Inmigrante (09)

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RESUMEN

Entonces me di cuenta que estaba empalmado, aunque no totalmente. En ese momento, se abrió la puerta y entró Cristina en tromba. Llevaba un camisón hasta las rodillas, pero tan trasparente que se le veían perfectamente las tetas y el coño.

Continuación del final del relato Inmigrante 08)

-¿Y de mi prima?

Me quedé en suspenso unos segundos, y luego caí en que la ventana de nuestra habitación, igual que la de Cristina, daba a la piscina.

-Sí, también. Como ya me dijiste, es muy puta. – Le contesté con toda naturalidad.

-Te pedí que no te las follaras hasta nuestro divorcio.

-Pues mira, Ana. A Carmen la he podido evitar, pero a Cristina, si lo has visto, ha sido ella la que ha empezado a follarme a mí.

-Pero podías haberla evitado. Sobre todo cuando la has visto que iba desnuda hacia ti.

-No estoy dispuesto a discutir más sobre este tema, te recuerdo las palabras de tu abogado y que somos un matrimonio muy atípico. No podemos hacer uso de él, cada uno puede llevar su vida y dentro de unos meses nos separaremos. Además, no he sabido que era ella hasta que me ha saltado al cuello. Mientras se acercaba, en todo momento pensaba, ilusionado, que eras tú.

Entonces la oí echarse a llorar, se giró hacia mí y me abrazó con una mano mientras depositaba su cabeza en mi pecho. Yo también la abracé y estuve acariciando su pelo con una mano y sus riñones y culo con la otra, hasta que se calmó. La razón de ese llanto no la tenía muy clara. Por un lado había oído hablar de la depresión postparto. Por otro pensaba que debía tener algún interés en mí, como persona. Pero también podría ser de disgusto por cómo me había comportado con su prima y lo que ésta podría decir.

Solamente llevaba puesta una braguita, que cuando subió su pierna sobre las mías e hizo contacto con mi muslo, noté algo de humedad, pero no ocurrió nada, poco después de calmar su llanto, se quedó dormida y yo la seguí inmediatamente.

A las 8, como dos relojes perfectamente sincronizados, ambos niños se pusieron a llorar como condenados, despertándonos de golpe y saltando de la cama inmediatamente.

Cambiamos los pañales a ambos, dejándolos bien aseados. Yo tomé en brazos a Beatriz y le empecé a hacer carantoñas para calmar su llanto y que no despertase a nadie, al tiempo que ponía el calentador de biberones que nos habían regalado. Mientras, Ana, ponía a su pecho a Javier, que mamaba como si no hubiese comido nunca. La niña no callaba a pesar de mis intentos, y cuando miré a Ana en petición de ayuda, vi que se estaba riendo.

-¿De qué te ríes?

-De que no me extraña que la niña llore. Debe estar aterrorizada viendo esa polla que casi es más grande que ella.

Entonces me di cuenta que estaba empalmado, aunque no totalmente. En ese momento, se abrió la puerta y entró Cristina en tromba. Llevaba un camisón hasta las rodillas, pero tan trasparente que se le veían perfectamente las tetas y el coño.

-¡Quiero ver como dais de comer a los niños!

La situación era extraña. Yo estaba desnudo, con la niña en brazos y Ana con las braguitas dando de comer al niño.

Llegó hasta mí, tomó mi polla y la masturbó un par de veces al tiempo que decía:

-Gastas una buena herramienta. Mi prima debe de estar muy contenta. ¿Me dejas a Beatriz?

Se la pasé, fui a buscar la toalla de la noche para ponerla en mi cintura y le dije:

-A tu prima no le ha gustado nada la escenita de anoche y tampoco nos ha gustado esta. Devuélveme a Beatriz y haz el favor de marcharte de aquí. Y nunca más vuelvas a interrumpirnos y a montar escenas como las de anoche.

-Vaya primita, como si fuese la primera vez que compartimos polla. Y a ti, para no haberte gustado, repetiste dos veces más…

-¡FUERA!

-¿Sabes que nos hemos follado, tanto conjunta como separadamente a todos los tíos que conocemos, y que son muchos?

-A mí no me importa con quién se ha acostado Ana ni con quién ha dejado de hacerlo. Nosotros tenemos un compromiso en el cual no estás tú, así que ¡FUERA DE AQUÍ SI NO QUIERES QUE HAYA UN ESCÁNDALO!

Creo que mi cara de enfado lo decía todo. Me devolvió a la niña y salió inmediatamente de la habitación.

Cuando se marchó, Ana me dijo.

-Gracias, Jomo, por defender lo nuestro y por lo bien que lo has hecho.

Terminamos de alimentarlos y ambos quedaron dormidos. Yo me fui directamente a la cama otra vez, y Ana, después de comprobar su sueño, se acostó también.

Nada más meterse en la cama, volvió a ponerse como la noche anterior. Mi brazo bajo su cuerpo, su cabeza en mi pecho, mi otro brazo en su espalda, sobre los hombros, y su mano en mi vientre.

Cuando se acomodó bien, no perdió tiempo y bajo su mano hasta mi polla, que estaba empezando a bajarse y se puso a pajearla.

-Ana.

-Dime

-Me vas a meter en un lío.

-Mmmmm ¿Por qué?

Dijo al tiempo que se bajaba y se la metía a la boca.

-Porque, según el contrato, esto lo puedo hacer con todas menos contigo y tu abogado es capaz de meterme en la cárcel.

Se la sacó un momento

-Esta vez soy yo la que te viola. Llevo el coño ardiendo desde que anoche te vi follando con mi prima y a pesar de las dos pajas que me hice. Estoy sin follar desde que nacieron los niños y me muero de ganas por sentir una buena polla en mi coño. Tu polla.

Solo te pido que no te corras dentro. No tomo nada y no sé cuánto durarán los efectos del tratamiento de fertilidad. Además… ¿Se lo vas a decir tú?

Y se dedicó a dar lengüetazos alrededor del glande. No pude hablar más, solo gemir de placer y presionar su cabeza hacia abajo cuando se lo metió en la boca.

Cuando la tuve bien dura y ensalivada, se subió a caballo sobre mí y se empaló por el coño. Yo no le hice nada, ni la toqué, a excepción de mi polla en su coño.

Permaneció quieta unos segundos y seguidamente empezó a sacarla despacio, al tiempo que se inclinaba hacia adelante. Cuando la tenía toda o casi toda fuera, sus pezones rozaban mi boca y eran recibidos por mi lengua, en ansiosa los lamía mientras estaban a su alcance.

Volvía a empalarse hasta tenerla toda dentro, iniciando un movimiento cular que frotaba su clítoris contra mi pelvis. Poco a poco fue aumentando el ritmo manteniéndolo cambiante.

.Mmmmm ¡que polla tienes! ¡Qué gusto me da! -Decía

Unas veces se movía rápido, otras lento, se inclinaba para que chupase y lamiese sus pezones o para frotar sus tetas sobre mi pecho mientras la observaba con las manos bajo mi cabeza.

-Cabrón, ¡qué bien te lo estás pasando!

Me dijo sonriendo, antes de correrse. Solamente se detuvo unos instantes, para seguir con el mismo ritmo hasta alcanzar un segundo orgasmo, cayendo sobre mi pecho.

-Parece que tú tampoco lo pasas mal. –Le dije junto a su oído cuando estuvo sobre mí, a lo que respondió con un suave ronroneo.

-Mmmmmm.

Cuando se recuperó, la hice ponerse boca arriba, metí una almohada bajo su culo y la polla en su coño, encharcado después de sus corridas, comenzando un mete-saca rápido. La posición permitía que el glande recorriese y frotase su punto “G”, pero me producía más fuertes sensaciones, lo que me abocaba al orgasmo con rapidez.

Para evitar correrme antes que ella, puse mi pulgar sobre su clítoris y me dediqué a moverlo con rapidez, mientras seguía follándola. Rápidamente aumentaron sus gemidos:

-Siiiii. No pareeees. Ooooohhhh Sigueeee.

Cuando ya me sentía a punto de correrme, aumenté el ritmo de mi mano con la consiguiente respuesta de ella:

- Ooooohhh Siiii. Me corrooo. No pareees. AAAAHHH.

Nada más anunciar ella su orgasmo, saqué la polla y me masturbé con una mano mientras seguía prolongando su orgasmo con mis caricias sobre su clítoris, y corriéndome seguidamente, lanzando un chorro que cayó sobre su cara, otro sobre su cuello y tetas y otro sobre su estómago. Luego me retiré para que no cayese nada sobre su coño.

Descansamos un rato, uno junto a otro, hasta que Ana se incorporó, cogió mi polla con su mano y se inclinó sobre ella para llevársela a la boca, haciéndome una magnífica mamada que me la puso dura rápidamente mientras ella se frotaba el coño.

Cuando consideró suficiente, volvió a ponerse a caballo sobre mí, pero esta vez se la metió por el culo, iniciando una nueva cabalgada que la llevó a nuevos orgasmos, de los cuales perdí el control.

Estuvimos follando de todas las posiciones posibles y por todos los agujeros, hasta que se despertaron los niños otra vez, sobre la una de la tarde. Que tras dejarlos limpios, los pusimos en nuestra cama y nos duchamos nosotros por turnos. Después estuvimos jugando con ellos hasta que sobre las tres de la tarde, pidieron nuevamente de comer, que les dimos ya vestidos con sendos chándal.

Nos interrumpió la tía de Ana, mucho más educadamente que su hija, y estuvo con nosotros hasta que terminamos y bajamos todos a comer.

Desde ese día ayudaba a Ana en casi todas las tomas, cambiando pañales y dando biberones. No obstante, ya no vivía en la casa con ella. Pasaba para las tomas y me volvía a mi casa.

Una de las noches, había llamado a Marta y estábamos en plena follada, ella a cuatro patas, con la cabeza en el colchón y yo follándole el coño y dándole palmadas en el culo, mientras ella daba fuerte gemidos.

El caso es que no se si por los gemidos, o porque no hizo ningún ruido, cuando me di cuenta, Marga estaba mirando. Hipnotizada cómo entraba y salía la polla del coño de Marta.

Cuando se dio cuenta de que la miraba, me dijo mientras alternaba su mirada entre mi cara y mi polla:

-Don Jomo, Javier lleva mucho rato llorando y está haciendo muchas veces caca.

Yo me puse unos pantalones inmediatamente y mandé a Marta a casa, pasando a ver qué ocurría. No soy médico, pero he vivido en una familia de médicos y conozco muchos de los problemas más comunes. Tranquilicé a Ana, informándole de que era algún virus intestinal, y yo mismo lo llevé al hospital mientras Ana quedaba atendiendo a Beatriz.

Allí me confirmaron mi intuición y me dieron un jarabe para calmarlo.

Al volver, Ana se me abrazó al cuello dándome las gracias, porque ella no había sabido qué hacer.

El siguiente día que tuve fiesta, cuando vino Marga a recoger los platos, me preguntó:

-Don Jomo, puedo preguntarle una cosa.

-Si Marga, dígame.

-¿Le gusta la comida que le preparo? ¿Le gustaría que le hiciese algún plato en especial?

-Si Marga, me gusta mucho todo, y no tienes que hacerme nada en especial.

-¿Y la comida de sus tierra? ¿Hay algún plato que eche de menos?

-Marga, está todo muy bien, y no tienes que preocuparte por mi comida. Me gusta mucho todo lo que preparas.

-Pero habrá platos que le gustarán y que no los encontrará aquí.

-Me gustaría algún plato de mi tierra o las costillas con salsa barbacoa estilo americano. Me recuerdan a mis años de universidad en Estados Unidos.

-Pues le invito mañana a comer. Le prepararé unas costillas con salsa barbacoa que se va a chupar los dedos. Desde que me separé de mi marido hace cuatro años, vivo sola en la casa y no tengo oportunidad de preparar algo para alguien. Y es una pena, porque me sale todo riquísimo.

-No, no se moleste, Marta. No es necesario…

-Sí que lo es. Le espero mañana a comer y no se hable más. Luego le paso una nota con la dirección.

Y se marchó sin dejarme protestar más ni negarme. Por la noche me trajo una nota con su dirección, en un barrio a las afueras.

Al día siguiente, no quise hacerle el feo de no acudir, pero tampoco podía dejar a Ana sola, por lo que alegué un compromiso, llamé a Marta para que le ayudase y me presenté en su casa. Era una vivienda de dos plantas, con un corral en la parte trasera, al que me hizo pasar directamente. Tenía a un lado, un jacuzzi en una cabina acristalada y al fondo, un fogón encendido y preparado para asar. Junto a la casa, un enorme árbol daba sombra a una mesa de piedra, ya preparada para poner la comida.

Me recibió perfectamente maquillada y peinada, con una camisola blanca hasta medio muslo para intentar combatir el calor de ese día. Era holgada, pero según los movimientos que hacía, se marcaban las aureolas y los pezones por delante y una braguita blanca que se metía por los cachetes del culo, cuando estaba de espaldas.

Lo primero que hizo, a pesar de mis corteses negativas, fue enseñarme la casa. Estaba amueblada con estilo de los muebles que se llevaban hace años, quizá algo recargada de muebles y objetos para mi gusto, pero no estaba mal. Me enseñó el salón, baño, comedor, las habitaciones de sus hijos, que estaban con su padre y por último su dormitorio, bajando la vista y poniéndose roja, al tiempo que sus pezones empujaban su camisola, pretendiendo traspasarla, me dijo:

-Y aquí el dormitorio matrimonial. Todo para mí ahora. ¡Ay! –suspiró- Demasiado grande para mi sola. No se puede hacer idea, Don Jomo, lo grande que se me hace por las noches y lo fría que es en invierno, sin un hombre que me caliente.

No hace falta ser muy listo para darse cuenta de lo que quería. Estábamos los dos muy juntos en el marco de la puerta, por lo que no me costó nada girarme, agarrarla por la cintura y estampar mi boca contra la suya que estaba entreabierta, como esperando mí ataque. Al principio, quizá por la sorpresa, no hizo nada, pero al momento lanzó su lengua contra la mía fundiéndonos en un beso lleno de morbo y deseo ansioso por su parte.

Mis manos fueron a su culo, y mientras con una se lo masajeaba y presionaba contra mi cuerpo y le dejaba sentir cómo iba creciendo mi polla, con la otra le iba subiendo la camisola, encontrándome con la mano directamente en su culo, pues lo que había imaginado como sus braguitas, era el blanco de sus cachetes en comparación con el resto de su cuerpo.

Sentir la suavidad de su piel me disparó la polla y me la puso totalmente dura al instante. Ella lo notó y enseguida se arrodilló para soltar mi pantalón y quitarme todo hasta que mi polla quedó al aire. Como no había soltado su vestido, al agacharse salió por su cabeza, dejándola totalmente desnuda

Mientras yo me quitaba la camisa, ella se llevó mi polla a la boca intentando metérsela entera, pero no pudo. Tras varios intentos, le dieron arcadas y tuvo que sacársela acompañada por un río de babas.

No quise forzarla. La hice levantar, volví a besarla al tiempo que la llevé a la cama, dejándola caer con suavidad, y me puse a chupar sus pezones enhiestos y duros. Ella me correspondió con un ronroneo con el que expresaba su placer.

Fui bajando por su vientre hasta alcanzar su coño, cubierto por una abundante mata de pelo negro.

-¡Ay! Don Jomo. Se me ha olvidado arreglármelo, perdóneme. Si no le gusta no…

-Calla, Marga, y disfruta.

Fui apartando sus pelos, mientras me habría camino con la lengua para alcanzar su vulva y dejar los labios accesibles. La recorrí a todo lo largo, sintiendo que mi lengua era como una cremallera. Conforme la punta de mi lengua los recorría, estos se iban abriendo dejando sentir su humedad. Cuando rocé su clítoris, lanzó un largo gemido.

-Mmmmmm

Estaba erecto. Puse mis labios alrededor y lo fui chupando y acariciando con la lengua. Sus gemidos aumentaron.

-Mmmmm. Siiii. Don Jomo, no pareee. Siiii.

Metí despacio el dedo índice en su coño, sin dejar de atender su clítoris, y poco después lo intenté con un segundo dedo.

-Aaaayyyy Don Jomo. Que me corrooo. Que me estoy… Aaaahhh

Intenté seguir para llevarla a un segundo orgasmo, pero me dijo que estaba muy sensible y que debíamos esperar un poco.

-Don Jomo. Me da un poco de vergüenza, pero ¿puedo hacerle una pregunta?

-En primer lugar, Marga, no me pare correcto que me sigas llamando Don Jomo, cuando acabo de comerte el coño, has tenido un orgasmo conmigo y estamos los dos desnudos en la cama. Creo que son motivos suficientes para que me tutees…

-Noooo. Usted es el señor. Yo no puedo tutearle como si fuésemos colegas. Qué diría su esposa si de repente le tutease. Además, no está bien.

Visto así, tenía razón, si a Ana le llamaba señora y a mí me tuteaba, seguro que resultaría extraño para todos, y sobre todo para Ana. Mejor no suscitar sospechas.

-¿Y cuál es la pregunta que querías hacerme?

-Vera… Don Jomo… Les he visto varias veces cuando está con sus invitadas. Sobre todo con la señora Marta... y…

-Y ¿qué? Habla, no te de vergüenza.

-Usted me haría lo mismo que a ella.

-Lo soltó todo de una vez con voz bajita, per la oí perfectamente.

-¿Eres sumisa?

-No lo sé, pero cuando le he visto con ella y las cosas que le hace, he sentido mucha curiosidad y excitación, hasta el punto de…

-Sigue, no te detengas, cuéntame. ¿Te has masturbado después? Eso no es para avergonzarse. Te recuerdo que estamos desnudos en la cama y que acabas de correrte con mi boca y mi mano. Deberías tener un poco de confianza con estos temas.

-Sí, me tenía que masturbar, a algunos días hasta dos y tres veces. ¡Uy! ¡Qué vergüenza, Dios mío! ¿Qué va a pensar usted de mí, Don Jomo!

-Qué quieres que piense. Estoy encantado. Es más, me vas a hacer una mamada hasta que me corra, y te lo vas a tragar todo.

-No lo he hecho nunca, Don Jomo. No sé si lo sabré hacer bien.

-No te preocupes que te enseñaré. De momento, dale unas buenas lamidas para ensalivarla bien y luego te la metes en la boca y la acaricias con la lengua. Aproveché para colocar la única almohada que tenía doblada a mi espalda para mantenerme semi-incorporado, mientras que ella se puso de rodillas a mi lado, con su cabeza a la altura de mi polla y empezó a lamerla como le había dicho.

Yo me puse a recorrer su culo con mi mano, bajando hasta su raja y recorriéndola con un dedo por encima. Cuando se metió el glande en la boca, le pedí que lo acariciase con la lengua y los labios. Ella lo hizo y yo aproveché para meterle el dedo medio en el coño. Se incorporó por la sorpresa y yo le solté dos fuertes palmadas en el culo.

-No interrumpas la mamada por nada.

-Sí, Don Jomo.

Y volvió a su labor. Yo seguía acariciando su culo y labios, hasta meter el dedo una o dos veces y vuelta a empezar. Me rozó el glande con los dientes, y yo le di otras dos palmadas en el culo, al tiempo que le decía:

-Esos dientes, escóndelos o te castigaré más.

-Mmmmm.

Un gemido que me pareció de placer, más que de asentimiento o dolor, fue su respuesta.

Cuando volví a meter el dedo en su coño, se abría como una flor, y era un manantial de líquidos que escurrían por sus piernas, cada vez más separadas.

Siguió metiéndose poco a poco, cada vez más trozo, siguiendo mis indicaciones. Pronto la tuvo entera en la boca, no sin arcadas y toses, y no fue mala aprendiza. Enseguida empecé a sentir la presión de su lengua, sus caricias al sacarla y el roce al meterla.

Mi excitación fue creciendo hasta que le avisé:

-Me voy a correr y no quiero que se caiga una sola gota.

No dijo nada, y empezó a mover su cabeza más rápido al tiempo que presionaba con los labios. Presioné la cabeza para que se la tragase toda y me corrí un instante después.

-Oooohhhh Siiiii Me corrooo.

La primera lechada le fue directa al estómago, las demás las retuvo un momento en la boca y las tragó con algunas náuseas.

Dejé de tocarla, sabiendo que estaba excitada como para correrse en cualquier momento.

-Gracias Marga. ¿Qué te parece si ahora nos vamos a comer?

-Don Jomo, estoy muy excitada. ¿No va a seguir para poder alcanzar mi orgasmo?

-No, Marga, si tenemos tiempo, ya lo haremos después de comer.

No la dejé vestirse, le dije que comeríamos desnudos. Cuando objetó que podrían vernos, le hice ver que no estábamos a la vista de nadie, las tapias del corral eran altas y no había casas a la vista que pudiesen vernos.

Para la comida, había preparado una enorme ensalada variada, unos boles con abundante salsa barbacoa y mucha carne que fue asando poco a poco, después de avivar la brasa. Al principio se situó a mí lado, de pie, y tuve que preguntarle si era porque no había más carne o por qué razón.

Me dijo que cuando estaba casada, lo hacía así. Su marido le había dicho que primero comía él y luego ella y los niños, y tenía esa costumbre. La hice ponerse a la mesa conmigo a comer, y aunque se levantaba para preparar más carne, comimos ambos a la vez.

Bajo aquel árbol donde comimos, se estaba relativamente fresco, pero ella tenía calor de tanto ir y venir al fogón. Cuando terminamos, con un delicioso helado y un no menos delicioso café, la hice venir a mi silla y sentarse a caballo sobre mis piernas, de cara a mí.

No es una mujer delgada, pero los pocos quilos de más no hacen más que resaltar sus caderas, sus curvas, su culo redondeado y pechos, más bien grandes y ligeramente caídos. Un poco te tripita como consecuencia de sus dos embarazos y alguna estría, secuela de ellos.

Vestida disimula mucho su cuerpo, pero desnuda es una de esas mujeres que no dejarías pasar de ninguna manera.

Cuando se sentó, volvimos a besarnos mientras acariciaba su cuerpo, que ella misma presionaba contra el mío. Sus pezones se frotaban con contra mi pecho y su coño contra mi polla, casi en su máximo esplendor ya. Mi boca iba de la suya a su cuello, mordisqueaba el lóbulo de su oreja y recorría sus hombros.

Volví a acariciar su culo, bajando mi dedo por su raja hasta llegar a su ano y siguiendo su perineo, mojarlo en su coño rezumante ya, para volver a su ano y acariciarlo e ir lubricándolo.

-Con cuidado, Don Jomo. Por ahí no lo he hecho nunca

Sin embargo, conforme fui intentando dilatar, observé que lo hacía con rapidez.

-Para no haberlo hecho nunca, dilatas muy bien.

-Como sé que a usted le gusta hacerlo por ahí, llevo toda la semana dilatándolo con todo tipo de objetos y cremas.

Seguí acariciando su cuerpo por todas partes, respondiendo ella a mis estímulos con gemidos de placer y frases para que siguiera.

Cuando calculé que estaba lo bastante excitada, le propuse meternos en el jacuzzi. Le pillé un gesto de disgusto. Debió pensar que se iba a quedar con las ganas otra vez.

Lo preparó todo y nos metimos en él. Tenía pequeños asientos a distintas alturas y yo elegí el que quedaba más bajo y que dejaba el nivel de agua a la altura de mis hombros. A ella la hice sentarse sobre mis piernas, de espaldas a mí y le ordené meterse la polla en el culo.

Se levantó lo suficiente para guiarla con su mano, poco a poco se la fue metiendo hasta que quedó sentada sobre mí de nuevo. Estaba muy estrecha y me hizo sentir el roce de cada milímetro recorrido. Cuando la tuvo dentro y empezó a moverse ella misma, la tomé por sus caderas y, aprovechando la flotabilidad que da el agua y su ayuda, la hice subir hasta que quedaba en la entrada de su ano y la volvía a bajar, metiéndosela completamente.

Tras un rato de estar enculándola, la hice levantarse y colocarse con las manos apoyadas en el borde para seguir enculándola más duramente. Sacaba mi polla completamente y se la volvía a clavar hasta el fondo. El agua, que llegaba ligeramente por encima de su ano, hacía de lubricante para facilitarme la follada.

Cuando me sentí cerca del orgasmo, metí la mano bajo su cuerpo para acariciar su clítoris, dando vueltas a su alrededor y ligeras presiones por encima. En el último momento, lo ataqué directamente, llevándola a un intenso orgasmo, al que correspondí llenándole el culo de leche.

A ella le flaquearon las piernas y la estuve sujetando por las caderas, con mi polla dentro de su ano, hasta que se me bajó la erección.

Entonces nos salimos del agua y desnudos, salimos también del recinto del jacuzzi. Pero no sé si fueron nervios, si tenía retención o que, mientras la follaba, le estuve metiendo agua, se le soltaron las tripas y empezó a soltar todo lo que llevaba en ellas.

-Ay, ay, ay. Don Jomo, que no me puedo aguantar. Que no puedo sujetar mis tripas.

Su primera intención fue dirigirse a la casa para ir al baño, pero la retuve y la hice agacharse en un rincón y terminar allí, si no quería poner la casa perdida. Muerta de vergüenza, tuvo que soltar todo delante de mí, que la miraba fijamente.

-Por favor, Don Jomo, esto es muy vergonzoso para mí. No me mire. Mejor entre en la casa.

-Al contrario, no voy a dejar de mirarte y además, quiero que abras bien las piernas para que se vea tu coño, tu culo y cómo se te escapa la mierda.

Una catarata de porquería salía a golpes de ella, interrumpida por ruidosas ventosidades. Su cara, roja hasta lo increíble, parecía estar al borde de arder. Debió estar a punto del desmayo.

Cuando ya no salía nada, fui al grifo que tenía con una manguera para regar el corral, la hice levantar y poner de culo hacia mí, con las piernas separadas y doblada hacia adelante. Abrí el grifo y lavé bien su culo, sus muslos y lancé el chorro de agua sobre su clítoris.

Cuando empezó a gemir, le di la toalla y limpié el suelo con la manguera mientras se secaba. Ella terminó antes y le ordené hacer sitio en la mesa, cuando lo hice yo, ya la tenía recogida y limpia, solamente quedaba el mantel y las servilletas.

La hice recostar boca abajo sobre la mesa, hice un rollo con una servilleta y la doblé por la mitad, quedando como una porra, con la que le di golpes en el culo.

-Zass

-¡Eres una guarra! ¿Cómo se te ha ocurrido cagarte encima? ¡Cerda! ¡Eres una cerda!

-Ayyyy. Perdone, Don Jomo, no sé qué ha pasado. Ha sido sin querer.

-Zass

-¿Sin querer? Yo te voy a enseñar lo que es “sin querer” para que no lo vuelvas a hacer.

-Ayyyyy. Perdone, Don Jomo, no lo volveré a hacer.

-Zass

-Claro que no lo volverás a hacer, si no quieres conocer un castigo mayor.

- Ayyyyy. Si, Don Jomo, no lo haré más.

-Zass

-Cerda, más que cerda. Di que eres una cerda.

- Ayyyyy. Soy una cerda, Don Jomo, perdóneme.

-Zass.

-Di que eres mi cerda.

-Ayyyyy Si Don Jomo, soy su cerda.

-Zass

-Y pide que te castigue más por lo cerda que eres.

-Ayyyyy. Si, Don Jomo, castígueme porque soy una cerda.

-Zass…

Así hasta veinticinco golpes. Su culo mostraba zonas moradas cuando terminé. Se lo acaricié y bajé mi mano hasta su coño y ¡estaba chorreando!

Me coloqué delante de ella e hice que me la chupase para ponerla dura de nuevo. Cuando lo consiguió, le estuve follando la boca un buen rato, sacando todas sus babas y dejándola con arcadas, para pasarme detrás y metérsela por el coño y follarla hasta que me corrí clavándola hasta lo más profundo, no sin que antes ella se hubiese corrido dos veces más.

Quedó derrengada sobre la mesa. La tomé en brazos y la llevé al dormitorio, donde la dejé acostada. Primero boca arriba, pero ante su gesto de dolor, la dejé boca abajo. Me vestí, terminé de recoger la mesa y me marché dejándola acostada y dormida.

Espero que les siga gustando. Agradezco sus comentarios y valoraciones.

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