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Ana 6: desencadenada (Parte 4 y Final)


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RESUMEN

Ana decide tomar el control de su vida sexual, y cansada de los maltratos de los hombres, comienza a utilizarlos. Aclaración: este sexto capítulo "desencadenada" es continuación de los otros cinco capítulos, sin embargo, puede leerse tranquilamente sin haber leído los anteriores.

Llegó fin de año. Ana sale del edificio y se encuentra con que Federico está en portería.

—Uy pobre, te toca pasar la fiesta acá. — lo compadece.

Está anocheciendo. Ana lleva un vestido azul, muy corto. Federico la observa, como de costumbre, ocultando el fuego que lo quema cada vez que ve a esa rubia preciosa.

—No pasa nada. — dice. — igual ya estoy acostumbrado.

Se quedan unos minutos charlando, contándose cómo pasaron la navidad. Ana se promete que si este año terminaba sin conocer la pija del Vigilador, el año nuevo comenzaría sintiéndola adentro suya. Lo haría sea como sea.

Se va a la fiesta de fin de año en casa de sus padres. Entra al estacionamiento que está al lado del edificio y se sube al auto. Mientras va manejando piensa en todos los machos que inundaron su vida durante los últimos tiempos. Facundo, su amante adolescente, todavía estaba en la costa. Le había mandado un mensaje ese mismo día “fuiste lo mejor que me pasó en el 2016”. Pobrecito, piensa Ana, debe pensar que tenemos algo exclusivo. Si supiera a cuantos tipos me entrego… luego le vienen a la mente los tres pendejos extorsionadores. Ese trío no había dado señales ese sábado, lo que sólo significaba que muy pronto tendría que lidiar con ellos de nuevo. Pero ya había decidido que nunca más se los iba a coger. Lo lamentaba por Carlos, que era el único de aquel trío que le caía bien, pero tenía que deshacerse de ellos, se había propuesto tomar las riendas de su vida sexual y decidir con quien se iba a acostar, y ellos no estaban en la lista.

Con respecto al vecino, desde que ella tomó la iniciativa y dejó que la gozara en el palier del edificio, su relación se tornó más normal. Pero de eso apenas unos días, lo cierto era que el tipo no estaba en Buenos Aires, así que era muy pronto para relajarse. Nada le aseguraba que no iba a volver más violento y sádico que nunca.

Por otra parte, siente algo de pena por el cadete, que desde que lo hizo alucinar aquella tarde no lo volvió a ver. El chico le había mandado una solicitud de amistad, a la que había aceptado, sólo para dejarle el visto a los mensajes que le enviaba.

Pero por ahora el que más ocupa su mente es Federico. Se le hace agua la boca imaginando que en cinco o seis horas estaría bebiendo la leche del Vigilador. La caballerosidad del tipo no la engañaba, todos los hombres eran como animalitos y querían coger a toda hora, él también tenía su faceta primitiva, estaba segura. Y si fingía no notar los avances de ella, entonces, simplemente haría algo más radical.

La cena de fin de año resultó muy agradable. Había unas veinte personas, sus padres, sus tres hermanos, y un montón de tíos, primos y sobrinos. Comió poco, porque no quería sentirse pesada para cuando esté con Federico. En cambio, bailó mucho, lo que ayudó a que las horas pasaran rápido. Más de un primo y sobrino, parecía olvidar el parentesco que los unía, y mientras bailaban se frotaban en ella sin ninguna vergüenza. Siempre la enorgulleció el hecho de que su sensualidad traspasara la barrera de los lazos sanguíneos. A Ana simplemente le gusta sentirse deseada. Descubrió que uno de sus primos había crecido mucho en los dos años en que no lo vio. Quizá en otro momento…

A las tres de la mañana volvió a su casa. La fiesta seguía pero ella quería ver a Federico. Ya podía sentir el calor entre sus piernas y el sexo húmedo. En el trayecto se cruzó a varios borrachos que le gritaban piropos cuando se detenía en algún semáforo en rojo. Uno se animó a acercarse, pero ella aceleró. Esto le recodó al tipo que la persiguió hasta su edificio unos días atrás. Entonces tuvo una idea. Los hombres tienen la fantasía de que pueden levantarse a una mujer a la que se cruzan por la calle casualmente, tras uno o dos piropos. Ciertamente era casi imposible que algo así ocurra pero ¿acaso también sería imposible para una mujer? No lo creía. Ya tendría tiempo de experimentar con eso.

Finalmente llega a su destino. Ahí está Federico, sentado en el escritorio del hall del edificio, solitario, con la cabeza gacha, casi durmiéndose.

—Hola ¡feliz año! — lo saluda con un beso que va a parar muy cerca del labio del hombre.

—Feliz año, ¿cómo la pasaste? — pregunta él. Ella le cuenta masomenos como fue la noche, omitiendo la calentura que percibió en más de un familiar cada vez que la rozaban o la miraban. Le entrega una botella de sidra como presente, y aprovecha para darle otro beso. Le sonríe insinuante, mirándolo directo a los ojos. Federico la desea más que nunca. Con ese vestido corto y esa alegría que le da el alcohol está más hermosa que nunca. Piensa que ojalá fuese soltero, para poder cogerse a esa petisa y darle la leche que ella, tan descaradamente le pide, sin decirlo, desde hace rato. Ana tiene una cara aniñada que lo hechiza y perturba, y ese culo divino… le encantaría arrancarle el vestido azul con los dientes. La llevaría al subsuelo y la cogería encima de la mesa que está en el cuarto de luces que también usa como vestuario, o quizá se encerrarían en un ascensor y copularían hasta el amanecer. Pero no puede hacerlo. La sortija brilla en su dedo y lo llena de culpa.

—Bueno, gracias por la botella. — le dice. — que termines bien el año.

Ella se despide sonriente, pasea toda su hermosura por el hall y entra al ascensor dejando la estela de su sabroso olor a perfume y sexo.

Federico cree que pasó una prueba de fuego. Estuvo muy cerca de comerle la boca cuando ella le dio el segundo beso, pero resistió. Llama a su mujer. Quiere hablar con ella para darse fuerzas, pero parece que ya está durmiendo porque no contesta. Piensa que mañana mismo va a pedir el traslado, no va a arriesgar su matrimonio por una calentura pasajera. Entonces suena el timbre del portero eléctrico. Ya se imagina quien lo llama a esa hora, e intuye que levantar el tubo del intercomunicador va a ser su perdición. Pero lo hace.

—Hola soy Ana. ¿estás ocupado ahora? — dice la dulce y malvada voz.

—Mirá, ocupado no estoy, pero en cualquier momento llega otro vecino de alguna fiesta y tengo que estar atento.

—Aah, bueno. — dice ella, con tono de lamento.

—¿por qué? ¿qué pasó? — pregunta él. Lamentando inmediatamente haberlo hecho.

—Es que la canilla de la bacha del baño se rompió y no cierra. Estoy tratando de cerrar la llave de paso, para que no siga perdiendo agua, pero está muy dura. ¿vos no podrás subir a ayudarme? Seguro que tenés más fuerza que yo, y no te va a tomar mucho tiempo.

—Bueno, bancame un rato que ya subo. —dice él, rendido, largando un suspiro, sin intentar disimularlo.

En los segundos que tarda en elevarse por el ascensor, alberga cierta esperanza. A lo mejor no pase nada, se dice.

Encuentra la puerta abierta, apenas arrimada. Golpea dos veces

—Pasá — le grita ella desde algún lugar.

Se pregunta qué haría si se encuentra con Ana desnuda. O semidesnuda, con una tanguita blanca dispuesta a entregarse. No podría resistirme, se contesta.

Pero entonces escucha el ruido del agua correr, y siente cierto alivio. Ana está en el baño. No dice nada, le sonríe y le señala la llave de paso. Realmente está dura, pero lentamente logra cerrarla.

—Gracias, sos un genio. — le dice ella. — siempre te estoy molestando yo.

—No pasa nada — dice Federico, saliendo del baño, y dirigiéndose ya a la puerta.

Ana piensa en ofrecerle algo de tomar, para llevarlo al living un rato, pero prefiere ir al grano.

—Yo te quiero agradecer todo lo que hacés por mí.

—No hace fal.. — la frase se corta porque Ana, en un movimiento rápido se deshace del vestido, y queda, tal como en su fantasía de hace un momento: semidesnuda, con una tanga blanca y un corpiño del mismo color.

—¿me voy a tener que quitar el resto yo? — le pregunta, desafiante.

—No bebé. — le contesta él, ya totalmente perdido. Se arrodilla frente a ella. Apoya sus manos en las caderas y le da un beso en el ombligo. El sabor es puro, el olor embriagante. Usa los dedos índice y pulgar para tirar el elástico de la tanga hacia abajo, despacito, muy despacito, sintiendo cómo la prenda se desliza por las nalgas voluptuosas que pronto saborearía. La tanga sigue su camino hacia el suelo, Federico besa sus piernas, huele su sexo, tan húmedo como el suyo propio. Ella levanta un pie, y luego el otro para dejar la prenda en el suelo. Se da la vuelta. A él le tienta ese culo, pero le gusta empezar con lentitud, y dejar lo mejor para el final, saboreando cada instante de placer. Se para. Le desabrocha el corpiño, se deshace de él, manteniendo la lentitud de los movimientos. La abraza por detrás “vas a ser mi ruina” le susurra, haciéndole sentir su falo erecto. Le masajea las tetas con ternura, le besa la espalda, le corre el cabello a un costado y los besos, suben, dejando huellas húmedas, hasta el cuello. “me vas a arruinar” le dice al oído, para luego lamerlos. Ella gira la cabeza. Se miran a los ojos. Se besan al mismo tiempo. Un beso tierno y largo. Se saborean, se muerden los labios, se susurran deseos al oído: “te quiero adentro mío” “me volvés loco” “quiero saborear tu esencia” “me vas a arruinar”. Se frotan. Se sienten en su totalidad. “vamos a la cama”.

Ana lo lleva de la mano, y él la sigue hipnotizado. Lo acuesta en la cama. Le quita los zapatos. Federico se saca la camisa y la corbata. Ella desabrocha el cinturón, e imitándolo, baja en cámara lenta el cierre del pantalón. El falo se percibe grande a través del bóxer. Lo muerde por encima de la prenda interior. Se le hace agua la boca. Le quita el pantalón, agarra al bóxer desde el elástico de la cintura y los desliza hacia abajo, se lo quita de un tirón y la pija enorme queda a la vista. “que hermosa verga tenés” lo piropea, apresando el miembro duro y caliente con la mano. Se tira encima del Vigilador. Se funden en otro apasionado beso. Ambos se juzgan exquisitos. Ana le chupa el cuello. “no me dejes marcas, por favor” suplica él con un gemido. Entonces ella baja. Recorriendo con sus labios un camino invisible. Pasando por los pectorales, deteniéndose en los pezones, mordiéndolos, cubriendo sus dientes con los labios. Luego sigue su camino, lamiendo la panza, casi chata, besando y bajando, besando y bajando, hasta encontrarse con el mástil tan pretendido.

Entonces suena un teléfono. Federico sale de su ensoñación y recuerda que había llamado a su mujer. Debe ser ella que le devuelve el llamado. Ana baja de la cama. Escarba el pantalón del Vigilador y saca el teléfono. Descubre en la pantalla el nombre de quien llama “Ceci esposa” dice. Entonces la maldad se apodera de ella. Federico intuye algo  “¿Qué hacés?” le pregunta atemorizado. Ana le dice que se calle con un gesto con el índice, y desliza el botón verde para atender la llamada. Federico tiembla de miedo, pero Ana le entrega el teléfono. “atendé, no vaya a ser que sospeche algo si no contestás”, le dice tapando el micrófono.

—Hola mi amor. — dice cuando finalmente contesta.

—¿qué pasó que me llamaste Fede?

—Nada. Solo te extrañaba.

—Jaja que lindo que sos mi amor — dice la mujer del otro lado de la línea. Entonces Federico empieza a sentir los masajes en la pija, que no se había ablandado ni un poco. Ana lo mira con la cara de nena perversa, sonriendo, mientras lo masturba. Escucha que su mujer le dice algo, pero no comprende qué.

—Ah mirá vos. — dice como para zafar. — ajam. — entonces Ana lame la cabeza del pene y lo hace estremecer.

—Mi amor mañana hablamos, que entra gente. — pero la mujer sigue balbuceando algo. Ana arremete contra la pija y se la traga, hasta donde puede.

—Chau mi amor, a la tarde nos vemos. Te amo.

Finalmente la mujer corta.

—Estás loca vos. — le dice a Ana, pero enseguida empieza a gemir de placer.

—Si querés paro jajaja.

Pero él quería que nunca pare. Ana saborea la pija. Siente que es diferente a cualquiera que se haya llevado a la boca. Mientras mama, le hace masajes en el estómago y en el pecho, haciendo que el placer del hombre aumente.

—Que bien la chupás Anita. —la piropea él, mientras le acaricia la cabeza, a través del pelo.— que bien la chupás. — Repite.

Ana chupa y chupa. Se atraganta con la dureza del Vigilador, le escupe encima y sigue chupando. Cuando siente el líquido pegajoso y caliente inundar su boca, cree que es lo más rico que haya probado jamás.

Fin del capítulo 6.

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