unos cincuenta  años, en camiseta y calzoncillos,  simulando hacer ejercicios gimnásticos. Estaba tan a su rollo que ni se inmutó al verme pasar.

Unos metros más adelante, la cosa empezó a tener otro cariz. Entre los árboles se podía ver gente desnuda que bajaban de las dunas a curiosear a quienes, vestidos, transitábamos por aquellos parajes que, según pude percibir, éramos unos cuantos ya.

Hubo un momento en que el nerviosismo hizo mella en mí. Fue cuando al pasar cerca de un tipo de unos sesenta años, gordo, calvo y mal encarado; el individuo comenzó a tocarse de manera grosera sus desnudos atributos y a proferir no sé qué historia de querer preñarme. Me sentí tan mal que estuve a punto de darme la vuelta y salir del lujurioso bosque. 

Menos mal que  me hizo desistir  un ejemplar de macho que vi: cuarenta y pocos años, muy peludo, con una pinta de macho de padre y muy señor mío. Tristemente, no le debí de gustar mucho, pues ni se dignó a mirarme; actuó ante mi presencia como si fuera transparente. Pero en vez de deprimirme por mi fracaso, me agarré a una de las máximas de mi amigo JJ, él dice que en la mayoría de las ocasiones, los activos no me repelen tanto porque no les agrade físicamente, sino porque al verme la planta de machote, se piensan que soy de los que no le gusta recibir y el primer pensamiento que se les viene a la cabeza es el de “pan con pan comida de tontos”. Es lo que ocurre por no poder llevar impreso en la frente la palabra “versátil”, creo que durante la década de los setenta en San Francisco, gracias al código de los pañuelos,  los gays lo tenían más fácil.

Sin saber muy bien qué esperaba encontrar, y con el primer “no” de la tarde a mis espaldas, seguí adentrándome en aquel transitado bosque. En unos matorrales que se encontraban a mi izquierda, parecía haber más movimiento.  Así que, sin pensármelo demasiado, exploré su interior. Efectivamente estaba en lo cierto: si en el camino paralelo a las dunas pude encontrar una docena de hombres en busca de jaleo, al amparo de la  espesa vegetación, era aún mayor el número de individuos en busca de sexo fácil.

La desfachatez con la que se me insinuaban los hombres que pasaban por mi lado me empezó a agobiar. De repente, un nerviosismo impropio comenzó a atenazar mi pecho de forma desmesurada. Me comenzaron a sudar las manos, sentí que me faltaba la respiración y se me aceleró el pulso. Incapaz de dar un paso más, me recosté sobre un árbol.

Mi gesto fue mal interpretado por quienes habían hecho  de aquel pequeño bosque su territorio de caza, más de uno al pasar me disparó miradas insinuantes e incluso hubo quien se metió mano al paquete descaradamente. Sin embargo mi estado anímico no estaba para nada en aquel momento,  y los deje pasar sin fijarme siquiera en cómo eran.

Cinco minutos más tarde, recuperado ya de mi pequeño ataque de ansiedad, volví a poner todos mis sentidos en alimentar mi autoestima, buscando alguien que despertará mi  dormida libido. A escasos metros de mí, un chaval de veintipocos años, moreno, no muy alto, tampoco excesivamente delgado, algo musculado y con muchísimo vello. El muchacho, sin quitarme ojo de encima, introdujo  morbosamente su mano dentro del pequeño bañador azul que lucía, al tiempo que se chupaba un dedo de un modo netamente sensual. Al comprobar que había conseguido mi atención  se volvió  de espaldas  y, sin recato de ningún tipo, se bajó provocativamente el bañador, mostrándome parte de un apetitoso culo, lo cual hizo funcionar mis más bajos instintos.

Como si fuera una especie de código no escrito, me masajeé el paquete soezmente, el chaval respondió con un gesto similar y,  como si del ritual de una bestia en celo se tratase, avanzó  despacio hacia donde me encontraba. Una vez estuvo a mi altura, buscando en mi mirada una especie de aprobación, me metió mano al paquete y se encontró con mi  polla, que estaba dura como una piedra.

Sin mediar palabra, apretó la protuberancia de mi entrepierna y, tirando de ella como si se tratara de una especie de correa, me llevó a unos arbustos que nos servirían de escondite de las miradas de los otros “cazadores” de la zona. En silencio, se agachó, desabrochó mi cinturón, sacó mi nabo fuera y comenzó a chuparlo.

Los labios de mi silencioso acompañante parecían tocados por la gracia divina. Hacía tiempo que no me practicaban una mamada con tanta dedicación y maestría. No solo me succionaba el capullo a las mil maravillas,  sino que de vez en cuando pasaba la lengua por los pliegues del prepucio y cuando ya creía que no me podía hacer gozar más, se la volvía a tragar entera desde la cabeza hasta la base.

En el momento que más enfrascado estaba mi acompañante en aderezar mi cipote con sus jugos bucales, un tipo con barba oscura, de unos cincuenta años y vistiendo ropa de deportista, pasó corriendo a nuestro lado como si tal cosa. Ante lo incomodo de la situación, hice ademán de sacar mi pene de la boca del jovencito, pero este con total desparpajo me dijo:

—No te preocupe, ziempre está por aquí. Viene a ver polla.

Yo estaba que no salía de mi asombro y el muchacho, sin alterarse lo más mínimo,  prosiguió chupando y esta vez, dado que mi pajarito se había aflojado un poco por la impresión, con mucho más ímpetu y empeño. El chaval, pese a su juventud, demostraba un dominio del sexo oral que ya quisieran para sí mucha gente de mi edad.

Supongo que empezó a cansarse un poco, pues se puso a alternar su boca con la mano, la cual ensalivaba previamente. Al comprobar que yo no daba indicios de correrme, me miró directamente a los ojos y me lanzó una descarada pregunta:

—¿Tiene condón?                                    

Asombrado, simplemente moví la cabeza afirmativamente.

—¿Quiere follarme?  —me dijo sin titubear.

Unos instantes después, el atrevido muchacho usaba su propia saliva como lubricante;  con lo que creo que no hace falta que diga cuál fue mi respuesta.

Se apoyó sobre un árbol cercano, encorvó la espalda hacia atrás y, de un modo que me pareció tan soez como morboso, abrió sus glúteos con las manos mostrándome la dirección que debía seguir mi polla. Aproximé mi pene al peludo orificio, acaricié con su cabeza la entrada e intenté introducirlo dentro de él con suavidad; pero no hizo falta: el chaval empujó un poco para atrás sus glúteos y su ano absorbió la tiesa estaca, como si de un agujero negro galáctico se tratase. Olvidando toda gentileza, se la clavé de golpe hasta el fondo y de sus labios escapó un gemido entrecortado. Sacando mi parte más salvaje, agarré fuertemente su cintura y se la introduje hasta los huevos.

Como si de un pistón se tratara, mi cipote salía y entraba en su ano de una manera vertiginosa, mi entrecortada respiración se mezclaba con los placenteros quejidos del muchacho quien, para facilitar la cabalgada, plegaba cuanto podía su espalda. Sin dejar de arremeter contra él, acerqué mi mano a su entrepierna para tocar su polla, la cual estaba dura y babeante. Impregné mis dedos con el líquido pre seminal y se los introduje en la boca, la respuesta del sumiso muchacho fue succionarlos muy despacio, como si se recreara en ello. 

Nuestros jadeos atrajeron a más de uno de los transeúntes de aquella arboleda, quienes buscando sacar tajada del espontaneo polvo, intentaron  unirse a la fiesta acercándose a nosotros y acariciándose el bulto de forma provocativa.

Me sentí ultrajado por sus miradas, intenté abstraerme todo lo que pude de quienes me rodeaban y proseguí moviendo las caderas a un ritmo vertiginoso; circunstancia que parecía que agradaba bastante al muchacho el cual, en vez de avergonzarse como yo ante las inesperadas visitas, empezó a darles vidilla, retrasmitiendo  entre jadeos las mejores jugadas del partido:

—¡Como folla ernota, tiene la polla dura como un martillo!

Ante la predisposición del jovencito, algunos de los “cazadores” en vez de marcharse por donde habían venido, se aproximaron y comenzaron a masturbarse a escasos metros de donde nos encontrábamos.

Ignorando por completo a todos y cada uno de los que disfrutaban del espontaneo espectáculo, proseguí introduciendo  bruscamente mi verga en el interior de aquel caliente esfínter. Inculcando todo el ritmo y potencia que pude a mis caderas. Cuando mi cuerpo mostró síntomas de que se iba a vaciar, mi compañero sexual se percató de ello y sacándose mi polla, se agachó ante mí.

—¡Eshame la lesshe en la cara! —sus palabras, más que como una orden, sonaron como una súplica.

Desnudé mi verga del traje de látex y proseguí masturbándome ante su rostro. Poco después, un estrepitoso bufido llenaba  el aire. Mi cuerpo se estremeció al tiempo que de la punta de mi verga brotaba un pequeño “geiser” blanco, que fue a parar a uno de los pómulos  del muchacho.

La morbosa imagen de mi esperma resbalando por su rostro, desde su mejilla hasta su cuello, sirvió de inspiración a uno de los tipos que nos rodeaban y, sin consultar al muchacho, terminó su paja sobre su cara. Aquello pareció agradarle, pues mientras el desconocido pintaba uno de sus cachetes de blanco, su mano tocó la zambomba hasta que concluyó derramándose sobre la vegetación que nos rodeaba.  

Le ofrecí un pañuelo para que se limpiara, pero rehusó a él diciendo: 

—No, ahora me baño en la playa mejó.

No había concluido de borrar de mi cuerpo los rastros de aquel salvaje polvo y el calenturiento jovencito, con el rostro maquillado de blanco, se perdía corriendo hacía las dunas en busca de un baño de agua salada. No sé si llevaba en mente seguir vagando por aquellos andurriales o no, pero para mí la tarde sexual al aire libre había llegado a su fin. Recogí los pañuelitos, preservativos y demás basura en una bolsita que llevaba preparada para tal menester y dirigí mis pasos hacia la salida.

En el momento que me encontraba soltando la bolsita en una de las papeleras contiguas a un banco, sonó mi móvil: era Ramón. “¿Qué coño querrá?”pensé. Sin prestarle atención rechacé la llamada, ya lo llamaría más tarde.

Conduciendo hacia Sanlúcar no me pude quitar a mi amigo de la cabeza; y durante todo el trayecto un tintineante sentimiento de culpa martilleó mi cerebro. Nada más me apeé del vehículo, marqué su número.

—¿Sí? —su voz me sonaba demasiado apagada, por lo que pensé  que podía haber tenido algún problema.

— Tú madre bien, ¿no?

—Sí, ahí anda la pobre…Bueno, eso es lo que no hace: andar —el chiste fue demasiado  forzado incluso para Ramón. Guardó silencio unos segundos y reinició la conversación con brío —.Yo Marianito te llamaba para hacerte una proposición indecente…

—¡Dime, Robert Redford!

—Como sabes mañana estoy libre de familia y de curro… Si te da igual pasar el domingo en el pueblo que en la playa, podemos comer juntos.

—¡Vale! —contesté sin pensarlo ni un segundo.

 

II Before Siesta

Domingo, 15 de julio de 2012

Desconozco si mi familia se tragó el rollo patatero de que me volvía temprano para que no me cogiera la caravana; pero si he de ser sincero, me daba igual. ¡Ramón me había llamado! Me contó que tenía a su mujer  y a  las niñas en la playa y, como él había tenido que trabajar, no las había podido acompañar. Dicho de otra manera: tenía todo el día para mí.

Ramón es mi amigo desde la infancia, siempre había compartido todo con él: los buenos y los malos momentos. Aunque siempre le había escondido mi vida dentro del armario, por circunstancias de la vida esta salió al descubierto hace más o menos un año y, sin planificarlo, terminamos echando un polvo.  Desde entonces, ambos hacemos todo lo posible porque aquello se vuelva a repetir. Lo malo, es que su profesión (policía) y su estado civil (casado y con hijos), no facilitaban demasiado estos encuentros.

Desde que tengo constancia de que me gustan los hombres, siempre me había sentido atraído por Ramón. La verdad es que sus cualidades no son pocas: simpático hasta decir basta, muy buena persona, no es que sea excesivamente guapo pero sí muy atractivo, metro ochenta de macho canalla y un físico que, sin ser de los clásicos musculitos de gimnasio, lo hacía apetecible cien por cien. Así que si había que renunciar a un día de playa por estar con él, ¡se renunciaba y punto!

Sé que acostarme con él no me hace la mejor persona del mundo, pues en mi contra tengo que decir que su esposa es mi amiga. Aunque acostumbrado a vivir una vida de tapadillo, ponerle los cuernos a Elena era únicamente un ladrillo más en mis problemas de conciencia. En una sociedad donde las oportunidades de ser feliz se dan con cuenta gotas, había que aprovechar cualquier ocasión que se nos presentara, porque los momentos malos vienen solos y para quedarse. Si no que me lo digan a mí, que la tristeza me había tenido dos meses de casa al trabajo y del trabajo a casa y con la única compañía de mi soledad. Así seguiría de no ser por Ramón, que no solo ha demostrado ser un excelente amante, sino el mejor amigo que se pueda tener.

Ignoro donde me llevará esta locura de relación, pero antes de ir a la deriva,  prefiero navegar en contra del viento de la mano de mi amigo.

En principio, habíamos quedado para almorzar en mi casa  No es que yo sea muy buen cocinero ni nada por el estilo, pero lo del almuerzo era una excusa como otra cualquiera para echar un buen polvo. Así que, como todo buen hijo de vecino, eché mano a los tapers de comida congelada y preparé una buena ensalada.

Con su puntualidad habitual, Ramón se presentó en mi casa. Fue verlo y creí que me quedaba sin respiración, el tío traía el uniforme de trabajo puesto, ¡me iba a dar algo! Evidentemente lo había visto antes de esa guisa, pero era la primerísima vez que podía deleitarme en contemplar sin tapujos, cómo se ceñía aquella oscura tela a su cuerpo, como la camisa le marcaba el pecho y los hombros, como bajo la hebilla del cinturón, la prominencia de su paquete despertaba mis más bajos instintos y, lo mejor de todo, su pronunciado culo, el cual se presentaba ante mí como un delicioso manjar prohibido.

Alargué la mano para saludarlo, pero se abrazó a mí dándome un tímido beso en los labios. “¡Joer, qué este no mi Ramón queme lo han cambiao!—pensé sin salir de mi asombro.

Se me tuvo que quedar una cara de pasmado de las que hacen época, pues mi amigo, sin darme tiempo a replicar,  me dijo:

—¡Quillo, es que he venio directamente del curro paca, no me ha dado tiempo ni de cambiarme siquiera…

—No, si no me importa —respondí con una sonrisa, concluyéndola con un beso en sus labios.

Mi lengua, sin ninguna oposición por su parte,  entró en su boca. Jugué a acariciar sus dientes con la punta, para después terminar zigzagueando con la suya. Preso de la pasión, sus brazos rodearon mi espalda en un intento baldío de  unir nuestros cuerpos en uno; al rozar su pelvis con la mía pude sentir la dureza de su entrepierna y mi pene se puso duro como un martillo.

Tras el prolongado beso, sostuvo mi cara entre sus manos, clavó su mirada en mía, sentí como si me quisiera decir algo, pero sus labios no emitieron ningún sonido. Como si algo se hubiera roto dentro de él, apartó sus manos de mi cara y se internó en la vivienda. 

Mientras terminábamos de poner la mesa, me dijo que quería cambiarse y que le diera una ropa más cómoda, circunstancia a la que yo me negué en redondo:

—Usted, señor Ramírez, se va a quedar con el uniforme puesto hasta que yo se lo diga.

—A sus órdenes —dijo en tono jocoso,  llevándose la mano a la frente y adoptando la postura marcial de firme —, hoy no tengo un “no” para usted.

Acompañamos la comida con una conversación distendida sobre la familia, el trabajo, las vacaciones… De vez en cuando, hacíamos una pequeña pausa para acariciarnos y algún pequeño beso.

—¡Oye!—impregné mis palabras de toda la amabilidad de la que era capaz —, ¿a ti qué te ha pasado que de quitarme la cara para que no te besara has pasado a ser el más besucón del mundo?

Se quedó mirándome un segundo y con total descaro me dijo:

—Es que tenía una duda: “¿Este tío besará igual de bien que la chupa?”

—¡Ya te vale Ramoncito!

Como si quisiera apagar mi diminuto enfado, me volvió a besar mucho más apasionadamente. A partir de aquel momento intuí que el almuerzo no concluiría del modo habitual, pues mi pícaro acompañante había decidido degustar un postre menos convencional. Mostrándome su sonrisa más golfa, me cogió de la mano y tiró de mí suavemente, al no encontrar objeción por mi parte, encaminó sus pasos hacia el dormitorio. Una vez allí me empujó suavemente sobre la cama, se sentó junto a mí y se dispuso a desvestirse.

—¡Ese no es el trato, Señor Ramírez! Usted ha dicho que estaba a mis órdenes, ¡así que haga el favor de ponerse de píe!

Siguiéndome la broma, mi amigo se levantó rápidamente  de la cama, como un si un resorte lo empujara. Al colocarse  junto a mí, casualmente, su abultado paquete quedo a la altura de mi cabeza. Circunstancia que yo aproveché para acariciar el pronunciado bulto por encima del uniforme, clavé mi mirada en la suya y le dije:

—¡Ahora estese quietecito, no se  me ponga nervioso!

Sin dejar de masajearle sus genitales, me incorporé y comencé a desabotonarle la camisa de un modo tan teatral como sensual, descubriendo que bajo el uniforme Ramón ocultaba otro de mis fetiches sexuales: una camiseta blanca de tirantas.

Dicen que el morbo y el deseo habitan solo en nuestra mente, que cualquier estimulo externo es interpretado de acuerdo a nuestras fantasías más recónditas y lo que nos hace excitarnos no es lo que vemos, sino lo que queremos imaginar. De ser esto cierto, lo que mi mente percibía me la estaba poniendo firme como un garrote.

Me separé unos pasos de él para contemplarlo mejor. Tras soltar  instintivamente unos cuantos espontáneos; “¡Joder, joder!”, casi le supliqué que se quitara la camisa.  Ver como la tela de algodón se marcaba a su tórax como una segunda piel,  marcando su pectoral, sus hombros, su incipiente tripa…propició que mi lívido comenzara a hacer de las suyas y, en vez de pensar con el cerebro, comenzara a hacerlo con la polla.

Como un autómata, sin parar de musitar unos entrecortados “¡Joder, joder!”, me puse de cuclillas ante él y paseé mi boca por su bulto. Ignoro cuánto rato estuve regando con mi saliva su bragueta, la cual parecía querer estallar a cada muestra de cariño de mis labios. En pos de darle la libertad que se merecía, desabroché la hebilla de su cinturón, desabotoné el pantalón y bajé la cremallera. Solo una delgada tela de algodón separaban mi paladar de su erecta bestia; instintivamente clavé mi olfato en los bóxer, buscando morbosamente algún efluvio de orina ellos, pero estos únicamente olían a detergente y suavizante. Perplejo, liberé aquel cipote de toda atadura y este saltó ante mi cara como un resorte; volví a olfatearlo y su aroma emanaba limpieza, a recién duchado.   Por lo que deduje que Ramón no venía directamente del trabajo, sino que se había puesto el uniforme a consciencia para que yo lo viera, ¡el muy cabrón estaba demostrando ser casi tan morboso como yo!

Aquel descubrimiento me puso como una moto. Sin más preámbulos chupé la cabeza de aquel cipote y tras darle unos golpecitos contra mi lengua, invité a su glande a que acariciara mi garganta. Estaba tan loco por proporcionarle placer, que puse en práctica lo que me hizo el joven de los pinares de Rota; mi empeño fue tal que, ateniéndome a los jadeos de Ramón, era incapaz de diferencia en que momento él  disfrutaba más: si cuando mamaba su nabo,  o al masturbarle con la mano ensalivada.

Tiré de  su pantalón, dejando que callera hasta los tobillos;  aferré mis dos manos a su apretado trasero y lo empujé con la única intención de que su polla completara su viaje en el interior de mi boca. A pesar de que una sensación de ahogo me recordó mis límites, agarré fuertemente los peludos glúteos y dejé que aquel inhiesto sable perforara mi cavidad bucal hasta el fondo. En el momento en que creí que no podía disfrutar ya más, mi amigo comenzó a sacar y a meter su polla de mi boca al ritmo de unos acompasados movimientos de cadera, ¡fue como si Ramón me follara la boca!

Era tanto el placer que compartíamos, que únicamente dejaba descansar mis labios el tiempo suficiente para respirar y cuando las arcadas me impedían proseguir. Tenía la boca adormecida de tanto succionar, pero ni mi mente ni mi cuerpo querían que aquello finalizara. Aquel enorme nabo no cesaba de babear, inundando mi boca con un delicioso líquido pre seminal, que mezclado con mi saliva rebosaba por la comisura de mis labios. Pero  en el sexo todo tiene su fin.  Cuando su cuerpo estalló de gozo, Ramón apretó suavemente mi cabeza contra su pelvis, para evitar que me zafara sin vaciar el contenido de sus huevos en mi garganta.

Sus ojos buscaron la aceptación en los míos, encontrando como única respuesta un extasiado rostro. Me agarró las manos y tiró fuertemente para que me incorporara; una vez tuvo mi cara frente a la suya, me besó sin ningún miramiento, mezclando su saliva con la mía y los restos de su esperma.

Al tiempo que nuestras lenguas se unían en una apasionada danza, mi amigo me fue quitando la ropa, de un modo casi violento. Una vez estuve desnudo, me pegó un leve empujón y me tendió sobre la cama. Levantó mis piernas, hasta que consiguió colocarse mis nalgas frente a su rostro, acercó mi hoyo a su boca e introdujo su lengua en él. Las primeras lamidas fueron tímidas, como un gatito que probara por primera vez la leche, pero superada la cata inicial el desenfreno se apoderó de su paladar, dando como resultado un placentero y salvaje beso negro.

—¡Pajéate, mientras te lo como! —dijo, interrumpiendo brevemente lo que estaba haciendo.

Masturbarme en aquella postura era terriblemente enrevesado; me encontraba casi en volandas, pues solo mis hombros y mi cabeza sostenían mi cuerpo. Masajear mi pene en aquella posición era muy complicado… ¡pero no imposible!

Unos minutos más tarde, con la lengua de Ramón introducida levemente en mi ojete, mi mano conseguía que mi cuerpo se rindiera al placer: unos chorros de viscoso semen saltaban desde el enrojecido glande a mi abdomen, resbalando  por todo  el pecho hasta llegar al cuello.

Tras aguardar que la última gota de leche brotará de mi uretra. Mi amigo me bajo las piernas con sumo cuidado y se tendió junto a mí. Acarició  dulcemente mi mentón  y me volvió a besar cariñosamente.

Poco después me abandonó para pegarse una merecida ducha. En vez de acompañarlo, me quede recogiendo un poco el maremágnum que habíamos organizado en el cuarto.

Unos minutos más tarde  ocupé su lugar bajo el agua. Mientras dejaba que el agua caliente y el jabón hicieran su trabajo, una inesperada sensación de felicidad flotó en mi pecho y, sin querer, una sonrisa tonta asomó en mi rostro. Era la quinta vez que compartía sexo con mi amigo, y la primera que sentía que él se había implicado, pero tan pronto como mi imprudencia comenzó a fantasear con que aquello podía ser algo más que sexo, mi cordura me recordó que estaba casado y volví a  pisar la tierra. La realidad es tan dolorosa como cruel: un tipo casado nunca deja a su mujer por su amante, y mucho menos cuando este es un hombre.

Para mi sorpresa, al llegar a la habitación me lo encontré dormido en la cama. Comprensiblemente el cansancio después de una noche de trabajo había hecho mella en él y había caído rendido.  Verlo desnudo sobre las sabanas era una imagen tan tierna como sensual. Lo contemplé durante unos escasos segundos y  sin hacer ruido me tendí junto a él. Ramón estiró su brazo y me acercó a su pecho.

 

 

 III After siesta

Ignoro durante cuánto tiempo estuve en los brazos de Morfeo. Lo único que sé que al despertarme y verlo descansar tan apaciblemente,  no pude evitar hacerme una pregunta: “¿Por qué los seres humanos emanamos tanta dulzura e inocencia cuandoestamos dormido?” Recorrí su rostro con la mirada: había tanta nobleza en él que me quedé ensimismado mirándolo, como si fuera lo más hermoso que hubiera visto jamás.

Me dieron ganas de besarlo, pero no quise despertarlo. Me recosté a su lado y, completamente desinhibido, me dediqué a contemplar como su ancho pectoral se inflaba y vaciaba, al ritmo de unos suaves ronquidos. De vez en cuando, sigilosamente, acercaba el oído a su pecho, con el fin de escuchar los latidos de su corazón.

A pesar de lo tierno del momento, al bajar la mirada desde aquella posición,  me era muy difícil no sucumbir al deseo; pues un lujurioso manjar  descansaba a escasos centímetros de mis labios. No obstante fui un niño bueno y contuve mis oscuros impulsos y disfruté cada segundo de aquel irrepetible momento. Ocasiones como aquella son las que al final atesoras en la memoria, a las que  te agarras en los momentos de bajón pues, al final, son las experiencias que dan sentido a la vida. Si mi maltrecho corazón me permitiera enamorarme de alguien, ese alguien sería Ramón.

Un leve movimiento de cabeza de Ramón me sacó de mis cavilaciones. Si contemplarlo mientras dormía me resultó hermoso, ver como regresaba poco  a poco al mundo de los vivos fue una sensación de lo más agradable.   Paulatinamente abrió los ojos, frunció el ceño ligeramente y, al verme acurrucado a su lado, una generosa sonrisa asomó en su rostro. Tras darme un corto beso en la mejilla me dijo:

 —Quillo, ¡es que estaba reventao

Su espontanea reacción tocó de lleno mi parte más sensible, por lo que no pude evitar sonreírle al tiempo que le acariciaba dulcemente la mejilla.

—¡No me toques, qué no respondo! —dijo en tono jocoso, señalando a su polla que, al igual que su dueño, parecía volver a la vida a pasos agigantados —. ¡Si es que tienes poderes! ¡Mira como me has puesto!

 Aunque pueda parecer un poco exagerado lo que argumentaba mi amigo de mis “poderes”, me tuve que rendir a la evidencia y pensar que era cierto, pues su verga que segundos antes se hallaba en completo reposo, comenzaba a tomar forma y se encontraba en perfecta condición de revista

Instintivamente, alargué mi mano hasta aquel inhiesto vergajo y, tímidamente, lo acaricié con mis dedos, propiciando que vibrara a mi contacto. Su respuesta me satisfizo tanto que deje que mis dedos viajaran plácidamente, desde la punta hasta el tronco, por aquella maravilla de Dios. Sentí como una mano de Ramón resbalaba por mi columna vertebral hasta llegar al final de mi espalda. Una vez allí, masajeó fuertemente mis glúteos. En un instante habíamos pasado de estar en “servicios mínimos” a tener los cinco sentidos danzando al compás de la lujuria. 

Hice ademán de lanzarme a devorar su cipote, pero Ramón me detuvo. Nos miramos levemente y, tras abrazarme, me dio un leve beso en los labios. Con su beneplácito, hundí mis labios en su pronunciado tórax, paseé mi lengua por todo su pecho dejando un surco de caliente baba desde su cuello hasta su entrepierna. Una vez tuve la erecta porra ante mi cara, la impregné completamente de saliva.

Dado que en la posición que se encontraba no atinaba a tocarme, se sentó en la cama,  me pidió que me arrodillara ante él y prosiguiera chupándole la polla. Una vez acaté su grata orden, Ramón  jugueteó  morbosamente con sus dedos  por el canal de mis glúteos, con la única intención de  encontrar mi agujero, una vez lo tuvo localizado lo acarició con movimientos circulares, haciendo sucumbir mi cuerpo a un tipo de gozo que ya  creía olvidado. Todo el placer que él me regalaba, yo se lo devolvía con creces: mi boca regaba su nabo con un caudal de babas que se deslizaban desde su tallo hasta sus huevos. Tras unos frenéticos minutos en que su cipote y su dedo taladraban mi cuerpo al unísono, apartó mi cabeza de su entrepierna y de un modo que rozó la súplica me dijo

 —¡Cabrón! ¿No querrás que me corra ya?, y menos sin probar ese culito tuyo. Por cierto, hoy está más cerradito que la última vez.

Era evidente que Ramón llevaba más razón que un santo en su afirmación: desde que estuve con él, “celebrando” la victoria de España contra Francia en la Eurocopa, no había estado con nadie;  y de eso iba hacer ya tres semanas. Así que para evitar que pensara que entre nosotros había una especie de pacto de fidelidad, quitando importancia a su certera observación, en un tono picaresco le dije:

—Es que yo sé que así te gusta más.

—Pues tráete el lubricante ese que tienes por ahí, que te lo voy a poner a punto de caramelo —me contestó, guiñándome un ojo.

Saqué el bote de crema del cajón y se lo di,  mostrándole mi más cachonda expresión, él cargando su voz con toda su virilidad,  me pidió que me colocara a cuatro patas sobre la cama. Una vez accedí a su petición, se agachó tras de mí, colocó sus manos sobre mis glúteos y, por segunda vez aquella tarde, pasó su lengua por mi ano.

Desconozco si mi amigo había practicado aquella variedad sexual con alguien anteriormente, pero si la primera vez me había dado la sensación de ser torpe e inexperto, los lametones que me propinaba en aquel instante hacían alarde de una maestría que ya quisieran algunos más puesto en la materia.

Tras los primeros lametones por mi rasurado agujero, tensó los músculos de su lengua e imprimiendo una dureza poco común, golpeo el caliente orificio con ella. Pensar que mi amigo estaba poniendo todo su empeño y dedicación en proporcionarme satisfacción, hizo que disfrutara más del momento y propició que la bestia de mi entrepierna vibrara como si tuviera vida propia.

Inesperadamente, sin dejar de darme el mejor de los besos negros, Ramón alargó la mano hacia mi polla y comenzó a masturbarme. Poco después retiró brevemente su mano, para reanudar la tarea unos segundos después: esta vez su palma estaba impregnada de saliva, la fricción del caliente líquido contra mi polla propició que unos entrecortados gemidos escaparan de mi garganta.

Sin embargo, aquella no fue la única sorpresa que me tenía preparada mi amigo y, sin dejar de empapar con su lengua mi ojete, empujó mi pene hacia atrás, hasta conseguir poner mi glande a la altura del perineo y, a continuación, pasó la lengua por él. Sentí un placer tan intenso, que de seguir así terminaría corriéndome.

Sospecho que Ramón también era de mi misma opinión y presintiendo que si seguía así la fiesta concluiría, dejó de mimar mi polla y mi culo e impregnó sus dedos con el acuoso líquido lubricante y lo extendió por todo mi hoyo.

Con el culo empapado de crema, sus dedos comenzaron a dilatarlo poco a poco. Al primer dedo mi cuerpo no opuso resistencia alguna, la entrada del segundo costó un poco más de trabajo y el tercero me ocasionó un poco de dolor. Ramón se tomó su tiempo en hacer que mi esfínter se agrandara, dejando que fuera mi cuerpo el que respondiera ante los estímulos que el provocaba, y no al contrario. Unos minutos después, tres dedos traspasaban aquel agujero con facilidad, prueba indiscutible de que estaba preparado para albergar su enorme cipote.

Sin dejar de jugar con mi culito, mi amigo se puso un preservativo y colocó su glande a la entrada de mi ano. Sin prisa pero sin pausa, fue introduciendo su polla a través del estrecho agujero. A pesar de la lubricación y de la dilatación previa, el musculo anal parecía resistirse un poco; mas una vez traspasado el primer anillo, el inmenso vergajo hizo de mi trasero su templo, entrando y saliendo de él sin la menor dificultad.

A cada empellón que su pelvis propinaba contra mis nalgas, más profundo se introducía aquel proyectil en mí, proporcionándome cotas de satisfacción desconocidas. Unos intensos minutos después, Ramón me pidió que me sentara sobre  él.

Seducido por  la lujuria del momento, accedí a su firme petición con una sonrisa de granuja en mi rostro. Le indiqué que se sentara sobre la cama y, como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida, de frente a él,  me acuclillé sobre su pelvis y tras situar el erecto carajo en la entrada del ya más que dilatado orificio, dejé que mi culo fuera engulléndolo poco a poco. Una vez confirmé que sus testículos hacían de tope, puse en práctica algo que nunca me había atrevido a hacer: comprimir intermitente las paredes de mi esfínter, con el fin de apretar, aún más,  entre ellas  el miembro viril de Ramón.

A pesar de mi reticencia, pude comprobar que no lo estaba haciendo nada mal  pues mi amigo, tras morderse satisfactoriamente los labios en un par de ocasiones, no pudo evitar proferir una especie de insulto.

—¡Pero qué puta eres, vida mía!

A continuación apretó rudamente los cachetes de mi culo y, como si fuera una especie de premio, me obsequió con un prolongado beso. Creí que alcanzaba la gloria, por un lado la pasión de su verga taladrando mis entrañas, por el otro sus labios insuflándome todo el cariño del que era capaz. La dicha nos rebosaba hasta por las orejas y se reflejaba en el brillo de nuestras lujuriosas miradas.

Llevé mi libido al límite, mis manos se agarraron fuertemente a sus hombros y cabalgué sobre su polla, iniciando un viaje hacia la fruición que deseaba no finalizase. Mas mis deseos se truncaron cuando, de un modo tan imprevisto como intenso, mi semen se derramo sobre su pecho. No había salido de mi asombro por haberme corrido sin tocarme siquiera, cuando sentí como el cuerpo de Ramón se estremecía al alcanzar el orgasmo. Extasiado, me derrumbé sobre su pecho cual muñeco roto.

Mientras nuestras respiraciones intentaban volver a su ritmo normal, mi amigo cogió mi cara entre sus manos, como si intentara decirme algo y, no sé porque motivo, lo silencié con un beso.

De un modo que se me antojo casi rudo, Ramón detuvo el zigzagueo de nuestras lenguas y, cogiéndome suavemente por los hombros, me apartó de encima de él. Se levantó, me agarró de la mano y  me llevó al cuarto de baño. Una vez allí, como si de una maniobra militar se tratara, me pidió con un gesto que me metiera en la placa de ducha.  

—¡Agáchate, que te voy a dar lo tuyo! 

Al decir esto en su cara se pintó una sonrisa morbosa, su mirada desnuda de toda ternura se infló de vicio al comprobar como su  flácida polla regaba mi pecho. Fue sentir el oloroso liquido caliente resbalar desde mi pecho hasta mi pelvis y mi pene volvió a su estado de rigidez. Ramón al constatar mi lujurioso estado me dijo:

 —Dúchate, que esa parece que tiene ganas otra vez de juerga y esta no se la va negar—al decir esto último se agarró sus genitales de un modo soez.

Minutos después, mi ano dejaba entrar a su polla en él, pero esta vez, nuestros cuerpos alcanzaron pronto el orgasmo. Poco después nos duchamos, Ramón se vistió, charlamos un poco y tras un prolongado beso de despedida se marchó, no sin prometerme antes que sacaría tiempo para verme cuando regresara de las vacaciones.

Fue cerrarse la puerta tras él y la losa de la mal llevada soledad cayó sobre mí. No podía evitar sentirme dichoso por  poder compartir mi vida con él: no solo era mi amante, era mi confidente, mi amigo…El tipo del que había estado enamorado desde la adolescencia, la mejor persona que conozco. Aunque su marcha me dejaba siempre un poco tristón, había aprendido a vivir con ello y a dejar los sentimientos encerrados bajo cuatro llaves, pues era lo que había… ¡Hombre!, viéndolo por el lado positivo, no estaba mal, que te ronquen al lado, de higo a breva,  puede llegar a ser hasta romántico, pero todos los días, ¡debe ser un coñazo de marca mayor!

 

Querido lector acabas de leer:

"Follando con mi amigo casado"

Cuarto episodio:

Historias de un follador enamoradizo.

 Continuará próximamente en

"Pequeños descuidos"

Estimado lector: Esta serie está compuesta de episodios que están ideados para leer de manera independiente. Si te ha gustado y quieres saber más de ella, te dejo los links de los tres primeros episodios (y ya sabes: por favor comenta, valora… es el único modo que tenemos los autores de saber que hay alguien al otro lado).

 Primer episodio: El blues del autobús.

Segundo episodio: La lista de Schindler.

Tercer episodio: Celebrando la victoria.

 

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