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El recetario de mi abuela

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  • Un antiguo libro con preparaciones, abre el camino del encuentro

    Las cosas no andaban bien con Roberto. No es cuestión que a mí simplemente se ocurra, es que se estaba terminando la química. Parece que el curso de los años, nos estaba pasando la cuenta, aunque eran solo tres, desde que nos casamos.

    Le he preguntado derechamente si hay alguien más. Él lo niega, y le creo. Siempre he pensado que para tener un amante se necesitan dos cosas: tiempo y dinero. En nuestro caso, trabajamos mucho y ganamos poco, con lo que las posibilidades de engaño, disminuyen.

    Hemos buscado algunos caminos para revitalizar nuestra relación, sin mucho éxito hasta ahora. Ya alejé un poco a mi madre, fuente indiscutible de conflictos, y estamos dividiendo de manera más justa nuestros gastos. Roberto a su vez trata de trabajar un poco menos, y de ser más cariñoso.

    Habíamos salido solos, nos habíamos buscado en la cama, pero nada resultaba. Hasta el día en que tomé un viejo recetario que perteneció a mi abuela Guillermina. Un cuaderno de tapa dura, que en su primera página, escrito con una caligrafía preciosa, decía “1958”. Desde aquella época y hasta 1974, según pude concluir, mi abuela anotó de puño y letra, decenas de recetas de todo tipo: ensaladas, carnes, pescados, repostería, etc. Me impresionó, por ejemplo, un menú semanal que tenía pensado por aquellos años, con tres platos fuertes por día; o el detalle para organizar una merienda para, ¡150 niños!, del club deportivo.

    Llamó mi atención, los calificativos que daba a cada preparación. Por ejemplo, para un pastel: “Exquisito”. Un pollo al horno: “Muy bueno, probado”. Carne al jugo: “Sabrosísima”. Bombas de chocolate “Muy buenas, a todos les gusta”.

    Con tanta referencia positiva, pensé en preparar algo de ese recetario para Roberto. Escogí una preparación titulada “Buñuelos de Calabaza”, que tenía la recomendación “¡Buenísimo!”.

    500 grs. de Calabaza tierna, 4 huevos de gallina tranquila, 150 grs. de harina de trigo bueno, 150 grs. de azúcar morena, una pizca de sal de mar, Azúcar al gusto, canela en polvo, y aceite de girasol nuevo.

    Se pela la calabaza, se quitan las semillas y los hilitos y se pone a cocer en agua sin sal. Se escurre con ganas. Una vez que la calabaza esté bien seca, se aplasta con un tenedor para hacerla puré. Se mezcla el puré con los huevos, la harina, el azúcar y la sal.

    Se bate todo con mucho amor, hasta que esté bien disuelto. Se deja reposar en el refrigerador por 23 minutos y medio

    Se pone una sartén con el aceite para freírlas. El fuego debe ser alto para que se hagan bien por dentro, pero no tanto, para que no se quemen y no queden aceitosas. Se echan en el aceite porciones de masa ayudándonos de una cuchara de madera cocida. Se les da la vuelta y se van colocando en papel absorbente.

    Se espolvorean con azúcar y canela y se sirven.

    Y ya estaban listos. Se veían muy bien, realmente, daban apetito solo de verlos sobre la mesa.

    En eso llega Roberto:

    - Hola amor.

    - Hola Cielo, ¿cómo te fue en el trabajo?

    - …bien… como siempre en realidad.

    - ¡Mira lo que hice!

    - ¿Qué es? Se ven deliciosos.

    - Se llaman Buñuelos, los saqué de un recetario de mi abuela. ¿Comamos?

    - ¡Claro!, pero apurémonos porque tengo un partido de fútbol más tarde.

    - Otra vez…

    - Sí, pero tú sabes que me relaja…

    Se fue a cambiar de ropa, mientras, servía dos tazas de té. Nos sentamos comenzamos a comer, y desde la primera mascada, se impuso un silencio es la mesa. Comíamos y bebíamos. De pronto, un calor extraño comenzó a subir desde mis piernas, el que se transformó en una brasa violenta entre mis muslos. Mi estómago y mis tetas ardían. Miré a mi marido, y advertí que se tomaba la cabeza, con un codo apoyado en la mesa, algo le estaba pasando también. Nos contemplamos, con la mirada de una leona en celo, pasé mis dedos índices por mis labios, humedeciéndolos con la lengua. Se abalanzó sobre mí, botó todo lo que estaba en la mesa y me acostó sobre ella boca arriba. Me quitó los pantalones abrió a tirones mi blusa dejando mis pechos al aire y me penetró de un solo empujón. Devoraba mis tetas mientras me cogía con dureza. Que exquisitas sensaciones estaba sintiendo, solo deseaba que me penetrara más, necesitaba tener ese pene adentró. Luego me levanto de la mesa y estrujándome las nalgas me apoyó en la muralla, así, sostenida por sus embestidas salvajes, tuve un orgasmo de magnitudes épicas, y él, se vino como nunca lo había hecho.

    Ese día, no hubo fútbol con los amigos y dormimos abrazados lo que quedaba de la tarde y la noche entera.

    Al día siguiente, no lo creía. Por fin experimenté, lo que se siente que una sonrisa te dure todo el día. No lo quería reconocer, pero en el fondo, estaba segura de lo que había pasado. Esa receta fue magia pura. Ahora bien, mi conciencia me decía que no estaba bien manipular a mi marido de esa forma. Era como darle una droga para el sexo, sin que lo supiera. Por eso decidí guardar el recetario y seguir una vida normal, sin exponerme a situaciones que después no podría controlar.

    Y rápidamente llegó la vida normal. Mi marido nuevamente tomó su actitud latera y fome, la rutina se instaló en nuestra cama… era como si nada hubiera pasado. Al parecer, él no notó ningún cambio en especial, en cambio yo, quedé muy prendida con la experiencia.

    Pensando que nuestra relación se encaminaba rápidamente a una situación de crisis terminal, decidí consultar nuevamente el recetario de mi abuela. Busqué hoja tras hoja, hasta que di con lo que buscaba: “Queque Negro”, y la recomendación no podía ser mejor, “Suave y exquisito. Probado”, y me puse a cocinar:

    Ingredientes

    3 tazas de harina cernida con calma, 125. grs. de mantequilla de vaca joven, 1 taza de miel de abejas (líquida), un tercio de taza de azúcar granulada finísima, 4 huevos de gallina soltera, 3 cucharadas de leche en polvo, 3 cucharaditas no muy pequeñas, de polvos de hornear, un cuarto de cucharadita de jengibre tierno (rallado), canela linda, nueces tiernas, canela en polvo, pasas, y fruta confitada.

    Batir la mantequilla con el azúcar hasta que esté cremosa, añadir la miel y los huevos uno a uno, pero con mucho cariño. Incorpore los ingredientes secos cernidos junto con los polvos de hornear y la leche en polvo, alternando con jugo de naranja y pequeñas cantidades de agua, solo si fuese necesario. Si no, no.

    Añadir con paciencia las nueces, pasas y frutas confitadas, mezclar y vaciar a un molde forrado con papel mantequilla enmantequillado y llevar al horno moderado por una hora a hora y media, quizás dos. Eso aproximado, según el tipo de horno.

    Era sábado a media tarde, cuando estaba listo mi queque. Perfectamente horneado y presentado.

    - Amor, mira lo que tengo.

    - ¿Qué cosa…?

    - Un rico queque.

    - Se ve bueno. Lo comemos cuando regrese.

    - ¿Cómo que cuando regrese?

    - Es que me voy a juntar a timar unas cervezas con mis amigos del trabajo y…

    - Otra vez…

    - Pero cielo, sabes bien que tengo que cuidar las relaciones de amistad en el trabajo, uno nunca sabe cuándo las puede necesitar.

    - Otra vez…

    - Volveré pronto.

    - Bueno, pero come antes de irte. Para que no salgas con el estómago vacío.

    - Está bien, pero no te enojes.

    Roberto se fue a ubicar a la mesa, mientras lo miraba a sabiendas de que algo inesperado podría ocurrir. Servilletas decorativas, platos y tazas de porcelana, y el queque trozado sobre la mesa.

    - Sírvete. Le dije.

    En esta oportunidad lo dejé comer sin probar bocado, solo lo observaba. Nada pasaba, ningún cambio, nada de nada. Con bastante decepción me resigné a que no habría novedades ese día.

    - ¿Y tú? ¿No vas a comer? ¿No me habrás envenenado supongo…?

    En silencio, tomé un pedazo de queque. Como decía la receta, estaba suave, blando, dulce y exquisito. Tomaba mi último sorbo de té, cuando veo a Roberto frente a mí. Su rodilla derecha en el piso, sus manos sobre mi regazo y sus ojos suplicantes mirándome con ternura.

    - Tengo un problema.

    - ¿Qué pasa Roberto? Me asustas.

    - Mi problema, es que en algún lugar entre tu mirada y la mía, he perdido mi corazón y mi alma.

    ¡Casi me desarmó con esas palabras! ¿Cómo podía pasar de la indiferencia absoluta al amor descontrolado, en dos segundos?

    - Por favor amada mía, ayúdame a encontrar mi alma perdida…

    Estaba muda, perpleja, desorientada. Sin darme tiempo para nada, me tomó en sus brazos, y en vilo, me llevó al segundo piso de nuestro departamento, entramos a nuestra habitación, y con extremo cuidado y dulzura, me posó sobre la cama.

    Me colmó de cariños, caricias y palabras dulces y tiernas. Acarició mi rostro y mi cabello con dulzura y cariño infinitos. Con respeto casi religioso, me desnudó para cubrirme entera de dulces y caballerosas caricias.

    Ese día, no tuvimos sexo, ese día, hicimos el amor. Mientras me penetraba, me prodigaba palabras maravillosas y su mirada, transmitía amor verdadero.

    Cada roce, cada toque, cada empuje de su cuerpo al mío, respondía exactamente a lo que mi ser pedía. Lo que yo imaginaba, él me lo hacía; lo que mi cuerpo deseaba, en ese instante, me lo concedía, en una atmósfera de pasión extática.

    Nuestro choque sensual, fue un encuentro de dos alamas en una dimensión mística, casi etérea. No fue lenguaraz, no hubo sonoras expresiones de deleite, ni bramidos descontrolados… fue casi en silencio, con suaves susurros de éxtasis y amor desde la boca de uno, al oído del otro. Parecía una eternidad de dicha, cuando, al unísono, alcanzamos juntos el éxtasis, en una sincronía de deleite sensual, que fundió en un profundo abrazo, la esencia cálida de mi amado, con mi substancia más profunda, provenientes ambas de un éxtasis sagrado y cándido.

    Ahora sí, mi marido entendió lo que estaba pasando. Lo del recetario y más importante aún, nuestra crisis. Con el tiempo, hemos ido crecido en nuestro amor y estamos mucho mejor que antes. El recetario, lo usamos, pero cada vez menos.

    Tan bueno es, que decidí compartirlo. Mi hermana me contó que estaba pasando por un trance grave en su matrimonio, y le sugerí usarlo, sin dar más detalles.

    Me visitó hace poco. Me confesó que lo usó, pero ya era tarde y su relación se terminó de todos modos.

    Sin embargo, en nuestra conversación, me reveló entre risas cómplices, que había estudiado muy profundamente el recetario, y que ya había probado: “Crema de Almendras”, porque tenía la recomendación “Para comer solita”. Que invitó a casa a un compañero de trabajo, y le preparó “Puesta de sol frente al mar”, y comprobó la que la expresión “Sensacional”, era verdadera.

    Pero lo más inquietante es que se está preparando para cocinar: “Frutillas de Ébano”, que tiene la calificación: “Me lo enseñó mi cuñado”. Además, “Magdalenas Rellenas con Dulce de Leche”, porque dice ser: “El preferido del Cura Enrique”. Y también: “Chupe de Mariscos”, porque tiene la recomendación: “Lo probé con la Lucrecia”.

    Mi abuela estaba bien loca creo yo, pero mi hermana, lo está más. Que ella cuente sus historias.

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