Grandes Relatos - Sexo Anal

Del primer beso, a una inolvidable cogida

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RESUMEN

El primer beso pareció ser una ilusión, pero después de cuatro años he vuelto a ver a María del Carmen, y hemos saciado las ganas guardadas a través de nuestros jóvenes años: ¡Que rica culeada! -diría ella.

El recuerdo que tenía de María del Carmen, era aquel del primer beso que le di a una chica.  En mi memoria estaba la niña pequeña, con ojos oscuros y redondos, piel clara, cabellera lacia y larga cubriendo por total su espalda, sonrisa maliciosa y siempre vistiendo la misma falda a cuadros y su blusa blanca que eran el uniforme de la escuela católica donde estudiábamos.  Debo decir que, aunque estudiábamos en la misma escuela, aquella era dividida entre los dos géneros y la única oportunidad de comunicarnos con las muchachas, eran a través de una tela metálica durante el recreo.

Creo que ambos nos caímos bien desde que nos vimos, fue como una especie de gustarnos a primera vista.  María del Carmen fue quien tomó la iniciativa al enviarme una nota clandestina con una de sus amigas a través del cerco que nos dividía: Sabes, no sé tu nombre, pero me gustas.  – Algo así decía la nota.  María del Carmen eran dos años mayor que yo, pero solamente iba un grado adelante de mí, pero según, ella siempre pensó que yo era mayor que ella por mi altura.  Yo cursaba mi sexto grado y en ese tiempo yo tenía apenas 11 años.  Carmen cursaba el séptimo, y rondaba los 13, y a esa edad las mujeres desarrollan mucho más pronto que nosotros los hombres.

Nos hicimos amigos a través de nuestras pláticas divididas por el cerco, hasta el día que a Carmen se le ocurrió pedirme que le regalara un beso: ¿Me regalas un beso? -dijo.  Todos los demás chicos estaban atentos y más que todo, las amigas de Carmen comenzaron a vitorear y a cantar al unísono: Ya son novios, Carmen tiene novio.  Nos mirábamos todo el tiempo en el mismo lugar, pues los lugares más privados ya estaban ocupados por parejas mayores y se les debía de respetar su señoría por su tiempo en la escuela.  Bueno, así pasamos en darnos besos todas las mañanas y algunos fueron como esos largos de telenovelas, donde quedábamos enredados con nuestras infantiles lenguas a pesar de la tela metálica que nos dividía.

Un buen día, mi madre llega con la sorpresa que el siguiente día emigramos para USA.  Ella ha venido trabajando en este plan por meses y debido a la inestabilidad política en nuestro país, aquel día fue la primera vez que me subo a un avión y no me he despedido ni de mis maestros, ni de mis amigos; tampoco pude despedirme de María del Carmen.  Nunca le escribí, pues tampoco supe donde vivía.

Por aquellos días mi madre comenzó a trabajar con Caridades Cristianas, pero también era consejera de la escuela cristiana donde yo estudiaba junto con mi hermana.  Así que mi madre siempre estuvo envuelta ayudando a gente que inmigraban al país, se involucraba en negociar visas para estudiantes a través de contactos con la embajada, y de esa manera siempre en casa teníamos huéspedes que pasaban días e incluso semanas mientras se estabilizaban o encontraban el lugar apropiado para ellos.  La mayoría eran muchachas entre la edad de 16 a 21 años, entre esa edad de preparatoria y el inicio de la universidad.

Para mi sorpresa y después de 4 años, María del Carmen ha llegado a mi casa junto a mi madre, pues ha venido a un seminario de primeros auxilios y a la vez, intentar aprender inglés en un curso intensivo de 3 meses.  Ella me ha visto y ha dejado a mi madre de un lado y me ha abrazado y quizás por el tiempo que ha pasado su beso el día de hoy fue en la mejía.  Mi madre nunca supo nada de mi infantil relación con Carmen, y solamente nos limitamos en decir que nos conocíamos desde la escuela católica.

Después de años Carmen se ha convertido en una agraciada mujer.  Siempre baja de estatura, pues debía medir algún metro con cincuenta y cinco centímetros, pero tenía esas curvas sensuales de una joven mujer.  Llenita, sin llegar a decir obesa, pero tenía unas piernas bien desarrolladas, con un trasero espectacular y unos pechos que deberían de llegar a una copa C. Ella estaba asombrada por mi estatura, pues siempre había sido más grande que el promedio de mis compañeros, pero ya media alrededor del metro setenta y cinco. Junto a Carmen, venia Lissette, una chica de la misma edad, no muy atractiva pero también muy amigable y ambas compartirían la misma habitación disponible en casa.  Desde aquellos días entendí, por qué mi madre siempre me pidió que yo usara la habitación matrimonial, que era la más grande de todas y contaba con su propio baño, y ella siempre estuvo en una de las otras tres habitaciones que compartían el mismo baño, pero que era más grande y cómoda para el uso entre mujeres.

Ya instalados y con un poco más de confianza, a pesar que eran los meses de invierno Californiano, siempre salía a la piscina a darme mi chapuzón.  Lissette siempre usó sus pantalones cortos y una camisa regular, pero María del Carmen, se había comprado su traje de baño de dos piezas, y a pesar de venir del trópico, toleraba muy bien el frio, aunque realmente el frio en California no es de lo más severo.  Me gustaba ver como se le erizaba la piel a María del Carmen, como sus pezones se ponían firmes y se le marcaban en su sostén de baño.  Era más libre cuando mi madre no se encontraba en casa, que, dada las ocupaciones de mi madre, era la mayoría del tiempo.

Una de las condiciones y advertencias que mi madre daba a todo huésped, era evitar el abuso del alcohol, aunque teníamos una pequeña cantina en la piscina que siempre estaba abastecida de vinos, whiskeys y de diferentes etílicos.  Pero una tarde soleada antes de la navidad, estábamos en la alberca junto con las chicas, y me vieron tomar una botella de whiskey y servirme un trago:

—¿No te lo tiene prohibido tu mamá?

—¡No! Nunca… Quizá se moleste si me ve borracho, pero uno o dos, o inclusive tres tragos, se me bajan rápido nadando en agua fría.  ¿Para qué creen que tiene una cantina en la piscina?  ¿Quieren uno? -les pregunté.

Las dos aceptaron un trago, y minutos después el otro, pero fue Lissette la que dijo que el alcohol le había provocado sueño y se fue para su habitación.  Me he quedado solo con Maria del Carmen, pues mi madre anda en preparativos por la boda de mi hermana.  Carmen, como siempre directa fue al punto que yo quería revivir: aquellos besos a través del cerco.

—¿Te recuerdas del primer beso que nos dimos?

—¡Si! Sí, me recuerdo.

—¿Te gustó?

—Estaba rico… era mi primer beso…

—También fue el mío, sabes… Como hubiese querido abrazarte, pero estaba el cerco.  -agregaba.  ¿Tenes novia?

—No, pero tengo una amiga, que al igual que vos, nos comemos a besos.  -Ella se ríe.

—¿Solo besitos?

—Si, solo besitos.

—Pero ya lo has hecho… digo, has hecho el amor.

—Si. -le he contestado. - ¿Y vos, ya lo has hecho?

—Sí, pero no pasó como yo quería… sabes, siempre soñé que tu serias el primero y el único de mi vida.  Pero puedes ser el segundo… -decía con una sonrisita picara.

Sentí que al decir aquello fue como decir: Quiero que me cojas.  Y de esta manera mi miembro a pesar del frio del agua de la piscina se ha levantado. Siento que sus ojos oscuros y de mirada profunda me absorben.  Carmen es una muchacha muy directa, y de la misma manera que me pidió un día que le regalara un beso, me dice lo siguiente.

—Sabes, no sabes las ganas que he tenido de ir a tu cuarto por las noches y dormir junto a ti.  Te mentiría si te dijese que solo quiero que me regales un beso, realmente deseo que me hagas tuya, así como cuando era más chica que pensaba que contigo aprendería hacer el amor.

Obviamente aquello simplemente me eleva más el ánimo en mi miembro, y veo que Maria del Carmen se me acerca, busca mis labios y me besa profundamente, mientras sus manos han encontrado mi pene erecto abajo del agua.  Ella me ha pedido un trago más, pero se ha acercado a mi oído y me dice sensualmente: ¡Quiero que me hagas tu mujer ahora mismo!

Le he servido su cuarto trago y he visto como el etílico le da esa sensación de valor, al punto que me ha preguntado si tengo condones.  Le digo que mientras se ducha con agua caliente, que me espere en mi cuarto y que yo iría a comprarlos.  Y de esta manera, medio me seco, me visto y he tomado mi motocicleta en busca de la tienda más cercana para comprar condones.

Regreso, pero Maria del Carmen no está en mi habitación, pero de repente oigo unos pasos por sobre el piso de madera del pasillo y toca la puerta.  Pasa y me mira sonriente, creo que todavía siente los efectos del último trago.  Llega vestida con un pantalón deportivo, que creo, ella usa como piyama por el frio.  Busca mis brazos y nos damos a besos mientras yo por primera vez le toco esas nalgas, las cuales están frías, pero no me importa, sé que eventualmente se van a calentar.  Ella va por encima de mí y comienza a besarme por todo el cuello.  Con maniobras hábiles y ligeras nos hemos deshecho de nuestras camisas, ella queda solo en sostén y nos cobijamos, pues después de estar en la alberca en una tarde de invierno, el frio comienza a calar. Ella me besa los pectorales, va por el ombligo, amenaza bajar más allá, pero hace pausas y simplemente hace que yo coma ansias.  Finalmente llega a mi verga y se sorprende que esta afeitada y con mínimo vello.  Me ha tomado la verga y veo como primeramente juega con mi glande.  Lo besa, lo lame, desaparece entre sus labios y con sus manos masajea mis testículos. La sensación es tan deliciosa y sin pensar le he descargado mi primera eyaculación, la cual creo traga mi esperma, pues se mantiene mamando hasta al punto que yo ya no tolero dicha sensación.  Va al baño, se lava, hace gárgaras y regresa diciendo: ¡Estabas bien cargado y caliente!

Yo le he devuelto el favor y ella ha agregado que nunca se lo han hecho.  Su conchita esta depilada y se siente fría, pero ya está bien húmeda.  Pero antes de todo, le he dado una tremenda mamada a sus dos preciosas tetas, donde me doy cuenta que Maria del Carmen es de esas que gritan al contacto sexual.  He llegado a su clítoris con mi lengua y ha pegado un gemido de placer, que imagino que Lissette bien pudo haberlo escuchado.  Realmente no me importa, pues lo que en el momento quiero, es seguir cogiéndome a esta chica, que es a la primera que besé en mi vida.  Le he recorrido mi lengua por todos lados, y aunque un poco incómodo por la posición, le he metido dos dedos a su conchita, mientras succiono sus labios junto a su clítoris.  Maria del Carmen solo gime incontrolablemente y de repente grita: Me corro, me vengo…¡que rico amor!

Ahora soy yo quien va al baño a limpiarse y a hacer gárgaras.  Me meto entre las sabanas junto a ella, y me vuelve a comentar que esta era su primera experiencia oral, y que se siente satisfecha que haya sido yo quien se la ha provocado.  Habla y me sigue diciendo lo que siempre soñó vivir junto a mí.   Quería sentir esa sensación de desnudez junto a mí, sentir mi pene desnudo, y siempre deseó besarlo, aunque no sabía que realmente aquello podría ser parte del rito sexual.  Me dice con voz callada, melosa y sugestiva, que quiere aprovechar el tiempo en mi casa y hacer todo lo que yo me imagine hacer con ella.  La plática es cachonda y mi pene comienza a reaccionar de nuevo.  Ella me pone el condón y nos ponemos en la posición del misionero.  Realmente son unas tremendas ganas que le tengo, que he comenzado a taladrarla con una violencia continua, mientras me sigo dando el gusto de mamar sus ricas tetas.  Voy por una, voy por la otra y Maria del Carmen gime constantemente diciéndome que le hale los pezones con mis labios, que siente rico. Luego me pide que le mame toda la teta, lo que me pueda caber en la boca, pero que termine halando su pezón fuertemente con mis labios.  Yo sigo sus instrucciones y es divino ver esa expresión de placer que dibuja en su rostro, cuyos ojos están cerrados, pero sus labios los frunce como si ella misma quisiera mordérselos.

Esto le ha causado tanto placer por los últimos diez minutos, que de repente siento su espasmo llegando como una convulsión, ella me abraza y me pide que le suelte los pezones, y me pide que no pare, que se está viniendo otra vez, y solo gime.  Yo la taladro violentamente, que el rechinar de mi cama se hace obvio, y como es piso de madera, imagino que Lissette debe escuchar el escandalo pasional de mi cuarto.

Esta vez los dos nos vamos a duchar y ella me restriega todo, me enjabona la verga y pasa por minutos masajeándola mientras me dice: ¡Nunca imagine que tendría tu cosa adentro de mí!  Lo soñé, pero nunca pensé que se me hiciera realidad.  ¡Tenes una cosa grande, nunca creí que cupiera en mi cosita.  -Nunca identificó su sexo con otra palabra que no fuera: Cosa, cosita. - Y bueno, de esa manera comencé a comunicarme con ella al decirle y proponerle: ¿Te gustaría sentir y tener mi cosa, ahí, por detrás?  - Ella se me ha quedado mirando sorprendida, pero creo que la idea, el morbo, la curiosidad o lo que sea le excita.  Me contesta: Si vos me queres así, yo te lo doy.  Mi verga está motivada y he cargado a Maria del Carmen y la he puesto acostada sobre la cama.  Le pido que se acueste boca abajo, y veo como su rico culo hace esa curva que invita al éxtasis, y para hacerlo más evidente, le he puesto mis dos almohadas por debajo de su abdomen.  Lo que creo nunca imaginó Maria del Carmen, era que me iba ir sobre ella, pero a lamerle el culo.  Esta era la segunda vez que lo hacía, y esta podría ser la tercera de quebrarme un culo.  No dijo nada, pues creo que la sorpresa fue efímera, pero el gusto de sentir mi lengua entre sus nalgas debió ser exquisita para que hiciera de lado la pena.  Le he masajeado su ano con mi lengua por diez minutos y sé que esta sobre excitada.  Me acuesto a la par de ella, así de lado, y le he puesto para que mi verga resbale de arriba abajo en medio de sus nalgas, aquello me excita tanto y produzco líquido seminal en abundancia, el cual ayuda a lubricar el culo de Maria del Carmen, pero también se oye ese sonido erótico del chasquido en la fricción de mi verga y su culo.  Carmen, quien es comunicativa y muy abierta me hace platica mientras yo preparo su culo para ser penetrado:

—¿Vos, ya lo has hecho?

—¡Si! Con la primera chica que hice el amor.

—¿Cómo sucedió?

—Estábamos tan excitados, que ella ha dejado que le penetre su cosita, pero no teníamos condones, y ella me pidió que se lo hiciera mejor por atrás.

—¿Le gusto? ¿Te gusto?

—Honestamente, a mí me gusto, pero a ella al principio como que no tanto, pero luego pareció gustarle.

—¿Y cuantas veces lo hicieron así?

—Muchas veces, siempre lo hacíamos así. -le dije.

En lo último le había mentido, realmente con Ana, solamente lo habíamos hecho una vez y ya no volví a verla, aunque si quería volvérmela a coger por el culo, pero por alguna razón no regresé a pedírselo de nuevo, pues si creo que me lo hubiese dado la veces que yo quisiera.

Con mi prima Roxana lo había hecho también una vez, pero creo que ella lo sufrió, pues le sumí mi verga sin compasión ni tacto alguno.  Ahora quería que fuera diferente, por lo menos no dañar a Maria del Carmen, pues a Roxana y a Ana, les había sangrado el culo, y mi esperma se tiñó de su sangre.

Así de lado le fui apuntando a su pequeño orificio, no usamos condón pues le había dicho a Carmen, que de esa manera era más fácil.  Un movimiento por aquí, otro por allá, la verga se deslizaba al otro canal que queríamos evitar por aquello del embarazo, pero todo aquello bien lubricado también hacia difícil la penetración, fue hasta que Maria del Carmen tomó mi pene, y ella misma ha puesto mi glande a que choque directamente con la abertura de su rico culo.  Ella misma empuja, aun con mi verga entre su mano.  Siento como si se tratase del relieve de la entrada de un globo plástico que aprieta la punta, pero escucho el gemido de dolor de Carmen y quien susurrando me dice: Me duele, ¿estás seguro que lo quieres? – Yo asisto que sí, que la quiero toda, que quiero llevarla en mis recuerdos.  Ella me complace y ha intentado que penetre nuevamente y he vuelto a sentir la presión de su ano.  Me dice que no me mueva, que le duele demasiado, y por unos segundos parece estar paralizada.  Oigo un suspiro de dolor combinado con el placer.  Ella gime, mientras yo he sentido que mi verga se ha deslizado, pero no sé si está adentro de su culo, pues la tensión y extrema lubricación ya me han engañado antes.  Yo le pregunto: ¿la tenes adentro? – Ella me dice que sí, pero que no me mueva.

De aquella manera han pasado los minutos, con mi verga adentro del culo de María del Carmen, y solamente he sentido cuando ella hace algunas contracciones y yo le he devuelto la señal con las vibraciones al contraer también mi verga.  Por alguna razón, y no sé porque encuentro que tengo un fácil acceso a la conchita de Carmen, y con mis dedos he encontrado su clítoris y he comenzado a sobarlo con cierta delicadeza.  Ella, lo aprueba y me dice que esta rico, he incluso, por la libertad que tiene Carmen me ha pedido que le bese el cuello, y con mi mano izquierda logro encontrar su pezón izquierdo y me pide que se lo sobe y hale.  Aquello debió ser una sensación exquisita, que de repente Carmen ha comenzado a mover su pelvis con ese ritmo que ahora quiere que mi verga choque con su ano, mientras a la vez su clítoris choca con mis dedos.  Sus gemidos son más largos y los decibeles han subido y yo impacto su culo con más fuerza y velocidad, mientras mi mano izquierda hala su pezón y mi mano derecha se ha vuelto un taladro y con mis dos dedos índice y de en medio, se los restregó con gran violencia y explota con un tremendo orgasmo, que parece esta poseída y sus músculos se contraen con tanta violencia que solamente he podido tomarla fuertemente de su cintura y seguir taladrándole su rico culo, mientras ella gime y grita fuertemente:  ¡Que rico, que rica culiada me has dado! No pares, párteme el culo con todas tus ganas.  – Carmen decía muchas cosas, que si no hubiese estado en esa situación me habrían admirado, pero me las decía a mí; y a mí, me excitaron tanto que le he dejado ir mi corrida adentro de su rico culo.

Caemos rendidos los dos, ella me da esa carita de satisfacción, veo como mi esperma ha comenzado a salir de su pequeño orificio y me lleno de alivio al ver que no hay sangrado.  Apenas nuestros torrentes sanguíneos llegaban a su nivel normal, cuando escuchamos el toque en la puerta y la voz de Lissette diciendo: Tony, hay viene tu mamá y tu hermana.

Nos hemos levantado con la velocidad de un rayo, y Maria del Carmen así desnuda ha tomado su pantalón deportivo y su blusa y ha salido corriendo a encerrarse al baño que regularmente usa.  Yo muy tranquilo me quedo en mi cuarto, me voy a dar una ducha y oigo que mi madre me habla al otro lado de la puerta y me dice que ha traído algo para comer.  Infortunadamente mi madre siempre ha tenido confianza conmigo, y algunas veces me he sentido apenado por ello, pues ella es psicóloga de profesión y es muy abierta conmigo también.  Aquella vez ella entro a mi cuarto, pues una de las reglas de la casa era, que ella podría entrar cuando ella quisiera, mientras nosotros, sus hijos, no colaboráramos en los gastos.  De alguna manera midió el tiempo, calculando que ya estuviese vestido y vuelve a tocar, ahora la puerta de la habitación.

—Tony, ¿podemos hablar?

—Pasa. -le dije.

Me señala a la par de mi cama, y veo que el diminuto bikini de Maria del Carmen yace tendido exponiendo precisamente, esa área donde los jugos vaginales están todavía húmedos.  Me mira seriamente, y siempre serena me pregunta:

—¿Con quién has estado aquí?

—¡Con nadie! – le dije con cierto nerviosismo.

—Mira Tony… yo no nací ayer.  No me digas que esos son los calzones que vos has comenzado a usar.  Pero si vas a estar sexualmente activo, espero que por lo menos te protejas.

—Madre, ¡no ha pasado nada!

—Tony, no me mientas.  Llegará un día que desearas que yo te crea y no podré hacerlo por momentos como este.  Mira, te puedo asegurar que la chica que salga de ese baño, y que ahorita mismo se está bañando, es de la que voy a sospechar, pues como dije, soy mayor que vos y eso me da la experiencia, puedo decirte que tu cuarto huele a sexo combinado con un perfume de mujer, que creo reconocer.  Pero eso no me importa, ellas son mayores de edad.  Tu eres mi hijo, lo que más quiero y no quiero que te vayas a meter en algún problema o adquirir una de esas enfermedades. ¿Usaste protección?

—¡Si madre, usamos protección!

Minutos después, ya cuando estábamos mi madre, hermana y Lissette en la mesa comiendo lo que mi madre había traído aparece Maria del Carmen con su jovial sonrisa saludando a todos con un beso en la mejía.  Mi madre la invita a sentarse como si no hubiese pasado nada, pero de repente le hace una pequeña conversación:

—¡Te miras bien relajada Carmencita!  Pareces que de repente has encontrado un oasis que te ha llenado y te dibuja una mueca exquisita de satisfacción.

—¡Ah...! Hemos pasado toda la tarde nadando con Tony.

—¡Nadando!  Mira que atributos puede dar la natación, pero realmente tu rostro es el de esa chica linda que acaba de experimentar su primera luna de miel.

Hoy Maria del Carmen es médico pediatra, y siempre viene a visitar a mi madre.  Un día que vino de visita le pregunté qué es lo que le había dicho al oído.  Ella con una sonrisa pícara contestó:

—¡Haz dejado tus calzones en el cuarto de Tony! – y continúo diciendo. – Pero sabes, esa culiada siempre la llevo en la memoria y valió la pena pasar la vergüenza frente a tu madre.  Incluso Lissette la disfruto, pues me cuenta que también se vino un par de veces masturbándose, imaginando todo lo que estábamos haciendo al otro lado de la pared.

Aquella tarde que recordábamos esto, Maria del Carmen sonriendo me dice: Vámonos para un motel, no quiero que tu mami me encuentre cogiendo a su pequeñuelo.

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