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El secreto de mi vecina Patricia

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  • Esto sucedió hace poco más de diez años. Yo tenía diecinueve, y todavía era virgen, aunque ya tenía planeado dejar de serlo

    De todas las sorpresas que tuve en la vida, la que me llevé con la mamá de Tomy, fue, probablemente, la más increíble de todas.

    Esto sucedió hace poco más de diez años. Yo tenía diecinueve, y todavía era virgen, aunque ya tenía planeado dejar de serlo.

    Con mi mejor amigo, Juan, viajamos una tarde calurosa hasta el Barrio Independencia, en busca de putas.

    — Así que el amigo la va a poner por primera vez. — me dijo Juan, dándome una palmada en el hombro. Estábamos en el fondo del colectivo, y si bien, no había muchos pasajeros, yo me avergoncé pensando que podrían haberlo escuchado.

    — hablá despacio, boludo. — le recriminé.

    — ¿y cuál hay? Gil, si no estamos haciendo nada malo.

    — No quiero que todo el mundo se entere de que soy virgen y que me voy de putas.

    — Jajajaja, relajate gil.

    — ¿Estarán buenas las putas de ahí? — le pregunté.

    — Mirá, el Javi fue hace un par de meses, y se culeó a una negra que según él, estaba re buena.

    — Pero para el Javi hasta la profesora de geografía estaba buena.

    — jajajaja, si, ese Javi es un pajero, loco.

    — ¡Bajá la voz, boludo! — le repetí.

    — jajajaja, no pasa nada amigo. Si no te gustan las putas de ahí, nos vamos y listo.

    — ¿Pero si no nos dejan ir? — pregunté, intrigado.

    — Qué no nos van a dejar ir. Es un negocio como cualquiera, si no te gusta la mercadería no la comprás.

    — Que animal que sos.

    — Y bueno loco, si son putas… — dijo Juan, encogiéndose de hombros. — De última si tenés miedo de decir que no, pagás sólo por media hora, hacés que te chupen la pija y a otra cosa.

    — ¿Pero no me dijiste que las putas solo hacen petes con el preservativo puesto? Así no tiene gracia.

    — Flaco, son putas… le pagás unos mangos más, y que te la chupen sin forro. No sabés lo bueno que está eso.

    — Ojalá que sean como Patricia.

    — ¿Y quién es Patricia? — preguntó Juan.

    — La mamá de Tomy, ya sabés.

    — ¡ah, tu vecina! Esa mina está más buena que comer pollo con las manos. Qué culo que tiene. No sabía que era la mamá del gil que llevás para jugar los picaditos del domingo.

    — Si, es ella.

    — Ahora, el Tomy ese no la mete ni teniendo el arco adelante y sin arquero, pero a ella se la deben meter de lo lindo.

    — Qué decís, si está casada.

    — Jajajaja, “casada”… ¡A ese culo no le alcanza con una sola pija Carlitos! ¿En qué planeta vivís? A las minas les gusta coger tanto como a nosotros. Si vos te pudieras coger a la mina que quieras, ¿te cogerías a una sola? ¡No! Esa mina se puede levantar al tipo que quiera ¿Te pensás que no lo caga al marido? Encima con esa cara de gil que tiene.

    — Jajajaa, bueno, puede ser que tengas razón, pero, a mí nunca me va a dar bola. — Le dije.

    — ¿Y vos que sabés?

    — Tiene treinta y dos años. Para ella soy un pendejo. Además, ni me habla. Cuando voy a buscarlo a Tomy para ir a la cancha, apenas me saluda, y siempre está seria.

    — ¿Treinta y dos años tiene? Lo habrá parido de muy pendeja al bobo te Tomy. Se nota que de chiquita que le gusta la pija.

    — lo tuvo a los diecisiete años… ¿sabés que ahora se tiñó el pelo de negro? no sabés lo bien que le queda.

    — Jajajaja, altas pajas te habrás hecho con ella… Che, pará. ¡Ya llegamos!

    Se paró de un salto, y presionó el botón para indicarle al colectivero que bajábamos. Cuando yo me puse de pie, noté mi verga dura y empinada, que hacía que mi bragueta pareciera una carpa. Me la acomodé, mirando a todas partes, con miedo a que me vieran, y bajé del colectivo.

    — ¿Cuánto nos pasamos? — Le pregunté.

    — tres cuadras nomás. — contestó Juan. — El boliche es aquel. — dijo, señalando una esquina, a lo lejos. — ese de los vidrios negros.

    El barrio me daba mala espina. Había poca gente en la calle, y los que andaban por ahí, tenían cara de pocos amigos.

    Llegamos por fin al boliche en cuestión.

    — Pero está cerrado, Juan.

    — Callate salame. Está cerrado para los giles que vienen a escabiar o a escuchar música, para los putañeros está abierto las veinticuatro horas.

    — ¿Y el timbre dónde está?

    — Que timbre ni timbre. — dijo Juan, y comenzó a golpear el vidrio con una moneda.

    Cada vez que el metal chocaba con el vidrio, mi ansiedad crecía, pero pasaba el tiempo, y nadie salía a atendernos. Juan acercó su cara, para ver adentro.

    — Parece que no hay nadie che. — dijo, casi tan decepcionado como yo mismo lo estaba.

    Golpeamos varias veces más, pero nadie salía a atendernos. Notamos que habíamos llamado la atención de algunos de los vagos que rondaban por ahí, que ya nos miraban con curiosidad, así que decidimos desistir y volver a casa. Pero cuando estábamos llegando a la parada, Juan preguntó a un tipo que caminaba por ahí:

    — Amigo, ¿no conocés un puterío por acá?

    — ¿Un qué? — preguntó el hombre.

    — Un puterío. — repitió Juan, casi gritando, exasperado. Y para que el otro entienda bien agregó. — Putas, queremos putas para coger ¿Dónde hay?

    El tipo se encogió de hombros y se fue.

    — Ese pelotudo no sabe ni donde está parado. — dijo Juan, mordiéndose el labio.

    — ¿Pero no conocés otro lugar? — Le pregunté a mi amigo experimentado.

    — Sí, pero está en la rotonda de San Justo. — me contestó. Luego miró la hora en su reloj. — A ver, bancame que hago un llamado.

    Puso las monedas en el teléfono público. Habló unos minutos, y al cortar, se dirigió a mí.

    — Listo, ya le dije a mi vieja que no puedo ir a buscar a Cata al colegio.

    Su ánimo cambió rotundamente. Tenía tantas ganas de ponerla como yo, y el boliche vacío lo había desanimado y enfurecido, pero ya volvía a ser el mismo Juan alegre y burlón de siempre.

    Esta vez el viaje duró casi una hora.

    — Lo que no sé, es cuánto cobraran ahí. — comentó.

    — Yo igual traje más plata de la que me habías dicho, por las dudas.

    — Bien ahí Carlitos. Yo también. Cincuenta mangos tengo.

    — Ojalá que esta vez no nos encontremos con un local vacío.

    — Tanta mala suerte no vamos a tener.

    Llegamos a San justo a eso de las cuatro de la tarde. Estábamos algo transpirados. Esta vez el supuesto prostíbulo era una casa vieja, revocada, pero sin pintar. Subimos una pequeña escalera y golpeamos la puerta negra. Tardamos unos segundos en escuchar una voz femenina.

    — ¿Quién es? — nos preguntó desde detrás de la puerta.

    — Venimos de putas. — contestó Juan, fiel a su personalidad directa.

    — ¿y por qué no tocan el timbre? — dijo la voz femenina, haciéndonos sentir unos idiotas.

    — Perdón, no lo vimos. — dije.

    — levántense las remeras. — ordenó la mujer. Yo no entendí, pero enseguida vi a mi amigo levantar un poco la remera, y dar media vuelta, mostrando que no llevaba nada en la cintura. Lo imité. — tienen cara de polis. — dijo la mujer.

    — No somos polis. — Dijo Juan. — Ya sé que mi amigo parece que sí, pero no.

    Por fin la puerta se abrió. El interior era bastante oscuro, aunque se veía un pasillo que terminaba en un cuarto desde donde se escuchaba un televisor. Me desilusioné mucho al ver a la mujer que nos abrió. Era una cincuentona que en sus mejores tiempos habría sido muy sexy, pero que el pasar de los años no la había favorecido. Tenía ojeras, y manchas en la piel, con varios kilos de más, y la carne flácida, y el perfume barato que usaba, no tapaba el fuerte olor a tabaco.

    — Siéntense. — nos dijo, señalando cuatro sillas alineadas a unos metros del televisor. — les explico. El servicio es pre-bucal, vaginal. Cualquier otra cosa, tienen que arreglarlo con las chicas. La media hora sale veinte y la hora treinta pesos.

    Yo quería irme, aquella mujer no me gustaba para nada, y no entendía qué era eso de pre-bucal vaginal. ¡Era todo tan bizarro! Pero por suerte mi amigo habló por ambos.

    — Dale. ¿Nos presentás a las chicas? — dijo.

    — Muy bien. — Dijo ella. — y se perdió en otro pasillo oscuro.

    — pensé que ella era la puta. — le confesé a mi amigo.

    — Jajajaja, no entendés nada. Ella es la recepcionista. Ahora vienen las putas.

    Las mujeres fueron llegando una a una. La primera llegó en tanga y corpiño rojos. Era una morocha de apenas unos años más que nosotros, sus ojos verdes se iluminaban en la oscuridad, las piernas largas, elegantes, sobre un zapato que sonaba fuerte a cada paso que daba. Se acercó a nosotros.

    — Jimena. — dijo, presentándose. Nos dio un beso en los labios a cada uno, y luego dio la vuelta para alejarse un poco, hasta quedar parada adelante del televisor, mirándonos, con manos en la cintura, y la rodilla flexionada, en una pose sensual.

    Con solo verla ya estaba convencido de que quería desvirgarme con ella. Pero ya se dirigía a nosotros la segunda fémina. Una chica alta, de pelo corto, despampanante. Vestía una babydoll negro, y a través de sus transparencias se veía la ropa interior del mismo color. Tenía las tetas enormes, seguramente operadas, pero qué importaba, le quedaban perfectas. Ahora no tenía idea de a cuál elegir.

    — Soy Katy. — dijo. Nos dio un beso y se fue a parar al lado de Jimena. Ambas esperaban, expuestas como mercancía, mientras entraba la tercera.

    Se trataba de una rubia petisa, con cara de nena. Se llamaba Sol, y tenía un culo grande y apetitoso. La cuarta era una negra descomunal, que cuando se presentó como Paola se notó su acento colombiano.

    Poder elegir acostarme con cualquiera de esas impresionantes hembras me resultaba increíble. Pero con la última llegó la sorpresa. De entrada no la reconocí, porque como nunca la había visto vestida de esa manera, y además, en ese momento, lo último que les miraba a esas mujeres era la cara, no me di cuenta de que se trataba de Patricia, la mamá de Tomy. Llevaba un babydoll rojo, y un corpiño y tanga negros. Dio unos pasos, y se detuvo en la semipenumbra.

    — ¿Qué pasa Cami? Los clientes te están esperando. — la apuró la recepcionista.

    — Mirá Carlitos ¿no es…? — dijo mi amigo, atónito. — ¡Sí, es tu vecina, la mamá de Tomy!

    Levanté la vista y la vi. Sus ojos azules, pequeños, y su hermosa piel ámbar eran inconfundibles. El pelo negro, estaba recogido, y le resaltaba sus hermosas facciones.

    — Patricia. — Balbuceé.

    Ella me miró, horrorizada por la coincidencia, y dio un paso atrás.

    — ¿Qué pasa Cami, los conocés? — le preguntó la recepcionista.

    —Yo no voy a pasar con ellos. — Dijo Cami (Patricia).

    — Dejate de joder. — intervino Juan. — Si ya te descubrimos. Ya sabemos que sos una puta.

    — El chico tiene razón Cami. — Intervino la recepcionista. — Además, vos acá estás para atender a los clientes, si ellos quieren pasar con vos, lo tenés que hacer, y si te conocen, te jodés ¿o querés que le cuente al jefe que te retobaste?

    Patricia miró con miedo a la recepcionista, y finamente cedió, y se fue a parar al lado de sus compañeras.

    — No te preocupes, no le pienso contar a nadie que trabajás acá. — le dije, para calmar un poco los ánimos. Pero ella no contestó, sólo se limitó a mirarme con aire gélido.

    — Bueno chicos, ¿con quién quieren pasar? — preguntó la recepcionista.

    — Con Cami. — dije sin dudarlo, utilizando su “nombre artístico”.

    — ¿cuántas horas papito?

    — Una hora. — dije, entregándole los cincuenta pesos.

    — Después ella te lleva el cambio. — dijo la recepcionista, y dirigiéndose a mi vecina, agregó. — Camila, al tres.

    — ¿Y vos bombón? — le preguntó a Juan.

    Juan me codeó. Estaba eufórico.

    — qué suerte tenés guachín. Hoy te la dejo para vos sola. Otro día vengo a culearme a la putita de tu vecina. Paso con Jimena.

    — Por acá. — nos indicó la recepcionista. La seguimos hasta llegar a un cuarto. — vos acá. — Le dijo a Juan, que se despidió de mí con un guiño de ojo. — A ver vos, vení. — caminamos unos pasos y doblamos. — Acá bebé. — la puerta se abrió, mostrando una habitación igual de oscura que la sala de espera y los pasillos. Sólo una luz rojiza bañaba el cuarto, y me dejaba entrever la cama de dos plazas y el ropero que estaba a un costado. — Ponete cómodo que ya viene Camila. — Me dijo la mujer, y cerró la puerta dejándome solo.

    Decir que estaba ansioso sería quedarme corto. Estaba a unos minutos de poseer a la mujer que más deseaba ¿Qué probabilidades había de encontrarme con mi vecina en un puterío? Lo que me estaba sucediendo era como haberme sacado la lotería. Y lo mejor de todo, era que podría volver a visitarla cuando quisiera.

    Me senté a los pies de la cama, sobre el colchón. Había un silencio profundo que aumentaba la expectativa. Sólo se oía el ruido de los autos que pasaban por la calle frente a la ventana, y el televisor que ahora sonaba como un murmullo. La boca se me hizo agua, enseguida tendría a Patricia. Al culo de Patricia, al sexo de Patricia, a sus tetas, a su piel. Ella sería mía por una hora entera donde podría hacer lo que se me plazca con su cuerpo. Mis manos transpiraban y noté que mis piernas temblaban, y mi corazón palpitaba con furia. De repente escuché el sonido de unos tacos chocar con el piso. Cada vez sonaba más fuerte, hasta que se detuvo un instante, y por fin, el picaporte de la puerta giró, y entró ella.

    Me miró con indiferencia. Caminó hasta la mesita de luz, y dejó ahí los veinte pesos del cambio.

    — ¿Qué hacés todavía vestido? — Me preguntó. A pesar de su mal humor, yo siempre la había conocido así, así que no me importó. Estaba preciosa, su cuerpo escultural era intimidante bajo la luz mortecina de esa habitación.

    — Perdón, no sabía que querías…

    — ¿Pasaste al baño? — me interrumpió.

    — No… — le contesté.

    — Pasá y lávate, que veo que estás todo transpirado.

    — Bueno. — le dije, y entré por lo única puerta que había en el cuarto, seguro de que era el baño. Una vez adentro me sentí confundido ¿quería que me duche? Eso llevaría tiempo, pero era cierto, estaba bastante transpirado, abrí la puerta y le pregunté. — ¿Y si nos duchamos juntos?

    — No, pendejo. — Me dijo con impaciencia. — Lavate en la bacha y listo, además la ducha no funciona.

    Sólo había jabón líquido. Me saqué la remera y me lavé con abundante agua en las axilas, y luego me enjaboné.

    — ¿Qué hacés que tardás tanto? — preguntó Patricia, y acto seguido abrió la puerta. — ¿Qué estás haciendo?

    — Me dijiste que me lave…

    — No, pendejo. — me dijo. Se acercó y se puso a mi espalda. — a ver. — Me rodeó la cintura con las manos y me desabrochó el cinturón, y el botón del pantalón. — ¿ves? — dijo. — la tenés toda traspirada y llena de presemen. Seguro que venías al palo. A ver, acércate más a la pileta. — corrió la piel de mi sexo, dejando el glande totalmente a la vista. — Al menos tenés una linda pija. — dijo, sacándome una sonrisa, y logrando que la tensión fuera disminuyendo. Mi miembro no llegaba hasta el chorro de agua, así que Patricia puso la mano en forma de jarra y con el agua que juntó, me enjuagó el pene. Lo hizo una y otra vez, mientras que mi sexo se endurecía. Puso un poco de jabón líquido en el glande y volvió a enjuagar varias veces. — la tenés bastante grande. — Me felicitó. Luego rodeó el tronco con el dedo índice y el gordo, hincándome un poco con sus uñas. — Mirá pendejo, yo no quiero que mi hijo, ni nadie que me conozca se entere de que trabajo acá.

    — Ya sé, no te preo…

    — ¡Callate! — Me interrumpió, presionando más fuerte. — yo conozco a mucha gente. Si llegás a abrir la boca, voy a hacer que te lastimen. Y a tu amigo también.

    — Te juro que no vamos a decir nada. — le prometí, asustado.

    — Más te vale. — dijo, disminuyendo la presión. — Además te conviene, si me querés seguir cogiendo… — agregó, y empezó a acariciarme el prepucio y el glande, dándome un placer intenso, que yo nunca había descubierto en mis noches de pajas.

    — Sí, voy a venir a visitarte seguido. — le dije.

    — Dale, secate y vení a la cama.

    Hice lo que me dijo, ella estaba con su cuerpo generoso acostada, con las piernas flexionadas, y una casi sonrisa dibujada en sus labios. Se había quitado el babydoll. Me desnudé y fui por ella.

    Lo primero que hice fue darle un beso en la boca, mientras le acariciaba las tetas. Ella metió su lengua en la mía, y me masajeó. Luego enterré mi nariz entre sus tetas, sintiendo el olor fresco de su piel, y percibiendo su suavidad. Patricia se desabrochó el corpiño, y con un gesto me invitó a que lama sus pezones. Eran puntiagudos, y yo jugaba con ellos, lamiéndolos, pellizcándolos, y mordiéndolos. Mientras tanto mis manos recorrían su escultural figura. Las mamas estaban duras, las piernas, depiladas y firmes. Cuando mis dedos recorrían sus caderas y subían hasta la cintura, sentía vértigo al recorrer esas pronunciadas curvas. Ella me acariciaba la espalda y me regalaba un gemido cuando tocaba o besaba alguna parte que le daba placer. En un momento quedé debajo de ella, y aproveché para acariciar sus nalgas. Eran grandes, dos melones duros y jugosos. Patricia me besó el cuello. Un beso dulce, que me dejó una huella de saliva. Luego me dio otro más abajo, y otro, y otro. Cuando llegó a mi tórax lamió todo su largo y luego me chupó el pezón, cosa que, para mi sorpresa, me encantó. Le pedí que lo hiciera de nuevo, y ella así lo hizo, y luego me mordió, igual a como había hecho yo, generándome un increíble placer doloroso, al cual retribuí pellizcándole el culo con fuerza. Luego agarró mi palanca, envolviéndola con su mano, mientras sus besos iban más y más abajo. Cuando llegó a mi pelvis, me miró con sus pequeños ojos azules mientras seguía sosteniendo mi verga. Yo asentí con la cabeza, y ella se metió el sexo en la boca. Lo envolvió con sus labios, mi sexo reaccionó empinándose aún más. La lengua saboreó el prepucio, mientras una mano hacía tiernos masajes a los testículos. Estaba en el cielo. Ella me miraba de reojo cuando yo me estremecía de placer. Me masturbaba mientras me la mamaba, y se iba metiendo la verga cada vez más adentro, hasta tragarla casi en su totalidad. Mi respiración se tornó entrecortada cuando el orgasmo estaba próximo a llegar.

    — ¿Ya vas a acabar? — Me pregunto.

    — Sí, no aguanto más.

    — Te voy a dejar acabar en mi cara por esta vez.

    Mi sexo escupió tres potentes chorros de semen, que fueron a estrellarse en sus pómulos, y labios.

    — Me lavo la cara y vuelvo. — dijo.

    Escuchaba el ruido del correr del agua, mientras la esperaba. Todavía no caía. Lo único que me impidió disfrutar de ese momento más de lo que disfruté, fue el hecho de sentir que todo era irreal. ¡Era demasiado bueno para ser cierto! Acababa de eyacular en la cara de Patricia, la mamá de Tomy, un pibe del barrio al que solo me acerqué para poder ver de cerca a su mamá cada vez que iba a buscarlo para jugar al fútbol. Me acababa de hacer una felatio, y esto recién empezaba. Miré la hora. Sólo habían pasado veinte minutos desde que entré a esa habitación.

    Patricia volvió al cuarto. Ya no se veía seria, ni molesta, al contrario, parecía estar disfrutando de mi compañía.

    — Así que sos virgen. — Comentó, mientras se subía a la cama.

    — ¿Cómo sabes?

    — Yo me doy cuenta de esas cosas. Pasaron tantos tipos por acá, que ya sé cómo identificar a un virgen, a un putañero, a un puto reprimido, a un impotente… — dirigió su mirada a mi sexo. — ¿no te limpiaste?

    No me había dado cuenta. Mi sexo estaba arrugado, y todavía salía un hilo de semen de él.

    — Perdón…

    — A ver…— Patricia agarró dos pedazos de rollo de cocina, que estaba sobre la mesita de luz, sostuvo mi sexo con una mano, y con la otra, me frotó con el papel para secar los restos de semen. Mientras hacía esto, el pene iba engordando, y se movía sólo, como una babosa. Enseguida se endureció.

    — Mmm, mirá como está esta pija. — dijo ella, admirada. — se nota que sos un pendejo, recién acabaste y ya la tenés dura de nuevo. Espero que esta vez dures un poco más.

    — Sí, te lo prometo. — dije. Ella abrió un paquete de preservativos con los dientes, sacó el condón, lo puso sobre mi glande, y a medida que iba desenrollándolo, me mamaba la verga.

    — ¿Cómo querés que me ponga? — me dijo, luego.

    — Vení arriba mío. Te quiero coger ya mismo. — La agarré del brazo, y tiré con brusquedad hacía mí. Sentí que en mi interior se despertaba una faceta salvaje que no conocía. — te quiero coger, puta. — le dije. Ella ni se inmutó ante el insulto. Yo moví mi palanca, para que quede a cuarenta y cinco grados. Patricia apoyó sus manos en mi tórax, y poniéndose en cuclillas, flexionó las piernas, para acercar su sexo a la lanza que estaba abajo, impaciente por clavarse en ella.

    Ella tenía abundante gel lubricante en su sexo, por lo que mi verga se resbaló adentro suyo con una facilidad impresionante. De una sola estocada, se la había metido entera. Patricia gimió, sin embargo, yo no sentía casi nada, salvo el gel, que provocaba un frío excitante que traspasaba el preservativo, la fricción entre nuestros sexos era apenas perceptible. Siempre me enorgullecí de tener un sexo largo y grueso, pero el diámetro de su sexo era mayor que mi grosor.

    Ella controlaba la situación. Con movimientos pélvicos, se hamacaba de un lado a otro, y con sus piernas, las cuales flexionaba o erguía, se metía mi sexo adentro. A pesar de no sentir gran cosa en mi miembro, yo disfrutaba de chuparle las tetas y de acariciarle el culo. En un momento llegué a su ano, descubriendo que también estaba lubricado, y perdí un dedo en él.

    — ¿Te gusta? — me preguntó. Acercó su rostro al mío, y me lamió la cara, como una perra.

    — Me encanta. — le dije. — pero quiero hacerte el culo. Tu conchita es muy grande.

    — Eso te va a costar más caro. — me dijo, sin dejar de hamacarse, dirigiendo una mirada a los veinte pesos que estaban sobre la mesita de luz.

    — Son tuyos. — le dije. — ¿me vas a entregar el culo?

    Patricia interrumpió su cabalgata, se dio la vuelta, y se puso en cuatro.

    — Metémela despacito, que la tenés muy grande.

    Me acerqué a esos glúteos preciosos. Agarré una nalga con una mano, y se la separé de la otra. Con la otra mano sostenía mi miembro, para apuntarlo hasta ese agujero delicioso. Se lo clavé. La cabeza entró entera, con suma facilidad, pero esta vez sentía la presión de las paredes del ano en mi sexo. La penetré un poco más.

    — ¡Ay! — gritó. — despacito. ¡Ay! —ese pedido despertó una calentura retorcida en mí. Se la metí más adentro. — ¡Ay, no! Despacio. — pero yo enterré aún más mi sexo. Sus gritos de dolor me fascinaban más que sus gemidos de excitación.

    Le estrujé las nalgas con fuerza, a medida que mis movimientos pélvicos, hacían entrar y salir mi verga de adentro suyo.

    — ¡Ay, soltame, no doy más! — Suplicó patricia, a los pocos minutos de haber empezado a encularla. — soltame, soltame, soltame. —repetía una y otra vez, pero su súplica sonaba tanto a dolor como a placer, extendía la letra “a” mucho, en un sonido parecido a un orgasmo. No le hice caso, se la metí una y otra vez, pero a pesar de hacerlo con suavidad, ella chillaba.

    Dejé de penetrarla unos segundos, porque sentí que estaba a punto de acabar y quería retener el orgasmo.

    — ¿Acabaste? — Me preguntó.

    — No.

    — ¿No? pero ya no doy más. No me hagas más el culo.

    — Ya te pagué, bancatela. — retruqué, mientras se la metía de nuevo.

    La Patricia mandona había desaparecido. De repente empezó a llorar como una nena de diez años.

    — Acabá, por favor acabá, no doy más, acabá, acabá. — sus llantos infantiles se mezclaban con los gemidos de hembra que largaba cada vez que la embestía. — ¡ay no, basta! Por favor. — Pero a pesar de sus palabras, no hacía nada para evitar que siga culeándola. — Acabá ya, acabaaaaa.

    Quise reprimir de nuevo el orgasmo, pero no aguanté más. Largué una eyaculación mucho más potente que la primera, con mi pija todavía adentro suyo.

    — Sos terrible, pendejo. — me dijo, tirada en la cama, exhausta. Apenas podía hablar, las palabras salían entrecortadas por la agitación.

    — Perdón. — dije yo, que una vez satisfecho, volvía a ser el mismo chico sumiso de siempre.

    — No importa — Me dijo ella. — me gustó. Me dolió mucho, pero me gustó. Ahora no voy a poder entregar el culo por un buen tiempo.

    Nos quedamos conversando hasta que se cumplió la hora.

    — ¿De verdad no le vas a contar a nadie? Mirá que me arruinas la vida si lo hacés. — me preguntó, con los ojos brillantes. — y por favor, decile a tu amigo que no diga nada.

    — No vamos a decir nada, quedate tranquila. Además quiero seguir visitándote. Y Juan también quiere.

    — Podemos hacer un trío si quieren, otro día.

    — Sería interesante. — Admití.

    Volvimos con Juan, satisfechos. Yo le di los detalles de todo lo que había sucedido con Patricia. Acordamos visitarla dentro de dos semanas, ya que hasta entonces, no deponíamos de dinero.

    Cuando hicimos el trío, yo descubrí un nuevo placer al disfrutar de ver cómo mi amigo se cogía a patricia. La íbamos a ver con frecuencia, y en ocasiones, la visitábamos en su casa. Pero esas son otras historias.

    Fin.

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