La reeducación de Areana (17)

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RESUMEN

Milena asistía fascinada a lo que estaba ocurriendo: la desesperación de Areana, la sorpresa angustiada de su madre, la ira no exenta de calentura sexual de Lucía. -Bueno, nena, decime qué querés hacer. –intervino.

-Bueno, nena, decime qué querés hacer. –intervino.

-La voy a cagar a palos y después me la voy a coger, y que la mami vea todo lo que le hago a su hija.

-Qué turra sos, guachita… -opinó Milena con una expresión complacida y agregó:

-Te puedo dar un rebenque.

-No, quiero devolverle a esta hija de puta todas las piñas que me comí de ella.

-Pero mirá que no podés lastimarla, ¿eh?, eso está prohibido.

-No, no te la voy a lastimar porque le voy a dar en el cuerpo y te pido dos cosas.

-Decime.

-Que me la sujetes mientras la cago a trompadas y que ahora me traigas algún consolador. ¿Tenés?

-Claro. ¿Te gustaría un arnés de cintura con un buen pedazo?

-¡Genial! –se entusiasmo Lucía y de inmediato Milena fue en busca de lo prometido.

Mientras tanto, Areana seguía sollozando abrazada a su madre y ésta, viendo y sufriendo la angustia de su hija, le dijo a Lucía con tono suplicante:

-No sé por qué se pelearon tanto ustedes, pero mirala, mirala ahora, te aseguro que ya no es la que era, está… está domada. Yo también tuve que aguantarla mucho tiempo hasta que…

-¡Callate la boca! –la cortó la chica. -¿Querés cobrar vos también?

Eva vio que era imposible disuadir a Lucía de sus planes de venganza y optó por guardar un angustiado silencio, al tiempo que Milena volvía con el arnés y un símil pija de considerables dimensiones, más un pote de vaselina sólida.

-Bueno. –le dijo a Lucía. -¿Cómo querés que te la sujete?

-Levantala y y tenemelá con los brazos en la espalda.

Milena incorporó brutalmente a Areana, tomándola por el pelo y doblándole la cabeza hacia atrás para obligarla a separarse de su madre. Una vez que la tuvo de pie, la sujetó como le había sido indicado por Lucía y ésta miró a su víctima con una expresión de crueldad asombrosa en alguien que era casi una niña.

-Sujetámela  bien. –le pidió a Milena y dobló el brazo hacia atrás, con el puño cerrado

.No te preocupes. –dijo la asistente mientras Eva observaba la escena sentada en el piso y con expresión de angustia.

Lucía iba a lanzar el primer golpe cuando al advertir la posición de Eva preguntó:

-Che, ¿le permitís estar así, sentada?, yo leí que una esclava tiene que estar arrodillada o en cuatro patas, ¿no?

Milena miró a Eva y dijo mientras retenía firmemente a Areana:

-Claro, a menos que se le ordene algo distinto, pero a ésta no le ordené que se sentara, así que cuando termines con la hijita te voy a regalar el espectáculo de una buena paliza con rebenque.

-Dale, me va a encantar. –dijo Lucía y sin más le asestó a Areana el primer puñetazo en el pecho, por debajo de las tetas. La pobre chica intentó doblarse por el dolor, pero Milena la mantuvo derecha y Lucía le dio por segunda vez, ahora en el estómago y cuando Areana gimió le pegó varias veces en las tetas, con la palma y el dorso de la mano derecha. El rostro de Areana era la expresión misma del sufrimiento y a su madre, que había oído el comentario de Milena sobre ella, no le importaba esa paliza con rebenque iba a recibir, sino el suplicio al que era sometida su hija. Los puñetazos en el pecho y en el estómago y golpes en las tetas siguieron un largo rato. Areana gemía, jadeaba o gritaba según la fuerza del golpe, respiraba por la boca, muy abierta, y Milena debió sujetarla con firmeza para que no cayera al piso cuando sus piernas empezaron a flaquear. Lucía graduaba las pausas entre golpe y golpe y en un momento tomó entre sus manos la cara de Areana:

-Ah, llorás, trola… Ahora llorás… Pero más de una vez te reías cuando me cagabas a piñas y otras chicas tenían que pararte para que no siguieras…

-Perdoname… Perdoname, Lucía, yo… yo ya no soy… ya no soy esa turra que era… Acá me… me domaron y… a mí mamá también… Las dos somos esclavas, somos esclavas de…

-¡Callate! –le interrumpió Milena. –¡No digas nada más!...

-Pe… perdón, señorita Milena… -murmuró Areana sin dejar de sollozar y luego volvió a dirigirse a Lucía, mirándola a través de las lágrimas que inundaban sus ojos:

-Por favor, Lucía… No me pegues más… Ya no aguanto… ¡Por favor te lo pido!...

-Pero qué poco aguante habías tenido, guacha de mierda. –se burló Lucía y le cruzó la cara de una bofetada. Siguió castigándola un rato de esa forma mientras Areana trataba de esquivar los golpes infructuosamente, porque la chica le daba con la mano derecha mientras con la izquierda le mantenía erguida la cabeza sujetándola por el pelo.

Eva, ya incapaz de controlarse y angustiada en extremo, se incorporó con la pretensión de interponerse entre ambas adolescentes, pero Lucía cambió el blanco de sus golpes y le asestó un puñetazo en pleno rostro que la hizo tambalear. Entonces intervino Milena:

-¡Bueno, basta, Lucía! ¡Ya le diste bastante a tu compañerita! ¡Basta! ¡Mirala a esta otra cómo se indisciplinó! ¡Tengo que poner orden en el corral! –dijo con firmeza y tomó del pelo a Eva luego de liberar a Areana, que cayó al piso entre sollozos. Lucía respiraba agitada por el esfuerzo físico que le había demandado la golpiza mientras Eva, entre el susto por la actitud amenazante de Milena y el alivio al ver que el suplicio de su hijita había concluido pretendió disculparse con la asistente y se arrodilló ante ella:

-No, no, señorita Milena, perdón, ¡perdón!... No sé cómo pude indisciplinarme así… Es que…

-Sos muy pelotuda, puta de mierda. Y ahora te voy a hacer pagar tu pelotudez. –dijo la asistente mordiendo las palabras.

-Perdón, señorita Milena… Por favor, perdón… No va a volver a suceder…

-Ya lo creo que no va a volver a suceder, puta. –dijo y enseguida se dirigió a Lucía, que había seguido el diálogo entre la asistente y la esclava con una excitación nueva para ella. Desde hacía un tiempo frecuentaba páginas de BDSM y de lezdom, pero ahora, que estaba viviendo una situación real, su excitación era mayúscula y sintió que se estaba mojando.

-Oìme, nena, no quiero demorar el castigo a esta perra, ¿te aguantás un rato antes de cogerte a Areana?

-Sí, no te preocupes, estoy re caliente pero me va a gustar ver cómo le das a esta vieja, seguro que me voy a calentar más todavía. –contestó la chica y propuso:

-Pero creo que mi compañerita de colegio debería mirar, ¿no te parece?

A Milena se le iluminaron los ojos con un brillo perverso y dijo:

-¡Claro que sí! Ocupate, tenés pasta de Ama vos. Sujetala y que mire mientras yo le caliento el culo a rebencazos a su mamita.

Mientras Milena tomaba a Eva como si fuera un paquete y la colocaba de rodillas al borde la cama ordenándole que se inclinara, Lucía hizo arrodillar a Areana y le sujetó la cabeza con la cara hacia su madre y mientras Milena iba en busca del rebenque se quedó pensando en eso que había dicho la asistente: “tenés pasta de Ama vos”… La frase sonaba en su mente una y otra vez provocándole una extraña tensión en el estómago y cuando volvió Milena le dijo sin dejar de sujetar la cabeza de Areana:

-¿En serio me ves pasta de Ama?

Milena apartó la mirada cargada de deseo del culo de Eva, ofrecido e indefenso y le contestó:

-Claro que te lo dije en serio, te comportaste como un  Ama con tu compañerita y te la vas a coger como coge un Ama. –y soltó una risita malévola.

-Es que, ¿sabés?, nunca creí que disfrutaría tanto con esto, no solamente por estar vengándome de esta basura, sino por dominarla, por hacerle lo que se me antoja, por tenerla en mi poder, ¿entendés?

-Lucía, vos sos Ama, aunque no hayas tenido experiencia hasta ahora sos Ama, creeme.

-Entonces después hablemos, Mile.

-Sí, después hablemos, Lu. Ahora sigamos con estas dos mierdas.

-Me encantó eso de mierdas.-dijo riendo Lucía.

-Es que no son otra cosa, querida. –dictaminó Milena y alzó el brazo para asestar el primer rebencazo mientras Areana miraba con dolor a su madre a merced de la asistente.

Ese primer azote, dado con mucha fuerza, le arrancó a la pobre Eva un grito de dolor. Milena sabía que ella su hija gozaban de determinado nivel de azotes, cuando tenían la fuerza justa como para equilibrar dolor y placer, pero esta vez Milena no se proponía que Eva gozara. No era una azotaína erótica ni mucho menos y sintió que le hubiera gustado rebenquearla hasta despellejarle las nalgas, si no fuera porque eso la dejaría imposibilitada de recibir a las visitas durante varios días. Pues bien, iba a contener su deseo de despellejarla, pero de todas maneras no se la llevaría de arriba.

-Esta noche vas a tener que dormir boca abajo, perra indisciplinada. –dijo con rabia y siguió azotando ese soberbio culo que de a poco iba perdiendo su blancura para ir tomando una coloración rosada y luego cada vez más roja, mientras la pobre Eva no dejaba de gritar y de mover sus amplas caderas de un lado al otro, aunque tratando de no corcovear demasiado después de que la asistente le formulara una dura amenaza:

-¡Como sigas moviéndote te voy a meter el mango del rebenque en el culo, puta de mierda!

Mientras tanto, con Eva aullando sin otra interrupción que la necesaria para respirar y el chasquido de la lonja del rebenque sobre la carne estremecida, Lucía estaba cada más excitada y a eso contribuía también la desnuda y desvalida proximidad de Areana, que no dejaba de sollozar mirando la forma brutal en que madre era supliciada. Lucía sintió que su deseo de cogerla aumentaba y entonces, sin dejar de sujetarla por la cabeza le frotó las tetas en la espaldas. Areana salió despedida hacia delante por la sorpresa, pero Lucía la atrajo hacia ella y le murmuró en la oreja:

-¿Qué pasa? ¿te vas a retobar? Te gustan las mujeres y yo no estoy nada mal, ¿no?... –y retomó el frotamiento de sus tetas contra la espalda de Areana, que esta vez no se movió. Eran sensaciones muy fuertes y opuestas las que agitaban a la esclavita mientras veía a su madre sufrir la durísima paliza y sentía la respiración de Lucía en su cuello, en sus mejillas, en sus hombros, y las tetas que seguían presionando sobre su espalda y le hacían sentir la rigidez de los pezones erectos y duros, y la mano izquierda de la chica descendiendo por su hombro, por su brazo mientras la otra mano la sujetaba por el pelo para mantenerle inmóvil la cabeza.

Areana sintió que se estaba calentando.

“¡No puedo creer que me esté excitando!” pensó angustiada, pero de su conchita había empezado a brotar el flujo. Fue en ese momento que Milena, después de mirar nuevamente el culo de Eva, que estaba rojísimo, y de palpar esas nalgas y advertirlas hirviendo decidió dar por terminado el castigo y se inclinó sobre su víctima, que no podía dejar de llorar mientras murmuraba palabras ininteligibles:

-¿Aprendiste la lección, Eva? ¿viste lo que le pasa a una perra cuando se indisciplina?... ¡Contestá, puta! –se exaltó Milena y tiró fuertemente del pelo de la esclava.

A Eva le costaba hablar después de tanto dolor y tanto llanto. Sentía la garganta oprimida, pero por miedo a que la asistente reanudara la paliza hizo un esfuerzo y susurró:

-Sí… sí, señorita Milena… Sí aprendí y… y no volverá a suceder… se lo juro…

Con una mueca de profunda satisfacción la asistente le enderezó la cabeza, le puso el mango del rebenque delante del rostro y le ordenó:

-Besalo, puta.

Eva tragó saliva y besó el rebenque con los ojos cerrados.

-Agradeceme la lección que te enseñé, perra.

Eva sentía un tremendo ardor en la cola y estuvo a punto de suplicarle a la asistente el alivio de alguna crema, pero entendió que eso hubiera enfurecido a Milena y en cambio dijo:

-Gracias… Gracias, señorita Milena, le… le agradezco la lección que me dio.

La asistente se irguió y dijo:

-Espero que la aproveches, basura, porque la próxima vez te despellejo el culo aunque tengamos que retirarte de circulación por un tiempo. ¿Entendiste?

-Sí, sí, señorita Milena…

-Bien, ahora en cuatro patas.

-Sí señorita Milena. –susurró Eva y adoptó la posición ordenada mientras miraba a su hija con ojos que expresaban una profunda pena. La vio acariciada por Lucía y notó que estaba gozando. Ambas arrodilladas y Lucía besándole el cuello y los hombros mientras su mano derecha hacía de las suyas en la conchita de Areana, para entonces ya mojadísima.

-¿Ves que te conviene ser buenita conmigo, Areana?...

-Sí… ¿Me vas a volver a pegar?...

-No, ya te di bastante por hoy…

-¿Por hoy? –se alarmó la esclavita. –¿Eso quiere decir que…?

-Ahora te voy a coger con ese hermoso juguete que me dio Milena. –dijo Lucía interrumpiéndola y dejando en suspenso la posibilidad de nuevas palizas en algún momento, lo cual inquietó a Areana.

Entonces intervino Milena:

-Bueno, Lucía, quiero acción. –dijo y le alcanzó a la chica el consolador con arnés. Lucía se incorporó y se lo puso, provocando la entusiasta aprobación de Milena.

-¡Qué bien te queda! ¿Lo sentís bien? ¿te gusta, nena?

-¡Me encanta, Mile! ¿Sabés cuánto mide este chiche?

-Sí, dieciocho de largo por tres de ancho.

-¿Escuchaste, Areana? Dieciocho centímetros por tres que te voy a enterrar en el culo. –y lanzó una carcajada hecha de crueldad.

Milena le alcanzó el pote de vaselina y le dijo:

-Tomá, lubricá bien el consolador y ponele también a ella en el agujero. No quiero que se lo rompas.

-Qué… ¿le tenés lástima? –dijo Lucía con cierto tono burlón mientras tomaba el pote.

-Nada de lástima. Es que no queremos que esté un tiempo sin poder atender a las visitas.

Lucía embadurnó la pija artificial con vaselina y luego hizo tender a Areana boca abajo en el piso:

-Abrite las nalgas. –le ordenó y puso vaselina en el pequeñísimo orificio aprovechando para meter allí parte del dedo medio. Areana dio un respingo y Lucía se burló:

-Eh, nena, ¿tanto escándalo por medio dedo? ¿Cuándo te meta este pijón qué vas a hacer? –y emitió una risita perversa para después dirigirse a Milena:

-Mile, quiero que la mami participe.

-Ya oíste a la chica. Estate lista para hacer lo que se te ordene, puta. –le dijo la asistente a Eva.

-Si, señorita Milena. –murmuró la esclava mirando a su hija en cuatro patas, en posición para el empalamiento, con Lucía arrodillada detrás y sosteniendo el ariete con su mano derecha para dirigirlo despacio hacia el diminuto objetivo hasta apoyarlo y después hacer un poco de presión. Areana se movió, temerosa, y entonces Lucía le pidió a Milena que la mantuviera quieta. La asistente se ubicó a un costado de la esclavita y la aferró por las caderas. Ya así sujeta, Lucía acentuó la presión del consolador que no obstante la vaselina encontraba dificultades para introducirse en tan estrecho sendero.

-Relajate, putita. –dijo Milena. -No te pongas dura. Vamos, relajate.

Las palabras de la asistente distrajeron a Areana y eso lo aprovechó Lucía al ver un tanto más floja a su víctima. Aferró fuertemente la pija artificial y sin miramientos lo metió primero parcialmente y después hasta la base mediante otros dos embates. Areana corcoveó sacudida por un dolor intenso, insoportable, mientras un chillido casi animal brotaba de su boca abierta al máximo. En su desesperación trataba de corcovear con el absurdo propósito de quitarse esa cosa que martirizaba su pobre culito, pero Milena la mantenía bien sujeta, ahora pasándole su brazo derecho por debajo del vientre y uniendo sus dos manos para formar un anillo del cual la pobrecita no podía librarse. Sólo gritar y llorar le era posible. Lucía la violaba con una expresión de lascivia que mutaba cada tanto hacia la crueldad. Hacia avanzar y retroceder el consolador con rudeza, deleitándose con el dolor que le estaba infligiendo a su víctima.

-¡¿Qué chillás tanto, perra puta?! ¡No es la primera vez que te dan por el culo y nunca armaste escándalo! ¡¿Qué pasa ahora?! –le interpeló Milena

Lo que pasaba era que ninguna de las mujeres que la habían cogido por el culo desde que era esclava de Amalia lo había hecho con la brutalidad de Lucía. Ninguna abrigaba el odio de esa chica, un odio que no se había saciado con la golpiza y que estaba muy lejos de saciarse. Por el contrario, ahora que se estaba vengando de su odiada rival, Lucía se daba cuenta de que su odio estaba aumentando y reclamaba más… más… más. A Areana, presa de un dolor tan extremo, se le había secado la concha y esto lo notó Lucía cuando de pronto se inclinó para ver que estaba ocurriendo ahí. No le gustó encontrarla seca. Fue como un golpe a su orgullo. Ella quería martirizarla con la penetración, sí, pero a la vez pretendía provocarle un orgasmo para consumar así la posesión total de la esclavita. Dejó de bombear un momento y se dirigió a Eva:

-Vos, vieja puta, vení y ocupate de la concha de tu hija. La quiero bien mojada. ¡Una catarata de flujo quiero!

Eva se acercó en cuatro patas, sintiendo que después de tanto sufrir iba a tener al menos el consuelo de trabajar en esa conchita que amaba y deseaba. No se atrevió a a hablarle a su hija, pero mientras su mano derecha le buscaba la concha, pensó: “Aguantá, hijita, aguantá que ya está mami para hacerte gozar”… Mientras tanto, Lucía había comprendido que ya era suficiente con el dolor que le había causado a Areana y decidió entonces suavizar la penetración, hacerla más lenta y entonces los gritos de la esclavita se transformaron en gemidos que no eran de dolor, sino de placer. El consolador ahora ya no le dolía, al menos no tanto y pronto el dolor desapareció por completo y todo fue placer para la niña; el placer que le daba esa pija artificial y el placer que le brindaban los dedos de su madre aventurándose por dentro de su concha y alternando sabios jugueteos con el clítoris. Pronto comenzó a jadear con fuerza, sintiendo que toda ella era una brasa, una tensión que pugnaba por liberarse y segundos después todo su ser estallaba en un violento orgasmo que se le antojó interminable. La habitación se pobló de gemidos y jadeos, con madre e hjja echadas en el piso, una frente la otra y mirándose tiernamente. Lucía seguía arrodillada, sosteniendo el consolador en su mano derecha, los ojos entornados, la boca entreabierta y tan mojada como Milena, que de pronto le preguntó:

-¿A cual de las dos querés?

-A la trolita, por supuesto.

-Está bien, para mí la perra Eva. –dijo la asistente y puso fin al tierno intercambio de miradas entre madre e hija para obligar a la madre a desvestirla. Una vez desnuda se tendió de espaldas en el piso, flexionó sus piernas, separó las rodillas y le dijo a Eva:

-Vamos, puta, poné a trabajar tu lengua.

Lucía hizo lo mismo y cuando tuvo a Areana arrodillada entre sus piernas le dijo: -Vamos, trola, a lamerme… Y mejor que lo hagas bien…

De inmediato comenzaron a escucharse los gemidos y jadeos que proferían Milena y Lucía y los sonidos sutiles de ambas lenguas lamiendo y lamiendo esas conchas de las cuales ya brotaba abundante flujo.

-Me sale jugo, ¿eh, basura?... –dijo Lucía en medio de una risita perversa.

Areana sabía que tenía que contestar y dijo:

-Sí…

-¿Mucho? –insistió Lucía.

-Sí… mucho sale…

-Bueno, empezá a tomarlo, lamé y andá tragando mi flujo…

-Sí… está bien… -aceptó Areana y como una ráfaga pasaron por su cerebro momentos de la relación que en la escuela tenía ella con quien ahora la humillaba después de haberle pegado a gusto.

“Dios mìo”, se dijo pero ganada por el miedo siguió lamiendo al par que bebía todo el jugo que brotaba sin cesar de esa concha. Lucía disfrutaba de esos sonidos que la lengua y los labios de Areana producían. La niña tenía ya considerable experiencia en el sexo lésbico y Lucía estaba gozando intensamente de esa lengua que lamía de arriba abajo una y otra vez, lamía a derecha e izquierda y con frecuencia actuaba sobre el clítoris bien hinchado, que lamìa y luego succionaba encerrándolo entre sus labios. Lucía comenzó a jadear con fuerza y a gemir, sumergida en ese placer intenso que la esclavita le proporcionaba, pero quiso más y entonces ordenó:

-No pares, trola, pero meteme un dedo en el culo… ¡Vamos!...

Areana introdujo entonces su dedo índice en ese ano que al no estar lubricado le ofrecía resistencia. Pudo, no obstante, meterlo todo con cierta violencia que hizo gemir a Lucía.

Areana gozó con esa expresión de cierta molestia de su victimaria, pero por si acaso explicó:

-Es que no entraba…

-¡Callate y seguí!... –le exigió la chica, que había comenzado a mover sus caderas de un lado al otro, cada vez más excitada: -¿Estás tomando mi flujo?

.Areana detuvo la tarea de su lengua, pero no el ir y venir del dedo en ese culo y contestó:

-Sí… estoy… estoy haciendo lo que me ordenaste… -para volver de inmediato al trabajo de lamer, besar, succionar y beber.

-Muy bien, trolita, así me gusta, que me obedezcas… -dijo Lucía y emitió una de sus risitas malévolas mientras en su mente iba tomando forma una idea que le contaría a Milena antes de irse.

Areana seguía con su tarea. Era lesbiana y gozaba mucho del sexo con una mujer, pero Lucía le daba miedo, por ese dramático cambio que acababa de tener la relación entre ambas y el evidente deseo de venganza que alentaba su compañera de escuela. Escuchó de pronto los gemidos de Milena, sus jadeos y por último el grito que acompañó ese orgasmo que terminaba de proporcionarla Eva, y casi simultáneamente se corrió Lucía, en medio de gritos y frases obscenas mientras sujetaba a Areana por los cabellos y movía sus caderas como una potranca desbocada.

………….

Media hora más tarde, mientras madre e hija descansaban en el cuarto de Eva, medio atontadas por cierta pastilla que les había hecho tomar Milena, ella y Lucía conversaban en el living luego de ducharse y vestirse. Sentadas una junto a la otra en el sofá, la chica decía:

-Oíme, Mile, no sabés lo que goce con esa turrita, dominándola, cagándola a piñas, dándole por el culo, en fin, lo que quiero es proponerte algo.

-Dale. –la alentó Milena.

-Me dijiste que ella y la mamita son esclavas, pero, ¿de quién? ¿son tuyas?

-No, yo soy asistente de la señora, una de las dos asistentes.

-Ah, ¿el Ama es una señora?

-Sí, una señora.

-Bueno, te pregunto, ¿la trola ésa va a volver a la escuela?

-Sí, las clases empiezan en diez días y ahí va a estar.

-¡Fantástico!, entonces proponele a la señora que yo puedo encargarme de esa basura en la escuela… Puedo ser su… su Ama en la escuela. Tengo dos amigas que la odian tanto como yo y te juro que entre las tres le podríamos hacer la vida imposible. ¿Qué te parece?

-A mí me parece genial que vos y tus dos amiguitas se encarguen de ella en la escuela. Se lo comento a la señora y te llamo, decime tu celular, y con el acuerdo sellado Milena acompañó a Lucía hasta la entrada del edificio, donde ambas se despidieron a la espera de la decisión de Amalia.

-Bueno, esto se pone cada vez más interesante. –dijo Milena y sus labios le dibujaron en la cara una amplia y perversa sonrisa.

(Continuará)

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